Memorias de un viejo cantor

(Para recordar al juglar argentino Horacio Guarany)

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Por Reinaldo Spitaletta

A principios de los setentas me aprendí los acordes de una canción que tenía un aire ruso, una tristeza intrínseca y una especie de luz plomiza como los días invernales de este trópico de enardecimientos. “Este día sin sol es todo mío”, decía y uno iba sintiendo el frío en las ventanas, mientras la guitarra nos prolongaba la memoria: “una vieja canción no tiene olvido”.

El cantor, el del disco, la interpretaba con una voz ruda y uno sentía que podía cantarla con fuerza, con sentimiento, como él lo hacía. La vieja canción era entonces nueva para mí. Y me recordaba paisajes literarios de una Rusia que había entrevisto en Chejov, en algún tango de Gardel, más bien una balada de las estepas, que sonaba en cansados traganíqueles de barrio. “¿Por qué no olvido tu canción? ¿Será porque tanto te amé?”…

Digo que había una mezcla de melancolía con humo de cigarrillos y café caliente. A veces, la cantaba en mi cuarto, cuando no había nadie en casa, con una guitarra endeble que ya tenía varias grietas. “No se mueren las penas por morirse, jamás muere el amor por un olvido”. Me gustaba la brújula, la manera de navegar de las palabras por mares desconocidos, siempre el barco a punta del naufragio. Era de Horacio Guarany, al que después, en las marchas universitarias, cantábamos como parte de una reivindicación de la lucha y la movilización: Si se calla el cantor.

Por aquellos días, de baladas y juventud bailable, había también un runrún, unas letras que convocaban a los cambios sociales, y ahí, en medio de banderas y carteles, estaban las de Violeta Parra, Víctor Jara, Joan Báez y, claro, las de Atahualpa Yupanqui. Sin embargo, Guarany, que tenía una voz sin mucha escuela, convencía por su manera de decir, por su convicción al interpretar. Se le sentía la sinceridad en las palabras.

Las Memorias de una vieja canción, que luego escuché en la voz de Gina María Hidalgo, tenían un sabor de juventud que todavía no sabe a qué se dedicará, que anda buscando rutas, con más extravíos que certezas. Y a veces, la pieza retornaba con una sobredosis de nostalgia, que se acrecentó cuando supe la noticia de la muerte del juglar, a los noventa y un años. Guarany, que nació de indio y española, que conocía la lengua de sus ancestros, además de otras como el ruso y el italiano, le puso música al Martín Fierro y fue un pionero de los festivales folclóricos de Cosquín.

Su Puerto de Santa Cruz me hacía sentir, otra vez, pero en otras esferas, la tristura de las Memorias, con otros recursos literarios: “Mi voz, mi voz, perdida en el adiós, adiós mi amor, locura del ayer…” y tornaban las grisitudes y una boca azul con gaviotas y una guitarra que a veces lloraba. Después, Guarany, que en su país era muy popular y querido por la gente, pasó malas horas durante la dictadura militar argentina. Él, que más joven perteneció al Partido Comunista argentino, se erigió como un cantor peligroso para la ultraderecha y sufrió varios atentados. La Triple A (Alianza Anticomunista Argentina) lo amenazó de muerte y tuvo que exiliarse  a partir de 1974 en Venezuela, México y España.

La dictadura hizo desaparecer sus discos y prohibió la difusión de algunas piezas como La guerrillera y Coplera del prisionero. Cuando volvió, en 1978, lo recibieron con una bomba en su casa. Sin embargo, se quedó en la Argentina, y solo se presentaba fuera de Buenos Aires. Siempre vivió adolorido por los días de la represión y los desaparecidos.

Una vez, un periodista del diario Clarín le preguntó qué había aportado a la música: “Nada. Lo único que hice fue recibir aplausos y dinero. Si creyera lo contrario, sería un fanfarrón”. Como sea, Guarany se convirtió en un portaestandarte del folclor argentino, de la música de protesta y de los sentires populares. En su chacra vivió con nueve perros y era un gustador del vino, tanto que una leyenda decía que en su casa salía vino por las canillas.

