Mayo del 68, la juventud en la historia

(A 50 años de una gesta imaginativa que visibilizó a los jóvenes del mundo)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

El mayo francés fue la coronación apoteósica del surgimiento de la juventud, en la década de las agitaciones sociales y la revolución sexual, como protagonista de la historia. Los sesentas, con sus hippies y la marihuana, con su rock y los iconos revolucionarios como el Che y Mao, reventaron viejos paradigmas y propusieron una manera distinta de ver el mundo, de intentar transformarlo en sus estructuras y relaciones. Y aquella consigna de principios del siglo XX, en la agónica Rusia zarista en trance de ser sol rojo, Todo el poder a los soviets, el 68 la trocó por “la imaginación al poder”.

 

Los sesentas parieron una nueva cultura juvenil, en medio de las tensiones de la Guerra Fría, la carrera espacial, la confrontación ideológica entre socialismo y capitalismo y las gestas de liberación nacional de países de África, América Latina y Asia. Nuevos sonidos, el arte pop, la minifalda, la píldora anticonceptiva y las ganas de liberar el cuerpo de ataduras morales, marcaron el carácter de millones de jóvenes, que, a su vez, en medio de las guitarras eléctricas y el ácido lisérgico, también se politizaron, en particular con las protestas que nacieron por la invasión estadounidense a Vietnam.

 

Los jóvenes, inmersos en un frenesí de nuevos discursos, se erigieron en iconoclastas, en seres que, a diferencia del joven romántico decimonónico, no les interesaba tener una muerte heroica, sino vivir para decir que el mundo era suyo. “No vamos a pedir nada. Tomaremos. Ocuparemos”. No estaban hechos para que les prescribieran prohibiciones, ni para pasar inadvertidos o ser parte de la grey. Querían ser ovejas negras. Y el mundo de entonces se prestaba para la creación de una contracultura. Sexo y drogas, pero, a su vez, manifestaciones de descontento social, fueron una especie de hermandad de motivos entre los muchachos que se visibilizaban mediante el ejercicio de la rebeldía.

 

Los sesentas eran un coctel de marxismo, anarquismo y existencialismo, mezclado con el surgimiento del nuevo feminismo y de la reivindicación de los homosexuales (en Inglaterra, por ejemplo, se despenalizó la homosexualidad en 1967). Se juntaron, además, las protestas contra la segregación racial y el interés por la individualidad, por no ser masa consumidora. Y así, ser joven era ya una conquista, una evidencia de la validez de las utopías y los sueños de transformación del orbe.

 

Los jóvenes, a diferencia de generaciones anteriores, estaban inmersos en la politización. Su interés, además de conmocionarse con las nuevas armonías y ritmos, se extendía hasta lo que acaecía en China con la revolución cultural o en Europa Oriental y la URSS con el llamado “socialismo real”. Y, sobre todo, la brutalidad con que Washington sacudía a un país del sudeste asiático, los exacerbó y enfureció, que, aun dentro de los Estados Unidos, las juventudes marcharon con intrepidez para condenar la invasión a Vietnam.

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La indignación universal por el atropello a un país arrocero, pacífico y que ya tenía experiencias de batallas anticolonialistas en su historia, se apoderó de las juventudes. La resistencia vietnamita tenía en jaque al mayor imperio del mundo. Y el líder de ese país, el poeta Ho Chi Minh, se erigirá como otro de los símbolos contestatario de los estudiantes, en particular los universitarios, que van a tener en América Latina una cantora para sus faenas libertarias: la chilena Violeta Parra (se suicidó en 1967) con su “Que vivan los estudiantes, jardín de nuestra alegría, son aves que no se asustan de animal ni policía”.

 

Los bombardeos, la aspersión del agente naranja (guerra química) para deforestar la selva vietnamita, los ataques con napalm y la masacre de civiles en diversos poblados, en particular la de la aldea de My Lai (aunque esta atrocidad se supo después, en 1969, por la investigación periodística de Seymour Hersh), condujeron a jóvenes del mundo a despertar su solidaridad con Vietnam. A principios de 1968, los Viet Cong lanzaron una contraofensiva y en Saigón se apoderaron de la embajada estadounidense e izaron la bandera nacional en el techo. Los muchachos de todas partes celebraron la hazaña.

 

Mientras en Estados Unidos los de los guetos negros sacudían al sistema segregacionista y surgía el Black Power, en la Universidad de Nanterre, en Francia, las manifestaciones estudiantiles, dirigidas por dos Danieles: el Rojo (Cohn-Bendit) y Bensaïd, eran como un vaticinio de lo que vendría como desafío al gobierno de Charles De Gaulle, presidente de la Quinta República. El Movimiento 22 de marzo estalló y fue la chispa que encendió la pradera francesa. Los universitarios pidieron, primero, reformas en distintos aspectos (el de las residencias estudiantiles, por ejemplo) y luego corearon la necesidad de una revolución social.

 

El 22 de marzo, más de un centenar de estudiantes se tomaron la torre central de la Universidad de Nanterre, suscribieron un manifiesto con reivindicaciones políticas y estudiantiles, en una mezcla de tendencias que acogía comunistas, anarquistas, libertarios, “indignados” y otras especies. El 3 de mayo, las autoridades universitarias cerraron Nanterre y el movimiento se extendió entonces a La Sorbona. El 7 de mayo, miles de universitarios desfilaron por el Arco del Triunfo, coreando el himno La Internacional: “arriba los pobres del mundo / de pie los esclavos sin pan…”. Se desadoquinaron las calles parisinas (“bajo los adoquines, la playa”, decía un grafiti) y el 10 de mayo las barricadas se levantaron en el Barrio Latino. Ardía París con la energía revolucionaria de los jóvenes.

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Pero la marejada de protesta no solo se agitaba en Francia. Casi toda Europa, con mayor o menor intensidad, vivió el maremágnum universitario. En Checoslovaquia, a partir de enero del 68, se produjeron cambios en la política y líderes comunistas, que habían sido héroes antifascistas en la Segunda Guerra, proclamaron —a pesar de Moscú— un “socialismo con rostro humano”. Las tropas del Pacto de Varsovia, dirigidas por el Kremlin, aplastaron las flores primaverales de Praga. Este acontecimiento revivió los debates en torno a la URSS y sus desviaciones capitalistas.

 

En Francia, donde crecía la tempestad de los alzamientos estudiantiles, con la nueva categoría social llamada juventud, el espacio se llenaba de consignas, algunas surrealistas, otras absurdas, que convocaban a veces a la felicidad permanente o a la conformación de barricadas (“La barricada cierra la calle, pero abre el camino”), una construcción táctica del enfrentamiento, que ya tenía historia en París, desde principios del siglo XIX, como bien se narra en la novela Los miserables, de Víctor Hugo. El mayo francés congregaba a la muchedumbre juvenil, aquella que advertía que los exámenes había que contestarlos con preguntas.

 

Si bien, en la intelectualidad ya fulguraban, entre otros, Foucault, que antes había proclamado la “muerte del hombre”; y los estructuralistas, como Althusser, y otros (Lukács, Derrida, Glucksmann…), el campeón de la muchachada francesa sería Jean Paul Sartre, que marchó junto con ella, que agitó las manifestaciones, que se tornó una especie de héroe de los jóvenes, con sus simpatías maoístas y su trayectoria de ciudadano contestatario. El filósofo de la libertad, además un extraordinario manejador de lo mediático, se erigiría en símbolo de los alzamientos.

 

El mayo francés, que repercutirá en casi todo el globo, no parecía proponerse la toma del poder político. La huelga general, declarada por los trabajadores (más de 10 millones), en los que los de la Renault cumplieron un rol de enorme importancia, tuvo otras expresiones en los estudiantes, más interesados en aspectos de la cultura que en una revolución anticapitalista. Y si bien entre sus “ídolos” estaban Lenin, Mao, el Che Guevara (asesinado un año antes en Bolivia), Trotski y otros, sus consignas ni siquiera tocaban con los objetivos de una transformación política radical. No contemplaban un cambio en las relaciones de dominación del capitalismo

 

A sensu contrario, había en el estudiantado una suerte de posición sibarita, de hedonismo masivo, adobado con creatividad y espíritu libertario, que les hizo ganar simpatías por doquier. Contagiaban con su energía y vitalidad. Con sus pedidos de lo imposible. Y, como bien lo señaló Ignacio Ramonet, no se proponían, a lo Marx, la transformación del mundo, sino, a lo Rimbaud, “cambiar la vida”.

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Otros de sus faros en las jornadas francesas, en las que participaron más de seiscientos mil estudiantes, eran Herbert Marcuse, con El hombre unidimensional, pero también el desertor de las teorías psicoanalíticas freudianas Wilhelm Reich, un precursor de la revolución sexual y del amor a la libertad individual. Y, como ya se anotó, la estrella del 68 fue Sartre, que habló con los obreros, que repartió octavillas y periódicos y siempre estuvo en primera fila comandando las demostraciones, en las que se puso en vilo la brutalidad policial y represiva del Estado.

 

El mayo francés también reivindicó, y puso en la pared, con una consciencia de estar construyendo memoria, el grafiti, que hizo gritar a los muros con célebres frases que, como suele pasar con las iniciales irreverencias, después se vuelven palabras de camiseta. “Sean realistas: ¡Pidan lo imposible!”. “Prohibido prohibir”, “Desabrochen el cerebro tan a menudo como la bragueta”. Fue una ebullición colectiva, con fondo de acordes roqueros, con confrontaciones entre Bakunin y Marx, entre miembros de la Nueva Ola francesa, como Truffaut y Godard, con reminiscencias de la Comuna de París y resonancias de la consigna del Che: “Crear uno, dos, tres, muchos Vietnam”.

