El narcisista

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Por Reinaldo Spitaletta

No solo soy el más bello, inteligente y rico, sino el que mejor baila en la comarca llamada cosmos. Cuando quiero, me rizo los cabellos, y cuando me cansó, los aliso, porque mi presencia, con ojos de deslumbre, hipnotiza muchachas, como pasó con mi antecesor mitológico, que una ninfa lo amó con consecuencias más bien poco halagadoras. Mi casa está surtida de espejos: hay en el zaguán, el patio, las piezas, los baños, la cocina, el comedor. También hay uno, muy pequeño, sin ánimos de feng shui, pero sí de que alcance a reflejarme para que los espíritus del mal no entren en la mansión, que mantengo decorada con mis fotografías, con retratos al óleo, claro, que me representan a mí y mi bonitura, y ¿si no? Ajá.

Me gusta lucir ropas de vivos colores, fina eso sí, para llamar la atención por doquiera que yo vaya, y perfumarme con las esencias más fragantes y costosas, que las traigo de París y Nueva York, y mis zapatos están lustrosos siempre, charolados, que un refinado como yo no puede andar de cualquier manera, ni estar, como me decían las tías, cuando yo era niño, desgüaletado, que era como decir mal presentado, sin elegancia, sin chic, nada.

No sé qué escritor dijo, bueno, lo escuché en alguna parte, que uno era uno y sus circunstancias, pues qué les digo, soy yo y solamente yo, lo otro es accesorio, porque, por ejemplo, nadie iguala mi color de piel, miren no más y enamórense de la tonalidad y lozanía, ni mi nariz de medidas y proporciones únicas, que ni un perfil griego es más delicado. Todo, las partes y el conjunto, revela mi belleza celestial, porque, si me analizan de arriba abajo (o de abajo a arriba, como deseen) y observan mis dimensiones áureas, soy un ser perfecto. ¿Modestia? ¿Por qué y para qué? Me falta, eso sí, alcanzar la categoría de un dios, pero no entra en mis aspiraciones. Por ahora. Ya es suficiente con tener el mundo a mis pies, que en todas partes, cuando me descubren, solo hay una conjunción de asombros y admiraciones. Se arman bisbiseos y rumoradas, y todo alrededor de mi atracción, por lo demás, nada fatal ni letal. Adorable.

Si hubiera vivido en la antigua Grecia no hubiera atraído tanto como ahora, porque me ayudan las tecnologías, lo que es uno ser de buenas. Cada segundo estoy tomándome selfies que de inmediato pongo a circular en las redes y siempre me atiborran de “megustas”, porque, como vengo anunciando, soy único e irrepetible, que más de miles de mujeres quieren tener una cría, un duplicado, una copia de mí, pero no me interesa, debido a que puedo dejar de ser exclusivo. Así que tienen que aguantarse las ganas y utilizar tretas diferentes, de las cuales me entero ahí mismo, porque además de ser un descendiente de Zeus, un efebo sin mácula, soy muy despierto y listo, qué les digo.

No sé de dónde salí tan bien hecho, porque y dejen que les muestro fotos más tarde, mis padres no eran ningunas postales, aunque sí era él bien parecido y mamá una señora muy distinguida; sin embargo, para su conmoción, cuando nací ahí mismo dijeron que era más lindo que el niño Jesús, según me contaron después, y llegaban los vecinos, más enfermeras, y alguna (relató papá) miró sin discreción mis partes pudendas y dicen que dio un suspiro largo y entornó los ojos. Creo que sí. Después, en el colegio, las maestras se desvivían por mis facciones y soñaban con tener algún hijo así; tal vez, digo yo ahora, pensarían más bien que esperarían a que creciera para ser felices conmigo, que las mujeres, de cualquier edad, son así, se lo quieren tragar a uno con la mirada.

Cuando nací, sigamos con esa historia, había música en casa, con guitarras y flautas, los de un conjunto que papá, que tocaba muy bien el saxofón, contrató para mi recibimiento. Y desde ahí, digo yo, no solo me encantan los sonidos porque yo mismo soy música, sino el baile, otra de mis maneras de la seducción. Cuando lo hago, todos se detienen a verme y aplauden. Cuando se unen belleza y talento no hay fronteras y todos se tienden a los pies de uno, como feligreses. O como vasallos.

No sé si se habrán enterado, pero me gusta hablar de mí mismo, no puedo resistirme, hay una fuerza interior que me lo pide, me aconseja, me advierte que no puedo estar en la tierra sin que los demás se den cuenta de que existo por encima de todos.

