Trámite sin dicha en un banco purgatorial

(Crónica con formularios, un subgerente que va y viene y una chica de Valledupar)

 

Antiguo edificio de la Bolsa, parque de Berrío.

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

El parque de Berrío (antes, en tiempos coloniales y en un buen tramo del siglo XIX llamado la plaza mayor) está atiborrado a las tres y treinta de la tarde. El edificio de la antigua Bolsa de Medellín, enseguida de la basílica de la Candelaria, aparece como un vetusto testigo de la transformación radical del lugar que recuerda al forjador del Ferrocarril de Antioquia, al nominador (dio el nombre) de la Universidad de Antioquia y al fundador de la Escuela de Artes y Oficios. Hasta aquí todo va bien. Vendedores de lotería y gente que espera, quizá a quien no llegará a tiempo.

 

Y adentro del banco, tras empujar la puerta de vidrio (“empuje”, dice sobre la manija), busco la oficina de subgerencia. Está sola. Me paseo por un lado y otro. Los módulos de atención y asesoría comercial están llenos. En unas sillas oscuras, hay clientes que aguardan, con caras desvaídas, quizá desesperadas por la lentitud en la atención.

 

Porto en una mano el formulario, ya diligenciado, de actualización de datos y de “Persona Expuesta al Público” (PEP). No sé dónde entregarlo. Y de pronto, aparece un hombre de camisa lila y corbata bajo el avisito de “subgerencia”. Saludo y el hombre, que se iba a sentar, viene hasta mí. Le explico y muestro el formulario. “Tiene que dar la información en uno de los módulos, pero antes debe tomar un ficho de turno”. Me sale el A57. Miro a la pantalla y van en el A45. Salgo a mirar otros paisajes. Nada raro. Lo mismo en el pasaje comercial, transeúntes que van y vienen, otros adentro de los negocios. Avisos publicitarios. Vocinglería. Olor a café.

 

Vuelvo a empujar la puerta-vidriera. Ya no está el subgerente. No se ha movido el turno. Aparece otra vez el tipo de la lila. Le digo que por qué es tan lenta la atención. Que si para llenar esos datos no es mejor hacerlo por la web y de tal modo se evitaría uno tantas esperas y el mundo sería mejor. Me mira como si yo fuera un extraterrestre. Alguien desocupa una sillita y camino hacia ella. Sé que el hombre de la lila me sigue con la vista. Saco un libro y comienzo a leer: “Una amiga de Annie F. venía a menudo a casa. Se llamaba Frede. A mis ojos de adulto, hoy no es más que una mujer que dirigía, en los años cincuenta, un club nocturno de la calle de Ponthieu…”. Alzo la mirada y veo que viene hacia mí una señora negra. Me sonríe y pregunta: ¿Aquí la atención es por orden de llegada…?”. “No, debe tomar un ficho de aquel aparato”. Le señalo.  Y prosigo en la lectura de Reducción de condena, de Patrick Modiano.

 

El turno va en el A46. Son las cuatro de la tarde. Por los ventanales se nota la agitación del parque. Los módulos siguen en actividad. Al fondo, hay filas para las taquillas de retiros y consignaciones. El hombre de la subgerencia ha vuelto a desaparecer. “Al otro día, en el establecimiento de un librero de viejo, hojeaba un número atrasado de La Semaine à Paris de julio de 1939, en el que venían indicados los programas de los cines, los teatros, las galas de variedades y los cabarets”. Siento que Modiano no pierde su táctica de hacer pesquisas policíacas en sus novelas, reconstructoras de memoria de una ciudad cambiante y que, a veces, pocas huellas deja de lo que fue. Turno A47.

 

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No es fácil concentrarse mientras se espera un taquillazo para una “vuelta” que, en rigor, y con mejores organizadores de actividad bancaria, no tendría por qué tardar. Qué tanto es decir una dirección, un teléfono, estampar una huella, un número de cédula, una firma. Vuelvo a las páginas. Y siento una voz. Alzo la mirada y veo la camisa lila y la corbata oscura. “¿Qué número tiene?”. Luego me dice que me va a ayudar a agilizar el trámite. Me pide la cédula y va hasta el aparato. Vuelve con otro ficho: CP109. “Muchas gracias”, le digo, a secas. “Huy, tan de buenas usted”, me dice un hombre de unos treinta años, sentado a mi lado. “De buenas, no. Varias veces tuve que ir a reclamar”. Está ahí, según me dice después, porque el “patrón” le consignó anoche y cuando fue esta tarde al cajero no había nada. “Vine a ver qué pasó”.