 

Aquellas tormentas, con puestas en escenas de juventud, abarcaron buena parte del mundo. En América Latina hubo réplicas en Argentina, Uruguay, Chile, Bolivia, Perú, pero fue en México donde la mecha se prendió con mayor vigor y entonación política. Los estudiantes se tomaron las universidades con reclamaciones de cese a la opresión y finalización del sistema unipartidista, abiertamente antidemocrático. Las manifestaciones pulularon no solo en la capital sino en otras ciudades mexicanas. El ejército ocupó los claustros, por lo que, como lo satirizan algunos tratadistas, hizo que se convirtiera en el “más educado” del mundo. Ya estaban próximos los Juegos Olímpicos de México y el descontento estudiantil crecía. Las tropas iban atropellando a profesores y alumnos; encarcelando a unos y otros, y ya se veía venir la matanza.

 

La represión contra el estudiantado aumentó, debido a que, según las autoridades, las manifestaciones podrían interrumpir la inauguración de las justas olímpicas. El 18 de septiembre de 1968, día en que además murió el poeta español León Felipe, refugiado en México desde la guerra civil, la Universidad Nacional Autónoma de México fue ocupada por la bota militar. El presidente Díaz Ordaz aupó y convalidó el tratamiento arbitrario para intimidar al estudiantado.

 

El 2 de octubre, una enorme concentración popular se agolpó en la Plaza de las Tres Culturas o de Tlatelolco, a fin de escuchar a los líderes estudiantiles. El ejército, la Dirección Federal de Seguridad y el grupo parapolicial “Brigada Blanca” la emprendió a bala contra la multitud, tras las señales dadas por un helicóptero que lanzó bengalas verdes y rojas. El ataque oficial dejó cientos de muertos entre amas de casa, profesores, trabajadores y estudiantes (aunque las fuentes oficiales solo contabilizaron 28) y miles de detenidos.

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A pocos días de la inauguración de las olimpiadas, con decenas de periodistas extranjeros apostados en la capital, la censura oficial se impuso sobre los reporteros. La corresponsal de guerra Oriana Fallaci, que cubría los acontecimientos, fue herida en Tlatelolco. Calificó aquella matazón como una salvajada y también aprovechó para decirle a la prensa mexicana de entonces lo mediocre que era: “¡Qué malos son sus periódicos!, ¡qué timoratos!, ¡qué poca capacidad de indignación!”, afirmó.

 

Con la masacre de Tlatelolco, 1968 selló su colosal testimonio de levantamientos estudiantiles, de protestas masivas contra la guerra de Vietnam, de pensamientos filosóficos diversos, con cuestionamientos tanto al capitalismo como a la política revisionista de los soviéticos. El mundo supo de un novísimo protagonista en las calles, en la historia: los jóvenes. Fue un tiempo de reivindicaciones sociales, de cuestionamientos, de acción política. Un tiempo para darlo todo en un instante, en ese efímero avatar que es la juventud. Sin eternidad.

 

En el 68, como lo canta Joaquín Sabina, “Jean Paul Sartre y Dylan cantaban a dúo / Jugaban al corro Lenin y Rambo / Los relojes marcaban 40 de fiebre / Se hablaba de sexo en la empresa Renault…”. Y, a propósito de Sartre, el autor de La náusea se erigió como el más destacado intelectual en el mayo francés, capaz de defender el movimiento estudiantil, pero, a la vez, impulsar con sus planteamientos a que fuese la juventud obrera la que se tomara y manejara las fábricas.

 

A cincuenta años de aquella aventura estudiantil de la imaginación, los discursos y la acción; de haber abastecido a las utopías con nuevos combustibles, el mundo de hoy es otro, dominado por los mercados, el nuevo narcisismo, las transnacionales y el individualismo sin metas colectivas. Pero aquel tiempo demostró la importancia de la historia en la vida del hombre. Y puso en evidencia una categoría sociopolítica como actor clave en las luchas por la libertad y el pensamiento: la juventud. Que hoy, con nuevas perspectivas y sueños, puede seguir siendo la “primavera de los pueblos”.

 

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Manifestación en París. La encabeza el líder estudiantil Daniel Cohn-Bendit.

 

 

 

 

 

 

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El esnobista

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Por Reinaldo Spitaletta

 

Usa las uñas bien barnizadas, más por mostrar que es limpio, pero, ante todo, porque es un guardador de apariencias. Las camisas tienen que ser de las más recientes en corte y confección, porque nada de antiguallas ni de prendas que pertenecen a tiempos viejos. Ni más faltaba. De vez en cuando, aunque pudiera ser con más frecuencia, observa figurines y revistas chic, porque no puede estar desactualizado, según se le ha oído decir, de los surtidos en zapatillas, calzoncillos, relojes, calcetines, lo mismo que en muestrarios de cinturones y bluyines. Solo tiene ojos para los centros comerciales, a los que acude solo por mirar vitrinas y babear ante lo que quisiera adquirir. No siempre, dicen que casi nunca, tiene con qué suplir sus innecesarios deseos.

 

La novelería lo entusiasma. Le sube el ánimo y lo pone a delirar. Es urgente dar una vuelta por almacenes y bazares a ver qué hay de nuevo, de qué se puede enamorar, que aunque no haya parné suficiente las ganas son más poderosas; muchas veces le toca ver y no comprar. Lo emocionante radica en el alelamiento, en perderse por zaguanes y escaparates para sentir olores a nuevo, estimular los sentidos con el colorido y disposición de las exhibiciones. Su respiración aumenta el ritmo cuando ve pantalones de tonalidades fuertes, de moda, que antes daban mala impresión, por poco varoniles.

 

Lo que está al uso lo desenfrena. Aunque no es lector, se preocupa por los bestseller, salpica una que otra reseña de periódicos y revistas para enterarse de los temas y autores de vitrina, a fin de tener información rápida sobre la cual conversar en salones de coctelería, en los que aparece para darse tono, levantar el meñique, saborear un trago largo y buscar a otros que, como él, están ahí para mostrarse, posar de sabelotodo o arrimarse a algún corrillo que esté dedicado a la parla sobre hechos del día o el más reciente chisme de pasarelas.

 

Vive para husmear en redes sociales comentarios e imágenes acerca de restaurantes nuevos, o sobre los atorrantes que muestran en fotos los platos que se están saboreando, o por si hay una promoción de lo que sea. Si lo que se estila es el vegetarianismo, pues hay que probar por unos días, darse ínfulas acerca de lechugas y verduras orgánicas o pasar por algún servidero aunque sea para olfatear desde afuera los vapores de brócolis y berenjenas. Pero si lo que da caché es la carne, pues entonces está listo para decir entre sus allegados que estuvo en un asado y que los churrascos son de lo mejor que cualquiera de buen gusto puede saborear.

 

Cuando hay un estreno de cine, más que todo del muy taquillero, se las ingenia para ir a la primera función y poder, así, tener elementos para hablar del filme por días y semanas, pero, más que de asuntos técnicos o del guion y las actuaciones, de los baldados de palomitas de maíz que devoró en la proyección y sobre conocidos que estaban en la sala.

 

Cuánto quisiera tener un reloj fino, de marca, para lucirlo y que los otros lo crean de alta posición. Lo mismo con los teléfonos móviles, que cada día están cambiando y él, en lo más recóndito de sus ansiedades, desearía poder estar al compás de los avances. Habla del que tiene, que no está tan atrasado, como si fuera la última maravilla del mundo. Se fija en los de los demás para saber qué tan adelantados están. Para él la vida es poder estar en sintonía con las novedades. Ah, y en unos aspectos puede parecerse al arribista. Aunque son caracteres diferentes. Y también al lechuguino, que todo lo sintetiza en la presentación personal. Tiene de uno y de otro, pero se introduce en nichos en los cuales no solo la apariencia es la clave del denominado “éxito” social, sino en el ámbito de los sentidos y, sobre todo, las simulaciones.

 

Si hay un baile nuevo, hay que aprenderlo. Si una manera de hablar, con ciertos tonos, inflexiones, casi siempre con poses y torcedura de labios, entonces hay que adoptarla. Si por él fuera, mejor dicho, si la diligencia burocrática fuera más fácil, se cambiaría el nombre cada vez que surgiera uno que estuviera en medios y redes, en sonajeros de premios de música, en galardones de cine, en reinados o programas de “busca talentos”. Él mismo es una suerte de reality, como una telenovela de sí mismo.

 

No es que se distinga por el caminado o por los ademanes. Mas sí por las frases escogidas, las modulaciones estudiadas, que para él es importante tener un tono de actor de televisión o de presentador de revistas de frivolidades. Dicen que, si quisiera, o si por alguna misteriosa razón cambiara de personalidad de un momento a otro, pudiera valerse de esas inclinaciones por lo que está en boga, para interesarse por los logros de la ciencia y las artes, en esferas de más complejidad y dedicación. Entonces, ya no sería lo que es y él no va a ponerse en esas así porque así. Su vida está hecha para imitar a otros, no para ser él.

 

Dicen que el esnobismo, que puede tener origen en París o en Londres, en todo caso es una expresión más de lo vulgar que lo elitista. Aunque, lo que es fácil comprobar, muchas élites han estado cortadas con las tijeras europeizantes o agringadas. Este personaje, a quien le placería mucho pertenecer a una minoría de adinerados, sacia sus carencias con imitaciones de gestos de divos y divas de la moda, del jet set, de los círculos de clubes de alta sociedad, de los cuales está muy lejos. Debe ser un drama aunque la parte de los sufrires internos se queda así, guardada. Tal vez en las noches, cuando está a punto de dormirse, lamenta su posición socioeconómica que se acerca más a los de abajo, a los que el hambre no les permite ninguna apariencia (y menos posesión) de lujos o elegancias (aunque a veces la aguantan por comprar alguna pendejada), que a los de la mitad y a los más encumbrados.

