Habla Darío Lemos: “No soy un genio, soy un iluminado”

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Por Reinaldo Spitaletta

 

Desde hace cuatro meses tiene prisa por morirse. Sentado sobre una silla de ruedas, con su cuerpo de aguja y su rostro de Cristo en agonía, el poeta maldito de los nadaístas parece una hoja seca a merced del viento. Ya no duerme en las aceras ni bebe alcohol en los parques de la ciudad. Vive en un refugio para pobres, en donde él quiere morirse de vida y no de muerte. Ahora la gangrena no solo carcome sus piernas, sino su ánima. Darío Lemos, que ha pasado más de la mitad de sus 43 años en cárceles y sanatorios, mide todavía 1,76 en verano y 1,78 en invierno. Y sufre. No por el dolor, que le es familiar, sino por la reciente publicación de su libro Sinfonías para máquina de escribir.

 

—¿Por qué rompió el libro que le envió Jota Mario?

—Mi libro es demasiado puro, demasiado bello; pero el prólogo es sucio. Además, creo que hubo mucha inmoralidad de parte de Colcultura. Ese libro no lo dejaban salir dizque porque era dañino. Claro que eso es verdad y yo no tengo la culpa… Entonces el galanismo, no, perdón, Moisés Melo dijo que era dañino para los jóvenes.

—¿Por qué es sucio el prólogo?

—No solo el prólogo, sino todo el proceso de edición. Yo no firmé ningún documento. Por lo menos han debido pedirme permiso para publicarlo. Yo no quería publicarlo.

—¿Por qué no quería?

—Yo dije alguna vez que los poemas cuando se publican son como hijos que se van. Y uno se queda muy solo sin sus poemitas.

 

La voz del poeta suena gangosa. Sus manos, delgadas como hilos, se agitan como las de un ahogado que busca su tabla de salvación. En la sala del refugio una imagen de María Auxiliadora nos observa. Al fondo, detrás del poeta, a San Juan Bosco se le ilumina la cabeza con un halo de mansedumbre. Y Lemos agrega:

—Es que los nadaístas quieren tener de todas maneras un poeta maldito, quieren tener un Jean Genet. Pero, en realidad, yo puedo enseñarle a Jota Mario a que sea santo.

 

Corrían los principios de los años sesentas. El movimiento fundado por Gonzalo Arango estaba en efervescencia. En Medellín, un grupo de nadaístas llegó un día hasta la Catedral Metropolitana e interrumpió la misa con la que se clausuraba la Santa Misión de los curas españoles. Blasfemia. Sacrilegio. Escándalo. Habían profanado las sagradas formas. Una multitud de feligreses enardecidos logró capturar a un joven. Iban a lincharlo. Un cristo afilado se clavó tres en veces en las carnes del profanador que, sin embargo, logró salvarse. Era Dariolemos.

 

—Se dice que usted pisoteó una hostia en el atrio de la Metropolitana.

—En realidad, eso no fue cierto. Yo saqué una hostia y se la envié a una amiga en New Orleans. Eso fue algo de tipo social… pero no hablemos de eso.

—Pero en una ocasión Jota Mario le preguntó que si con la pierna que ahora tiene gangrenada usted había pisado la hostia. Y usted contestó que las hostias no eran tan infecciosas.

—Sí, claro. Porque lo único que puede salvar al hombre es el sentido del humor, o del limón.

—¿Cómo fue lo de la pierna?

—El cigarrillo, maestro. Me amputaron unos dedos y los médicos decían, hace unos diez meses, que debían amputarme la pierna derecha a ver si me salvaban la otra. No me iban a salvar el alma sino el cuerpo. Ellos son felices con la segueta. Los médicos son muy terroristas.

 

El poeta muestra una sonrisa triste y desdentada. Habla sobre unas cartas que está escribiendo a Gabo y a Simón González, el intendente de San Andrés, a quien él llama Simón el Bobito. “También estoy escribiéndome cartas a mí mismo. Y mi autobiografía, pero no como la autobiografía precoz de Rimbaud. Yo tengo mi versión de los hombres”.

 

—Y a propósito de Rimbaud, usted dice que es superior a él.

