Particular historia con fascismo de fondo

(Sobre una película maestra del director italiano Ettore Scola)

 

Resultado de imagen para una jornada particular

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

El fascismo, una negación del hombre, un intento por masificarlo y despojarlo de su individualidad, es todavía una persistencia política en muchos lugares del mundo. El 6 de mayo de 1938, unos meses antes de la Conferencia de Múnich, en la que los alemanes hitlerianos mostraron sus fieros colmillos para apoderarse de Europa ante la pusilanimidad de Inglaterra y Francia, y con la anuencia de Italia, un desfile militar paraliza a Roma: Hitler y Mussolini pasan revista a la inmensa tropa.

 

La voz de un locutor radial va narrando las incidencias de la parada. Las imágenes son documentales y, de pronto, el espectador se traslada a un condominio, de los muchos que florecieron durante el fascismo, para encontrarse con una historia de soledades y tedios, de un hombre y una mujer que nunca antes se han visto, pese a habitar en la misma edificación. Una jornada particular, de Ettore Scola, una de sus obras maestras, cuando para otros es la más excelsa obra de su filmografía, es una lectura crítica del fascismo y de cómo penetró en las mentes de hombres y mujeres en aquella Italia de preguerra.

 

Antonietta, una mujer cuarentona, representada por Sofía Loren, se levanta para ir despertando a sus seis hijos y a su marido, que irán al desfile militar presidido por Mussolini en honor a la visita del Führer, que ha llegado la víspera y ha sido recibido por el Duce y el rey Víctor Manuel III. Hay una rápida caracterización de cada uno de los chicos y del esposo de una mujer que ya en su cara muestra las señales de un ama de casa sin otros horizontes que los de la cría de sus muchachos y la de los oficios domésticos.

 

Con un baño ligero, de lavado de cara y pare de contar, todos se alistan, mientras la “mamma” conversa con cada uno acerca del matoneo que al “gordito”  le hacen en la escuela; o de las posibles masturbaciones del mayor; o de las fotos pornográficas que ya circulan en la clandestinidad como muestra de una adolescencia impaciente, y aun de las posibilidades de un séptimo vástago, con lo que ganarían un premio especial concedido por el Estado. En un departamento que luce chico para tanta gente, comienza a desarrollarse lo que será una jornada de sorpresas y descubrimientos.

 

Cuando todos se marchan al desfile, Antonietta queda en compañía de Rosamunda, un pajarraco que le “habla” y que, de pronto, cuando ella le va a dar el alpiste matinal, vuela de la jaula, sale por una ventana (las ventanas son clave en esta película) y se instala enfrente del apartamento, en otro piso. Al otro lado, habita un hombre solo, cuyas primeras imágenes lo muestran a una mesa, con una pistola en la misma, escribiendo en sobres de cartas, en una actitud que transmite angustia y la posibilidad de un hecho impredecible.

 

Antonietta toca a su puerta y a partir de este instante el filme comenzará a subir en intensidad y en interés. Si el único aparente interés de la señora es recuperar el ave, la conexión entre ella y él irá subiendo de temperatura. El hombre, llamado Gabriele (interpretado por Marcello Mastroianni), que todavía no le ha dicho que es un locutor radial, le ofrece un libro que ella ve en el rebujado apartamento, Los tres mosqueteros, de Alejandro Dumas. Con Rosamunda, la señora torna a su vivienda, a la que, poco después, tocará Gabriele con el fin (o pretexto) de llevarle el librito que ella “olvidó”.

 

En esta instancia, surge un tercero en discordia, Cecilia, la portera del condominio, que le da a Antonietta información no solicitada sobre el inquilino del sexto piso, al que califica de antifascista y subversivo. En el apartamento de la familia Tiberio, se inicia una exploración del mundo de ambos protagonistas. La portera ha sintonizado la radio en la transmisión del desfile militar, que se escucha en todo el edificio, a esa hora sin habitantes, pues, la mayoría, según mostraron imágenes del comienzo del filme, se ha ido a la demostración de plácemes a Hitler.

 

Los diálogos en el apartamento de los Tiberio van descifrando intencionalidades, pasados, maneras de pensar y, sobre todo, el acercamiento con rigideces y distancias de Gabriele y Antonietta, con el trasfondo de la radio que narra los detalles del desfile y transmite arengas, discursos e himnos. Y así, con una lámpara colgante que servirá para que el visitante se demore más de lo indicado reparando un desperfecto, con una imagen del Duce hecha con botones por la señora, y, en particular con un álbum sobre Mussolini que el ama de casa colecciona con recortes de prensa, el filme alcanzará alturas estéticas y políticas de inmensa tensión.

 

Se expresa una inteligente crítica al fascismo, del cual se van desgranando los principios o postulados, de acuerdo con las imágenes y frases del álbum. Un hombre debe ser marido, padre y soldado, se dice. Las mujeres deben obedecer, no están hechas para el pensamiento ni las palabras. Antonietta padece una obnubilación por el Duce e, incluso, recuerda una vez que él pasó junto a ella en un caballo y la mujer estuvo a punto del desmayo. A veces, por las ventanas ella ve pasar los aviones y deja ver una rara fascinación por esa fuerza. “La fascinación por el aviador”, dice Gabriele.

 

El filme, lleno de símbolos, sobre todo de aprehensiones suscitadas por el fascismo en los ciudadanos, la grisitud y monotonía de las viviendas, va enhebrando aspectos no solo de los significados de un régimen que ante todo anula al sujeto y privilegia la masa, o, en otra perspectiva, la masificación y el patrioterismo, sino las vidas melancólicas de un hombre y una mujer, ambos víctimas del sistema. Ella, constreñida a su condición de esclava doméstica. Él, un locutor que ha sido despedido de la radio oficial por ser homosexual, una vedada inclinación, que puede considerarse antifascista. Además, lo han multado por reír al aire.