 

Él, de todos modos, cree que con sus posturas, sus puestas en escena sin arte ni decoro, está por encima de los demás. No falta quien le desee un embrujamiento para que algún día se convierta en maniquí y se quede para siempre en una vitrina caduca en la que ya nada se exhibe.

 

La poética fascinación de El globo rojo

 

(Un viejo filme francés para recuperar los sueños de la infancia)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

Qué vaina que al ver ese globo rojo, animado, lleno de inexplicable vida, que no es que estuviera domesticado por un niño (que, como caso curioso, no tenía pantalón cortito), por las calles de un sector de París, gris y húmedo, solo iluminado por la rojura de lo que nosotros llamábamos —y llamamos todavía—  una bomba, sí, digo, qué cosa volver a sentirse niño y emocionarse y hasta sollozar ante una historia simple (y, por eso mismo, honda y diciente), vista a más de sesenta años de su filmación (se estrenó el 15 de octubre de 1956).

Tanto cine visto y leído y no sabía de Albert Lamorisse, su director y creador, ganador del Oscar a mejor guion original y de la Palma de Oro, pero esas maravillas pueden dar espera. Tardan pero llegan. El globo rojo (Le Ballon Rouge), mediometraje de treinta y cuatro minutos, es toda una bomba de la poesía visual. La peripecia del globo y su descubrimiento y “captura” por parte de un pelao que va a la escuela, en un poste de iluminación pública, es el inicio de una epopeya infantil, cine puro, sin necesidad de palabras, apenas las justas, que en la medida en que discurre puede deslumbrar al espectador, pero, al mismo tiempo, transportarlo a vivencias de tiempos idos, de mundos que ya no son, de la niñez con caucheras y cartapacios, a la fantasía real de una relación de amor entre un chiquillo y una bombita de piñata.

 

No sé cuáles serían las reacciones de los niños y adultos de entonces al apreciar el filme, que junta lo cotidiano con lo que se pudiera denominar lo “real maravilloso”. Pero, en mi caso, cuando ya la infancia es solo un tiempo lejano de calesitas y gafas coloridas de carnaval, las imágenes de El globo rojo me transportaron a los felices almanaques (bueno, el tiempo no existía) de mis cinco o seis años. No sé por qué (o tal vez sí) me vi de nuevo en viejas calles de Manchester, un barrio que olía a trenes y a fábricas de telas, rumbo a la escuela, con mi valija de cuero grabado en las que cuadernos y cartillas cantaban (con acordes de Donizetti) porque había anhelos de saber.

 

El encanto del filme, sus destellos y sombras, la metáfora de la inocencia y la maldad, de lo ingenuo y lo sórdido, radica en contar una historia sencilla. Ahí, dice uno, está el fundamento de su poesía, el secreto de su estética. Es un relato de imágenes en las que nace el amor entre un chicuelo y una bomba, que tiene que ser roja y no de otro color. ¿Por qué? Porque sí, pudiera decir un niño. No todo hay que explicarlo ni interpretarlo ni intelectualizarlo. El globo rojo puede ser uno de esos casos en el que uno se deja llevar, vuela, camina, salta, corre, entra al salón de clases, sale de él, no se sube al tranvía ni al autobús, porque no permiten que un niño pueda portar un globo, que tampoco puede entrar a la escuela (se dirá que el globo no necesita abecedarios) ni a la casa del pibecillo (la mamá del muchacho arroja el globo por el ventanal).

 

Uno presume que el globo no tendrá larga vida (sí, es un globo con existencia y animación propias), pero sí la suficiente para establecer una relación con quien lo bajó de su inutilidad (de su apresamiento) en un poste urbano. Es un nacimiento. El niño y el globo se tornan uno para el otro. Para donde va uno, el otro lo sigue. En una especie de atracción y fraternidad que se alterará por la mala intención de una barra de muchachos que, por encima de todo, quieren destruir esa relación insólita.

 

Y por calles y callejones, por encrucijadas y solares, la persecución de los maldadosos le da al filme un tono de aventura, con sobresaltos y suspensos. Ese globo rojo, que se enamora en un momento dado del azul que lleva una niña en sus manos, parece tener sus horas contadas. ¿Cómo muere un globo? Son varias las posibilidades de extinción. Y en este punto, la película llegará a cumbres de expectativa electrizante, y su clímax (no del todo predecible) será una especie de epifanía, de canto general que se va sintiendo sobre la melancólica grisitud de los entejados, de las calles, de la ciudad que ni se entera de la magnitud de una aparición de lo taumatúrgico.

 

Un globo perseguido, un niño perseguido. Puede ser la simbolización de sociedades que no permiten la alegría elemental. No están hechas para la imaginación ni lo inesperado. Sociedades anquilosadas, mecanizadas, sin posibilidades para el ensueño y la subversión de las costumbres.

 

Un filme a modo de parábola sobre las pequeñas cosas. Fabulación de un tiempo hecho para los sueños y los nacimientos de aquello que después se hará tan difícil de encontrar en la edad adulta: la amistad. Rodada en el barrio parisino de Ménilmontant, con sus ambientes de opaca melancolía, el globo que el niño se encuentra atado en la farola destruye la monotonía cromática de calles y edificios, y le inyecta a la historia la música indefinible de la infancia, con ladridos perrunos y fantasías volátiles.

 

Qué vaina. Una vieja película para niños, vista tantos años después de su creación, tiene el poder de un flashback, de un salto atrás para ubicarnos (bueno, a los de mi edad madura) en un tiempo de juegos callejeros y fascinaciones de cuentos infantiles. Verla en soledad, penetrar en la belleza de lo elemental, es abrir las esclusas a más de un lagrimón. Una sensible —y bella— forma de recuperar la infancia.

 

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Fotograma del filme El globo rojo, con el niño Pascal Lamorisse.

Cronopios en las escaleras de mi casa

 

(Reducción al absurdo para evocar a un tal Julito y a un duende doméstico)

 

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Los cronopios nacieron en el teatro Champs Élysée, de París, en 1952, en el entreacto de la ópera-oratorio Edipo Rey, de Igor Stravinski, con libreto de Jean Cocteau, que en aquella presentación histórica estaba haciendo el recitante. Julio Cortázar se encontraba entre los espectadores y, de pronto, se sintió solo en la sala, todo el mundo había salido a tomar café y a comentar las incidencias de la obra, cuando él, en el ambiente, flotando, sintió unos personajes “indefinibles, unas especies de globos que yo los veía de color verde, muy cómicos, muy divertidos y muy amigos que andaban por ahí circulando”.

 

Supo, en ese instante sin tiempo, que se llamaban cronopios, loquillos en apariencia, muy poetas y sensibles, sin miedos ni apuros, con cierta dosis de irreverencia. Los saludó y conversó un ratito con ellos, aunque quería quedarse a tomar el café que no había podido beber, porque, claro, se había quedado para encontrarse, sin saberlo, sin esperarlo, con los personajes verdes, volátiles, que diez años después, en un libro que causó sensación entre adolescentes y en los ánimos de uno que otro vejestorio soñador, se publicó con el título de Historias de Cronopios y de Famas.

 

A diferencia de los cronopios, brincones y carentes de vergüenza, los famas son conservadores y muy ordenados. Así que estas notas las dedicaremos a aquellos que van por el mundo haciendo bullas y declarando que aman la libertad, el absurdo y lo que puesto a la vista carece de lógica. Los cronopios andan sueltos en parques y a veces se cuelgan de las lámparas de araña de las iglesias para reírse de los que van a dormir en las bancas, y son burleteros, como Rigoletto, el duende musical que habita en mi casa y del cual ya he narrado parte de sus travesuras en otros escritos.

 

El nacimiento de los cronopios tenía que ocurrir, precisamente, en el homenaje que París le rendía a Stravinski, en un teatro en el que solo uno de los espectadores estaba listo para verlos y entenderlos, para la comunicación con unos picarillos mudables que después se introdujeron en la cotidianidad de señoras burguesas y estudiantes de colegios de monjas.

 

Los cronopios no son propiedad cortazariana, aunque a él se deba su existencia literaria. Son de los que los quieran adoptar. O, por lo menos, deseen que se les sienten en el sofá de la sala, le pellizquen el trasero a la visita y hagan aburrir a la suegra cuando llega vestida de domingo, muy atardecida y dispuesta a hablar sin frenos ni cortesía sobre lo mal que le ha ido a su hija. O que, como Rigoletto, se introduzcan en el equipo de sonido, y si lo que está sonando es de su predilección, suban el volumen a su amaño hasta llegar a límites que pueden hacer estremecer la casa y poner el corazón a punta de salirse y dar saltos por el corredor.

 

Los cronopios son capaces de ponerte zancadilla cuando estás a punto de entrar de urgencia al inodoro o en momentos en que vas descendiendo por las escaleras rumbo a aquella tortura cotidiana que denominan el laburo, o, en otras palabras, el trabajo, que por estos lares y por casi todos se volvió una manera de la virtud y la peor forma de aburrirse. Porque, se dirá, hay mejores maneras para entrar en el mundo de los seres que se aburren, como el pintor aquel que era tan alto, que la frazada que tenía (más bien: esta era pequeña) no le daba para cobijarse todo: si se cubría los pies, del pecho para arriba quedaba al descubierto. Y así.

