Pagliaro, cantor de la libertad *

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Por Reinaldo Spitaletta

 

 

En tiempos neoliberales como los de hoy, los juglares, esa especie en extinción, son seres extraños, pero necesarios. Si se les mide con el rasero del “éxito”, con esa vara del arribismo neocapitalista, que proclama que hay que estar en la cumbre sin importar por encima de quien haya que pasar o pisotear, se verán ante los ojos del magnate o del dueño del negocio, como unos desadaptados y anacrónicos. No aptos para la ganancia metálica.

 

Sin embargo, para los que todavía conservan su capacidad de reflexión y crítica, para los que no tragan entero y sueñan aún en utopías y en futuros de gloria para el hombre, los juglares, los poetas, los cantores son absolutamente imprescindibles para recordar la condición humana, las contradicciones sociales y las intrínsecas al ser, y, también, por qué no, para mantener viva la esperanza, en tiempos de absolutos desamparos.

 

Gian Franco Pagliaro, el de la voz ronca de cigarrillo y asfalto, es, sobre todo, un juglar. Un cantor que canta para pocos, sin masificaciones ni vulgaridad, en calendas en que, precisamente, estas dos condiciones comerciales son el símbolo del “éxito”. Uno le siente, en ocasiones, esa voz de canzonetta tristona que habla de mares remotos y de naufragios de amor. En otras, se le descubre el sentido irreverente de un anarquista contemporáneo que, con sus letras y su música, lucha por espacios de libertad e intimidad para el hombre. Es un trovador —término también en desuso— del amor y, al mismo tiempo, de lo contestatario, dos asuntos que tampoco son excluyentes, sino, si se les examina bien, complementarios.

 

 

Porque Pagliaro, el ítalo-argentino, cuando le canta al amor, que es, dentro de su repertorio, un alto porcentaje, lo hace sin pildoritas de azúcar ni cursilerías de demagogo. Sin populismos ni concesiones a lo fácil. Canta de amores contrariados, de amores retardados, de amores a primera vista o de amores entre los cuales jamás se ha pronunciado un “te quiero”. Y cuando les canta a los combates por la vida, lo hace sin caer en lo panfletario ni en la consigna y el cliché. Sus canciones, no solo las de un tiempo de ardientes militancias y persecuciones, sino las que han adquirido un aire más universal y perenne, tienen ese agridulce sabor de las cosas que siempre acompañarán al ser humano. En cualquier época.

 

Como todos los napolitanos, Pagliaro nació cantando. Su padre, agente textil, quería que fuera arquitecto, pero al joven Gian Franco le gustaban las Letras. La Filosofía. A los 20 años todavía no tenía un oficio definido. A veces, vendía cosas, a veces realizaba trabajos artesanales. Cuando llegó al barrio Caballito, de Buenos Aires, a los 16 años, con todos sus bártulos de inmigrante, en la barra la muchachada le decía: “pero si vos tenés buena voz”. Un productor —siempre hay un Colón de todas las cosas— le dijo que grabara en castellano con acento italiano. Lo primero que compuso fue Otra vez el mismo barrio, una canción que habla de la rutina, el conflicto de una pareja, el derrumbe de los sueños. Era un cuestionamiento al amor color de rosa. Comenzó a sonar en Buenos Aires, en 1967, mientras profundizaba en ideologías, en los vientos renovadores de aquellos años, pero sin militar en partidos. “No me gustan los partidos, no acato direcciones de partidos. Un artista no puede estar militando si quiere ser libre, si quiere tener libertad de opinión”, me dijo en un reportaje.

 

Sobre él, como sobre tantos otros de la Generación del 60, cayeron los aires contestatarios del Mayo Francés, las palabras de Sartre, los ecos incendiarios de la Revolución cubana, el romanticismo revolucionario del Che, los tambores de las guerras de liberación nacional de muchos pueblos del mundo. En 1968, compuso Las cosas que me alejan de ti, que con rapidez comenzó a sonar entre la juventud.