 

El inicio acelerado, aunque con pausas, de una relación entre ambos personajes, que tiene magníficas escenas en la terraza de ropas y después, de nuevo, en el departamento de los Tiberio y en el del exlocutor, está atravesado por la presencia súbita de la portera, bigotuda y fascista, que, aunque no sea muy evidente, también padece soledades y una suerte de destierro interior. Tal vez por su fealdad. El hecho de saber que el otro, que ese hombre atractivo y que le ha prestado atenciones distintas a Antonietta, hace que la señora continué con las artes de la seducción. Y el acto amatorio se consuma, sin evidencias estridentes, a punta de sugeridos acercamientos y un apasionamiento tenaz de la reprimida ama de casa.

 

El día avanza, avanza el desfile, avanzan las relaciones entre los dos novísimos amantes, imposibles amantes. Y cuando ya los ausentes comienzan a llegar, cuando desde la ventana se observa a los muchachos, a los adultos, a los que regresan de la demostración militar, Antonietta, también a través del cuarto de máquinas del edificio, pasa de nuevo a su casa a disponerse al recibimiento. Es una mujer que, al menos, ya logró leer páginas de un libro, el de Dumas. Es un ama de casa sin ilustración alguna.

 

La película, que alcanza altísimas cotas de humanidad, pero, a su vez, de hondos cuestionamientos a un régimen de totalitarismos, machista y apabullador de la condición femenina, entra en su fase final. Otra vez, la vida cotidiana de la familia, la comida, la señora que ha olvidado las cucharas para la sopa, todos conversando en la mesa, y ella ida, sin ganas de más nada. Ni siquiera de tener un séptimo polluelo, pese a las insinuaciones y manoseos de su marido, un hombre que trabaja en África Oriental.

 

Desde la ventana, Antonietta observa los movimientos que suceden en el departamento de Gabriele. La noche está encima. Ella lava los platos. Él, según lo puede ver el espectador, hace maletas, mientras dos hombres de gabán y sombrero, lo esperan en la puerta. Las luces se van apagando. Antonieta, en orden, va moviendo interruptores hasta llegar a la cama matrimonial. Entre tanto, se cierra la puerta del apartamento de Gabriele, que va rumbo al confinamiento. Eso de ser homosexual no lo admite el fascismo. La particular jornada ha terminado.

 

Una jornada particular (1977), que, en efecto, es una obra maestra, sucede casi toda en interiores, con planos y contraplanos, con la fuerza interior y sicológica de los primeros planos, con la gran actuación de dos “monstruos” de la pantalla grande. Y la dirección de un artista, Ettore Scola, que se convirtió en un clásico del cine italiano y mundial.

 

(Nota: a propósito de una proyección del cineclub Huellas de Cine, del Centro de Historia de Bello)

 

Resultado de imagen para una jornada particular

Sofía Loren y Marcello Mastroianni, en Una jornada particular, de Ettore Scola.

Anuncios

Fútbol y Política

(Conferencia que recorre la utilización oportunista del fútbol por el poder)

Resultado de imagen para mussolini futbol

Mussolini y Hitler

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

  1. Apertura con peones de guayos

 

Hoy vamos a hablar del fútbol y sus relaciones con la política y el poder.

A veces resulta inconcebible que un juego, en apariencia inocente, como el fútbol, sea manipulado por los distintos poderes para beneficio particular de un gobierno, de un sistema político o de una bandería doctrinaria. A veces la gente, el aficionado, no alcanza a imaginarse cómo un deporte puede servir de plataforma política, o de mampara para ocultar determinados intereses, o, simplemente, como un distractor, como una cortina de humo. Claro que hay unos deportes que se prestan más que otros para tales manoseos, por su aceptación masiva, porque despiertan mayores pasiones en las multitudes. Pero aun sin que sea el deporte en cuestión un asunto de mayorías, se han dado casos históricos que nos muestran cómo determinados juegos pueden ser utilizados por uno u otro bando en confrontación. Así, durante la llamada Guerra Fría, que enfrentó al bloque socialista con el capitalismo, o, en otros términos, a la Unión Soviética y Estados Unidos, se utilizó el deporte como un elemento de la política, para intentar demostrar cuál sistema era mejor. Recuerden, por ejemplo, cuando Bobby Fischer, el notable ajedrecista norteamericano, derrotó en el denominado “Match del Siglo” a Boris Spasski en el Campeonato Mundial de Ajedrez, y entonces muchos áulicos de Estados Unidos salieron a decir que, en efecto, Fischer había triunfado porque vivía en el “paraíso americano”, y todo ello como parte de esos discursos flojos que se estilaban en los setentas para tratar de favorecer a uno u otro sistema.

 

Fischer nunca quiso poner en juego su título. Y fue despojado. Además, como ustedes saben, después renegó de los Estados Unidos y ahora vive en algún país de los que antes giraba en torno a la órbita soviética.

 

Los griegos, que lo inventaron casi todo, y que desarrollaron casi todo, suspendían sus guerras para realizar sus juegos olímpicos, que eran como una muy respetable tregua. Pues bien, muchos siglos después, los juegos olímpicos del mundo moderno se han visto, en distintas ocasiones, saboteados por intereses políticos, de una u otra superpotencia. Unas veces los boicoteaban los Estados Unidos y, otras, la Unión Soviética. En 1972, en Múnich, Alemania, se presentó una de las más sangrientas protestas políticas del siglo durante la realización de los Juegos Olímpicos. La delegación de Israel fue víctima de un ataque terrorista de parte de una agrupación, Septiembre Negro, que luchaba por la liberación de Palestina. En la operación, llamada por los atacantes Ikrit y Biram, perecieron once atletas israelíes.

