Una enigmática reducción de pena

(Vista a una novela corta y autobiográfica de Patrick Modiano)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

Hay escritores que escriben la misma novela toda su vida. Puede tratarse —quién sabe— de un misterioso llamado del inconsciente. O, por qué no, al encontrar su territorio particular, la geografía interior, la obra, aunque con títulos distintos, puede ser, en esencia, un repetido “tema con variaciones”. A veces, estas últimas, son muy pocas. Y suceden más en lo formal. Lo que no significa ni un fracaso de la imaginación ni una concesión facilista o autocomplaciente. Es un encuentro con sí mismo, con lo perdido y lo recuperado. Con la memoria y con la existencia. Una lucha contra el tiempo y sus inexorables mandatos.

 

Y en este punto ya es hora de ir nombrando a Patrick Modiano, un escritor que siempre está volviendo a su París natal, el extraviado en viejos mapas, el que no se perdió en las demoliciones ni en la tenebrosa amnesia. El de la Ocupación (que fue el París de sus padres), el de los cambios y las permanencias. A veces, se advierte en su obra una búsqueda de lo que se fue, con técnicas detectivescas y pesquisas de archivo. Otras veces, un desgranar de lo que la memoria alberga, pero que, por la fragilidad de la misma, tiene que ser documentada, materia en la cual es experto el autor de Dora Bruder. Hay, en sus creaciones literarias, una mezcla de historia y periodismo investigativo. Pero con el propósito de dejar premeditados vacíos, o alguna penumbra, cuando no una oscuridad total, o apenas unas sugerencias en su acervo narrativo.

 

En la novela corta Reducción de condena (en francés se llama Remise de peine), la infancia del escritor-narrador, torna a un París con insinuaciones que van desde los tiempos del doctor Guillotin hasta los días de Edith Piaf, cantante cercana a Hèléne y otros personajes como Roger Vincent. Con elementos autobiográficos, por no decir todo un universo de lo que le sucedió a los diez años al muchacho que, después, a los veinte, ya era un escritor con aspiraciones de alto vuelo, construye una obra fragmentada, con saltos temporales, y con una dosificada cantidad de palabras, suficientes para crear un mundo sugestivo, bosquejado con sutileza.

 

En esta obra, narrada por un muchacho, con recuerdos de un narrador ya veterano, ya no solo es París, o un cercano pueblo, sino un mundo que, para un chico, no es todavía muy comprensible. Está, sin aparecer sus carpas ni trapecios, el circo en el que trabajan algunas de las protectoras de ocasión del narrador, a veces Manazas, como le dicen, a veces el “imbécil feliz”, como lo llama una de las tres mujeres que los cuidan. ¿Y por qué? La mamá de los dos chicos se ha ido a una gira teatral y los ha dejado al amparo de Hélène, Annie y Mathilde.

 

El lector no sabrá jamás (lo puede conjeturar, imaginar) si, en efecto, las mujeres trabajan en un circo (del cual los chicos quieren hacer parte), en un cabaret, si se relacionan con gentes del bajo mundo, si pertenecen a alguna organización delictiva, en fin, porque así lo decidió el contador de la historia, el pelado al que expulsan del colegio Juana de Arco. Son dos muchachos que habitan más en un medio femenino, aunque suceda la aparición circunstancial de hombres, incluido un marqués. Las mujeres fungen de madres o hermanas o cuidadoras. Y van creando un espacio infantil pleno de incertidumbres y desconciertos.

 

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En la novelística de Modiano casi siempre se da la circunstancia de que haya alguien que esté buscando a otro alguien, de ir tras unos pasos, unas huellas, de saber dónde está o dónde se ha ido. Y se siente una atmósfera de abandono, de repetidas ausencias, de vacíos que tocan con lo existencial y con la sensación de pérdida. Y en sus narraciones, como en Reducción de condena, la infancia es una presencia-ausencia de altos quilates y con un peso específico fundamental. No faltan en muchos de sus libros los garajes, como una suerte de recuerdo ineludible de los primeros años del novelista.

