Un aviso funerario

Por Reinaldo Spitaletta

Ayer no más, diagonal a mi casa, había un aviso fúnebre sobre la acera y recostado a la pared. Desde la esquina donde vivo, en un segundo piso, no pude leer de quién se trataba. Tal vez pudo haber sido la dama, ya vieja, como de setenta años, que iba casi todos los días a una legumbrería, muy cerca de aquí, en la que, según he sabido, las señoras del barrio iban (van todavía) no solo a comprar plátanos y cebollas, sino a hablar de la vida del sector, de si escucharon unos balazos anoche, de que se robaron una motocicleta en la otra cuadra a una muchacha que no era de por estos lados, sabés querida que vimos entrar a un tipo raro en casa de doña Mery, y todas esas parlas y otras parecidas las he conocido porque mi mujer, que no es tan vieja, también va a ese lugar de la mañana a conversar y escoger tomates.

Lo del letrero funerario me llamó la atención por unos instantes, pero luego olvidé el asunto, porque de muertes ya estamos acostumbrados en la ciudad, pero más que todo, en esta calle, en la que, como caso curioso, casi todos somos viejos, pues eso es lo que desde el balcón observo, y entonces se cree, eso dicen, que la pelona, como la llama doña Genoveva, dueña de una tienda en esta misma cuadra, está al acecho y cualquiera puede ser el escogido. En realidad, nunca supe el nombre de la señora de edad que yo suponía sería la muerta y hoy apenas me he enterado de que se llamaba Aurora, porque mi mujer me lo ha dicho, aunque en rigor sabía que en efecto alguien había muerto allá, no porque hubiera un anuncio, sino porque hoy vi a un hombre abatido, en el balcón, aferrado a la reja, la cabeza gacha y como sollozando y me he puesto a decir por dentro pobre tipo, parece tan solo y desamparado, y a mí ni siquiera se me ocurre pasar hasta allá y saludarlo con un rictus de pesar en los labios, de esos que le duelen a uno, porque las palabras no fluyen, y decirle un “lo siento” que suene sincero, porque lo que deduzco es que el hombre se quedó solo y ese es un destino ineludible, dice uno, como para no entrar en pensares que pueden molestar el alma.

El caso es que sí se murió la señora del señor que vi en el balcón y a mí me ha ido entrando como una pensadera sobre cómo es quedarse uno solo, porque supongo que el vecino debe estar en esa condición, ahora sí, solo de remate, no he visto a nadie más que le acompañe, y desde hace tiempos no he visto a otros diferentes a él y a ella en el balcón. No sé por qué no me nacen ganas de ir hasta allá y desde abajo, muy juntito a donde estuvo puesto el aviso, mandarle un saludo de solidaridad, pero no, creo haber perdido el sentido de vecindad, tal vez desde que decidí mantenerme alejado de los demás de por aquí, cuando precisamente en esta esquina me asaltaron dos tipos a pleno sol y bueno, yo no grité, no insulté, ni sentí miedo, pero sí rabia porque yo veía que otros miraban sin inmutarse, o tal vez sí, como si fuera un espectáculo el que a uno le estuvieran birlando cualquier cosa, y claro, no llevaba casi nada, unos billetes arrugados y una lapicera y no más, y sentí ganas de vomitar en el asfalto cuando los dos muchachos se fueron, despacio, cada uno con una especie de bamboleo. “¿Le robaron, señor?”, preguntó alguien, con una voz de estupideces y yo no contesté.

Me parece que en otros días esta esquina era más calmada. Eso me decía mi mujer, porque yo casi no paraba por aquí, unas veces trabajando, o quedándome después del turno en un bar del centro, echando monedas a las canciones del traganíquel, mirando a la copera, que tenía unas caderas grandotas y una cara de aburrimiento. Era mejor verla por detrás, y tal vez por esa razón la hacía ir cada rato al mostrador para que me trajera más pasantes de zanahoria y limón. Ella, creo, sabía que el propósito oculto era que le mirara el trasero y en ocasiones, tal vez cuando el tedio la dejaba, lo contoneaba con entusiasmo. Valía la propina. Digo que no era tan fregada esta parte del barrio porque nunca, al llegar tarde, pasaba nada. Pero sí me daba cuenta de que las ventanas tenían ojos detrás de las cortinas y la señora del aviso funeral era una de las que se asomaba con deleitoso cuidado, seguro a ver qué tan borracho había llegado su vecino. A veces, uno alzaba la mano, para que los husmeadores se sintieran pillados.

En esta esquina mis soledades fueron creciendo y llegó un momento en que nadie de por aquí me importó. Ya se habían ido aquellos que conocí hace tiempos y los que llegaron no me llamaron la atención, tal vez porque uno se torna huraño con el pasar de los días, cuando las corvas empiezan a doler, y en las rodillas principia como una tembladera, como una tiesura, qué se yo, y salir a caminar no es ningún atractivo, sino una especie de castigo. Me gustaba más estar fuera de esta jurisdicción de señoras que ya no tenían ningún encanto y que no valía la pena verlas caminar desde el balcón, y de hombres, como yo tal vez, a los que se les notaba el hartazgo o el cansancio, que los dos son síntomas de ya no tener ganas de nada. Y cosa extraña, por aquí no es que abunden los jóvenes, excepto los que llegan de otros lados a robar motos, como supe que dicen las señoras de por acá, por ser lugar de desolación.

