Balada con penúltimo whisky

(Adioses y viejas muertes en una composición de Piazzolla y Ferrer)

 

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                                                                                                                            Avenida Santafé, en Buenos Aires.

Por Reinaldo Spitaletta

 

Que le canten a la muerte de otros, como, por ejemplo, lo hace Miguel Hernández en su trágica Elegía (“En Orihuela, su pueblo y el mío, se me ha muerto como del rayo Ramón Sijé, con quien tanto quería”), es, con todo el dolor que puede entrañar, un acto comprensible. Que se hagan testamentos, posible antesalas de la muerte, tiene su lógica. Precauciones necesarias. Pero cantarle a su propia muerte, va más allá. Un anticipo de lo que vendrá.

 

La primera versión que escuché de Balada para mi muerte (además, como lo supe luego, era la primera que se grabó) fue la de Amelita Baltar, con su voz medio engolada, con ribetes de drama, bien acompasada al acompañamiento de la orquesta de Astor Piazzolla, compositor de la música.

 

Balada para mi muerte, con letra de Horacio Ferrer, tiene, además de elementos surrealistas, un toque de poesía de la calle. “Andaré tantas cuadras y allá en la plaza Francia, / como sombras fugadas de un cansado ballet, / repitiendo tu nombre por una calle blanca, / se me irán los recuerdos en puntitas de pie”.

 

Esta balada (con genuino contenido de tango), es una pieza funeral anticipatoria. El personaje asume que va a morir en Buenos Aires, de madrugada y que guardará con mansedumbre las cosas de vivir: “mi pequeña poesía de adioses y de balas, / mi tabaco, mi tango, mi puñado de esplín”. No es mucha su fortuna material, pero sí sus vivencias, su bohemia, su recorrido por una ciudad que tiene duendes y ángeles, dioses y demonios. La inevitable parca tendrá que llegar y entonces se cantará para que no sea tan doloroso el advenimiento.

 

Tal vez, la mejor versión sea la de Roberto Rufino, con la orquesta de Osvaldo Requena, en la que el cantor le imprime una honda manera de interpretar, una lección teatral, dándole sentido a cada frase, echándose encima toda la responsabilidad de una magnífica forma de decir y dramatizar.

 

Alguna vez que con mi compañera la escuchábamos en casa, ella, al oír el verso (no de aquel “verso que nunca yo te supe decir”) “mi penúltimo whisky quedará sin beber”, entró en casi una desazón existencial con histeria incluida. “Eso es imposible. No da por ningún lado que se le mire”. Eso decía. Y más. “Todo iba muy bien hasta ahí”, añadió.

 

Me pondré por los hombros, de abrigo, toda el alba, / mi penúltimo whisky quedará sin beber, / llegará, tangamente, mi muerte enamorada, / yo estaré muerto, en punto, cuando sean las seis.”

 

Y hasta hoy, sostiene que ese verso es una mancha. No encaja. “¿Acaso el último se lo tomará en el más allá?”, se preguntaba. Es un absurdo. Bueno, a mí, en cambio, me parece uno de los más logrados. En esta balada de lutos y olvidos, vuelve a plantearse aquello de si somos un sueño de otro, o, en este caso, de un dios. Y la muerte llega cuando, esa entidad o deidad, deja de soñarnos y entonces aparecerá la nada, que es el olvido.

 

Hay en ella una suerte de tono profético. De acecho. Y el protagonista del canto sabe que morirá en punto a las seis, cuando ya se haya puesto como abrigo toda el alba. “Llegará, tangamente, mi muerte enamorada”, así lo anuncia. Y él, como ya tiene la certeza, le dirá a su amada (que “ya está toda de tristeza hasta los pies”), que lo abrace fuerte “que por dentro me oigo muertes, viejas muertes, agrediendo lo que amé”.

 

Hace ya no sé cuántos años, me enteré del drama que sufrió una profesora de matemáticas, de la Universidad de Antioquia, cuando, en vacaciones con su marido en Buenos Aires, el hombre se murió allá, al alba, y al saber la noticia, recuerdo que, con varios de sus conocidos, pusimos la balada, en medio de un doloroso estupor. “Yo estaré muerto en punto cuando sean las seis”.

 

Este poema canción, con numerosas versiones, es, con Balada para un loco, un paradigma de las ensoñaciones de Ferrer, del surrealismo urbano de una ciudad en la que, con facilidad, se ve rodar la luna por Callao, o por cualquier otra calle céntrica o de los suburbios. Se escucha, entre otros intérpretes, por Jovita Luna, Raúl Lavié, Mina, Julia Zenko (la Turca), Milva, José Ángel Trelles y Susana Rinaldi.

 

Desde 1968, año de su aparición, Balada para mi muerte escaló lugares de privilegio en el extenso panorama del tango. Y Ferrer, además un historiador del género, se abrió paso entre el olimpo poético del tango-canción, que incluye, entre otros, a “monstruos” como Discépolo, José María Contursi, Cátulo Castillo, Homero Expósito y Homero Manzi.

 

El último dandi del gotán, siempre con una flor en el ojal, se murió en Buenos Aires, el 21 de diciembre de 2014, cuando guardó mansamente las cosas de vivir. La muerte enamorada se lo trasteó, sin dejarle beber su penúltimo whisky.

 

 

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Astor Piazzolla, Amelita Baltar y Aníbal Troilo.

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¡Oh, Paul Celan!

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Por Reinaldo Spitaletta

 

Paul Celan me dice que beba la leche negra de la madrugada

y yo empiezo a cavar una tumba en el aire.

Insiste en que de Alemania llegó la muerte de ojos azules

y yo solo tengo lágrimas de historia para responderle.

Y veo fosas comunes, un disparo en la base del cráneo,

una pala que abre las alas oscuras de un vampiro.

La voz se riega por los anales, archivos y conmemoraciones.

La leche negra del alba ha atardecido

y llega la noche, eterna noche de hornos y cenizas

que en el aire dibujan palabras de humo.

De Alemania llegó la muerte rubia

y me sorprendió cavando una fosa en el aire.