 

Todavía en la Argentina no se tenían sospechas de que, unos años después, aparecerían grupos parapoliciales, la Alianza Anticomunista Argentina, la barbarie y que advendría la dictadura militar, en cuyo nefasto balance quedan treinta mil desaparecidos. Pagliaro, que era, según sus propias palabras, “un bocón compulsivo, con pasaporte italiano”, apareció en las listas negras. Era un cantor prohibido. Se marchó en 1976, precisamente el año en que se inició la dictadura, hacia Venezuela. Ya había compuesto uno de los temas que más lo darían a conocer en América Latina: Yo te nombro… libertad, que tiene reminiscencias de Paul Eluard. Fue, según él, una canción premonitoria de la terrible carnicería de los militares argentinos. “Por el verso censurado / por el beso clandestino / por el joven exiliado / por tu nombre prohibido”.

 

Y Pagliaro continuó, con renovado vigor, cantando contra la intolerancia, contra las represiones y cuestionó no solo a la derecha sino a la izquierda. Era —sigue siendo— un hombre libre. Ese cantor de origen italiano, seducido por los poetas castellanos, ha sido un buen lector de sus compatriotas Ungaretti, Quasimodo, Montale, Leopardi, pero sus palabras españolas las aprendió en Neruda, Guillén, Vallejo. Después se asombraría con el descubrimiento de Fernando Pessoa, que, según confiesa, le abrió el corazón y la cabeza.

 

Quizá Pagliaro podría ser el último romántico, y, también, el último de los cantores irreverentes de un mundo que se idiotiza en la robotización, el facilismo, la uniformidad de los discursos. Sus palabras penetran en el corazón de los que aún creen que el amor está lleno de dudas, de miedos y soledades. Y, claro, de olvidos. También sus palabras hablan, por ejemplo, de Verónica, tan joven y tan bella, una de las treinta mil desaparecidas por los militares argentinos. (Dedicado a Verónica: “Nunca más la vi en ningún bar, en ninguna librería de la calle Corrientes en ninguna facultad…”).

 

Estos textos, estas canciones, estos epigramas y aforismos, de un raro juglar de estos tiempos apocalípticos, nos ayudan a llevar con más valentía y con mayor entusiasmo las cargas de un mundo desigual y lleno de porquería. El cantor es la memoria, es la tierra que camina, el recuerdo de lo que será. El poeta es tal vez el último hombre de un mundo paleolítico, y el primero en alertar acerca de la vigencia de los sueños. Sigamos nombrando la libertad. El canto continúa.

 

(Escrito en Medellín, ciudad de asombrosos desasosiegos, agosto de 2001).

 

*Prólogo al libro Gian Franco Pagliaro. Todas las palabras. Todas las canciones

 

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Gian Franco Pagliaro, cantautor ítalo-argentino, fallecido en marzo de 2012.

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Caracolas caseras y la canción de Alfonsina

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Por Reinaldo Spitaletta

 

Hubo un tiempo cuando las casas de barrio permanecían con sus puertas abiertas, los caracoles, casi todos de rosada entraña, enroscados, con suturas y espiras  —bien vistos con asombro eran como ejemplares extraterrestres—, digo que esos restos de gasterópodos tenían la pragmática función de cuñar puertas. Sin embargo, su encanto radicaba en la música que llevaban adentro, como grabada durante años, y solo había que arrimarlos al oído para escuchar los sinuosos rumores del mar.

 

En casa siempre hubo caracolas marinas, o sea, aquellas conchas casi fosilizadas, que papá traía de Cartagena de Indias en sus viajes de retorno de labor, cuando guiaba en La Heroica gringos que parecían con piel de camarón, azotados por el sol inclemente del Caribe.

 

Además de bollo limpio y de coco, queso costeño y ñame, se empacaba de vez en cuando en su maleta uno o dos caracoles que mamá utilizaba en las piezas y en la puerta de entrada. Ella, que gozaba de fino oído, aprendió a distinguir las sonoridades, los cantos de náufragos, el rumor de estrellas marinas y las canciones tristes de sirenas enamoradas. Y nos transmitió el gusto por acercar esa suerte de extraño equipo de sonido a las orejas para sentir el lejano mar de galeones y piratas.

