Los ebrios de la Independencia…

Libreta de viaje (8)

 

Torre del Reloj en la avenida Madison. Foto Spitaletta

 

 

(Crónica con los cuadros finales de Nueva York y Los Ángeles, con santuario de meditación y luces de bengala)

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

 

1.

 

El cuatro de julio, Día de la Independencia de Estados Unidos, en Nueva York hay una suerte de acelere en el ambiente pese a que, como es feriado, muchos almacenes y restaurantes se cierran. Parece como si todos los ciudadanos esperaran la noche, que en verano tarda, para ver el cielo pleno de fuegos artificiales. Y cuando el sol se oculta, a las nueve de la tarde-noche, por Manhattan hay diversos agites. La Grand Central, la bella estación de trenes y subways, es un hormiguero, o tal vez una colmena. En cualquier caso, es un gentío que va y viene, con afanada cara de expectativa.

 

Por montones ya están en las playas a la espera de las bengalas multicolores. Varias líneas del metro se atiborran. Se ven y sienten correndillas por los amplios zaguanes de la estación central. En las calles, de poco tránsito al anochecer, sin la majestad de los avisos luminosos (hay muchos apagados), la gente camina con desespero. No falta el que tambalea porque ya lleva la dosis de licor puesta.

 

A las diez de la noche, muy cerca de la 42, la gente parece alma que lleva el diablo, como dice un lugar común. El patriotismo de bandera y luces les obnubila. En un “comedero”, uno de los pocos abiertos que hay, se aglutinan clientes que desean hamburguesas, ensaladas, cualquier cosa. La fila ansiosa recuerda la de algún “país comunista”.

 

Puentes de Brooklyn y Manhattan. Foto Spitaletta

 

Y de pronto, antes y durante la medianoche, el cielo neoyorquino resplandece. Desde la tierra se elevan los cohetes que explotan en la oscuridad y lo iluminan todo de estrellitas y otras formas de los espléndidos fuegos de artificio. El recuerdo del nacimiento de una nación, la memoria de John Adams, Thomas Jefferson y otros está flotando en el aire nocturno de las bengalas de independencia.

 

2.

Los Ángeles (donde fuimos con el mismo objetivo: presentar la novela Balada de un viejo adolescente), una ciudad de múltiples actividades culturales y turísticas, alberga, como lo hizo el océano Índico, frente a las costas de Bombay, parte de las cenizas de Mahatma Gandhi. En una zona de verdores y calles muy anchas, por donde a veces circulan a altas velocidades autos deportivos descapotados, a pocas cuadras del Sunset Boulevard, está el Santuario del Lago (Lake Shrine).

 

En las inmediaciones de Pacific Palisades, zona residencial de clase alta, con museos y boutiques, se enclava un bello santuario, con templos, lago, flores y un molino de viento. El gurú espiritual Paramahansa Yogananda erigió el Mahatma Gandhi World Peace Memorial, entre frondosos jardines con un templo propicio para la meditación. Hay fuentes de agua cantarina y pájaros. Y tiene una característica esencial: allí pueden entrar gentes de todas partes del mundo, sin distinción de razas, religiones, credos políticos y otras maneras de la separación. Un lugar para unir afectos y pensamientos.

 

En el santuario se erigió el monumento mundial a la paz y mientras se camina en medio de la tranquilidad es posibles encontrarse con gente que, en distintas posiciones, medita entre la pacífica naturaleza. Hay biblioteca y tienda de suvenires. Y en el hermoso lago, con lotos y otras plantas, los cisnes se adormecen bajo el sol del verano.

 

Santuario del Lago, en Los Ángeles. Foto Spitaletta

 

3.

 

El downtown de Los Ángeles, en el que confluye la arquitectura moderna con la clásica, en donde está el edificio de Los Ángeles Times y del Ayuntamiento, hay una mezcla de emociones estéticas y variopintos turistas que hacen fila para entrar a los museos, como el de arte contemporáneo y el imponente Broad. También el museo estadounidense-japonés, en la zona del Little Tokyo. Están, en ese mismo centro cívico, las instalaciones del Walt Disney Center Hall y el Center Music. En este último, que tiene fotografías gigantescas de grandes intérpretes de ópera y directores musicales, hay una enorme efigie de Gustavo Adolfo Dudamel, músico y director de orquesta venezolano, que ahora es el director de la Orquesta Filarmónica de Los Ángeles.

 

Maravillosa arquitectura en el centro de Los Ángeles. Foto Spitaletta

 

Una de las construcciones más extrañas es la de la Catedral de Nuestra Señora de Los Ángeles, diseñada por el arquitecto español Rafael Moneo. La iglesia, de doce pisos de altura, con campanarios en distintos lugares y con una enorme campana reina, tiene plazoletas espaciosas, fuentes, cascadas de agua y jardines, tiene un mausoleo con centenares de criptas y nichos. Allí, entre otras, está la tumba del actor Gregory Peck. Sus vidrieras coloridas muestran a los evangelistas, a Santa Cecilia y otras figuras. Puede albergar a tres mil peregrinos. Ah, y también tiene un amplio centro de conferencias y salones de reuniones. Es una catedral moderna, inaugurada en 2002. Reemplazó a la de Santa Vibiana, destruida por un terremoto en 1994.

 

Quizá le falten a su alrededor más árboles. Sobre todo, con la agobiante canícula del verano, el peregrino siente la reverberación en los pisos de la amplia plazuela y quiere, muy rápido, ir a buscar sombra y el sabor de una cerveza fría.

 

N.B. El periplo cultural de Balada de un viejo adolescente se hizo gracias al patrocinio de la empresa Ítaka, de Medellín, y la empresa Pasión por la Educación, de Los Ángeles.

 

Interior de la catedral de Los Ángeles.

 

Santuario del Lago en honor a Mahatma Gandhi. Foto Spitaletta

 

 

 

Los que hablan solos en el subway

Libreta de viaje (7)

 

Estación Grand Central, en Nueva York. Foto Reinaldo Spitaletta

 

(Crónica del metro neoyorquino, con un tipo rabioso y otro que sangra en la frente)

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Estaba de pie en un vagón del subway, el de la línea 7, color púrpura, rumbo a Queens. El tipo se apresuró a sentarse cuando yo amagué que lo haría y me miró después con ojos helados. Su bigote oscuro pareció bailotear en su cara pálida. Junto a mí, en una silla, una muchacha chateaba. Pelilarga y atractiva, de unos 18 años, se tornó de pronto en objetivo de la mirada centelleante del pasajero. Se fijó en ella durante un tramo largo del metro, que del subterráneo pasó a la parte elevada.

 

El hombre movía los labios con cierta continuidad, que me dio la impresión de concupiscencia retenida. En la estación Corona, el viajante que estaba junto al tipo que seguía murmurando mientras miraba con odio a la chica, se bajó. Me senté junto a él. La muchacha, que no parecía preocuparse por el asedio óptico del bigotudo, continuó manipulando el celular, mientras sonreía mirando la pantalla. Al sentarme, el tipo empuñó la mano derecha, con rabia. Le alcancé a escuchar “fucking…”. Miraba a la muchacha con veneno, porque cada vez apretaba con más fuerza su derecha. La chica, de buenas formas, se bajó en la estación del estadio de los Mets. La mirada electrizante del hombre, que se puso de pie, la siguió hasta que se perdió de su vista.