 

 

Niño Jesús

 

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

 

—Me llaman Niño Jesús.

 

—Ajá y ¿por qué?

 

—Porque he matado a veinte.

 

—Y eso qué tiene que ver con el nombre.

 

—Le da cierta ternura al asunto.

 

—Ah, sí; si vos lo decís, así debe ser, ¿cierto?

 

—Me parece que tenés miedo…

 

—No, para nada. Tiemblo de emoción al encontrarme a un niño tan inteligente.

 

—Sí, tengo 14 años. Y ya soy alguien.

 

—¿Qué quiere decir eso?

 

—Que decido sobre la vida de los otros.

 

—Ah, sí, claro. Veinte ya son legión.

 

—¿Legión? (…) Oíste, me parece que voy a ajustar el veintiuno.

 

—Sí, entonces serás más famoso que Billy el Kid.

 

—¿Te burlás de mí o qué?

 

—No, de mí. Porque por fin comenzaré mi carrera criminal.

 

Un disparo terminó con el extraño diálogo, sucedido en los días de muchos sustos en las barriadas y de muerte en toda la ciudad.

 

Las tripas agoreras de Santiago Nasar

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Por Reinaldo Spitaletta

 

Soñar con árboles, con bosques de higuerones y almendros,  y además con cagadas de pájaro, puede ser un signo aciago de una tragedia. Puede ser, también, que vestir un traje de lino blanco, en vez de uno caqui, y tener una pistola Magnum 357, con balas blindadas, sean otros síntomas augurales de un desenlace fatal. El destino, como en las tragedias de Sófocles, es ineludible, y por más vericuetos y atajos que tomes, por más intentos que hagas por no toparte con lo fatídico en una esquina, en un altozano, en la incertidumbre de una puerta cerrada, todo es inútil. Nadie podrá salvarte de lo escrito en el ininteligible libro del sino humano, solo comprensible a los dioses y a los iniciados en la interpretación y lectura de presagios.

 

Los sueños que tuvo Santiago Nasar, protagonista de la novela de Gabriel García Márquez, Crónica de una muerte anunciada, en los días y momentos previos a su sacrificio, a una muerte de cordero pascual o de cerdo de navidades, no le sirvieron ni siquiera a su madre, Plácida Linero, experta en lecturas oníricas, “siempre y cuando (los sueños) se los contaran en ayunas”, para detectar lo inevitable. La suerte estaba echada. Y en aquel pueblo ribereño, tropical, con un río mítico por el que todavía navegaban barcos de vapor y pasaban obispos indiferentes, hieráticos y fatuos frente a los que se agolpaban para que les echara la bendición, un desastre de sangre marcaría la historia de sus moradores y de las familias implicadas en un asesinato de honor. Un ajuste de cuentas por una afrenta de piel y cama.

 

En un pueblo en el que todo el mundo sabía que a Santiago Nasar lo iban a matar los gemelos Pedro y Pablo Vicario, matarifes de oficio, y antiguos amigos de su víctima, todo conspiró para que el crimen se llevara a efecto, sin que ni el cura, ni el alcalde, ni la madre del descendiente de árabes, ni la tendera, ni la prostituta matrona, ni nadie pudiera impedirlo. Entre complicidades e incredulidades el desenlace se vuelve inexorable.

 

El crimen de Nasar sucede un lunes de desgracia tras la fiesta más estrepitosa, costosa y desproporcionada jamás vista por esos andurriales, y unas pocas horas después de que Bayardo San Román, un galán forastero y dueño de sonora fortuna, se entera de que su recién desposada Ángela Vicario no era virgen y entonces la devuelve a su familia. En Crónica de una muerte anunciada, escrita con técnicas del reportaje y basada en un hecho real que el novelista ficciona y con su prosa de alucinación torna en “realismo mágico”, desde el principio se notan los amarres y símbolos de la tragedia.

 

Estos comienzan a aparecer cuando la cocinera de los Nasar, Victoria Guzmán, que además tiene una hija adolescente a la que Santiago acosa con la lujuria alborotada, está descuartizando tres conejos para el almuerzo, mientras varios “perros acezantes” esperan el tripitorio, o cuando ella misma, tras decirle al joven que se dejara de estar persiguiendo a la niña, le muestra el cuchillo untado de sangre de conejo, porque “de esa agua no beberás”. Y continúan surgiendo durante las peripecias de esta novela corta, que mantiene, con control absoluto del narrador, la intensidad y la tensión hasta el final.

 

La gracia de la narración radica, no en saber desde el principio que al protagonista lo van a matar (reto que el novelista propone al lector), sino, al contrario, en una estructura que permite  ir montando un rompecabezas, con planos temporales diferentes, todos en círculo, y que, a través de voces, las voces del pueblo, se van juntado las piezas de la tragedia. En contravía de las novelas policíacas, aquí se sabe quiénes son los asesinos casi desde el principio de la obra. Y estos, los hermanitos Vicario, uno seis minutos mayor que el otro, intentan por todos los medios de que el asesinato no se lleve a cabo, pero, a su vez, saben que es la única manera de vengar una deuda de honor. O tal vez, si se mira desde otro minarete, de vengar una humillación no de la hermana de ellos, sino de haber dilapidado la oportunidad de que los Vicario salieran de su crisis económica, con un cuñado y yerno rico.

 

El rompecabezas, que se ayuda y complementa con partes del expediente del crimen, tiene un efecto de alta tensión en la novela y muestras las distintas fases y facetas no solo de un pueblo perdido en la costa Caribe, sino de sus habitantes. Y aunque en general no se puede afirmar que los personajes de esta “crónica” sean inolvidables por su caracterización sicológica, sí lo son, en parte, por la selección sonora de los nombres de casi todos, que se hacen difíciles de borrar, como si fuera la aplicación de una nemotecnia. Así que Plácida Linero, Divina Flor, Bayardo San Román, Clotilde Armenta, Ibrahim Nasar, Carmen Amador, Lázaro Aponte, entre otros, tienen música en sus nominaciones, en las que se pueden encontrar similitudes con las de los personajes de Juan Rulfo (los buscaba en lápidas de cementerio), de larga recordación.