Según él, tal especie se popularizó porque “una vez, con Froilán González, Fangio, Tito Lectoure, Edmundo Rivero, Chupita Stamponi, Lima Quintana, Tejada Gómez, fundamos el templo del vino”. Era una cofradía que editaba libros, exponía cuadros y se dedicaba a la buena mesa y las copas. Este antiguo cocinero de una embarcación, que cantó de niño en un boliche de La Boca, escribió poemas y novelas. Una de ellas, Sapucay, sirvió como base para la película El grito de la sangre. En 1972 había filmado Si se calla el cantor y, dos años después, La vuelta de Martín Fierro.

Tal vez su máxima creación cancionística haya sido Si se calla el cantor, popularizado por Mercedes Sosa. “Que se levanten todas las banderas / Cuando el cantor se plante con su grito / Que mil guitarras desangren en la noche / Una inmortal canción al infinito”. Resuena en las huelgas, las marchas, los mítines de protesta, las peñas populares. El cantor se calló el 13 de enero de 2017. Y si se calla el cantor, calla la vida.

A veces, en las noches del recuerdo con una envejecida guitarra vuelven los acordes de una vieja canción, una canción que duele: “Por qué no olvido tu canción, / si el río va y no vuelve más / Reloj eterno de las horas y esta canción que llora / sobre mi ventanal”.

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Horacio Guarany (1925-2017)

Una misteriosa entrevista a García Márquez

 

(Historia de la primera visita de Gabo a Medellín en 1954)

 

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

La primera entrevista a Gabriel García Márquez se la hicieron, en Medellín, dos redactores del diario El Colombiano, en julio de 1954, fascinados por los cuentos que hasta ese momento el joven escritor había publicado en periódicos y suplementos literarios. Hasta ahí no habría nada de raro sino fuera porque la entrevista, por razones aún desconocidas, jamás se publicó, pero él la recuerda con nitidez en su libro de memorias Vivir para contarla.

 

García Márquez llegó por primera vez a Medellín en ese mes a reconstruir la tragedia de Media Luna, en la carretera a Rionegro, ocurrida el 12 de julio, en la que perecieron la madre del ciclista Ramón Hoyos Vallejo y 74 personas más.

 

El reportero de El Espectador, de 27 años, arribó a esta ciudad dos semanas después del mortal alud. “Se sabía que el 12 de julio en la mañana había habido un derrumbe de tierras en La Media Luna, un lugar abrupto al norte de Medellín, pero el escándalo de la prensa, el desorden de las autoridades y el pánico de los damnificados habían causado unos embrollos administrativos y humanitarios que no dejaban ver la realidad”, recuerda García Márquez en sus memorias (pág. 526), con un notorio error de punto cardinal. Media Luna todavía está al oriente.

 

Se hospedó en el hotel Nutibara “con ropa para dos días y una corbata de emergencia”. Hasta entonces —dice él— lo único que el “mundo entero sabía de Medellín era que allí había muerto Carlos Gardel, carbonizado en una catástrofe aérea”.

 

A la segunda noche de su estada en Medellín lo esperaban en el hotel dos redactores de El Colombiano, “tan jóvenes que lo eran más que yo”, evoca el Nobel, “con el ánimo resuelto de hacerme una entrevista por mis cuentos publicados hasta entonces” (pag. 531).

 

El caso es que a ambos les costó trabajo convencerlo, “porque desde entonces tenía y sigo teniendo un prejuicio tal vez injusto contra las entrevistas…”. Al fin de cuentas, sin embargo, concedió aquella primera entrevista, que fue, según él, “de una sinceridad suicida”.