 

Aparece en el tablero el CP108. Ya no torno a las páginas de Modiano. Creo que el asunto del tiempo ha cambiado y que en segundos estaré en el módulo. Y, sí, en efecto. Voy, me siento. Al frente, una muchacha pelinegra. Se llama Stella, según observo en la escarapela. En el acento noto que es de otro lado, quizá de la costa. Me pide la cédula. Además, le doy el formulario doblado. Manipula el computador. Me parece que ha palidecido. Llama a un compañero. Este teclea y luego ella sigue. No da la impresión de que las cosas vayan bien. Llama entonces al hombre de la subgerencia. Este digita varias teclas. Pienso que abriré otra vez el libro.

 

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La muchacha sonríe. “No está funcionando el computador. Esta mañana me pasaron para este, pero parece que se ha desconfigurado. Qué pena”. Sonrío por cortesía. Ella hace una llamada. “Ah, parece que ya lo van a arreglar”, dice. Modiano también me dice que había una “chica callada de tocado moreno y ojos pálidos que era un personaje de cuento. La llamábamos Blancanieves”. La operadora habla ahora con otra funcionaria. Luego me observa y me pregunta si soy un pensionado. Luego me interroga sobre ingresos y gastos. Y teclea. “Ah, se volvió a descomponer”. Sonríe y me pide que tenga “la paciencia del santo Job”. “De santo tengo poco o nada”, le digo y nos encontramos en la risa.

 

Veo que mi cédula sigue ahí sobre el computador de la muchacha. Ella vuelve a llamar. Volteo y a través de la vidriera el parque continúa con su efervescencia. No se escucha su ruidosidad de las cuatro y media de una tarde de jueves. Entonces recuerdo lo del PEP y le acoto a la chica, a la que ya le he preguntado de dónde es, por qué para renovar unos datos elementales hay que esperar tanto y venir hasta las oficinas cuando eso se podría hacer por la red. “Este banco es distinto. Le gusta que sus clientes vengan a las oficinas”. No supe en ese instante si se trataba de una especie de burla o de una línea empresarial. Entonces decido hablarle de que estoy frente a ella porque el señor de la camisa lila me dijo que iba a agilizar el trámite. Cuando miro al tablero ya ha pasado el A57. Va en el A60. “Hace rato hubiera salido de aquí”, pienso.

 

Después le digo que por qué diablos tengo que estar en ese formulario. “No he tenido cargos públicos”. Y entonces recuerdo que fui candidato a una corporación de elección popular. Y que a lo mejor sea por ese factor. Ya son las 4.45 cuando decido canturrearle a la muchacha un pedacito de “Valledupar, edénico lugar que brilla bajo el cielo de la tierra mía”, y le hablo de los Hermanos Martelo y ya la tardanza me conduce a decirle a la valduparense —que cuando se puso en pie se le notaron sus líneas de esbeltez y figura sensual— que le compondré un paseo vallenato. “Ah, eso sí que es sabroso para bailar”, dice con sonrisas.

 

Casi a las cinco ya he puesto mis huellas en los formularios. Me da una piececita redonda de papel húmedo para limpiarme el índice derecho. “Voy donde el subgerente con estos formularios y ya vuelvo para entregarle su cédula”. He guardado hace rato en el bolso el libro de Modiano. “¡Qué paradoja! —le digo a Stella—. Me mandaron para acá dizque porque me iban a agilizar el turno y vea pues”. De reojo miro hacia el escritorio del hombre lila y me parece que hay en su faz una especie de rictus burlón. “Ahora sí. Terminamos. Y como dicen en mi tierra, puya el burro”. La muchacha sonríe y me devuelve la cédula.

 

Afuera, por el pasaje comercial, sigo canturreando aquello de “…el corazón no puede soportar el profundo pesar que da tu lejanía”. Llego a Junín, que está atiborrado de escombros. El cielo de Medellín, color gris lluvia, me cae encima como una especie de apocalipsis.

 

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Pintura de Kandinsky

Los colores de los parques

(Crónica con cosechas de pájaros y vendedores de globos)

 

Rei Prado caminante

El caminante pinta los parques con sus colores interiores.

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

No hay parques en blanco y negro. Digamos en gracia de discusión que para pintar un parque se necesita una paleta policroma, porque si bien es cierto que todo depende del estado de ánimo, en particular del pintor, un parque es una sumatoria de emociones. Vamos al parque. Esta invitación ya es más que un arco iris, más que la cajita de colores del escolar, mucho más espléndida que las floraciones del guayacán.