 

“Cuando yo tenía seis o siete años vivía cerca de un barrio a las afueras de París, me cuidaba una mujer un poco extraña que me llevaba a un garaje, con unos coches que me impresionaron. Además, había un olor muy particular, una mezcla rara, un ambiente extraño en esos garajes y eso, ya digo que no sé por qué, me ha marcado. Yo me lo digo a veces: hay demasiados garajes en las novelas, pero no puedo evitarlo”. La confesión se la hizo Modiano al reportero Antonio Jiménez Barca, en una entrevista publicada por Babelia, suplemento del diario El País, de España.

 

Y en la obra que reseñamos, los garajes abundan y hacen parte de un entramado misterioso, en los que los carros, incluidos los “chocones” o de “choque”, como se les denomina en la traducción, tienen un poder simbólico que el lector debe desentrañar. En ese ir y volver, que es como un ritmo de olas marinas que se siente en la narración, nos encontramos con calles (como la insistente calle del Doctor Dordaine), distintos distritos parisinos, jardines, castillos y hojas muertas.

 

Es una novela en la que el sentido de la niñez se mezcla con las peripecias de los adultos, pero estos solo vistos por los ojos de un chico de diez años, que observa y siente, pero aún no alcanza a tener una cabal idea de qué se trata el universo complicado de los mayores. Y aunque el narrador es un muchacho lector (conoce a Verne, a Dumas, a James Fenimore Cooper), que ya el cine lo ha tocado con sus asombros y deslumbres, se queda a mitad de camino en muchos aspectos que tienen que ver con los adultos que tiene cerca. Él y su hermano son observadores, curiosos, caminantes, exploradores de jardines, pero siempre tendrán un enigma por resolver.

 

Es una escritura precisa, sin alardes, compacta, sin “literatura”.

 

¿Qué hacen en realidad las cuidanderas? ¿Quiénes son sus amigos? ¿Son parte de una pandilla? Con trazos precisos, con pinceladas firmes, el mundo en que nos quiere hacer entrar el novelista va quedando como un cuadro maestro, en el cual hay que concentrarse en sus tonalidades. Es una escritura precisa, sin alardes, compacta, sin “literatura”. Con saltos adelante y atrás. Con plano-secuencias y también con primeros y primerísimos planos, como los que se pueden apreciar en la fase final, con el policía de “los grandes ojos azules” y el hombre de la gabardina.

 

En un mundo de infancia, en el que la delgada línea que separa realidad y ficción no está muy marcada o es borrosa, y en el que todo es posible, todo puede acaecer, Modiano crea un narrador protagonista infantil, un chico de diez años, pero visto desde la perspectiva de un adulto que intenta dar interpretaciones a un tiempo que vivió entre gente grande que, de pronto, se ha ido, ha desaparecido. Se ha esfumado y entonces le corresponde a la memoria hacer una gestión de búsqueda y exploración en un tiempo que ya es parte de una vivencia.

 

Ah, al final de cuentas, el lector puede quedar como los policías que, por no interrogar a los niños, se pueden perder de muchas cosas. Es una novela para formularle preguntas y para interrogarse. Hay que abrir la imaginación a qué fue aquello tan horrible que pasó en la calle del Doctor Dordaine, donde habitaron dos muchachos por más de un año, dado que su madre estaba en gira por el norte de África y su padre, en Brazaville o en Bangui (aunque, antes, según se dice en la novela, se “había marchado a Colombia hacía varios meses con ánimo de descubrir unas tierras auríferas…”). Y a los que la policía no interrogó.

 

Modiano, en esta obra autobiográfica publicada en diciembre de 2008, vuelve por los laberintos de la memoria, la infancia, las calles y direcciones, los suspensos y la fragmentación. Con un epígrafe tomado de Un capítulo sobre sueños, de Robert Louis Stevenson, tal vez como exorcismo contra las pesadillas del pasado, esta novela, con acentos poéticos y manejos tremendos del claroscuro, es una joya literaria del escritor francés ganador del Nobel de Literatura en 2014.

 

Patrick Modiano. Reducción de condena. Editorial Pre-Textos. Traducción de Tomás Fernández Aúz y Beatriz Eguibar. 110 páginas.

 

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Patrick Modiano, escritor francés, nobel de literatura.