 

Bueno, son muchos los casos que ilustran cómo el deporte es utilizado por la política, y aquí, esta noche, vamos a mirar específicamente al fútbol, cómo ha sido intervenido, invadido por otros intereses, y cómo ha sido usado por dictaduras, regímenes de izquierda y de derecha, por las ideologías y los ismos de nuevo y viejo cuño, para lograr determinados fines.

 

Precisamente, el deporte, y en este caso el fútbol, ha sido una especie de exorcismo contra la guerra, un modo de llegar a la catarsis, para desfogar en él otras emociones, para compensar en él o con él ciertas frustraciones colectivas. Resulta, sin embargo, como ya lo hemos visto en pasadas charlas, que el fútbol que es el más popular de los deportes también se ha convertido en una fuente importantísima de réditos, de ganancias astronómicas, debido a su profesionalización. A su erección como negocio muy fructífero. El fútbol, como empresa, mueve millones de dólares que se disparan cada cuatro años con la realización del Mundial. Por eso, la FIFA es como otro Fondo Monetario Internacional. Y por eso, el presidente de la FIFA se puede comparar con el jefe de Estado de una superpotencia, o con el secretario general de la Organización de Naciones Unidas. Y a veces, inclusive, parece tener más poder que uno de estos personajes y dignatarios.

 

El mundo está lleno de contaminaciones, de innumerables problemas de toda índole, y eso hace que el fútbol también sea penetrado por esos problemas y contaminaciones, y entonces así su aparente inocencia, su objetivo de recrear, de regocijar a la gente, de ser una fiesta, una celebración colectiva, pues todo eso tan hermoso se pervierte por la injerencia de poderes económicos y políticos.

 

Quisiera precisamente ahora recordar al poeta Jean Giraudoux (Sigfrido y la Loca de Chaillot), cuando decía en 1933, lo siguiente: “En nuestro mundo, donde cada país se ha vuelto nacionalista y observa con desprecio a los demás desde los muros de las obligaciones o el odio, hay sólo dos organizaciones internacionales por naturaleza: la de las guerras y la de los juegos. Esta última influye sobre la juventud del mundo; la guerra, por su parte, demuestra preferencia por los hombres. Una viste a la gente con el menos notorio de los uniformes, la otra con colores brillantes; una los acoraza, la otra los desviste, pero —a través de un proceso paralelo que no puede negarse— sucede que cada país posee ahora un ejército o una milicia cuya fuerza precisamente iguala aquella de la multitud movilizada por el más vastamente difundido de todos los deportes, el fútbol”.

 

Estas palabras del poeta francés revelan muchas cosas, como por ejemplo que las fuerzas del juego pueden equilibrar las fuerzas del combate en la humanidad. Es decir que son los medios por los cuales las naciones se pueden medir a sí mismas. Las naciones pueden ser juzgadas sobre todo en este siglo que ya se acaba por su habilidad física como por su fuerza armada. Decía también Giraudoux: “Hoy una nación es un organismo cuya salud moral se expresa por sí misma, como ya solía hacerlo a través de sus artes y actividades, pero cuya salud física se expresa por primera vez no a través de su ejército sino a través de sus deportes. El estadista no arroja más a la balanza una espada sino un hombre desnudo, y el efecto es el mismo”.

 

Podría decirse en ese sentido que algunas naciones, desprovistas por ejemplo de grandes ejércitos, han obtenido glorias inmarcesibles gracias a la pelota, gracias al fútbol. Recordemos, a guisa también de ejemplo, a Uruguay en 1930. Uruguay era y es todavía una muy pequeña nación, que llegó a figurar en el mundo debido más que todo a la obtención del primer campeonato mundial de fútbol. Con el Maracanazo, en 1950, aumentó su fama, sin necesidad de otro tipo de propaganda. Por supuesto, su gloria universal también se la han dado algunos escritores y poetas, como Benedetti, Onetti, Felisberto Hernández, Delmira Agustini, Juana de Ibarbourou…

 

  1. De igualdades y anestesias

Resultado de imagen para futbol-politica

Decíamos en la primera charla de este ciclo (Fútbol y Ciudad) que el fútbol es capaz, debido a sus prodigios, de crear una especie de iluso comunismo, de igualdad pasajera, de equidad ficticia. Y ese milagro de la equidad social de noventa minutos se da en un estadio, aunque la posible fraternidad puede ser rota por la injerencia de las barras bravas y otras manifestaciones de violencia e intolerancia, que son las que vamos a analizar en la próxima conferencia.

 

Digamos otra vez que el fútbol es un “ambiguo símbolo de gloriosas igualdades”, pero también tiene el poder de ser una anestesia colectiva. Es probable que no haya premeditación de que sea así, no haya ninguna alevosía, pero sí es verdad que los poderosos aprovechan ese frenesí popular que suscita el fútbol para usarlo unas veces como un barbitúrico social, y otras como un velo o una máscara para tapar determinadas actuaciones. Así el fútbol puede servir para que la gente, los aficionados, olviden las incumplidas promesas de un gobernante o de un candidato a gobernante y olviden las injusticias sociales. Esto ha sido demasiado obvio en muchas partes, tanto en la España franquista, como en la Argentina de la dictadura militar, o en el Chile de Pinochet.

 

A las dictaduras, por ejemplo, les sirve el fútbol solo cuando se gana, cuando se tiene un equipazo, ya sea una selección o un club. Por eso, como veremos más adelante, a Francisco Franco le venían muy bien los triunfos del Real Madrid,y al general Jorge Rafael Videla (ahora otra vez preso) los triunfos de la selección argentina, en el Mundial del 78.

