¿Cuándo se jodió Medellín?

(Panorámico recorrido por diversas violencias que han azotado la ciudad)

 

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El Pájaro, escultura de Fernando Botero, destruida en un atentado que dejó veinte muertos en el parque San Antonio, en 1995.

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

En Antioquia, la violencia, expresada de distintas formas (sutiles, algunas veces; disfrazadas, otras; y muy evidentes y descarnadas, casi siempre) se tornó parte de la cotidianidad y en una manera irracional de resolver conflictos, situaciones dispares, y quizá, por qué no, de conseguir dinero. Peligroso señor es Don Dinero, y quererlo mucho puede conducir a estropear convivencias y a salir del otro como se pueda, ojalá “borrándolo” del paisaje. Hay, sobre todo en Medellín, una violencia de vieja data que por momentos se amortigua, pero no cesa. Va y vuelve. Se agranda y se encoge ¿Por qué?

 

No tengo la respuesta. Hay que buscarla entre todos y es materia de estudio de distintas disciplinas. Con el reciente asesinato de un diseñador gráfico, Mauricio Ospina, en un negocio público de Laureles, cuando sicarios dispararon contra otros dos hombres y el joven Mauricio se erigió como “víctima inocente”, han tornado los análisis, las meditaciones, las reflexiones sobre la violencia en una ciudad que tiene dolorosos antecedentes, mucho antes de la irrupción nefasta de las mafias y los carteles de las drogas; mucho antes que emergiera, quizá como un subproducto de una cultura arribista y esnobista, tal vez con innúmeros complejos identitarios, el capo Pablo Escobar.

 

El antioqueño es disímil. No es igual el del nordeste al del suroeste. Y el de Urabá no es, ni de fundas, similar al del oriente. Hay muchos antioqueños. Y la historia ha dado, hasta ahora, buena cuenta del aserto. Desde antes de la Independencia, cuando dentro de los cánones del despotismo ilustrado, la Corona quería volver más rentables a sus colonias, el antioqueño, una rica mezcla todavía en formación, era visto como un perezoso, según la visión al respecto que tuvo el visitador Juan Antonio Mon y Velarde, el “regenerador”. A Antioquia la aniquiló la colonia. En cambio, a partir del siglo XIX, surgirá una región de prosperidades comerciales, auríferas, cafeteras y, en los albores del XX, se disparará el sector industrial.

 

El oidor español, que había establecido y organizado las tres rentas (aguardiente, degüello y tabaco), la emprendió contra la corrupción y el desgreño administrativo, propició agriculturas (como la del anís) y se avergonzó ante la ignorancia y atraso cultural de una notoria cauda de habitantes. Después, llegó la formación de un pueblo que, desde principios de la era republicana, tenía inmersas en cerebro e intestinos las discriminaciones sociales, con una élite que, muchas veces “blanqueada” por el oro y la compra de títulos nobiliarios y otras canonjías, promulgaba la imagen de que se trataba de una “raza”. Los discursos eugenésicos, que se prolongaron hasta bien transcurrido un tramo del siglo XX, proliferaron y hubo menosprecios para los más pobres, los humillados y ofendidos.

 

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Teatro Junín, símbolo de la vieja  Medellín.

 

El clasismo fue una de las características de los modelos económicos y sociales establecidos en Antioquia en el siglo XIX, una Antioquia que ya tenía celebridad por sus expansiones fronterizas desde la centuria anterior con los movimientos colonizadores. Y todo se estratificó. Así, el “buen tono”, la “urbanidad”, la “etiqueta”, el “chic” parisién, eran maneras de distinción de las clases altas y, con tales ejercicios, los de abajo, los peones, los artesanos, los negros, los indios, los despojados, eran solo mano de obra a la que había que controlar —y explotar— con distintos mecanismos.