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Trámite sin dicha en un banco purgatorial

(Crónica con formularios, un subgerente que va y viene y una chica de Valledupar)

 

Antiguo edificio de la Bolsa, parque de Berrío.

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

El parque de Berrío (antes, en tiempos coloniales y en un buen tramo del siglo XIX llamado la plaza mayor) está atiborrado a las tres y treinta de la tarde. El edificio de la antigua Bolsa de Medellín, enseguida de la basílica de la Candelaria, aparece como un vetusto testigo de la transformación radical del lugar que recuerda al forjador del Ferrocarril de Antioquia, al nominador (dio el nombre) de la Universidad de Antioquia y al fundador de la Escuela de Artes y Oficios. Hasta aquí todo va bien. Vendedores de lotería y gente que espera, quizá a quien no llegará a tiempo.

 

Y adentro del banco, tras empujar la puerta de vidrio (“empuje”, dice sobre la manija), busco la oficina de subgerencia. Está sola. Me paseo por un lado y otro. Los módulos de atención y asesoría comercial están llenos. En unas sillas oscuras, hay clientes que aguardan, con caras desvaídas, quizá desesperadas por la lentitud en la atención.

 

Porto en una mano el formulario, ya diligenciado, de actualización de datos y de “Persona Expuesta al Público” (PEP). No sé dónde entregarlo. Y de pronto, aparece un hombre de camisa lila y corbata bajo el avisito de “subgerencia”. Saludo y el hombre, que se iba a sentar, viene hasta mí. Le explico y muestro el formulario. “Tiene que dar la información en uno de los módulos, pero antes debe tomar un ficho de turno”. Me sale el A57. Miro a la pantalla y van en el A45. Salgo a mirar otros paisajes. Nada raro. Lo mismo en el pasaje comercial, transeúntes que van y vienen, otros adentro de los negocios. Avisos publicitarios. Vocinglería. Olor a café.

 

Vuelvo a empujar la puerta-vidriera. Ya no está el subgerente. No se ha movido el turno. Aparece otra vez el tipo de la lila. Le digo que por qué es tan lenta la atención. Que si para llenar esos datos no es mejor hacerlo por la web y de tal modo se evitaría uno tantas esperas y el mundo sería mejor. Me mira como si yo fuera un extraterrestre. Alguien desocupa una sillita y camino hacia ella. Sé que el hombre de la lila me sigue con la vista. Saco un libro y comienzo a leer: “Una amiga de Annie F. venía a menudo a casa. Se llamaba Frede. A mis ojos de adulto, hoy no es más que una mujer que dirigía, en los años cincuenta, un club nocturno de la calle de Ponthieu…”. Alzo la mirada y veo que viene hacia mí una señora negra. Me sonríe y pregunta: ¿Aquí la atención es por orden de llegada…?”. “No, debe tomar un ficho de aquel aparato”. Le señalo.  Y prosigo en la lectura de Reducción de condena, de Patrick Modiano.

 

El turno va en el A46. Son las cuatro de la tarde. Por los ventanales se nota la agitación del parque. Los módulos siguen en actividad. Al fondo, hay filas para las taquillas de retiros y consignaciones. El hombre de la subgerencia ha vuelto a desaparecer. “Al otro día, en el establecimiento de un librero de viejo, hojeaba un número atrasado de La Semaine à Paris de julio de 1939, en el que venían indicados los programas de los cines, los teatros, las galas de variedades y los cabarets”. Siento que Modiano no pierde su táctica de hacer pesquisas policíacas en sus novelas, reconstructoras de memoria de una ciudad cambiante y que, a veces, pocas huellas deja de lo que fue. Turno A47.

