Orines con perfume de colegiala

(Una carta para el centro de Medellín)

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Querido y odiado Centro:

 

Cuando tenías cara de muchacha bonita, con uniforme del Cefa o de La Presentación, cuando olías en Junín a pan francés y jugo de mandarina, cuando por el parque Bolívar, tierra de élites de pipa y traje inglés sonaban las músicas matinales del domingo, me enseñaste que mientras más pisara tus calles, mis zapatos te querrían más.

 

Ve, como decía la tía Verania, me conquistaste a punta de fotogramas, y desde el viejo Oeste hasta Kubrick contribuyeron a mi educación sentimental; me ubicaste en la penumbra de pantalla encantada, en la que, a veces, alguna señora deslizaba su mano inquieta en búsqueda de un tesoro escondido, o, cómo no faltaban los cacorrones de media luz, un aseñorado señor se aficionaba a tocar muslo y salía trasquilado.

 

Quién lo creyera. Pero en el Sinfonía vi a Genoveva de Bravante y, después, tal vez porque el dueño creía que era pura pornografía, varios filmes de Pasolini (Teorema y El Decamerón, entre ellos). Y como a un diletante, las tardes del Cine Libia me regalaron a Lina Wertmüller y Liliana Cavani. Y primeros planos de la inquietante Liv Ullman.

 

Poco me interesaron tus misas, pero sí tus mesas de café, desde La Boa, pasando por la extinguida Arteria de noches universitarias y alicorados paliques, hasta hundirme en las tinieblas etílicas del Jurídico, La Bahía y el Oro de Múnich, con estaciones en el Caló, un bar de coperas hermosas. Y, claro, aquel bar de escasas mesas, en una esquina de sindicalistas y tipógrafos: La chispa, que parecía una sucursal de Lenin y sus bolcheviques.

 

En tu asfalto de tango y son echamos a volar guitarras nocturnas en días de estado de sitio mafioso, como un desafío a los que querían terminar con la noche. Y cantamos en las bancas del parque de Bolívar trovas al Che y leímos a Cortázar. También, sobre ese mismo asfalto, vi caer policías y borrachos con los bolsillos al revés.

 

Tal vez, de tanto estar en tus entrañas, no me percaté de tus cambios: donde había un cine, apareció un prostíbulo o una iglesia apocalíptica; donde había un cafetín, un parqueadero de motos. Y las librerías se esfumaron. Y solo quedaron bancas de especulación y bustos de próceres de hollín con mierdas de paloma.

 

Te sigo andando (¿amando?). Porque tu cara es múltiple. Bonita y fea. Musical y sorda. Sórdida. Y luminosa. Sos historia y memoria. Y tenés pájaros que atardecen en la Oriental. Divino y maldito. Sos centro de gravedad. Moribundo y naciente, con mezclas de olores extremos: meados de parque con perfume de colegiala.

Nota: Esta carta hace parte de la publicación Cartas al Centro, de la Universidad de Antioquia y Caminá pa’l Centro.

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Fútbol y literatura (con referencias a Pasolini y Borges)

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Pasolini, poeta, director de cine y gambeteador.

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Qué tiempos estos en que hablar de árboles (o de troncos) se puede constituir en un crimen. Pero no hay remedio. Voy a hablar de fútbol y literatura. El mejor fútbol, ese que aún no está contaminado por las mafias y las transnacionales, es aquel que se juega (¿se juega todavía?) en los potreros, en el barrio, en las mangas donde la imaginación es todavía la reina, o la loca de la casa. Como en El sueño del pibe, un tango futbolero.

 

Es en esos territorios del asombro que suda donde aún se practica “la lealtad humana al aire libre” -la frase es de Gramsci-, y donde la fraternidad y la solidaridad aún no han sido feriadas. La literatura tiene temas eternos: la soledad, las incertidumbres ante el mundo, la muerte, el amor, la guerra… Es el canto (alegre, elegíaco, misterioso, compungido…) a la condición humana. A sus debilidades y miserias.

 

El fútbol, siendo como es una especie de religión universal (o de estupefaciente, dicen otros), todavía no alcanza a dar obras maestras en novela. Uno pudiera decir que en algunas, como Megafón o la guerra, de Leopoldo Marechal, hay escenas futboleras, un estadio donde juegan el superclásico argentino Boca-River. No es, sin embargo, una novela de fútbol. Aunque el colombiano Andrés Salcedo escribió una: El día en que el fútbol murió.

 

En cuento, en cambio, sí hay verdaderas joyas, dignas de estar en cualquier antología del género. No voy a hacer un inútil catálogo de supermercado. Se me ocurre mencionar tal vez al mejor narrador en estas lides. Osvaldo Soriano, cuya más lograda novela -para mi gusto- no es de fútbol sino de boxeo (Cuarteles de invierno), nos dejó una muestra preciosa de su arte como escritor de cuentos de fútbol.

 

Quién que es amante del fútbol no se estremece, por ejemplo, con la lectura de El penal más largo del mundo, o con ese humor letal de Gallardo Pérez, referí, y con Maradona sí, Galtieri no, un cuento ambientado en Las Malvinas en momentos en que el astro está marcando dos goles históricos, el de la mano de Dios y el mejor hasta hoy en los mundiales, precisamente contra Inglaterra.