 

El tipo, junto a mí, siguió refunfuñando, mano derecha crispada. Yo solo miraba al horizonte por la ventanilla del frente. “Fucking…”. De reojo, no le perdía movimiento al vecino. En la última estación, la Main Street, permanecí sentado unos segundos más. El hombre se paró, salió del vagón y con paso rápido subió por unas escalas. No supe más de él. Lo último que pensé al respecto era que se trataba de una especie de enfermo mental, o tal vez de alguien al que alguna predicación le desencajó el cerebro y lo puso a ver el pecado por doquier, sobre todo, en las muchachas bonitas, como la del tren.

 

Zona cercana al Empire State, en Nueva York. Foto Spitaletta

 

En el metro de Nueva York (el subway), que es uno de los más grandes del mundo, que trabaja las 24 horas y tiene casi quinientas estaciones y más de mil kilómetros de vías primarias, se presenta la posibilidad de medir las soledades y ver la multifacética variedad de personas que allí viajan, algunos con turbantes, mujeres con burka, tipos de sombreros orientales, alguno, en pleno verano, con dos chaquetas y chaleco puestos… Es una maravilla la diversidad de pasajeros.

 

Una tarde, cuando con Sergio, mi hermano, tomamos un tren y nos equivocamos de sentido (íbamos a Queens y este iba en dirección al Bronx), un puertorriqueño de casi dos metros de estatura, camiseta con los colores de la bandera de ese país, hablaba en inglés a voz en cuello. Nadie le paraba bolas, excepto el compañero con el que iba. De pronto, se subió alguien en otra estación y el grandulón, moreno y barbado, comenzó a hablar con el conocido en español, bajita la voz. Nos dimos cuenta que estábamos errados de metro, al llegar a la estación de la 125 Street.

 

En el subway entran cantantes latinos, salvadoreños y mexicanos, a interpretar sus piezas desconsoladas y a esperar algún dólar en su sombrero. Y uno que otro a ofrecer productos chinos o indonesios. Eso sí, algunos de los que van sentados hablan solos, mientras no falta el que vaya leyendo un bestseller o un diario con caracteres orientales. Una chinita, que se bajó en Grand Central, iba leyendo durante un buen tramo un libro y parecía gozar con la lectura, movía los labios, recitaba trozos de lo leído. Parecía feliz.

 

En otro viaje, hacia Manhattan, la presencia de un tipo cuya frente goteaba sangre, me llamó la atención. En un tiempo de calor, tenía puesta una chaqueta negra y, por debajo, se notaba otra, además de un suéter. “Debe tener fiebre”, pensé. Portaba un maletín de mano, varias carpetas y un periódico en inglés. Pensé en sacar un pañuelito desechable de mi bolso, dárselo y que se limpiara la frente, pero no lo hice. Se paró y pidió permiso con cortesía cuando se iba a bajar en Bryant Park.

 

Aspecto de la Estación Central / Grand Central. Foto Spitaletta

 

En el tren, cuando viajábamos a South Norwalk, Cunnecticut, donde veríamos el partido Colombia-Inglaterra en casa de dos colombianos, una señora rubia, de vestido negro, también hablaba sola. Junto a mí, una chica, igualmente rubia, también de negro, ponía su pierna derecha sobre la desocupada banca de enfrente y cantaba lo que iba escuchando en su móvil. En esta línea, que parte de Grand Central, una bella estación con mármoles y lámparas de araña, cuando estábamos en las cómodas sillas, dos señoras hablaban de la Universidad de Yale, situada en New Haven, última estación en este recorrido.

 

Y no solo en los trenes hay gente que va soliloquiando. En los autobuses no falta el que también se dedique a buscarse a sí mismo en voz alta, como aquel hombre que, en una línea de bus articulado que viaja a Wall Street, cantaba y hablaba, hablaba y cantaba para sí mismo, sin saber que otros lo escuchábamos. O sin importarle.

 

Y así como hay olores perfumados, no falta alguien que apeste a ajo, o que desprenda una sobaquina del demonio. Pasa en todos lados, y más con el calor del verano neoyorquino. Varias imágenes olfativas, me recordaron un pasaje de Manhattan Transfer, novela de John Dos Passos, escrita en 1925: “En el atestado vagón del metro iba el repartidor de telegramas aplastado contra la espalda de una mujerona rubia que olía a Mary Garden. Codos, paquetes, hombros, nalgas se entrechocaban a cada sacudida del estridente exprés”.

 

En un vagón de subway, que no nos llevó jamás a ninguna estación fantasma (hay una, muy famosa, la City Hall), un rumor que salía no se sabe de dónde, decía: “voy a tener un flamante comienzo en la vieja Nueva York”. Después, sobre una acera, en la séptima avenida, un joven, con una especie de tarro a modo de recipiente de dinero, mostraba un cartel: “estoy cumpliendo años lejos de casa. Ayúdenme”.

 

Museo Metropolitano de Nueva York. Foto Spitaletta

Un verano en Nueva York…

Libreta de viaje (5)

 

Nueva York, una ciudad siempre sorprendente. Foto Reinaldo Spitaletta

 

 

(Crónica veloz, con rascacielos y una soprano que canta en el Central Park)

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Como en la salsa del Gran Combo, en un verano en Nueva York tenés “fiesta folclórica” en el Parque Central y muchas mixturas más de ocio, en esa extensión cuadrangular que es ocho veces el estado del Vaticano, con lagos artificiales, puentes históricos, próceres en estatuas, recitales al aire libre, saxofones y trompetas en jardines, y una soprano que, bajo una suerte de túnel, canta con estremecimiento Un bel dì, vedremo, de Madame Butterfly, ópera de Puccini, acompañada por una pista.

 

A los pies de la cantante lírica, yace un recipiente en el que los oyentes depositan su ofrenda en dólares después de los aplausos. Y el parque, que con las altas temperaturas del verano parece infinito, se abre en caminos que se bifurcan, con bicicletas y coches, con amontonamiento de gente en bermuda y camiseta, con niños que gritan, con pájaros que aletean y cantan.

 

Un verano en Nueva York, un día de principios de julio, con un atardecer candente, es propicio para caminar con el riesgo, claro, de una deshidratación. Y sondear el alma (desalmada) del capitalismo, del consumo sin fin, de los avisos luminosos de Times Square o marchar por la Quinta Avenida, buscando sombra, metiéndote a alguna tienda de suvenires costosos y simpáticos, o buscando detalles invisibles, como lo hiciera hace años el meticuloso reportero Gay Talese, cuando escribió su célebre texto Nueva York, una ciudad de cosas inadvertidas.

Aspecto del Central Park.