 

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No es fácil concentrarse mientras se espera un taquillazo para una “vuelta” que, en rigor, y con mejores organizadores de actividad bancaria, no tendría por qué tardar. Qué tanto es decir una dirección, un teléfono, estampar una huella, un número de cédula, una firma. Vuelvo a las páginas. Y siento una voz. Alzo la mirada y veo la camisa lila y la corbata oscura. “¿Qué número tiene?”. Luego me dice que me va a ayudar a agilizar el trámite. Me pide la cédula y va hasta el aparato. Vuelve con otro ficho: CP109. “Muchas gracias”, le digo, a secas. “Huy, tan de buenas usted”, me dice un hombre de unos treinta años, sentado a mi lado. “De buenas, no. Varias veces tuve que ir a reclamar”. Está ahí, según me dice después, porque el “patrón” le consignó anoche y cuando fue esta tarde al cajero no había nada. “Vine a ver qué pasó”.

 

Aparece en el tablero el CP108. Ya no torno a las páginas de Modiano. Creo que el asunto del tiempo ha cambiado y que en segundos estaré en el módulo. Y, sí, en efecto. Voy, me siento. Al frente, una muchacha pelinegra. Se llama Stella, según observo en la escarapela. En el acento noto que es de otro lado, quizá de la costa. Me pide la cédula. Además, le doy el formulario doblado. Manipula el computador. Me parece que ha palidecido. Llama a un compañero. Este teclea y luego ella sigue. No da la impresión de que las cosas vayan bien. Llama entonces al hombre de la subgerencia. Este digita varias teclas. Pienso que abriré otra vez el libro.

 

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La muchacha sonríe. “No está funcionando el computador. Esta mañana me pasaron para este, pero parece que se ha desconfigurado. Qué pena”. Sonrío por cortesía. Ella hace una llamada. “Ah, parece que ya lo van a arreglar”, dice. Modiano también me dice que había una “chica callada de tocado moreno y ojos pálidos que era un personaje de cuento. La llamábamos Blancanieves”. La operadora habla ahora con otra funcionaria. Luego me observa y me pregunta si soy un pensionado. Luego me interroga sobre ingresos y gastos. Y teclea. “Ah, se volvió a descomponer”. Sonríe y me pide que tenga “la paciencia del santo Job”. “De santo tengo poco o nada”, le digo y nos encontramos en la risa.

 

Veo que mi cédula sigue ahí sobre el computador de la muchacha. Ella vuelve a llamar. Volteo y a través de la vidriera el parque continúa con su efervescencia. No se escucha su ruidosidad de las cuatro y media de una tarde de jueves. Entonces recuerdo lo del PEP y le acoto a la chica, a la que ya le he preguntado de dónde es, por qué para renovar unos datos elementales hay que esperar tanto y venir hasta las oficinas cuando eso se podría hacer por la red. “Este banco es distinto. Le gusta que sus clientes vengan a las oficinas”. No supe en ese instante si se trataba de una especie de burla o de una línea empresarial. Entonces decido hablarle de que estoy frente a ella porque el señor de la camisa lila me dijo que iba a agilizar el trámite. Cuando miro al tablero ya ha pasado el A57. Va en el A60. “Hace rato hubiera salido de aquí”, pienso.

 

Después le digo que por qué diablos tengo que estar en ese formulario. “No he tenido cargos públicos”. Y entonces recuerdo que fui candidato a una corporación de elección popular. Y que a lo mejor sea por ese factor. Ya son las 4.45 cuando decido canturrearle a la muchacha un pedacito de “Valledupar, edénico lugar que brilla bajo el cielo de la tierra mía”, y le hablo de los Hermanos Martelo y ya la tardanza me conduce a decirle a la valduparense —que cuando se puso en pie se le notaron sus líneas de esbeltez y figura sensual— que le compondré un paseo vallenato. “Ah, eso sí que es sabroso para bailar”, dice con sonrisas.

 

Casi a las cinco ya he puesto mis huellas en los formularios. Me da una piececita redonda de papel húmedo para limpiarme el índice derecho. “Voy donde el subgerente con estos formularios y ya vuelvo para entregarle su cédula”. He guardado hace rato en el bolso el libro de Modiano. “¡Qué paradoja! —le digo a Stella—. Me mandaron para acá dizque porque me iban a agilizar el turno y vea pues”. De reojo miro hacia el escritorio del hombre lila y me parece que hay en su faz una especie de rictus burlón. “Ahora sí. Terminamos. Y como dicen en mi tierra, puya el burro”. La muchacha sonríe y me devuelve la cédula.

