Atardecido paisaje de Año Viejo

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Me fui a traficar con el paisaje, que es lo que más abunda en el mundo, según Saramago, y no pude venderle a nadie (tampoco lo ofrecí, caray) un atardecer de incendio de Año Viejo. Estaba en un lugar montaraz, quizá el mismo donde un expoeta nadaísta quiso comprar, hace tiempos, treinta centavos de arreboles con flores de sietecueros y hojas peludas y venosas que cubren alambradas de púas.

 

El último atardecer del año, visto desde el oriente rural de Medellín, entre bosques nativos y cantos de pájaros vespertinos, tirado en la manga, a la espera de que los mosquitos se dieran un banquete con mi sangre sin alcohol, solo por observar los cambios de luces del cielo, en el poniente anaranjado, violeta, rosado; y de súbito, sobre ese lienzo lejano, de horizonte en ocaso, un mar celeste. Sí, un mar de colores cambiantes, con islotes oscuros. Y ninguna embarcación.

 

Pudo ser un modo de volver a la infancia perdida, cuando las nubes eran ogros y princesas, osos y hadas desnudas, y tirarse en la hierba, bocarriba, era como un desafío a la imaginación. La luz del Año Viejo me recordó antiguos días de juegos callejeros y bolsillos con bolas de cristal, de tiempos sin tiempo. Había en aquella acuarela atardecida, barquitos de papel y naufragios de esquina de barrio.

 

Creí ver un alcaraván entre un sembradío de lechugas Batavia. Luego, un globo atravesó el cielo luminoso y el aire frío me hizo frotar las manos. Pensé en echarme parte de aquella visión al bolsillo de atrás, donde años ha guardábamos sapos y pitas para trompos sin baile. Ninguna picadura hasta ese momento, tal vez porque la loción repelente estaba funcionando. Me pareció que les estaba jugando sucio a los mosquitos y que no era legítimo alejarlos de ese modo, con una especie de guerra química, pero no había tiempo de ponerme a luchar con ellos. Y perderme el cambiante cielo, el último cielo de 2015.

 

Debía memorizar a toda velocidad, más baja que la de la luz, claro, la mutante escenografía celestial, que ya no era de mar e islas, sino que tenía la forma danzante de una mujer desnuda, hecha de pequeñas nubes y colores crepusculares. El viento, cada vez más helado, movía las hojas de los árboles que ya no eran verdes, sino de tonos incandescentes, que parecían quemarse en cañadas y altozanos.

 

A quién pudiera venderle estas imágenes: a los invisibles ladridos de perros, a las detonaciones de cohetes de despedida, al lejano brillo de la ciudad que apenas se vislumbraba muy abajo. Quién querría comprarme el último atardecer, si todos igual pudieran venderlo, o robarlo, o quedarse alelados con la gratuidad del cielo y las ondulaciones de las montañas.

 

Tal vez en otros días, por estas breñas hoy casi urbanizadas, hubo voces de ángelus, oraciones para recibir la noche, campesinos cansados buscando cama cuando en los alrededores no había torres de energía. Ahora, merodeaba por una vereda con carretera solo para carros, sin espacio para caminantes, un tipo que quería robarse el paisaje para vendérselo a los citadinos, con el pretexto de que se trataba de la última pintura celeste del Año Viejo.

 

De pronto, ya no había mar y la variada paleta de rojedumbres y violetas y amarillos de llamarada se había esfumado. Había olor a grama y a exiliados eucaliptos. Las sombras convocaron nuevos cantos. De no sé dónde, llegaron sonidos de músicas tropicales que despedían el año. No pude convertirme en contrabandista de paisajes de la última tarde del año y entonces esperé sobre la grama oscurecida la luz de las nuevas estrellas.

 

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Peligrosa flor de bello nombre

Por Reinaldo Spitaletta

 

Es, a simple vista, una seductora flor de cinco pétalos, color amarillo-incendio con un ojo morado oscuro en la mitad, que de lejos parece negro. Se instala en cercados, asciende con certidumbre en árboles y arbustos, se riega por los campos, atraviesa puentes. Camina. Se extiende. Invade. Pero qué bella es y tiene un nombre popular de encanto: Ojo de poeta. También, en otras latitudes, la llaman Susana de los ojos negros, Ojo de Venus, y alguno con seguridad le cantará con los versitos de una cueca chilena: yo vendo unos ojos negros, por traidores y hechiceros. Y porque, ya veremos, pagan mal.