—No, Rimbaud y yo somos amiguitos. Simplemente que él todavía es terrenal. Entre él y yo hay una complicidad: la gangrena. Hace quince años yo estaba sentado en mi silla de ruedas. Y hace tres que tengo la gangrena. Fue una premonición. El poeta es un vidente.

—¿Pero de pronto usted no quiso morirse a los 37 años como Rimbaud?

—Yo no tenía deseo de morirme sino hace cuatro meses.

—¿Y por qué?

—Porque hace cuatro meses escribí el poema de mi vida. Y después de ese poema, ya para qué vivir. Es el Gran canto a la alegría. Va a ser traducido al portugués. Al inglés no quiero porque lo único bueno que tienen los gringos es la Coca-Cola.

—Recite algo de ese poema.

—No, porque a mí me duele mucho cuando hablo de ese poema. Fue verdaderamente parido, no decorado. Me senté. No tenía secretaria. E incluso no lo escribí yo; alguien me lo dictó. Y quedé muy enfermo después de ese poema. Tiene solo seis frases. Lo logré. Es muy difícil. Desde los 16 años, cuando fundé el Nadaísmo, estaba buscando ese poema. Y lo logré y me enfermé mucho.

—¿Y no hay manera de asomarnos a ese poema?

—A mí me da miedo ese poema. Y le aconsejo que nunca lo lea. Son apenas unas frases y es más grande que toda la obra de Marx y Freud juntos. Lo logré.

Y Dariolemos habla entonces de sus recitales y sus borracheras, y dice que la poesía es una mentira, pero que él no decora: escribe. Y alguien le dicta, por eso —dice— él no es culpable de sus poemas.

—¿Quién le dicta?

—No sé. Antes llamaban a eso inspiración y de muchas otras maneras.

Y vuelve a hablar sobre su obra, la misma que ha dejado por ahí, al azar, en papelitos regados, porque después de parir un poema para qué la publicidad. Eso es algo vano, por eso siempre que escribe, rompe.

—¿Y la Sinfonía?

—Esa la escribí hace más de quince años, y se perdió muchas veces. Alguna vez la lancé al mar durante un viaje a Cartagena, a Tierra Bomba, y el bobo de Simón González la cogió. Después se volvió a perder muchas veces. De todas maneras, lamento mucho que se haya publicado…

 

De pronto, el poeta advierte que llevo su libro. Y dice: “Ese es mi libro… Bueno, no es mío. Muéstremelo”. Sí, pero no lo vaya a romper, como hizo con el que le mandaron. “¿Y quién romperá los otros dos mil?”, contesta con voz fatigada, pero en tono de triunfo.

Y luego, con la misma voz de agonía, habla de Gonzalo Arango, y recuerda a su hijo Boris y a su exesposa Puma, y habla de las pastillas para el corazón que le han formulado los médicos, y de las fracturas y de su poema genial.

 

—¿Cuándo se conocerá ese poema?

—Se lo envié a Chico Buarque al Brasil. Quiero que él lo tenga y se encargue de él.

—¿Usted se considera el mejor de los nadaístas?

Piensa un rato la respuesta. Se lleva las manos al rostro de facciones dolorosas y busca aire.

—Me llaman el poeta maldito. El Genet. Dicen que soy el único auténtico, pero la autenticidad  no existe. Pero sí me considero el más puro de ellos, sobre todo porque evité la fama y el dinero. Yo vine a la Tierra a hacer camino y no carrera. El camino duele. Si se hace carrera se consigue el Renault, el apartamentico. Pero yo, como Jesucristo y Chaplin, vine a hacer camino…

—¿Por qué lleva usted un cuaderno en la mano?

—Es un tic nervioso. Tengo que mantenerme armado para escribir y botar.

—Entonces debía tener a alguien detrás que fuera recogiendo.

—Sí, pero que no sea el bobo de Simón González.

—Pero Simón tiene un prestigio bien ganado en el país, no solo como buen hijo de Fernando González.

—En este país es muy fácil ser famoso: basta con ser exagerado en algo, en cualquier cosa.

—¿Y usted por qué no se ha suicidado?

—Siempre me lo han preguntado. Pero no tengo vocación suicida. Dicen que de tanto vivir —y yo vine a vivir y no a hacer pose— se puede llegar al suicidio. Pero yo quiero morirme de vida, no de muerte.