Un parque es, más que todo, un estado interior. Uno puede guardar un parque en sus intimidades y cada vez, según las melancolías o los goces, sacarlo, ponerlo a su disposición, formarle bancas de madera o cemento, sembrarlo de arrayanes o gualandayes, instalarle una fuente, que además puede tener patos, chorritos de colores, matas acuáticas, y, de desearlo, alguna quimera que haga burbujas con su boca. Si quiere, sentará a dos enamorados bajo un almendro, y a un anciano que intenta leer un libro apolillado.

Un parque, en rigor, no requiere lujos: sólo buenos deseos y un poco de vuelo mental. El niño es quien más lo disfruta porque es capaz de crear mientras lo utiliza. Los pájaros para él pueden ser ángeles custodios, el olor a flores puede ser el aroma de un duende burlón, las sillas quizá se conviertan en auto o, para los más dotados, en un avión supersónico. Un parque sin niños ya tiene una carencia, un vacío. Es incoloro. Insaboro. No provoca. Por eso hay que ponerlos allí, a correr, a mirar el cielo, a buscar hormigas.

Y si no hay chiquillos, tampoco habrá crispetas ni algodón de azúcar ni el vendedor de bolis, ni ninguna mamá. Y eso es grave, porque entonces quién podrá escuchar un “quedáte quieto, no corrás más”, un “si te sigues mojando en la fuente no te vuelvo a traer”, o un extraño “qué lindo se ve mi niño montado en aquel árbol”. Un parque ríe cuando hay un vendedor de globos y niños que se alelan mirándolos, queriendo uno, rojo, o verde, o azul, en fin, para tenerlo en sus manos y volar.

Un parque sin dos que se besan, se acarician, se dicen tequieros, no es un parque. Nada más sobrecogedor que una banca ocupada por los amantes, por los que se han citado allí para acercarse, para sentirse, cantarse uno al otro. Celebrarse. Quizá los parques fueron inventados para que en ellos hubiese siempre dos que se aman, que son capaces de escribir sus nombres en el tronco de un árbol, de mirar con ojos embobados a los azulejos que los emulan entre las frondas.

Un parque es la posibilidad de un encuentro. Puede ser que haya gentes que vayan solas al parque para hablar con ellas mismas, para olvidar, para recordar, para hacer menos sola su soledad. Otras van para huir de sí mismas o para buscar a alguno de sus pares, con quienes recuperar el tiempo perdido. Por eso, en ciertos parques, abundan los jubilados, con su piel cansada, manos callosas, ojos de estupor frente al mundo. Conversan. Callan. Y vuelven a mirarse para buscar más palabras.

Hay parques con próceres de bronce y palomas que depositan excrementos sobre sus glorias. Parques con iglesia. Parques difamados, prohibidos. Desahuciados. Peligrosos. “No vas por allá que es un antro de vicio”. Parques para que el vagabundo sueñe. Un barrio sin parque es como un cielo gris sin golondrinas.

Hay parques que cada cual pinta con los colores de su alma. O de sus sueños. Luchar porque haya parques es una conquista de la imaginación.

La imagen puede contener: nube, cielo, montaña, árbol, planta, tabla, exterior y naturaleza

 

  • ¿Plazas o parques?

  • En Medellín, caso curioso, llamamos parque a la plaza. Parques a la inglesa o francesa, poco o nada hay en la ciudad. Pero sí hay parques (mejor dicho, plazas) donde, pese a todo, a contaminaciones y otros espantos, hay cosechas de pájaros, hojas vivas y muertas, nidos y uno que otro poeta que se solaza con pedacitos de cielo y una lectura de banca.
  • Y, lo dicho, si no hay parques como deben ser (quizá el Volador, puede ser uno, y el que era antes el Bosque de la Independencia, hoy jardín botánico), hay plazuelas y plazoletas, como la Nutibara, la de Zea, la de Tomás Cipriano Mosquera, la de Mon y Velarde, y aun la del arzobispo Manuel José Caycedo. También la Uribe Uribe y la placita de Torres, por los bajos de Buenos Aires. Ah, este barrio, Buenos Aires, nunca tuvo parque.
  • El parque, o lo que así denominamos en la vieja Villa, es un espacio que da carácter al barrio. Si bien los del Centro son de muchos ciudadanos, de visitantes y residentes de banca, los de la periferia son clave en la vida cotidiana, la sociabilidad, los ejercicios de jóvenes y jubilados, los juegos infantiles… ¿Qué tal Belén sin parque, o La Milagrosa, o Campo Valdés, o El Poblado? Conquistadores, por ejemplo, tiene parquecitos a granel. Y Manrique, un clásico, nada. Ah, sí una plazoletica con virgen.
  • El parque Berrío (antigua plaza mayor) sigue siendo el parque central, aunque el de Bolívar, con más historias, más asuntos conectados con la cultura y la sociedad, es un emblema, un referente de ciudad, aunque hieda a meados. La retreta dominical volvió y hay mucha gente que conversa. Ya no aparece los jueves La barca de los locos. Y todavía suenan las campanas de la catedral.