 

Tal vez la más bella caracola marina que hubo en casa era una que parecía sonrojarse con los halagos. A veces estaba en la sala de recibo; otras, en el comedor, y cuando había hecho un periplo doméstico por casi toda la casa, mamá la ponía en la puerta del solar. Era una atracción para los visitantes, aunque, al final, de tanto verla y pasearla de un lado a otro, se nos volvió paisaje y se hizo invisible.

 

Al principio, nos sedujo a los miembros de la familia su canto de ecos profundos, una música que parecía venir del más allá, con oquedades y susurros de olas. La caracola, que al principio era una sensación, con el trajín de los días perdió protagonismo y se convirtió en un objeto más del hogar, a veces como obstáculo sobre el que uno se tropezaba y acaba de darle puntapiés a modo de represalia. El camuflaje de la costumbre.

 

Las mudanzas también la estropearon, y había perdido su esplendor y belleza por golpes que la totearon y desdibujaron su alcurnia. Al fin de cuentas, no supe su destino, dónde fue a parar, si el aburrimiento la mandó al tinaco de las basuras o si de pronto mamá la echó en el cuarto del rebujo, del que desapareció para siempre. Lo cierto es que la belleza de otros días se redujo a palideces, a puntas quebradas, a decoloración. Nadie se volvió a interesar por su música interior, por su oculto mensaje de aguas tenebrosas.

 

Además, el uso de caracolas como tranca se quedó atrás. A casi nadie se le siguió ocurriendo tenerlas en puertas y ventanas como ornamentación. O como una manera de tener una breve muestra del mar en casa. De todos modos, descubrir aquellas músicas interiores tenía un tono de ensueño, de misterioso hallazgo. A veces, uno creía que de una caracola, como de aquella reina de presencia perturbadora que nos acompañó por años, podía salir un genio de ficciones orientales, o quizá una serpiente en forma de silbido. Aquellos restos marinos tenían conexiones con la imaginación y los cuentos del mar.

 

Cuando comencé a escuchar, tiempo después, la canción Alfonsina y el mar, de Félix Luna y Ariel Ramírez, en días de agitaciones e inquietudes estudiantiles en la Universidad de Antioquia, los recuerdos de las que hubo en casa me llegaban por oleadas. Me quedaba pensando en aquel arrullo de la caracola, e imaginaba a la poeta metiéndose de a poco en las aguas hasta desaparecer y confundirse con las melopeas del fondo del mar.

 

Aquella zamba argentina, que tenía una introducción triste, estaba llena de caballitos de mar, de algas y corales fosforescentes, y uno, escuchándola, se sentía como un buzo. Me parece que en ocasiones, como si fuera un alucinado, vi a Alfonsina con sus cabellos móviles rodeada de burbujas, sin desesperos ni agonías, descendiendo a las profundidades, con la luz de una lámpara de peces coloridos.

 

Y en momentos de la canción, creí que la caracola hogareña tenía voces de vientos, muy antiguas, que llegaban desde la historia para acostarse junto a una puerta. Y cuando ya no se usaba, descubrí que el último poema de Alfonsina Storni era el que se escuchaba entre los rumores muertos del ejemplar de fábula que papá había traído de su ciudad natal: “voy a dormir, nodriza mía, acuéstame…”.

 

Luego supe que a Pablo Neruda le gustaban los caracoles, que coleccionaba. Viajó por los siete mares en busca de aquellas conchas que tenían “la pureza lunar de una porcelana” y buscó y rebuscó por México, Cuba, Francia y otras partes para irse llenando de ese “tesoro marino” con el que llenó muchos de sus cuartos caseros.

 

Y entonces tuve una revelación: si Neruda hubiera conocido la belleza de aquella reina de los caracoles que hubo en casa, y a la que mamá a veces le cantaba barcarolas, el hombre se hubiera quedado solo con ella, sin más acompañantes que se hubieran podido morir de la envidia ante la perturbadora presencia en la que había sonidos de todos los mares del mundo.

 

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