 

El memorioso García Márquez añade que hasta hoy han sido incontables las entrevistas “de que he sido víctima a lo largo de cincuenta años y en medio mundo, y todavía no he logrado convencerme de la eficacia del género, ni de ida ni de vuelta”.

 

Pero, a su vez, considera que la mayoría de las que no ha podido evitar sobre cualquier tema “deberán considerarse como parte importante de mis obras de ficción, porque sólo son eso: fantasías sobre mi vida”. Las memorias, de 580 páginas, tienen el epígrafe “La vida no es lo que uno vivió, sino la que recuerda y cómo la recuerda para contarla”.

 

Casi un año después, en junio de 1955, García Márquez retornó a Medellín, otra vez como reportero de El Espectador, con una diferencia: ya brillaba nacionalmente por su célebre reportaje al marino Luis Alejandro Velasco, publicado por entregas en ese diario, y por su primera novela, La Hojarasca. Llegó para escribir un reportaje seriado con el campeón ciclístico Ramón Hoyos.

 

El 26 de junio de 1955 apareció en El Colombiano Literario una extensa entrevista a Gabo, realizada por Alonso Ángel Restrepo, en Medellín, en la que se mezclan ambientes y declaraciones, resumen de dos horas de conversación en el Nutibara.

 

Y mientras García Márquez se tomaba una Coca-Cola, le dijo al entrevistador: “Yo no tomo licor sino cada siete años”, sentencia que podría considerarse una de las tantas fantasías del inventivo escritor de Aracataca.

 

En la nota habló de la creación y peripecias de La Hojarasca. La había enviado a la Editorial Losada, de Buenos Aires, y ocho meses después se la devolvieron con una misiva “en la que se me comunicaba que mi obra exigía un gran esfuerzo de los lectores para comprenderla y que ese esfuerzo no se compadecía con la calidad literaria de la novela”. En sus memorias, sin embargo, García Márquez dice que jamás le devolvieron el original, porque esa no era política de la citada editorial.

 

“¿Cuál es el novelista de su predilección?”, le preguntó Alonso Ángel a Gabo: “Sófocles, bien pueda anotarlo. Y algo más: Edipo Rey es, a mi juicio, la mejor novela policial de todos los tiempos”, contestó García Márquez, al agregar que el de este diario era el mejor suplemento literario que había entonces en Colombia. Lo dirigía Eddy Torres.

 

Tras una minuciosa pesquisa en los archivos de El Colombiano, no se encontró la primera entrevista que Gabo dice le hicieron en su vida, y que él registra en sus memorias, evocando avalanchas y sinceridades suicidas. Ah, tampoco se supo quiénes fueron los dos jóvenes reporteros. Se los tragó la dantesca selva del olvido.

 

(Nota publicada en octubre 4 de 2002 con motivo de la aparición de las memorias de García Márquez)

 

Blas Cubas, goce y melancolía desde el más allá

(Breve recorrido por la obra de Machado de Assis que revolucionó la literatura iberoamericana)

Por Reinaldo Spitaletta

De entrada, digamos que el escritor brasileño Joaquín María Machado de Assis era un revolucionario. Entre el romanticismo y el realismo, sin estar de lleno en ninguna de las dos escuelas, creó una manera distinta de contar, una suerte de vanguardia estética que para fines del siglo XIX era una novedad en las letras, en los modos de narrar, que, como se ha dicho, pudiera ser una suerte de trampa para los frívolos y también para los muy eruditos y estructurados lectores de entonces.

Aunque, como diría Jorge Edwards, Machado de Assis sigue siendo para muchos un escritor enigmático y aun desconocido, es un pionero de las narrativas novelísticas en América Latina. Lo que algunos lograron en el siglo XX, como Carpentier, por ejemplo, o como Rulfo, ya lo tenía e intuía en sus crónicas, relatos y obras de largo aliento el autor nacido en Río de Janeiro en 1839. El romanticismo, ¡claro!, lo envolvió en sus crespones y cortinajes, y apareció con folletines (una manera particular de los géneros narrativos decimonónicos), dramas, poemas líricos y crítica literaria. Los periódicos eran visitados en sus páginas por disímiles escritores y eran, en distintas perspectivas, una fiesta para los lectores, que cada día, o cada semana, esperaban nuevos capítulos de obras que los mantenían en vilo.