 

De ese modo, con el oro, pero eso sí, sin sangres moras ni judías, porque había que limpiar toda traza impura que pudiera manchar el pasado católico, blanco, y menos con huellas indígenas o negroides, en Antioquia pelecharon diferenciaciones sociales, con brechas y abismos muy sórdidos y anchos. Los de arriba eran los impolutos, los elegidos, los llamados a mandar y a ejercer el poder. Los otros, tenían que obedecer. Eran los malolientes, los descastados, los que tenían mezclas raras y peligrosas. Así, hubo antioqueños muy distinguidos, de “buena familia” y otros, desheredados. Pudiera ser, entonces, que el oro, o, mejor, Don Dinero, pudiera igualar a los de abolengo con un paria en ascenso social (un emergente). Y el fenómeno aflorará, con todas sus implicaciones socioeconómicas y aun políticas, en los setentas y aún después, con la aparición de “don-nadies” elevados a la máxima potencia por los “milagros” del narcotráfico, el contrabando y otras trastadas. Las “carangas” resucitadas que llamaron.

 

La violencia, de vieja data, que estipulaba diferencias, que maltrataba a los sin fortuna, que eran en las guerras civiles los reclutados como carne de cañón (o de machete), fue estableciendo sus cotas. El modelo empresarial antioqueño, pensado y construido en las primeras décadas del XX, tuvo aliados en el Estado, la Iglesia, la educación confesional, las dietas literarias impuestas a los católicos (qué puede leer un católico, qué cine o teatro puede ver), la vigilancia a través de patronatos y otras instituciones, el control de las conductas mediante catequesis y también con las censuras (fue el tiempo de las juntas de censura), todo un enjambre, pero a su vez, un edificio complejo de manejos y dispositivos de poder.

 

Medellín ha sido centro de mafias, pistoleros, hampones diversos, corruptelas…

 

Digamos que todos estos enunciados han sido —y seguirán siendo— pábulo de investigaciones, tesis académicas, artículos de revistas indexadas, en fin, y que hay que escrutar para dar respuestas, o, al menos, alguna interpretación, a qué es esa vaina de la “antioqueñidad”; por qué una ciudad como Medellín ha sido centro de mafias, pistoleros, hampones diversos, corruptelas (como las que hubo, por ejemplo, en la construcción del Metro de Medellín) y sigue siendo un campo de cultivo de divisas conservaduristas y de “godarrias” dominantes y casi inamovibles.

 

A ese espejismo, aupado con ideas de progreso (aquí el progreso ha sido más que todo aquella ‘movención’ conectada con infraestructuras, chimeneas, métodos de producción, y poco o casi nada con la cultura, el pensamiento, la educación, las ciencias), a ese oropel de lo antioqueño como sinónimo de transformación, de riqueza, de pujanza y de haberse creído una “raza” superior, hay que sumarle lo que Fernando González, uno de los pensadores que ha desbrozado caminos en torno a la “antioqueñidad”, es que nos quedamos con el complejo del hideputa. Y, como bien lo mostrará el maestro Carrasquilla en homilías, relatos, crónicas, cuentos y novelas, en un “bovarismo”, en una identidad resquebrajada y más mirando hacia modelos extranjeros que a la construcción de una cultura propia. Estamos muy inflados. Más de la cuenta. Sobrevalorados.

 

Son múltiples factores: la geografía, las riquezas naturales, la transformación de materias primas, los mercados, la búsqueda de nuevos horizontes (como en el cuadro de Francisco Antonio Cano), los que nos han hecho creer que somos inequívocos, “superiores”, emprendedores a ultranza, únicos. Y a tal caracterización hay que sumarle mil variables más, que trascienden el “dicharacherismo”, los decires como “el antioqueño no se vara”, el amor cuasi enfermizo al dinero, el materialismo hirsuto y vulgar…

 

¿Y entonces la violencia? Con una especie de ruptura, o de corte histórico, que comienza a notarse a partir de la segunda mitad del siglo XX, a la que contribuirán la violencia liberal-conservadora en los campos colombianos, las nuevas migraciones, con desplazamientos obligatorios o forzados, distintas a las de los primeros años de la centuria, cuando los cantos de sirena de la industria convocaban a miles de trabajadores que marchaban del campo a la ciudad para emplearse en las fábricas, digo que desde esas calendas la ciudad se transmuta. Ya ni siquiera la planeación (planea el que tiene el poder) es posible. Los que llegan, como una turba, como una ola gigante tras una tormenta marítima, como un vendaval, se asientan primero a orillas del río (un río al que siempre la ciudad le ha dado la espalda) y luego ascienden por las laderas.

