Las cucarachas

Por Reinaldo Spitaletta

Cuando un lector se enfrenta a aquello de que Gregorio Samsa, tras un sueño intranquilo, se despertó una mañana convertido en “un monstruoso insecto”, puede que frene de súbito y no siga leyendo porque considera que se trata de un absurdo. O, por el contrario, suceda que no pare hasta el final del gran relato de Kafka. Algunos piensan que el hombre de la ficción se transformó en un escarabajo. Yo creo que se mutó en cucaracha, que para algunos, o muchos, sí es, en efecto, un insecto monstruoso.

Aprendí, desde temprana edad, a presentir las cucarachas, tal vez como una especie de sensibilidad paranormal. En la oscuridad, sabía que había una muy cerca de mi cama, en el nochero, en la pared. Sentía su olor particular, poco agradable, y entonces me levantaba sobrecogido, prendía la luz y ahí estaba el insecto, con su aspecto de burla, su curiosidad manifestada en las antenas móviles y sus patas largas y espinosas (que las había sentido en otros días o noches en mi brazo, y aun en la cara) y dispuesto a no dejarse aplastar. Cuando intentaba un movimiento de agresión, se fugaba y se metía debajo de la cama, o se iba para la parte más alta de la pared, en fin, que el caso era que a mí me daba lástima de buscarla y de propinarle un chancletazo.

A veces, pedía ayuda a mis hermanos, que dormían en otras piezas, o a mamá, que se había vuelto experta en matarlas a punta de zapatazos, para que vinieran en mi ayuda. Digo que no era porque no fumigáramos o rociáramos la casa con algún veneno en polvo. Las cucarachas, lo supe con el tiempo, son inmortales.

Las cucarachas, que las hay de diversos tamaños y tonalidades, se han vuelto domésticas en muchas partes del mundo. Y me parece que, hasta ahora, no hay ningún método efectivo para erradicarlas del todo. Hay unas que parecen patinetas y tienen capacidad de vuelo, sobre todo en la oscuridad. O al menos, así eran las que aparecían en una casa del barrio El Congolo, en Bello, donde habitamos por cerca de tres años. En las noches de calor, uno sentía, en las tinieblas, su vuelo aterrador y sabía que aterrizarían en la cama o muy cerca de ella. A veces, volaban de un cuarto a otro, y se armaba una escandalera. “¡Allá va!”, gritaba alguno. El monstruo a veces se posaba sobre mi cama.

Alguna vez, papá llevó a casa unos panes de exquisita apariencia. Cuando los probamos, nos supo a lo que olían las cucarachas. “Pan cucaracho”, los bautizamos. Sobra decir que hubo que botarlos, en medio de risotadas, náuseas y escupitajos. Durante muchos años, fueron motivo de conversación y recocha familiar.

Pacho Restrepo, un arquitecto, me contó una vez que en una finca de Fredonia, donde él con sus amigos fue a temperar, comenzaron a sentir, en la oscuridad, una especie de murmullo aterrador. Una presencia vasta, que se movía en las paredes y en el piso de madera. Aguzaron los oídos y ya no tuvieron duda: había una amenaza. Cuando prendieron los bombillos, la visión fue apocalíptica: centenares de cucarachas habían invadido la casa. Huyeron todos en mitad de la noche.

Fernando Ospina, que en paz descanse, nos relató que en otra finca, tal vez en Jericó, hubo una fiesta embriagante. Uno de los invitados, borracho, se quedó dormido en la manga. Cuando despertó, parecía un poseso. Gritaba y se llevaba las manos a la cabeza, con desespero: “¡qué es ese ruido infernal. Me voy a enloquecer!”. Lo llevaron al hospital. Una cucaracha se había metido por una de sus orejas.

Tal vez la descripción más espeluznante sobre estos insectos, de los cuales hay más de cuatro mil quinientas especies en el planeta, la hizo el periodista polaco Ryszard Kapuściński, en su libro Ébano. Una noche, en una habitación de pánico, al encender la luz se encontró con un espectáculo electrizante: las paredes, el piso, la mesa, la cama, estaban repletos ¡de cucarachas!, pero no eran cualesquiera cucarachitas. Eran enormes. Del tamaño de una tortuga. Y peludas. Con bigote. Las cucarachas africanas tienen su vaina.

La cucaracha, a los que los mexicanos de la revolución le compusieron un pegajoso corrido, tiene pocos amigos. O ninguno. Es asquerosa y vector de enfermedades. Dicen (a modo de leyenda urbana) que después de que la humanidad sea destruida por las bombas nucleares, o por el recalentamiento solar, las cucarachas seguirán vivas. En la película Papillon (basada en el libro autobiográfico del mismo nombre, de Henri Charrière), Steve McQueen, que funge de protagonista, se come viva una cucaracha.

Digamos, además, que las cucarachas no han tenido buena prensa. Son las putas del paseo. A veces, son capaces de simular la muerte, patas arriba. Ah, y también mueren así (cuando no son aplastadas), volcadas sobre su “lomo”. Creo que a Gregorio Samsa no le hubiera ido tan mal si se hubiera metamorfoseado en escarabajo. Pero es que convertirse en cucaracha sí es una auténtica desgracia.

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