 

El paisaje frío de Santa Elena, con carates, siete cueros, arrayanes, mortiños, hortensias y con otras plantas que integran los bosques nativos, salpicados por extranjeras coníferas, está avasallado por el Ojo de poeta, que mira desde paredes y alambradas, con su vista oscura, que puede fulminarte si te quedás mirándola con atención, que ni siquiera Perseo se salvaría. Ojo de poeta, qué nombre atractivo. Pero puede resultar peor que la Medusa del mito no solo por su mirada, sino porque es una suerte de atentado contra la naturaleza, hecho por la naturaleza misma, ¡qué paradoja!

 

Ojo de poeta, flor exótica; además, cualquiera se enamora de ella, mujer con dotes de impostura; es, según dicen botánicos y gentes especializadas en florestas, una herbácea malévola, nativa del África y que no se sabe (bueno, puede que sí, yo no lo sé) cómo llegó a estas geografías de Antioquia, como la de la muy florida Santa Elena, donde habita por doquier. Si vas por Arví, ahí está. Si caminás por la vereda El Placer, la encontrarás a granel. Si te metés por Mazo, no faltará en abundancia. Le “tira pupila” al caminante con fijeza de toro bravo, lo hace detener, y por más que se la quiera ignorar, es inútil. Su fuerza es irresistible.

 

Hace tiempos, leí un bello libro de la catalana Mercè Rodoreda , Viajes y flores, y me parece ahora, cuando me he puesto a pensar un tanto en estas bellas flores, que pueden ser asesinas; si ella, autora de La plaza del Diamante, las hubiera incluido en sus relatos brevísimos, en los que aparecen flores solas y enfermas y negras y de vida, y muchas más, como la flor fósil, o la de Matusalén, tal vez le hubiera conferido el nombre de flor invasiva.

 

El Ojo de poeta todo lo invade. Y si bien se ve hermosa enredada en las alambradas, puede asfixiar árboles y arbustos. En primera instancia, insisto, es una flor inofensiva, amable, que puede sonreír. Mujer coqueta. Bien armada de artimañas para el ejercicio de la conquista. Hay gentes, que embelesadas por tantos fulgores, las siembran en macetas, en antejardines, cerca de las huertas, y cuando se enteran de que su presencia vasta es incontenible, ya es tarde.

 

Es una arribista. No se para en mientes frente a nada. Va, sin que le importen las resistencias. Al fin de cuentas, todos caerán en sus brazos. Y morirán asfixiados, ante esa planta que serpentea, corre y recorre, camina, sube y sube, atrapa. Dicen los lugareños que el Ojo de poeta, como una boa constrictor, deja sin aire a las otras plantas. Las comprime. Un empresario agrícola de la vereda El Placer, Édgar Escobar, me dijo con cierto aire de preocupación, pero a su vez de apocalipsis, que parecía que a esa planta la hubieran arrojado desde el cielo con el propósito de arrasarlo todo, y en su conversa no pudo eludir a Monsanto, una transnacional peligrosísima, que produce la denominada “semilla del diablo”, como la llamó alguna vez un presentador gringo.

 

En un blog, que se llama precisamente Ojo de poeta, su autor, Juan Raúl Navarro, al describir la planta y sus propiedades, dice que “con tristeza, advierto su presencia en árboles solitarios y en bosques que morirán por su abrazo si quienes los albergan en sus predios no son advertidos de esta amenaza y toman medidas para detenerla…”.

 

La Thunbergia alata, que es su nombre científico (siempre menos bonito que el nombre vulgar),  es una trepadora de rápido crecimiento. Le gusta abrazar, más que a cualquier sierpe, y mostrarse, exhibirse, que es vanidosa y casquivana. Parece una flor que quisiera tragárselo todo. Incontenible. Insaciable. Le gustaría devorarlo todo y que solo fuera ella la visible, la perdurable, la que reine en los bosques nativos que, para su modo de ser tan arrasador, le estorban en su camino. Quiere subir al cielo (eso parece) de donde pudo haber caído para hacer creer a los incautos que es una flor milagro, cuando se trata en realidad de una flor homicida. Hermosa y con una colorida poesía, que, en ocasiones, como para despistar al enemigo, tiene nombre de mujer.