Epiléptico, como lo fueron verbi gracia Flaubert y Dostoievski, el autor de Quincas Borba (recordar que Quincas es diminutivo de Joaquín) aparece en la década del ochenta con una novela nada convencional, un género de ironía y burla en la que involucra al lector, al que vuelve activo, al que considera parte de sus chistes y pullas, con el que juega y manipula, hasta tornarlo moldeable, maleable a sus intereses narrativos: Memorias póstumas de Blas Cubas. Ya su título sugiere una paradoja, lo de póstumo es una apertura al más allá, a la muerte, a la condición difunta, extrañamente activa.

Machado de Assis, funcionario del Ministerio de Transporte y Obras Públicas del Imperio y luego de la República, en un Brasil que vivió una colonización y nacimiento republicano distintos al del resto de América Latina, con los reyes portugueses habitando el suelo del inmenso territorio brasileño, tras la invasión napoleónica a Portugal (1808), fue un autodidacta. Hijo de un mulato, pintor de paredes, y de una lavandera portuguesa oriunda de las islas Azores, el muchacho creció en el Morro do Livramento y otros lugares de Río. Aprendió francés con unos panaderos del vecindario; le gustaban el latín y el griego, y se inquietó con lecturas históricas, casi siempre sobre Grecia y Roma, y se introdujo en el complejo mundo de los clásicos.

Enfermo, burócrata, mulato, sin origen de alcurnia, el escritor que revolucionó la lengua portuguesa en el siglo XIX, sigue siendo en aspectos de su biografía una ecuación irresoluta, un misterio. De una alta dotación de talento, y seguro con dedicaciones (o transpiraciones) intensas en la escritura, su novela Memorias póstumas de Blas Cubas es un anticipo continental de la modernidad literaria.

Machado de Assis, que de niño conoció la humildad de los sin tierra pero también las opulencias de los aristócratas, como que tuvo relación con ellos en alguna quinta de su pago natal (tuvo como madrina una señora de alta sociedad), en la que conoció parte de la “vida refinada” y las “costumbres hidalgas” ( y que sin duda aquellos contactos sirvieron para la construcción de sus Memorias póstumas), legó el artista a la humanidad una novela en la que se combinan el humor y la saudade, con el pesimismo y la alegría de mirar el mundo desde el incierto territorio del más allá.

La novela puede haber sido el resultado de muchas cosas, pero en sus antecedentes literarios estaban ya las lecturas de la novela inglesa del siglo XVIII y en particular la Vida y opiniones del caballero Tristam Shandy, de Laurence Sterne. Y como se puede advertir en el hecho de incorporar al lector como un ser necesario en la novela, el influjo del Quijote es manifiesto, sobre todo con la creación de personajes excéntricos, delirantes y a veces estrafalarios.

En las Memorias hay un narrador en primera persona, sin la omnisciencia de los narradores decimonónicos, con una escritura creativa, recreativa o lúdica, con mamagallismo refinado, con una distribución en capítulos cortos, con una estructura fragmentada (extraña para su época), con un Blas Cubas que escribe desde el otro mundo. Y no escribe de cualquier forma, sino con los ingredientes de la broma, de la conjetura y la reflexión. Y en la obra parece habitar el trágico destino griego, el que amarra a los hombres sin dejarlos apartar de su sino señalado, encadenados a una condición de la que no hay escapatoria posible, excepto con momentos de goces y de burlas.