—¿Cómo llegó a este refugio?

—Vine solo. No podía darles la oportunidad a ciertos burgueses de El Poblado para que tuvieran a Dariolemos en los últimos días. La pobreza se merece, y la riqueza se adquiere. Y adquirir es muy fácil; merecer es muy difícil.

—¿Por qué ha estado tanto tiempo en las cárceles?

—Por amor. Siempre estuve en ellas por amor a algunos que amaba y por la marihuanita. Yo dije alguna vez que la marihuana era una legumbre.

—¿Y la marihuana le ayuda a escribir?

—No es que me ayude o me desayude, pero en verdad yo creo que es algo natural, el hombre no le puso nunca la mano encima. Los gringos le tiraron Paraquat… La marihuana es una comunión.

Dariolemos se lleva las manos al pecho. Dice estar muy fatigado. Parece como si al hablar le surgieran más arrugas. “Estoy muy enfermo del corazón”.

—Pero todos los poetas se enferman del corazón, ¿no?

—Sí, del orgánico y del otro… ¡Pero aquí no hay sino poetisas! Los poetas, las poetisas, se la pasan decorando, escribiendo cosas sin contenido…

—Quiero hacerle una pregunta cómo para reina de belleza ¿Cómo se autodefine?

—En verdad, yo no soy un genio, pero tengo muy mal genio. Soy un iluminado. Rimbaud también lo era. Y posiblemente Genet, Baudelaire, Michaux… Después de eso ya no hay más poesía… Ah, sí, Prévert y este muchacho Maiakovski. Y en América, César Vallejo.

—¿Y usted?

—No tengo la culpa de ser poeta. Me agravé desde que ese libro se publicó. Yo no quería que se publicara nunca. Son cosas muy íntimas. Fui un poco famoso cuando era joven. Pero evité la fama porque me quitaba la intimidad.

Y Dariolemos llora, con un llanto sin lágrimas y sin contorsiones. Y dice que él siempre ha sido vituperado en el país —en este país que quizá no lo merece—, pero que en su autobiografía dirá por qué vivió siempre en las cárceles y los hospitales mentales. Y también por qué escribió sus poemas.

—¿Pero usted no vivió en los manicomios quizá por demasiada cordura?

—Sí, hombre. Eso era un paraíso. Aprendí mucho en ellos. Me clarificaba, jugaba billar y fumaba marihuanita en los jardines. Me quedaba seis meses y luego volvía al engaño, a esta guerra, a este país miserable. Esto no es pose (se señala la pierna gangrenada y la silla de ruedas).

 

En un radio se escucha la transmisión de la final juvenil entre Brasil y España. Y Dariolemos dice: “A Camus y a mí nos gusta el fútbol. Y a esos estúpidos de Picasso y Hemingway, los toros”. Y agrega: “Y ahora que me voy, quiero dejar a mis niños nadaístas sin pecado en la tierra”. Y luego habla sobre los escritores gordos y dice que un poeta no puede ser gordo, y que en la historia ha habido varios cerdos, como Hemingway y Balzac.

 

—¿Lee aquí todos los días?

—He evitado ser un hombre culto porque dejaría de ser salvaje. No leo libros porque puedo escribir otros. Pero a veces, lo confieso, me escondo a leer. Y me he enamorado de algunos libros como El cuarteto de Alejandría.

—¿Y los de Rimbaud?

Una temporada en el infierno y… ¡Oh! Rimbaud, qué cambio, ¿no? Ojalá yo no termine como Rimbaud, traficando con colmillos de elefante y guardando monedas en un cinturón.

—¿Entonces cómo quiere terminar?

—Desnudo.

Y luego agrega que ojalá su hijo Boris —que ya tiene 20 años— no lea, y sea un ser común y corriente. “Ojalá se vuelva gordo y bien bruto”.

—Ajá, porque quien más piensa es quien más sufre, ¿verdad?

—Sí, claro. El ser talentoso sufre mucho. La creación duele. Pero uno no puede cambiar nada. Pero, en síntesis, yo no soy una víctima.

—¿Entonces es un verdugo?