 

Podríamos anotar por otra parte, que el fútbol, que es una representación del goce y la fiesta, ha sido tocado por la violencia, por la política y agredido por el dinero, por las mafias de apostadores, por los hinchas brutales como los hooligans.

 

Pero con todos esos lastres y enfermedades, el fútbol no ha perdido, en general, su gracia de ser un juego estético, un juego que a veces se vuelve poesía, un deporte capaz de movilizar a grandes masas mundiales. Y aunque el dinero haya tocado su corazón, y los futbolistas se hayan convertido en una mercancía, en una máquina, todavía quedan jugadores que juegan por diversión, porque les gusta sentir una camiseta y sudarla, porque ven en el fútbol otra manera de la libertad y la imaginación.

 

  1. Del calcio italiano al fútbol de hoy

Resultado de imagen para calcio italiano florencia

Quería decir ahora que esto del deporte como un anestésico, como un sedante para las masas, no es un producto del Siglo Veinte. Es en realidad algo muy viejo. Aquello del pan y circo de Roma, que se usaba para despolitizar a la gente, para mantenerla alejada de los cuestionamientos al Estado, ya es una muestra de cuán antiguo es el uso del deporte y de los espectáculos públicos por parte de los gobernantes. En el siglo XV, en Florencia ya existía el calcio, que es un antecedente del fútbol de hoy. Con la llegada de los Medici al poder, ese deporte pudo tomar cierto arraigo. Pietro Medici reunió en su ciudad a los más destacados practicantes del calcio, concebido como un espectáculo y un ejercicio público. Ya los políticos florentinos, tan inteligentes como Maquiavelo, habían concluido que el juego del calcio tenía una virtud que estaba por encima de cualquier cosa: constituía una válvula de escape para el muy agitado ciudadano de Florencia, acosado por necesidades económicas.

 

El calcio se practicaba en las plazas florentinas, con un equipo estándar de 15 delanteros, 5 medios, otros cuatro entre el medio y la defensa, y tres atrás. Había seis árbitros. Era un juego de tumulto y tenía a veces el carácter de una batalla campal, con agarrones, revolcones, patadas, golpes y otras tretas. Los partidos eran una fiesta popular, amenizada por orquesticas. La nobleza urbana de otras ciudades de Italia adoptó ese juego, que casi siempre lo programaban para ceremonias políticas, recibimiento de embajadores, bodas de gente de alcurnia y otras fiestas. Ese tipo de juego de plaza pública desapareció hacia el siglo pasado. Pero ustedes saben que al fútbol en Italia se le sigue denominando con el nombre florentino de calcio (que significa patada).

 

De los tiempos del Renacimiento vamos a trasladarnos a la modernidad, para mirar algunos aspectos de la política y el fútbol.

 

No salgamos todavía de Italia, porque precisamente vamos a referirnos al fascismo y su relación con el fútbol. En 1934, fecha en la que se iba a realizar el segundo campeonato mundial de futbol, la escuadra de ese país se preparaba con intensidad, con una intensidad que estaba dirigida por Benito Mussolini. Mussolini también era partidario de aquella idea de que Italia formaba parte de la raza superior, tal como lo proclamaba Hitler de los alemanes, y que según esa idea llevaría a Europa con un destino inmortal hacia la gloria. El estado italiano dedicó enormes cantidades de dinero a los dirigentes político-deportivos y a su vez empezó a poner en funcionamiento un aparato propagandístico con miras a hacer del equipo italiano una escuadra invencible. Pero vean ustedes como es la vida, tan nacionalista Mussolini y tuvieron que contratar como refuerzos a dos argentinos (Orsi y Monti) que aparecían como oriundos de italia, y todo con el fin de triunfar. Mussolini buscaba la victoria de su equipo a cualquier precio, con el fin de demostrar la superioridad italiana. En ese momento lo deportivo estuvo subordinado a lo político.

 

En los cuartos de final jugaron Italia y España, en la que el árbitro metió mano para favorecer al equipo del Duce. Ese encuentro terminó empatado a un gol, pero la selección española quedó con la mayoría de sus jugadores lesionados por la brutalidad de los italianos, y ante la permisividad del juez central. Al día siguiente se jugó el desempate. En España ya no estaba el arquero Zamora (apodado el Divino), que fue lesionado, ni otras estrellas. Ganó Italia. En la final se enfrentaron Italia y Checoeslovaquia. Mussolini estaba en un palco y la gente gritaba ¡Duce, Italia!, ¡Duce, Italia!, mientras el Duce extendía su brazo para saludar. Italia ganó dos a uno. Un grupo de camisas negras le llevó la copa a Mussolini, en cuya base se leía Copa del Duce. Desde el principio sabían que Italia tenía que ser el ganador. Y así ocurrió.

 

  1. El fútbol y los intelectuales

 

Preguntaba Eduardo Galeano que en qué se parecen el fútbol y Dios. En la devoción que les tienen muchos creyentes y en la desconfianza que les tienen muchos intelectuales, se respondía. Ya vimos en la pasada charla (Fútbol y Literatura) que el fútbol no ha inspirado grandes novelas, aunque sí relatos, cuentos y poemas. Veíamos también que los intelectuales, bueno, no todos, por supuesto, se burlan de ese deporte. Así ocurrió el siglo pasado con Rudyard Kipling, que atacó “las almas pequeñas que pueden ser saciadas por los embarrados idiotas que lo juegan”. Muchos años después, con esa sutileza que lo caracterizó siempre, Jorge Luis Borges dictó una conferencia sobre el tema de la inmortalidad en el mismo momento en que la selección de Argentina disputaba su primer partido del Mundial del 78. Borges declaró que ese juego era una verdadera estupidez. Y lo dijo en un país donde el fútbol es una religión. Esa manera despectiva de mirar el fútbol también ha tocado a intelectuales de izquierda, que son los que más declaran que ese deporte es parte del pan y circo con el cual los obreros atrofian su conciencia y pierden su noción de clase.

