Los colores de los parques

(Crónica con cosechas de pájaros y vendedores de globos)

 

Rei Prado caminante

El caminante pinta los parques con sus colores interiores.

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

No hay parques en blanco y negro. Digamos en gracia de discusión que para pintar un parque se necesita una paleta policroma, porque si bien es cierto que todo depende del estado de ánimo, en particular del pintor, un parque es una sumatoria de emociones. Vamos al parque. Esta invitación ya es más que un arco iris, más que la cajita de colores del escolar, mucho más espléndida que las floraciones del guayacán.

Un parque es, más que todo, un estado interior. Uno puede guardar un parque en sus intimidades y cada vez, según las melancolías o los goces, sacarlo, ponerlo a su disposición, formarle bancas de madera o cemento, sembrarlo de arrayanes o gualandayes, instalarle una fuente, que además puede tener patos, chorritos de colores, matas acuáticas, y, de desearlo, alguna quimera que haga burbujas con su boca. Si quiere, sentará a dos enamorados bajo un almendro, y a un anciano que intenta leer un libro apolillado.

Un parque, en rigor, no requiere lujos: sólo buenos deseos y un poco de vuelo mental. El niño es quien más lo disfruta porque es capaz de crear mientras lo utiliza. Los pájaros para él pueden ser ángeles custodios, el olor a flores puede ser el aroma de un duende burlón, las sillas quizá se conviertan en auto o, para los más dotados, en un avión supersónico. Un parque sin niños ya tiene una carencia, un vacío. Es incoloro. Insaboro. No provoca. Por eso hay que ponerlos allí, a correr, a mirar el cielo, a buscar hormigas.

Y si no hay chiquillos, tampoco habrá crispetas ni algodón de azúcar ni el vendedor de bolis, ni ninguna mamá. Y eso es grave, porque entonces quién podrá escuchar un “quedáte quieto, no corrás más”, un “si te sigues mojando en la fuente no te vuelvo a traer”, o un extraño “qué lindo se ve mi niño montado en aquel árbol”. Un parque ríe cuando hay un vendedor de globos y niños que se alelan mirándolos, queriendo uno, rojo, o verde, o azul, en fin, para tenerlo en sus manos y volar.

Un parque sin dos que se besan, se acarician, se dicen tequieros, no es un parque. Nada más sobrecogedor que una banca ocupada por los amantes, por los que se han citado allí para acercarse, para sentirse, cantarse uno al otro. Celebrarse. Quizá los parques fueron inventados para que en ellos hubiese siempre dos que se aman, que son capaces de escribir sus nombres en el tronco de un árbol, de mirar con ojos embobados a los azulejos que los emulan entre las frondas.

Un parque es la posibilidad de un encuentro. Puede ser que haya gentes que vayan solas al parque para hablar con ellas mismas, para olvidar, para recordar, para hacer menos sola su soledad. Otras van para huir de sí mismas o para buscar a alguno de sus pares, con quienes recuperar el tiempo perdido. Por eso, en ciertos parques, abundan los jubilados, con su piel cansada, manos callosas, ojos de estupor frente al mundo. Conversan. Callan. Y vuelven a mirarse para buscar más palabras.

Hay parques con próceres de bronce y palomas que depositan excrementos sobre sus glorias. Parques con iglesia. Parques difamados, prohibidos. Desahuciados. Peligrosos. “No vas por allá que es un antro de vicio”. Parques para que el vagabundo sueñe. Un barrio sin parque es como un cielo gris sin golondrinas.

Hay parques que cada cual pinta con los colores de su alma. O de sus sueños. Luchar porque haya parques es una conquista de la imaginación.

La imagen puede contener: nube, cielo, montaña, árbol, planta, tabla, exterior y naturaleza

 

  • ¿Plazas o parques?

  • En Medellín, caso curioso, llamamos parque a la plaza. Parques a la inglesa o francesa, poco o nada hay en la ciudad. Pero sí hay parques (mejor dicho, plazas) donde, pese a todo, a contaminaciones y otros espantos, hay cosechas de pájaros, hojas vivas y muertas, nidos y uno que otro poeta que se solaza con pedacitos de cielo y una lectura de banca.
  • Y, lo dicho, si no hay parques como deben ser (quizá el Volador, puede ser uno, y el que era antes el Bosque de la Independencia, hoy jardín botánico), hay plazuelas y plazoletas, como la Nutibara, la de Zea, la de Tomás Cipriano Mosquera, la de Mon y Velarde, y aun la del arzobispo Manuel José Caycedo. También la Uribe Uribe y la placita de Torres, por los bajos de Buenos Aires. Ah, este barrio, Buenos Aires, nunca tuvo parque.
  • El parque, o lo que así denominamos en la vieja Villa, es un espacio que da carácter al barrio. Si bien los del Centro son de muchos ciudadanos, de visitantes y residentes de banca, los de la periferia son clave en la vida cotidiana, la sociabilidad, los ejercicios de jóvenes y jubilados, los juegos infantiles… ¿Qué tal Belén sin parque, o La Milagrosa, o Campo Valdés, o El Poblado? Conquistadores, por ejemplo, tiene parquecitos a granel. Y Manrique, un clásico, nada. Ah, sí una plazoletica con virgen.
  • El parque Berrío (antigua plaza mayor) sigue siendo el parque central, aunque el de Bolívar, con más historias, más asuntos conectados con la cultura y la sociedad, es un emblema, un referente de ciudad, aunque hieda a meados. La retreta dominical volvió y hay mucha gente que conversa. Ya no aparece los jueves La barca de los locos. Y todavía suenan las campanas de la catedral.