 

A diferencia, por ejemplo, de A sangre fría, de Truman Capote, que con técnicas literarias fabrica un gran reportaje sobre un hecho aparentemente anodino para muchos periodistas, García Márquez, con técnicas del periodismo, crea una ficción en la que él mismo (en la novela coinciden autor y narrador) sin nombrarse se convierte en el narrador, con personajes reales, como su madre Luisa Santiaga, sus hermanos Luis Enrique y Margot, aparte de la que sería su esposa, Mercedes Barcha. Como si fuera un reportero, el narrador, veintisiete años después del crimen de Nasar, reconstruye los detalles, peripecias, indicios, causas y efectos del acontecimiento desgraciado. Con vestuario de periodismo se escribe una novela.

 

Mientras el norteamericano, que en 1960 atravesaba por una crisis creativa, y de pronto, en las páginas de un diario lee una corta noticia de un crimen en el pueblo de Holcomb, en Kansas, Estados Unidos, y durante seis intensos años reportea, investiga, va y viene, ayuda a prolongar la ejecución de los convictos, en fin, para producir al fin de cuentas una “novela de no ficción”, que no es otra cosa que un reportaje de gran calado, García Márquez, que para el año en que publica su Crónica (1981) ya es un reconocido escritor mundial, aprovecha sus dotes de reportero para subir su creatividad e imaginación de novelista.

 

La novela, que tiene una composición en tiempo circular, que se cierra con el destazamiento de Santiago Nasar contra una de las puertas de su caserón, permite, sin embargo, especulaciones al lector sobre si, en efecto, fue él el autor del desfloramiento de Ángela, o tal vez esta, no se sabe por qué ignotas razones, lo acusó a él en la posibilidad de encubrir al “autor”. En tan pocas páginas, el escritor incluye mentalidades sobre el machismo, comportamientos femeninos, religiosidad popular, rituales, con un destacado manejo de las arquitecturas de las casas, del clima, de la flora y de creencias y supersticiones agoreras.

 

También da cuenta, sin ser explícito, de la migración árabe, de aquella ola que, tras la Primera Guerra Mundial, llegó al Caribe colombiano, y se instaló en distintas ciudades y pueblos de la costa, desde Maicao hasta Lorica. Los denominados genéricamente turcos, procedían del Líbano y Siria, y el apelativo se lo ganaron porque, en aquellos días del imperio otomano, diluido en la Gran Guerra, los pasaportes eran turcos. Y hasta la segunda generación hablan en árabe entre ellos, como sucede con Ibrahim Nasar y su hijo Santiago, de 21 años.

 

Mentalidades e imaginarios machistas se pueden percibir y encontrar en la obra, en la que, por lo demás, los personajes femeninos están muy bien confeccionados. Tal vez hoy, en los albores del siglo XXI, parezca inverosímil que una moza recién casada sea devuelta por su marido debido a que ha perdido la virginidad, y más aún que sus hermanos asuman una vindicta contra el presunto desvirgador. Sin embargo, en la temporalidad en que está inscrita la obra todo esto era posible, y más aún en el Caribe. En aquel pueblo (como sucedió en muchos otros de Colombia) las mujeres eran educadas para el casamiento, para la reproducción y los oficios caseros. La mamá de los Vicario, por ejemplo, que de soltera había sido maestra de escuela, se dedicó a la crianza de sus hijos y a la atención al esposo. Mientras a los muchachos se los levantaba “para ser hombres”, a las hijas se les enseñaba a bordar, coser a máquina, cocinar, tejer encajes, lavar, planchar, barrer, confeccionar florecitas y algunas veces a escribir “esquelas de compromiso”.

 

Con aquellas muchachas, como las de la novela, y tal como lo declara un personaje de la obra, cualquier hombre podría ser feliz con ellas, que habían sido criadas para el sufrimiento. Así, y durante muchos años, el rol de las mujeres se limitó a lo hogareño, sin presencia en lo público, con una vida interior, de puertas para adentro. Y una de las conductas que debían asumir era la de llegar vírgenes al matrimonio. Era una manera de la dote. Un tesoro que se reservaba al “príncipe azul”. Y en los pretendientes esa mentalidad caló, como sucedió con Bayardo San Román, un tipo de “cintura angosta de novillero” y ojos dorados, que seis meses antes de la cataclísmica tragedia, llegó al pueblo, porque, según lo dijo después, andaba buscando con quien casarse.

 

En la novela que parece un reportaje hay putas y serenatas y se sienten las calenturas climáticas. Y de pronto, todo el pueblo está, cuando apenas la mañana despuntaba, pendiente del desenlace desventurado, sin poder —o no querer— evitarlo, porque, además, hay asuntos que solo el azar determina, y este está muy bien delineado en la obra como un elemento contra el cual no opera ni la voluntad ni la razón. Una de estas situaciones aleatorias puede ser la entrada de Nasar a casa de su novia Flora Miguel, que, conmocionada, lo esperaba para devolverle sus cartas y decirle en tono perentorio: “¡Ojalá te maten!”.

 

Las últimas páginas de esta Crónica son deslumbradoras, porque la tensión alcanza su cumbre y parece haber una música de fondo, con suspense, que le provocan al lector ganas de meterse en aquella realidad ficticia y salvar al pobre Santiago que parecía “un pajarito mojado” buscando un refugio para eludir los cuchillos de los hermanos Vicario. Los mismos con los que le sacarán sus entrañas, que se diluyen con el último símbolo mortuorio de la novela: el sábalo que Wenefrida Márquez estaba desescamando en el patio de su casa, al otro lado del río.

 

 

 

 

Una noche de pánico y muerte

 

(Quebradas desbocadas, terror colectivo y una crisis de miedo en Bello)

 

Como en un presagio de ficción, cuando alguien dijo: “en este pueblo va a pasar algo” y la voz se amplificó, sucedió en Bello, Antioquia, el 6 de octubre de 2005. El invierno, la desinformación, el deterioro ambiental produjeron una enorme tragedia. Y un pánico colectivo. Reportaje no apto para nerviosos. *

 

Por Reinaldo Spitaletta

  1. ¡Qué pasa que todos corren y gritan!

