Gógol y su muñeca inflable

(Una seductora historia de perplejidades escrita por Tommaso Landolfi)

 

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Nikolai Gógol, escritor ruso en el que se inspira Landolfi

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Las muñecas sexuales, al menos en literatura, las inventó el escritor uruguayo Felisberto Hernández con su cuento (aunque parece más una noveleta) Las Hortensias, un relato que mezcla lo gótico, lo policíaco y las visiones terríficas que producen los celos. A Hernández, pianista y animador de cine mudo, un escritor que, en esencia, no se parece a nadie, le hubieran podido nacer plantitas en la cabeza y, cómo no, haberse enamorado de las temblorosas quejumbres emitidas por alguna ventana asustada. Y menciono al autor de Nadie encendía las lámparas, que en 1949 concibió para regocijo y asombro de los lectores y del mundo en general aquellas muñecas “con aire de locas sublimes” y que, dada la celotipia de alguna dama, terminaron sus días despedazadas a puñal.

 

Y del Uruguay tanguero y futbolista, de estupendos escritores, podemos saltar a la Italia múltiple, seductora, en la que hubo un narrador extraño, barroco, admirado por ejemplo por Ítalo Calvino, y que pudo ser un cóctel de Kafka con Borges, y en todo caso con la literatura rusa decimonónica, en particular con la de Nicolás Gógol, el de tantos siervos muertos y que con relatos tan impresionantes como La nariz o El capote, le confirió al género un lustre que más tarde, por ejemplo, llevaría a picos muy altos un genio como Chejov; aunque, claro, todos bebieron de Maupassant y antes de Poe y, como se sabe, la literatura es un tejido de araña maravilloso en que unos y otros se conectan.

 

Y en esa tremenda Italia, en la que hubo en la centuria pasada neorrealismo cinematográfico y tantas voces en literatura, nació Tommaso Landolfi (1908-1979), poeta, escritor, traductor y autor de un cuento muy particular, La mujer de Gógol, concebido en 1954, pocos años después de que el uruguayo hubiera creado sus extraordinarias muñecas en Las Hortensias. Y es bueno precisar esta situación porque en asuntos de muñecas de cama, parece que don Felisberto, como en las barajas, les ganó de mano a los demás. Un pionero. ¿Y qué tiene que ver una muñeca con Gógol?

 

Harold Bloom, en su texto Qué leer y por qué, dice que La mujer de Gógol, de Landolfi, es “tal vez el relato breve más gracioso y enervante que he leído en mi vida”. Asunto de gustos literarios. El caso es que, según el narrador que crea el italiano y que es como una suerte de biógrafo del autor de Almas muertas, Gógol se casó con una muñeca inflable y manipulable, con la que mantiene relaciones maritales, a la que ama como si fuera una mujer (o puede ser, por qué no, amarla debido a que no es una mujer real, quién sabe). La infla y la desinfla. La goza y sufre. Establece con ella una conexión que sobrepasa lo que puede tenerse con un ser inanimado y hay un enamoramiento, una rara comunicación más allá del sexo y de la piel artificial.

 

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Fantasías con muñecas sexuales

 

El narrador-biógrafo, que a veces parece uno del siglo XIX por su manera de involucrar al lector, de dirigirse a él, de dar la impresión en ocasiones de sonar como un relato en segunda persona, en fin, nos alerta desde el inicio con una suerte de treta, como es la de advertir acerca de “¿tendré derecho yo a revelar cuanto a todos es ignoto…?” sobre Nikolai Vasilievich, su amigo, que ha mantenido en reserva, como debe ser, claro, los asuntos de catre, que su mujer era un fantoche, y no una fémina, no un ser humano, caramba.