 

Y entre lo inadvertido puede estar el brasileño que vende perros y chuzos en la esquina de la séptima con la 42, o los leones grabados en algún edificio, o las mil maneras, por no decir infinitas formas de la arquitectura neoyorquina, con rascacielos, escaleras de incendio, columnas griegas, fachadas hipnotizantes… Es una ciudad para todas las culturas, de todos los colores y sabores, pero, a su vez, para el anonimato total. Ahí van, con la luz intensa del verano, por aceras amplias, las rubias con cámaras, los orientales con cámaras, los latinos con cámaras y celulares. Es verano. Y hay multitudes en las calles, en los almacenes, en los mercados…

 

Es una ciudad loca, para excéntricos, para bohemios y gente que puede delirar viendo el edificio del periódico The New York Times o buscando como una obsesión literaria la sede de la revista The New Yorker y solo se topa con un hotel bonito del mismo nombre. Y si sigue las descripciones de aquel antiguo reportaje de uno de los fundadores del Nuevo Periodismo, no verá las hormigas del Empire State, pero sí decenas de turistas que hacen fila para entrar al edificio que continúa siendo un símbolo de la arquitectura que araña cielos. A la vuelta no más, verá las colas de visitantes asombrados y con ropas ligeras que quieren montarse en las terrazas de los buses de dos pisos para ir de tour por la denominada capital del mundo.

 

Manhattan, con su Midtown, Dowtown y Uptown; con sus buses de ventanillas panorámicas; con sus cines y museos y tiendas antiguas y construcciones de todas las arquitecturas, es una ciudad de eterno movimiento. No duerme. No cesa. El verano te estimula los sentidos. Y entonces podés pasar por la histórica estación Pensilvania, o por la que acumula pasajeros a Nueva Jersey, o, para ver lámparas de araña, mármoles, espacios generosos, anchos pasillos, gente que va y viene, sin pararle bolas a nadie, entonces es porque estás en la espléndida Grand Central, la estación central de trenes, metros y subways, con mercados, joyerías, restaurantes de lujo y otros de menos categoría.

 

Ornamentación en la fachada de la Biblioteca de Nueva York. Foto Reinaldo Spitaletta

 

Nueva York es holandesa e india; oriental y occidental. Con río y mar. Con ferris y puentes. Con neones y calles anchas. Es una ciudad veloz, afanada, donde la mayoría de gente va de prisa y por eso no puede mirar hacia arriba, muchos (distintos a los turistas de verano) con jornadas de trabajo en el sur y luego en el norte. Nueva York, donde hay que calzar “zapatos vagabundos”, la de Frank Sinatra y los bares giratorios, es un hormiguero. Es, así la describió Talese, una ciudad sin tiempo; novelada, poetizada, y cantada hasta la eternidad. Y, según una señora paisa, es la ciudad donde “todo queda en la puta mierda”.

 

Ciudad universitaria y de cafetines, de teatro y musicales, de bolsa y magnates, tiene lectores en el subway y cantantes de ocasión, violinistas en las estaciones y abundante gente sola. Ciudad de esculturas y estatuas patrióticas. Podés toparte con un Prometeo alado o con un torso de mujer de bronce. Ciudad donde llegan los amantes de la ópera, pero, además, los que desean en recorridos de jornadas sin fin observar el arte universal.

 

Es una metrópolis de lujos pero, a su vez, con homeless, con rebuscadores, con vendedores de bazar. Y vos, para experimentar sencillas maneras de la aventura, podés en la retícula telarañosa del subway perderte en tu recorrido. Y cuando menos pensás, estarás embarcado en una línea que va al Bronx cuando, en rigor, ibas para Queens. Y así. Que hay que enloquecer la brújula.

 

Es la ciudad del Barrio Chino, de la Pequeña Italia (ahora con antioqueños y argentinos que se hacen pasar por italianos y cobran en restaurantes de pacotilla precios de bolsa de valores con acciones en alza); es un poco el recuerdo de una novela de Dos Passos y el ulular de las sirenas que jamás se callan. Sí, claro, si te interesa podés ir tras las huellas históricas de Piazzolla y de Jake La Motta (el Toro salvaje) en la Little Italy, la de las calles llenas de bombillería como si fuera diciembre todo el año.

 

Es una ciudad de béisbol y célebres combates boxísticos que ya son historia; de mitológicas pandillas decimonónicas que Scorsese cinematografió con maestría. Aquí voy, pasando por sinagogas, iglesias, colegios, oficinas postales, vitrinas alucinantes, museos de matemáticas y de toda índole, edificios puntiagudos, con una sensación térmica de exiliada zona tórrida. Ah, sí, New York, New York…

 

En el recuerdo, el Gran Combo me dice que “si te quieres divertir, con encanto y con primor, solo tienes que vivir un verano en Nueva York”.

 

Times  Square. El edificio de la Paramount. Foto Reinaldo Spitaletta

 

 

 

¡Aaaggghhh! Adiós a Tom Wolfe

Se ha ido una de las figuras cumbre del llamado Nuevo Periodismo

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Por Reinaldo Spitaletta

 

Los sesentas, tiempo de revoluciones políticas, sexuales y culturales, también ofrecieron un bautismo a un bebé viejo pero que, según algunos reporteros y escritores estadounidenses, había sido un descubrimiento, un hallazgo extraordinario: el nuevo periodismo. Sus forjadores, o papás de una criatura con antecedentes que podrían remontarse hasta los griegos y latinos, lo reivindicaron como una novedad. Y, bueno, algo de ello era cierto.

 

El que vertió las aguas bautismales al llamativo engendro fue Tom Wolfe, quien, junto a la llamada “banda” del suplemento dominical “New York”, del Herald Tribune, se percataron a principios de aquella década de conmociones que había que introducir profundos cambios en las estructuras del reportaje y la narración periodísticas, sin atender a normas prestablecidas, y utilizando técnicas de la literatura y recursos como el diálogo, el monólogo, la construcción de escenas y la inmersión honda en las situaciones y contextos.

 

Una noche de 1962, Wolfe, nacido en Richmond, Virginia en 1931, entró a los gritos a la redacción del suplemento, con un ejemplar de la revista Esquire: “¿Qué es esto?”, decía con un notorio asombro en su expresión. Era un reportaje de Gay Talese al excampeón mundial de boxeo de los pesos pesados Joe Louis, a quien su esposa recibe en un aeropuerto. Es un trabajo montado con escenas, varios planos temporales y espaciales, parece literatura. Y piensan Wolfe y sus camaradas de redacción que el autor pudiera haber inventado apartados y diálogos.

 

Pues no. El reportaje de Talese era eso, puro periodismo, escrito de otra manera. Y entonces Wolfe asimila el golpe. Y comienza su experimentación, en particular con introducción de onomatopeyas, alteración de signos de puntuación, exclamaciones, composición por escenas, apóstrofes, lamentos… Once años después, en su antología El Nuevo Periodismo, este reportero devenido novelista, etiquetaría a tal corriente como una revolución en las formas y contenidos periodísticos. Wolfe era su profeta y uno de sus querubines.

