El milagro de las palabras*

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Por Reinaldo Spitaletta

 

 

En un sonoro poema de Edgar Allan Poe, un cuervo repite un estribillo melancólico: “Nunca más”. El hombre es el único ser de la naturaleza dotado con la palabra inteligente, no la palabra mecánica del loro, o del cuervo, o de la urraca, sino con un instrumento complejo que lo diferencia del resto de animales. Y lo encarama a la parte más alta de la evolución.

 

Con las palabras, si son creadoras, el ser humano puede alcanzar la dimensión (y la condición) de un dios. Suena a prepotencia y a herejía, pero es una verdad de fácil demostración. Las cosas empiezan a existir cuando las nombramos. El nombre no es solo signo de identidad, lo es también de vida, de ocupar un lugar en el universo. Por eso, con las palabras se crean mundos y personajes, historias y hasta monstruos de la razón y la sinrazón.

 

Acordémonos que Dios, el hebreo, el del Génesis, crea mediante la palabra. A su pronunciación aparecen las cosas y durante seis días se dedica a esa labor colosal de fundar el mundo mediante el verbo. “Hágase la luz…” y de inmediato las sombras se apartan para dar paso a la claridad, a un mundo visible. Con la palabra podemos hacer oscuridades y soles, hombres y fieras, jardines y selvas vírgenes.

 

Sin la palabra creadora no existirían ni Moisés, ni don Quijote, ni Úrsula Iguarán, ni los caballeros medievales, ni aquel otro que solo era una armadura sin nada por dentro. La palabra crea imágenes. Y sonoridades. Las palabras duelen y festejan. Son posibilidades para mejorar el mundo y a nosotros mismos. ¿Qué imagen nos llega cuando pronunciamos la palabra cristal? ¿O campana? ¿O acuarimántima?  Múltiples imágenes: visuales, sonoras, olfativas… Sin la palabra no hay lugar a la imaginación. El miserable mundo, sin ellas, sería tenebroso y sin memoria. Qué tal llegar a olvidar el nombre de las cosas y nuestro propio nombre. Qué tal caer en una amnesia colectiva, estar siempre navegando sobre las aguas del Leteo.

 

El desconocido (e impronunciable) nombre de Dios dio origen al gólem. Borges y Meyrink lo supieron. Qué sería de aquel hombre que, sentado en un templo, enmudece de pronto y no puede comunicarse con la deidad, que ya no puede decir “padre nuestro”. Ese es el infierno. Un lugar donde no hay palabras, en el cual nadie puede comunicarse, sino sucumbir ante un silencio que no es musical, sino doloroso. El desamparo. Lo enceguecedor.

 

El paraíso, entonces, es ese lugar (o no-lugar) en el que seguimos teniendo el privilegio de la palabra. Nadie, si conocemos los secretos de la palabra, nos puede expulsar de él. La palabra es una conquista, un ascenso hacia la libertad y hacia el conocimiento de mi semejante. La palabra es vida.

 

Filón, griego y judío, anunciaba que las palabras crean las cosas. Palabras como hálito, como una propiedad de las deidades para crear y permanecer. El verbo es una suerte de taumaturgia, una mezcla de fórmulas e ilusiones, que devienen una alquimia de novelas y cuentos. ¿Cómo suena el esplín en la ciudad? ¿Y la italiana noia? ¿Qué palabras se quedan en los nidos y qué otras van tras el vuelo de las golondrinas?

 

En este recorrido que vamos a emprender, en una caravana verbal, con beduinos de desiertos imposibles, con donjuanes de conquistas a punta de palabras y no de espadas, nos encontraremos con el portento de Scheerezada, la que a bien tuvo, por su cultura, por sus viajes, por su audacia, salvarse gracias a las palabras. A las creadoras y encantadoras palabras. Y seguro viajaremos por mares desconocidos, antiguos, medievales, en los que había leviatanes y una zoología fantástica. Como el calamar de Verne. Como la ballena de Melville, portentos de un siglo de ciencias y revoluciones artísticas.

Caminemos hacia la luz. La palabra nos guía. La creadora palabra nos ilumina. La peligrosa palabra, que es antorcha y chispa que puede prender las praderas de la imaginación, nos hace ascender por una escalera al cielo. O al infierno, que también está hecho de verbo.