Hoy, todo contribuye a destacar mis atributos. No solo los espejos, artefactos muy antiguos y no siempre amados por la fealdad tan abundosa y que yo amo porque, lo he dicho tantas veces, reproducen mi belleza, sino las maneras de ser de mis contemporáneos, moldeados solo para ver la superficie, el barniz, los maquillajes, porque, digo yo, el mundo parece hecho a mi medida: lo que vale ahora es la representación (claro, también la presentación), el brillo de los ojos, la suavidad de piel, los efluvios de perfumes sin par como los que uso y así. Soy por lo que aparento, como una ilusión óptica. Valgo por mi exterior. Y yo adoro ser así.

¿Alma? Qué me importa. ¿Pensamiento? ¿Para qué? Soy el afuera. Lo demás, como decía un vecino muy intelectual, es literatura. Espero sobrevivir a todos aquellos que desean, más por envidia y menos por sus defectos físicos, que me suceda lo que a mi antecesor. No pasará. La fuente en que me miro ahora, embebido, ido, perplejo, seducido por mí mismo, me ha dicho que nunca me ahogaré en ella.

 

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La imaginación o cómo hacer surgir una rosa de sus cenizas

(Un ensayo con lobos, vientos huracanados y una danza de nereidas)

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

En tiempos muy remotos de los cuales no existe precisa memoria apareció el lobo y entonces el pastor gritó: “¡Ahí viene el lobo!”, pero nada ocurrió. Pasados unos días, el mismo zagalillo tornó a gritar, con renovada fuerza y voz aspaventosa: “¡Ahí viene el lobo!”. Pero, en realidad, el lobo no venía. Dice el poeta que en ese instante sublime, fantasioso, colmado de misterios, nació la literatura. Con la misma metáfora lupina Vladimir Nabokov afirmó alguna vez que las palabras no solo sirven para designar lo real, sino también lo irreal.

 

Con las palabras (un filósofo antiguo —bueno, casi todos los filósofos son antiguos— decía que las cosas existen gracias al articulado conjuro de la palabra) se crean otras realidades, otras irrealidades. En el segundo alarido del pastorcito había un ingrediente clave, empleado desde siempre por el hombre para transformar su entorno, para construir nuevos universos: la imaginación.

 

La imaginación fue el arma con la que los primeros hombres se enfrentaron a lo desconocido, a lo ignorado. Mediante este recurso, en la oscuridad de los tiempos y ayudados por el imprescindible logos, fueron capaces de crear dioses y héroes y numerosas fantasías. Inventaron explicaciones al mundo para darle sentido a la vida. Construyeron edenes y ardorosos infiernos. Se dejaron llevar y deslumbrar por la luz de las estrellas y, en ellas, vieron extraños animales, formas jamás reveladas, la trayectoria de sus existencias precarias. La imaginación los condujo y guió por mares insospechados, sobre los cuales navegaron hasta el naufragio. En sus fondos se toparon con monstruos devoradores de naves y de hombres. Todo era como un nebuloso sueño sin interpretación.

 

Y esos sueños numerosos e ininteligibles fueron quedando apresados en cuevas, como las de Altamira y Lascaux. Allí, el hombre inicial, asediado por los asombros y el alelamiento, quiso pertenecer a la inmortalidad; deseó prolongarse en otras vidas, en las de otros seres. Y entonces pintó las paredes, buscando, en un acto mágico, la posibilidad de dominarlo todo. Era como un modo de dejar sentado que él era el rey del universo. Muchos siglos antes de que Zeus arrojara sus rayos atronadores sobre el mundo, en el Lejano Oriente habían surgido en el cielo y en la tierra dragones y quimeras. En Egipto, la fecunda imaginación le había otorgado patente de existencia al Ave Fénix, símbolo de la vida eterna. El hombre, en todo caso, no quería ser efímero. Deseaba permanecer para siempre en la Tierra, o, en su defecto, en algún otro lugar; en cualquier cielo, o, si no le era posible, en cualquier sitio infernal. Sabía que la imaginación le daba un rango muy alto  frente a los demás seres. Él era —es— el único con capacidad de ensoñación, pero, al mismo tiempo, con la fuerza descomunal para para destruir y destruirse. Diseñaba con su talento las alas para volar hacia la muerte, aunque, igual, los mecanismos para no alcanzarla jamás o, de otra manera, para que ésta no lo arrasara. Porque el hombre está hecho de sueños, pero también de tormentas, de esperanzas (a veces, inútiles) y de desasosiegos. Quiere el poder, y esa condición (o ambición) lo limita. Lo convierte en ser mezquino. Cuando lucha por tronos, por estar encima de sus semejantes, por pisotear a los otros, entonces se transforma en lobo. Despierta en su interior la voracidad. He ahí su miseria.