 

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Estampas urbanas al garete

(Crónica fragmentada con boleros, estatuas y una vendedora de tamales)

 

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Estatua ecuestre del Libertador. Parque Bolívar, Medellín.

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

1.

Ese día, sábado por la tarde, hice como en un poema de Robert Frost, pero al revés: de dos calles que se bifurcaban yo escogí la más transitada, y entonces me encontré con señoras de pelo morado (hoy las chicas se lo tiñen también de ese color), con carteras apretadas, a las que imaginé con mantilla y rosario. No había campanas ni misales. Ellas iban, sobre la acera, conversando quién sabe de qué pasados.

 

Más adelante (¿o quizá más atrás?) las mandarinas brillantes de un carretillero esparcían un aroma que me transportó a tiempos de ensueño, cuando papá, muy de vez en cuando eso sí, traía unas cajitas de confites ingleses, con fotos de familias inglesas en la tapa, y era como tener el paraíso en la boca.

 

Pasaron avisos de bazares, de hamburguesas, de helados italianos, de promociones telefónicas, de medias, de discos “chiviados” y entonces me detuve frente a una ventica de empanadas venezolanas, compré unas cuantas, saboreé y supe que eran mejores que las parroquiales. Bueno, sin generalizar pues.

 

2.

Por el pasaje La Bastilla, el hombre de chaqueta raída y zapatos viejos baila al ritmo de una canción de Ricardo Fuentes. En la derecha, carga una botellita de agua, con la otra lleva el ritmo en el aire. “Lo besarás con tus labios manchados / te colmará con sus torpes caricias…”. Hace mímica, fonomímica, se mueve con sabor y ritmo. Nadie parece prestarle atención. En el ambiente de mediodía huele a aguardiente y cerveza. La voz del cantante sale de un bar. En la esquina, con la calle Colombia, una vitrina de almacén luce camisas de hombre, bien dispuestas y elegantes.

 

Atravieso y voy ahora en medio de libros usados, algunos tirados en el piso, otros en mesitas. “Busca libros, señor”. El muchacho de camiseta verde me extiende una tarjeta. Oigo que alguien dice que necesita El músico ciego, de Korolenko. En el bar de la esquina se ven, desde afuera, las mesas de circunstantes que toman café.

 

3.

 

Primero, un guitarrista eléctrico. Unos metros más arriba, un guitarrista acústico, con su estuche abierto sobre la acera. Relumbran algunas monedas. Después, un titiritero sin espectadores. El tranvía pasa y desde adentro los pasajeros observan el muñeco de colores que danza en la calle. Más arriba, un olor a perros calientes se despliega por el entorno, en el que todavía los árboles están a medio crecer.

 

Del antiguo paisaje, solo quedan unas casas de fachadas afrancesadas. Hay, sembrados, edificios de apartamentos. Empieza, mas no como hace años, a sentirse un olor aceitoso a chunchurria. El hombre del carrito de frituras la prepara, muy cerca de donde antes había un jardín-heladería y ahora, con el esnobista nombre de “mercado”, hay una ramada con diversidad de comidas rápidas.

 

Adelante, en medio de gente que va y viene, se asoman los ventorrillos ambulantes de ropa, de frituras, de solteritas, de avena, mientras de un bar de dos pisos el reggaetón se arroja con intensidad sobre Ayacucho. En una banca, una pareja se besa, sin atender al juego saltarín de dos perros a su alrededor.

 

4.

La escultura de Marco Tobón Mejía, en la que el general José María Córdoba está con un león viejo a sus pies, no parece interesarse en la atiborrada presencia de toldos, juegos infantiles, chuzos y arepas con queso, que se extiende por un parque que, hace unos veinticinco años estaba asediado por una fantasmal soledad, con dos o tres alcohólicos en sus bancas.

 

Hoy es un hormiguero. Suenan las campanas de El Sufragio. Hay globos flotantes. Las mascotas van y vienen. Más allá, junto a la cabeza del poeta Carlos Castro Saavedra, esculpida por Óscar Rojas, una señora peliblanca se apechuga con un señor canoso. Parecen revivir un antiguo romance. El atardecer tiene corazoncitos que flotan sobre el viejo parque de Boston.

 

5.

 

Atardece sobre la estatua ecuestre del Libertador. El caballo y el jinete miran al sur. Junto al monumento, esculpido por el italiano Giovanni Anderlini, se eleva una suerte de carpa o quiosco policial. Unos cuantos agentes, con cara de aburrimiento, no parecen prestar atención al hombre de sombrerito de ala corta que baila al son de la salsa que brota de un altoparlante. El tipo tira paso de maravilla. Se deleita con su tongoneo.

 

Los olores son diversos. Junto a una jardinera huele a “berrinche”. Así lo dice una señora que agarra con certeza la cartera y se detiene a mirar las matas que un vendedor arruma en el piso. Se sabe que, por el olor, hay tipos que aspiran su “baretica”. Frente al Lido, dos hombres con pinta de extranjeros se detienen en la acera a observar la fachada deteriorada del viejo teatro en el que, hace años, se presentó el pianista Claudio Arrau. La brisa arrastra papelitos al garete.

 

6.