—Necesariamente, soy cómplice. Todos somos cómplices.

Y el poeta se queda solo en su refugio, con su dolor, con su angustia, con su genio. Y con su silla de ruedas y su gangrena. Se burla de sí mismo y de los demás. Sí. Es un Cristo en agonía. Y su cruz ha sido la poesía. Salud.

 

(Reportaje publicado en el Suplemento Dominical de El Colombiano, septiembre 15 de 1985).

 

Nota: Darío Lemos Laverde nació en 1942, en Jericó, y murió en Medellín en 1987. Su libro Sinfonías para máquina de escribir se publicó en junio de 1985, con prólogo de Jota Mario.

 

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La amarga polifonía de El amor en grupo

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                                                                                                                     Homenaje a Gonzalo Arango, óleo de Omar Garratz

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

 

  1. Introito sin boato y con beatos

 

Digamos que Gonzalo Arango, que al despuntar la década del cincuenta se dejó venir de Andes a Medellín, no tenía el talento “típico” de los antioqueños de conseguir plata, sino una inclinación por las palabras, la inteligencia y las relaciones públicas a su manera. Ese muchacho de endeble figura, que asistió a la de Antioquia a clases de Derecho, va a publicar en 1958, cuando ya el Frente Nacional, esa suerte de dictadura liberal-conservadora estaba sacando la cabeza del huevo (huevo de la serpiente), el primer manifiesto nadaísta con el que se proponía una revolución en aquella Colombia bañada en sangre, sobre todo en los campos, por la Violencia bipartidista.

 

En aquel “panfleto”, que con mucha dificultad se imprimió en la Tipografía y Papelería Amistad Ltda., de Medellín, con referencias al surrealismo, a Sartre, a Breton, a Kafka, hay un llamado al ejercicio de la belleza, de la poesía y la vitalidad en la creación. Sobre la prosa, el profeta de un movimiento que se dedicaría, en especial, a espantar beatas y seminaristas con sus escándalos y poses de irreverencia, dijo: “En la prosa Nadaísta hay que buscar contrastes tonos, de colores, de significados de expresión; los mismos efectos que buscan las artes plásticas y la música para producir sensaciones no contenidas en la realidad del mundo visible y de las formas”.

 

Por esos días, Medellín, la de las chimeneas industriales y los nuevos habitantes llegados de lejos, de los campos asolados por la violencia, tenía en las juventudes dos tendencias en boga: la de los “cocacolos”, muchachos de clase media que despuntaban en sus primeras conquistas con el rock and roll, y los camajanes, de barriadas obreras y populares, que eran una suerte de contestación a los valores tradicionales, a las vestimentas y hasta las maneras de caminar, el de ellos con bamboleo y tumbao. El camaján, aparte de su ropaje estrafalario, era un bailarín de categoría, un seguidor de Daniel Santos y la Sonora Matancera y escuchador de tangos de arrabal.

 

Hay una suerte de anquilosamiento cultural, según la visión de gonzaloarango, que en el manifiesto primero formula una crítica a posiciones cómodas. Alrededor del oficiante, del nuevo sacerdote, el que había aprovechado su angustia existencial en búsquedas de nuevos caminos, aparecieron Humberto Navarro (alias Cachifo), Darío Lemos, Eduardo Escobar, Amílkar Osorio y otros. El nacimiento del nadaísmo, con influjo de Fernando González, en particular del Libro de los viajes o de las presencias, es una posibilidad de un conglomerado de jóvenes que combina, al decir de Antonio Restrepo, anarquismo y existencialismo emocionales, sin casi ninguna base teórica, de aparecer y hacerse notar como críticos de un sistema pútrido y caduco.

 

Autocalificada por Arango como la Generación de la Amenaza, también se propuso una revolución estética, que atacara esnobismos y se basara en asuntos propios. En este sentido, va a ser Humberto Navarro, quien, años después del primer manifiesto del nadaísmo, escribirá una novela experimental, en lo que pudiera ser una “biografía” del movimiento, con una estructura fragmentada, tal vez con influjos de la Nouveau roman francesa y con ecos de la generación Beat.