 

Al tiempo que el ser humano fue ingeniando mecanismos y astucias mediante los cuales imponerse sobre los demás, también se sirvió de la imaginación para sobrevivir. Las situaciones de adversidad, el estar en peligro, la inminencia de la muerte han contribuido al desarrollo de tan prodigiosa facultad. El hombre primero soñó las cosas; luego las creó. Estas estuvieron primero en su mente, en su pensamiento; después, en la realidad. Antes de inventar la rueda ya la había entrevisto en sueños. Es decir, todo ha sido soñado antes de su nacimiento: el arte, las ciencias, las religiones, la filosofía y tal vez el universo mismo. Para conquistar el mundo, para aprehenderlo, lo poetizó. Primero imaginó las estrellas; más tarde, las conquistó. América, por ejemplo, fue antes una quimera, el sueño imposible de un genovés, que además, nunca supo dónde había llegado. En un tiempo lejano, la Tierra era plana. En otro, cuadrada. Según la imaginación de cada uno, de cada tiempo. Más allá de todo lo alcanzado, estaba lo desconocido, lo nunca visto, objeto de especulaciones. La imaginación le ayudó al hombre a viajar a otras esferas, a sentir la música de las galaxias, a buscar dioses (a concebirlos) más allá de cualquier distancia. Acaso, antes de colonizar el espacio sideral, o de ir a la Luna, no hubo alguien que ya hubiese diseñado una aventura de tal alcance y naturaleza.  Claro que sí. Verne, por ejemplo, cuando todavía no existían las naves espaciales, pudo visitar a Selene, gracias a los portentos de su magín. Los aeroplanos y los helicópteros volaron primero en la fantasía (o, más bien, inventiva) de Leonardo Da Vinci. A punta de martillo y cincel, Miguel Ángel hizo hablar a un Moisés de piedra. Y muchos siglos antes, Praxíteles le confería a Afrodita un hermoso cuerpo de mármol, mientras Fidias configuraba, también en eterno material, a Atenea. Ya lo cantó un vate: “hasta la estéril y deforme roca / es manantial cuando Moisés la toca / y estatua cuando Fidias la golpea”.

 

La guillotina —para muchos, un estupendo invento— se utilizó, entre otras cosas, para cercenarle los sueños a mucha gente. Sin embargo, en los canastos ensangrentados algunas cabezas continuaron soñando en la construcción de un mundo distinto de fraternidad, igualdad y libertad. Las utopías, por ejemplo, están emparentadas con el universo de la imaginación. Son lugares que solo existen en el pensamiento y el mundo intangible, pero que ayudan a vivir, impulsan al hombre a caminar por senderos insospechados. La búsqueda misma de la felicidad, cualquier cosa que esta sea, tiene bastante que ver con todos los sueños. Se intenta la construcción de paraísos, aunque, casi siempre, resultan solo infiernos. Lo importante, en todo caso, radica en la posibilidad. En el acto vital de estar buscando. En no perder jamás la perspectiva de edificar casas diferentes, de levantar torres que toquen los cielos.

 

Los pueblos que no imaginan están condenados no solo a la desesperación sino a ser borrados de la faz de la tierra. Tal vez la suerte apocalíptica de la Atlántida está ligada a una carencia. A sus habitantes les faltó imaginación para salvarse del naufragio y todos se hundieron con su continente. En cambio, la historia registra el sueño babilónico y el griego y el romano. Una de las máximas creaciones de la imaginación son las mitologías. En ellas sobrevive el espíritu de viejos pueblos, sus modos de ser y pensar y creer. Es una prolongación del hombre que se refleja en sus dioses. Y en sus héroes. Estos y aquellos, hechos a semejanza humana. En la religión —en el mito— se halla una de las maneras más ricas de la imaginación, de la fuerza creativa. Se nota al hombre, y, por extensión, a un pueblo, que intenta perpetuarse en sus deidades. De cierta manera, la Grecia antigua es Zeus, así como los hebreos son Jehová y los chibchas se revitalizan en el vientre de la Madre Bachué.

 

La memoria pertenece a los pueblos que tienen o tuvieron la facultad de soñar. Ya no están los egipcios de entonces, pero por ellos hablan las pirámides y El libro de los muertos; ya no quedan en la Media Luna de las Tierras Fértiles los babilonios, o los sumerios, pero se les recuerda por la epopeya de Gilgamesh, o por los jardines colgantes, o por esas tablillas en las que escribieron, para gloria futura, el Poema de la Creación. En el martillo de Thor se siente la presencia de los germanos, así como la de los mayas brilla en las estrellas.