 

En la vida real, como es sabido, Gógol nunca se casó, fue una especie de extraño hombre solitario, muy atormentado por la religión, que antes de cumplir los cuarenta y cuatro años se dejó morir de hambre, tras quemar sus manuscritos inéditos. Una aproximación a la vida y obra de Gógol se puede leer con fruición en el Curso de Literatura Rusa, de Vladimir Nabokov, en el que se aprecia cómo en la fase final de su existencia, el autor de Almas muertas, decae en su creatividad en parte por su elección de convertirse en monje. En la ficción de Landolfi, la muñeca, que se llama Caracas, tiene el color de la carne, color piel, a veces clara, a veces morena. Puede confundir porque, en ocasiones, parece trocar su sexo o disimularlo, aunque jamás deja de ser femenina. Y el narrador hace una insinuación con cierta sutileza y malicia acerca de una posible mutación en la entrepierna de la mujer de Gógol.

 

Caracas luce moldeada al antojo de Gógol, que a veces la inflaba bastante, a veces menos, le cambiaba peluca, la gobernaba. Y ella pasó de ser su esclava para transmutarse en su tirana. Y la relación va trasladándose del amor al desamor. Y viceversa. En cuanto al nombre de Caracas, no se sabe por qué Landolfi lo escogió. Tal vez porque en un tiempo, en la década del cincuenta, muchos italianos iban a Venezuela a trabajar en obras de ingeniería en los días de la dictadura de Marcos Pérez Jiménez. O tal vez porque, igual, las caraqueñas son espléndidas muchachas.

 

El esqueleto de la muñeca, de varillas de ballena, le daba una imagen próxima a una mujer cierta. Ah, y ¿tenía voz? ¿O el encanto radicaba en no tenerla? El narrador nos advierte que solo una vez le fue dado escuchar la voz de Caracas: cuando dijo que quería hacer caca. “Pegué un salto creyendo haber oído mal y la miré. Estaba sentada sobre un montón de cojines contra la pared y aquel día era una tierna beldad rubia metidita en carnes”. Gógol dormía con la muñeca en la misma cama y, en general, parece que los atributos del fantoche eran vistos por el marido como si fueran en rigor los de una mujer cierta.

 

Habría que preguntarse, entre otros interrogantes, por qué una muñeca parecía satisfacer todos los requerimientos de un sujeto como Gógol. ¿Y el tiempo cómo la afecta? ¿Y el amor? ¿Y qué hay de ir más allá de las relaciones sexuales y al fin tener un hijo? ¿Qué representa una muñeca sexual que puede ir más lejos del imaginario de solo satisfacer asuntos de cama? Caracas, en una misteriosa actitud, va adquiriendo manías y una especie de vida propia, que puede salirse del control de su dueño. ¿Cuál era en verdad su naturaleza?

 

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Tommaso Landolfi

 

El cuento de Landolfi llega a puntos cumbres cuando el lector se entera que Caracas “enfermó de un mal vergonzoso”. Sí, cómo es posible que el “espíritu” de la sífilis la haya arropado, invadido, envuelto, contaminado. El narrador, amigo y confidente de Gógol, va alargando, a veces sin necesidad aparente, el relato y su desenlace que puede estar oscilando en el trágico trapecio de lo inesperado.

 

El relato, con dosis de humor negro, conlleva a reflexiones sobre el envejecimiento, la aburrición de vivir, el cansancio de una compañía insólita y, en ultimas, de las soledades compartidas, de la búsqueda inestable del sentido de existir. Caracas, con sus órganos sexuales rosados y aterciopelados, es un símbolo de la disolución familiar, de la crisis en las relaciones hombre-mujer, del fracaso de la comunicación. O de su pérdida.

 

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La mujer de Gógol es una suerte de grito por la incapacidad para conectarse con la sociedad, contra los sistemas que aíslan al ser humano para no dejarles saber sobre la solidaridad y los afectos… Es como la negación del otro. Es un camino, el de Caracas y Nikolai, hacia el desespero y la desesperanza. O la desazón. La historia va en un crescendo que conduce a un abismo, a una destrucción inevitable.

 

No se sabe si Landolfi leyó a Felisberto Hernández. Es probable. Porque Calvino, que también se refirió con propiedad y extensión a la literatura de su paisano, escribió notas sobre el uruguayo y tradujo y prologó el libro Nadie encendía las lámparas (Nessuno accendeva le lampade). De cualquier modo, las muñecas en literatura son de uno y otro escritor, con visiones y tratamientos distintos. En Las Hortensias las muñecas diseñadas, en un surtido de prodigio, se erigen en rivales de las mujeres verdaderas. Caracas, la de Landolfi, es una muñeca humanizada cuya tragedia está marcada por su dueño y amo, al que ella, de algunas maneras, desestabiliza.