 

La señora, con atuendo colorido, el sol brillando en su cara achocolatada, empuja el carrito y se detiene en la esquina de San Martín con Moore. Es la media mañana y ella, con su megáfono, anuncia tamales de pollo y carne de cerdo, “calienticos”, “tamales sabrosos, a tres mil”. Pasa un Circular. Pasa un bus de Villa Hermosa. La señora continúa ofreciendo su producto. Suben por la acera de enfrente dos muchachas con tulas a sus espaldas.

 

Junto a la vendedora, con paso lento, una señora lleva a un perrito blanco con la traílla. “Qué lindo”, le dice la de los tamales. “Sí, está muy viejo y es ciego”. Ambas continúan su rumbo. Después, en la distancia, se sigue oyendo una voz amplificada que camina con su cochecito de oferta.

 

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Foto de Juan  Fernando Ospina, Universo Centro.

 

 

 

 

Fantasmas y musas del Teatro Lido

(Uno de los teatros más elegantes de Medellín sigue contando historias)

 

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Era el cine de los deslumbramientos, por varias razones. A la entrada, en una suerte de hall uno continuaba mirando los afiches de películas de próximo estreno, que en las afueras en la fachada más elegante que haya tenido teatro alguno del centro de Medellín, con vitrales de enormidad, ya uno había observado, incluido el aviso luminoso que anunciaba con títulos y horarios la función del día.

 

Y la gracia era mirar hacia arriba para ver no solo el mundo sino verse uno mismo patas arriba, en un espejo inmenso que, claro, como éramos adolescentes todavía, las dimensiones del mundo nos parecían de aquí a la eternidad. El techo como espejismo, como otro modo de apreciar el universo, que, adentro, sería distinto, en sus silleterías rojas, con un escenario prometedor enmarcado por dos columnas de mármol oscuro; y arriba, un arabesco de metal con suaves curvas coronaba la embocadura.

 

Ir un domingo al Lido era toda una aventura. Desde temprano, merodeábamos por el parque Bolívar, con sus conos San Francisco, su heladería de jardines interiores llamada Sayonara (donde asistían en un tiempo muchachas a besarse con otras muchachas), y a escuchar a las once de la mañana la retreta con la banda sinfónica de la Universidad de Antioquia. A veces, uno se quedaba extasiado en las carteleras, con las películas de Federico Fellini y MichelangeloAntonioni, o con una cara de ojos grandes de una actriz italiana.

 

En rigor, el Lido, fundado en 1945, no fue construido para la proyección de cine, sino para la presentación de estrellas de la música, sobre todo clásica. Allí estuvo Claudio Arrau con su prodigio para la interpretación del piano, y la Orquesta de Cámara de Berlín. El teatro, diseñado por Federico Vásquez, se construyó con materiales importados de Estados Unidos, y su creación se debió a los buenos oficios y dinero del potentado Francisco Luis Moreno, de exquisitos gustos clásicos musicales. En los interiores, el escultor Jorge Marín Vieco realizó unos relieves con figuras alegóricas de la música y el teatro, y en sus vitrales y mármoles grabó cinco de las nueve musas griegas.

 

En el segundo piso el espectador se puede topar con Calíope, musa de la poesía; con Terpsícore, la de los pies ligeros y musa de la danza; con Talía, protectora del teatro, musa de la comedia y de la poesía pastoril;  con Clío, otorgadora de fama, musa de la historia, protectora de las bellas artes; y con Euterpe, señora de la canción, protectora de los intérpretes y musa de la música.

 

Cuando lo compró Cine Colombia, en 1948, el Lido cambió su funcionalidad, y aunque siguió presentando recitales, vodevil y conciertos, su uso cotidiano se dedicó al cine. Con una capacidad inicial de mil cuatrocientos espectadores, debido a la ampliación del escenario, se redujeron sus localidades a 1090. Durante años, este teatro, de acústica de alta calidad, debido, entre otros factores, a sus revestimientos de yeso acústico, sirvió como un centro de sociabilidades, una atracción de cine calificado (después, el Libia, en Perú entre Venezuela y Palacé, se dedicaría en exclusiva al cine arte), y un ámbito elegante cuando todavía el centro histórico no había sido sometido a la descomposición por la disputa entre bandas delincuenciales, al tráfico de estupefacientes y a la presencia de “convivires” y otras lacras. El parque Bolívar, entre otros espacios públicos, se revistió de peligrosidades y los cines a su alrededor entraron en decadencia.

 

El Lido, como otros teatros del sector, se debilitó por diversas razones. Una, la lumpenización del centro, pero, además, por la proliferación de centros comerciales que construyeron nuevas salas de cine en la periferia. Los teatros (o cines) de la zona entraron en agonía y poco a poco se despidieron de un tiempo de ensoñaciones cuando el cine era una convocatoria a la imaginación colectiva y sus aventuras. Así, se murieron el Aladino (que en el imaginario popular era el de las “muchachas del servicio”); el Odeón, el Cid, el Ópera, el María Victoria, el Dux, los dos Junín (en la torre Coltejer, en el lugar donde en 1924 se erigió el teatro Junín, junto al hotel Europa, edificio diseñado por Agustín Goovaerts, con el nombre de Gonzalo Mejía, derribado en 1968), el Libia, el Diana, el Metro Avenida, el Cine Centro… solo sobrevivió el Sinfonía (sala X), en Sucre entre Caracas y Maracaibo.

