La música más triste…

“Tristeza rostro bello”
Paul Eluard

Por Reinaldo Spitaletta

Una vez, en un palique en el Centro de Historia de Bello, nos dio por hacer una encuesta ligera sobre la música más triste (canciones, piezas musicales). Tal vez todo comenzó porque alguien preguntó cuál era la escena más dolorosa del cine y dijo que era la de la película El campeón, dirigida por Franco Zeffirelli y protagonizada por John Voight, Faye Dunaway y Rick Schroder. El campeón, después de derrotar a un rival más joven que él, baja del ring en condiciones precarias, lo conducen al camerino, donde muere, después de un breve y dramático diálogo con su hijo, que llora sin consuelo.

La conversación derivó en la música, y en ese punto emergieron diferentes opciones. Alguno dijo que el Adagio, de Albinoni, era quizá la más triste de todas las composiciones que en el mundo han sido. Otro señaló un adagio distinto, el segundo movimiento del Concierto de Aranjuez, de Joaquín Rodrigo. Yo dije, en primera instancia, que Una furtiva Lágrima, romanza de la ópera Elíxir de amor, de Donizetti, era de las más conmovedoras, aunque no dejé atrás el primer movimiento de la sonata Claro de Luna, de Beethoven.

Mientras escuchábamos algunas de ellas, iban saliendo otras, como el tango de Gardel Sus ojos se cerraron; Tú el cielo y tú, de Alberto Podestá, y Venenosa, interpretada por Carlos Mejía. No faltó quien diera su opción por La canción del adiós, cantada por Horacio Guarany, del cual también agregaron su Memorias de una vieja canción.

Yo riposté cuando llegaron a mi nostalgia los acordes y la melodía de un valsecito colombiano, Tristezas del alma, en la versión de Los Trovadores de Barú, y a partir de ahí se desgranaron otras, como Addio del passato, de La Traviata, en la voz de María Callas; el Allelujah, de Leonardo Cohen, y la Despedida, de Daniel Santos. Alguien dijo que dejáramos de joder con tantas tristezas juntas, y promovió la escucha de música contenta. Nadie le paró bolas. Y seguimos.

Aparecieron entonces Eleanor Rigby, de Los Beatles; Recuerdos de la Alhambra, de Francisco Tárrega, y Va pensiero, de la ópera Nabuco, de Verdi. Luego hubo una enumeración de tangos, que es una música con abundancia de elementos tristes (“un pensamiento triste que se baila”, dijo Discépolo), aunque haya numerosos tangos humorísticos, picarescos y de otra naturaleza. La lista fue innumerable. Saltaron Quejas de bandoneón, Garúa, Tu pálido final, Una emoción, La última curda, Naranjo en flor, Una canción y Adiós Nonino.

En cuestión de tristezas no hay disgustos. Y así como se recordó Las noches de agua de Dios, también tuvo cabida el doloroso Intermezzo No. 2 (Lejano azul), de Luis A. Calvo. Y de pronto, no sé quién, advirtió que Triste domingo (en la voz de Agustín Magaldi) era de lo más lacrimógeno que se había compuesto.

El tema original lo compuso el pianista húngaro Rezso Seress, a la que después, un poeta también húngaro, le puso una letra melancólica, tanto como la música en la que se inspiró. Dicen que es la canción que más suicidios ha causado. En América, la grabación de Billey Holiday (Gloomy Sunday, 1941) popularizó la pieza, que pudo haber ocasionado cerca de cien muertos en Estados Unidos. Mito o realidad, la obra encarna una tristeza honda. “Triste domingo con cien flores blancas / te esperé, amada, lleno de emoción. / Mas a la cita tan solo el recuerdo / trajo en sus alas la desilusión”, dice Magaldi.

La tristeza (¿qué es la tristeza?) puede ser una mezcla de dolor y dulzura, como tal vez lo insinuó Françoise Sagan, que nos remueve el alma y nos pone en estado de alerta frente a los golpes de la existencia (“hay golpes en la vida, tan fuertes… ¡yo no sé!”, diría Vallejo) y las ondulaciones de la condición humana.

Fotograma de la película El campeón, de Franco Zeffirelli

 

 

 

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“Échele cinco al piano”: Aquella pianola de mi barrio

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Era como si la orquesta, bueno, o tal vez el cantante con un leve acompañamiento de guitarras, estuviera en el bar, en medio de luces de neón, fosforescencias ebrias. Siempre creí ver algo más que un montaje mágico en aquellas cajas musicales que, antes, instalaban en casi todos los cafetines para que las tardes y las noches tuvieran más vestuario de bohemia, más anís en el ambiente, un poco más de seducción en las sillas: como la que emanaban aquellas meseras que dejaban entrever sus pectorales de encanto, apenas insinuado, y forjaban carrizos de infarto, según se oyó decir muchas veces, sentadas en un rincón, expectantes a las solicitudes de la clientela. Pero el máximo deslumbramiento radicaba en los pianos (llamados así en Antioquia,  tal vez como una metáfora de teclas), luminosos, como un arco iris de barrio.