 

Sin duda, a ese artista de la aburrición (que un tal Moravia describe con maestría) los cronopios le tuvieron que hacer cosquillitas en los pies, con plumas de gallina o con pinceles suaves. Los cronopios son expertos en dar instrucciones sobre todas las cosas: cómo besar a una vieja caliente sin perder el apetito; cómo acostarse en un colchón de blanduras de pluma sin sufrir un dolor lumbar; cómo llorar con “un llanto que no ingrese en el escándalo, ni que insulte a la sonrisa con su paralela y torpe semejanza”.

 

Como dicen ciertos pelados, los cronopios “no comen de nada”. Van a lo que van. Y vienen a lo que vienen. Sin escrúpulos. Te pueden dejar en un momento determinado sin papel higiénico en una situación de crisis intestinal. O, para no caer en ámbitos de alcantarilla, te pueden susurrar toda la noche, sí, ahí, pegaditos a las orejas, y te harán el sueño imposible. Lo dejan de hacer cuando los invitás a café caliente y bien cargado, ya sabés.

 

Una de las historias del libro, sí, de ese publicado en 1962, que tiene su modo de atraer el miedo, es aquella que comienza así: “En un pueblo de Escocia venden libros con una página en blanco perdida en algún lugar del volumen. Si un lector desemboca en esa página al dar las tres de la tarde, muere”. Los cronopios, que han adquirido una alta graduación de maldad, son expertos en alterarles los nervios a los unicornios y a algunas bestezuelas que aparecen de vez en cuando para asaltar escaparates y cómodas, y que, al querer entrar a buscar cambuche, los reciben con risotadas sorpresivas y con orines muy bien arrojados a la cara de los monstruitos.

 

Tal vez, la máxima expresión de los cronopios en el uso eficaz del sentido común, la constituyan las instrucciones para subir una escalera. Con esa guía ellos gozan hasta caer barriga arriba, muertos de las risotadas, cuando la gente las sube de frente, “pues hacia atrás o de costado resultan particularmente incómodas”. Estos seres extraordinarios, que flotan como globos de piñata en una salón de cumpleaños, comen raviolis y fríjoles con garra, aunque lo que más les agrada es la aguapanela con limón, una bebida con misterios incorporados, que hace que los tenores alcancen tres y cuatro escalas y den el do de pecho sin ninguna dificultad aparente.

 

Todos sabemos que Edipo rey, el liberador de Tebas, no pudo hacer nada contra el destino. A los cronopios, en cambio, les importan un pepino lo que les trace el sino, la fatalidad, la rueda de la fortuna. Nada de esas celadas los alteran. Se ríen del que se quedó sin trabajo, porque, dicen, ha logrado una manera de la independencia y la libertad. Y del que lo atropelló el tranvía por ir mirando el culo de las muchachas de falda corta, porque al menos se distrajo en un paisaje conmovedor.

 

Ah, y en cuanto a poner sobrenombres, son una maravilla para la invención, que no es más que ponerles cuidado a las cosas que pasan. Y a las maneras de ser. A la señora robusta, sí, la que habita diagonal a mi casa, que siempre está asomada a la reja viendo pasar los carros y el mundo, la bautizaron como Culo Rubio, al tiempo que al cuidador de automóviles, un tipo calvo y ojiazul, de dulceabrigo rojo en la mano, lo llaman “Lengua de tigre”, debido a que es un aficionado sin límites al chismorreo.

 

Los cronopios del libro de alias don Rayuelo se pasan a veces de anaquel en anaquel, provocan un ruido de demonios invitados a un aquelarre, en el que ponen patas arriba a las brujas, casi todas pelinegras y de caderas exuberantes, y se los digo, no dejan dormir. Hay, cuando lo ocasión lo amerita, que llamar al inquieto Rigoletto para que ponga orden en la casa, les programe un poco de música para insomnes y los deje roncando en gavetas y alféizares.

 

Son como niños indóciles. Se vuelan por la calle San Martín (sembrada de laureles, guayacanes y araucarias), llegan hasta donde está el busto del libertador argentino y se paran en su cabeza de bronce a reírse de todos los que pasan. Ya les han arrojado piedras y un borracho les mandó un salivazo espeso que quedó colgando de la nariz del prócer. Me parecen divertidos, pese a las molestias que en ocasiones causan, más que todo porque pertenecen a un mundo que ya no existe, sin relojes, sin paradas de buses, sin filas de bancos, y entonces quieren que volvamos a los tiempos en que uno se quedaba sentado en medio del teatro, sin café y sin músicos, viendo volar globos verdes en los que iban montados los cronopios de un tal Julito, más loco que ellos.

 

“En casa del Jacinto hay un sillón para morirse. Cuando la gente se pone vieja, un día la invitan a sentarse en el sillón…”

 

Un festivo París bajo el cono azul

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

En una carta, Ernest Hemingway, un escritor tan leído como imitado, advertía a un amigo, en 1950, que “si tienes la suerte de haber vivido en París cuando joven, luego París te acompañará vayas donde vayas, todo el resto de tu vida”. Y al autor de El viejo y el mar lo siguió la Ciudad Luz toda la vida, porque “París es una fiesta que nos sigue”. Puede ser la ciudad más cantada (bueno, otras le disputan ese privilegio: Nueva York, Roma, Buenos Aires…), pero, en todo caso, era en otros días una de las más mentadas, por ejemplo, en el tango argentino. Y hay que recordar que cuando París dio su beneplácito a esa música tremenda, perturbadora, a fines de la primera década del siglo XX, la burguesía porteña y la aristocracia (no la del arrabal) se prosternaron ante ese fenómeno extraordinario de la cultura popular del Río de la Plata.

 

Hemingway se dejó deslumbrar y querer por París, sin caer en la tentación de naufragar en la vorágine de la bohemia. Al contrario, se burló de aquellos “artistas” que creían que la borrachera y los desórdenes de los sentidos los inspirarían y mejorarían sus producciones. Y el escritor fue fiel a su vocación, en París y en todas partes donde estuvo. Y tal vez fue en esa ciudad de prodigios donde aprendió a escribir de un modo que hiciera efectos en el lector sin que este se diera cuenta.

 

Bueno, pero para cambiar de horizonte en el viejo París, el tango, o varios de ellos, como Marión, Anclao en París, La que murió en París, Madame Ivonne, Noches de Montmartre, tienen historias que se desarrollan en esa ciudad de poesía y alucinaciones, de cabarets y vidas licenciosas. Otro, de bar de esquina, es Bajo el cono azul, de Alfredo De Angelis y Carmelo Volpe, grabado en 1943.

 

En los cafetines de Bello, dotados de pianolas luminosas, se escuchaba la versión de De Angelis con la voz de Floreal Ruiz. La música se esparcía en el ambiente de botellas y copas, y salía a la calle, a chorros. Era atrapadora y suscitaba una cierta melancolía con sus acordes introductorios. No sé en cuál de aquellos bares tenían otra versión de ese tango, con la Orquesta Típica Víctor y la interpretación vocal de Alberto Carol, quizá con más musicalidad, o un no sé qué, un sentir inexplicable, que se me quedó grabado en los tejidos de la memoria.

 

Tiempo después, el mundo del teatro me hizo escuchar (y ver, porque las palabras se ven) aquel tango de otras maneras, siempre, no sé por qué, con una luna artificial sobre el recuerdo. “Bajo el cono azul de luz bailando está Susú su danza nocturnal…”. Una imagen de una muchacha iluminada en un escenario que casi siempre estaba solo, con una soledad que nadie entendía más allá de las luces. “Sola, en medio del salón se oprime el corazón, cansada de su mal…”.

 

En esa parte, a veces me preguntaba cuál sería su mal: si una enfermedad, que hay tantos tangos que se refieren a estados mórbidos, como los hay sobre mujeres que tosen y tosen, como Margarita Gautier, por ejemplo. Su mal pudo estar más en su dolor de ausencia: “veinte años y un amor, luego la traición de aquel que amó en París…”.

 

En ese tango —me parecía entonces— había una tristeza sin límites, un vacío existencial, una relación rota que deja huecos y abismos en el alma. “¡Mariposa que al querer llegar al sol solo encontró la luz azul de un reflector!”. Había (bueno, hay todavía, que cada vez que lo escucho hay una especie de desprendimiento interior) un lado de la tragedia, la de la muchacha azulada por la luz: “Bajo el cono azul envuelta en el tul gira tu silueta en el salón…”, sí, y yo creía que el azul era el color de la melancolía. Una melancolía pegajosa, agria y dulzona a la vez, que se aferraba a la piel y a la garganta en nudos.

 

La muchacha me daba la impresión de una inestable fragilidad, a punto de romperse,  o, desde otras perspectivas, a punto de quemarse cual mariposa desorientada por el calor del reflector. “Y yo desde aquí, como allá en París, sueño igual que ayer otra ilusión…”, y en esta parte de la canción surgía otro punto de vista, y la muchacha se invisibilizaba, se iba, era parte de un recuerdo de otro: “No sé si te amé… acaso lloré cuando te alejaste con tu amor…”. Aquí podría haber confusiones, quién narraba, a quién más le dolían las ausencias parisinas. Ella, allá, bajo el cono azul, y el otro, distante, en actitud de recordaciones.

