La calle de los meados

Mostrando IMG00698.jpg

Por Reinaldo Spitaletta

Una calle, ante todo, es un asunto sentimental (o patrimonial, si se quiere). Es un trazado para la palabra y la relación con otros. Más que una vía (y aquí surgirán los conceptos de transeúnte, peatón, etc.) es una confluencia de destinos. Sin vecindario, sin habitantes, solo será un camino desolado, sin carácter, vacío y de rutina. Hoy he vuelto a pasar por una que es solo para que circulen carros y uno que otro viandante, que lo hará rápido, tal vez acosado por la incertidumbre y por otros factores.

De la que ahora trato es la prolongación de la inevitable calle Miranda, que va a morir en las estribaciones del parque La Ladera. Está entre el espacio que deja el tanque Orfelinato y el paredón lateral de la escuela Hipólito Londoño Mesa y, claro, su elongación, la del viejo Orfelinato San José (fundado en 1908), que tiene capilla y antiguos corredores con barandas de madera. Es, podría decirse, la frontera entre los barrios San Miguel y Los Ángeles, entre las carreras 40 (que en otro lugar de la ciudad se llama Berrío) y 39 (Giraldo).

La calle tiene una suerte de terraplén de manga que sube hasta una acera. Aquí aparecen las mallas que preservan el tanque del acueducto. Sobre ella, un indigente tiene su posada, con trapos, cobijas, una silla vetusta y otros implementos de desecho. Al frente, una zanja, que se precipita al abismo en cuyo fondo nace el muro común del orfelinato y la escuela. Una baranda recorre este costado, separando el asfalto de un malezal, en el que hay dos o tres árboles tristes, a punto de apestarse. Lo primero que se siente es un olor agrio (a berrinche, decía antes las señoras), que penetra como una puñalada hasta los pulmones.

De ese mismo lado, hay colchones abandonados, sillas en derrota, papeles sucios, cartones desvaídos, uno que otro frasco de plástico, astillas de madera y un paisaje de abandono y suciedades. En el muro de ladrillo a la vista, un aviso con pintura blanca advierte: “No se orine en la calle”. La orden, ese imperativo hecho menos con majestad que desespero, es inútil. La calle hiede a orines. Otro día que por allí estuve, había un taxi con la puerta del chofer abierta: el taxista estaba meando. Se tornó meadero, tal vez por sus soledades. Porque no hay lugar para el mirón indiscreto. Y porque una meada no da espera, se dirá.

En la misma pared, un aviso dice que botar basuras allí es ilegal y que el que lo haga se hará acreedor a una multa. Otra perorata inútil. El basurero parece crecer cada día. Haciendo un esfuerzo infinito, me detengo en la mitad de la calle, que puede tener unos cien metros. Veo, en la parte alta, al hombre de la lleca que parece estar preparando un alimento. El tanque gris y mudo sigue ahí, impertérrito. En la esquina de Giraldo, veo una casa con entejado de tres aguas. Un aire de diez de la mañana transporta el hedor amargo de esta vía bien pavimentada.

Pasa una moto con dos ocupantes. El casco que portan no me permite saber si hay en sus rostros reacciones por el olor de los meados, que los últimos aguaceros no han borrado. A uno le da la impresión que de demorarse un rato más, saldrá de allí oliendo a orinal de cantina de mala muerte. Sigo el camino, y veo unos zapatos viejos al fondo del zanjón. Observo un poco más, y hay calzones de mujer y una pantaloneta raída.

Los techos de la escuela y del orfelinato están sin basura. La construcción, que ocupa una manzana (el frente da hacia el Parque Obrero), en otros días puede tener muchas voces infantiles, y quizá por sus corredores todavía se noten los pasos de las hermanas Dominicas de la Presentación, que en otros tiempos ofrendaron sus caridades y servicios en el hospicio. La zona, por lo demás, tiene varios conventos, la mayoría de Dominicas, e internados. Y la única calle sin casas es esta, en la que me detengo en esta mañana de Jueves Santo a martirizar mis ojos con una visión apocalíptica de desechos, y mi olfato con el hedor de la orina pública.

¿Cuántos tipos se habrán meado aquí? ¿Quiénes son los que traen sus colchones desmirriados para arrojarlos a un lado de la escuelita? ¿Quién es el hombre que habita en la acera alta? Sigo mi camino, sin mirar atrás, no sea que me convierta en urea. Aunque, de seguro, ya el olor ha penetrado en mi camiseta y en mi pantalón corto de deporte. Esta calle de los meados y el basural, es calle porque en ella habita un solo sujeto, y porque los rescoldos y el olor ácido son huellas humanas. De humanos muy cochinos, no faltara quien diga.

(Escrito en Medellín, 2 de abril 2015, antes de la última cena)

Anuncios