 

Sin embargo, y para ser exactos, la escuelita denominada en los sesentas Nuevo Periodismo era muy vieja. Con brillantes antecedentes. Y ya, en los Estados Unidos como en otras partes, tenía sus precursores. Para no ir muy lejos, John Reed, el llamado Reportero de la historia, era uno de ellos. En América Latina, donde en rigor había plumas de alto vuelo en el periodismo, se podría considerar al argentino Rodolfo Walsh como un genuino fundador de esa tendencia, con su reportaje Operación masacre, publicado en 1957.

 

En Colombia, mucho antes que los gringos se atribuyeran la invención, hubo reporteros de alta alcurnia periodística como Osorio Lizarazo (además, novelista del Bogotazo), García Márquez (con su Relato de un náufrago) y Álvaro Cepeda Samudio.

 

Tom Wolfe, quien, además de buen reportero, era un dandi impecable con sus trajes blancos, chaleco, corbata, medias de colores y zapatos blancos, en fin, como una suerte de Oscar Wilde a la americana, retrató en distintas notas a varias generaciones. La de los 80, como una que se preocupó más por el cuerpo y los músculos que por cultivar el cerebro, y la del 2000, la de las chicas que jugaron un “papel activo en la conquista sexual”. En su libro El periodismo canalla y otros artículos pueden encontrarse viejos hippies y marxistas rococós.

 

Con el Nuevo Periodismo, Wolfe, Talese, Capote, Mailer, Rex Reed, Barbara Goldsmith, Hunter Thompson (el del periodismo gonzo), entre otros, querían dinamitar la “novela tradicional” y a los que ellos llamaban “autores dinosaurios”. Decían que los escritores de ficción habían entrado en crisis y decadencia. Y, ante la debacle, el periodismo, el nuevo, era la única salida ante el fracaso de la imaginación.

 

En 1987, el “neoperiodista” Wolfe se transmutó en novelista. La publicación de La hoguera de las vanidades, de enormes ventas, le permitió sustentar que “la función de todo novelista es tratar de entender la sociedad. La novela es un modo de ocuparse de la sociedad” y recordaba a sus maestros Balzac, Dickens, Thackeray, Zola y Dostoievski. Era, además, un admirador de su compatriota John Steinbeck, en especial de Las uvas de la ira.

 

Sobre esta novela dijo que “es una demostración estadounidense ejemplar del método que usaba Zola para escribir novelas: abandonar el gabinete, salir al mundo, informarse sobre la sociedad, vincular la psicología individual a su contexto social, buscar suficiente combustible para alcanzar el pleno potencial como escritor…”. Y se nota que Wolfe aprendió bien la lección. Su novela inicial, toda una inmersión en Nueva York, pinta un tiempo de locura, con héroes, pícaros, placeres y confrontaciones entre las clases sociales.

 

Wolfe, que salió en dos capítulos de los Simpsons, revolucionó la narración periodística con retorcimientos del lenguaje y uso exagerado de signos de puntuación. Cuando el “nuevo periodismo” le quedó estrecho entonces se mudó a la ficción. El periodista y escritor murió rico y famoso a los 87 años en Nueva York. (¡Brum! ¡Rahghhh! ¡Zzzzffff!).

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La Voz*

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

 

1.

Tiene una voz delgada y suave, que a veces cuesta oírla. La Voz flota ahora sobre una mesa ovalada; sentados alrededor doce tipos escuchan. Los que están en la parte opuesta sienten el susurro, se concentran y saben entonces que La Voz les dice acerca de lo bien que salió la edición de hoy sobre el atentado contra las Torres Gemelas de Nueva York y el Pentágono en Washington, dice estar orgullosa de la sala de redacción y de su capacidad para reaccionar ante los grandes sucesos, sobre todo se admira de tantas páginas llenas, análisis, antecedentes, y de la columna de opinión que, sobre la marcha, al tono de los acontecimientos, escribió el Editor de Estilo Periodístico del diario, no sé cómo hace para documentarse y redactar tan rápido y tan bien, además su crónica histórica sobre el terrorismo es una muestra de sapiencia, y bla, blabla. La Voz vuelve a tomar impulso, los que están cerca de ella la oyen con respeto, como si brotara de una figura sacra. Los de más allá siguen en su esfuerzo por escucharla. La Voz cuenta que ha sido ésta su prueba de fuego, apenas lleva dos meses en la Proto-Secretaría de Redacción ¡y le toca ya un evento de tal magnitud! ¡Increíble! La Voz tiene bigote oscuro y cabello aindiado, tez morena y ojos de monje tibetano. No mueve las manos, es una voz sin inflexiones, plana, y cualquiera podría pensar que es afeminada, aunque los gestos muy imperceptibles son masculinos, la cara es masculina, no hay duda, pero cuando La Voz camina se le nota cierto gracejo sexapiloso, de nalguita parada.

 

Hay gente perspicaz entre los redactores, ahora elogiados, que piensa que La Voz alguna vez quiso ser mujer pero se quedó a mitad de camino, y eso puede tener implicaciones psicológicas. La Voz, en cada reunión de editores, habla del periodismo “duro y puro”, que es, según ella, el que tienen que hacer en la mayoría de secciones, y del periodismo más liviano también, porque hay público para todo y los lectores piden uno y otro. Parece que la llegada suya a la Sala de Redacción es toda una revolución; ella sabe tratar a los otros, no grita, no regaña y si lo hace es con una voz tenue; da instrucciones acerca de cubrimientos, hay que escuchar todas las partes protagonistas de una noticia, escribir historias, que eso les enseñaba ella a sus estudiantes en la universidad, donde estuvo hasta hace poco, porque quiso volver a las redacciones, a sentir el palpitar de los acontecimientos, a vibrar con el día a día, con los afanes de infarto del cierre de edición. Dice asuntos obvios, según piensan algunos, pero, al menos, no es prepotente. Cuando habla de sí misma asegura que era un gran redactor, que sabe bastante de economía política, que ha leído decenas de libros de periodismo y de nuevo periodismo, tra la rarará, canturrea La Voz. Los demás la oyen.

 

Hoy hay que hacer un seguimiento mejor que el cubrimiento. No podemos bajar la guardia, así que los de Cultura se sumarán ahora a los de Internacional y a los que trabajaron en la consecución de reacciones, es que hasta los de Deportes tendrán que participar, porque un atentado contra el corazón de los Estados Unidos no se da todos los días. Esta es una redacción muy capaz. Insiste en el orgullo que siente, en haber tenido el tacto fino de aceptar el empleo, en estar al lado de un equipo tan tenaz e incansable. La Voz hace un repaso de la edición: número de muertos, las crónicas de ambiente enviadas por las agencias internacionales, los testimonios del gobierno estadounidense, la solidaridad de otros gobiernos, el perfil de Osama Bin Laden, los sobrevivientes, estuvimos a la altura de los grandes periódicos del mundo. La Voz es casi irrefutable. El Editor de Estilo, después de un silencio de La Voz, dice que a él le pareció una belleza, por lo conmovedora, la crónica que sacó la competencia acerca del perro labrador que salvó a su dueño, que para primera página había fotos más impresionantes por lo reveladoras y nosotros sacamos una más bien obvia, pero en general estuvimos bien. La Voz lo mira con sus ojos budistas, luego cambia de paisaje y observa los brillos de la mesa. Por los ventanales entra una luz intensa, de sol tropical. El estilista remata: “Era mejor el título inicial de Apocalipsis USA, que el que se publicó en la segunda edición de Terror en las Torres, aunque hollywoodescos ambos, me quedo con el de la primera”.