El hombre estaba entusiasmado –y ensimismado- con la lectura del libro Las noches de la vigilia, de Manuel Mejía Vallejo. Eran las ocho y veinte de la noche del seis de octubre de 2005. Sentado en un café, enfrente de su lugar de trabajo, el colegio Andrés Bello, sintió un súbito estremecimiento.

Acababa de terminar el relato breve Cenizas, cuando una sensación escalofriante lo envolvió como un sudario. No sabía si era que aquel cuento lo había impresionado hasta tal punto o era, según cayó en cuenta después, aquel rumor creciente que él al principio atribuyó a la magia del narrador.

Cuando volvió a la realidad real escuchó una algarabía enorme, una bulla in crescendo que lo obligó a asomarse a la puerta del cafetín. Vio una turba de ancianos y niños, acompañada de perros medrosos, que corría por la carrera 50, en dirección al parque principal de Bello. “Debe ser un festival de la tercera edad”, pensó, pero de inmediato cambió de opinión cuando vio el miedo en las caras de todos. Unos iban semidesnudos, otros con piyamas, no faltaban los descalzos, todos, eso sí, muertos del pánico.

Salió y caminó hacia El Carretero, en dirección contraria a la multitud.

-¿¡Qué es lo que pasa!?-, preguntó a gritos, pero nadie le contestaba. Solo había carreras desenfrenadas como respuesta. No sabe si lo imaginó o fue real: percibió en el ambiente un olor a lodo.

Buses, busetas, taxis y otros vehículos formaban un pandemónium con sus pitos desesperados. En un acto de buscar información, o tal vez de insensatez, el hombre continuó caminando hacia el barrio Mesa y La Buena Esquina, y vio carros en contravía, apreció cómo caían motociclistas y ciclistas, gente desaforada que era casi atropellada por los enloquecidos conductores.

-¿Qué es lo que ésta pasando?-, insistió y esta vez tuvo una respuesta contundente: “¡Corra, corra, que Bello se está inundando!”. Hacía rato había escampado.

El miedo lo asaltó. La gente a veces miraba hacia atrás, pero sin decir nada, excepto el “corran, corran”. El profesor Sergio Spitaletta, que de él se trata, caminó hacia La Cumbre y “ya todo era pavoroso. La gente gritaba para dónde nos vamos, tírense a cualquier carro”. En El Lucerito había una multitud agolpada. En ese lugar supo que el origen de lo que estaba pasando era por los barrios El Trapiche y La Primavera. “Se creció una quebrada y arrastró mucha gente”, le dijeron.

No creyó la versión, porque, según pensó, tendría que haber sido una avalancha muy grande para tocar esos dos barrios. Como pudo, se subió por la puerta de atrás a una buseta. Gente subía, gente bajaba, casi tirándose de bruces. “Qué extraño, hasta por la ventanilla se intentan tirar algunos”. Le preguntó al conductor qué estaba ocurriendo. Éste le dijo: “Se vino la represa de Fabricato y la gente nos obliga a llevarla dónde sea”. El radioteléfono del vehículo también gritaba. La situación, en rigor, era aterrorizante.

El pánico se había regado como una mala noticia. La buseta se detuvo junto a la choza de Marco Fidel Suárez y el conductor dijo: “la orden es traerlos hasta aquí”. Cuando descendió, vio que el parquecito Andrés Bello y la Avenida Suárez estaban repletos. Los negocios estaban cerrados. El miedo se había irradiado por todas partes. Había pasado casi una hora y ya no era posible abordar ningún vehículo con cupo. Entonces comenzó a llover.

Una multitud, en el parque, ya gritaba frente al palacio de gobierno adónde se irían, quién los protegería. “Bello se está inundado, se reventó la represa de Fabricato”, aullaban algunos, con un miedo al que la lluvia hacía crecer.

William Álvarez, secretario de Infraestructura de Bello, recibió una llamada en su celular a las ocho y treinta de la noche. Estaba en Medellín, en un curso universitario. El concejal que lo llamó, Rigoberto Arroyave, le preguntaba: “¿Es verdad que se desbordó la represa de la García?”.

Con el gesto fruncido y una cara de interrogación, no supo qué contestar. Después, recibió otro telefonazo. Era de la jefe de comunicaciones de Bello, Ángela Echeverri, a preguntarle qué sabía; luego, otra llamada y el funcionario tomó con urgencia un taxi para Bello.

Lo llamaron de su casa. La familia habita cerca de la autopista, en Bello: “Hay un caos por Cotrafa”, le dijeron. “Todo el mundo está corriendo, se le tira a los carros, dicen que la represa se desbordó”. Sus palabras de extrañeza y perturbación, escuchadas por el taxista, obligaron a éste a indagar. Y el pasajero le contó. Pensó que los barrios aledaños a la quebrada la García ya estaban inundados, que había un cataclismo. “No ha pasado ni una ambulancia”, le dijo el taxista.

Sin embargo, a la altura de Solla vieron una de la Defensa Civil; cuando pasaron por la cancha de Comfama, al borde de la autopista, en el barrio Obrero, vieron mucha gente afuera y cuando estaban junto a la puerta principal de Fabricato, el taxista le advirtió con decisión: “Hasta aquí lo traje”.

Se bajó y caminó hacia el parque. Era el único que lo hacía en esa dirección. Una muchedumbre venía en sentido contrario, hacia la autopista Norte.

La visión lo sobrecogió: niños cargados, gente con morrales y maletines, mujeres corriendo, alaridos por todos lados. En el parque, una romería en el atrio y en las afueras del palacio. Vio al gerente de la flota Bellanita de Transporte, quien le dijo que habitantes de El Trapiche habían invadido la empresa y obligado a que sacaran buses. “Tuve que buscar conductores en Playa Rica”, agregó. Eran las nueve y quince de la noche.

