Días de selfis y coito veloz

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Por Reinaldo Spitaletta

—Profe, eso está muy largo.

—¿Y qué tienen contra lo largo?

Estas situaciones en torno a la lectura de textos de cierta extensión, de algún largor no muy conflictivo, que no son Los miserables ni el Quijote ni El hombre sin atributos, en fin, se presentan en los ámbitos universitarios. Tal vez porque el mundillo de hoy está hecho para la rapidez, la irreflexión, lo superficial y aquello que sea digerible en cuestión de segundos.

Hay una resistencia al pensamiento, al análisis, y a todo lo que no quepa en ciento cuarenta caracteres, o aquello que sobrepase los límites de unos segundos de concentración. Acabo de escribir una novela, de unas sesenta mil palabras, sobre un mundo extinguido, en el que si acaso aparece un teléfono es de aquellos de mesa, con cable en espiral y disco de marcación con huequitos. De los mismos que en las casas de antes les ponía el papá o la mamá un candado miniatura para evitar tanta conversadera de novias y novios.

Digo que es una novela de un ámbito de ancianidades, de seres que viven sus últimos días, apurados por la enfermedad, desahuciados por los tiempos en los que el rock y la denominada “nueva ola” desplaza sus canciones apolilladas. Calendas en las que no había sicarios ni mafiosos ni padrinitos a la criolla. También novelables, por supuesto.

Hoy, quizá, determinados editores exijan novelitas de pacotilla, con selfies, youtubers, o aventurillas de consumo masivo para que la muchachada las devore sin digestión ni crítica, que habitamos un globo en el que entre menos se piense y cuestione, mejor. Ahora, aquello que el latino Horacio proclamaba como una manera de vivir el día, con intensidad, como si ya no hubiera más tiempo para “una larga esperanza”, es poder mostrar el vacío existencial a los otros, en una autofoto, en la que los labios puedan dibujar con sensualidad el “pico de pato” o con los pómulos con ácido hialurónico “para moldear más el rostro”.

Sí, estamos en los días del “divino rostro”, con rellenos (pero no sanitarios) para corregir arruguitas y con apelación al bótox como aliado de la bonitura, porque en los tiempos de la apariencia hay que lucir chévere, y así la selfie hará una maratón por las redes sociales, con muchos “me gusta”. De tal modo, como lo hubiera dicho el viejito Fernando González, cuya mayoría de textos no son largos pero igual tampoco se leen ni sirven para adaptación a telenovela, “vanidad significa carencia de sustancia, apariencia vacía”.

El nuevo narcisismo parece estar conectado con la atrofia del pensamiento crítico y de la falta de cultivo de la inconformidad social y política, con la hipertrofia de una sensibilidad por lo banal y desechable. Es más atractivo que una marcha por los derechos a una vida digna, hacer lo posible, o lo imposible, por rellenar “surcos nasogenianos” o disimular las “patas de gallina”. Para que la selfie salga de rechupete y relumbrón.

Para las novísimas tribus juveniles, acuciadas por el mundo digital en el que nacieron y crecieron, la paciencia dejó de ser un atributo y nada puede esperar. Saben que el Smartphone que tienen en la mano ahora, mañana será obsoleto. No pueden esperar a un desenlace de novela, no están para saber cómo murió don Quijote ni por qué un policía persiguió durante tanto tiempo a Jean Valjean y ante el fracaso se arroja a las aguas del Sena. Y menos hundirse en el monólogo de Molly o quedarse perplejos ante una descripción de una fumada con volutas caprichosas en una obra como En búsqueda del tiempo perdido, que para muchos de estos chalanes nativos digitales leer una obra de esas es, precisamente, perder el tiempo.

A lo mejor (y a veces no sin razones de peso) la universidad sea una suerte de obstáculo para el ejercicio de la vida rauda de ahora. No requieren disciplinas mentales, ni ilustración histórica, ni nada que no esté sintonizado con el hoy y su velocidad einsteniana. Están más preparados para el consumo, y sobre todo, para lo que antes llamábamos el esnobismo. Todo debe ocurrir ya: un polvo, un coito (eso de que el hombre es un animal triste después del coito es pura paja para ellos), una conquista… Ah, y el concepto de amistad lo da Facebook. Hasta razón tendrán, como mi abuelo, que decía que amigos no hay. Así que, profe, eso está muy largo. Pónganos a leer un tuiter.

 

(Medellín, mayo 9 de 2016)
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El narcisista

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Por Reinaldo Spitaletta

No solo soy el más bello, inteligente y rico, sino el que mejor baila en la comarca llamada cosmos. Cuando quiero, me rizo los cabellos, y cuando me cansó, los aliso, porque mi presencia, con ojos de deslumbre, hipnotiza muchachas, como pasó con mi antecesor mitológico, que una ninfa lo amó con consecuencias más bien poco halagadoras. Mi casa está surtida de espejos: hay en el zaguán, el patio, las piezas, los baños, la cocina, el comedor. También hay uno, muy pequeño, sin ánimos de feng shui, pero sí de que alcance a reflejarme para que los espíritus del mal no entren en la mansión, que mantengo decorada con mis fotografías, con retratos al óleo, claro, que me representan a mí y mi bonitura, y ¿si no? Ajá.

