Mosquitos y zancudos: ¡El infierno!

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Es probable que los insectos sobrevivan al hombre. Algunos de ellos, como los mosquitos y zancudos, parte de las miles de especies, que superan en cantidad a las de cualesquiera otros animales, son una suerte de atentado contra las pieles sensibles. Otros, como las cucarachas, son una expresión del asco y, por qué no, de visiones aterradoras y apocalípticas. Quién sabe por qué Kafka decidió que Gregorio Samsa se transmutara en un monstruoso insecto (no se sabe cuál) y no, por ejemplo, en una serpiente o en una lagartija.

 

Hace un tiempo, me topé con un insecto visto por el escritor húngaro Sándor Márai en uno de sus Diarios (1984-1989), y más que por él, por su esposa Ilona, que fue la primera en enterarse cómo el animalito frecuentaba la cocina de la pareja. No era una cucaracha, sino “un bicho de caparazón negra y de dos centímetros y medio de largo, algún tipo de ciervo volante”, según las palabras de la señora, recogidas por su marido. Pero el escritor también lo vio y advirtió que en su aparición había algo aterrador: “el insecto entra en la cocina en plena noche, abre un agujerito en la bolsa de plástico que contiene los alimentos, consume la cantidad necesaria y desaparece como el rayo para volver de nuevo al día siguiente”.

 

El insecto descrito por Márai, que roía trozos de pan y de frutas esparcidos en la cocina, va más allá del instinto y hay en él un “conocimiento” de la situación de supervivencia, de lo que debe consumir, sin exageraciones, solo la dosis necesaria, la suficiente para nutrirse. El mismo escritor se pregunta, no sin admiración, cómo encuentra la comida, cómo comete el robo, cómo sabe acerca de lo que hay que hacer y de la forma del asalto, lo cual no deja de ser aterrador, como lo señala el autor de El último encuentro.

 

En mi casa, en la que escasean las cucarachas, pero abundan minúsculas hormiguitas rubias y también lagartijas (entre ellas, una rayada, que parece emparentada con cebra o que gusta vestirse con el clásico traje de presidiario), escuché una noche un zumbido, no propio de esas horas, y sentí un choque contra la vidriera que da a un patio con plantas. Al levantarme, encontré una avispa bermeja, extraviada quién sabe por qué situaciones (tal vez la contaminación ambiental), que intentaba volverse por donde había entrado.

 

Llegará el día en que el hombre se metamorfosee en distintos insectos. Y puede que el mundo, de esa manera, adquiera un equilibrio. Sé, que en mi caso, no me transformaré en zancudo, ni en mosquito, ni en el torturador y tropical jején. Me parece que tengo una atracción fatal (o ellos por mí), una inclinación a que me ataquen en ciudades y campos, que por tales razones poco o nada me gustan fincas, aventuras selváticas, campings y otras torturas e incomodidades.

 

Sin embargo, donde quiera que esté, en oficinas con alfombras y aires acondicionados, en salones de clase, en cuartos de hotel, en teatros, en fin, me asaltan mosquitos y zancudos, y sus picadas son un suplicio que impide cualquier concentración. Hace años, observando anotaciones del Barón de Humboldt sobre los insectos que él denominaba crepusculares (como el desgraciado jején), la mera lectura me producía escozores y rasquiñas. El diminuto insecto costero y de ríos, que deja un puntito rojo tras su ataque devastador, torna con su especie de odio contra el hombre a la hora del crepúsculo. La roncha durante tres o cuatro días más y cuando se oculta el sol vuelve a picar y picar. Y hay que rascarse hasta arrancarse la piel.

 

En 1990, en la Expedición El Dorado, que preparaba antes de tiempo la conmemoración de los quinientos años del Descubrimiento de América, que atravesó ríos, selvas, montes y pueblos de Colombia, Venezuela y luego derivó en las Antillas menores, Trinidad y Tobago, y que se varó en Aruba, cuando iba a empalmar hacia la Guajira, debido a las bravuras del mar, me embarqué por más de un mes en una desventura (que no aventura) debido a los asedios y ataques permanentes de la mosquitería.

 

Nada pudieron contra el zancudo (que recordaba entonces a Vargas Vila y su Ante los bárbaros: “¿cuál es el peligro de la América Latina? El peligro yanqui…”) la tiamina, ni los repelentes, ni siquiera las botelladas de aguardiente y ron. El zancudo, contra el cual el gringo nada pudo, que decía el panfletario de América, me venció y vapuleó. Y así fue como en un paraje  a orillas del Orinoco, los expedicionarios recalamos ante la inminencia de la noche, y levantamos carpas, que fueron atravesadas por sonoras nubes de mosquitos, que además agujereaban bluyines y nos levantaban en vilo, en un episodio de canibalismo mosquitero y terror colectivo. Hubo que salir en desbandada de allí para buscar paisajes menos hostiles, y con mosquitos no tan numerosos ni tan agresivos.

 

Es una dicha para aquellos que no sienten las picaduras. Que no están expuestos a los ataques sin misericordia de jejenes, mosquitos y zancudas, y que pueden pernoctar en medio del monte, a orillas del mar, en las riberas de los ríos, sin sufrir ningún daño. A mí que no me inviten a selvas. Ni siquiera a las denominadas fincas de asueto. No valen toldos, ni anjeos, ni insecticidas. Nada. El infierno, ¡oh!, Dante, son estos insectos que de seguro sufrió en sus expediciones el pobre Humboldt.

 

Nosotros, los alérgicos a esas picaduras siniestras, preferimos la contaminación de las ciudades, el ruido infernal de automotores, el acelere urbano, la nube de esmog, que someternos a las picantes ofensivas campestres, aunque, lo dicho, no es que estemos a salvo del todo en una urbe, como Medellín, en la que uno que otro mosquito nos pone a proferir insultos mientras nos rascamos brazos y tobillos, y sacamos a relucir el atomizador con líquido repelente. Al menos por estos contornos no atacan en masa, como los “vampiros” del Orinoco.

 

Que frente a las tropas de zancudos y mosquitos, son preferibles escorpiones y otros arácnidos, o, cómo no, algún bichito, como el que en la cocina del escritor húngaro se regocijaba destapando paquetes de comida.

 

 

 

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