 

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El papa a través de los binóculos *

(Luces, sirenas y banderas saludaron a Juan Pablo II en el parque de Berrío)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

Mientras al papa Juan Pablo II le regalaban carriel, sombrero y poncho antioqueños, en el parque de Berrío una señora defendía una Virgen que portaba bajo el brazo, aprisionada como un tesoro. Ella, en la primera fila, separada solo por un lazo de manila de la calle, quería que el pontífice le diera su bendición, cuando pasara por allí, en su papamóvil.

 

Al mismo tiempo, en los ojos cafés de María Clara Aristizábal, una niña de ocho años, las luces artificiales del “corazón de Medellín” se encendían con su fosforescencia de mercurio. “Mi tía dice que si le logra tocar la mano al papa, se va a paralizar. Además dice que no se la lavaría en un mes”, dice la niña. Y luego, con una sonrisa de muchachita rica, afirma: “Claro que mi tía es medio loquita”.

 

Desde lo alto de un edificio adyacente, el parque de Berrío se ve igual. Solo que una multitud que hormiguea como cuando se pierde la señal de TV en las pantallas, le da un toque distinto. Algo extraordinario va a ocurrir. Una voz grita: “¡Ya viene el papa!”. El concierto informe de cabezas se mueve. Se agita. Empuja. Policías que corren. Alguien se desmaya. Falsa alarma. El papa no aparece. Arriba, en el edificio, María Clara sigue mirando. “¿Cuándo vendrá?”, se pregunta.

 

Entre tanto, Ana Cristina Aristizábal, otra niña, hermana de la anterior y mayor que esta, observa una pancarta que, colgada de un balcón, dice: “Totus Tuus”. Y entonces, me pregunta: “¿Usted sabe  que quiere decir eso?”. Le contesto que no. Y ella, con su sabiduría de Columbos  School, replica: “Eso significa ‘todo tuyo’. Mi abuelito me lo enseñó en estos días”. Él es como una enciclopedia. Y me enseña muchas cosas”.

 

A lo lejos, la multitud vuelve a moverse. Los policías tratan de ordenar la gente. Tres niñas son sacadas de la turbamulta por los agentes. Las protegen. Más allá, una señora carga a un bebé, mientras sostiene con una de sus manos a un niño. Un policía se le acera y, tras decirle algunas palabras, la convence para que se aleje de allí. Corrían peligro.

 

En lo alto del mismo edificio, algunos “privilegiados” observan con binóculos. Quieren ver al papa cerca de sus ojos. Una gringa de Massachusetts, con apellido italiano y nombre español (Cristina Casale), dice, en un castellano incipiente: “Tengo mucha suerte de estar ahora en Medellín en la visita del papa”.

 

Abajo, los vendedores ambulantes siguen gritando: “¡Papavisores a doscientos cincuenta!”, al tiempo que la multitud crece, como un turbión, como una borrasca furiosa. “¡Ya viene el papa, ya viene!”. El grito aumenta. La vocinglería es mayor que cuando un estadio lleno canta un gol. Más desmayos. Por la avenida Colombia, la serpiente humana engorda, se estira, enloquece. Las sirenas abren el camino. Los pañuelos y las banderas ondean, como un saludo de pájaros al vuelo. Ahí está. Ha venido. Y ya pasa. El pontífice lanza bendiciones, mientras algunos policías reparten bolillazos. Las tres niñas se quedan quietas. Nadie las empuja. Sobreviven. Las sirenas no callan. Y el papamóvil sigue su camino, rumbo a la Catedral Metropolitana.

 

Antes del clímax, en el parque de Berrío, alguien había dicho: “Tenemos que hacer fuerza mental para que el papa mire para acá”. Cuando Juan Pablo pasó por el frente del sitio donde los aprendices de asuntos esotéricos estaban, no los miró. Frustración.

 

Las sirenas se escuchan distantes. La feligresía, en cantidad incalculable, se disgrega. El pastor se ha ido. Ya no están María Clara ni Ana Cristina, ni sus ojos de niñas inteligentes. La gente corre, pisotea, se mueve en zigzag, hormiguea. Entre la muchedumbre, debe estar una señora, con una Virgen bajo el brazo, con una cartera ordinaria bajo el otro. Debe ser feliz. Aunque el papa, a su paso por el parque de Berrío, no le haya podido bendecir la imagen de María.