 

2.

Las muchachas de la sección de Estilos de Vida están “matadas” con La Voz. Ella sabe de modas, de tendencias, opina que hay que estar más cerca de los cocteles de sociedad y de las señoras de bien, con sus tés canastas y sus obras de beneficencia. En cada reunión destaca lo lindas que salieron las fotos del gerente de tal financiera y las reinas y las modelos de la casa de tales, la gente bella por fin se está notando en las páginas sociales. El director del diario me ha dicho que les transmita sus congratulaciones. La Voz no para de hablar cuando de light culture se trata, porque esos temas son vendedores. Hoy hay que cubrir la feria de modas con una separata, dice un día. Hoy hay que hacer énfasis en los trajes de novia, dice otro. Y así va tejiendo un universo artificial de farándula y cosmética. La editora de la sección la oye y a veces entorna los ojos, parece decir que este es el jefe necesario, el salvador, el que estaba por llegar y llegó. En cada reunión se sienta al lado de La Voz, y cree estar santificada, ungida por esa revelación celestial.

 

Hoy, bueno, es decir, mañana, hay que sacar un tremendo despliegue sobre la visita de la Primera Dama a la ciudad, viene a dar unos kits escolares a muchachos de los barrios pobres. La Voz dice que hay que entrevistarla, consultar dos o tres pelados, las fotos deben revelar la emoción de los niños al recibir los útiles, buenos planos de doña señora. El editor de Orden Público dice que precisamente los niños de esos barrios están afectados, junto con sus padres, por las andanzas de paramilitares y que sería interesante mostrar para la edición de mañana una relación de cómo vive la gente, las preocupaciones diarias, su miedo… Ah, sí, pero podemos hacerlo otro día, con más profundidad, por ahora no, quedaríamos como enfrentando la visita de la Primera Señora. Está buena la propuesta, hay que irla trabajando. La Voz es fina. Y curtida en diplomacias de segunda.

 

La editora de Sociedades suspira, cada vez se convence más del tino periodístico de La Voz. A su lado, ella recibe su luz. La Voz poco sabe de deportes, es más: su figura denota jamás haber pateado un balón ni corrido en competencias de colegio, pero sí sabe que es una “sección muy vendedora”, en todas partes del mundo la mayoría de lectores de diarios van a las páginas deportivas. El fútbol es clave, pero hay que dar cuenta de otras disciplinas, ¿verdad, querido? El editor del área responde de inmediato, claro, sabemos de la importancia capital de nuestra sección. Eso, creo, se refleja en las páginas. Todo marcha como una máquina de relojería suiza. Todos atienden las sugerencias de La Voz. No hay por qué chistar, si La Voz es razonable y lleva mucho tiempo en el oficio. El editor de Orden Público, sin embargo, dice que no le ha gustado mucho  el cubrimiento de los partidos de fútbol, es una escritura sin emoción, plana, no motiva a la lectura. El Editor de Estilo advierte que está de acuerdo, que hay que insuflarles más dinamismo a esas páginas, el deporte es sudor, alegría, frustraciones, adrenalina, pero es poco lo que se ve de tales asuntos en la sección deportiva. La Voz, un tanto desconcertada por las disidencias, titubea, pero, sí, es verdad, yo no sé mucho de fútbol y esas cosas, aunque sí sé cuándo está bien o mal hecha una nota. Habrá que revisar, dice, entornando los ojos.

 

3.

El Presidente de la República llega a la ciudad. Hay que disponer cuatro redactores para el cubrimiento, cree, según su criterio, el que está encargado hoy de la Secretaría. La Voz goza de merecido descanso. Ya los reporteros tienen sus credenciales. Ya están en el sitio del evento magno. El presidente habla de su amor por los pobres y de su amor por los ricos. Viste un poncho folclórico y un sombrero de ganadero. Hay que lucir como autóctono. Eso da buena imagen. Se entera de dos o tres problemas locales, una carretera inconclusa, otra que ya no resiste tanto vehículo… Las crónicas van llegando, las fotos también. No merece más de dos páginas el suceso presidencial. Es suficiente para enterar a los lectores, piensa el encargado. En primera página titulará a cuatro columnas. También suficiente. El director del periódico llama desde su finca de recreo. El encargado cuenta cómo ha transcurrido la edición y revela los planes de cobertura, paginaje, cuántas notas; no, ni riesgos, eso es muy poco, cómo va a ser posible que una visita presidencial merezca apenas dos páginas, me monta otras tres, carajo. Un presidente como este merece toda nuestra consideración, nuestro periódico defiende las instituciones democráticas, debemos darle amplio despliegue a la obra del estadista…, como usted diga, señor director. Revuelo en la sala de redacción. Es que La Voz hace mucha falta, piensa la editora de Sociedades. Y más tarda en pensarlo, que en aparecer la figura delicada de La Voz, que toma las riendas, organiza, va y viene, envía más reporteros a las calles a realizar un sondeo sobre las palabras del presidente que todavía están en directo por la televisión, desmonta un reportaje sobre un barrio de pobres asustados y entonces ya son seis páginas para la noticia del día. La Voz es generosa.

 

La edición es impecable. Seis páginas. Y en primera, titular a seis columnas, con una enorme foto del presidente dándole la mano a un líder comunal. La Voz observa con placer su obra, sonríe por el sagrado deber de informar bien a sus lectores, recibe congratulaciones de la editora de Sociedades, que le pasa la mano por encima del hombro. El encargado de ese día también la felicita. Qué haríamos, sin usted, le dice con un tono de disimulada resignación. La Voz lo mira con gesto despectivo.

 

4.

La Voz es toda dulzura. Ahora está reunida con la junta directiva del diario, quieren reorganizar la redacción. La Voz es muy respetada, porque siempre es cariñosa con el director y los otros miembros del staff de mando, saluda con venias a sus superiores, y lo que más gusta de ella es que habla muy piano, sin aspavientos. No se desdobla ni descompone cuando la critican o le dicen que por qué una edición salió así o asá. Dice que mejorará en la próxima y que no habrá más fallas. La Voz aparenta menos edad que la que tiene, por eso, a veces, las mujeres de la redacción  y de otras dependencias la buscan para averiguarle el secreto de su juventud. Ella les sonríe y dice que todo está en no protestar, en aceptar el mundo tal como es. Algunas la miran con incredulidad y se dicen para sí mismas ¡huy, me quiere tomar el pelo!