El aviso blanco de letras negras me puso a pensar sobre cómo he perdido el interés por el barrio, no me importa quién vive al lado ni al frente, ni diagonal, ni tampoco las noticias que mi mujer trae cada que va a lo de las legumbres y leches y arepas. En otros días, quizá hubiera salido a la calle y sin premuras me hubiera acercado a leerlo, pero solo por una curiosidad, no porque me importara en realidad quién era el muerto, que me ido acostumbrando a las ausencias, sin más ni más. Claro que, a ella, a mi mujer, parece habérsele contagiado mi indiferencia porque, que yo me haya dado cuenta, no ha expresado ninguna intención de ir donde el hombre que parece haberse quedado solo en el mundo. O puede ser también que me interesa poco lo que ella haga o deje de hacer y entonces yo pueda ser un tipo que haya perdido toda sensibilidad y mi mujer no sea más que otra sombra. El cuento es que la triste imagen del hombre me ha trastornado y tal situación me preocupa, más por mí que por él, porque parece que ya estoy sintiendo ganas de ir a tocar su puerta y decirle que nos vamos a tomar una cerveza en la tienda de doña Genoveva para hablar de por qué diablos por aquí ya nadie se preocupa por leer los avisos de muertos ni por los hombres que se van quedando solos.

Pintura de Ignacio Monje

Los epitafios de Edgar Lee Masters

Por Reinaldo Spitaletta

Todos están muertos. Y se comunican a través de sus epitafios, de un modo dolido y bello. Están durmiendo en la colina el criminal y el asaltante, el juez y el navegante, el traficante y el ladrón. Trainor el boticario y Jones el indignado. También yacen para siempre el diácono y el procurador y un perro fiel y un médico. Muertos todos. Es curioso: no sueñan bajo tierra ni el barbero, ni el sastre, ni el zapatero remendón, ni el cuidador de garajes. Olvidados por el poeta, son como almas justas que escaparon del infierno y de la sospecha.

Todos están muertos. Vivieron en un imaginario pueblo, Spoon River, creado con prodigio por el poeta estadounidense Edgar Lee Masters, que alcanzó la inmortalidad con solo esa obra perturbadora: Antología de Spoon River. Lo demás que escribió, alimento para el olvido.

Pintando con brevedades, con palabras contadas a sus personajes amargos, frustrados, víctimas del amor y del odio, Masters logró una obra maestra de la literatura universal. Y con el recurso, por demás ingenioso, de interrelacionar epitafios, el poeta hace hablar a los pobladores de Spoon River más allá de la vida, más allá de los sueños, más allá del tiempo y del espacio. En la nada. En la muerte. Es poesía narrativa, con visos novelescos por la conexión que existe entre sus más de doscientos personajes.

Alberto Girri, escritor argentino, traductor de Masters en lengua castellana, dice que “la Antología de Spoon River es bastante más que un mero libro de poemas, original y profundo; literariamente, sus temas, ambiente y caracteres anticipan muchas facetas de la gran narrativa norteamericana…”. Lee Masters nació en Kansas, en 1869, vivió largos años en Illinois y murió en Pensilvania, a los 81 años.

La Antología está llena de inscripciones funerarias. En rigor, su escenario es una gran necrópolis. “¿Dónde están Ella, Mag, Lizzie y Edith, la de corazón sensible, la del alma simple, la vocinglera, la orgullosa, la feliz?”, se pregunta el poeta. Y aunque no hubiese respuesta, uno sabe que todas, todas están durmiendo en la colina.

En Spoon River se guardan sorpresas y maravillas. Se topa uno con el viejo Bill Piersol, “que se enriqueció traficando con los indios”, y con Robert Fulton Tanner, el ferretero que inventó una trampa para ratas, y se duele con su epitafio: “Pero un hombre nunca podrá vengarse de ese ogro monstruoso que es la vida”. En aquel cementerio enorme y ficticio están enterrados esperanzas, desasosiegos, suicidios, penas, desamores y los odios humanos y las bajas pasiones y la vanidad. La muerte, al fin y al cabo, lo cura todo.

Hay en esa creación poética una lucha contra el olvido. No transcurre el tiempo. Es ilusorio. Solo hay espacios para el reposo eterno. Hay también galardones para aquellos a los que, en vida, merecieron elogios, y, en muerte, solo desmemorias: “¿Cómo ocurrió, decidme, que ahora yazgo aquí, olvidado, ignorado, mientras Chase Henry, el borracho de la ciudad, tiene un pedestal de mármol, rematado por una urna en la cual la Naturaleza, por irónico capricho, ha sembrado césped en flor?”.

En Spoon River duermen ese sueño sin sueños el jefe de la policía y su asesino Jack McGuire, y el jugador de cartas “As” Shaw que pensaba que “todo es azar”, y un hombre que se escapó de su casa tras un circo, en persecución amorosa de la domadora de leones, y Jack el ciego, tocador de violín, y un hombre que quiso escribir una novela épica pero nunca tuvo tiempo.

En esa cama de silencio dormitan para siempre Sonia la rusa, y un poeta que escribió: “¿y qué es el amor sino una rosa que se marchita?”, y está la puta del pueblo, y Anthony Findlay que tenía como lema “es mejor ser temido que amado”, y un tipo inspirado en Las metamorfosis de Ovidio, y también, cómo no, el cincelador de epitafios.

Todos están muertos. El historiador que escribió sin conocer la verdad o que fue inducido a ocultarla, y el soldado que murió de balazos en las tripas, y Lucinda, cuyo epitafio reza, con dolorosa hermosura: “hace falta vida para amar la vida”. Todos están muertos. El ateo del pueblo también. Él aspiraba a la inmortalidad y supo, en la tumba, que “la inmortalidad no es un don, la inmortalidad es un logro”.

Edgar Lee Masters logró la inmortalidad hace tiempos. Sería interesante que usted, amigo lector, busque en la Antología de Spoon River un epitafio apropiado. Todavía tiene tiempo.

N.B. Mis viejas libretas siguen surtiéndome de historias. Esta nota sobre Edgar Lee Masters, la escribí en febrero de 1989.