 

“¡Triste recordar! ¡Sigue tu danzar!… Yo era solo un pobre soñador”. Y en este punto, tampoco sé por qué, París estaba presente en los que iban allá a soñar, a buscar otra luz, y en las ganas de estar en esa ciudad tan literaria, tan novelada. El tango emanaba de las gramolas, con irrigación de músicas en las calles, en las ventanas, en las esquinas de muchachos a los que el amor todavía no les había jugado ninguna mala pasada.

 

Y de pronto, el cono azul se iba diluyendo, porque la muchacha ya no bailaba bajo el chorro luminoso y más bien estaba llorando en las sombras del salón. Qué drama en tan pocas palabras, qué historia sugerida con algunas pinceladas verbales: “solloza un corazón su mal sentimental…”, ella todavía en París, y el otro, quién sabe dónde. “¡Mariposa que al querer llegar al sol solo encontró la luz de un reflector!”. He ahí la verdad de ese París de melodía, un espejismo, un brillo extraviado en la noche de los desamores.

 

Hace poco, y sin anunciarse, ese tango volvió a aparecer en mi entorno, y las brumas de un tiempo de ensoñaciones se despejaron, y ahí, bajo el cono azul de luz, volví a ver aquella muchacha, llamada Susú, quemada en la luz de un reflector.

Ese “spleen” que nos ayuda a vivir

(Ensayo con tedios creativos y nuevas formas de descubrir la ciudad)

 

 

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Lo producen disímiles cosas y paisajes. Las flores marchitas. Las hojas muertas sobre el asfalto indiferente, con ausencia de viento, aquietadas, perplejas en su condición de orfandad urbana. Una gota, repetida, insistente, obstinada, ¡chas, chas! en la poceta, o en el patio tras una lluvia. O la que cae sobre la frente desde un alero. La pálida sonrisa de la luna cuando no hay a quién cantarle una serenata. Es probable que se inicie cuando se terminan los asombros. O cuando se cree que ya no hay nada por descubrir. El tedio, el spleen, es posible hallarlo en los ocasos violetas y en los amaneceres brillantes cuando se vacían de contenidos vitales. O en el bote que se pierde más allá del horizonte, sin despedidas. Los marinos, o, mejor, los navegantes, jamás miran atrás en sus partidas, no porque teman al castigo bíblico de la mujer de Lot, sino porque, de hacerlo, tendrán una visión aburrida de lo que se aprestan a abandonar y es mejor, dicen, otear otros mapas, esos que dibujan las proas de los barcos en el incierto azul de la mar.

 

Lo encuentra uno en la muchacha de carnes magulladas y mirada sin destellos que sirve con aire de desgano las copas en el bar, y en el vendedor callejero de frutas que ya no siente el perfume de los azahares ni el aroma amarillo de los mangos maduros. Cuando se extinguen las sorpresas, aparece, largo y dolido como el pito de un tren viejo, el esplín. ¿Acaso ante tanto aburrimiento, ante ese artificial mundo de mermelada y manzana, Adán y Eva, para romper la monotonía, no decidieron en un momento de suma lucidez probar el fruto del árbol prohibido? Pero de alguna manera, en apariencia contradictoria, existe, intrínseca en el esplín, una suerte de diversión, de mecanismo que induce a la fiesta. Hay en él una alegría latente. Ah, sí, con una salvedad: tiene algo o mucho quizá de insuficiente. Posee una carencia. Es como una arboleda sin pájaros y sin la madurez de un fruto. O como lo explica la metáfora de Alberto Moravia sobre la necesaria pero pesada tediosidad: “Diré que la realidad, cuando me aburro, siempre me produce el efecto desconcertante que le produce una frazada demasiado corta a una persona que duerme, en una noche de invierno: la estira a los pies, y tiene frío en el pecho; la estira sobre el pecho y se le enfrían los pies; y así nunca llega a conciliar un verdadero sueño”.

 

El esplín, para ir yendo al grano, origina una sensación de “inconclusión”, de ser inacabado, a medias. Causa desconcierto y, si se quiere, angustia. Es como llegar a la puerta de la casa y entonces arrepentirse de tocar o de sacar las llaves. No se desea penetrar a ese universo tan conocido y obvio, el cual, además, amamos y deseamos, pero que de tanto probar y sentir y palpar llega a provocarnos náuseas. Sin embargo, no vomitamos. Es posible como lo escribe Moravia en su novela La Noia (El aburrimiento) que la historia y las religiones sean el inesperado fruto del aburrimiento. Así, pues, en el principio era esta condición, y luego Dios, aburrido del aburrimiento, creó la tierra, los cielos, las aguas, la luz, los animales, las plantas y al ser más aburrido del universo: el hombre. Y entonces el Edén se llenó de tedios y hubo que cambiar las reglas para que, con la aparición de la dificultad, la vida tuviera otro género de alicientes. Quizá el aburrimiento obligó a Caín a matar a punta de quijada a su hermano Abel. Y después Noé, asediado por extrañas melancolías, tuvo una hermosa iluminación e inventó el vino, combatidor de todas las tristezas, aupador de heroicidades y desafíos. Sin embargo, Dios tornó a aburrirse de su creación y envió a la tierra un destructor diluvio que, a la postre, se volvió monótono, repetido, sin mayores sobresaltos, porque la voluntad divina trajo de nuevo la calma.

 

Así también el apogeo y ocaso de los imperios pudo ser obra (a despecho de otras concepciones de la historia) de una acumulación de aburrimientos: el hombre se fue cansando de faraones, césares, sátrapas, dictadores, mandamases… Los derribaba y, tras un período de insoportables tedios, los reinventaba. Sucedió —acontece todavía— con los dioses. Los creamos, los olvidamos y, cuando nos entristecen sus ausencias, los restituimos, como si no pudiéramos vivir sin deidades.

 

El esplín es una especie de incomunicación con el entorno, con las cosas y su espíritu; un falta de relación con lo que nos rodea. Es no encontrar novedades en el paisaje. Si estoy sentado en un parque y no escucho el aleteo de palomas, su picotear en el piso, si no les arrojo maíz o alguna piedrecilla, si tampoco escucho el rumor del viento entre los árboles ni la tenue música de la fuente, si no me dice nada el concierto de las campanas de la iglesia de enfrente, entonces, sin duda, ese espacio me producirá largos bostezos, desesperaciones agudas. Puedo permanecer ahí, viendo pasar la muchacha de  falda breve y correr los niñitos tras una pelota, pero si no entablo con ellos una secreta ligazón, los veré como seres lejanos, indiferentes, como de otro planeta (¿y si fueran de otro planeta acabarían con mi esplín?).

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Me parece, de otra parte, que hay que reivindicar el derecho (tedioso tal vez) al aburrimiento. Y al hastío. Lo mismo que a la nostalgia y a la tristeza y a la imprescindible soledad. Un esplín (palabra procedente del griego spleen, que significa bazo) bien manejado nos puede conducir por los caminos de la denominada inspiración. Volver creativo el aburrimiento ha sido, en la historia de la creación, una constante en artistas, poetas y escritores. Hay en la sonrisa de enigma de Mona Lisa un poco de la melancolía de Leonardo. Quizá un excesivo aburrimiento puede guiarnos hacia la luz de la universalidad, de aquello que poseía el espíritu renacentista: saberlo todo. Tener ganas de conocerlo todo. La búsqueda del conocimiento absoluto. Podríamos especular, por ejemplo, acerca de la ansiedad de Cristóbal Colón por hallar un camino más corto para llegar a la India, tierra de las especias. Pudo ser el tedio de todo lo que lo acompañaba el factor que lo impulsó a esa aventura inesperada por el Atlántico. ¿No es acaso el aburrimiento de la tierra el que lleva al astrónomo a estudiar las estrellas? Es posible. Van Gogh, aburrido de tantas búsquedas, descubrió a los veintisiete años que la pintura era su camino final y definitivo. Y qué tal el tedio que destrozaba a Henri Toulouse-Lautrec: no solo pintaba porque lo agobiaba el esplín, sino que iba donde las putas para dejar en sus labios con rouge y en sus blancas piernas todo el fastidio de la existencia. Y Gauguin buscándose fuera de su patria donde se había aburrido de ser un “señor bien”, un empleado de segunda.

 

La condición humana requiere el aburrimiento. Le es esencial. Sin él el mundo dejaría de revelársenos. Y de rebelarse.

 

Si indagamos en la trayectoria vital de determinados escritores notaremos en distintas facetas de su existencia una dosis elevada de esplín. Pero un esplín de creación, que actúa como musa, como una rara voz que les dicta y sugiere y, por qué no, obliga a la escritura. Lo podemos rastrear y seguir en Kafka. En realidad, Gregorio Samsa aspiraba, en su honda aburrición, a convertirse en un insecto monstruoso. Esa mutación intempestiva acabaría con su exceso de esplín. Lo vemos en Camus: ¿no es Mersault un ser abatido por todos los aburrimientos? Lo hallamos en Sartre y su Nausea existencial. Y también en la obra de Sábato. Y en Dostoievski. El aburrimiento, en rigor, es una mixtura: tiene ingredientes de melancolía y de desesperación. Igual de desesperanza.

 

Las ciudades poseen altos índices de esplín. Lo llevan los transeúntes, acosados por los relojes (que en realidad no tienen prisa). Está en los edificios y en las oxidadas verjas de una casona antigua y en las chimeneas de las fábricas. Se aposenta con creces en las oficinas públicas donde se consumen grises burócratas, como los descritos por Tolstoi, por Chejov. Se escapa por los exostos de los carros y se desplaza por los atrios de las iglesias. Hay aburrimiento (dado por la mecánica repetición) en las señoras de misa diaria y en el sermón del cura. Y en el rostro angustiado del mendigo. En las muchedumbres que bostezan con el discurso gastado del candidato y en los ojos huérfanos del chico de la calle al cual nadie le ha dado una oportunidad. Esplín a montones en las figuras inmóviles de los maniquíes y en el loco delirante que corre por las cornisas. Y llega a convocar al que se está yendo, para que guarde con mansedumbre “las cosas de vivir”, como sucede en Balada para mi muerte, de Horacio Ferrer: “mi pequeña poesía de adioses y de balas,  / mi tabaco, mi tango, mi puñado de esplín”.

