El rastro de la sangre sobre los libros

(A propósito de la mudanza de la librería Palinuro, que se va del Centro de Medellín)*

Por Reinaldo Spitaletta

 

Donde hoy está la librería hace algún tiempo hubo una taberna. Y en ella, una noche, en charla con algunos músicos de Bellas Artes y de la Filarmónica de Medellín, mientras le solicitaba al tabernero que si podía cambiar la monótona trova cubana por Balada para un loco, interpretada por el Polaco Goyeneche, sentí que el pantalón se me humedecía, y, qué vaina, no es que hubiera bebido tanto como para tal incidente, ni que padeciera de incontinencia. Pero no había duda: del mezzanine caía un líquido que solo me mojaba a mí. En mi mesa había seis personas, y solo yo era el damnificado con la sangre que chorreaba, sí, ¡sangre!, tan escandalosa como siempre.

 

Subimos las escalas de madera y cuando pensamos que mínimo nos encontraríamos con alguien con las tripas afuera, nada. No había nadie. Ni tampoco señales del inexplicable líquido que me había estropeado el pantalón y también la noche.

 

Mucho tiempo después, justo debajo de donde estaba aquella vez, le conté la anécdota a Luis Alberto Arango, alias el Maraquero y “extabernícola” (también tuvo una taberna), de la librería Palinuro. Abrió los ojos como si delante de él tuviera la trompeta de Armstrong o de Gillespie y advirtió con seriedad que haría rodar esa historia. Entre tanto, me mostró el Palinuro de México, autografiado por su autor Fernando del Paso y anotó en una libreta algunos títulos que yo iba a buscar, puso en una grabadora el casete en homenaje a Juan Rulfo realizado por Del Paso en Radio Francia Internacional a la muerte del autor de Pedro Páramo, y nos emocionamos casi hasta las lágrimas con esa evocación de la década del ochenta al sabor de un café.

 

Todos, creo, hemos tenido una cierta relación de misterio con los libros. Cuando éramos adolescentes y todavía jugábamos al fútbol y a la guerra libertada en las calles de El Congolo, en Bello, Chucho Hernández, integrante de la barra más célebre que hubo por aquellos lugares, me regaló Moulin Rouge, de Pierre La Mure, que su papá ya no quería tener más en casa o no sé qué. Lo leí en dos noches y me impresionó la vida trágica y cabaretera de Henri Toulouse-Lautrec. Quizá diez años más tarde, ese mismo libro, que yo le había prestado al escultor Gabriel Restrepo, pasó a las manos de otro escultor, Rodrigo Arenas Betancur, que jamás lo devolvió. Uno se apega a determinadas cosas y confieso que sentí una suerte de vacío existencial por no poder recuperarlo, porque, además, lo tenía subrayado y era parte de un tiempo feliz. Después, lo hallé en otra edición en la biblioteca del Sindicato de Trabajadores de Vicuña, y quizá viendo que nadie lo había prestado nunca, y que yo estaba muy interesado en él, un directivo obrero me lo regaló. “Quédese con ese libro que aquí nadie lo necesita”, me dijo. Y como coincidencia histórica el señor también se llamaba Chucho Hernández.

 

Bueno, volvamos al cuento. A Palinuro llegué buscando, entre otros, Lujuria de vivir, de Irving Stone, que también lo han traducido como Anhelo de vivir. Establezcamos que es un libro más bien de circulación restringida. Trata, como es fama, de la vida de Vincent Van Gogh. Se lo había prestado cuatro meses atrás a Richard Spitaletta, que, en una noche de carnaval, lo olvidó en un taxi. Ojalá, en todo caso, el taxista o quien lo haya encontrado lo hubiese leído. “A lo mejor sí —me dijo Luis Alberto— porque el título de lujuria atrae… tal vez pensarían que era otra cosa”. Ese es uno de los que él anotó. En esas pláticas estábamos cuando recordé otro episodio. En una época, aquí era bastante escaso el libro Antimemorias, de Malraux, y el Restrepo de marras, que lo había leído hacía mil años, siempre nos hablaba de él, lo comentaba con placer y nos entusiasmaba para leerlo. Un día, tras ruegos numerosos, me lo prestó. Por esos días, yo tenía un cachorro french puddle, llamado Dino, loquísimo y correlón. Empecé a leer al mítico Malraux, al testigo de la gran marcha, al estalinista, al novelista y mitómano, al polifacético André, en fin, y cuando me asaltó el sueño lo puse en el nochero, junto a otros libros. Al día siguiente, cuando volví a casa, Dino se había tragado casi todas las Antimemorias, qué horror, y ahora qué iba a pasar, por qué dañó ese y no otro que fuera mío, dónde conseguiría otro ejemplar. Y, en efecto, no lo pude encontrar. Entonces le devolví los restos a su dueño. Quizá el perro había vengado la desaparición del Moulin Rouge.