 

*(Nota escrita por la visita de Juan Pablo II a Medellín y su paso veloz por el parque de Berrío. El Colombiano, julio 5 de 1986)

 

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Avenida Colombia, Medellín.

Amado y odiado centro de Medellín

(Crónica-ensayo con muchachas bonitas y hedores a orinal callejero)

 

 

Por Reinaldo Spitaletta

Todavía existía el parque Berrío y creo que el edificio del periódico El Correo, y había una cafetería en la esquina de Boyacá con Palacé, de nombre Pasapoga, y el mundo de la parroquia, antigua Villa de Medellín, era menos agitado en cuanto a tráfico vehicular, con poca gente, con algunos ladrones de calle, uno que otro asaltante de bancos y con feligreses (que no han faltado, aunque sí disminuido) entrando y saliendo de la blanca basílica de La Candelaria.

Alguna noche, como a las ocho, estaba cruzando Bolívar, sobre la calzada con sentido sur-norte, cuando un carro aceleró de súbito. Mi juventud y energía (y el instinto de conservación) permitieron un salto largo, que ni un atleta cubano de aquellos tiempos lo hubiera ejecutado y el vuelo me trasladó hasta el otro lado. El de la camioneta siguió como una exhalación y se quedó con las ganas de un atropellamiento. Tal vez era alguien que se creía dueño y señor del mundo. Quizá lo atravesaba alguna perversión. A lo mejor, solo quería divertirse y siguió raudo, muerto de la risa. Eran días en que todavía no estallaban carro-bombas, ni había pistoleros en las calles disparando sobre alguna víctima, ni jíbaros en las esquinas, ni tanta prostituta ni prostituto juntos.

Digo que todavía estaba completo el parque Berrío. El metro (cuya construcción ha sido la más cara del mundo) no lo había cercenado. No era aún una estación, que a eso se redujo la que fue la Plaza Mayor y perdió toda gracia. Pena sería decir ahora, como se solía: “yo nací en el parque de Berrío”. Qué tal. Hoy es un lugar sin identidad, variopinto sí, con un paisaje desordenado, sucio y en el que no falta el carterista, ni el “dedos rápidos” que con habilidad te sustraiga el Parker del bolsillo de la camisa.

En el llamado Perdón de La Candelaria, donde antes estuvo el bar Pilsen (el orinal más famoso de hace años en el parque Berrío), y las librerías América y Científica, y todavía pervivía el entejado donde arrojaron a fines de los sesenta partes del cuerpo despedazado de Ana Agudelo, ascensorista del edificio Fabricato, uno de los símbolos arquitectónicos de la burguesía paisa, no había entonces, como hoy, un mercado de pornografía, películas piratas y otras misceláneas.

La ciudad industrial de aquellos días, con chimeneas y obreros por doquier, con abundancia de cantinas y almacenes, y eso para no hablar de las cacharrerías, que somos negociantes y vendedores de baratijas, era el orgullo de la paisanada. Y por esas callejas, por la Plazuela Nutibara, impecable, con su cacique esculpido por el maestro Pedro Nel Gómez, era un lujo caminar, con la librería Continental en una esquina; el hotel más célebre de la historia del siglo XX, en otra; con el palacio de gobierno (hoy palacio de la cultura), una excentricidad de un arquitecto belga, en fin, que por ahí había mucha cosita atractiva, se andaba con sabrosura, es decir, con la cabeza en alto y sin sentirse perseguido o vigilado.

Y si se estaba por la Primero de Mayo, una diagonal que era una mezcla de edificios limpios, con un cine que tenía una pantalla para películas de setenta milímetros, y había un edificio cargado por dos Atlas que a uno le daban  agonías y cansancios ponerse a mirarlos, por ahí, que de noche era centro de serenateros y merenderos, con olor a buñuelos y empanadas, con aires de aguardiente, si se paseaba por allí, el ambiente era convocador.

El centro de la ciudad era, digamos hasta los setentas, o un poquito más acá, lo más atractivo de Medellín. Una primorosidad. Con cara de muchacha bonita, como lo calificó un cronista. Junín, calle-pasarela, alborozo de poetas de chaqueta roja y melenas revueltas, de futbolistas argentinos, de jugos de mandarina tomados por muchachas del Cefa y de La Presentación, con almacenes de caché y donde los ricachones tenían su club de exclusividades. Cuando tumbaron el teatro Junín y el Hotel Europa, y en su lugar la burguesía industrial erigió un edificio en forma de lanzadera, la calle de las elegancias perdió cartel. Ganó en altura, mas sufrió un desánimo, y se fue ulcerando. Pudriendo.

