Kafka y una muñeca de sololoy

Por Reinaldo Spitaletta

Durante muchos años, mamá tuvo en su casa paterna de Rionegro, un escaparate de un solo cuerpo, de más o menos uno ochenta metros de alto, con espejo. Era, según dijo, de caoba y la historia de cómo lo consiguió nunca la supe. Cada que nos llevaba con ella a mis hermanos y a mí, o a veces a mí solo, nos abría el armatoste para mostrarnos recuerdos de niñez y juventud. Tenía, por ejemplo, fotografías de hombres enfermos, con la piel en pedazos, que ella había conseguido en sus días de enfermera de hospital. Había algunos libros descaecidos, como El coche número 13, poesía de Lamartine y una edición de La dama de las camelias. También unos cofrecitos de los cuentos de Saturnino Calleja, pero lo que más miraba con dulzura (sus ojos carmelitas se ponían saltones) era una muñeca de ojos de vidrio y traje color crema.

Había también tejidos de crochet, cajas de lata con collares rotos, prendedores, aretes antiguos y un pequeño libro encuadernado en piel de becerro rubio con poemas románticos. Las primeras veces uno tenía la curiosidad viva y todo lo que allí había parecía una novedad. Después, ya no se le prestaba atención al contenido del mueble, del cual no se supo su destino final. Lo que si me quedó sonando algún tiempo fue la muñeca, que tenía el tamaño de un recién nacido, pero no por su cara imperturbable (aunque sus ojos eran móviles, se cerraban cuando alguien la cambiaba de posición), sino porque mamá decía que era una muñeca de sololoy.

La palabra me parecía sonora y extraña. Y ella, al uno preguntarle qué significaba, decía que era el nombre del material del que estaba hecha. Pero no daba más pistas. El asunto permaneció así, casi en el olvido, hasta cuando, una tarde, haciendo una reportería, una señora que tenía en su casa varias muñecas de la misma sustancia, me explicó que, en realidad, no era sololoy, sino celuloide, un material que se preparaba con base en el nitrato de celulosa y que en inglés se escribe “celluloid”. Cuando llegaron a Colombia, a principios del siglo XX, la gente suavizó la pronunciación y la transformó en sololoy. Con el celuloide, además de juguetes, también se hacían las películas cinematográficas.

La muñeca de mamá, de la cual tampoco supe su paradero final, me entusiasmó un día cuando leí una historia que, cuentan, le sucedió a Franz Kafka. Resulta que una vez, cuando el escritor paseaba con su mujer Dora Diamant, por el parque Steglitz, en Berlín, se topó con una niñita que lloraba sin pausa porque había perdido su muñeca. Kafka le dijo que no se había perdido, sino que se había ido de viaje. La chiquilla le preguntó cómo lo sabía y entonces él le contó que había recibido una carta de la muñeca, pero que no se la podía leer ahora porque la había dejado en casa. “Si mañana, a esta hora, estás aquí te leo la carta”, dicen que dijo el autor de El Proceso.

Al día siguiente, Kafka le leyó la carta y durante tres semanas le llevó misivas procedentes de Londres, París, Viena y del mismo Berlín, hasta que en la última la muñeca revelaba que se iba a casar y que ya no era posible volver. Para entonces, dicen, la muchachita ya se había resignado a la pérdida de su juguete y el llanto por este era cosa del pasado.

La historia, que no ha podido ser documentada, ni siquiera por Klaus Wagenbach, editor y uno de los exploradores más intensos de la obra kafkiana, tiene inmensos ribetes de belleza y humanidad. En el libro El último amor de Kafka, de Kathy Diamant, hija de Dora, aparece mencionada la niña pero no hay rastros de las cartas. Tampoco en los diarios del escritor. Paul Auster, en su obra Brooklyn Follies cuenta la historia de Kafka y la niña de la muñeca perdida, y también lo hizo en un artículo de prensa Tomás Eloy Martínez, que precisamente una vez invitó a Auster para que les hablara a sus alumnos de esta peripecia.

Real o no, es una maravilla de historia. Si no fue cierta, sí hubiera sido posible, dadas la sensibilidad y la inventiva del artista. Por lo demás, cuántas cosas suceden en la realidad que parecen ficción. Mejor dicho: la realidad está llena de ficciones. A la postre, qué importa si Kafka encontró en un parque berlinés una niña que lloraba por su extraviada muñeca y si escribió unas cartas de consuelo. La historia ya existe, aunque no estén las cartas ni la niña. Ni la muñeca.

De lo que sí estoy convencido es que la muñeca de la niña alemana, que se dejó seducir y consolar por las cartas de un escritor checo, era como la que mamá guardó durante tantos años en su escaparate de caoba: una muñeca de sololoy.

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