 

La mujer de Gógol es un cuento inquietante y, si se quiere, divertido. Caracas, la muñeca, que no es un humanoide, es una ejemplificación de los seres marginales, tan abundantes en estos tiempos de desamparos y soledades a la carta.

 

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Una muñeca inflable, como lo era Caracas, la mujer de Gógol.

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Variaciones sobre un reloj pintado

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Por Reinaldo  Spitaletta

 

1.

 

—¡Entrégueme el reloj!

—Pero si es un reloj pintado.

La primera voz, con un cuchillo, amenazaba a la segunda. ¡Entréguemelo y no se hable más!, agregó.

—No se lo entrego.

—¿Cómo que no?

—¡No! Este reloj me costó mucha imaginación.

—Este cuchillo, también. Y lo clavó en la muñeca pintada de la primera voz.

 

2.

 

No sé para qué necesitábamos medir el tiempo. Éramos muy niños. Escolares. Y aprovechábamos los lapiceros de tinta mojada (con los tinteros y las plumas con encabador, era imposible) para dibujarnos animalitos —como los de los caramelos ambulantes, gallinas, conejos, gatos, caballitos, que iban pegados en un palo, la dulzura en colores— en brazos, estómago, piernas y a veces en la cara.

 

El dibujo más usual, no sé por qué, era el de un reloj en la muñeca. Se sentía uno mayor, como un adulto de los que ya tenían en el tiempo una especie de presencia ineludible e implacable. Casi siempre era un reloj con solo dos punteros, el de los minutos y el de las horas. No había segundero. Un reloj elemental, apenas con líneas, sin profundidad de campo, sin tridimensionalidad. Y lucía bello en la muñeca, que uno miraba con orgullo, como si portara uno muy fino, de esos que —decían— llegaban desde Suiza.

 

No sé por qué los que me pintaba, siempre tenían una falla: se adelantaban. Quizá era porque quería salir rápido de la escuela para ir a perseguir las mariposas amarillas que una niña de la cuadra se dibujaba en los cachetes.

 

3.

 

Mi primer reloj fue el más bello que jamás haya visto. También el más doloroso. Lo dibujé en mi muñeca izquierda con una lapicera de tinta roja, con la que escribíamos los títulos en los cuadernos de escuela. Duró muy poco. No alcanzó a darme ninguna hora. El atroz pellizco de la profesora, agregado a un ladrido ensordecedor que salió de su bocota de vocales enfurecidas, me dejó atascado en un tiempo sin medida: “Te vas ya al baño a lavarte esos rayones tan feos. Eso es de indios”.

 

Imagen relacionada

Pintura de René Magritte

 

4.

 

El reloj que se pintó Rosita, una niña con manzanitas en las mejillas y cabellos amarillos, tenía una fantasía incorporada. Emitía un tictac muy musical. Por eso, la buscaba para apoyar mi cara de pregunta sobre su muñeca encantada. Qué agradable le sonaba el pulso a Rosita.

 

5.

 

El reloj pintado me apretaba. Le aflojé la pulsera. Lo miré con curiosidad al ver cómo aceleraban sus manecillas, como si el tiempo quisiera terminar rápido. Y, sí. De pronto, la niñez se fue. El reloj de tinta en la muñeca se paró para siempre.

 

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Kafka y una muñeca de sololoy

Por Reinaldo Spitaletta

Durante muchos años, mamá tuvo en su casa paterna de Rionegro, un escaparate de un solo cuerpo, de más o menos uno ochenta metros de alto, con espejo. Era, según dijo, de caoba y la historia de cómo lo consiguió nunca la supe. Cada que nos llevaba con ella a mis hermanos y a mí, o a veces a mí solo, nos abría el armatoste para mostrarnos recuerdos de niñez y juventud. Tenía, por ejemplo, fotografías de hombres enfermos, con la piel en pedazos, que ella había conseguido en sus días de enfermera de hospital. Había algunos libros descaecidos, como El coche número 13, poesía de Lamartine y una edición de La dama de las camelias. También unos cofrecitos de los cuentos de Saturnino Calleja, pero lo que más miraba con dulzura (sus ojos carmelitas se ponían saltones) era una muñeca de ojos de vidrio y traje color crema.