Una cosa muy distinta era caminar por La Playa, sobre la cubierta quebrada Santa Elena, cuando todavía había rastros de una que otra quinta de familias de la “high” o mejor de la “jai” (jai-jajai-jajai, se reía una vendedora de aguacates después), con ceibas y búcaros, con olores a pan fresco y sonidos de pianos y sonatas beethovenianas, con la vigilancia de los mismos bustos que todavía siguen ahí, impertérritos, de curas y próceres y bandidos de la Conquista, en fin, que una manera muy diferente era aquella a la de hoy, cuando hay hedores a meado, a mierda, a alcantarilla, y con un vaho infernal de exostos y otras tuberías.

Sí, claro. Se sabe que todo tiene que cambiar, pero hubiera sido mejor hacerlo con belleza, con historia, con preservaciones patrimoniales, con huellas de lo que hubo y corazonadas de lo que vendría, pero no así. Qué desencanto. El centro (ya no histórico sino símbolo de abandonos, de territorios disputados por delincuentes organizados, de decadencia y desamparo) se tornó como una tierra de nadie, de aquella que en la Primera Guerra Mundial era, en Europa, una sucursal del infierno. En la tierra de nadie se podía encontrar una bala, un enredarse en alambres de trinchera, un bayonetazo…, un cadáver.

Era un espectáculo escuchar los domingos a la matinal la Banda Sinfónica de la Universidad de Antioquia, cargar periódicos bajo el brazo, ver a don Mario recostado en la base de la estatua ecuestre de Bolívar fumándose un puro, observar cómo los cacorros se babeaban con los culos embluyinados de los adolescentes que iban a chupar cono a Helados San Francisco, y cómo una que otra lesbiana mimetizada se entraba a tomar café al Sayonara. Era emocionante ver las carteleras del teatro Lido y pasar de largo por las del Aladino, un cine depresivo (era para las sirvientas, según decía algún arribista) que quedaba contiguo a la mansión de un Echavarría.

Y no es que ahora no sea una atracción (a veces fatal) ver caminar los travestis, observar cómo se engolosina en las bancas algún amurado, escuchar las cantaletas y baboserías de los que dicen ser exégetas y hermeneutas bíblicos, pero es que lo que se respira es un ambiente decadentista. Tampoco es que antes fuera la gran maravilla, pero sí era posible ver desfiles de muchachas de colegio y de señoras elegantonas, que tal vez estaban tras la búsqueda de algún machucante o amante de ocasión.

Antes, claro, eran chéveres los cines, las heladerías, los almacenes de ropa fina, las milhojas de Maracaibo, las maneras cautas de entrar de los espectadores al cine Sinfonía (que sigue ahí, como si nada pasara), escuchar desde afuera un cantantico que imitaba a Leonardo Favio (que para algunos no cantaba, mugía) y caminar por los pasajes comerciales. O entrarse al teatro María Victoria, que un día se quemó. O ver vitrinas, que en otras ocasiones también se rompían al paso feroz y raudo de los estudiantes de la U. de A. en tiempos de gritos, manifestaciones y consignas en defensa de la educación popular.

Sí, digamos que era una bacanería pasearse por Palacé, entrar al Libia (el cine más exquisito de la ciudad, en Perú entre Palacé y Venezuela), hacer esnobismo en el bar giratorio, tomarse un whisky en alguna de las tabernas refinadas del sector, sentarse horas y horas en Versalles, a punta de tinto, sin que el dueño, un argentino pleno de simpatías, se molestara. Había cierto encanto en caminar por Bomboná y Pichincha y Ayacucho, darse una vuelta por El Palo, que era una calle solitaria en la que había una o dos panaderías de renombre, ir a los Martes del Paraninfo (sí, a escuchar a Sábato, Benedetti, Gonzalo Arango, Horacio Ferrer…) y entrar a El Cid, al Ópera, meterse un rato al bar Rigoletto, buscar en Sucre algún reservado para darle trabajo al dedo del corazón, o entrar al Odeón a ver por ejemplo Oliver Twist, un musical intrascendente que después hacía que muchos leyeran, motivados, la novela de Dickens.

Me parece que era una especie de aventura poder pegar en el muy ancho y alto muro de El Correo un dazibao sobre los cincuenta años de la masacre de las bananeras, que luego brigadas godas bombardearon con tinta azul. Y erigir en el parque Berrío una tribuna de altura inverosímil para conmemorar un Primero de Mayo. Era —como decían las señoras— rico ir al centro, porque si había uno que otro tipejo que les cortaba con navaja o cuchilla de afeitar la cartera, no predominaba el miedo.