 

Afuera, por el pasaje comercial, sigo canturreando aquello de “…el corazón no puede soportar el profundo pesar que da tu lejanía”. Llego a Junín, que está atiborrado de escombros. El cielo de Medellín, color gris lluvia, me cae encima como una especie de apocalipsis.

 

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Pintura de Kandinsky

Urgencias para una rodilla que grita

Por Reinaldo Spitaletta

Es lunes de mayo florido, luminoso y sensorial. La ciudad tiene infarto, ya no de plomo, sino de carros. Las montañas azulverdosas brillan con el sol matinal. Es una mañana de lunes, que podría ser el peor día de la semana, sobre todo cuando la víspera se ha conmemorado el penoso Día de la Madre, que en Medellín es más para las riñas que para los encuentros con los afectos y el pretérito imperfecto. Todo parece normal, menos mi rodilla izquierda, que amaneció con turbulencias que no me dejaron dormir, y con dolores agudos que mis gritos nocturnos parecían salidos de los de un torturado en prisión militar argentina de los setenta, o de los presos en las caballerizas de Usaquén, en tiempos de miedo del chistoso presidente Turbay Ayala.

El dolor, que comenzó el sábado, va in crescendo, como el Bolero de Ravel, hasta llegar a momentos cumbre en que mis alaridos ya no dejan respirar a mi compañera, que, por lo demás, también alteró sus sueños. Creo ser, para ella, una pesadilla. Nos vamos en esta mañana de esplendores, que veo por el ventanal de la sala, a consulta de urgencias. El taxista me ayuda a bajar las escaleras, me apoyo en su hombro y en el pasamano. Luego me sube al carro, en medio de quejidos. Veo que algunos vecinos y transeúntes observan mi estado de lamento. Primer destino: la clínica El Rosario, la de las monjas dominicas de La Presentación. Sí, la misma que fue célebre por sus pabellones de maternidad, en el barrio San Miguel, que no en Villa Hermosa ni Los Ángeles.

“No señor, aquí no lo podemos atender. Hay ahora mucha gente en urgencias, sobre todo está llena de muchachas que van a dar a luz”, dice un funcionario. Yo, en mi silla de ruedas, que mi mujer sacó cuando arribamos a la sección de urgencias, pienso que me espera un largo camino de desdichas, al tiempo que la rodilla parece darme codazos. ¡Vaya!, una rodilla dando codazos, y ahí recuerdo la expresión del niño de una vecina que dijo hace tiempos a su mamá que le estaba doliendo “el codo del pie”. El funcionario, seco y lejano, dice que con mi empresa de salud yo puedo ir a otras clínicas. Las lee con rapidez.

Ya estoy en el barrio Prado, afuera de la clínica CES, en Cuba con Popayán. El portero de blanco y azul oscuro, saca una silla de ruedas, me ayuda a subir en ella y me empuja por una rampa. En la taquilla dicen que solo se atienden urgencias, y mi señora pregunta que, en rigor, qué es una urgencia, y echa un discurso sobre la noche de anoche, que su marido gritaba, no podía dar pie con bola, se acostaba, se erguía, se iba de un lado a otro de la cama, se ponía almohadas, se las quitaba, las tiraba contra la pared, hijueputiaba, qué cómo así que esto no es una urgencia, si ni siquiera puede caminar. Me inscriben y espero, mientras leo un libro que me llevé previendo que las esperas serían eternas. Sí, he visto en filas de hospitales y en bancos y en salas de espera de consultas externas de las empresas de salud, gentes a montones y ninguna lee; si mucho, manipulan su móvil, o miran los televisores colgantes con canales mediocres que dan noticias de agresiones sexuales y asaltos.

Estoy leyendo una novela de Patrick Modiano, mientras mi amada compañera compra tintos en una máquina. De pronto, escucho mi nombre. Paso al consultorio. Una médica blanca, o tal vez paliducha pero de bonito semblante, de nombre Paula Andrea, me pide información sobre mis dolencias. Le cuento que hace 32 años me dieron un tiro en la rodilla izquierda, que si quiere ver una radiografía que me acompaña, bien pueda (la mete al computador, pero el cedé no abre), luego me toca la rodilla, no sé si gritar porque dirá que soy un cobarde, pero si no lo hago, pensará que es una farsa. “No señor. Esto no es una urgencia. Tendrá que ir a otra parte”, dice, fingiendo una sonrisa. Me indica adónde ir. “Así es nuestro sistema de salud”, agrega con resignación.