 

¿No lo ha notado usted en el lazo de la campana y en la congestionada avenida? Sí, esplín por aquí y por allá; se asoma en los ojos cansinos del centinela; se cuela por el escote de una muchacha desahuciada en amores; se reproduce en el profesor que lleva veinte años repitiendo un discurso gris y sin sobresaltos. Se aburre la sombra de la ceiba en algún atardecer. El tedio se sube a los buses urbanos, se trepa en los tejados sin gatos, baja por la garganta con el sabor de una solitaria cerveza. La cuota de esplín no falta en una añeja canción de Wurlitzer con fosforescencias de neón en un bar donde alguien espera a la nada. La tiene el perro callejero, cuyas mejores amigas con las canecas de basura, el desperdicio en el antejardín. Está en el grito madrugador del voceador de prensa. Y repartida la dosis de aburrimiento en las páginas de los diarios.

 

Quizá no exista nada más abarrotado de esplín que un domingo por la tarde. Las calles de la barriada se pueblan de soledades. Los árboles paralizan sus hojas. De pronto, pasan dos señoras de trajes oscuros, caminando con lentitudes. La tienda cierra su puerta y no hay conversaciones alrededor de una cerveza. Los jubilados se sientan al balcón a ver andar los recuerdos. Estos, a su vez, se desplazan a otros espacios, a otros tiempos. Y saltan, juguetones. Después pasa una muchacha en bicicleta, con blusa de generoso escote y pantaloneta. Se pierde con rapidez y no podemos apreciar su anatomía completa. En algún sitio se oye, ruidosa, una atardecida transmisión de fútbol, mientras unos muchachitos de tenis blancos corretean una pelota en el asfalto. Casi todas las puertas están cerradas, las ventanas también. Suenan las campanitas del carro de los helados, pero nadie sale a comprar. Hay una carga de hastío en las aceras, en los sanjoaquines de antejardín, en los pedazos de cielo que se cuelan por el patio. Un patio breve y sin plantas, sin flores, lleno de ropa limpia, que se seca en los alambres destemplados. El domingo se aburre en una insulsa conversación de vecinas, en el bostezo del televidente, en las medias que teje una abuela. Las tardes de domingo están emparentadas con la tristura. Les duele (y pesa) mucho el lunes asediador e implacable. El esplín linda con la inconformidad. O hace parte de ella en proporciones indeterminadas.

 

Cuando una calle deja de contarte sus historias, cuando te marginan las rejas de una puerta (o de una celda), cuando los avisos de prohibido el paso a particulares te frenan las intenciones, entonces tienes derecho a expresar el tedio como una manifestación de rechazo, como oposición bostezante a lo que no te place ni satisface. ¿Por qué, en determinado momento de la existencia, me tiene que gustar Proust? ¿Por qué no puedo aburrirme con Joyce, con Palestrina, con el profundo canto gregoriano?

 

El esplín, si se quiere y en cierto modo, es un mecanismo de defensa (también puede llevar a la parálisis). Mediante él puedo exteriorizar disgustos y desacuerdos y, aunque parezca imposible, realizar apologías. Es normal e incontenible que haya algo de tedio en el amor, en las relaciones sentimentales. Así se obliga cada uno a buscar alternativas, otras posibilidades, lenguajes diferentes, imaginar otros ámbitos. Cuando se entra en el estado de aburrimiento es porque se torna imperioso el hallazgo (la construcción) de otros caminos. El esplín nos llama al sacudimiento, nos induce a pensar en distintas maneras de salir de salir, de evadirnos de eso que nos angustia. Estar poseído por el tedio es como entrar en un laberinto: se nos despiertan las ansias de encontrar la salida y somos capaces de idear el hilo de Ariadna de nuestra salvación.

 

El esplín puede ser la posibilidad para subvertirlo todo. Al aburrirnos de lo establecido debemos reaccionar con la búsqueda infinita del cambio; con propuestas novedosas para producir estremecimientos y transformaciones en el entorno. O en nuestro mundo interior. Charles Baudelaire nos proporcionó una preciosa pista con sus Pequeños poemas en prosa (El spleen de París), en los que, ante todo, discurre la vida con su múltiple gama de contradicciones y asombros. Podemos poner de nuestro lado al diablo y a todos los dioses para que nos ayuden a transformar el esplín en una catapulta, en brújula, en capacidad para imaginar y crear, en motor de búsquedas. Poseer un puñado de tedio en el alma, en el sentimiento, significa que estamos vivos. Y esta situación ya es un pábulo suficiente para la alegría.

 

(Con todo el esplín de Medellín, julio de 1993. Ensayo para el libro El Spleen de París, Charles Baudelaire, Edilux Editores)

 

Obra de James Tissot

Buenos días, tristeza: el decadente amor burgués

Por Reinaldo Spitaletta

 

El mérito no radica en que una muchacha de dieciocho años escriba una novela, que se traducirá a varias lenguas, venderá miles de ejemplares, servirá en adaptación para la filmación de una película y tendrá canción propia, sino en lograr una caracterización de la superficial burguesía parisina de la segunda posguerra, con personajes en triángulos amorosos y con una narradora joven que tiene recuerdos y reivindica el placer.

 

El recurso de la memoria está hecho menos para adolescentes que viejos. Y en Buenos días, tristeza, la novela corta de Françoise Sagan, publicada en 1954, la protagonista, Cecilia, una muchachita burguesa, plena de caprichos, sensualidad e inclinación a lo frívolo, se fundamentará en lo sucedido pocos años antes, cuando ella era una bachiller recién egresada del internado, en un verano de locura. A una mansión de la costa del Mediterráneo, para pasar días de playa y sol, viajan Raimundo, de cuarenta años, y padre de la narradora, con una vieja amiga de la madre de Cecilia, Ana Larsen, de cuarenta y dos años (llegará a vacacionar una semana después), y dos jóvenes que se conectarán con las aventuras amorosas, y en cierta forma, triviales, del papá y la hija: Cyril y Elsa.

 

El mérito de la ficción, escrita por la jovenzuela Sagan, radica, además, en caracterizar en profundidad a los personajes, en sugerir un enamoramiento de Cecilia y su padre, una relación de inconsciente-consciente incesto, y poner el placer y la vida muelle, como centro y esencia del amor burgués.

 

Se ha dicho, y no sin razón, que la novela es un género de madurez. Una alta forma literaria, propia en su creación de los que no solo tienen edad, sino conocimientos, experiencias, seres cancheros, con muchas lecturas encima. Las excepciones, si no abundan, sí rompen con lujo con la regla. Y la Sagan es un botón de muestra. En  su ópera prima, que la catapultará a las cimas de la celebridad, hay, aunque no lo parezca, profundización en la condición burguesa, en la decadencia de una clase social que, en la posguerra sigue como si nada, pues, en efecto, no perdió poder durante la ocupación nazi de Francia, ni sufrió las consecuencias trágicas de lo que sí le pasó al grueso del pueblo. Es una burguesía que salió airosa, casi inmaculada, tras el desastre moral y de la razón en la Segunda Guerra.

 

Los burgueses descritos en la obra son felices, ligeros, bellos y sibaritas. El verano lejos de París les confiere otras gracias, rupturas con la cotidianidad a veces opresiva, y las posibilidades de aventurarse en el ejercicio del amor físico, de urgencia, que nada tiene que ver con aquella otra dimensión, la del denominado “amor trascendental”, en el que se aspira a ir más allá de la piel y del placer de la carne. Y a la situación de vacacionistas, se le debe agregar la buena mesa, la buena cama y el estar alejados del mundo aburrido de la producción.

 

Dividida en dos partes, la novela tendrá un personaje diferente, más dado a la razón y la disciplina que a los requiebros y excesos, que es Ana, una antigua amiga de la madre ya difunta de Cecilia y que antes no había tenido una relación cercana con Raimundo. La presencia en ese verano ardiente de la señora alterará las conexiones superficiales entre los demás personajes. Y se erigirá como una suerte de enemigo entre las relaciones padre-hija, pero, a su vez, entre los escarceos sexuales del padre con la joven “de vida airada”, Elsa, que a su turno, y como parte del entramado y montaje que prepara Cecilia, se divertirá en cama, en la playa, o en el bosque, con Cyril.

 

Dentro de las claves de la novela, podrían estar la lectura que ha hecho Cecilia de Bergson, apenas sugerida, aunque hay alguna cita explícita del autor de Materia y memoria, y la capacidad para la práctica del placer que tiene la narradora, “mejor dotada para besar a un muchacho al sol que para sacar un título”, según sus propias palabras. Su despliegue e inclinación hacia las sensaciones fuertes, las combinará con sus dotes para preparar “conspiraciones” en contra de Ana, a la que se ve como una presunta enemiga del equilibrio padre-hija. Y entonces, la muchacha, tremenda en las artes del separatismo, comienza su labor de zapa contra la señora Larsen y la preservación de su papá, como un viudo que no debe casarse con una mujer de su misma edad, porque dejaría de “pertenecer a esa categoría  de hombre sin fecha de nacimiento”.