El centro era un imán. Y otras cosas: las ganas de recorrerlo. La gracia de una vitrina organizada con gusto. Una posibilidad de sabores distintos. Una probabilidad del enamoramiento. El quedarse mediodía o más, en una librería, aunque no se comprara ningún libro. Ah, sí, claro, éramos parroquia, y todavía no había crecido el narcotráfico, ni se había reventado la industria, ni se habían marchado de ahí las empresas emblemáticas de los burgueses.

¿Por qué se deterioró el centro? ¿A qué se debe el estado de sitio permanente en el que vive y se ahoga? Diagnósticos a granel. Que las Convivir y otras bandas criminales se apoderaron de esa geografía fundamental de la ciudad. Que el burocratizado Estado municipal poco está interesado por la cultura, la historia, el patrimonio, y ha pactado (o convivido) con lo ilícito. Que hay una presión para rebajar el precio de la tierra, de las propiedades, de parte de mafias y otras estructuras delincuenciales, para luego engordar a urbanizadores y constructores de “edificios tuguriales”. Abundan las interpretaciones.

Sea cual sea la causa, que puede ser el neoliberalismo que quebró empresas nacionales, que abrió puertas al contrabando, que privatizó y ferió lo público, el centro es una “cueva de ladrones”, un eco de la inequidad y de los abusos del capital financiero, que ha llenado de pobrezas a los más pobres, y enriquecido a los que más tienen. Son múltiples las presiones contra esa parte clave de la urbe.

Sin embargo, con todas sus defecciones y despelotes, el centro sigue ejerciendo una especie de hipnosis, de irresistible atracción, como la de los cantos de las sirenas de Ulises. Su caos es una manera de lo inevitable, de aquello que hay que tener como una propiedad de todos, así sea por momentos repugnante o agresivo. Su ir y venir es parte de lo multitudinario, de los anonimatos proporcionados por la ciudad moderna. O tal vez, por la ciudad deshumanizada. Tal vez está hecho hoy para el afán, para que nadie se detenga y no mire atrás ni arriba. El cielo parece no ser parte del centro.

Quizá muchos no verán en la Oriental, una avenida sin identidad y sin casi ningún sentido de pertenencia colectiva, el hospedaje de loras de la tarde, que canturrean y gritan al principio y luego se posan para aquietarse en algunos árboles junto a los cruces con Caracas y Perú. Porque es la hora de los retornos. Y de las huidas. Ni observarán a ninguna hora la escultura de Ramírez Villamizar, o el mural de la clínica Soma, ni la fachada todavía sugerente y ancha de la Casa Barrientos. Tal vez a nadie le interese mirar el cordero pascual del frontis de la iglesia de San José o detenerse en la belleza que todavía conserva en sus arquitecturas la plazuela de San Ignacio.

El centro, al que le faltan zonas verdes, jardines, más árboles, más pájaros, menos “carramenta”, y reducir sus niveles de contaminación, es la manera de ser de la ciudad. El espíritu de lo urbano, el ethos citadino, se lo otorga esta sección de una Medellín que no es más que una revoltura de carencias, desafueros y privilegios minoritarios. Cuando en la periferia, o en la mayoría de esta, haya altos modos de vivir, sin atropellos a la dignidad, cuando el progreso sea para todos, entonces el centro se transformará.

El centro nos transmite nuestras maneras de ser como polis, como conglomerado social, como habitantes de una villa, que muestra numerosas miserias y maquillajes. ¿De quién es el centro? ¿Quién lo domina, quién ejerce el poder en su territorio? No es que antes fuera una arcadia, pero había más sentido del otro, de los otros, de lo colectivo. De arribar, los de afuera, a un lugar que ofrecía ciertas estéticas, que iban desde los bultos de maíz y arroz en las tiendas de abarrotes, hasta las elegancias expuestas en los escaparates de avenida. Una mezcla milagrosa de proletarios y burgueses.

¿Cuándo se jodió el centro? ¿O siempre estuvo jodido y no nos habíamos enterado? Tal vez hubo otros embelesos, otras formas de la enajenación. Puede que haya pistas del desastre en las novelas de Carrasquilla, en las palabras de Fernando González, en las caricaturas de Rendón, en la revista de los Panidas, en alguna diatriba de Gonzalo Arango, en dos o tres obras de Fernando Vallejo. Y hasta en El Obrero Católico y en las mentiras de tantos periódicos con informaciones amañadas y tendenciosas. ¿Quizá todo sea una venganza (¿de quién?) contra las humillaciones, los paternalismos interesados, los discursos disimuladamente clasistas de las elites contra los desposeídos?