 

Y advienen nuevas discriminaciones. Nuevas violencias. Nuevos atropellos, como los de 1951, con una alcaldada que mandó a todas las putas, una legión casi infinita (en los cuarentas, Medellín, tan goda y rezandera, tenía autorizadas nueve zonas de tolerancia) al barrio Antioquia, en una arbitrariedad, cometida por Luis Peláez Restrepo (y auspiciada por dueños de empresas y otros potentados). Y hay entonces un corte en la ciudad. Que se va sintiendo —y resintiendo— en los sesentas y setentas, con las crisis industriales, con el desempleo, los cambios de renta de la tierra, los nuevos usos del suelo, la tugurización, en fin.

 

En esos años hay una ascendente sumatoria de violencias, de despojos, de segregaciones. Y después, con la aparición, en los sesentas, de varias guerrillas en el país, a las que se sumó, en los setenta, tras el desvergonzado fraude electoral de 1970, la del M-19, los discursos son otros. El narcotráfico emergerá, en un territorio abonado por pobrezas y otras miserias, como una suerte de huracán que removerá entejados y pondrá a tambalear la endeble edificación de esa “Antioquia grande”, tan cacareada por demagogos y otros politiqueros.

 

La violencia de los ochentas y noventas, con carro bombas, sicariato, masacres, a la que se le debe adicionar la expansión del paramilitarismo y las bandas criminales, metamorfoseará la ciudad y sus alrededores en una espantosa caldera del diablo. Se envilecerá el valor de la vida y aumentará el poder de Don Dinero, ese que es capaz de erigir al hampón en santo y al verdugo en sujeto de adoración. Aquella antigua consigna de “consiga dinero como sea, pero consiga, mijo”, pone en evidencia, muchos años después, las distancias exorbitantes entre las clases sociales. Y entonces, con pistolas, subametralladoras, explosivos, el lumpen gana posiciones y turbulentas trepadas en la “escala” social.

 

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Mauricio Ospina y la protesta por su asesinato.

 

¿Cuándo comenzó a joderse la ciudad? La pregunta, formulada en otras geografías, en otras circunstancias, como sucede en una novela de Vargas Llosa, puede tener respuesta en la conformación de lo que ha sido Antioquia. En la historia. En la antropología. En las viejas literaturas. En los archivos. Quizá se inició el desbarranque cuando las élites, tan presumidas, tan todopoderosas, iniciaron sus humillaciones y desprecios hacia los “carenciados”. Como haya sido, hoy, en una ciudad que en 2018 tuvo más de 600 homicidios, incluido el del creativo joven, muerto en una incursión de sicarios en el barrio Laureles, los problemas sociales son graves y la inequidad es un cáncer o una gangrena que todo lo carcome.

 

Y a la par de los mejoramientos infraestructurales, o, más bien, como prioridad de una ciudad, deben estar en primer plano todos los rubros relacionados con la cultura, la educación, el trabajo productivo, la investigación científica, la creatividad, la sensibilización en artes, el impulso a los saberes y a la convivencia pacífica. No se necesitan tantas demagogias y visajes de los mandamases. No se requieren cosméticas y otros maquillajes oficiales. No más engañifas del poder. Hay que iniciar una transformación de fondo en las “superestructuras”, en las mentalidades. Empresa colosal e inaplazable.