 

Esos artefactos tragamonedas, de sensuales formas (quizá todo traganíquel es mujer), estuvieron -están todavía- ligados a lo urbano, a la obrería, a la pasión de la calle. No estaba dentro de las posibilidades concebir un café de esquina despojado de aquella maravillosa máquina de discos, cantadora, de rectangulitos que nombraban al intérprete y al compositor y el ritmo. Uno, de tanto hundir el teclado, memorizaba el G-5, el A-3, el D-1, y podía cerrar los ojos al oprimirlas, como lo puede hacer, con certidumbre, un pianista experto.

 

Siempre era posible hallar en sus selecciones (había de cincuenta, de cien, de doscientas) una canción para cada estado de ánimo (como en el tango). Ahí, iluminado, podía surgir como el genio de una lámpara el canto para el triste, o para quien tenía la alegría en la piel y en la mesa. O para los ausentes, que todo era factible en esas como vitrinas sonoras, hermosas, seductoras cajas de sorpresas musicales.

 

Los traganíqueles nacieron con el siglo XX, el mismo del cambalache, y de alguna manera fueron competencia para las orquestas, sobre todo en ciudades cosmopolitas como París, Berlín o Nueva York. Pero, simultáneamente, era como un modo especial de poder tener, con sonido ancho y venturoso, a cualquier grupo musical o cantante metido en aquellas cajas armónicas (las juke-boxes de los gringos o las velloneras de los puertorriqueños). Se sabe que en 1890 fue puesta en operación la primera de aquéllas en un bar de San Francisco. Uno de los pioneros, fabricante de tales aparatos, fue Noel Seeburg, creador en 1907 de la Seeburg Piano Company que, en rigor, se convirtió en la mayor rival de otra compañía, la del legendario Rudolph Wurlitzer, inmigrante alemán residente en Estados Unidos.

 

Wurlitzer se había instalado en Cincinatti, donde montó un almacén de instrumentos musicales. Después, junto a su hermano Anton, crearía la célebre casa de pianolas The Rudolph Wurlitzer Company, productora, además, de atractivos aparatitos para música de carruseles y de órganos para acompañar las películas de cine mudo. Hacia 1935 producía semanalmente trescientos traganíqueles; al año siguiente aumentó a novecientos (también cada siete días). En 1946, la Wurlitzer fabricaba cincuenta y seis mil “pianos” al año. Era la locura mundial, que la guerra no había matado.

 

En 1993, murió en Estados Unidos, a los noventa y seis años de edad, otro pionero de la industria de “juke-boxes”: David C. Rockola (de donde deriva e nombre de rocola, tan popular en otras regiones de Colombia para designar a nuestro piano de esquina). Rockola, que en 1934 introdujo al mercado una caja que contenía 12 canciones para seleccionar, llegó a ser el mayor productor del orbe después de 1974, cuando la legendaria factoría Wurlitzer cesó sus actividades.

 

Hoy, con los tremendos y acelerados avances de la tecnología, se producen traganíqueles hasta de quinientos discos, con sistema laser, con otros sistemas, de sublime sonido según dicen los que han escuchado esas máquinas; pero sin duda –bueno, eso dice uno- aquellos viejos pianos de barriada y del centro de la ciudad no mueren en la memoria de los que alguna vez, muchas veces, metieron moneditas en su alcancía para hacer brotar la melodía de su alma, para evocar un amor perdido, para brindar por el nacimiento de un nuevo querer. Era todo un ritual: acercarse al piano, mirar el catálogo diverso, dejarse iluminar la cara por aquellas luces multicolores, darse un aire de importancia y, luego, depositar una moneda, muchas monedas tintineantes, que te daban la posibilidad de ser, por unos momentos, una especie de director de orquesta. O de obrador de milagros.

 

El ritual (algo hace recordar al concertista de piano) es cada vez menor, o casi está desaparecido, porque los traganíqueles (o gramófonos de monedas) están en extinción o se volvieron material de coleccionistas, pero, con todo, uno jamás podrá olvidar aquellos Seeburg o Wurlitzer que con sus fosforescencias musicales iluminaron -como lunas de cafetín- las noches del barrio que en muchos casos hacían brotar en sus bares un largo lagrimón. Aquello de “échele cinco al piano”, ya no va más.