Bueno, por ahora, poca sociología hay en un caminante que observa fachadas descaecidas, el orgullo de algunas caras sonrientes porque ven pasar el nuevo tranvía, las pocas huellas que han quedado del trasegar de otras generaciones por la ciudad. Ahora, que estoy buscando un bazar de buhonerías para celulares por una esquina de Boyacá con Bolívar, memoro cuando en esta calle que el metro despedazó, que tenía un separador central, y en una esquina estaba el Banco de Londres y en la otra el edificio de Coltabaco, sí, en esta calle larga que recuerda el apellido del Libertador, al cruzarla una noche, un endemoniado vehículo quiso pasarme por encima. Cuando el chofer aceleró, mis reflejos me hicieron descubrir, tardíamente por lo demás, que yo hubiera podido ser un destacado atleta de salto largo.

Plazuela de San Ignacio, Medellín (fotografía tomada de internet)

Alegría del descubrimiento

Por Reinaldo Spitaletta

Tenía la decisión irreversible de buscar los colores de la alegría. Mientras caminaba pensó que esa podría ser una tarea inútil, más propia de un vago que de alguien como él, ejecutivo empresarial, cansado del ambiente gris de oficinas, de un mundo cuadriculado de computadores y adulaciones de sus subordinados. Quería darse, pese a todo, una tregua, no montar un día en auto y buscar por la ciudad lo que él creía le aplacaría las tensiones y lo sacaría por un momento de su rutina sin paisajes.

La alegría no tiene los colores del payaso, se dijo, cuando pasó enfrente de un almacén en el que un tipo de nariz roja, mejillas blancas y un tricolor gorro de arlequín, anunciaba a gritos una oferta de electrodomésticos. “Cómo me gustaría vestirme de payaso”, pensó, pero desechó rápido su deseo cuando sintió el aroma quemante de las papas fritas. Nunca había probado papas callejeras ni se había detenido a observar el carrito, el aceite hirviente, las rebanadas móviles en la caldera. Le pareció que las tajadas cantaban. El vendedor, de delantal azul, gozaba con el pelapapas, con el sonido que emitían al contacto con la freidora. Compró una bolsita y siguió caminando.

Dos cuadras después, ya deglutido el paquete, se paró en una esquina, desde donde podía ver la iglesia blanca de La Candelaria, las palomas del parque Berrío, los vendedores de lotería y los apresurados transeúntes rumbo a la estación del metro. Había un hormigueo de gentes, ruido de automotores, olor a hollín. La ciudad viva. Activa. Y él ahí, viendo lo nunca visto, boquiabierto, azarado tal vez por el movimiento de cabezas, los pasos precipitados, las mujeres de falda corta… Era un espectáculo inédito. Él, tan de cafés finos y clubes de sociedad, ahora miraba su ciudad con otros ojos y la encontraba interesante, eso pensó.

Se dirigió al norte, atravesó el pasadizo de los frescos de Pedro Nel Gómez y de pronto se encontró bajo las palmeras de la plazuela Nutibara. Los colores de la alegría los llevaba él, por dentro, y se los despertaban las imágenes que una tras otra se iba tragando: el Palacio de la Cultura, de arquitectura nada apta para el trópico, al cual jamás había entrado; una esquina atiborrada de buses y taxis; luego una galería urbana, con esculturas, con fotógrafos que lo invitaban a tomarse una instantánea. Al fondo, el Museo. Había un corrillo. Qué cosa. Si él no era hombre del Centro, si no sabía a qué olía la gente de estos lados, si no había visto jamás una carretilla multicolor llena de frutas, si ni siquiera había montado en metro, y ahora estaba seducido por ese paisaje de miscelánea, hechizado por un tumulto, al cual se metió, primero con timidez, luego con mayor ahínco, incluso alzando los codos.

Se halló de súbito en primera fila. La figura de un hombre que hacía piruetas con teas ardientes, que después realizaba malabares con pelotitas de colores, más tarde se revolcaba en vidrios rotos, sin herirse, y al fin pasaba con un sombrero negro pidiendo el aporte voluntario, lo dejó sin aliento. Depositó un billete de diez mil pesos. El artista de la calle, desorbitados los ojos, le dio unas gracias llenas de sonrisas. Tenía los dientes brillantes.

Más tarde, se sentó en una de las bancas de la plazoleta. Las últimas luces de la tarde iluminaron su rostro. Reía por dentro. La alegría estaba en él. Oía en su interior un grito ancestral de “¡tierra, tierra!”. Estaba descubriendo su ciudad.

Plazuela Nutibara, Medellín. (Foto tomada de internet)