Una hora antes, la antropóloga Nubia Valencia, habitante de Manchester, escuchó un clamor electrizante: “¡el agua ya viene en el parque de Bello!”. Cuando salió de su estupor vio a mucha gente corriendo hacia la estación del metro. Allí, precisamente, había una congestión de espanto. Muchas personas sentadas en las escaleras, el puente de acceso atiborrado. Habían cerrado las puertas.

La profesora Silvia Arroyave se bajó en la estación Bello y, como centenares de otras personas, no podía salir. Afuera, la gente gritaba, pedía que abrieran las puertas. Adentro, también se pedía esto último porque necesitaban salir. “La histeria era colectiva. Nos dejaron 35 minutos encerrados en la estación. Pensé en mis hijos, que viven conmigo en Santa Ana. Cuando abrieron las puertas, se armó una lucha tenaz: unos por entrar, otros por salir”.

Cuando logró salir, se imaginó que había sucedido una matanza. Caminó de prisa hacia el barrio Central, por donde vio gente desesperada. Cuando atravesó el puente de Santa Ana, sobre la quebrada el Hato, vio mucho pantano y sintió olor a fango. Centenares de habitantes del barrio habían escapado a las partes altas.

“Se vino la represa”, le dijo alguien. “No puede ser. La represa no avisa. Ya estuviera todo inundado”, respondió.

A Leonel Rodríguez, habitante de la urbanización Los Búcaros, lo llamaron a decirle que El Congolo estaba inundado. Tomó su vehículo y salió lleno de frenesí. Iba a buscar a su novia. Tenía, prácticamente, que atravesar la ciudad de sur a norte. Por el camino vio gente despavorida, gente que quería pararlo para que la sacara. Siguió. Quince minutos después, cuando llegó a la virgen de La Milagrosa, en El Carretero, se encontró con una estrepitosa tremolina. “Recogí a mi novia y fuimos a la policía a averiguar: nos dijeron que una quebrada se había crecido”. A esa hora, ya el morro de la Meseta estaba pleno de gente de los barrios El Carmelo, Nazareth, Pérez, el Espíritu Santo. Allí se creían a salvo de la inundación.

A las ocho y quince de la noche, en el liceo nocturno Jorge Eliécer Gaitán, un profesor, con cierto aire de calma simulada, le dijo a sus alumnos: “Muchachos, corran. Se acaba de reventar la represa”. Los muchachos corrieron, pero, uno de ellos, que ya llevaba un buen tramo recorrido, se detuvo y se preguntó por qué estaba corriendo. Se devolvió hasta el liceo: “Profesor, ¿qué es una represa?”. El profesor, sin inmutarse, le contestó: “Ve, hijueputa, ya no hay tiempo para eso. Haga sino correr”.

El pánico envolvía a Bello con una oscura mortaja de malos presagios. La tragedia, sin embargo, se había consumado, a las siete y treinta de la noche, en la vereda El Salado. Y no tenía nada que ver con la represa de Fabricato, inaugurada en 1951. En cambio, el pánico sí. A la casa de Guillermo Aguirre, en el barrio La Cabaña, llegaron, a las ocho y treinta de la noche, unos 25 parientes suyos del sector de La Buena Esquina. Le pedían que los acogiera porque la represa se había desbordado.

“El pánico no fue espontáneo. Hay un elemento histórico que lo determinó. El miedo ancestral a la represa. Cuando la construyeron, en los cincuentas, la gente se maravilló con la obra de ingeniería, pero al mismo tiempo nació el miedo a un posible estallido”, dice el historiador Aguirre.

Pero no sólo eso causó el pánico. Una emisora radiodifundió la noticia de que en Bello se había desbordado la represa de Fabricato. En el teléfono de emergencias, el 123, se informó al principio que había una situación de gravedad porque se había reventado la represa. De alguna manera, algunos habitantes de Bello revivieron a Orson Welles, cuando, basado en la novela de H.G. Wells, La Guerra de los mundos, la dramatizó y como si fuera un hecho real, narró la invasión marciana a Nueva York, en 1938.

Los radioteléfonos de Bellanita, por los que se divulgaba la situación, se escucharon en Medellín. Los celulares y los teléfonos fijos en efervescencia, transmitían las voces del miedo, hasta provocar un infarto telefónico. El pánico cobijó en esa noche de jueves a casi todos los barrios. En Niquía la gente corrió hacia la autopista buscando en qué irse hacia Copacabana o hacia Medellín. Hacia cualquier parte. En el Mirador, muchos subieron hasta la quinta etapa, la más alta y cercana al Quitasol, para protegerse de la avalancha imaginaria.

Vieron gente arrodillada en la calle, y a otros moradores que prendían ramo bendito, velas milagrosas y hasta periódicos viejos para exorcizar la endemoniada inundación que estaba a punto de cubrirlos.

Hubo los que alcanzaron a ponerse un salvavidas, los que doblaron un colchón y se lo llevaron a la espalda, los que salieron con una lora, un perro, un gato. Se vio a muchachos correr con sus play station en las manos, y a señoras y señores con un televisor a cuestas.

El mito de la represa, precisamente represado desde la década del sesenta, había estallado. Las nuevas generaciones, que ni siquiera habían escuchado hablar de una represa en Bello, creyeron que era tan grande que iba hasta San Pedro y que, claro, tanta agua desbordaba los anegaría sin remedio.

Además, por esos días, los medios de información vomitaban noticias de desastres. Ya había ocurrido la tragedia de Nueva Orleáns, provocada por el Katrina, y las inundaciones mortales de Centro América, y otros huracanes devastadores abatían las Antillas y el sur de los Estados Unidos. Había un terreno abonado para un pánico como el del 6 de octubre. Pero el pánico aún no paraba en Bello. “Esa noche parecía un nueve de abril”, dijo una voz.

  1. El encuentro con los muertos

 

A las siete y treinta de la noche, los que estaban observando un partido de fútbol en la cancha del barrio La Primavera sintieron un ventarrón helado, una brisa de agua que dobló los árboles y luego una lluvia de gotas gruesas que los empapó a todos.

