Muchachas de Medellín

Por Reinaldo Spitaletta

—¿Cómo son las muchachas de Medellín?

—Son de colores.

—¿Cómo de colores?

—Escuche y verá.

Por la mañana, tienen, unas, el color recién amanecido de las montañas, un poco de rocío en la piel, un tanto de flores en el cabello, una mezcla de alborada en los ojos, y sus palabras salen pintadas de lápiz labial. Son lindas, créame. Las que van a estudiar, llevan faldas de cuadritos rojiazules, granates algunas, las hay de blanco y verde. Las que caminan al trabajo, se adornan la sonrisa con rojo brillante. Son un espectáculo las muchachas de Medellín: las hay a quienes la noche se les quedó para siempre en el cabello; otras tienen pedacitos de sol en el pelo, y no falta aquella del arroyuelo azul en la cabeza, que cantaba un poeta piedracielista.

No sé, pero a uno le impactan porque al atardecer esas mismas muchachas han cambiado de color. Sí, es inexplicable, pero usted mismo tendría que verlo, no para entender, sino para sentir. El color malva del crepúsculo se aferra a su piel, muchachas atardecidas en el metro, en los buses, en las aceras, en los parques. Y a esa hora siguen tan frescas, con perfumes de la mañana. Fragantes. No sé cómo harán. La tarde les sienta bien, aunque tengan ya los pasos cansados y el pelo lleno de viento y de hollín. Siguen hermosas. Las últimas luces del sol las embellece. Las que andan hacia occidente, los ojos se les encienden; las que van al oriente, sienten miradas en su espalda, nadie queda impune a su paso; las que buscan el sur, llevan el perfil iluminado, y, claro, las que van al norte también. Así es aunque amenace lluvia, y aun si hay nubes. Ellas mismas son la luz.

Por la noche, uno podría decir que son de neón o de mercurio. No debes mirarlas a los ojos, porque te paralizan, medusas de la urbe. Son muchachas de penumbras. En ellas hay color de misterio. Ah, ¿que cuál es ese? Es el más peligroso, por indefinible, porque hay que imaginarlo. Alguien sin imaginación no podrá ver en las muchachas de la noche de Medellín ese color que, dicen los endemoniados, es el del diablo-mujer. Color de tentación, de atracción fatal.

Las muchachas de Medellín tienen el color de los cines de antes: matinal, matinée, vespertina y noche. Si quiere, vaya. Pero, eso sí: después de verlas, usted no querrá irse de la ciudad. Jamás.

Pintura de Christoffer Wilhelm

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Muchachas que comen fruta

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Es un atardecer de verano tropical. Con lentitud, me asomo a la ventana para llenar los ojos de luz magenta, que cambia en menos de un parpadeo a un tono malva. Recuerdo al poeta de la taheña barba que quería montar una fábrica de crepúsculos con arrebol, y sonrío. Medellín en el estío de agosto (¡qué luz de agosto, por Dios!) es una fiesta de viento y soles que abrasan. La calle parece reverberar. Y de pronto, por la acera, pasan dos muchachas que comen fruta (creo que una, la de blusa breve, de manga sisa, se lleva una manzana verde a la boca; la otra, también de blusita soleada y corta, chupa naranja). Una muestra parte de su vientre templado, joven. La otra come como Eva la manzana. Tal vez piensa en alguna tentación por la manera como redondea los labios. Los senos recientes se abultan en sus blusas, frutos nuevos. Caminan despacio, tardando, como si supieran que son observadas. Animan mi vista de voyerista atardecido. No tienen afán de vivir ¡Viven! Estiro el cuello, mi nariz contra la vidriera, para observar sus últimos pasos que ya voltean en la esquina. Afuera, el sol sigue quemando.

Pintura de Fernando Botero