 

Tal vez las únicas líneas que escribió el autor de El Aleph sobre el fútbol, deporte al que despreció, no sobra leerlas en una conferencia sobre fútbol y política: “El fútbol despierta las peores pasiones, despierta sobre todo lo que es peor en estos tiempos, que es el nacionalismo referido al deporte. Porque la gente cree que va a ver un espectáculo, pero no es así. La gente va a ver quién va a ganar. Porque si les interesara el fútbol, el hecho de ganar o perder sería irrelevante, no importaría el resultado, sino que el partido en sí fuera interesante”.

 

Sin embargo, veamos cómo cuando el fútbol moderno —nacido en Inglaterra, en colegios de la clase alta, de la aristocracia— dejó de ser cosa de ingleses y de ricos, en el río de la Plata nacieron los primeros clubes populares organizados por obreros, en los talleres de los ferrocarriles y en los astilleros de los puertos. Unos dirigentes de los obreros, muy perspicaces, decían que aquello era una maniobra de la burguesía para evitar las huelgas y enmascarar las contradicciones sociales.

 

Pero vean ustedes lo que es la vida. El club Argentino Juniors nació con el nombre de Los Mártires de Chicago, para recordar a aquellos dirigentes obreros que lucharon por las tres ochos, ocho horas de trabajo, ocho de estudio y ocho de descanso, y que fueron ahorcados el primero de mayo de 1886, en Estados Unidos. Y el equipo de Chacarita fue bautizado justamente en una biblioteca anarquista de Buenos Aires. Y en el Barcelona de España muchos de sus simpatizantes eran socialistas y anarquistas, lo mismo que en el Atlético de Bilbao. Así que de todas las tendencias se ha visto en los equipos de fútbol. Antonio Gramsci, intelectual italiano, decía hermosamente que el fútbol era el “reino de la lealtad humana ejercida al aire libre”.

 

 

  1. El franquismo y el fútbol español

 

Bueno, vamos a irnos ahora para España, en la época del Generalísimo Franco. Allí la relación entre fútbol y política fue muy evidente desde la caída de la República y el comienzo de la dictadura franquista. Vamos a ilustrar este aspecto inicialmente con tres imágenes, sacadas del libro del historiador inglés Duncan Shaw, Fútbol y franquismo.

 

En la tarde del 25 de junio de 1939, el Sevilla y el Racing de El Ferrol disputaron la primera final de la Copa del Generalísimo en el estadio Montjuich de Barcelona. Habían pasado menos de tres meses desde la conclusión de la guerra civil y menos de cinco desde la rendición de la ciudad de Barcelona al general Yagüe. Los dos equipos se alinearon antes del comienzo del partido y elevaron el brazo derecho para hacer el saludo fascista. Pocos segundos más tarde, por los altavoces del estadio irrumpió el himno de batalla falangista Cara al sol. Los jugadores empezaron a cantar con mucho entusiasmo, y la multitud que llenaba el estadio, en el cual también había muchos militares, pronto les siguió, de pie, con los brazos en alto.

 

Esa es una imagen. Otra es la siguiente: el Real Madrid siempre ofreció una pródiga cena a sus adversarios después de derrotarlos en el estadio Bernabéu. El 21 de octubre de 1959, los invitados eran los jugadores y funcionarios de un club de Luxemburgo, que acababan de ser goleados por 5-0. El representante del régimen era José Solís. Se puso de pie y les dijo a los jugadores del Real Madrid:

 

“Vosotros habéis hecho mucho más que muchas embajadas desperdigadas por esos pueblos de Dios. Gente que nos odiaba ahora nos comprende, gracias a vosotros, porque rompisteis muchas murallas… Vuestras victorias constituyen un legítimo orgullo para todos los españoles, dentro y fuera de nuestra patria. Cuando os retiráis a los vestuarios, al final de cada encuentro, sabed que todos los españoles están con vosotros y os acompañan, orgullosos de vuestros triunfos, que tan alto dejan el pabellón español”.

 

Otra imagen es cuando Barcelona, el 18 de febrero de 1974, derrotó 5-0 a sus enemigos del Real Madrid, en Madrid, y toda la gente de la capital de Cataluña salió a celebrarlo, con las banderas rojas y amarillas de los catalanes más que con las azulgrana del equipo de fútbol, y cantaban entonces el himno catalán que estaba prohibido por el franquismo.  “Catalunya trionfant! /  tornará a ésser rica i plena, / endarrera aquesta gent / tant ufana i tant superba”.

 

Vamos a mirar rápidamente algunos aspectos de la politización del fútbol en España durante el franquismo. En España el fascismo se instauró en 1933, cuando José Antonio Primo de Rivera fundó la Falange, que se inspiraba ideológicamente en muchos conceptos de la Italia de Mussolini, tales como la defensa de los valores cristianos ante la amenaza comunista, la creación de un estado totalitario, en fin. La Falange también consideraba al deporte como una excelente oportunidad para movilizar a las masas bajo su bandera, y para mostrar al mundo el poder de la llamada nueva España. Sin embargo, Franco no invirtió grandes sumas en el deporte como sí lo hicieron Mussolini y Hitler, porque, además, la guerra civil había dejado al país, entre 1936 y 1939, en un estado lamentable de miseria y hambrunas.

 

Sin embargo, es interesante saber que esa escuadra de España que ahora en el Mundial sale con su casaca roja, en el período azul de Franco llegó a proscribirse porque todo lo rojo estaba prohibido, porque lo rojo era asimilado a lo comunista. También fue muy común que en los partidos de la liga española los jugadores se alineaban antes de cada partido y gritaban “¡arriba España, viva Franco!”, y de alguna manera el fútbol fue utilizado por el régimen del Generalísimo para mostrar, en el exterior, otra cara distinta a la que se tenía internamente. El Real Madrid llegó a ser el club más poderoso del mundo.