 

En los noventas, el Lido, con su belleza y distinción, también cerró. En 1997 se declaró patrimonio cultural de la ciudad y el Municipio pasó a ser su nuevo dueño y actual administrador. Y si bien el cine ya no es su razón de ser, allí se presentan funciones de ballet, teatro, música, se realizan espectáculos del Festival Internacional de Tango de Medellín, recitales de poesía, veladas y actividades con las cuales las musas de Marín Vieco siguen sonriendo.

 

El Lido, hoy de silletería azul, mantiene su aspecto de edificación digna y sobresaliente. Un viejo y gigantesco (y ya inservible) proyector de cine continúa empotrado en un cuarto de su parte alta, soñando con antiguos filmes, con los días de gloria en que el “el séptimo arte” era un encuentro de clases sociales, de asombros y hasta de caricias en la penumbra. Dicen que en los camerinos, en noches sin luna, se escuchan lamentos y quejumbres fantasmales.

 

Las lámparas redondas ya no alumbran pero prosiguen en los techos como testigo de aquellos días de cine y músicas. Tal vez para los miembros de la “vieja guardia” el Lido no tenga hoy los significados y representaciones de otros tiempos. Pero, al menos, se recuperó para el arte y la cultura. Y puede ser un aliciente para que retornen los que se resisten a volver al parque Bolívar, a un espacio histórico que conserva trazas de su antiguo esplendor.

 

Luneta y balcón del Teatro Lido, vistos desde el escenario. El Lido es patrimonio cultural de Medellín. Foto de Sielo Posada (Semillero de Periodismo Urbano UPB).

Domingo con hedores y tres cabezas

Por Reinaldo Spitaletta

En la quietud de la mañana de domingo, el travesti atravesó con paso de demostración el parque de Bolívar. El atrio de la Basílica Metropolitana abundaba en palomerías. En sus bancas, uno que otro parroquiano parecía no esperar a nadie. Un tipo de unos sesenta años, solo, miraba un enorme hueco abierto en la calle Caracas en el cruce con Junín. El Libertador, sobre su caballo de bronce, seguía con su vista al sur.

Cuando llegué a la plazuela Nutibara, un poco antes de las nueve de la mañana, la gente escaseaba. Era un domingo sin abundancia de sol y con noviembre montado en las viejas palmeras del sector. Me aventuré por Boyacá y miré hacia las tres cabezas del escultor Bernardo Vieco, en los altos del edificio Bedout,  a ver si todavía estaban observando la histórica callejuela que en la colonia se llamó la Calle Real. Y sí, ahí proseguían, impertérritas y como si pertenecieran a otro mundo.

Cerca de la Ermita de la Veracruz, recostadas a portones y sentadas en escaleras de hospedajes, cuatro prostitutas exhibían su cansancio y miserias. Otra, contra una pared, mostraba sus nalgas desparramadas bajo un breve calzón de colorines. En una cercana acera, un tipo malencarado parecía vigilarlas, sin mucho interés en sus anatomías desmirriadas. Por Calibío, hacia donde derivé, más por tener una visión más próxima de la plazoleta de Botero, que por ganar terreno, los jardines y los arbustos encerrados con verjas, refrescaron la mañana.

Antes de llegar a Tenerife, las aceras estaban llenas de sobrados de comida, vómitos resecos y olía a meados. Doblé para pasar por la restaurada casa del prócer Francisco Antonio Zea y continúe hacia el occidente, por Boyacá, que es el corazón del ya destartalado barrio San Benito, el primero que hubo en Medellín, y que con la creación de la plaza Minorista José María Villa en sus alrededores, dejó con lentitudes de ser residencial. Muy cerca de ahí, por el Paseo de la República, viven centenares de “habitantes de calle” o indigentes. Pero esa es otra cara de la realidad de una ciudad desconchinflada.

El pasaje peatonal Boyacá estaba desolado. Crucé por Salamina; más adelante, de pronto, apareció una pareja desconcertante: él, de traje café con leche, zapatos marrón, con un portafolio en la mano derecha; ella, de vestido largo, entre fucsia y mandarina, de algodón fresco, tacones altos, que en un momento la hicieron tropezar levemente. “¡Cuidado!”, le escuché decir al señor. Pasé por su lado, sin mirarlos y entonces me quedé alelado con una fachada que todavía tenía huellas de un antiguo esplendor. Pese a su descaecimiento, había en ella una elegancia aún no extinguida, un aferramiento a un pretérito que pudo haber sido glorioso. Cornisas, rosetones, grabados borrosos en el cemento viejo, mugre en la antigua pared. Era un frontis llamativo y entonces imaginé su belleza de otros tiempos.

La iglesia de San Benito, abierta, dejó ver una cantidad de feligreses que no alcanzaba a llenarla. La vista fue fugaz y de súbito ya estaba atravesando el puente peatonal sobre la Avenida del Ferrocarril, que conecta con el edificio del Sena. Al otro lado, cuando bajé las escalas, un vendedor de cigarrillos y confites, sentado junto a su chaza, me miró con curiosidad. Levanté las cejas en señal de saludo. Sonrió y su figura quedó atrás. Transitaban pocos vehículos por la avenida que hace años era un corredor para el tren. Mis pasos me condujeron hacia las inmediaciones del Puente Colombia, que con cambios y todo, es uno de los más viejos de Medellín.

Y en este punto, cuando estaba atravesando la oreja del puente, comenzó el hedor. En la manga, en la que hay unos cuantos arbustos, estaban acostados varios “habitantes de calle”. Uno, que venía hacia mí, procedente del pasillo derecho del puente, cargaba un costal con desechos. Me miró casi sin ningún interés y pareció notar que yo percibía con disimulado asco los olores alrededor. Era una penetrante hedentina a excrementos humanos. Subí por el estrecho paso peatonal. “Los que diseñaron la reforma del puente solo pensaron en los vehículos y no en los caminantes”, pensé, mientras observaba las aguas turbias del río Medellín.