 

La reunión transcurre sin aparentes contratiempos hasta cuando toma la palabra el Editor General y advierte que no está contento con las últimas ediciones, y menos con las de domingo, son muy planas, no sorprenden a nadie, no hay artículos para los jóvenes, hay que meter más farándula, esto es una fábrica de noticias y de diversión, así que no todo puede ser muy serio, ni muy avejentado. No. La Voz asiente y observa al Editor General con mirada auscultadora, como de monje shaolín. Se soba el mentón y de reojo examina al director, de impecable corbata y vestido oscuro. El director se da cuenta del gesto y le replica con otra mirada suspicaz. El Editor General insiste en que se están perdiendo lectores, porque hay secciones muy seriotas, con historias muy largas, ahora hay que estar en la onda de lo corto, de lo rápido, para qué diablos la profundidad. Nadie tiene tiempo de leer. La Voz se soba el mentón. El director sonríe. Ahora el editor mira a La Voz y se le adivina un aire de superioridad. No me gusta -le dice- cómo está saliendo el diario y usted es la responsable de los contenidos. La Voz asiente, hace una venia, parece que va a decir algo, pero apenas articula sonidos ininteligibles. Se le va la voz. Traga saliva. Y nada. El otro sabe que la ha dominado y que no hay posibilidades de refutaciones. El director se para y le da la mano al Editor General. Qué bueno eres, por eso te contratamos.

 

La Voz camina hacia la sala de redacción. Algunos notan que el trasero no está tan parado, hay torpeza en el andar. Parece estar enferma, qué indisposición tendrá, cuchichean las reporteras de Sociedad. La Voz entra a la oficina, se sienta y después apoya su cabeza contra el escritorio. Cualquiera pensaría que está llorando, aunque no se escuchan sollozos ni hay convulsiones ni moqueos. Sin embargo, el rumor se esparce, La Voz –dice- llora, ¿se le moriría la mamá?, ¿qué desgracia le comunicarían? Algunos reporteros pasan por el frente y miran con disimulo. Después, La Voz está frente a su computador, teclea, se para y torna al aparato. La redacción está aturdida, porque cuando La Voz escribe se queda ahí, sin movimientos bruscos, casi sembrada en la silla, con la mirada fija en la pantalla. Ahora es otra. Los cuchicheos aumentan. Parece que nadie puede concentrarse porque La Voz está extraña, como si tuviera afonía. La editora de Sociedades se atreve, va hasta la oficina, habla unos segundos con ella y luego sale: “¡Hay reunión de editores ya!”.

 

La Voz comienza su charla anunciando que de ahora en adelante hay que estar más sintonizados con la ciudad, pero no con los problemas de la gente, sino con lo que pasa en discotecas, con la moda, con los centros comerciales. El Editor de Estilo pregunta a qué vienen esos cambios, si el periodismo debe cubrirlo todo. La Voz lo mira como la miraba a ella el Editor General. No le responde. Vamos a vender más si nos dedicamos a lo que digo, advierte. Hay gestos de sorpresa en los editores, pero nadie se atreve a cuestionar. La de Sociedades sonríe y dice que está de acuerdo. Me parece –agrega- que en la sección cultural debemos estar más a tono con la juventud, menos bellas artes, menos noticias de literatura y más farándula. Hay que poner a la gente a vibrar con las últimas producciones. Nadie más opina, excepto el Editor de Estilo: Me parece que vamos en contravía del buen periodismo. ¿Qué es el buen periodismo?, pregunta La Voz. El otro dice que darle a la gente elementos para que piense y deje de ser un rebaño. La Voz ríe, en medio del silencio general. Luego, otros la imitan en la risa. La Voz se para y camina otra vez con su nalga bien erecta. Los demás también se paran. El rebaño –dice el Editor de Estilo- somos nosotros. Nadie le hace caso.

 

 

5.

El periódico es ahora otro: más fotos, textos cortos, uniformidad en las páginas: en Economía se muestra a los ricos; en Deportes, resultados y notas breves sobre partidos de fútbol. En Cultura, noticias acerca de los vestidos de los famosos. En Política, las actividades de los que están de acuerdo con el gobierno. Toda una maravilla. A la sala de redacción llegan casi todos los días ramos de flores de los entrevistados. La Voz recibe llamadas halagüeñas de señoras de costurero y té canasta, y la invitan –eso dice la editora de Estilos de Vida- a tomar la media tarde en clubes de sociedad. El diario está renovado. No hay ahora quién pueda proferirle discordancias a La Voz. Todos saben que hay que hacer lo que el Editor General, a través de La Voz, dice que se haga. La Voz, en todo caso, anda con más suavidad y con la cabeza en alto como si desfilara por una pasarela de feria textil. Ha aumentado su ropero y estrena corbatas con frecuencia. Ya están lejanos los días cuando hablaba de “periodismo duro y puro”. ¡Ah!, por lo demás, no se le ha vuelto a ver en actitud de lloriqueo o de depresión. Se cree, o al menos es lo que murmuran en la sala de redacción, que le doblaron el sueldo. Está orgullosa de sí misma. Y los otros (nosotros), de ella.

 

*La Voz hace parte del libro Oficios y Oficiantes, publicado por la Editorial UPB, 2013.

Fotograma del filme Todos los hombres del presidente. Woodward y Bernstein en reunión con el editor del Washington Post.

Job o la rebelión contra Dios

(Una obra maestra de Joseph Roth, trágico escritor austrohúngaro)

Por Reinaldo Spitaletta

Los mapas de entonces, en Europa y Asia, eran distintos. La geopolítica tiene la endemoniada capacidad, que puede ser un asunto de fuerza y expansionismos, de modificar el mundo; y en general, o mejor dicho, casi siempre, para favorecer a los poderosos. Y así, en una región que para fines del siglo XIX era de la Rusia zarista, y que antes había sido anexada al imperio austro-húngaro, y que tal vez para diferenciarla de la muy gallega e hispánica Galicia, se escribía con una “t” y una “z”: Galitzia, o Galicia de los Cárpatos, histórica tierra, hoy parte de Ucrania, nació un sujeto de padre austríaco y mamá rusa, mezcla que debe producir seres delirantes y amadores de vino y otros licores.

Lo habían bautizado como Moses Joseph, apellidado Roth. Era 1894 cuando vio la luz, y años después, cuando el mundo estaba a punto de padecer la peor conflagración en la historia humana, se suicidó, en la Lutecia, en la ciudad luz, en París, y ya su primer nombre había desaparecido hacía rato. Sus libros los firmó como Joseph Roth, judío que al final de sus días, claro que quizá él no se sabía que eran sus últimos días, abrazó el catolicismo. O eso dicen.

Amó en sus principios a Austria-Hungría. En Viena vivió desde muy joven, y una de sus obras, tal vez la más perfecta de ellas, La marcha de Radetzky, da cuenta de esa filiación querendona por una tierra que los Habsburgo convirtieron en un imperio, en el que se hablaba polaco, checo, ruso, servio, croata, húngaro, búlgaro y la minoría conversaba en alemán. Y esta fue la lengua que adoptó el hombre que presenció la Gran Guerra, que fue testigo de la revolución soviética, que ejerció como periodista y crítico literario, disciplinas que lo hicieron conocido antes de erigirse como uno de los novelistas más destacados de la primera mitad del siglo XX.