 

El fútbol fue utilizado durante el gobierno franquista como una droga social para mantener a la gente despolitizada. Cada primero de mayo, por ejemplo, se realizaban los juegos sindicales en los estadios, para mantener así a los obreros alejados de cualquier manifestación política reivindicativa. Cabe recordar que a los trabajadores, como a los futbolistas, se les prohibía pertenecer a sindicatos libres e independientes. Todos debían estar en los sindicatos del Estado. Sindicalismo oficial.

 

Ustedes saben que en España había y hay todavía una serie de rivalidades regionales históricas. Pues bien, Franco trató de borrarlas, excepto en el fútbol, para que así las regiones se descargaran de tensiones en los partidos. Sin embargo, con el Barça el asunto fue a otro precio. Como los catalanes no tenían partidos políticos ni derecho alguno a usar su propia lengua, ni su himno, en cada partido del Barcelona la gente podía gritar y cantar en catalán, pero eso no podía hacerlo en otro lugar distinto al estadio. Por eso, en 1974, en aquella imagen que describíamos hace un rato, la gente salió a las calles a cantar y gritar en su idioma natal, en un abierto desafío a la dictadura franquista.

 

  1. Los desaparecidos del Mundial

Resultado de imagen para jorge videla mundial 78

Esta última parte de la charla la dedicaré a hablar del Mundial del 78, en Argentina. Pero antes creo que habría que recordar cómo otras dictaduras de América Latina se aprovecharon del fútbol para sus intereses. En el 70, cuando la flamante escuadra brasileña deslumbró a todos los habitantes de la tierra con su fútbol de poesía, uno de los que más se benefició en cuanto a imagen fue precisamente la dictadura del general Medici, que regaló dinero a los jugadores, posó para los fotógrafos con la copa mundial en sus manos y cabeceó un balón ante las cámaras. Todo eso sirvió además para ocultar las persecuciones a dirigentes populares y los asesinatos contra militantes de izquierda realizados por un grupo denominado la Mano Negra.

 

En 1986, el general Alfredo Stroessner invirtió millonadas en la preparación de la selección paraguaya de fútbol, que participó en el Mundial de México, mientras Augusto Pinochet se hacía presidente del club Colo-Colo, el más popular de ese país; pero nada de tales fenómenos es comparable con todo el dineral que metió la dictadura militar argentina en 1978.

 

Tal vez una de las dictaduras más sanguinarias que ha habido en la América Latina fue la de Argentina. Ya en 1978, el general Videla llevaba dos años en el poder y su régimen de terror, que allá se conoció como el Proceso (Proceso de Reconstrucción Nacional), ya había hecho desaparecer a miles de opositores al gobierno de facto. En la ceremonia de inauguración del campeonato mundial, en el estadio Monumental de Núñez, Videla, al son de una marcha militar, condecoró al presidente de la FIFA, Joao Havelange. Muy cerca de allí, estaba uno de los campos de concentración más infames de la historia, un centro de tormentos y exterminios, la Escuela de Mecánica de la Armada. Mucho más allá del estadio, sobre el río o en el mar, desde los aviones oficiales los militares arrojaban vivos a los prisioneros. Entre tanto, los gritos de protesta de las  Madres de la Plaza de Mayo eran ahogados por los de los fanáticos al fútbol.

 

El entrenador de Argentina, César Luis Menotti, dijo: “Si Argentina, aparte de organizar el campeonato, consigue además una buena clasificación, muchos de los problemas del pueblo argentino quedarán resueltos”. Bueno, ustedes saben que Argentina ganó el mundial. La dictadura se prolongó hasta 1983 y se dice que durante su mandato de horror hubo treinta mil desaparecidos. Por lo demás, los problemas del pueblo argentino no quedaron resueltos. Muchas gracias.

 

Medellín, junio 23 de 1998.

(3ª. Conferencia del ciclo Fútbol, Literatura e Historia, a propósito del Mundial de Francia)

 

 

 

Numero cero o la farsa de la prensa

 

(La última novela de Umberto Eco, un thriller con historias de la conspiración)

 

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Es una novela policíaca, género que el autor dominaba y que había modificado con nuevos aportes, a principios de los ochenta, con el denominado “thriller cultural” de El nombre de la rosa, que además es una suerte de homenaje a Poe, pero, sobre todo, a Arthur Conan Doyle y su Sherlock Holmes. Y, claro, a Borges y a Aristóteles y a los medievalistas. La última obra de ficción que escribió Umberto Eco, con la que, por lo demás, da cuenta sin decirlo de la muerte del denominado “cuarto poder”, que hoy y desde hace rato ha sido absorbido por los otros poderes a los que se supone fiscalizaba y vigilaba, es una suerte de mixtura de espionaje, crítica al periodismo contemporáneo y elementos explosivos de la historia del siglo XX.

 

En Número cero, ubicada en su temporalidad ficcional en 1992, hay, si se quiere, una parodia de acontecimientos históricos, como los que tienen que ver con el cadáver de Mussolini, con un presunto doble del dictador italiano, y de operaciones de la CIA, la Otan, y actividades de una logia masónica, del Vaticano, con los entresijos y montaje de un periódico que jamás saldrá a la luz pública, pero que se diseña y construye para ejercer presiones contra poderosos y otros políticos, con un nombre imposible para un diario (que no es diario): Domani (Mañana).