En esta ficción, que oscila entre la simpatía y el tedio producido por lo irreformable, la peripecia es corta, no hay nudos, no hay suspensos y todo parece un juego entre la vida y la muerte. La unión entre los personajes, mejor dicho, las costuras, están dadas por la voz del narrador, que desde la muerte actúa como un organizador, como un diseñador de asuntos que pertenecen al mundo de los vivos.

La publicación de la novela se realizó por entregas en una revista en 1880, en lo que daba la impresión de un divertimento. De un reto burlesco al lector. Tanto que para algunos no era una novela, porque no encajaba en las formas preconcebidas ni en el imaginario creado por las grandes obras decimonónicas, sobre todo francesas e inglesas. Blas Cubas es un “viajero de la vida”, un muerto que se ríe desde el otro lado de la existencia, desde el denominado más allá, para recordar tal vez el carácter mortal, la brevedad de la vida: “Al gusano que royó primero las frías carnes de mi cadáver dedico con recuerdo añorante estas memorias póstumas”, advierte la dedicatoria a modo de epígrafe, y ya desde ahí hay una alteración paradojal, un desafío a la lógica y a la racionalidad. Y, en efecto, por más risueño que el libro parezca (y las palabras son de Blas Cubas) hay en él un sentimiento amargo y áspero. Y a partir de este punto, Blas entra a provocar al lector (“fino lector” que no el “desocupado lector” cervantino), a hacer una especie de acuerdo, de trato, o de contrato. Yo estoy muerto y estas son las memorias que escribí desde mi estado, parece decir. Y en su óbito inicial, advierte que él no es un “autor difunto, sino un difunto autor, para quien la losa sepulcral ha sido otra cuna”.

A Blas, que murió muy cerca de los sesenta y cuatro años, soltero, o mejor dicho, solterón, con plata, lo acompañaron al cementerio once amigos, mientras caía la lluvia. Lo mató una neumonía, en apariencia. Porque, en esencia, la muerte le sobrevino, por tener una idea fija, la invención de un “medicamento sublime, anti-hipocondriaco, destinado a aliviar a nuestra melancólica humanidad”: el emplasto Blas Cubas, y ahí puede haber un retorno al ingenioso hidalgo de la región de La Mancha.

La obra, pionera en muchos asuntos literarios, como el manejo de diálogos (y aun el de diálogos sin palabras), es una presentación en algunos pasajes de enfermedades mentales, de sus tratamientos, de los locos, de los loqueros, en momentos en que la psiquiatría todavía no alcanzaba los adelantos que conseguiría en la centuria siguiente. Es una novela con delirios, con sueños, con materiales oníricos, pero también con un retorno a la filosofía originaria, a la Humanitas o Humanitismo, en la que, además, hay un tratamiento singular de los personajes femeninos, como Marcela, Virgilia y doña Plácida.

Blas Cubas, gozón y triste, melancólico y risueño, reconstruye los momentos históricos de la esclavitud en Brasil, de su reproducción (un esclavo libre compra a otro esclavo como sirviente, y la esclavitud, como se sabe, también es asunto de mentalidad), con personajes como Prudencio (un moleque, niño negro, hijo de esclavos). Blas Cubas pinta un retrato del Brasil de Pedro II y se pasea por la cultura popular y la de las élites.

Vista de otra forma, la novela de Machado de Assis puede ser unas antimemorias, un insólito caso de unas memorias escritas por un difunto, en otro mundo, donde ya lo terrenal no sirve nada y en el que la vida ya no vale nada. Blas ya no era ni calavera ni huesos (“los únicos que no enflaquecen nunca”, diría). Era una provocación. Sí, Blas Cubas es un provocador. Un agitador que sabe que “hay cosas que mejor se dicen callando”.

Blas Cubas, que anticipa otra novela de Machado de Assis, Quincas Borba, escribió sus memorias desde el otro lado del misterio, con el disfrute de nunca haber tenido que ganar el pan con el sudor de su frente y de morir sin transmitir a ningún ser “el legado de nuestra miseria”.