El portero me devuelve a la calle. Dice que así es todos los días. “Aquí le hacen el triaje y pare de contar”, agrega con simpatía. Me ayuda a subir al taxi. “Vamos al Instituto Neurológico”, le dice mi mujer. Vuelve y juega con otra silla de ruedas. Rampas. Gente acumulada en la portería. “Urgencias queda en el sótano”, le dice un funcionario a mi señora, que todavía no ha cambiado el semblante de cansancio ni sus ojeras pronunciadas. “Si aquí no te atienden, voy a armar un escándalo”, me dice. “Ah, y por favor, cuando te toquen la rodilla, gritá así como lo hacías toda la noche”.

Me inscribe en una taquilla. Se va luego a comprar café y me deja sentado en medio de mucha gente expectante. Modiano me acompaña con su Libro de familia, una novela que comienza con un nacimiento. “José Reinaldo Spitaletta”, llama una voz masculina. Impulso la silla, con Modiano en mis rodillas. Entro al consultorio. El médico, de nombre David, parece muy cordial. Me pone un termómetro, indaga sobre mis dolencias, apunta antecedentes, a qué me dedico, pregunta qué medicamentos tomo, y de pronto me sorprende con una pregunta: “¿Es usted católico, pentecostal, Testigo de Jehová, cristiano, tiene alguna religión?”. “Ninguna. Soy librepensador”. A mi respuesta, su cara se ilumina y dice: “ah, eso sí es bonito”. Después de examinarme, me dice que en realidad lo mío no es una urgencia, pero que me atenderá como si lo fuera. “Te pondrán dos inyecciones en la nalga y una en la barriga”, dice, sonríe. Me da la mano. “Te incapacitaré tres días”, agrega.

Después de las inyecciones, aplicadas por una enfermera joven y simpática, que sonríe cuando mi mujer, junto a la camilla, ríe y dice que ojalá me chucen bien duro. “Qué acompañante tan mala tiene usted”, dice entre risas. “Respire”. Y zas. “Respire”. Y otra zas. “La del vientre no le dolerá. Es subcutánea”. Y zas. “Ya se puede ir, joven”. Claro, lo de joven es para animarme.

Afuera, mayo sigue soleado. Calienta el sol, en medio del tráfago vehicular. La mona, que es mi compañera, devuelve la silla de ruedas hasta la portería. En el camino, pasamos por el viaducto del metro, en la carrera Bolívar, lleno de vendedores ambulantes, de suciedades y apilamientos de todo: mendigos, buhonerías, olores a orín, bullicio. La rodilla, qué curioso, ya no me duele tanto. Cuando llego a casa, el señor que despacha los taxis en un acopio, me ayuda a subir. “Si quiere, profe, lo cargo”, dice. Roza mi rodilla, y doy un grito. Apoyado en él, asciendo las escalas. Mayo me recibe con flores de guayacán y un aroma de ruda y romero. Todavía siento los aguijonazos en cada nalga. Por la ventana, pétalos amarillos y hojas verdes, con un fondo de cielo azul, me auguran que tal vez esta noche sí pueda dormir bien.

Vieja postal de la Clínica El Rosario

Catherine la gafufa recuerda a su papá

Por Reinaldo Spitaletta

Catherine, Catalina, Catica, Cata, muchacha memoriosa ya entrada en la edad adulta, en la que desde el piso de una torre neoyorquina hace volar sus recuerdos hasta un distrito de París, cuando vivía allí con su padre, hace casi treinta años, días en que el mundo era borroso porque, al quitarse las gafas (ah, niña con lentes da la impresión de chica intelectual, qué fastidio, dirán por ahí) el mundo real se convertía en uno de ensoñación. Con almohadones de plumas y algún arabesque de ballet.