 

La muerte (y otras muertes) de un joven talentoso y pacífico no puede ser en vano; tiene que servir para que prosigamos con una reflexión, permanente y crítica, en torno a la ciudad, sus desventuras, sus desquiciadas formas de resolución de conflictos y para ir construyendo un mundo en el que las palabras y los argumentos, la razón y el pensamiento, sean parte de la cotidianidad y de la discusión en torno a las diferencias, y a la búsqueda de acuerdos y desacuerdos civilizados.

 

(Enero 1º de 2019)

 

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La muerte de Pablo Escobar, pintura de Fernando Botero.

 

 

 

 

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El atrio de las sociabilidades

(Crónica con encuentros, chismes y los latigazos de Mon y Velarde)

 

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

El atrio, esa espacialidad que está más en lo público que en lo privado, en las afueras de las iglesias, tiene una categoría de sociabilidad y congregación, más que de religiosidades. Es la parte civil de las construcciones sagradas. Y en tal parte, la injerencia “divina” es menor que en los adentros del templo. Construido un poco más alto que la calle, el atrio era una posibilidad para el encuentro, las citas, las ventas ambulantes y los enamoramientos furtivos.

 

En otros días, en el atrio, cuando se oficiaba la misa, se paraban muchos hombres, como en el ejercicio de una actitud de estar y no estar. De ahí se escuchaban  las palabras del cura, pero, además, había la posibilidad de dirigir las miradas hacia otros ámbitos, menos confesionales. Pudo haber sido una variante del “que reza y peca, empata”.

 

Las iglesias católicas construidas antes del Concilio Vaticano II, eran monumentales. Debían tener una presencia en la ciudad (o en el pueblo) de gran calado y dominio. Y en esas arquitecturas, con naves y torres, con campanarios sobresalientes, estaba, como una parte de la edificación, el atrio. La diferencia es que se hallaba en el afuera, en el mundo exterior donde no había tanta solemnidad ni se sentían los inciensos ni se alcanzaban a ver altares e imágenes de santos y vírgenes.

 

El atrio era una manera de estar, sin estar en la ceremonia, en la liturgia. Aparte de esta situación, el atrio se presentaba como una referencia para las citas. “Nos encontramos en el atrio de La Candelaria”, era de lo más pactado en otros días en Medellín. “Nos vemos en el atrio de la Metropolitana” o en el de San Ignacio. Y así. En el atrio, los novios se podían coger de las manos, se acercaban, se rozaban la piel. Había en esa circunstancia, una manifestación de lo profano. O, en otras dimensiones, de la vida civil.

 

Esta construcción sacra y laica, religiosa y cívica, al aire libre, limitando en muchas partes con el parque o plaza, era una oportunidad para el chisme. En el atrio se “rajaba” del cura y del alcalde, del policía y el carnicero, de todos y a nadie se le sostenía. La comunicación en ese lugar de encuentros era para el deleite y la conseja. Trascendía lo físico-espacial y era una prolongación del café y de las murmuraciones domésticas.

 

Los atrios de los grandes templos, tanto en los barrios como en el centro de la ciudad, eran, a escala (bueno, todavía tienen funcionalidades sociales), un universo urbano, con dinámicas de ciudad. Eran, también, una manera de seguir conversando, de acordar nuevos encuentros, de intercambiar mentiras y de “chicaniar” con alguna nueva adquisición. Hoy, en ciertos atrios (como el de la Metropolitana), hay más palomas que gente.

 

El atrio es como una zona de frontera. Y tuvo, en otras muy viejas temporalidades, una función de acercar a la iglesia a los gentiles, a los no fieles. Quizá como una posibilidad de las atracciones. En este singular espacio cabían los circuncisos y los no circuncidados; los incrédulos y los feligreses. Una suerte de ágora para todos. Aunque, se sabe, por ejemplo, que el visitador y oidor español Antonio Mon y Velarde, el regenerador, levantaba a latigazos del atrio de La Candelaria a indios y negros que fumaran o conversaran en ese lugar.

