La aurinegra de aquel “potrero” de infancia

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

Creo que la vi por primera vez en la manga[1] que había detrás de la escuela Rosalía Suárez. Desde un barranco, no muy alto pero que daba buena divisa, miraba a los muchachos un poco más grandes que yo que jugaban a la pelota, con porterías de piedra y unos sin camisa; los otros, los rivales, con revoltura de colorines en el “uniforme”. Uno tenía una camiseta amarilla de rayas negras verticales. Se destacaba no solo por su atuendo sino por los esguinces y me parece que, tras cada uno de esos dribles, al dejar regados a sus rivales, se reía. Vestía, como lo supe después, la camiseta del Peñarol, un equipo uruguayo que por entonces era muy mentado debido a sus conquistas en la Copa Libertadores de América. Lo sabíamos –lo del nombre y los triunfos— por las noticias que brotaban por un radio Philips cuya usuaria y oyente principal era mamá.

 

Son de esas cosas que uno no comprende de inmediato y tal vez nunca. No sabía cuál era el encanto de esa casaca que lucía el “perreador” de baldío de barrio que en cualquier caso era un gozón, se divertía con sus compañeros y no había en él burla sobre los rivales aparte de gambetearlos con facilidad y, por qué no, con una suerte de fantasía o prodigio que me dejaba alelado. Se reía sin ofender porque se sabía dueño de una facultad. No supe de dónde me venía aquel obnubilamiento por los colores y diseño de la camiseta que pudo ser de popelina o de coleta, nunca se supo, pero que al muchacho le iba bien. Días después, y en otra manga, una que quedaba cerca del “árbol de los gallinazos”, en rigor, un piñón de oreja, por el que muchas veces tuve que pasar de mañanita para ir a la escuela, vi a otro jugador con la aurinegra, que entonces no sabía el término ni tampoco que se trataba de los colores del Peñarol de Montevideo.

 

Me fui volviendo hincha, una designación que tampoco era de uso en aquellos días de descubrimientos, del equipo al que luego supe que lo llamaban los mirasoles y los carboneros. ¡Quería tener una camiseta como esa! Pasó el tiempo, muchos partiditos en potreros, en baldíos, muy cerca de quebradas, en la calle, y nada. Luego, también por injerencia de la radio y de vez en cuando de lecturas de ocasión o mejor de hojeadas de periódicos, se me fue pasando el gusto hacia el Independiente de Avellaneda, y todo también relacionado con la Copa Libertadores. Un día le dije a mamá que me consiguiera una camiseta y con los colores escolares le pinté en una hoja de cuaderno la del Peñarol, o, digamos una aproximación, un mamarracho simpático que daba cuenta en todo caso de mi obsesión. “Vamos a ver”, dijo. Y el asunto se olvidó. Bueno, no del todo. Yo seguía con mis ganas y ansiedades.

 

Ella, que tenía una máquina de coser Wheeler & Wilson, que rompía agujas y se enredaba a cada momento, un día compró varios kilos de retazos y entre la miscelánea llegó una tela amarilla. Cortó la camiseta y me la hizo, pero sin las rayas negras. El desconsuelo fue mayor. Pensé que hubiera sido más reparador si no hubiera hecho nada. Era una camisetica desmirriada, sin gracia, de tela ordinaria, a la que no le hice ninguna fiesta y más bien la dejé olvidada sin esperanzas de lucirla en ninguna faena de pelota. De súbito tuve la idea de pintarle listones negros, pero abandoné de inmediato la improvisación y la camiseta en los guardarropas se envejeció y no supe o no me acuerdo cuál fue su final. Nada raro que se hubiera utilizado para limpiar el poyo de la cocina.

 

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La locomotora Rocket, de George Stephenson, su inventor.

 

Más tarde, cuando empecé a escuchar comentaristas de fútbol de afuera, supe que el Peñarol tenía esa camiseta por los colores de una locomotora Rocket, inglesa, que estaba pintada de amarillo y negro. El equipo estaba asociado a los ferrocarrileros. No sé cuánto tiempo pasó y me olvidé de la casaca uruguaya, es más, me estaba gustando más la del Independiente de la industrial Avellaneda. Pero en la adolescencia, cuando entré a un equipo de ascenso, patrocinado por una empresa de calzado, el empresario decidió que debíamos jugar con la aurinegra, la del Peñarol, y entonces recordé los días en que mamá no pudo confeccionarme una parecida y a los muchachos que jamás volví a ver, que la lucían en aquellos cotejos sin pretensiones en mangas que ya no son. Tampoco existe el descomunal piñón ni sus “goleros”. Y en esa zona, todo está sembrado de casas y edificios de desconsolado diseño.

 

En el Peñarol, que ya poco me dice, jugaron Obdulio Varela, Juan Alberto Schiaffino y Alcides Ghiggia, figuras heroicas del Maracanazo. El piñón de oreja, con sus gallinazos mañaneros y del atardecer, es cada vez un recuerdo más borroso y la escuelita ya no está. A veces, no sé por qué, siento una vibración interior cuando me llega de improviso la imagen de una camiseta amarillinegra, la misma que tenía puesta cuando en el equipo de la empresa de calzado marqué un gol de chilena, que de nada sirvió porque no clasificamos a la final.

 

 

11-V-2019

[1] Manga, en algunas partes de Colombia, se denomina a los solares, baldíos o canchas naturales para jugar a la pelota. Especie de potrero.

 

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Obdulio Varela, histórico jugador del Peñarol y la selección uruguaya.