Me gusta lucir ropas de vivos colores, fina eso sí, para llamar la atención por doquiera que yo vaya, y perfumarme con las esencias más fragantes y costosas, que las traigo de París y Nueva York, y mis zapatos están lustrosos siempre, charolados, que un refinado como yo no puede andar de cualquier manera, ni estar, como me decían las tías, cuando yo era niño, desgüaletado, que era como decir mal presentado, sin elegancia, sin chic, nada.

No sé qué escritor dijo, bueno, lo escuché en alguna parte, que uno era uno y sus circunstancias, pues qué les digo, soy yo y solamente yo, lo otro es accesorio, porque, por ejemplo, nadie iguala mi color de piel, miren no más y enamórense de la tonalidad y lozanía, ni mi nariz de medidas y proporciones únicas, que ni un perfil griego es más delicado. Todo, las partes y el conjunto, revela mi belleza celestial, porque, si me analizan de arriba abajo (o de abajo a arriba, como deseen) y observan mis dimensiones áureas, soy un ser perfecto. ¿Modestia? ¿Por qué y para qué? Me falta, eso sí, alcanzar la categoría de un dios, pero no entra en mis aspiraciones. Por ahora. Ya es suficiente con tener el mundo a mis pies, que en todas partes, cuando me descubren, solo hay una conjunción de asombros y admiraciones. Se arman bisbiseos y rumoradas, y todo alrededor de mi atracción, por lo demás, nada fatal ni letal. Adorable.

Si hubiera vivido en la antigua Grecia no hubiera atraído tanto como ahora, porque me ayudan las tecnologías, lo que es uno ser de buenas. Cada segundo estoy tomándome selfies que de inmediato pongo a circular en las redes y siempre me atiborran de “megustas”, porque, como vengo anunciando, soy único e irrepetible, que más de miles de mujeres quieren tener una cría, un duplicado, una copia de mí, pero no me interesa, debido a que puedo dejar de ser exclusivo. Así que tienen que aguantarse las ganas y utilizar tretas diferentes, de las cuales me entero ahí mismo, porque además de ser un descendiente de Zeus, un efebo sin mácula, soy muy despierto y listo, qué les digo.

No sé de dónde salí tan bien hecho, porque y dejen que les muestro fotos más tarde, mis padres no eran ningunas postales, aunque sí era él bien parecido y mamá una señora muy distinguida; sin embargo, para su conmoción, cuando nací ahí mismo dijeron que era más lindo que el niño Jesús, según me contaron después, y llegaban los vecinos, más enfermeras, y alguna (relató papá) miró sin discreción mis partes pudendas y dicen que dio un suspiro largo y entornó los ojos. Creo que sí. Después, en el colegio, las maestras se desvivían por mis facciones y soñaban con tener algún hijo así; tal vez, digo yo ahora, pensarían más bien que esperarían a que creciera para ser felices conmigo, que las mujeres, de cualquier edad, son así, se lo quieren tragar a uno con la mirada.

Cuando nací, sigamos con esa historia, había música en casa, con guitarras y flautas, los de un conjunto que papá, que tocaba muy bien el saxofón, contrató para mi recibimiento. Y desde ahí, digo yo, no solo me encantan los sonidos porque yo mismo soy música, sino el baile, otra de mis maneras de la seducción. Cuando lo hago, todos se detienen a verme y aplauden. Cuando se unen belleza y talento no hay fronteras y todos se tienden a los pies de uno, como feligreses. O como vasallos.

No sé si se habrán enterado, pero me gusta hablar de mí mismo, no puedo resistirme, hay una fuerza interior que me lo pide, me aconseja, me advierte que no puedo estar en la tierra sin que los demás se den cuenta de que existo por encima de todos.

Hoy, todo contribuye a destacar mis atributos. No solo los espejos, artefactos muy antiguos y no siempre amados por la fealdad tan abundosa y que yo amo porque, lo he dicho tantas veces, reproducen mi belleza, sino las maneras de ser de mis contemporáneos, moldeados solo para ver la superficie, el barniz, los maquillajes, porque, digo yo, el mundo parece hecho a mi medida: lo que vale ahora es la representación (claro, también la presentación), el brillo de los ojos, la suavidad de piel, los efluvios de perfumes sin par como los que uso y así. Soy por lo que aparento, como una ilusión óptica. Valgo por mi exterior. Y yo adoro ser así.

¿Alma? Qué me importa. ¿Pensamiento? ¿Para qué? Soy el afuera. Lo demás, como decía un vecino muy intelectual, es literatura. Espero sobrevivir a todos aquellos que desean, más por envidia y menos por sus defectos físicos, que me suceda lo que a mi antecesor. No pasará. La fuente en que me miro ahora, embebido, ido, perplejo, seducido por mí mismo, me ha dicho que nunca me ahogaré en ella.

 

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