El misterio de las medias nonas

(Una crónica sin par con calcetines desaparecidos y otros viudos)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

Las medias nonas tienen una apariencia de pena incurable y de desamparo sin solución. Están quizá expectantes de que aparezca algún día su compañera, la que les da la categoría de “par” y les alivia la sensación de inutilidad, de abandono, de descaecimiento antes de tiempo. A veces no han alcanzado ni siquiera a desteñirse en el talón y las puntas, y todavía están en plenitud de uso, cuando desaparece la otra, en una factura de misterio que puede tardar años en solucionarse.

 

Y más que el destino de la que se quedó sola, el enigma se traslada a la extraviada. ¿Cómo pudo perderse si siempre se lavan en la misma lavadora? O a mano sobre la loza de la poceta. Y se cuelgan en las mismas cuerdas. ¿Dónde van a dar las desaparecidas? Es como si la tierra se las tragara.

 

En ocasiones pasa que, mucho tiempo después, y sin que ya nadie las espere, aparecen en algún insólito lugar, como puede ser detrás de los libros de la biblioteca, o bajo un colchón, o en una poco usada gaveta de closet, y sucede que ya la otra, no está, porque se ha utilizado a modo de guante para sacudir una pared o una repisa y después se ha arrojado a la basura.

 

Las medias nonas son como un divorcio forzado. Como una separación obligatoria. Se hunden las supérstites en una soledad sin paisaje alguno, en la gris desolación del que espera el momento de mezclarse con las sombras. Pueden ser sinónimo de la tristeza. Y son poseedoras de un trágico desconsuelo, que las hace pertenecer muy pronto al olvido. Es aquel calcetín nono un símbolo de la desazón. En él se conjugan la desdicha de la pérdida y la cada vez más débil esperanza de una súbita aparición del otro, en la que el azar es el gran mediador.

 

Y no se crea que solo las medias cortas, tobilleras o a media pierna (tanto de hombre como de mujer) son las que desaparecen. También aquellas veladas, que en un tiempo era tan usadas por las damas para lucir con batas y trajes de cierta distinción, sufrían la partida sin avisos de alguna de las dos. Y entonces, como no faltan quienes recordarán, la sobreviviente se podía rellenar de papeles o con otras medias nonas y volverse pelota. O, por qué no, como en algunas películas de asaltantes bancarios, ponérsela en la cara como antifaz carnavalesco.

 

Detrás de cada media nona hay una pequeña historia de desconciertos. Un vínculo con lo inexplicable. Una conjetura. La que se ha esfumado, sin saberse cómo ni por qué, quizá no vuelva y se pierda en los entresijos de la desmemoria. La que queda, con una especie de complejo de inutilidad, puede perecer en poco tiempo, a no ser que su esencia se transforme, o, de otro modo, el dueño le dé nuevos usos. Se dice que puede servir para echar monedas, guardar bolas de cristal y manojos de cabellos (como alguna vez se estiló) o como limpión para patios y zócalos. No faltará quien la ponga en una canilla para silenciar el chorro de agua.

 

“Sirven para lustrar zapatos, limpiar barbillas de bebé, / ocultar joyas o cartas de amor”

 

La poetisa Anabel Torres, en su libro Medias nonas (un título que, según la autora, no ha tenido gran acogida), dice que “sirven para introducir la mano y sacudir el polvo, / esparcir cera, brillar muebles, guardar sueños, hacer traperos. / Sirven para lustrar zapatos, limpiar barbillas de bebé, / ocultar joyas o cartas de amor”. Y así se podrían encontrar otras facetas que pueden tener estas medias impares, a las cuales se les podría meter un bombillo (en tiempos viejos, las abuelas tejían las medias, o las remendaban, con una bombilla dentro de la media), o rellenar para hacer un muñeco de navidad.