 

Y hay que decir que estos recuerdos llegaron porque ahí, en Palinuro, estaban las Antimemorias, para mí ya olvidadas. Qué curioso. Iba a buscar en todo caso Germinal, de Zola, para recordar de nuevo, más que a los mineros y sus luchas, la figura de Van Gogh en sus tiempos de predicador. “Lo vendí hace poco”, dijo el librero. “Ve, ¿y tenés a Ricardo III?”, nada. “¿Y la India secreta, de un periodista inglés, Paul Brunton?”, tampoco. Y entonces fue cuando nos pusimos a hablar de ciertos libros que ya no circulan en las librerías, ah, sí, digamos, para ser precisos, en las de Medellín. Y mencionamos, por ejemplo, a Roberto Arlt, algunos títulos de Dickens, no se consigue ninguna obra de Teodoro Adorno, ni La muerte de Virgilio, de Broch, y así. Sin embargo, me enteré de paso, que allí acababan de vender un ejemplar de la vida de Pepe Sierra, que es más escaso que los arriba mencionados.

 

A la taberna volví meses después del incidente sangriento y tenía, además de las trilladas canciones de Pablo y Silvio, una buena representación de Goyeneche y Piazzolla, y algo de jazz. Y, valga decirlo, era otra la administración. Sin embargo, esa noche llegaron unos tipos que tiraron voladores a la entrada y después, en medio de su polvorienta rumba, esgrimieron pistolas, pero no dispararon. Menos mal. Y ya nunca más volví a ese lugar, hasta cuando me enteré de que el bar se había transmutado en una librería de “libros leídos”, que, en sí mismo, ya es un hecho increíble y tal vez solo posible en una ciudad de miedos y misterios como Medellín. No sobra recordar que el día de mi visita, el librero me puso, además, en la voz de Juan Rulfo, el cuento Diles que no me maten.

 

*(Noviembre 9 de 2003-Publicada en mi libro Historias inesperadas, 2015 Editorial UPB)

 

Interior de la Librería Palinuro, en Córdoba con Perú (Foto revista Soho, tomada de internet)

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¿Cuáles son los diez libros que cambiaron tu vida?

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Por Reinaldo Spitaletta

Cuando a uno le preguntan, por ejemplo, cuáles han sido diez libros que le cambiaron la vida, el impacto del interrogante es como un recto a la mandíbula. Cualquiera, menos avisado, podría decir que un libro no le cambia la vida a nadie. Pero resulta que, en aquella etapa en la que uno todavía está en la educación sentimental, sí hay lecturas que lo transforman. Puede que, en rigor, no sean todas obras maestras. Influyen factores disímiles, emociones de adolescencia, enamoramientos frustrados, alguna casualidad. La soledad que acecha… Hay libros que lo buscan a uno. Se le aparecen en una esquina, en una vitrina, en el café, en una conversación. Hay una suerte de misterio en el descubrimiento de aquellos libros.

 

En agosto de 2008, el finado Luciano Londoño López, un lector impenitente, quizá uno de los mejores que yo haya conocido, realizó entre sus amigos (no muchos) una encuesta tremenda: ¿Cuáles han sido los diez libros que más han influido en tu vida? Confieso que me quedé sin respiración. Bueno, un momento no más. Y después, al recuperar el aliento, en una meditación que me transportó a tiempos lejanos, los libros emergieron, unos entre ángeles custodios; otros, en medio de la bruma de los recuerdos. Cada libro, de los diez que seleccioné, tenía una historia, un momento crítico, una epifanía. Fueron revelaciones.