Había también tejidos de crochet, cajas de lata con collares rotos, prendedores, aretes antiguos y un pequeño libro encuadernado en piel de becerro rubio con poemas románticos. Las primeras veces uno tenía la curiosidad viva y todo lo que allí había parecía una novedad. Después, ya no se le prestaba atención al contenido del mueble, del cual no se supo su destino final. Lo que si me quedó sonando algún tiempo fue la muñeca, que tenía el tamaño de un recién nacido, pero no por su cara imperturbable (aunque sus ojos eran móviles, se cerraban cuando alguien la cambiaba de posición), sino porque mamá decía que era una muñeca de sololoy.

La palabra me parecía sonora y extraña. Y ella, al uno preguntarle qué significaba, decía que era el nombre del material del que estaba hecha. Pero no daba más pistas. El asunto permaneció así, casi en el olvido, hasta cuando, una tarde, haciendo una reportería, una señora que tenía en su casa varias muñecas de la misma sustancia, me explicó que, en realidad, no era sololoy, sino celuloide, un material que se preparaba con base en el nitrato de celulosa y que en inglés se escribe “celluloid”. Cuando llegaron a Colombia, a principios del siglo XX, la gente suavizó la pronunciación y la transformó en sololoy. Con el celuloide, además de juguetes, también se hacían las películas cinematográficas.

La muñeca de mamá, de la cual tampoco supe su paradero final, me entusiasmó un día cuando leí una historia que, cuentan, le sucedió a Franz Kafka. Resulta que una vez, cuando el escritor paseaba con su mujer Dora Diamant, por el parque Steglitz, en Berlín, se topó con una niñita que lloraba sin pausa porque había perdido su muñeca. Kafka le dijo que no se había perdido, sino que se había ido de viaje. La chiquilla le preguntó cómo lo sabía y entonces él le contó que había recibido una carta de la muñeca, pero que no se la podía leer ahora porque la había dejado en casa. “Si mañana, a esta hora, estás aquí te leo la carta”, dicen que dijo el autor de El Proceso.

Al día siguiente, Kafka le leyó la carta y durante tres semanas le llevó misivas procedentes de Londres, París, Viena y del mismo Berlín, hasta que en la última la muñeca revelaba que se iba a casar y que ya no era posible volver. Para entonces, dicen, la muchachita ya se había resignado a la pérdida de su juguete y el llanto por este era cosa del pasado.

La historia, que no ha podido ser documentada, ni siquiera por Klaus Wagenbach, editor y uno de los exploradores más intensos de la obra kafkiana, tiene inmensos ribetes de belleza y humanidad. En el libro El último amor de Kafka, de Kathy Diamant, hija de Dora, aparece mencionada la niña pero no hay rastros de las cartas. Tampoco en los diarios del escritor. Paul Auster, en su obra Brooklyn Follies cuenta la historia de Kafka y la niña de la muñeca perdida, y también lo hizo en un artículo de prensa Tomás Eloy Martínez, que precisamente una vez invitó a Auster para que les hablara a sus alumnos de esta peripecia.

Real o no, es una maravilla de historia. Si no fue cierta, sí hubiera sido posible, dadas la sensibilidad y la inventiva del artista. Por lo demás, cuántas cosas suceden en la realidad que parecen ficción. Mejor dicho: la realidad está llena de ficciones. A la postre, qué importa si Kafka encontró en un parque berlinés una niña que lloraba por su extraviada muñeca y si escribió unas cartas de consuelo. La historia ya existe, aunque no estén las cartas ni la niña. Ni la muñeca.

De lo que sí estoy convencido es que la muñeca de la niña alemana, que se dejó seducir y consolar por las cartas de un escritor checo, era como la que mamá guardó durante tantos años en su escaparate de caoba: una muñeca de sololoy.