 

La aventura del nadaísmo, que incluye, entre tantos escándalos e invectivas, los atentados contra el congreso de escritores (escribanos, según el manifiesto que distribuyeron) católicos, al que sabotearon con asafétida, y el atentado durante la Gran Misión, en la catedral metropolitana, en la que se “ensañaron” contra las “sagradas formas”, contempla experiencias de “muchachos malcriados” que buscaban identidad y modos de ser distintos a los de la parroquia de entonces.

 

En el primer manifiesto, Arango, una especie de nuevo pontífice con devotos y sacristanes, dice cómo debe ser la prosa nadaísta: “La prosa no puede seguir siendo un cuerpo de palabras organizadas en un conjunto racional y comprensible. Hay que darle una desvertebración irracional”.

 

Tal vez Cachifo, en sus novelas, asumió esta posición. Y es lo que, grosso modo, veremos a continuación en una de ellas: El amor en grupo.

 

  1. Banda sonora y ácido lisérgico

 

El amor en grupo, de Humberto Navarro, con el subtítulo de La onírica y veraz anécdota del Nadaísmo, en una nueva edición de cuatro fondos editoriales universitarios de Medellín, acerca a las nuevas generaciones al fenómeno cultural de aquellos muchachos que alguna vez se creyeron “locos, geniales y peligrosos”. El único novelista que dio el movimiento demuestra en esta obra sus conocimientos musicales, su acercamiento a calles y situaciones de ciudades como Medellín y Bogotá, su poliglotismo y el buen oído para hacer una prosa que suene con armonía.

 

Mario Escobar Velásquez escribió alguna vez que “la vida misma de Navarro es quizá la más magistral de sus novelas”. Y, en efecto, la parábola vital de este escritor, nacido en Medellín en 1931, es un cúmulo de aventuras, sinsabores, peripecias, algunas de las cuales se pueden leer en la semblanza que hizo su esposa Graciela Perdomo (La eterna mudanza, de Ediciones Unaula), en la que se aprecia a un hombre que deambula, que pasa las de “san Patricio”, que vive en una perenne angustia existencial, en una búsqueda permanente de formas expresivas.

 

No es El amor en grupo una novela de corte tradicional. Ni siquiera se puede decir de ella que cuente una historia, que tenga, a la vieja usanza, un argumento. Es una especie de rompecabezas, de estado fragmentado, en el que hay voces, y en la que discurren personajes que son parte de los nadaístas, con nombres cambiados la mayoría y en la que el lector debe tener paciencia. Es, por lo demás, una obra con música interior.

 

La banda sonora de El amor en grupo discurre con sonidos de Rachmaninoff, Carl Orff, blues, jazz, Scarlatti, Bach, Mozart, y así como se puede topar con Saint Louis Blues y Caravana, es probable que, en otros ámbitos, el de la poesía y la literatura, aparezcan Saint-John Perse (Nobel 1960) y Baudelaire, o un regodeo con el Cándido de Voltaire, una sátira contra “el mejor de los mundos posibles”.

 

En esta novela de fragmentaciones y espejos rotos, hay recorridos por míticos bares del centro de Medellín, como el Metropol, y por calles del barrio más vibrante que tuvo la ciudad, con sus fiestas nocturnas y aventuras de cama, como Lovaina. Hay, además, varios narradores y momentos en que la narración se hace en futuro, como si se tratara de un escrito profético: “Entonces comeremos, tomaríamos un bus, pensaremos en la mejor manera de hacerlo. Fumaremos, pero no mucho. Pondríamos los discos en al radiola, roída y manoseada. Subiremos a los mangos, a los naranjos…”.

 

Digamos, por qué no, que es una novela escrita en clave. En clave de nadaístas, de años sesenta, de ácido lisérgico, de Antonio Larrota (el fundador del grupo guerrillero urbano Moec), de Guayaquil y algún tango de Julio Sosa. Es una fiesta de palabras, de prosa que se distancia de lo tradicional. ¿“Qué vale más, puesto en la balanza, una arroba de café colombiano o un buen poema de Rilke?