Sí, una niña que vive con el señor Certitude (¿Albert?), su padre, encima de una especie de almacén, en el que hay, llegan y salen, cajas y paquetes que parecen equipajes de provincianos. El señor Certitude tiene un socio, un tipo pedante, tiquismiquis, que escribe poesía, según dice, y además tiene la manía de leerles a la niña y a su padre, creaciones del señor Raymond Casterade, que así se llama. La novela corta, o mejor, la nouvelle infantil de Patrick Modiano, Catherine, si bien reconstruye aspectos del territorio propio del escritor que tiene como referentes el París de la posguerra, el pasado, los oscuros días de infancia y juventud del autor de Trilogía de la Ocupación, está llena de pasajes vivísimos, luminosos, aunque parte del mundo de la niña sea el de verlo borroso cuando, por haber entrado a clases de ballet, se quita las gafas (“con gafas no se hace ballet”).

Claro, el tiempo se para, es otro, cuando Catherine se despoja de sus lentes y establece con su padre una suerte de complicidad, porque él también se quita los suyos. “A nuestro alrededor todo era suave y brumoso. Se había detenido el tiempo. Estábamos bien”, dice la niña, subida en una báscula junto a su papá. La novela de Modiano también trata de los franceses que van a hacer la América en los Estados Unidos. La madre de Catherine, una bailarina de cabaret, tiene que devolverse de Francia a su país natal a buscar mejor futuro, y entonces en París se quedan el señor Certitude y su hija, en la calle Hauteville, donde estaban almacén y vivienda.

Catherine no llega a saber cuál era la auténtica profesión de su padre. ¿Se dedica a exportaciones, transporte, tránsito? La vida de la niña transcurre de la casa-almacén al colegio, al restaurante con su papá, a las clases de ballet con la profesora rusa Madame Galina Dismailova, que el lector después descubrirá algunos secretos sobre ella, lo mismo que sobre el padre de Catherine. De la mano, o mejor, de los ojos sin gafas y de la memoria de la protagonista, marchamos por espacios cerrados, como las habitaciones de padre e hija, los juegos con jabón de afeitar, los desayunos y los almuerzos en un ámbito interior, pero también en restaurantes en los que, Catherine y su padre se las ingenian para hacerse lo más lejos posible del señor Casterade, que es un ser insufrible.

La novela, o noveleta, alcanza su esplendor cuando una compañerita de ballet de Catherine, una niña hija de ricachones, y que también usa gafas, la invita con su padre a un coctel de primavera, en una fiesta de imposturas y apariencias extravagantes, en la que el señor Certitude naufraga en medio de vanidosos, y él mismo tiene que aparentar que posee un automóvil de lujo, cuando en rigor ha ido allí en una camioneta descaecida y propia para cargar cajas y otros atados.

Tres años viven solos en París Catherine y el señor Certitude, cuando, después de que este ha puesto en orden todos sus asuntos comerciales, deciden viajar a América, donde la niña (que da la impresión de que su mamá poca falta le hace) se reencontrará con su madre. Si bien me parece que la obra, escrita con alta calidad literaria, no es propiamente para niños, sí está hecha para la delectación más de adultos que de chicos, aunque estos pueden entrar (se recomienda que se pongan gafas de utilería y se las quiten en pasajes de la obra) en el fascinante universo de los recuerdos infantiles de una muchacha y su relación con el padre, con un tiempo en París, con pasitos de ballet (puntas y entrechats) en una academia del género.

Publicada en 1988 por Gallimard Jeunesse, la edición de la editorial Blackie Books, traducida por Miguel Azaola, e ilustrada con alegría y talento por uno de los más destacados artistas franceses, Jean-Jacques Sempé, es un gustazo para la vista, las manos y la imaginación. La novela es una memoria desvertebrada de una chiquilla que, adulta, recuerda con aire infantil sus paseos por la placita San Vicente de Paúl, las instrucciones de Madame Dismailova, “cuya verdadera voz no escuché nunca”, y sus recorridos de la mano de su padre por las calles del distrito 10 de París. Una memoria feliz y dulzona, aspectos que no se ven siempre en el novelístico —y en general rudo, a veces sórdido— universo de Patrick Modiano.