 

Los atrios eran la conjunción de los vendedores de periódico con los aromas gratos de las crispetas. Después, acogieron a los loteros, a los de las “chazas” o carritos de dulcerías y cigarrillos, a los fruteros, a los ofrecedores de estampitas milagrosas. Y así, se transformaron, en algunos sectores, en pequeñas plazas de mercaderías.

 

Después del Vaticano II, las iglesias debían construirse sin tanta pompa ni dimensiones colosales. Nada de mega-edificios. Y así surgieron ramadas, pequeños templos, y no todos tenían espacio para el atrio, medida que afectó las reuniones barriales, los encuentros concertados y el lugar para pararse a ver entrar muchachas bonitas a las parroquias.

 

En Medellín, los atrios siguen siendo, aunque en menor proporción que antes, un espacio para las citas y las esperas. El de La Candelaria, en el hoy cuasi parque de Berrío (el metro lo redujo a ser una estación y lo cercenó), no tiene la apetencia ni la atracción de otros días. El de San José está atiborrado de ventorrillos y el de San Antonio hace años dejó de ser un lugar de encuentro. Los atrios parecen estar en decadencia. Ya nadie pronuncia aquel risueño dicho: “Es tan lengüilarga que comulga desde el atrio”.

 

¡Ah!, por lo demás, algunos atrios se tornaron meaderos públicos y, en las mañanas y tardes soleadas, se levantan hedores a “berrinche”, que reemplazaron los muy acogedores perfumes de muchachas que lucían su mejores galas para entrar al templo y los aromas calientes y sabrosos de las palomitas de maíz y del algodón de azúcar.

 

El atrio tenía encantos. No faltaban señoras y señores que se quedaban ahí, con disimulos, para observar los vestuarios de las más encopetadas y adivinar las formas sensuales de las jovencitas. Los ojos y la lengua tenían allí mucho trabajo.

 

El atrio, como la acera, está entre lo público y lo privado. Es (o era) un espacio ceremonial poco ceremonioso, laxo, despojado un poco de las normas del ritual. Un sitio para darles a las palabras un sentido de la amistad y del reconocimiento de los otros. Los que se quedaban en el atrio, mientras discurría el oficio religioso, pasaban mejor que los de adentro. Y hasta pedían papas y ají, seguro con más sabor que las hostias consagradas.

 

Atrio y frontis de la iglesia de Nuestra Señora del Sagrado Corazón, barrio Buenos Aires, Medellín. Fotos de Carlos Spitaletta

¿Qué es esa vaina de la antioqueñidad?

 

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                                                                                                                                                             Tomás Carrasquilla

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Toda cultura es digna de sospecha.  ¿Existe la antioqueñidad? ¿Hay una raza antioqueña? La conmemoración del bicentenario de la independencia (1813-2013) de Antioquia ha sido un motivo histórico para diversas reflexiones acerca de lo que es y ha sido el antioqueño, visto, por ejemplo, por el visitador Antonio Mon y Velarde como perezoso, según los intereses que el hispano tenía frente a la Corona, y luego como un paradigma del trabajo y la pujanza.

 

¿Hay solo un antioqueño, aquel que estereotiparon como blanco, emprendedor, tradicionalista, jugador? Después de la declaración de independencia del 11 de agosto de 1813, surgieron representaciones de la pertenencia a una presunta raza, superior, diferente a las del resto del territorio nacional, en una suerte de propaganda “eugenésica” promovida por las élites y que si bien condujeron a proporcionar elementos identitarios, a su vez sentaron bases para un discurso segregacionista y con acento en la división social en clases.

 

Ser antioqueño posiblemente también sea un acto de fe, y más en estos breñales en los que hubo interesantísimas mezclas de rezanderías, juegos de azar, actos mágicos con monicongos y toda suerte de simbiosis entre lo negro, lo indio y lo blanco. Sin embargo, durante muchos años (tal vez todavía continúe), se impuso una tendencia de superioridad del “blanco”, en particular si pertenecía a las élites económicas y si su presunta blancura estaba respaldada con oro. No faltaron blanqueamientos forzados y compra de títulos nobiliarios para demostrar que no había contaminaciones judías y moras, y menos indias y negras.