 

Sí, claro. Hay surrealismo. Y aullido de perros. Y de nuevo, como para que no se olvide, extractos de manifiestos, de algazaras y rituales blasfemos, contra los escribanos católicos, contra la Gran Misión, y puede aparecer la catedral de Villanueva en llamas, porque un grupo de patanes, o de sacrílegos, o de provocadores, en fin, se burló de las hostias consagradas. “Ustedes que son tan versados en Sagradas Escrituras, ¿no han leído en un versículo del Apocalipsis que Dios se ahogó en el diluvio universal y que su cadáver aún no ha sido rescatado por los bomberos?”.

 

Es esta novela un canto a la vitalidad de la juventud, a los sueños, a los tiempos en que hubo gente que abrazó la nada, los excesos, el frenesí de los espejismos de la droga y el alcohol. “Tratemos de ser valientes sobre la carne del incesto; sobre la belfaza de la bestia, al rutilante filo de la luna que comienza a inundarnos. Tamarindos a la luz de los faroles de hierro forjado”.

 

Es una aventura de la esquizofrenia, de la paranoia, de los alaridos, para dejar una constancia de una utopía: la de jóvenes que aspiraron a vivir con intensidad en una parroquia que se tapaba ojos y oídos ante la novedad, sobre todo si esta era para alborotar el orden y el provincianismo. Ahí está Gonzalo Arango “temperando” en la cárcel La Ladera, donde “la primera noche soñó con enanos y transformistas, con peces de colores y auroras boreales”.

 

Los nadaístas, al principio de su aventura nada silenciosa, eran observados como tipos de otro planeta, desadaptados, tanto que no faltaron los que quisieron darles plomo y excomuniones. Después, se los tragó el sistema. En un apartado de El amor en grupo, se puede leer en tono epistolar: “¡Qué lástima! Esta gente se acostumbró a nosotros. Ya no nos hijueputean por Junín y ni siquiera nos miran como a los monumentos que éramos (…) A ciertos, como habrás podido comprobar, ya no les falta sino escribir recetas de cocina”.

 

Cachifo escribe una novela urbana, amarga, testimonial, en un medio que, como advirtiera Alberto Aguirre, “apestaba todavía a boñiga”. En 335 páginas (que tiene la nueva edición de Unaula, Universidad de Medellín, Universidad Pontificia Bolivariana y Eafit), hay una memoria de ciudad y un mosaico de planos temporales y espaciales que puede hacer que algunos no resistan el viaje.

 

En El amor en grupo, cuya primera edición la publicó en Argentina Carlos Lohlé Editores, en 1974, es posible escuchar a Glenn Miller y su Moon Light Serenade, o a Johan Sibelius y su Finlandia. Pero, a su vez, hay músicas de infancia y un recuerdo de navidad, quizá una de las más bellas imágenes que en esta obra aparecen. La de un “globito de vidrio”, de los que antes se usaban para ornamentar los árboles navideños, de un azul pálido brillante. “Para mí, no sé por qué, condensaba todo aquello que de hermoso podía tener el universo. Encerraba la maravilla misma”. Después, vendrá el drama, el llanto por el vacío y unos pedacitos azules que reflejan una cara de niño que llora.

 

Cachifo, que escribió, además, novelas como Alguien muere al grito de la garza y Juego de espejos, entre otras, murió en 2003, en Bogotá, y lo enterraron en Cogua, Cundinamarca.  Según su viuda, Graciela Perdomo, el epitafio que él quería rezaba así: “Aquí yace Cachifo, el antioqueñón, haciéndose el güevón”.

 

 

Las balas de gonzaloarango

Por Reinaldo Spitaletta

 

Enarbolando su bandera de pirata, gonzaloarango, símbolo de irreverencia e iconoclasia, tuvo más de santo que de demonio, si así puede considerarse a alguien que, con sinceridad, luchó por ideales de justicia y de belleza. Y contra la bobaliconada de una sociedad hipócrita, de falsas (o dobles) morales. ¡Ah! y sobre todo de tartufos, unas veces de camándula y otras de fusil. O de banda presidencial, queridos compatriotas. Vista desde ahora, en un país de barbaries sin cuento y estructuras mafiosas, la irrupción nadaísta podría parecer el oficio de un grupo de querubines rebelados que se propuso espantar beatas y hacer esconder monjitas.