Cuando estaba en lo más alto del puente, vi que en sentido contrario venía otro hombre, que acababa de patear hacia la calzada una botella de plástico, tras hacer unas treintiunas con ella. Portaba un costal. Cuando pasó a mi lado, percibí sus humores de tipo que hace rato no prueba baño. El edificio de la Biblioteca Pública Piloto, con sus vidrios azules, me evocó antiguas jornadas de lecturas en su ámbito. Al terminar mi paso por el puente, todavía se sentía en el aire el olor de la mierda. “Menos mal —me dije— que la fetidez no se queda adherida a la ropa”.

Doblé hacia el barrio Carlos E. Restrepo y ya había un aire más limpio, con brisas leves que movían las hojas de almendros y otros árboles. Eran las nueve y cinco minutos cuando llegué a mi destino en un café, el único abierto a esa hora, en el que venden empanadas argentinas, pan batido y galletas de mantequilla. Pedí un jugo de guanábana y esperé a que llegaran los de la cita. Afuera, en una mesa, una señora rubia le leía un cuento infantil en inglés a un muchachito también rubio. El domingo todavía era una promesa con pedazos de cielo azul.

Edificio Bedout o Boyacá, más conocido como el edificio de las Tres Cabezas (foto tomada de internet)

Amado y odiado centro de Medellín

(Crónica-ensayo con muchachas bonitas y hedores a orinal callejero)

 

 

Por Reinaldo Spitaletta

Todavía existía el parque Berrío y creo que el edificio del periódico El Correo, y había una cafetería en la esquina de Boyacá con Palacé, de nombre Pasapoga, y el mundo de la parroquia, antigua Villa de Medellín, era menos agitado en cuanto a tráfico vehicular, con poca gente, con algunos ladrones de calle, uno que otro asaltante de bancos y con feligreses (que no han faltado, aunque sí disminuido) entrando y saliendo de la blanca basílica de La Candelaria.

Alguna noche, como a las ocho, estaba cruzando Bolívar, sobre la calzada con sentido sur-norte, cuando un carro aceleró de súbito. Mi juventud y energía (y el instinto de conservación) permitieron un salto largo, que ni un atleta cubano de aquellos tiempos lo hubiera ejecutado y el vuelo me trasladó hasta el otro lado. El de la camioneta siguió como una exhalación y se quedó con las ganas de un atropellamiento. Tal vez era alguien que se creía dueño y señor del mundo. Quizá lo atravesaba alguna perversión. A lo mejor, solo quería divertirse y siguió raudo, muerto de la risa. Eran días en que todavía no estallaban carro-bombas, ni había pistoleros en las calles disparando sobre alguna víctima, ni jíbaros en las esquinas, ni tanta prostituta ni prostituto juntos.

Digo que todavía estaba completo el parque Berrío. El metro (cuya construcción ha sido la más cara del mundo) no lo había cercenado. No era aún una estación, que a eso se redujo la que fue la Plaza Mayor y perdió toda gracia. Pena sería decir ahora, como se solía: “yo nací en el parque de Berrío”. Qué tal. Hoy es un lugar sin identidad, variopinto sí, con un paisaje desordenado, sucio y en el que no falta el carterista, ni el “dedos rápidos” que con habilidad te sustraiga el Parker del bolsillo de la camisa.

En el llamado Perdón de La Candelaria, donde antes estuvo el bar Pilsen (el orinal más famoso de hace años en el parque Berrío), y las librerías América y Científica, y todavía pervivía el entejado donde arrojaron a fines de los sesenta partes del cuerpo despedazado de Ana Agudelo, ascensorista del edificio Fabricato, uno de los símbolos arquitectónicos de la burguesía paisa, no había entonces, como hoy, un mercado de pornografía, películas piratas y otras misceláneas.

La ciudad industrial de aquellos días, con chimeneas y obreros por doquier, con abundancia de cantinas y almacenes, y eso para no hablar de las cacharrerías, que somos negociantes y vendedores de baratijas, era el orgullo de la paisanada. Y por esas callejas, por la Plazuela Nutibara, impecable, con su cacique esculpido por el maestro Pedro Nel Gómez, era un lujo caminar, con la librería Continental en una esquina; el hotel más célebre de la historia del siglo XX, en otra; con el palacio de gobierno (hoy palacio de la cultura), una excentricidad de un arquitecto belga, en fin, que por ahí había mucha cosita atractiva, se andaba con sabrosura, es decir, con la cabeza en alto y sin sentirse perseguido o vigilado.

Y si se estaba por la Primero de Mayo, una diagonal que era una mezcla de edificios limpios, con un cine que tenía una pantalla para películas de setenta milímetros, y había un edificio cargado por dos Atlas que a uno le daban  agonías y cansancios ponerse a mirarlos, por ahí, que de noche era centro de serenateros y merenderos, con olor a buñuelos y empanadas, con aires de aguardiente, si se paseaba por allí, el ambiente era convocador.