De pronto, los que ya decidieron buscar protección en sus casas, vieron cómo la gente corría en la parte alta. “Se reventó la represa”, escucharon gritar. Hernán Cuartas, habitante hace ocho años de La Primavera, de la cancha llegó a su casa y se encontró con su mujer, Adriana, que salía llorando. “Es una avalancha, corramos”, le dijo ella, entre sollozos. “No pasa nada”, contestó él para tranquilizarla.

Un olor a fango, que otros describieron como “azufre”  y podredumbre, se sintió por todo el barrio. Ubicado en una “pata” de la montaña, La Primavera no tendría por qué correr riesgos en caso de un desbordamiento, tanto de la quebrada El Barro, que pasa por un lado, como de la represa de Fabricato. Eso, por ejemplo, lo sabe Hernán Cuartas, que, sin embargo, se contagió al ver tanta gente corriendo y gritando y parando carros.

—Andá por el carro—, le dijo a su hijo Mateo. Lo tenía a una cuadra, junto a una tienda. Cuando el muchacho llegó con el auto, ya estaba con sobrecupo. Iban como doce personas. Tomaron la ruta de la cañada, pero Hernán le gritó que cogiera hacia el puente de El Trapiche antes de que la quebrada se desbordara. Atrás iban seis señoras, una sobre otra. Pasaron el puente y a los cinco minutos la corriente ya discurría por encima de él. Hernán se devolvió a pie y les dijo a todos que se fueran. Los del carro fueron a parar a Aranjuez, en Medellín, a la casa de familiares de algunos de los ocupantes.

Hernán volvió a su casa, subió hacia El Salado a ver qué pasaba y se encontró con Nando Builes. “Hay una avalancha”, le contó éste. Hernán llamó al periodista de Caracol Eugenio Correa, y le narró lo que estaba sucediendo. Le pidió que se comunicara con la represa de Fabricato. Al rato, el periodista le devolvió la llamada y dijo que nada pasaba. “Yo, de aquí, veo la cosa muy delicada. Hay olor a pantano y azufre. Algo muy grave está pasando. Yo conozco estas quebradas”, contestó Cuartas.

De pronto, él, de 53 años, volvió a sus tiempos mozos, cuando la gente especulaba con un posible derrumbamiento de la represa. Su padre, Martín, un dentista, tenía caballos y ellos iban a pasear a San Félix, iban a Charco Verde y al ver la represa sabían que, en tal caso, las aguas no llegarían al centro de Bello, donde ellos vivían. “Sufrirían, de pronto, Pacelli, El Congolo, Prado, pero el centro y otros barrios, no”, pensaban entonces.

Cuando volvió de sus recuerdos iba camino arriba. Presagiaba que algo muy grave había pasado por El Salado.

Carmen Emilia Montoya de Preciado, residente en La Primavera, sentía caer la lluvia y los vientos huracanados. Le dijo a una de sus hijas: “mija, acuéstese y relájese, para qué se va a levantar”. Y ella respondió que una vez, en algún programa, escuchó que uno debe acostarse vestido por si toca correr.

En ese momento, hubo una explosión. Doña Carmen se asomó a la puerta y pensó: “apuesto a que fue una bomba; seguro fueron los muchachos de la manga que se reúnen a hacer travesuras”. Pero no era una bomba. Era una avalancha de la quebrada El Barro. Desde una moto rauda le gritaron: “¡corran que se desbordó la represa!”. Había gritos y llantos y ladridos de perros. “Vámonos con los niños, corramos todos”, advirtió la señora, pero ella no se iba porque estaba sonando el teléfono. “Corran para arriba”, les gritaba a sus hijos y nietos.

Los vecinos corrieron a una colina. La luz eléctrica se había ido. Los teléfonos habían colapsado. Solo sentían el rumor sordo de la quebrada y un fuerte olor a fango. Doña Carmen recordó entonces que hacía nueve meses, en la parte alta, en la confluencia de las quebradas La Minita y San Félix, hubo un enorme derrumbe. “A lo mejor, se volvió a venir el volcán”, dijo la señora, natural de Cisneros y habitante hace 23 años en Bello.

Argiro Preciado, líder comunitario de La Primavera, e hijo de doña Carmen, cuando sintió la explosión se quedó pensativo. Lo sacó de ese estado una llamada telefónica: “Se estalló la represa”. Desde su casa se escuchaba el estruendo del agua. “No hubo tiempo de razonar y decir que la represa está para otro lado, sino que sentíamos que el agua estaba encima y venía por otro lado, por la quebrada El Barro. Me imaginé que todo estaba inundado”.

Cuando estaban en la colina, él decidió devolverse y subió hacia El Salado. Presentía que algo muy horrible pasaba por allá arriba. Se encontró con Hernán Cuartas y con el párroco de La Primavera, el padre Rodrigo David. Él se les adelantó y siguió subiendo. Cuando llegó al punto denominado El Trapiche, donde hubo hace años una vieja molienda, vio rocas enormes que jamás había visto allí. Fue entonces cuando escuchó gritos de auxilio. La quebrada aún estaba crecida, y él les pidió a los que estaban al otro lado que no fueran a pasar.

Más tarde, él, como Hernán y el párroco, se enterarían de que hubo muchos muertos.

Alveiro Cartagena, habitante de La Ranchera, cerca de la quebrada El Barro, estaba a las siete de la noche refugiado en su casa. Había trabajado todo el día en su cultivo de café y fríjol. El aguacero era fuerte y de pronto comenzó a sentir como si sobre la quebrada sobrevolaran muchos helicópteros. Se asomó y el espectáculo que vio arriba, lo dejó estupefacto: bajaba una nube enorme echando candela. Se puso una carpa y caminó hasta un filito. “Todo echaba humo, era impresionante. La tierra temblaba. Yo pensé que era lo último de la vida”.

El barranco donde tenía sus cultivos desapareció.