 

Sin embargo, a la luz de los tiempos del Frente Nacional y más de trescientos mil muertos de la Violencia, en medio de un ambiente de mojigatería y rosario de seis de la tarde, la prédica nadaísta era una suerte de pústula, un vómito en la cara del presidente y del mercader, un baldado de excrementos sobre el virginal país de la doblez, un escupitajo a la sacrosanta tradición y a las letras de cambio.

 

El nadaísmo -que no se propuso destruir el orden sino desacreditarlo- en esos días de inciensos fue más que “la menstruación de una gallina”, y más que “la Santísima Trinidad tomando su té en el Astor”, y mucho más que “una masturbación de monjes en comunidad”. Fue la réplica de una generación que no soportaba más el olor a mortecina del establecimiento, ni sus valores bursátiles, ni de esa patria boba, hoy más boba -y más violenta- que nunca.

 

Y gonzaloarango fue su profeta, su ángel de fuego. Y su Cristo (¿o su Anticristo?). Quizás sus posturas no fueron muy originales (¿qué es lo original?), y posiblemente hayan sido tomadas de otras latitudes, pero el ruido que armaron aquellos jóvenes autodenominados “geniales, locos y peligrosos” en el seno de la conventual provincia se erigió como un referente distinto, un llamado a la desobediencia y a la necesidad de insurrección.“Luchar por liberar al espíritu de la resignación”, decía su primer manifiesto.

 

El profeta (o “profetica”) de Andes sintetizó la contienda de los nuevos contra los viejos imaginarios, contra las obsoletas representaciones de un país sometido. Fue la suya -y la de sus adeptos- una actitud de búsqueda de lenguajes diferentes, la de desnudar las miserias nacionales desde una perspectiva literaria, poética, periodística. La palabra, provocadora de cataclismos e incendios.

 

Decir ahora que Santa Teresa era una mística lesbiana o decir que uno no es católico por respeto de sí mismo, y porque son católicos “Darío Echandía, José Gutiérrez Gómez, Fernando Gómez, Laureano Gómez…” no tendría ninguna gracia ni causaría ampollas; sería apenas una insulsa dicharachería. Pronunciarlo en aquellos sesentas, esparciendo azafétidas y yodoformo en un congreso de “escribanos católicos”, sí era un bombazo, un acto subversivo y emancipador. O, según algunas señoras, una muestra de muchachos groseros y malcriados. Todo según el color…

 

A los cuarenta años* del nacimiento del nadaísmo, gonzaloarango es el símbolo del despertar de un país narcotizado, plagado de sotanas y guerras intestinas; un símbolo del hombre que se resiste a ser grey y no permite ser absorbido por la mediocridad, ni por el unanimismo, ni se deja obnubilar por los cantos de sirena de los dueños del poder, ni por los oropeles del capitalismo.

 

A lo Fernando González (uno de sus inspiradores), enseñó caminando y así encontró su propio camino. “No llegar es también el cumplimiento de un destino”, dijo en 1958, tras haber sido un simpatizante del dictador Rojas Pinilla.

 

Fueron el profeta y sus compinches una especie de guerrilleros verbales, de insolentes muchachos que, con sus pataletas y emboscadas de palabras, alteraron la ritualidad y el tedio de la aldea. De pelado, en su pueblo natal, había fundado un centro literario con el nombre del Indio Uribe (otro irreverente) y dejado sus castidades gracias a la presencia y los buenos oficios de la damisela Rita Machuca.

 

Gonzaloarango (nacido el 18 de enero de 1931) se murió de “camionazo” (1976) cuando ya también se había esfumado el movimiento que creó. Le sobreviven, me parece, algunos reportajes (en particular, el de Cochise), varios poemas y manifiestos, uno que otro cuento, y prosas como Medellín a solas contigo (cuando por treinta centavos compraba quince minutos de paisaje) y Elegía a Desquite, pero, sobre todo, su actitud de hombre honesto, de santo que, a gritos, reveló verdades a un país de asesinos y mentirosos.


*(Artículo escrito en 1998, por el aniversario cuarenta del nadaísmo. Hoy lo traigo de nuevo, por el aniversario de nacimiento de Gonzalo Arango. Vale)

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Gonzalo Arango, fundador del nadaísmo