Roth, que escribió crónicas berlinesas y vienesas, que fue corresponsal en París del Frankfurter Zeitung, dejó de ser imperialista austro-húngaro y derivó en un ser de izquierda, que llegó a firmar algunas de sus columnas como El rojo Joseph. Son célebres sus correspondencias con Stefan Zweig, que en muchos momentos fungió como protector del escritor que comenzaría a ser célebre cuando publicó Job, o La historia de un simple, que en su tirada inicial vendió ocho mil quinientos ejemplares.

Para crear su novela, invirtió durante varios meses diez horas diarias de escritura, con luchas diversas contra varios demonios, como el del alcohol, pero también con el de la enfermedad de su mujer, esquizofrénica, internada en un manicomio. Tal vez por esta situación penosa, uno de los personajes de Job, Miriam, la única hija mujer del protagonista de la obra, enloquece y es recluida en un hospital mental, con un diagnóstico de psicosis degenerativa, en apariencia incurable.

Job, una pequeña obra de menos de doscientas páginas, está basada en el bíblico Libro de Job, y en la tragedia del patriarca, un hombre justo puesto a prueba por Jehová, que le manda enfermedades y desgracias sin cuento. En la novela de Roth, Mendel Singer, un modesto maestro que enseña la Biblia a muchachitos de la aldea de Zuchnow, tiene cuatro hijos. El menor, Menuchim, nace con aparente retraso mental, epiléptico, cabezón, con todos los síntomas de un idiota. Un rabino, al que la madre del chico, Deborah, lo conduce ante su presencia, profetiza que el pelado sanará: “El dolor lo hará sabio, la fealdad lo hará bondadoso, la amargura lo hará dulce y la enfermedad lo hará fuerte”. Además, presagia que sus ojos serán grandes y profundos y sus oídos musicales. La mamá, por supuesto, pregunta cuándo sanará su hijo y el rabino contesta que dentro de muchos años.

Job es una novela en la que no solo se encuentra una analogía con el personaje bíblico, sino que es una breve saga, narrada en forma cronológica, con algunos flashbacks, en la que se cuenta el peregrinaje de muchos europeos a Estados Unidos, en aquellos flujos migratorios que tenían la intención de “hacer la América”, en búsqueda de otros destinos. Con una referencia a la guerra ruso-japonesa de 1905, en medio de una Rusia dominada por la autocracia zarista, la vida de Mendel y de sus hijos transcurre en medio de penurias y carencias.

El hijo mayor, Jonás, semejante a un oso por su físico descomunal, se enrola en el ejército zarista, a diferencia de su hermano Schemarjah que, según el narrador tiene la astucia del zorro, elude el servicio militar y, en contrapartida, emigra a Estados Unidos. Miriam (el símil animal que se utiliza es la de una gacela), es una chica brincona, que en los trigales y otros campos se acuesta con cosacos, al tiempo que Menuchim, el idiota, solo puede pronunciar una palabra: “mamá” y parece no haber ninguna esperanza de sanación.

En el libro, en el que de un modo misterioso el lector pudiera evocar un aforismo de Teresa de Ávila (“Más lágrimas se derraman por las plegarias atendidas que por las no atendidas”), en la novela, digo, hay que aguardar el aserto que plantea que para el cumplimiento de una bendición se necesita tal vez más tiempo que para el de una maldición. Y en el ínterin, Mendel, Miriam y Deborah, se irán a Nueva York, sin el acompañamiento del retrasado, que se queda en la aldea al cuidado de una pareja vecina que se muda a la casa del maestro.

Y entre tanto, la vida de Mendel frente a su mujer, que cada vez está más triste, pero también más fea y marchita, se torna monótona y sin paisajes. Cuando llegan a Nueva York, hay desde luego un cambio en la vida de los inmigrantes, en una ciudad en ascenso, en construcción, que por momentos en la narración recuerda pasajes de la novela Manhattan Transfer, de John Dos Passos, en la que se van americanizando. La presunta tierra de la libertad y el trabajo cambia la mentalidad de los que allí llegan a descubrir un nuevo mundo, el del capitalismo.

Sin embargo, el estallido de la Gran Guerra, que también va a tocar a los Estados Unidos, cambiará la vida de Mendel y su familia. Schemarjah, que en Estados Unidos toma el nombre de Sam, se alista para defender su nueva patria, precisamente él que había decidido en su aldea natal rehuir el reclutamiento, y marcha al frente de Francia. Y este acontecimiento alterará más la existencia de Deborah y Mendel, como la de Miriam. La tragedia continuará en esa especie de tierra prometida a la que llegaron los Singer atravesando el mar, para instalarse en una ciudad en permanente movimiento y transformación, que huele a gatos y a humedad.

En esta obra, que tiene poesía comprimida, plena de caracterizaciones estupendas de personajes y mentalidades, con aspectos clave de la cultura judía, que en los Estados Unidos toma otras dimensiones, el lector puede hacer un viaje por las ideas de progreso, por el tren, los barcos, las nuevas técnicas y tecnologías, los discos y el gramófono, claves en la transformación de Mendel en momentos de clímax de la novela. Hay asuntos conectados con las investigaciones siquiátricas, con los manicomios, pero también con lo que es un americano, muchas veces idiotizado por “la tierra de Dios” y sus oropeles.

Y en Job se verá que aunque alguien blasfeme, no deja de ser por ello un creyente, alguien que continúa siendo, pese a sus anatemas y maldiciones, un religioso, como es el caso de Mendel. “Los golpes de Dios tienen un sentido oculto. No sabemos por qué se nos castiga”, es una de las reflexiones del viejo maestro que se rebela contra la voluntad divina y advierte que Dios es cruel, un ser que gusta de aniquilar a los débiles. En Mendel hay una especie de culpa permanente, un desasosiego. Se ve como alguien con una vida de insignificancias, como un derrotado.

“Mendel Singer no tiene hijos, no tiene hija, no tiene mujer, no tiene patria, no tiene dinero”, se dice para sí, en medio de otro descubrimiento: el de la soledad, que lo acompaña desde hace tiempos, desde mucho antes de convertirse en un inmigrante, desde los días en que entre él y su mujer había cesado todo placer. “Soy un muerto y estoy vivo”, afirma este hombre al que persigue el fracaso, pero al que esperan, en una aplicación del Deus ex machina, momentos cumbre de una intempestiva felicidad, tras la muerte de Schemarja, de Deborah y la desaparición de Jonás.

El final feliz de la novela, que reproduce el final feliz del Job del Antiguo Testamento, y que en parte no se corresponde con los tratamientos médicos y siquiátricos, ni con los avances de la ciencia, sino con la taumaturgia, conduce a que la profecía rabínica se cumpla. Y en este punto, la razón no da para formular explicaciones. El lector deberá aceptar los hechos como los presenta el novelista y acogerse, si así lo prefiere, a la dicha y la magna dimensión de los milagros.

Joseph Roth, que en los últimos años de su existencia sufrió penurias a lo Job, con pobrezas y otras desgracias, también padeció persecuciones. Los nazis lo “desterraron espiritualmente” y quemaron sus libros en la Brandnacht del 10 de mayo de 1933, año en que además sus obras se prohibieron. Entonces le escribió a su amigo Zweig: “¿Aún no lo ve usted? La palabra ha muerto. Los hombres ladran como perros”. Y antes de que la barbarie se tomara del todo a Europa, el autor de Hotel Savoy y La leyenda del santo bebedor, se quitó la vida.

