La descolorida burocracia y algunas referencias a Kafka

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

En El Proceso, Kafka la pulveriza. Y también en otras de sus obras. Y Orson Welles, ese hombre ancho y alto, que en 1938 estremeció a los neoyorquinos con la transmisión radial de una ilusoria invasión marciana, la muestra, basado en la novela del solitario de Praga, con todos sus pasillos infinitos plenos de papeles y sombras, en una creación fílmica electrizante que retrata a la burocracia como es: en blanco y negro. Porque, para ser precisos, esa élite del poder no tiene las propiedades del arco iris. No es colorida. Es sórdida. Tenebrosa. Incluso, el mejor cromo para pintarla es el gris, que es, en cierto sentido, el color de la tristeza. Y del invierno. Y de la vejez.

 

Burocracia y poder, dos caras de la misma moneda. Papeleos y escritomanías y sellos y ganchitos de cosedora y autógrafos no solicitados. Tramitomanía. Una sensación de náusea ligada a ella. Burocracia. A la que Marx (no Groucho sino Karl) denominó como una entorpecedora del desarrollo normal de los mecanismos sociales. Parásito de la sociedad. Suplantadora de la gestión democrática. Lo advierte el autor de El Capital en su Dieciocho Brumario de Luis Bonaparte. Burocracia: monstruo multicéfalo. Algunos, hace años, con cierto ingenio macondiano, la bautizaron “burro-cracia”, con lo cual, en esencia, propinaron un insulto a ese cuadrúpedo útil y simpático, que numeroso se pasea por las sabanas calurosas de la costa Caribe.

 

Benedetti –seré curioso, señor ministro, de qué se ríe- la caracteriza en El Presupuesto. Y Orwell la vapulea cerdunamente en Rebelión en la granja. Y cantando, Maiakovski, el futurista, el mismo que se suicidó a los treinta y seis años, cuando ya había escrito varios volúmenes de poesía y obras de teatro y guiones cinematográficos y decenas de artículos, Vladimir, el dibujante, la vuelve trizas con sus versos revolucionarios:

 

“Como un lobo / devoraría al burocratismo. / A las credenciales no les tengo respeto. Todos pueden irse al diablo… / cualquier papel, el que sea, / pero éste…/ por el largo frente / de cupés y camarotes, / un funcionario / se mueve saludando. / Todos entregan sus pasaportes / y yo entrego mi librito escarlata…”.

 

La burocracia, nutridora, sin proponérselo, del arte de las letras. Y de las Leyes de Parkinson, burladoras e inteligentes, que ridiculizan la acumulación de cargos, el despilfarro de recursos públicos y la inercia administrativa. El número de funcionarios crece en razón inversa al trabajo que se va a realizar, dicen, con ironía. Por supuesto, que la burocracia en sí misma no es mala. Ni buena. Simplemente, existe. Imperios lejanos en el tiempo basaron su funcionamiento en “ese sistema de organización particular del aparato de Estado”, al decir de Poulantzas. Egipto, Roma, China, la padecieron. Y la desarrollaron, para su desgracia.

 

En realidad, no hay nada más desolador que enfrentarse al poder de las oficinas. Se siente uno desvalido. Como un insecto. Como un Gregorio Samsa. No hay nada que pueda contra esa estructura demoniaca. Es como envejecer y morir Ante la ley, según el relato kafkiano. Burocracia inconmovible. Como aquella que condenó al hombre de Kiev (¿recuerdan la obra de Malamud). O como aquella otra que martirizó a Iohann Moritz, protagonista de La hora 25.

 

Una firma allí. Un ganchito allá. Un sello en la ventanilla del fondo. Traiga dos fotocopias de la cédula y un retrato suyo actualizado y registro de matrimonio y partidas de defunción, y según este documento usted está muerto y es un aparecido, fantasma, espanto, usted no existe, hay que hacerle otra vez la autopsia, de cuál cámara de gas se fugó usted, traiga dos testigos que puedan afirmar que usted está vivo, y después suba al piso 13 (¿usted no es agorero, cierto?) para que el notario verifique, y traiga más firmas autenticadas pero vaya y pague primero en la caja, y ese antiséptico olor a palacio gubernamental, y las filas perpetuas, y vea que nadie cree que fue el sol el que obligó a Mersault, pobre hombre, a dispararles a los árabes de la obra de Camus. Una locura.

 

Burocracia. Inventora de pasos (primero vaya allí, luego allá, y más tarde acullá) y de pasillos. Temerosa de la eficiencia y del trabajo intenso. Pero necesaria al poder. A Max Weber le mereció muchos estudios y desvelos. Hasta para entrar al cielo se requieren ciertas firmas. Y para el infierno, también.

 

Frente a ella, inmensa y desabrida, uno se siente culpable. Y extraño como un negro en el séquito de la reina Isabel. Es ella, la burocracia, con sus infinitos tentáculos, un laberinto del que nadie puede escapar, que ni el hilo de Ariadna nos sirve. Estamos condenados como Joseph  K. Y nuestro único alivio es ponernos a pintar, como en la antigua escuelita, decenas de arco iris mientras hacemos turno para llegar hasta el fondo y el subfondo, ventanillas con ceño adusto, en la que una voz nos dirá, sin consideraciones: “Ya es muy tarde. Vamos a cerrar. Vuelva mañana”.

 

Advertencia: esta nota, con variaciones, la escribí hace 25 años (1988). La burocracia ha empeorado, pero por fortuna seguimos leyendo a Kafka, a ciento treinta años de su nacimiento.

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