 

El flash back me condujo a días felices. De cómo llegaron a mis manos, podría contar tantas cosas y episodios; de cómo algunos de ellos los leía día y noche, en una especie de maratón adictiva, que alguna vez originó que mamá, molesta por el bombillo prendido de mi pieza, dijera que no leyera más o terminaría como el Quijote. En otra ocasión, menos literaria ella, ordenó con energía que apagara la luz o rompería el foco con un zapato. La risa que la amenaza me causó, se le contagió, y al fin de cuentas, en medio de las risotadas de ambos, permitió que siguiera la lectura.

 

Uno de los diez elegidos, llegó a mi poder, cuando yo tenía quince años. Un amigote de barra, Chucho Hernández, me dijo una tarde: “mi papá tiene muchos libros que ya no lee. Te voy a regalar uno”. Y entonces me entregó un libro gordo, de hojas amarillentas, titulado Moulin Rouge, de Pierre La Mure. Lo empecé por la noche y de pronto llegué al momento en que el pintor Henri Toulouse-Lautrec (era una novela biográfica), alucinado por el azul intenso de los ojos de su hermano, le clavó un lápiz en uno de ellos. Ya no pude parar.

 

El libro estuvo conmigo muchos años, hasta cuando un escultor, Gabriel Restrepo, al que le hablé una noche en un bar acerca del texto, me pidió que se lo prestara para, a su vez, el pasárselo a otro escultor, Rodrigo Arenas Betancur. Jamás lo devolvió. Y pasó el tiempo, y para mí la ausencia de aquel libro creó un vacío existencial. Una vez, en el Sindicato de Trabajadores de Vicuña, vi otra edición del mismo, en una vitrina. Le pedí al presidente del sindicato, Jesús (Chucho) Hernández (qué curioso: homónimo de mi amigo de barriada), que me lo prestara. Lo volví a leer y ya las emociones no fueron tantas, aunque mi amor por las historias del pintor de las prostitutas, los carteles y las bailarinas de cancán (ah, y de La Goulue), me seguían seduciendo. Pasaron los meses. Y un día el señor Hernández me dijo: “Spitaletta, quedate con ese libro. Aquí nadie lo va a leer”. Todavía lo tengo.

 

Al final de la adolescencia cogí la manía de leer varios libros “simultáneamente”. Leía veinte páginas de uno y saltaba a otro, y a otro. Lecturas desordenadas, sin rigor, sin disciplina de lector serio. El vicio arraigó y todavía hago lo mismo. Qué vaina.

 

Los libros que incluí en el listado para Luciano fueron parte de una aventura juvenil, tiempo de exploraciones y búsquedas desenfrenadas. Quizá si hoy alguien me formula la misma pregunta, la selección cambie. Pero, sin duda, varios de aquellos estarán ahí. Porque me llevaron a otros libros. O porque me hicieron llorar. O me disminuyeron la angustia existencial. O me la aumentaron. Qué sé yo. O porque me alborotaron la imaginación. Puede ser que la frase “cambiaron mi vida” sea solo un decir. El caso es que los diez libros de la lista hicieron que el mundo, mi mundo limitado y simple, no fuera como el de antes de leerlos. Fueron, quizá, como las estrellas con las que terminan el Infierno, el Purgatorio y el Paraíso de Dante Alighieri.

 

Los diez libros de aquella absurda encuesta son:

 

-Moulin Rouge, de Pierre La Mure (novela sobre la vida de Toulouse-Lautrec)

-El lobo estepario (Hermann Hesse)

-Enciclopedia El tesoro de la Juventud

-Las Mil Noches y Una Noche

-Reportaje al pie del patíbulo, de Julius Fucik

-Teatro completo, de Antón Chejov

-El Manifiesto, Marx y Engels

-Cuentos completos, Edgar Allan Poe (creo que era la traducción de Cortázar)

-El hombre de Kiev, Bernard Malamud

-El faro del fin del mundo, Julio Verne

Scherezada y el rey Schariar, Las mil y una noches