 

Claro, en el padre hay, de modo a veces inconsciente, un afán por mantenerse joven, o, al menos, por aparentarlo. Su relación casi deportiva con Elsa (juguete sexual de Raimundo) le da energía, lo mantiene en estado de libido despierta y atenta; con la veterana, en cambio, se trata más una atracción entre maduros, que incorpora, aparte de lo físico, que en este caso no es lo prioritario, asuntos mentales.

Elsa, por ejemplo, es la ninfa, la joven provocadora y provocativa, la que tiene infinita energía sexual; mujer del “amor-dinero”; Ana, la señora, un ser del orden y la experiencia de lo vivido. Por eso, Cecilia, que ve en la novia de su padre una amenaza, un estorbo “para amarme a mí misma”, una talanquera entre “el amor incestuoso por mi padre” (Cecilia es consciente de esta situación), va mellando la proximidad entre Ana y Raimundo, y para eso se servirá, cómo no, de Elsa y Cyril. Con este último, la muchacha mantiene relaciones carnales de altas temperaturas. Como el calor del verano.

 

Y después de todo, en la novela dónde está la tristeza, no tan evidente, y que se sugiere desde el epígrafe (un poema de Paul Eluard, La vida inmediata), se nombra en las primeras frases de la obra y vuelve a aparecer, al menos en lo verbal, al final de la novela. Cecilia, según lo confiesa al comienzo, conocía el arrepentimiento, el fastidio y hasta el remordimiento. “La tristeza, no”. El lector se encontrará al final con que lo que le sucedió a Ana, tendrá ciertas repercusiones en la memoria, en los recuerdos de la narradora y en la salutación final de “Buenos días, tristeza”.

 

En la obra, que es una exaltación del hedonismo material, se podrán esculcar los bolsillos del tejido novelístico en cuanto a la presencia de la culpa y cierta expresión, no muy categórica, del remordimiento. Sin embargo, ni lo que le sucedió a Ana (¿accidente o suicidio?), ni el peso de los recuerdos sobre un verano de ardores en la piel y en la mente, hará mella en la mentalidad y modos de ser de dos burgueses de alto turmequé, que viven más por estar siempre en los goces vitales que en posibles arrepentimientos y actos de contrición.

 

La aparente superficialidad de la novela, su aspecto engañoso, se va desmoronando en la medida en que las artimañas de Cecilia para que, en últimas, Ana no se case con Raimundo, triunfan y la obra camina otra vez por los senderos del placer, sin que la pena ni la culpa vayan a provocar desmoronamientos en unas existencias cultivadas para el goce y las comodidades. Hija y padre no necesitan, en últimas, de nadie. Se bastan a sí mismos. Y las posibles interferencias que puedan alterar esa condición, no sobrevivirán.

 

Françoise Sagan, niña terrible y precoz de la literatura francesa de la segunda mitad del siglo XX, no pudo con su éxito inicial y sus demás libros (novelas, guiones, piezas teatrales) no alcanzaron la dimensión de su novela iniciática. Quizá no pudo sobreponerse a la fama abundante que le dio Buenos días, tristeza, ni al alcoholismo y el uso de drogas, ni a los juegos de azar y la vertiginosidad en los carros. Tal vez haya escritores que solo necesitan una sola obra para permanecer. Su educación se basó en la lectura de Gide, Camus, Eluard, Sartre, Rimbaud y Proust.  Y tuvo el acierto de no ponerse a novelar el trabajo, sino el ocio. Dicen que con la publicación de Buenos días, tristeza, terminó la posguerra en Francia. Su autora nació en 1935 y murió en 2004.

 

 

(Bonjour Tristesse, Françoise Sagan. José Janés, Editor, 1954. Traducción de Noel Clarasó, 192 pag.)

Afiche de la película de Otto Preminger, basada en la novela de Françoise Sagan.

Zazie en el metro (o de cómo una niña envejece en París)

Por Reinaldo Spitaletta

 

El espectador, mediante los efectos de un travelling, se acerca a París, montado en un tren. Los rieles corren; la vista, también. Y de pronto, aparece otro tren en dirección contraria, para reafirmar que se trata de una activa ferrovía y que es probable una insinuación: el que llega también se puede devolver. Y tras el acercamiento visual, surge una estación, una plataforma con gente que espera y que, por lo demás, huele mal, porque en París, según dicen  los periódicos que cita un personaje alto, que sobresale entre los que están expectantes, la mayoría no se baña, porque apenas el once por ciento de los pisos tiene “cuarto de baño”.

 

Aunque, claro, entre tanta peste, el hombre alto dice que hay maneras diversas de lavarse, pero los que hay allí son guarros, gente desaseada, cochinos. Hay aglomeración, la misma que aprovecha un carterista enano para esculcar al tipo que ha sacado un pañuelo para taparse la nariz. Una mujer interroga de dónde brota esa porquería, y el hombre bien trajeado contesta que se trata de un perfume de la casa Fior.

 

Zazie en el metro, un filme de Louis Malle, estrenado en 1960, es una adaptación cinematográfica del libro del mismo nombre del estilista Raymond Queneau, un extraordinario experimentador del lenguaje que, a su vez, en la novela satiriza la civilización, el esnobismo parisino y llega hasta cuadros surrealistas que adoba con palabras callejeras y de los bajos fondos. El tío Gabriel, que de él se trata, sigue a la espera en la estación y ya ha visto a su hermana que corre, como enloquecida, por la plataforma atiborrada de gente y él abre los brazos, con la esperanza de que ella se abrace a su corpulencia y elevada estatura, pero la mujer pasa de largo hasta aterrizar en los brazos de un sujeto que la aguarda, la carga, la jonjolea y le da vueltas como si fuera un frágil maniquí o una muñeca sexual.

 

Y mientras la hermana y su amante parisiense están en la saludadera, de abajo se escucha una vocecita infantil que dice que el hombre debe ser el tío Gabriel, y la que se convertirá en todo el filme en una auténtica plaga (también en un ser perseguido), una chiquilla muy despierta y mal hablada, aparece con su carita de “yo-no-fui”, ojos de picardía, dientes separados, motilado redondo a la capul y con unas ganas desbordantes de montar en el metro de París, sin saber todavía que el día de su llegada hay una huelga.

 

Zazie en el metro (y la muchachita, en rigor, no logra viajar en ese medio de transporte) es una película frenética, con movimientos rápidos de cámara, con chistes visuales y una mezcla de surrealismo patético y de burlas a los modos de organización y vida de una metrópoli loca.

 

Zazie, que ante todo quiere ir a casa de su tío en el metro, y que ya sabe que su mamá se ha quedado con su amante en la ciudad, y que por eso la mandó a hospedarse donde el hombre que por lo demás es un bailarín de cabaret (“bailaora española”), hace pataletas, ofende a un taxista amigo de Gabriel y sale corriendo en busca de una de las entradas al subte, y se topa con las puertas cerradas y los avisitos de “huelga”.

 

La llamada Nueva Ola francesa (Nouvelle vague), un movimiento estético cinematográfico que surge a fines de los cincuenta, auspiciado por la revista Cahiers du Cinéma, se erige como una reacción a lo que sus promotores denominaron “viejas estructuras” del cine de ese país, y que tuvo entre sus mentores y directores, entre otros, a François Truffaut, Jean-Luc Godard, Claude Chabrol, Jacques Rivette y Alain Resnais. Y en ese combo estelar aparecerá Malle, que años más tarde brillará, por ejemplo, con filmes como Adiós, muchachos (también titulada Adiós a los niños), Lacombe Lucien (con guion compartido con el escritor Patrick Modiano) y una adaptación de un drama de Chejov, Vania en la calle 42.

 

Zazie en el metro es una comedia que apela al absurdo y al disparate, y que expone la ciudad para que sea una niña la que la observe y recorra con todas sus posibilidades imaginativas y picardías de pelada inquieta, en la que, a su vez, se va a sentir desolada en un mundo hostil de adultos. Entre los cuestionamientos del filme están asuntos conectados con la pedofilia y con juegos de palabras que sugieren, por ejemplo, un aparente homosexualismo del tío Gabriel, “el mejor bailarín de París”.

 

Zazie se filmó como una película provocadora, una crítica a la sociedad parisina y una muestra picante de vanguardismo. Sin embargo, para los ojos del siglo XXI estos que pudieron ser atributos en su tiempo se diluyen, tal vez porque tuvieron más intenciones de ir en contra del cine convencional de entonces que de una exposición de ideas y cuestionamientos ideológicos. Por eso, quizá, algunos han dicho que es un filme que no ha envejecido bien; es decir, que muchos de sus discursos e imágenes no resistieron el paso del tiempo.

 

La obra puede pecar de atiborramiento de sucesos, de exceso de chistes “gráficos” (gags) que, a lo mejor, pudieron ser una virtud del cine mudo. Pero que chillan en el sonoro. Como sea, tiene momentos simpáticos que, además de risas, pueden producir reflexiones en torno a la infancia, el matrimonio, el adulterio, la viudez y la labor de la policía. El final, en cualquier caso, es una muestra de hondura y un indicio doloroso de que la infancia puede terminarse en poco tiempo. Zazie, la niña que quería montar en el metro de París, cuando está de regreso a su casa acompañada de su madre (que ya se había refocilado con su amante), puede que le pase lo que a un personaje de un cuento de Kafka: se le dibujará alguna arruga en la frente infantil. Presagio de que la niñez se está esfumando.