Joseph Roth. Job. Editorial Bruguera, Libro Amigo. 1ª Edición abril de 1981. 189 páginas

Count Basie, un pianista con mucho swing

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Por Reinaldo Spitaletta

William Count (el Conde) Basie, el hombre que iba a ser uno de los más tremendos directores de una orquesta de jazz, y uno de los paradigmas de las grandes bandas de los tiempos del Swing, comenzó a recibir clases de piano de su madre, una lavandera enamorada de la música, y de una profesora particular. Nacido el 21 de agosto de 1904, en Red Bank, New Jersey, se marchó a Nueva York en 1923 a involucrarse en el ambiente de los pianistas como Willie Smith y Fats Wallers. Este, precisamente, fue uno de sus profesores de órgano. Y mientras avanzaba en su intenso aprendizaje obtuvo su primer trabajo profesional de importancia: lo contrataron en el grupo que acompañaba a la cantante y bailarina Katie Krippen.

Después, integró la orquesta de June Clark e Ilmer Snowden, y acompañó a las cantantes de blues Maggie Jones y Clara Smith. En la fiebre musical de la Nueva York de entonces participó en compañías de vaudeville, especializadas en letras picarescas, promovidas por el sindicato de empresarios de espectáculos para negros en los Estados Unidos, el Theatre Owners Booking Association (TOBA). El joven Basie ampliaba su actividad de rebusque económico tocando piano en salas de cine mudo.

En 1929, en Kansas City, adonde se marchó tras quedarse sin trabajo en Nueva York, se sumó a una de las bandas más conocidas de entonces, la del pianista Benny Moten, de la cual, al poco tiempo, se convirtió en su pianista titular. A la muerte de Moten, la agrupación se disolvió, pero a Basie lo contrataron en el Reno Club de esa ciudad y es desde allí donde comenzó a exportar el sonido que lo iba a hacer célebre en todo el orbe. En el club se ganaba poco pero había un aliciente: la posibilidad de que esos sonidos se escucharan en otras partes gracias a las transmisiones radiales que desde allí se emitían. Una noche de diciembre de 1935, a la orquesta de Basie, a quien un presentador ya había apodado Count, la escuchó el promotor neoyorquino John Hammond. Su sorpresa por la manera de tocar, por el swing, fue tanta y arrobadora que Hammond decidió presentarla en Chicago y Nueva York.

La denominada migración musical que, dentro del género, hubo de Chicago a Nueva York marcó la génesis del estilo Swing a partir de 1930, poco después de la gran crisis del capitalismo, que estalló un año antes. Surgió la formación de grandes orquestas o big bands, que ya, por ejemplo, tenía raíces en la mencionada de Moten, en Kansas City, y se amplía con la de Basie y el “estilo riff”, que es una aplicación a las grandes orquestas jazzísticas del antiguo esquema del “call and response”, la forma del llamado y la respuesta propia de la música africana. Consistía en un diálogo musical entre las maderas y los metales. Las grandes orquestas, como la de Benny Goodman, por ejemplo, inauguraron un nuevo estilo dentro del jazz, caracterizado por la intensidad rítmica, propia para el baile en un tiempo de penas y desazones económicas. Era un sonido suave, lleno, sólido, con organización y arreglos especiales.

Dentro de ese complejo paisaje musical está la presencia de William Basie, con un estilo que, en aquellos años, era de unas pocas notas o acordes incisivos, con mucho brillo en la mano derecha. Entre tanto, la orquesta del Conde rebosaba de riqueza rítmica. Unas semanas después del “descubrimiento” de Hammond, Basie firmó un contrato discográfico con la compañía Decca. Sin embargo, sus presentaciones decepcionaron en Nueva York y Pittsburg. Pero cuando incluyó en sus filas a la cantante Billie Holiday el espectáculo se fue arriba y con ella y el vocalista Jimmy Rushing, la orquesta de Basie comenzó a ganar popularidad, en especial en Harlem.

En 1938 la formación de Basie salió triunfante de un pintoresco “duelo” con la de Chick Webb, en el famoso Savoy del barrio Harlem, y se consagró como una de las mejores del estilo Swing. Estaba integrada por Buck Claypton, Harry Edison, Benny Morton, Dicky Wells, Lester Young, Herschel Evans, Earl Warren, Freddie Green, Walter Page y Jo Jones. En aquel periodo sonaron con énfasis sus grabaciones One O’Clock Jump, Topsy, Every Tub, Sent for you yesterday, Blue and Sentimental, Tickle Toe y Panassie Stomp.

Hacia finales de la década del treinta, el Swing, que tenía danzando a todos los norteamericanos, se convirtió en el “negocio musical más grande de todos los tiempos”. La palabra swing se tornó etiqueta de diversos productos, como figuritas de porcelana, cigarrillos, prendas femeninas, en un boom comercial que luego afectó a las orquestas y, a su vez, produjo un despertar de otros estilos, como el Be Bop, que alcanzó su apogeo después de la Segunda Guerra.

Los avatares de la confrontación bélica, precisamente, influyeron en la formación y, en algunos casos, en la disolución de orquestas. Así, la banda de Basie, con excelsos solistas como Lester Young, Hershel Evans, Buck Clayton o Harry Edison, vivió una época de transición que, al terminar el conflicto, explotó de nuevo. Norman Granz, famoso productor, contrata al Conde para su sello Verve Records en 1952 y el pianista resurge como un ave fénix, con un concepto musical maduro y cambios en la orquestación: amplía la banda con cuatro trompetas, tres trombones, cinco saxos y cuatro en la parte rítmica. Aumentó, por supuesto, el volumen sonoro y el sonido ya era “más trabajado”.

En 1954, Count Basie eligió su lema, con la grabación Sixteen men swinging, que, según los teóricos y críticos del género, es la definición más precisa de la convivencia musical que hizo de la orquesta una institución siempre inspirada y siempre en la búsqueda de un modelo de unidad y espíritu de cuerpo. Los sesenta hallarían una orquesta del Conde llena de talento, que viaja por todo el mundo. Lo mismo en los setentas. Con una particularidad: siempre tuvo la voz humana como un estandarte. Por ahí, con su formación de fondo, pasaron Ella Fitzgerald, Sarah Vaugham, Tony Bennet, Nat King Cole, Joe Turner y Frank Sinatra.

Basie era un músico que siempre insistió en subrayar la incidencia de la vida urbana en la improvisación negro-americana, tal como lo demuestra en piezas como Tickle Toe o Nagasaki. Fue un músico clave (un genio para muchos) en el desarrollo del jazz, y su estilo duro y metálico, pero, al mismo tiempo, pleno de matices brillantes, hace que a más de treinta años de su muerte y a más de una centuria de su nacimiento, todavía se le recuerde y escuche con emoción. Murió el 26 de abril de 1984.

Count Basie