El pánico, bien fundamentado, se originó en El Salado, cuando los que alcanzaron a sentir las explosiones de la avalancha, corrieron hacia La Primavera a avisar del desastre. En la iglesia del Sagrado Corazón, en La Primavera, el padre Rodrigo David sintió el estrépito. Unos muchachos ensayaban en una organeta sus cantos de misa. “Viene la avalancha, viene la avalancha”, escuchó; entonces cerró la iglesia y salió con los muchachos.

“Estaba muy inquieto. Los muchachos se fueron y yo era el responsable de ellos. Luego salí para El Salado y allá fue la tristeza y la soledad, porque había gente muerta, porque había muerto Camilo Andrés, y uno no creía. Esa quebrada era inofensiva. Pero esa noche venía por el aire, lo que estaba represado arriba se vino y el miedo se esparció por todas partes”.

Se le van quebrando las palabras cuando recuerda la noche de espanto, cuando dice que mientras esa represa esté arriba habrá pánico, porque no se ha concientizado a nadie de lo que puede pasar si estalla. No hay información.

“En El Salado algunos se salvaron porque corrieron a las partes altas. Un niño sacó a su mamá y la llevó para el morro. Le pido a Dios que eso no vuelva a ocurrir, porque es muy duro cuando uno ve que la gente que conoció se le va, se fueron familias enteras. Eso es triste. Eso duele. Le duele a uno que la gente sufra. Lo más triste es que ya no están. Ni Mónica, ni otros. Me tocó oficiar las exequias de Bernardo Cifuentes y Diego Fernando Zapata, porque las otras familias, más numerosas, no cabían en esta iglesia tan pequeña. La gente de allá eran areneros, artesanos, pequeños cultivadores, paleros. Don Gustavo se quedó sin dientes, una piedra lo golpeó, pero se salvó”, dice el padre Rodrigo.

  1. ¡Dios mío! ¡La tierra está temblando!

Marcos Pizarro, de 75 años de edad y piel morena, estaba viendo los noticieros de Univisión, primero, y luego el de Caracol. A las siete y veinte de la noche, acostado, sintió un ruido muy fuerte, un ruido ensordecedor, un ruido que pitaba, y se dijo “¡Oh, Dios mío, temblor de tierra!”. Estaba solo en la casa finca El viejo Willy, en la parte baja de El Salado, muy cerca de una arenera.

Abrió la puerta y se quedó petrificado cuando vio que por un palo de mango venía “una barcada, qué cosa bestial, que no me dio tiempo ni de sacar las llaves para irme al segundo piso”.

La avalancha tumbó la reja de entrada. Él se quedó de pie, mirando. No tenía nada que hacer. Se encomendó “al de arriba” y durante 15 largos minutos vio como todo se llenaba de lodo, que le cubría hasta un poco más debajo de la cintura. Sentía el furioso entrechocar de las piedras, un sonido pavoroso, como si un avión estuviera aterrizando y se estrellara. Olía a podredumbre.

Como pudo se abrió paso entre el fangal. La luz se había ido. Buscó una linterna a tientas, sintió algo y lo sacó, pero cuando fue a alumbrar supo que tenía en sus manos un tarro de desodorante en aerosol.

Recordó entonces que el aguacero había empezado como a las tres y media de la tarde. Escampó y luego, más o menos a las seis y media, se soltó otro, más fuerte y aterrador. Mientras veía la televisión, sentía el temblor de las ventanas, el aullido intimidante del viento. Al otro lado de su casa, está la quebrada la Echavarría, que estaba crecida. Y, al frente, El Barro también. Sin embargo, no pensó que todo se convirtiera en una avalancha mortal.

Cuando vio venir el borrascón ni siquiera se acordó de sus dos perros, Chávez y Paco, que más tarde, tras la avenida de fango y piedras, vio correr como si nada hubiera pasado.

Lo que vería más entrada la noche, después de la creciente, lo dejaría sin aliento. Muy cerca de su casa, vio cuando sacaron el cadáver de una señora sin cabeza. Arriba, habían encontrado a un muchacho con un palo que atravesaba su cuerpo. “Yo conocí a esa gente, a la familia de Javier, uno de la arenera. A Moncho, que se le llevó toda su familia; a la que sacaron sin cabeza, que ya se me olvida su nombre. De una hermana de ella encontraron medio cuerpo en el puente de la obra 2000. Conocí al cerrajero, al que llamaban Varilla, que murió. Qué triste es todo esto”.

Amanda Macías estaba viendo las noticias de Teleantioquia, cuando su esposo, Ramiro Echavarría, le dijo: “Mija, venga acuéstese que esas noticias están muy malucas”. Ella le dijo que esperara y cuando fue a cerrar una ventana se percató de un viento fuerte que no se le dejaba cerrar. Luchó hasta conseguir echarle aldaba y se acostó. Estaba entrando en calor cuando empezó a sentir el sonido de las rejas, y la cama se movía y después un ruido que la aterrorizó. “Volémonos que hay temblor de tierra. Nos va a tragar la tierra”, gritaba.

Una de sus niñas, que dormía junto a una ventana, la abrió y vio una enorme bola de humo que echaba candela. “Se nos entró la quebrada”, gritó. La reja la tenían abierta, porque esperaban a un muchacho que guardaba allí su cicla. Corrieron por un camino, hacia arriba, mientras el agua los empapaba. Los alambres de energía se movían hasta que tumbaron un poste. Cuando disminuyó la creciente, el esposo de Amanda vio que estaba en calzoncillos y se devolvió a buscar el pantalón. No lo encontró.

Entre tanto, Amanda y sus dos niñas oraban a la intemperie. Después, subieron hasta otra casa, para refugiarse. Buscaron linternas y salieron a averiguar por la suerte de los vecinos. Llamaron a don Rodrigo el cerrajero, a su esposa Rocío, que aplicaba inyecciones, a Sebastián, hijo de los dos anteriores y que hacía poco había llegado de Cali, a Javier, a Moncho. No encontraron a nadie. Nadie respondió a sus llamados insistentes. Todos habían muerto.