 

En casa, hace mucho tiempo, hubo una media nona que duró años y su compañera jamás apareció. Era de rombos rojizos y azules. A veces, se escondía en cajones de escaparates o en canastos de ropa para aplanchar. No sé por qué se fue volviendo tan familiar, que se decidió, sin previa asamblea ni convenciones al respecto, conservarla, tal vez como un amuleto para que ayudara a que otras medias no quedaran en su condición desparejada. Y rodó de un lado a otro, en medio de un familiar clima de afecto por una media inservible. No recuerdo si murió de vieja o ella misma se marchó a buscar a su consorte.

 

Las medias nonas son como solteronas. O como monjas de clausura. Pero también pueden parecerse a las llaves que se van quedando silentes y quietas en desusados llaveros porque se ha mudado de casa, o porque se cambiaron cerraduras, en fin. Tienen la estampa de lo que ya no volverá a ser como antes y así estén casi nuevas no ejercerán su “profesión”. Claro que, a quien no le importe, puede usar distintas medias nonas, de colores y diseños diferentes, porque, al fin de cuentas, no es que sean tan visibles.

 

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Hay cálculos acerca de las medias que la gente puede perder durante su vida y la cifra, que sale de una operación matemática de cierta complejidad, es de mil doscientas. Para ello también habrá que vivir una buena cantidad de años.

 

¿Adónde se irán las compañeras (o excompañeras) de las medias nonas? ¿Habrá algún cielo para ellas? ¿Algún infierno? Quizá en ese otro lugar (o no-lugar) jugarán, como los niños de antes, a “los pares y nones” con la ansiedad de que aparezcan por tales parajes las que se quedaron, como ellas, en una viudez en la cual la incertidumbre puede ser de carácter permanente.

 

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El color de las sombras

Por Reinaldo Spitaletta

Usted me dirá, y no sin razón, que las sombras son la negación del color. Yo en cambio le contaré cómo hay un lugar en la ciudad donde las sombras son puro color. Sucede en un barrio marginal, en la casa de don Luis Ángel Cartagena. Lo conocí en mis tiempos de reportero buscando temas insólitos para un periódico de pacotilla. Llegué hasta él porque, usted sabe, claro, los vecinos, una conversación en bus, una pista en un cafetín del Centro, y así.

Llegué en medio de dudas. Podía ser, como tantas otras veces, una falsa alarma, o un farsante. Me invitó a pasar, después de haber tocado tres veces una puerta vetusta, de la que ya no se sabía su color. Me dieron buena espina su cara de vietnamita y su barriga de hombre bondadoso. Advirtió que poco le gustaba la publicidad, que podía ser peligroso que en otros barrios se enteraran de su pieza oscura en la que no se sabe por qué artes inexplicables, la sombra era capaz de ponerse roja, o verde, o solferina, según los pensamientos del visitante. O de sus deseos.

—Lo malo es que no puede tomar fotos—, dijo, con un gesto de seriedad. Tenía una camisa de cuadros azul marino y verde oliva.

Entramos al cuarto, la puerta se cerró sin que nadie la empujara. Un escalofrío me recorrió por la espalda, creí ver una sombra que se escabullía por entre unas cortinas color crema. Don Luis apagó la bombilla y las tinieblas nos envolvieron. “Cómo diablos va a haber sombra si no hay luz”, pensé. De inmediato noté rayitos luminosos que se filtraban por el techo. —Debe de haber goteras, —me dije.

A una orden suya, me instalé en la mitad del cuarto. De pronto, vi mi sombra, larga como las que dan los ocasos, y era anaranjada.

—Piense un color, un color que le guste.

Y ahora la sombra era roja. El fenómeno, inexplicable para mí, contradecía las leyes físicas. “La quiero azul”, y azul se puso. “Y ahora color arrebol” y mi sombra era un arrebol. Pensé en el color de los días de lluvia, y así fue. Mejor dicho, subí en grado de dificultad cromática y el insondable misterio respondía a mi petición.

No publiqué el reportaje. Don Luis quedó muy agradecido. Y yo también, porque quién que es realista se iba a creer esa manifestación insólita de las sombras de colores.