 

Las élites, conectadas con la minería, el comercio, la caficultura, el modelo empresarial antioqueño, fomentaron además discriminaciones frente a los pobres, que carecían de buen tono, olían mal, eran “pecuecudos” y se perdían en los vicios; y se erigieron como las poseedoras del “buen gusto” y mejor talante, que pasaba por los raseros franceses, el esnobismo y la copia de lo europeo. Los valores bursátiles y todas las plusvalías eran parte de esa cultura de los escogidos por la fortuna, “Cual si todo se fincara en la riqueza, en menjurjes bursátiles y en un mayor volumen de la panza”, como lo poetizara con ironía el musical León de Greiff.

 

 

Y dónde quedaba entonces el aporte del barequero, del recolector, del obrero que emerge con el siglo XX, de las prostitutas (que abundaron sobre todo en Medellín en la primera mitad del siglo pasado), de los arrieros y colonos; de los albañiles y forjadores de hierro; de los que abrieron las selvas de Urabá; de los que tendieron los durmientes y tiraron líneas férreas. Una cultura es una complejidad y, en el caso antioqueño, una diversidad de maravillas, venero para todas las interpretaciones y búsquedas. No es solo el criterio de burgueses y los refinamientos de clubes de exclusividad.

 

¿Hay un antioqueño melancólico? ¿Hay otro festivo? ¿Cuáles son sus características lingüísticas? ¿Habla lo mismo el de Apartadó que el de Rionegro? Lo que se denomina la antioqueñidad, cualquiera cosa que esto sea, es una serie de rasgos sociológicos, económicos, lingüísticos, en fin; una combinatoria entre prenderos, avaros, ricos barrigones (según Fernando González), uno que otro santo, bandidos (muchos), la obrería, el pícaro, el rebuscador, el cacharrero, el que no se vara (y si se vara, rápido se desvara), el camandulero, el agiotista, el compositor de bambucos… Una mixtura que ha producido modos de ser y de tener.

 

Tal vez el máximo escritor de estos valles y montañas, el gran Tomás Carrasquilla, sea el que más elementos ofrezca para interpretar y criticar la cultura antioqueña. En sus relatos y novelas, crónicas y homilías, se radiografía al pueblo y a las élites. En sus obras se pueden auscultar las mentalidades coloniales, la economía, las opresiones y servidumbres, las fiestas, los nuevos ricos, los arribistas, y aun, como en Frutos de mi tierra (1896), se puede avizorar lo que vendría casi cien años después, con los tenebrosos carteles de la mafia, a cuyo poder y ordinariez también sucumbieron algunos “ricos tradicionales”.

 

Quizá a los antioqueños el complejo de superioridad se nos haya trastocado por el complejo del hideputa, o del que se avergüenza de lo suyo, como lo cuestionó el pensador de Envigado. Quién sabe. Es posible que todavía sigamos siendo banales y necios, con una total inopia en el cerebro, como nos lo restregó el panida de Greiff. Puede ser que adoremos a la virgen de los sicarios y leamos con fruición la autobiografía de la Madre Laura. Y que nos sigamos creyendo el ombligo del mundo.

 

Tal vez han cambiado las “cremas y natas”, algunas de ellas reemplazadas por advenedizos “café con leche”. A lo mejor, cambiaron los amos, aunque, en esencia, los esclavos sigan siendo los mismos.  No sé si nuestras simpatías y temores sigan estando entre Dios y el diablo, pero si uno u otro —o los dos— da platica (¡A la plata!, dirá Carrasca), pues, queridos, ahí estamos pa’ las que sea. “Vale Jesús lo mismo que el ladrón”, como en aquel tango. Qué vaina pues.

 

(Medellín, agosto de 2013)

 

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Horizontes, pintura de Francisco Antonio Cano, 1913.