“Nunca nadie nos advirtió nada. Hacía tiempos, arriba, había caído el volcán, pero la quebrada no se creció. Dicen que la quebrada volvió a buscar el cauce. Dicen que fue una nube marina, no sé que es eso. Otros dicen que un señor por allá arriba taló unos árboles y los dejó caer a la quebrada y eso recogió hasta represarse. Eso dicen. Tenemos miedo pero no sabemos qué hacer ni adónde ir”, dice doña Amanda, mes y medio después de la tragedia.

Ella y su esposo, provenientes de Ituango, viven en Bello hace 27 años. Ramiro recuerda que aquella noche escuchó los gritos de Nando Builes que decía que todos se fueran, que se había desbocado la represa. Porque esa quebrada, El Barro, “siempre fue un traguito. Nunca vimos nada así, como esa noche, en que la quebrada volaba como un viaje de humo, como una dura brisa, como un huracán”.

Él, cuando se devolvió por el pantalón, se acordó de su yegua, la Niña, que estaba en el establo. “Dejá que se pierda eso”, le gritaba su mujer. Los relinchos del animal no pudieron más que las voces de angustia de doña Amanda. Al día siguiente, la encontraron “bregando” a pasar por encima de las enormes rocas que arrastró El Barro.

  1. Un santuario por los que se fueron

 

El sol de la tarde brilla sobre las piedras de hasta cinco metros de altura. La quebrada El Barro, ahora como un verdadero “traguito”, apenas suelta un rumor suave, como una música tristona. La gente sube a mirar los restos de una tragedia que dejó 41 muertos, en una noche de pánico que Bello jamás olvidará.

Los que ascienden y logran superar los obstáculos pétreos, van viendo con curiosidad los vestigios de las casitas de los muertos. Quedan, al garete, pedazos de lo que pudo haber sido una cama, restos de algún colchón, uno que otro utensilio irreconocible, la poceta de una casa en la que alguna vez alguien lavó ropas. Como fragmentos de un naufragio.

El charco que antes denominaron La Jardinera es apenas una caricatura de lo que fue. Ahora nadie se atrevería a bañarse ahí, porque no tiene ni profundidad ni anchura. Es apenas un recuerdo para los que lo conocieron.

En un recodo, se puede ver el grueso tubo de las Empresas Públicas que la corriente dobló noventa grados y, con su fuerza, derribó y ayudó a borrar una de las casas de los que antes se atrevieron a vivir en esos lugares. Junto a la que fue la vivienda de Moncho está el charco Los Loritos. Más allá, la casa que fue de Javier está intacta. Apenas un metro la separa del nuevo cauce de la quebrada.

Los que sí sobrevivieron a la fuerza de la corriente, a la “nube marina”, a la avenida pavorosa de piedras, fuego, troncos, lodo y agua, son algunos cultivos de café, naranjos, plátanos, mangos y mandarinas, que se aferran con obstinación en las empinadas laderas.

Más arriba, está el charco del Manzanillo, donde la quebrada, que baja encañonada por la montaña, se bifurcó en la noche del 6 de octubre y abrió una amplia avenida de rocas gigantes, dispersas en su cauce. Ahí, sobre una piedra triste, una cruz de madera recuerda a los muertos.

La noche atroz del 6 de octubre ya pertenece a la memoria de los habitantes de Bello. Los primeros que llegaron a El Salado para ver cuál había sido el resultado de la avalancha, fueron Argiro Preciado, Hernán Cuartas, el padre Rodrigo David y cuatro policías.

Para que sucediera el desastre confluyeron varios factores, de acuerdo con testimonios de autoridades. El fuerte aguacero caído aquella tarde, que, según especialistas del clima, hacía años no se presentaba una precipitación tan enorme. La deforestación de la serranía de Las Baldías, que es la estrella hídrica de las grandes quebradas de Bello, en límites con San Jerónimo, y que es propiedad privada de tres dueños.

Al Estado, junto con los dueños de esa zona, les corresponde reforestar. El municipio debe presentar alternativas de compra de esos territorios y dedicar, en su presupuesto de ingresos, el uno por ciento para adquirir nacimientos de quebradas. Existe en la región un problema ambiental de largo plazo al cual no se le ha prestado atención.

La tragedia de El Salado se suma a otras ocurridas, hace 15 años, por La García, en las zonas tuguriales de El Cairo y El Congolo, por inadecuado manejo de basuras, por los trabajos de las areneras y otros factores sociales y ambientales.

En la quebrada El Barro, según habitantes del sector, hay un deterioro por el movimiento de arenas que ha alterado su cauce. La noche de la tragedia, los vecinos se enteraron de que los bomberos de Bello no tenían ni linternas, ni palas ni otros recursos propios para las labores de rescate.

Los vecinos de El Salado, La Primavera y El Trapiche, entre otros barrios aledaños, como Valadares y Comfenalco, siguen asustados y cada que se desata un aguacero los asaltan las tensiones y el nerviosismo. “Es probable que la amenaza subsista. Por la primera avalancha, ya se hizo el canal por donde puede bajar otra avalancha”, dice Argiro Preciado. Para él es clave y urgente iniciar un programa de reforestación en la zona de riesgo. “Se podrían sembrar guaduas y bambú, lo cual también puede servir para explotar luego”, agrega.

Cuarenta y un muertos y una ciudad entera aterrorizada fue el balance que dejó la noche del 6 de octubre. Una jornada dolorosa y terrible.

Cuando ya los muertos son polvo, cuando una cruz blanca con algunas flores marchitas los recuerda en un montículo de piedra, cuando todavía no se apaga el dolor de muchos, ni el miedo de otros, las palabras finales del cuento que un profesor leía esa noche de pánico vuelven a sonar en la memoria: “al otro día la gente se apretujaba en derredor de las cenizas”.

*(Publicado en la revista Huellas de Ciudad, del Centro de Historia de Bello, hace diez años)

Panorámica de Bello, Antioquia, con el morro del Quitasol al fondo. (Tomada de internet)