Fantasmas en los nimbus

(Cine patasarriba, caras virginales en las paredes y un caleidoscopio de infancia)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

 

Las ensoñaciones podían advenir por el polvillo flotante en un rayo de luz que penetraba por un orificio de la ventana de madera. A veces, porque sobre el techo se reflejaba la calle patas arriba, con gente caminando al revés, proyectada por la luz de resquicio que nos hacía tener un cine natural en casa. La imaginación se acrecentaba con las juntas de los ladrillos, cuya mezcla de cemento y arena formaba rostros de vírgenes desmirriadas y palomas al vuelo, o, cómo no, la imagen de la verónica de semana santa.

 

En las paredes del cuarto, que todavía estaban sin repellar, era posible hacer un álbum de fisionomías, de fantasmas de arena y polvo, con figuras danzantes o carreras de caballos y perros, todos creados por un magín de calenturas. Y, en los desayunos, cuando quedaban en la taza las borras de café o chocolate, se podían avizorar anuncios de buenas nuevas y presagios de suerte pesarosa. En esas formas aleatorias se podía leer el futuro “que yo no perdí”. La incertidumbre del porvenir.

 

La niñez era una invitación a robustecer las imaginaciones y volar sobre tejados y azoteas. Leer las nubes, descubrir en ellas disímiles figuras, como caras barbadas, trompas de elefantes, perros de caza, era una manera de la fantasía. Después, sobre nimbus, stratus, cirros y cúmulos, era factible crear una historia de brujas y hadas, con grafismos celestes. La pareidolia, ese fenómeno que nos hace ver cosas donde no las hay, se trasladaba a montes y pináculos en los que era posible desentrañar rostros pedregosos, jorobados en actitud vigilante y voces siniestras que se desprendían de troncos y malezas.

 

¿Y qué tal la gota de aceite en el asfalto? Era una productora de imágenes irisadas con las que el cielo descendía a la calle. ¿Y los charcos sobre el pavimento? Otro modo de ver el mundo, a escala, como una maqueta, de sentir tormentas y escapar a naufragios de esquina. Había en muros y postes una convocatoria de ilusiones ópticas, de fotogramas urbanos que nos convertían en espectadores de lo asombroso en lo ordinario.

 

Cuántas fascinaciones nos contaron los techos, mientras vos, bocarriba, trazabas mapas y montabas en camellos a través de desiertos con simunes y arenas desenfrenadas. Eran modos baratos de enardecer el cerebro con imágenes de mujeres desnudas, que se reflejaban en los espejos imaginarios de la terraza. A veces, cuando se buscaban otras emociones, entonces se fabricaba el artesanal caleidoscopio, con conos de hilados y vidrios y cuentas de colores. Era subirse en una aventura visual que cambiaba de episodios y personajes con solo mover el artefacto para mezclar su mecanismo elemental.

 

Con el caleidoscopio, sin saberlo quizá, nos introdujimos en el universo de las formas geométricas y los fractales (cuando este término ni se usaba), en la óptica de lo imaginario, espejismos para la relajación y el disfrute de los sentidos. Era un ejercicio que trascendía la hechura de barquitos y aviones de hojas de cuaderno. Había un ritual en su preparación, en la búsqueda de los cristales, las cartulinas y los espejos fragmentados.

 

Armar un caleidoscopio rústico tenía su gracia. Esperar, por ejemplo, que los conos de hilo de la máquina de coser de mamá o de las vecinas se acabaran para utilizarlos en el cuerpo del aparatejo elemental. En ocasiones, se picaba papel de globo para efectos especiales, que no era más que darle un toque de color al interior. Una vez, a casa llevaron uno de mejor confección, con decorados exteriores que representaban un gnomo y un niño montado sobre un perro y en el que se podía ver el otro lado del mundo, con geometrías móviles, deslumbrantes,  que se prolongaban hasta el infinito.

 

Se podría decir que el universo de la luz, el de sus efectos y misterios, nos mantuvo atentos en buena parte de la infancia. Era la unión de cinematógrafos domésticos, de espejuelos cromáticos, de pinturas en el cielo, de esculturas en las montañas vecinas, con nubarrones que siempre deparaban sorpresas. Una invención de coordenadas nuevas, de hemisferios impensables, de sombras chinescas revueltas con lunas de papel.

 

Tal vez los que aprendimos a interpretar las nubes, a buscar en sus formaciones otros modos de los relatos mágicos, de las ficciones efímeras, nos sigue gustando observar los cielos, porque, sin falta, habrá en ellos una historia de golondrinas y arreboles apresurados que a veces se parecen a los colores de los caleidoscopios de un tiempo luminoso y feliz.