El centro de la ciudad era, digamos hasta los setentas, o un poquito más acá, lo más atractivo de Medellín. Una primorosidad. Con cara de muchacha bonita, como lo calificó un cronista. Junín, calle-pasarela, alborozo de poetas de chaqueta roja y melenas revueltas, de futbolistas argentinos, de jugos de mandarina tomados por muchachas del Cefa y de La Presentación, con almacenes de caché y donde los ricachones tenían su club de exclusividades. Cuando tumbaron el teatro Junín y el Hotel Europa, y en su lugar la burguesía industrial erigió un edificio en forma de lanzadera, la calle de las elegancias perdió cartel. Ganó en altura, mas sufrió un desánimo, y se fue ulcerando. Pudriendo.

Una cosa muy distinta era caminar por La Playa, sobre la cubierta quebrada Santa Elena, cuando todavía había rastros de una que otra quinta de familias de la “high” o mejor de la “jai” (jai-jajai-jajai, se reía una vendedora de aguacates después), con ceibas y búcaros, con olores a pan fresco y sonidos de pianos y sonatas beethovenianas, con la vigilancia de los mismos bustos que todavía siguen ahí, impertérritos, de curas y próceres y bandidos de la Conquista, en fin, que una manera muy diferente era aquella a la de hoy, cuando hay hedores a meado, a mierda, a alcantarilla, y con un vaho infernal de exostos y otras tuberías.

Sí, claro. Se sabe que todo tiene que cambiar, pero hubiera sido mejor hacerlo con belleza, con historia, con preservaciones patrimoniales, con huellas de lo que hubo y corazonadas de lo que vendría, pero no así. Qué desencanto. El centro (ya no histórico sino símbolo de abandonos, de territorios disputados por delincuentes organizados, de decadencia y desamparo) se tornó como una tierra de nadie, de aquella que en la Primera Guerra Mundial era, en Europa, una sucursal del infierno. En la tierra de nadie se podía encontrar una bala, un enredarse en alambres de trinchera, un bayonetazo…, un cadáver.

Era un espectáculo escuchar los domingos a la matinal la Banda Sinfónica de la Universidad de Antioquia, cargar periódicos bajo el brazo, ver a don Mario recostado en la base de la estatua ecuestre de Bolívar fumándose un puro, observar cómo los cacorros se babeaban con los culos embluyinados de los adolescentes que iban a chupar cono a Helados San Francisco, y cómo una que otra lesbiana mimetizada se entraba a tomar café al Sayonara. Era emocionante ver las carteleras del teatro Lido y pasar de largo por las del Aladino, un cine depresivo (era para las sirvientas, según decía algún arribista) que quedaba contiguo a la mansión de un Echavarría.

Y no es que ahora no sea una atracción (a veces fatal) ver caminar los travestis, observar cómo se engolosina en las bancas algún amurado, escuchar las cantaletas y baboserías de los que dicen ser exégetas y hermeneutas bíblicos, pero es que lo que se respira es un ambiente decadentista. Tampoco es que antes fuera la gran maravilla, pero sí era posible ver desfiles de muchachas de colegio y de señoras elegantonas, que tal vez estaban tras la búsqueda de algún machucante o amante de ocasión.

Antes, claro, eran chéveres los cines, las heladerías, los almacenes de ropa fina, las milhojas de Maracaibo, las maneras cautas de entrar de los espectadores al cine Sinfonía (que sigue ahí, como si nada pasara), escuchar desde afuera un cantantico que imitaba a Leonardo Favio (que para algunos no cantaba, mugía) y caminar por los pasajes comerciales. O entrarse al teatro María Victoria, que un día se quemó. O ver vitrinas, que en otras ocasiones también se rompían al paso feroz y raudo de los estudiantes de la U. de A. en tiempos de gritos, manifestaciones y consignas en defensa de la educación popular.

Sí, digamos que era una bacanería pasearse por Palacé, entrar al Libia (el cine más exquisito de la ciudad, en Perú entre Palacé y Venezuela), hacer esnobismo en el bar giratorio, tomarse un whisky en alguna de las tabernas refinadas del sector, sentarse horas y horas en Versalles, a punta de tinto, sin que el dueño, un argentino pleno de simpatías, se molestara. Había cierto encanto en caminar por Bomboná y Pichincha y Ayacucho, darse una vuelta por El Palo, que era una calle solitaria en la que había una o dos panaderías de renombre, ir a los Martes del Paraninfo (sí, a escuchar a Sábato, Benedetti, Gonzalo Arango, Horacio Ferrer…) y entrar a El Cid, al Ópera, meterse un rato al bar Rigoletto, buscar en Sucre algún reservado para darle trabajo al dedo del corazón, o entrar al Odeón a ver por ejemplo Oliver Twist, un musical intrascendente que después hacía que muchos leyeran, motivados, la novela de Dickens.

Me parece que era una especie de aventura poder pegar en el muy ancho y alto muro de El Correo un dazibao sobre los cincuenta años de la masacre de las bananeras, que luego brigadas godas bombardearon con tinta azul. Y erigir en el parque Berrío una tribuna de altura inverosímil para conmemorar un Primero de Mayo. Era —como decían las señoras— rico ir al centro, porque si había uno que otro tipejo que les cortaba con navaja o cuchilla de afeitar la cartera, no predominaba el miedo.

El centro era un imán. Y otras cosas: las ganas de recorrerlo. La gracia de una vitrina organizada con gusto. Una posibilidad de sabores distintos. Una probabilidad del enamoramiento. El quedarse mediodía o más, en una librería, aunque no se comprara ningún libro. Ah, sí, claro, éramos parroquia, y todavía no había crecido el narcotráfico, ni se había reventado la industria, ni se habían marchado de ahí las empresas emblemáticas de los burgueses.