 

Narrada por un reportero de edad madura, casi jubilable, traductor de alemán y una especie de “perdedor compulsivo”, que recibe una propuesta de “un tal Simei” para que sea el jefe de redacción de un periódico que, más que dar noticias, las encubrirá y que oscila en su producción entre la imaginación fantasiosa, la especulación histórica y la elaboración de mentiras que, como se ha dicho en teorías propagandísticas, si se repiten hasta la hartura alcanzan la condición de verdades.

 

Colonna, que así se llama el periodista de marras, protagonista de la obra, inicia su recorrido narrativo el sábado 6 de junio de 1992, a las ocho horas, con unos datos que el lector comenzará a hilar casi al final de la novela, con un hecho que abre la historia: “Esta mañana no salía agua del grifo”. En este principio, que puede que no esté a la altura de comienzos novelísticos de alta dimensión (El Quijote, La metamorfosis, La divina comedia, Moby Dick, Cien años de soledad, El extranjero…), hay un elemento de indicio policíaco que más tarde se logrará atar en la lectura.

 

El narrador va ubicándonos en la espacialidad de su lugar de habitación, y de entrada pone una palabra alemana que se refiere a duendes o fantasmas: poltergeist, que de todos modos no han sido propiamente esos seres irreales los autores de la quitada del agua, y comienza a mostrarse como un tipo racional, que no está para especuladeras y que, además, como él mismo lo observa, no hay en su casa una chimenea “por la que pueda haber pasado el orangután de la calle Morgue”, en otra suerte de homenaje de Eco al inventor del relato policíaco moderno y del detective Augusto Dupin.

 

El lector se va enterando de que hay una anomalía provocada por alguien; que los que cerraron la llave de paso estaban buscando cosas relacionadas con un periódico y que hay un asunto espeluznante que se llama Braggadocio, y que todo el embrollo que parece se ha armado, con un muerto producto de un asesinato en apariencia conspirativo, es todo un “jaleo” del cual el narrador culpa al profesor Di Samis y a que él mismo, Colonna, sabía alemán.

 

Y así, entre muestras indiciales y aspectos de la personalidad y trayectoria de Colonna, el lector va adquiriendo información que, más adelante, tendrá a granel con episodios históricos y conexiones de cariz absurdo. Colonna, por ejemplo, que ha terminado su matrimonio, soñaba como “todos los perdedores” en escribir un libro con el cual pudiera alcanzar gloria y dinero, y en sus aprendizajes fungió de “negro” (o de ghost writer) de un autor de novelas policiales, que, según aquel, era fácil porque bastaba con imitar el estilo de Chandler o de Spillane. Y así, con datos pertinentes, se va el lector haciendo una imagen de Colonna: es un escritor fracasado. Y de pronto, aparece el proyecto que sostiene la novela: la creación de un periódico, que Colonna va a dirigir a instancias del señor Simei. Un periódico que no es periódico, pero en el que se cocerá un plato sicológico, unas tácticas para cautivar lectores de prensa y modos de hacer reportajes sensacionales. O, mejor dicho, sensacionalistas.

 

Un periódico de audacias, pero, a la vez, de contraperiodismo. Detrás de los bastidores está el señor Commendatore Vimercate (que algunos críticos han asimilado a Silvio Berlusconi), que es del dinero, el pagador. “El Commendatore quiere entrar en los altos círculos de las finanzas, de los bancos e incluso de los grandes periódicos”. El ricachón, o, mejor, el financista, necesita una publicación (que no se publicará) para hacer llegar el Número Cero (quiere hacer varios números ceros, con pocos ejemplares, en los que, por cierto, se copian las publicidades de otros periódicos) a ciertos políticos y magnates para ponerlos en apuros o contra la pared.

 

El proyecto es como un género de extorsión, de chantaje no solo moral sino que se instala en los nichos del complot. Domani consigue seis redactores, a cargo del dottore Colonna, “hombre de gran experiencia periodística”, como lo presenta Simei a los colegas. En la parodia de los lugares comunes del lenguaje de prensa, tan abundantes en los periódicos de hoy, se habla de que Domani tiene que tener un contenido no para intelectuales sino para un público menos trascendental, que es como el de los que leen deportes. Hay algunos redactores, claro, que aspiran a hacerse célebres en la publicación. Y colisionan contra la realidad de un periódico hecho para la falsedad y la conspiración. Hay los que proponen grandes temas investigativos, que son rechazados por la dirección. Aparecen maneras propias de la mafia para limpiar dinero, el lavado de fondos sucios. Y a su vez, los acomodamientos noticiosos, las maneras de hacer que no haya memoria sobre los acontecimientos, los diversos intereses creados, el rol de los periodistas, que por más que deseen hacer un periodismo transparente no podrán realizarlo, porque hoy (bueno, digamos en 1992, hoy como ayer) los periódicos han sido cooptados por los poderes, se sumaron a los mecanismos de alienación colectiva, están integrados a los ejercicios del mercado y las transacciones. Y así, el periodismo dejó de ser una actividad intelectual para convertirse en una muestra de feria y manipulación. Todo esto se ve y se siente en la novela, que es una revelación de componendas, consejas y de apartados de la historia italiana, pero también norteamericana, inglesa, belga, la del capitalismo moderno, con sus sofisticadas formas de seducción y engaño.

Número cero es una crítica histórica, una formulación de cómo muchas cosas están hechas sobre apariencias y vestiduras de relumbrón, para mantener un statu quo, o hundir y desviar protestas populares, o crear falsas banderas. Domani es una muestra de la degradación periodística y de la penetración de los poderes (que no se ponen con consideraciones ni se paran en mientes) en una opinión pública hecha para la docilidad y la falta de reflexión o deliberación. El tripitorio, las vísceras o entrañas de un periodismo para la enajenación, quedan exhibidos con creces en la sarcástica novela de Umberto Eco.