 

La imaginación colectiva nos ha regalado huríes que nos esperan con sus mieles y pieles en algún distante paraíso, y a las valkirias, mensajeras de Odín. Cualquiera que no haya muerto en combate también puede ir al Walhalla, misterioso lugar destinado a los guerreros. Es una inmensa sala alumbrada por el fuego del oro, donde caben las asambleas infinitas. Los que allá han ido, y vuelto, lo describen con tejas resplandecientes, con armaduras brillantes en las paredes. Los muertos que allí residen se preparan para el combate del fin de los tiempos, cuando volverán a luchar, con renovado coraje, para no perecer eternamente, o en otras palabras, para alcanzar la vida eterna.

 

La imaginación, en todo caso, es taumatúrgica, obra prodigios. En su aplicación y ejercicio hay una alteración del mundo. Y, a su vez, una síntesis. Para crear el centauro se toma una parte humana y otra del caballo. Y así por el estilo van surgiendo cíclopes, serpientes voladoras, hombres alados, toros con piel de león, mujeres de seis brazos, demonios con cara de niños… La tierra se va poblando de ninfas y nereidas y sílfides y gnomos y troles y hadas. Abundan los duendecillos y los espíritus que vienen de otros universos montados en platillos voladores. En los ríos —algunos de los cuales desembocan en el infierno— se oyen los cantos de las ondinas, y ciertos iniciados que invocan a Eolo son capaces de provocar huracanes. Se ha sabido de lobos que fueron devorados por niñas en los bosques y de cazadores que fueron cazados por audaces antílopes. La imaginación puede —además tiene licencia para el efecto— poner el mundo patas arriba, enfurecer los mares, convertir a los pájaros en espías, y, cuando se lo propone, puede derribar reyes (o hacerlos ver desnudos ante sus súbditos) o deponer dictadores, arrasar ejércitos en apariencia invencibles, tumbar ídolos. Nada ni nadie puede resistirse a su embrujo sin límites.

 

Las indias del Darién tenían hijos blancos porque, durante su embarazo, miraban a la luna. Los alquimistas, en realidad, no buscaban transmutar todas las cosas en oro, o por lo menos los metales, sino todo el mundo en sueños. Se ha dado el caso de gente muy imaginativa que quema una rosa y con solo soplar sus cenizas estas vuelven a ser rosa. Muchas veces, y cada que se ocurre tal carrera, la tortuga le gana la competencia a Aquiles. Y a veces el arquero lanza la flecha y es capaz de llegar primero que ella al blanco. Cuando los amnésicos tienen imaginación inventan los recuerdos que les faltan. Ejercer la imaginación es una forma eficaz de derrotar a la muerte y sus heraldos.

 

Existe una alegoría pictórica que representa a la imaginación. Es una joven briosa, llena del vigor de los años tempranos. De su cabeza emergen diversas figuritas. Muy cerca de la muchacha están los atributos del pintor y del poeta. Al fondo, se aprecian centauros, sirenas, harpías. Es un cuadro de alucinación. Y la imaginación es eso, una expresión alucinante, capaz de crear, de transformar, de trastocar el mundo y sus rutinas.

 

La más realista de las literaturas está atiborrada de imaginación. Y de una hermosa mentira, como la del pastorcito de los principios, del origen. O como decía Juan Rulfo: “todo escritor que crea es un mentiroso: la literatura es mentira, pero de esa mentira sale una recreación de la realidad… Para mí lo principal es la imaginación… es infinita”. Vasta es la imaginación que llevó a Pitágoras a escuchar la música de las esferas, y al ciego Homero a crear una poesía visual, y al esclavo Esopo a contar fábulas como una manera de la creativa de la política. La imaginación (llamada en una época la loca de la casa) está más allá de cualquier ética, de cualquier moralismo. No hay barreras que no pueda sobrepasar. O como diría alguien: “La imaginación permite ver cómo es la realidad del otro lado”.

 

Nadie es más libre que aquel que crea. La imaginación es otra manera, y muy elevada, de la libertad. Es como soplar las cenizas para que nazcan y florezcan rosas…

 

(Imaginado en Medellín, cuando marzo de 1994 olía a lluvia)

 

Nota: Ensayo escrito para el libro El rey de la máscara de oro, de Marcel Schwob, Biblioteca Distinta, Edilux)

 

Imágenes del pintor canadiense Rob Gonsalves

Gardel y un libro salvado de la basura

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Frente a todas las miserias y exclusiones, los habitantes (o penitentes) del llamado Tercer Mundo tienen un arma de prodigio contra los desamparos: la imaginación. Y en este punto, la basura se convierte en una posibilidad de transformaciones y usos inesperados, como acontece con la propuesta que realiza el artista brasileño Vic Muniz con los recicladores de Sao Paulo, a los que les enseña una estética desde los desechos.