 

(Reseña para Huellas de Cine, cineclub del Centro de Historia de Bello)

Fotograma del filme Zazie en el metro, de Louis Malle

Catherine la gafufa recuerda a su papá

Por Reinaldo Spitaletta

Catherine, Catalina, Catica, Cata, muchacha memoriosa ya entrada en la edad adulta, en la que desde el piso de una torre neoyorquina hace volar sus recuerdos hasta un distrito de París, cuando vivía allí con su padre, hace casi treinta años, días en que el mundo era borroso porque, al quitarse las gafas (ah, niña con lentes da la impresión de chica intelectual, qué fastidio, dirán por ahí) el mundo real se convertía en uno de ensoñación. Con almohadones de plumas y algún arabesque de ballet.

Sí, una niña que vive con el señor Certitude (¿Albert?), su padre, encima de una especie de almacén, en el que hay, llegan y salen, cajas y paquetes que parecen equipajes de provincianos. El señor Certitude tiene un socio, un tipo pedante, tiquismiquis, que escribe poesía, según dice, y además tiene la manía de leerles a la niña y a su padre, creaciones del señor Raymond Casterade, que así se llama. La novela corta, o mejor, la nouvelle infantil de Patrick Modiano, Catherine, si bien reconstruye aspectos del territorio propio del escritor que tiene como referentes el París de la posguerra, el pasado, los oscuros días de infancia y juventud del autor de Trilogía de la Ocupación, está llena de pasajes vivísimos, luminosos, aunque parte del mundo de la niña sea el de verlo borroso cuando, por haber entrado a clases de ballet, se quita las gafas (“con gafas no se hace ballet”).

Claro, el tiempo se para, es otro, cuando Catherine se despoja de sus lentes y establece con su padre una suerte de complicidad, porque él también se quita los suyos. “A nuestro alrededor todo era suave y brumoso. Se había detenido el tiempo. Estábamos bien”, dice la niña, subida en una báscula junto a su papá. La novela de Modiano también trata de los franceses que van a hacer la América en los Estados Unidos. La madre de Catherine, una bailarina de cabaret, tiene que devolverse de Francia a su país natal a buscar mejor futuro, y entonces en París se quedan el señor Certitude y su hija, en la calle Hauteville, donde estaban almacén y vivienda.

Catherine no llega a saber cuál era la auténtica profesión de su padre. ¿Se dedica a exportaciones, transporte, tránsito? La vida de la niña transcurre de la casa-almacén al colegio, al restaurante con su papá, a las clases de ballet con la profesora rusa Madame Galina Dismailova, que el lector después descubrirá algunos secretos sobre ella, lo mismo que sobre el padre de Catherine. De la mano, o mejor, de los ojos sin gafas y de la memoria de la protagonista, marchamos por espacios cerrados, como las habitaciones de padre e hija, los juegos con jabón de afeitar, los desayunos y los almuerzos en un ámbito interior, pero también en restaurantes en los que, Catherine y su padre se las ingenian para hacerse lo más lejos posible del señor Casterade, que es un ser insufrible.

La novela, o noveleta, alcanza su esplendor cuando una compañerita de ballet de Catherine, una niña hija de ricachones, y que también usa gafas, la invita con su padre a un coctel de primavera, en una fiesta de imposturas y apariencias extravagantes, en la que el señor Certitude naufraga en medio de vanidosos, y él mismo tiene que aparentar que posee un automóvil de lujo, cuando en rigor ha ido allí en una camioneta descaecida y propia para cargar cajas y otros atados.

Tres años viven solos en París Catherine y el señor Certitude, cuando, después de que este ha puesto en orden todos sus asuntos comerciales, deciden viajar a América, donde la niña (que da la impresión de que su mamá poca falta le hace) se reencontrará con su madre. Si bien me parece que la obra, escrita con alta calidad literaria, no es propiamente para niños, sí está hecha para la delectación más de adultos que de chicos, aunque estos pueden entrar (se recomienda que se pongan gafas de utilería y se las quiten en pasajes de la obra) en el fascinante universo de los recuerdos infantiles de una muchacha y su relación con el padre, con un tiempo en París, con pasitos de ballet (puntas y entrechats) en una academia del género.

Publicada en 1988 por Gallimard Jeunesse, la edición de la editorial Blackie Books, traducida por Miguel Azaola, e ilustrada con alegría y talento por uno de los más destacados artistas franceses, Jean-Jacques Sempé, es un gustazo para la vista, las manos y la imaginación. La novela es una memoria desvertebrada de una chiquilla que, adulta, recuerda con aire infantil sus paseos por la placita San Vicente de Paúl, las instrucciones de Madame Dismailova, “cuya verdadera voz no escuché nunca”, y sus recorridos de la mano de su padre por las calles del distrito 10 de París. Una memoria feliz y dulzona, aspectos que no se ven siempre en el novelístico —y en general rudo, a veces sórdido— universo de Patrick Modiano.

Aquella bohemia existencialista

(Una mirada a la novela En el café de la juventud perdida)

Por Reinaldo Spitaletta

Un café de barrio, donde en un tiempo se reunían poetas, aspirantes a escritor, bohemios y otra suerte de vagos y angustiados existenciales, se convierte en una marroquinería. Las ciudades cambian, a veces borran toda huella de pasado, a veces son refugio de fantasmas y recuerdos nebulosos. Pero en medio de las transformaciones urbanas, permanecen algunas memorias, que luchan por sobrevivir ante el torrente de novedades, ante un presente que parece nuevo, pero, que en muchos casos, es la expresión del Eterno Retorno.

La mayoría de habitués del parisino café Le Condé eran jóvenes entre los diecinueve y veinticinco años, aunque había uno que otro veterano. Una logia disímil, unida por mesas y conversaciones, por el hambre de ser alguien, por las ganas de compartir una copa. Quizá por la alegría “loca y gris” de un tiempo sin tiempo, que es el de la juventud. Tal vez Patrick Modiano, autor de En el café de la juventud perdida, se pudo haber preguntado cómo afectó la presencia de una muchacha, misteriosa, atractiva, sombría, la vida cotidiana de un cafetín, pero, más que ello, el deseo y la visión del mundo de algunos parroquianos.

La novela, a varias voces, con narradores en primera persona, nos va descubriendo, casi que a cuenta gotas, un mundo subterráneo de sentimientos y apreciaciones sobre Louki, una muchacha que un día apareció en el café, se volvió cotidiana, al principio no hablaba con nadie, pero luego se torna fundamental para la concurrencia y parece impregnar el ambiente con su perfume indefinible. Y con su presencia. Con técnicas propias de la novela policíaca, Modiano reconstruye un mundo perdido, de jóvenes de los sesenta, y de un París espectral, en el que, unidos ambos entornos, crece la figura de una muchacha sin aparentes raíces, con una madre que trabaja en el Moulin Rouge, y que cambia, para bien o para mal, la vida de varios de los personajes de la novela. Y de otros que no están conectados directamente con Le Condé.

En la obra aparecen seres extraños, como Bowing, que se pasó varios años apuntando en una libreta los nombres de los clientes del café, a medida que iban llegando, y la fecha y la hora. Para él, en la vorágine de las grandes ciudades (en el maelstrom), era clave encontrar puntos fijos, quizá como un modo de atrapamiento de la memoria, una lucha contra la fugacidad. En Le Condé, todos leen. Unos tienen Los cantos de Maldoror; otros, las Iluminaciones, y alguno, Las barricadas misteriosas. La muchacha que es el centro del relato novelesco lee Horizontes perdidos, del inglés James Hilton, sobre la llegada de un grupo de extranjeros al utópico monasterio tibetano de Shangri-La.

Otro personaje, Roland, quiere escribir sobre las zonas neutras, que tienen la ventaja de ser solo un punto de partida “y antes o después nos vamos de ellas”. La novela es una especie de rompecabezas, con piezas que van encajando con lentitud y precisión, hasta llegar un final desconcertante, aunque de algún modo previsible. Se suceden pensiones, calles y callejones, otros cafetines, estaciones del metro, cuartos, y todo para crear una atmósfera fantasmagórica, en la que el espectro de Jacqueline, más conocida como Louki, una mujer que a los quince años “aparentaba diecinueve. E incluso veinte”, que da mucho que hacer a su madre, que abandona a su marido y se vuelve imprescindible en la vida de otros hombres, que después van a sentir el vacío que ella les deja en su existencia, en una pieza de hotel, en un vagón de metro, o en una reunión poética. La figura de Jacqueline lo llena todo.

En el café de la juventud perdida, el lector se topa con una librería que abre de madrugada, con una chaqueta príncipe de Gales, con un libro de Nietzsche, con un perro que se mete a un iglesia, con un detective privado que deja a su cliente sin saber qué pasó y con la nostalgia de un tiempo que ya no es. Se puede encontrar, también, con el deseo imposible de que el tiempo se detenga en un mediodía, en el corazón del verano. Y con el desamparo sentido cuando se sabe de seres y cosas que ya no están.

Modiano, como en otras de sus novelas, integra otra vez París a las categorías de identidad y memoria, tan caras en sus ficciones. Es la ciudad de sus invenciones y desasosiegos. Una ciudad que hace suya, a su manera, con panaderías que no cierran de noche, con calles y esquinas que tienen su propio espíritu y sentir. Y con personajes que en muchas ocasiones lindan con lo fantasmal. La novela, que bien pudo titularse Louki, transita por un tiempo que a veces da la impresión de detenerse. O de estar volviendo. Una obra breve, intensa y con caminos de sombra, que en algún momento interrumpe la “luz cruda de una lámpara”.

Al finalizar su lectura, no sobra ir al tornamesa y poner el tango Volver. Puede ser una adecuada banda musical para esta novela de Modiano. Y no me pregunten por qué.