¿Por qué se deterioró el centro? ¿A qué se debe el estado de sitio permanente en el que vive y se ahoga? Diagnósticos a granel. Que las Convivir y otras bandas criminales se apoderaron de esa geografía fundamental de la ciudad. Que el burocratizado Estado municipal poco está interesado por la cultura, la historia, el patrimonio, y ha pactado (o convivido) con lo ilícito. Que hay una presión para rebajar el precio de la tierra, de las propiedades, de parte de mafias y otras estructuras delincuenciales, para luego engordar a urbanizadores y constructores de “edificios tuguriales”. Abundan las interpretaciones.

Sea cual sea la causa, que puede ser el neoliberalismo que quebró empresas nacionales, que abrió puertas al contrabando, que privatizó y ferió lo público, el centro es una “cueva de ladrones”, un eco de la inequidad y de los abusos del capital financiero, que ha llenado de pobrezas a los más pobres, y enriquecido a los que más tienen. Son múltiples las presiones contra esa parte clave de la urbe.

Sin embargo, con todas sus defecciones y despelotes, el centro sigue ejerciendo una especie de hipnosis, de irresistible atracción, como la de los cantos de las sirenas de Ulises. Su caos es una manera de lo inevitable, de aquello que hay que tener como una propiedad de todos, así sea por momentos repugnante o agresivo. Su ir y venir es parte de lo multitudinario, de los anonimatos proporcionados por la ciudad moderna. O tal vez, por la ciudad deshumanizada. Tal vez está hecho hoy para el afán, para que nadie se detenga y no mire atrás ni arriba. El cielo parece no ser parte del centro.

Quizá muchos no verán en la Oriental, una avenida sin identidad y sin casi ningún sentido de pertenencia colectiva, el hospedaje de loras de la tarde, que canturrean y gritan al principio y luego se posan para aquietarse en algunos árboles junto a los cruces con Caracas y Perú. Porque es la hora de los retornos. Y de las huidas. Ni observarán a ninguna hora la escultura de Ramírez Villamizar, o el mural de la clínica Soma, ni la fachada todavía sugerente y ancha de la Casa Barrientos. Tal vez a nadie le interese mirar el cordero pascual del frontis de la iglesia de San José o detenerse en la belleza que todavía conserva en sus arquitecturas la plazuela de San Ignacio.

El centro, al que le faltan zonas verdes, jardines, más árboles, más pájaros, menos “carramenta”, y reducir sus niveles de contaminación, es la manera de ser de la ciudad. El espíritu de lo urbano, el ethos citadino, se lo otorga esta sección de una Medellín que no es más que una revoltura de carencias, desafueros y privilegios minoritarios. Cuando en la periferia, o en la mayoría de esta, haya altos modos de vivir, sin atropellos a la dignidad, cuando el progreso sea para todos, entonces el centro se transformará.

El centro nos transmite nuestras maneras de ser como polis, como conglomerado social, como habitantes de una villa, que muestra numerosas miserias y maquillajes. ¿De quién es el centro? ¿Quién lo domina, quién ejerce el poder en su territorio? No es que antes fuera una arcadia, pero había más sentido del otro, de los otros, de lo colectivo. De arribar, los de afuera, a un lugar que ofrecía ciertas estéticas, que iban desde los bultos de maíz y arroz en las tiendas de abarrotes, hasta las elegancias expuestas en los escaparates de avenida. Una mezcla milagrosa de proletarios y burgueses.

¿Cuándo se jodió el centro? ¿O siempre estuvo jodido y no nos habíamos enterado? Tal vez hubo otros embelesos, otras formas de la enajenación. Puede que haya pistas del desastre en las novelas de Carrasquilla, en las palabras de Fernando González, en las caricaturas de Rendón, en la revista de los Panidas, en alguna diatriba de Gonzalo Arango, en dos o tres obras de Fernando Vallejo. Y hasta en El Obrero Católico y en las mentiras de tantos periódicos con informaciones amañadas y tendenciosas. ¿Quizá todo sea una venganza (¿de quién?) contra las humillaciones, los paternalismos interesados, los discursos disimuladamente clasistas de las elites contra los desposeídos?

Bueno, por ahora, poca sociología hay en un caminante que observa fachadas descaecidas, el orgullo de algunas caras sonrientes porque ven pasar el nuevo tranvía, las pocas huellas que han quedado del trasegar de otras generaciones por la ciudad. Ahora, que estoy buscando un bazar de buhonerías para celulares por una esquina de Boyacá con Bolívar, memoro cuando en esta calle que el metro despedazó, que tenía un separador central, y en una esquina estaba el Banco de Londres y en la otra el edificio de Coltabaco, sí, en esta calle larga que recuerda el apellido del Libertador, al cruzarla una noche, un endemoniado vehículo quiso pasarme por encima. Cuando el chofer aceleró, mis reflejos me hicieron descubrir, tardíamente por lo demás, que yo hubiera podido ser un destacado atleta de salto largo.

Plazuela de San Ignacio, Medellín (fotografía tomada de internet)

Un travesti

Por Reinaldo Spitaletta

La medianoche había quedado atrás, regada por las ceibas de La Playa y los árboles sombríos del parque Bolívar. Las luces brillantes del aviso del Lido le daban al ámbito una atmósfera de vaudeville, con cantantes baratos, de la bohemia degradada, que se sentaba en las bancas de cemento diseñadas por la Sociedad de Mejoras Públicas. Olía a orines y a flores muertas.