 

*(Introducción del libro Sustantiva Palabra, Reinaldo Spitaletta, Editorial UPB, Medellín)

 
 Sustantiva palabra 001

 

 

 

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Mantra

 

 

 

Cuatro letras las primeras que pronuncié

incompletas porque la lengua pesaba

acostumbrada a tener

una rosa de leche en los labios

la palabra se asoció a una cara rosada

una melena rubia

unos ojos carmelitas sin hábito

cuatro letras primer mantra

Crecieron las palabras

la primigenia prevaleció en escondites

en refugios antibombas atómicas

en las esquinas en las que otras palabras

llamaban con mi nombre

ven a casa, coge una flor, vive ahora

no me olvides mañana

Crecí con las palabras

pero la primera no se diluyó en el olvido

se enterró sí en un exilio sin retorno

y hoy es apenas un recuerdo

memoria sin llanto

una rosa láctea

Evocación sin lágrimas

que fue lo que pidió al marcharse

recuérdame con alegría

aleja de mí lo triste

que cuando llegaste

mi cara solo era risa.

 

Reinaldo Spitaletta

 

 

 

El dómine

Por Reinaldo Spitaletta

Parece, según dicen lenguas viperinas, que en otro tiempo era tartamudo y se propuso curarse el defecto, mas no como Demóstenes; y en vez de echarse arena o gravilla en la boca y ponerse gritar al frente del playón de una quebrada (riachuelo, dirá él), se empeñó en leer diccionarios para aprender las palabras más raras —otros llaman rebuscadas— a fin de impresionar a sus posibles oyentes, y, sobre todo, con el afán de dar a entender que se está tratando con un erudito en la lengua y un elegante en el decir. De tal modo, emplea lo más granado del repertorio palabril, sin caer en populismos, y menos todavía, en demagogias verbales (así dice). Para darle más caché a sus intervenciones, vocaliza con exageración y da la idea de que sus dientes saldrán disparados o que su lengua se podrá salir hasta quedarle colgando, casi a guisa de corbata.

 

Entona con prosopopeya, y siempre buscando no caer en lo prosaico, las frases con modulaciones, notas altas y bajas, luego mantiene una línea sonora, cuidándose, eso sí, de no incurrir en monotonías. Cuando saluda (y él escoge a quién), acompaña las palabras con movimientos discretos de cabeza, medio sube el mentón y entorna los ojos. Le interesa no parecer vulgar, lo ordinario lo descontrola y desprecia a aquellos que usan lenguaje simplón y aumenta su desdén cuando escucha habladurías de verdulera o de tienda sin mucho surtido.

 

Sabe de gramáticas, bueno, es lo que dice, se concentra en sintaxis y siempre intenta, y a fe que lo consigue, hablar con el orden lógico, nada de hipérbaton (es su expresión), que da a entender tal desorden que no se piensa al emitir un discurso. Uno debe —dice— utilizar palabras que no son del uso común, porque, además de mostrar conocimiento del idioma, puede darles a los otros elementos para que eleven su nivel de dicciones y parlamentos. Sí, señores y señoras, la lengua es rica y nada más agradable que estar esculcando el diccionario para ponerlo a actuar en conversaciones. Así dice, cuando se le pregunta por qué no usa un lenguaje más asequible, mirá que podés ser más amigable y llegar a más gente. No, ni riesgos, esas recomendaciones no las atiende y se molesta cuando uno, o cualquiera, le pide que le explique cuáles son los significados de las palabras, es decir, de buena parte de las que acaba de articular.

 

—Qué es eso de acentuar y conjugar a la bartola verbos como mirar, poder, meter y así hasta casi el infinito: no digan mirá, besá, abrazá, meté, no, qué horror, no castiguen la lengua. Así no se habla.

 

Para hacer un retrato más cabal del señor alto, regordete, mofletudo y de zapatos muy bien embolados, es interesante saber que su léxico se enriquece a diario, y así como ahora utiliza, por ejemplo, para decir “vamos a la puerta”, él hace giros y advierte que suena mejor pronunciar: “acerquémonos con sigilo y asomemos nuestras anatomías, incluidas nuestras almas, al umbral con dinteles y marcos y jambas, que, si observan con cuidado, está descaecida su pintura y es hora de otorgar una capa de esa sustancia cuya textura, muy espesa si no se le ha mezclado disolvente, se estila para darle color a esta parte de la casa que se llama…, ¿se acuerdan en la edad primera de una adivinanza?: María va y María viene y en un punto se mantiene”.