 

Asimismo, en Paraguay, un director de orquesta y un profesor de música, llegaron hace algún tiempo hasta los vertederos de un barrio de Asunción, en el que descubrieron cómo transformar la basura en herramientas musicales. Con instrumentos reciclados y materiales desechables, además de dictar clases de música, lograron sensibilizar a la población y montar la Recycled Orchestra (O6rgkCUstaE).

 

Hace unos diez años, conocí en Medellín unos recicladores que recuperaban libros de las basuras. Uno de ellos, llamado Miguel Espinosa, distribuyó entre periodistas y escritores de la ciudad, ejemplares conseguidos de esa manera, en los que había joyas bibliográficas, con el fin de que se escribieran notas al respecto. Se trataba de publicar un libro sobre los hallazgos. A mí me correspondió al azar la Historia de la mitología griega y romana, de V. González, editado por Saturnino Calleja, en Madrid, sin fecha. En el lomo, al título se le agregaba en letras doradas: “para niños”.

 

El libro tembló en mis manos, o quizá haya sido al contrario. Era yo quien temblaba en las manos viejas del ejemplar. Tenía el aspecto de aquellos textos que permanecen guardados en escaparates de antepasados, a la espera de un incierto lector. De inmediato, torné a los días de infancia, cuando mamá nos leía los cuentos de Calleja, que venían en cofres de fantasía y que ella había heredado de su abuelo, un arriero de aventuras múltiples y parla infinita, que hacía viajes entre Rionegro y Urrao. Recordé entonces a Juan el Poca, El tesoro del rey de Egipto y otros, que, con el tiempo, supe que el editor los tomaba de otros autores, los adaptaba y ni siquiera les daba crédito, como Pinocho, Hansel y Gretel, Platero y yo, y cuentos de Las mil y una noches. Todo este aparataje del madrileño puede ser parte del origen de la piratería de libros. Y del plagio, que el delito es cosa de nunca terminar.

 

Calleja había sido para mí, parte de una mitología de infancia. Al abrir el libro, y puede parecer increíble o inverosímil, en el revés de la portada había una foto de Carlos Gardel, con la leyenda: “al querido y simpático pueblo colombiano”, con su firma autógrafa. Supuse que el dueño de esa antigualla la había pegado, recortada de algún diario. Después, vi a Saturno, alado, barbiblanco y con una hoz al hombro. Tal vez miraba con desprecio a los humanos y los devoraba a punta del infatigable tiempo. Y ahí, entre la imagen del dios y la portada, estaba el Zorzal Criollo, que, para sus admiradores, es otra suerte de deidad iluminada. Quien la había fijado allí tenía razón: Gardel, un miembro más de las infinitas mitologías.

 

El libro ilustrado trataba de la asamblea de dioses. Hablaba del Caos, del aire y la noche, del éter y de la fortuna. Más adelante, me encontré con Neptuno, tridente en su mano derecha, galopando de pie sobre dos corceles blancos, en un mar encrespado. Y me topé con Polifemo, cíclope de Sicilia, y, claro, con Odiseo. Y en este lugar de la fascinación, escuché de nuevo la voz de mamá que cantaba Silencio, un tango de Gardel, evocador de guerras y soledades: Silencio en la noche / ya todo está en calma / el músculo duerme / la ambición descansa. Era un libro de voces y músicas, en el que el rumor del mar se mezclaba con el espejo de Narciso.

 

A Espinosa, según supe, nadie le paró bolas para publicar un libro de crónicas e impresiones, con los escritores invitados, que hablara de cada ejemplar recuperado del olvido que son las basuras. No le creyeron. Tal vez le dijeron que “eso no vende”. A quién diablos le importan los libros que sobreviven en los residuos. Para mí fue una reedición de la infancia, con los libritos de Calleja, con la voz de mamá que interpretaba tangos de Gardel y relataba aventuras de hombres tragados por ballenas y de piratas de un solo ojo.

 

Aquel temblor que sentí con aquellas páginas que alguien tiró al tacho, me removió la imaginación al ver la barca de Caronte sobre las negras aguas que conducen al infierno y escuchar la voz del inevitable Mudo al anunciar que “siempre se vuelve al primer amor”. Y ese amor primero es la infancia, la misma que los poetas (o algunos de ellos, como Rilke) dicen que es la única patria del hombre.