Junín también había quedado atrás, y los pasos nuestros resonaban con un eco incomprensible. El parque penumbroso ofrecía una apertura a la imaginación. John, alto y de manos grandes, advirtió que estaba todo como para leer cuentos de Poe o recitar poemas macabros de Julio Flórez. Yo empecé a tararear Garúa, la que se acentúa con sus púas en mi corazón, y él dijo que me dejara de tanguear, que podríamos volvernos sentimentales y la noche no estaba para arrullos y nostalgias. Eso dijo. No sé por qué. Y yo paré en seco el tango e intenté leer el luminoso aviso del cine, no entendí qué película anunciaban. Junto a las ventanas de vidrio, con poca luz, se paraban unos travestis, que al principio pensé que habían escapado de algún filme felinesco. Exagerados en su maquillaje, daban la impresión de ser maniquíes tristones fugados de alguna vitrina de exhibiciones ordinarias. No sé por qué pensé en La Dolce Vita y me acordé de la hermosa Anita Ekberg y sus gritos de “¡Marcello, come here!”, mientras el agua de la fontana de Trevi le empapaba sus atracciones fatales.

Más allá, claro, estaba la fuente del parque, solitaria, o mejor dicho, con uno o dos tipos sentados alrededor, quizá fumando marihuana, o tal vez embelesados en los ladrillos de la monumental catedral de La Inmaculada Concepción, y que en otros días, cuando eran aquellos diciembres de festones y bombillerías psicodélicas, los campesinos de Santa Elena y de otros lugares llegaban con frasquitos a envasar el agua luminosa para llevársela a sus montes.

John vivía entonces en un apartamento del edificio La Unión, en la Oriental con Maracaibo. Habíamos estado de carnavales en casa de una compañera de trabajo, profesora de matemáticas en la Asociación Cristiana Femenina, donde él prescribía números y ecuaciones, y yo pontificaba sobre historia de Colombia. Nos quedamos de vuelta en el centro, en La Playa con Junín, nos tomamos un trago (“un arranque”) en una barra, en la que solo había hombres ebrios que hablaban de fútbol y de mujeres, eso escuchamos, y tras la copa, caminamos por la que fue la calle más elegante de la ciudad, ahora venida a menos, plena de vendedores ambulantes en el día, y de una que otra muchacha de rebusque en la noche.

La noche era espléndida, con sus estrellas titilantes, según pude ver en un momento en que quería mirar hacia arriba, tal vez para hacer un ejercicio de cuello, o porque sí, no sé, y John, de uno noventa y cinco de estatura, también miró el cielo, y creo que los dos, en un instante, pudimos parecer a un posible observador como dos beodos impenitentes que les da por contar estrellas o por alzar la cabeza para arrojar bocanadas de humo. Claro que John no fumaba, yo sí, y en ese instante saqué un cigarrillo.

Y fue ahí, quizá cuando la llama del fósforo ya estaba tiritando, el momento inesperado en que sentí un vaho caliente, de chicle remasticado, olor a labial ordinario y a pachulí, qué todo el conjunto daba para el mareo. “Oíste, papi, regaláme un cigarrillo”, oí modular, sin entender de inmediato de qué se trataba. Miré al frente y la cara embadurnada del travesti me pareció la de un personaje de un filme de horror. Masticaba con desgano y displicencia. Sus ojos clavados en mi cara. “Parece una vaca”, pensé.

—Son de tabaco negro—, le dije, al tiempo que comenzaba a retroceder con el fin de evitar alguna requisa. Sabía que eran hábiles en el cosquilleo, en meterte la mano al bolsillo con suavidades de seda.

—Mejor, mi vida. Dámelo—. La voz era ronca y no encajaba en la figura de minifalda y tacones altos, medias veladas y escote. Todo lo vi con rapidez, en medio de las luces del teatro y de las lámparas que algunas ramas escondían.
Le pasé un faso (recordé algún tango) y me pidió fuego, así, con esas palabras. Ya la situación me estaba chocando. Había una sensación de aire postizo, de farsa de baja estofa. Y entonces solté el insulto: “A vos no te come ni un arriendo en El Poblado ni el mar que come casco de buque”.

Más me demoré en pronunciar la agresión verbal que el otro en sacar un puñal. Reverberó en las sombras y las luces, creo que escuché dentro de mí otro tango, que hablaba de duelos y facones. Volteé sobre mis pasos y lo único que atiné fue a correr, mientras hacía ademanes desesperados de sacar un puñal imaginario de la pretina. Sentía muy pegado a mis espaldas al perseguidor, que me parecía que decía de todo. No le entendía. Subí por la calle Caracas, atravesé Sucre y galopé hasta la Oriental, sin mirar atrás.

Me dio la impresión de haber recibido un chuzón. Seguí corriendo hasta El Palo, donde esperé un taxi. No había nadie alrededor. “Por favor, me lleva a Buenos Aires”, le pedí al conductor. Y en ese punto, me acordé de John. Sin embargo, pensé que el pleito no era con él y que ya debía haber llegado a su residencia.

Al día siguiente, en la asociación educativa, me dijo que al travesti se le quebraron los tacones en la carrera, y que tal vez por eso yo estaba ahí, tan fresco, a punto de comenzar a hablar de la Guerra de los mil días, sin tener mínimo una herida en la espalda.

Parque Bolívar de Medellín en los años setenta (tomada de internet)