 

Hay, por otra parte, cierta amargura en personajes como Maia, que aspiraba a entrar a un periódico en el que pudiera ejercer un periodismo respetable y digno, pero termina haciendo horóscopos vacuos y comercialoides, lo mismo que en el imaginativo Braggadocio, que al igual que el resto de la plantilla llegaron de medios frívolos y livianos, con la esperanza de encontrarse con otros retos, con asuntos de mayor elaboración y profundidad. El fracaso y la derrota la tienen como aureola, que en Domani tal situación va a ser más marcada y traumática.

 

La obra está matizada por las aventuras de cama entre el narrador y Maia, en medio de una vida humillante de la redacción del periódico que no es más que una treta, una trapisonda. Una farsa. En la novela, que es un recorderis de acontecimientos conspirativos, de atentados y desfalcos, aparece de paso la muerte del juez Falcone y en la discusión de un cubrimiento, se vuelve a que es necesaria una prensa sentimentaloide, lloricona, que entreviste parientes y busque reacciones más que racionales, de carácter visceral, porque, se dice, “la indignación hay que dejársela a los periódicos de izquierda”. Y de tal modo, el juez Falcone muere por segunda vez, porque Domani quiere dedicar sus páginas “a temas más serios”.

Resultado de imagen para muerte de mussolini

Y en medio de un ambiente de tensiones y desconsuelos en la redacción, la capacidad no solo de imaginar sino de conectar archivos, datos, situaciones que posee Boggadocio le irá dando giros a la novela. Y en el escenario aparece el fin de la segunda guerra en el frente italiano, la huida de Mussolini, el encuentro final del Duce con su amante Clara Petacci, la presencia de un doble que es el que, según el periodista de las iluminaciones, es asesinado por los partisanos, mientras el caudillo de veras, que queda vivo, se va a Argentina o, según otra posibilidad, lo guardan en el Vaticano. Esta parte de la obra, en la que hay tonos burlescos, pero también una especulación inteligente, un juego de probabilidades, todas tejidas por Braggadocio, se vuelve un agradable bocado para la degustación del lector.

 

Y dentro de la obra, el otro lector, el lector de diarios, es clasificado como un sujeto sin memoria, porque es el resultado de mecanismos tejidos por la prensa para que el olvido sea un elemento de la vida cotidiana. Un hecho borra al anterior. Y la desmemoria no solo es para los receptores de los medios de información (que, en Número cero, son más de desinformación, así como lo son en casi todo el mundo), sino para los mismos reporteros.

 

Número cero da cuenta de conspiraciones, de operaciones especiales, promovidas por la CIA, por los poderes de países capitalistas europeos, por diversos servicios secretos, que en determinado momento pueden apoyar el terror o financiar grupos de sabotaje. La organización Gladio, financiada por la CIA, está desentrañada en la obra, así como el surgimiento de las Brigadas Rojas o la muerte de Aldo Moro. En medio de toda una red de hechos y desechos, de situaciones conflictivas, se llega a la conclusión desconsoladora, pero real: “El caso es que los periódicos no están hechos para difundir sino para encubrir noticias”. Lo que puede significar, en últimas, que a las redacciones, para que sean publicadas en el medio, llegan todas las manipulaciones diseñadas por los poderes, a los cuales ya la prensa no vigila ni cuestiona, sino que se torna eco, caja de resonancia, acólito y calanchín.

 

Número cero vuelve a poner en cuestión, por ejemplo, el asesinato del papa Juan Pablo I (como se hace, por ejemplo, en El padrino, que sugiere que fue producto de una conspiración criminal) y se torna a la investigación periodística realizada por David Yallop (En nombre de Dios). Es una novela que, a diferencia de Domani, reivindica la memoria histórica y ubica al lector en momentos de infamia de la historia contemporánea, como el rol de monseñor Marcinkus y el banco vaticano, la matanza de la Piazza Fontana (hecha para que todas las sospechas recayeran en la izquierda) y las acciones de la Logia P2.

 

Braggadocio, con conjeturas, indicios, pistas y documentos, arma un rompecabezas en el que aparecen figuras del poder implicadas en tramas de asesinos, traficantes y golpistas. Y debido a sus hipótesis y seguimientos se torna en un ser peligroso para los que están en la sombra, en un hombre que sabía demasiado y al que hay que eliminar. Una cuchillada en la espalda lo manda al mundo de los muertos, hecho que también dará al traste con Domani. El crimen alerta a Colonna que debe “desaparecer del mapa” antes que lo encuentren los asesinos del inquisitivo reportero.

 

Número cero, novela policiaca, es, a la vez, un tratado de política y espionaje, del uso de la mentira y lo complots para establecer terrores y otros miedos. También, al final de la obra, es una crítica a ciertas expresiones del poder norteamericano, a los Estados Unidos “donde matan a los presidentes” y a los países centroamericanos y sudamericanos, “sin misterios”, en los que todo, asesinatos, corruptelas, golpes de estado, crímenes políticos y de los otros, lavado de dinero, “todo sucede a la luz del día”. Pero Maia y Colonna no se irán a ninguno de esos estados tercermundistas, sino que partirán a una isla de la Italia en la que “resplandecerá de nuevo el sol”.

 

Con esta, su última ficción, Eco, muerto el 19 de febrero de 2016, deja un legado de sapiencia en profundidad, de asumir con seriedad y rigor las novelas, como parte —cuando están bien confeccionadas— de una suerte de teoría del conocimiento. Número cero, en la que aparece un redactor delirante, pero cuyas especulaciones y conjeturas tienen sentido, crea una realidad de deslumbramientos que puede transportar al lector a un mundo en el que se debaten, como en un pugilato, la realidad histórica y una irrealidad que puede tener muchos visos de verdad. O que puede ser la verdad misma. Y es en este punto cuando del grifo vuelve a salir agua.