 

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El Nefelibata

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Parece habitante celestial, cuerpo glorioso, que a veces anda por las cornisas, como si nada, así sin sentir ni presentir que podría caer y convertirse en papilla, pero qué va, nunca camina con los pies en la tierra, y da la impresión de estar soñando siempre . No se sabe de dónde le viene esa especie de desventura, según unos, o de gracia, según los que más lo ven como un poeta, de estar alejado de la superficie terrestre, del asfalto, de no pisar la dureza del pavimento. No puede ser razonable que vaya por la calle, perplejo, a veces mirando al cielo, o en otras, observando edificios, sin tropezar, como si tuviera ojos en los pies. O en los zapatos.

 

Aunque no lo crean, se le ha visto subido en las bancas del parque, pero no a modo de discurseador o por llamar la atención con oratorias y retóricas, sino como si estuviera a punto de volar. Los mirantes se ríen al verlo; otros, menos complacientes, reniegan del tipo que les parece está haciéndose el notorio e importante porque no encuentra nada productivo para hacer, o porque, se oye decir, es un vago, un ocioso, alguien que va por el mundo interesado más en nidos y cantos de pájaros, que en las chimeneas fabriles.

 

En ocasiones, se pasea por la calle con un libro en las manos, leyéndolo, cuando ahora, es si no observar, todos, o casi todos los viandantes, van mirando sus teléfonos móviles, que a veces provoca atravesárseles con maldad, pero con sigilo, para que trastabillen y caigan. Pero, en cambio, cuando se ve al sujeto del libro que anda, lo que unos cuántos desean es acercársele, tal vez mirar por encima de su hombro o por un ladito, y curiosear sobre qué es lo que lo mantiene embebido, fija la vista en las páginas, como si, además, tuviera un radar, que hasta enrazado en murciélago estará, que no le permite resbalar e irse de bruces.

 

Se ha dicho, es lo que han visto los caminantes, que, de vez en cuando, el cielo, o, de otra manera, para ser precisos, las nubes bajan hasta él, lo rodean y envuelven, para que sea distinto a todos, que cuando esto pasa, nadie se quiere perder el espectáculo: un hombre con nubes en la cabeza, en los pies, en las manos, como si estuviera hecho de tal material, blando y como esponjoso, así se ha afirmado, y él parece no darse cuenta de la deferencia celestial, porque de eso se trata, que el éter lo privilegia, lo tiene como uno de los suyos, uno que no aspira a tener los pies sobre la tierra. Y él tan tranquilo. Tan elevado. Tan gaseoso.

 

Algunos, muy inquietos y aterrizados, lo han denominado el nebuloso. Otros, el hombre-neblina; unos de aquí, nubarrón, y de más allá, nimbo, que todos quieren nombrarlo, porque, al parecer, no responde por ningún nombre terrenal conocido. Hay quienes, por tener lo que llaman cultura, lo declaran el nefelibata, y al hacerlo, sonríen con cierta piedad. “¡ahí va el nefelibata, parece humo, parece brisa, debería fabricar algodones de azúcar…!”, se escucha, no sin pretensiones de sabelotodo. Un profesor de lenguas antiguas, dijo que el poeta Rubén Darío la usó en una composición, para referirse (quizá a Juan Ramón Jiménez) a un soñador, a uno de esos que no quiere despertar nunca. “Nefelibata contento, creo interpretar las confidencias del viento, la tierra y el mar…”.

 

Lo consideran excéntrico, posudo, demente, descocado, porque no encaja en los cánones del ciudadano común, porque, aparte de todo, no trabaja, ni se confunde con los que van y vienen, embotados, cansados, recién bañados, o con sudor del día acumulado en las axilas y las ingles. Él es un tipo que pertenece a la intangibilidad, que si lo tocas se diluye, da la impresión, y tus manos lo atraviesan, no puedes asirlo. Lo clasifican como uno que no creció, o que, por lo menos, se quedó petrificado en la infancia, porque hay quien lo ha pillado montado en un caballito de palo, que más bien debiera ser un pegaso, y también lo han descubierto cuando, con las manos abiertas, semeja un barrilete, con hilo invisible, y con él mismo como elevador. “Es cometa y cometero al mismo tiempo”, dijo no se sabe bien quién.

 

Está hecho de sueños, atemporal, y puede que dure más que aquellos que jamás se despegan del piso. Es más pariente de ángeles y querubines, que de seres que se apegan a la tierra. “Chilla en estos días de pragmatismo”, dijo una profesora universitaria que le hizo seguimiento y no resistió las ganas de advertirle que estaba en peligro de ser atropellado por un carro, así estuviera elevado, altico del suelo. Él, desde luego, no escuchó nada y siguió de largo… Camina por las nubes y lo hace sin perder el equilibrio, sin tambalearse. Quizá llegará el día en que se canse o se aburra de su condición aérea y decida volver al asfalto, se mimetice en la multitud y desaparezca para siempre. Nada está escrito al respecto y todo puede suceder.

Imagen de Ceslovas Cesnakevicius