 

Le gusta que su modo de hablar esté acorde con el vestuario. Casi siempre, y así haya solazos, calores y sofocos, está de corbata, saco y pantalón con rayita bien delineada. Las camisas, de fina tela, casi siempre claras, tienen botonaduras forradas o brillantes, según el caso. Los puños rígidos, con mancornas. Se realiza el corte de pelo cada quince días (eso dice), porque hay que estar impecable por dentro y por fuera. Nunca se le ha visto de pantaloneta o sudaderas, y se cree que jamás ha pateado un balón o se ha puesto a corretear en una manga. Le parece una vulgaridad el fútbol y se mantiene muy acongojado (esto cuando escucha la radio) con casi todos los programas, por “la pobreza verbal de los locutores y porque casi todo está hecho sin gusto”. Siempre mantiene libritos en los bolsillos de la chaqueta y dice que si hubiera podido, cuando era apenas un retoño fresco y pleno de lozanías, haber estudiado en un seminario sería hoy un sacerdote de postín con una enorme capacidad de llegar a la feligresía con palabras finas, como una especie de antídoto contra el venenoso pecado.

 

Algunas señoras, cuando él da la vuelta, sueltan risitas y se riegan a decir “qué tipo tan fastidioso”. “¿Qué se creerá?”, “¿acaso es de mejor familia?”, “¡qué plomazo!”. Y así por el estilo, abundan las resistencias contra su presencia “llenadora” y su impostada finura. No ha faltado el que, con la certidumbre que le da el saber sin pretensiones, afirme que se trata de un lechuguino postizo, un dandi sin pedigrí, un posudo de mierda que tiene complejo de superioridad, vanidoso, vacío y sin fondo. Cada vez, el verboso pierde cartel en el barrio (al que, en general, él desprecia) y los muchachos del vecindario ya lo tienen como un atorrante, al que un día sería bueno (se rumora) mandarle a algún desvergonzado a que le recite todos los insultos callejeros que en el mundo han sido.

 

 

 

 

 

El café de Emilio

Por Reinaldo Spitaletta

Mire cómo cambian de colores según hablen de fútbol o de amores perdidos; se les va incendiando el rostro, las palabras se deslizan por precipicios o ascienden por torres de energía eléctrica. Es lindo verlos conversar. Ahí no más, en el café de la esquina, el de don Emilio, que es un señor muy sabio porque conoce cómo la cerveza les cambia el color de la cara a los clientes, es donde la conversación de barrio es un espectáculo.

Cuando voy, me pongo al pie del mostrador y es don Emilio quien me indica cómo es de reconfortante para él sentir la transformación de la gente al calor de una charla entre mesas metálicas y taburetes desteñidos. Hay contertulios, pálidos al principio, a quienes se les notan los cachetes colorados. “Es lindo ver cómo les sube el color”, dice.

Es un café sin música. Raro sí, porque los otros del barrio tienen pianola. “La música es la gente”, agrega, sin pretensiones, mientras me sirve una cerveza. Don Emilio, de delantal blanco y camisa roja, tiene manos gruesas, un anillo de piedra negra y una argolla matrimonial. En una pared, con neones rojos y azules, se lee: Café de Emilio, y cerca del aviso, cuadritos de equipos de fútbol, con uniformes decolorados, que dejan adivinar, sin embargo, que antes pudieron ser rojos o verdes. A veces, hay parroquianos que conversan en torno a las figuras, también deterioradas, de los cuadros. Los que de esto hablan, parecen sentir pesar de que el tiempo aquel se hubiera marchado.

La concurrencia junta sus voces y a veces hay un maremágnum de palabras que flota en el ambiente. Hay un hecho llamativo: las palabras, regadas, a veces algunas escondidas bajo las mesas, van pintando el lugar. Unas veces son amarillas, que corresponden, según don Emilio, a aquellas que se dedican al trabajo. Otras, violetas, cuando se habla de parientes muertos o de amigos que se han ido. No faltan las rosadas, de amores primeros, de amores que ya no son. Ni serán. Y están, ahí, volátiles, a veces chocan contra las paredes, las rojas, de pasiones intensas, de discusiones políticas o de religión.

Y las multicolores, se refieren a palabras de futbolerías. Por eso, el café de don Emilio no necesita pintura. Ni decorados. Está hecho para que los otros, los que allí discurren, se conviertan en artistas y cada vez, en cada encuentro, puedan crear en el lugar paisajes íntimos y luminosos.

Pintura de Carlos Manuel Mena Soiza