 

Ese gol, que causó conmoción planetaria, hubiera dejado sin aliento al gran Pier Paolo Pasolini, que muchos años antes, cuando declaró que “el goleador de un campeonato es siempre el mejor poeta del año”, escribió que el sueño de cada jugador es partir de la mitad del campo, gambetearlos a todos y marcar el gol. Pero esa cosa sublime nunca sucede. Es un sueño. Lástima que el escritor, poeta y cineasta italiano no haya visto tal obra maestra de la estrella argentina. Su asesinato en 1975 se lo impidió.

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En el libro El fútbol a sol y sombra, de Eduardo Galeano, quizá el mejor escrito que allí aparece -qué pena con el maestro uruguayo- es el de Soriano, titulado Gol de Di Filippo, una reconstrucción de un golazo del delantero del San Lorenzo, en un supermercado donde antes quedó el estadio del equipo de Almagro.

 

En Colombia, donde con certeza se han escrito muchos cuentos de fútbol, hay uno muy conmovedor en Los cuentos de Juana, de Álvaro Cepeda Samudio, pero el de mayor factura literaria, creo, es el titulado Gol olímpico, de Óscar Castro, que narra un partido de calle en el barrio Manchester, de Bello.

 

Durante mucho tiempo, el fútbol no fue asunto de intelectuales. Se había decretado, sin razón, una especie de dicotomía barbarie-civilización, en la cual, desde luego, el fútbol estaba en la primera categoría. Ya de él, de ese deporte de multitudes, habían denostado, entre otros, Rudyard Kipling. Y más tarde, el admirado Borges había producido, con su distinguido humor negro, una tempestad en Buenos Aires. Para él era una de las “maneras del tedio”, una cosa insulsa de ingleses, un juego sin estética. Una estupidez. Sus artes provocadoras lo llevaron a programar su conferencia La inmortalidad el día y la hora que Argentina jugó su primer partido del Mundial de 1978. En los Cuentos de Bustos Domeq, que Borges escribió con su amigo Bioy Casares, hay uno en el que el fútbol tiene presencia. Se llama Esse est percipi (“ser es ser percibido”).

 

Bueno, en asuntos de escritura futbolística les ha ido mejor a los poetas. Miguel Hernández con su Elegía al guardameta, en honor a Lolo, aquel portero trágico de Orihuela que se mató al golpearse contra un vertical. Y Rafael Alberti con su sentida oda al arquero húngaro Franz Platko, del Barcelona.

 

Pero el más bello poema a un futbolista lo escribió Vinicius de Moraes, nada menos que a Manuel Dos Santos, Garrincha: El ángel de las piernas tuertas. Claro que no le fue mal a Horacio Ferrer, poeta uruguayo, autor de célebres letras de tango (Balada para un loco, Chiquilín de Bachín, etc.) con su muy histriónica Balada para Pelé, el fenomenal negro que era “medio Marçeau, medio Chaplin”.

 

Horacio Quiroga, también uruguayo, maestro del cuento en América y una de las vidas más trágicas de la literatura, escribió Suicidio en la cancha, basado en el caso real de un futbolista del Nacional de Montevideo que una noche se mató de un tiro en la mitad del campo de juego.

 

Y aunque Albert Camus no escribió relatos sobre este deporte, así haya reminiscencias en La Caída y La Peste, dejó una bella página, Lo que le debo al fútbol, en la que dice, entre tantas cosas, que lo que más sabía acerca de moral y de las obligaciones de los hombres se lo debía al fútbol. Eran tiempos en que ese deporte no estaba atravesado por los intereses monetarios de corporaciones y otros capos.

 

“La inteligencia en movimiento”, que decía André Maurois para referirse al fútbol, ha inspirado a escritores como Cela, Verdú, Sábato, Roa Bastos, Juan Villoro, Benedetti, y al sufrido hincha de Rosario Central, el gran Fontanarrosa, entre otros. El fútbol sigue causando locura en el orbe y dejando ganancias a granel a los verdaderos dueños del balón. Pero este es otro cuento, no tan imaginativo.

 

 Garrincha, el ángel de las piernas torcidas.

Teatro Sinfonía: Cine porno sin crispetas

 

Nota: En 2003 escribí esta crónica sobre el viejo Teatro Sinfonía, para la revista Bohemia, de Itagüí. Hoy, diez años después, el Sinfonía sigue ahí, como el dinosaurio del micro relato de Monterroso.

 

Reinaldo Spitaletta

 

Algunos entran como asustados: antes de hacerlo, miran a lado y lado de la calle, mientras, de reojo, observan las carteleras de lascivia exhibidas en el hall del Teatro Sinfonía, el decano del cine porno en Medellín. Desde las diez y treinta de la mañana, hora de apertura, ya hay gente en la sala con capacidad para 470 espectadores.

 

No siempre fue una sala para presentar el denominado cine X. En 1942, cuando se llamaba el Salón España, proyectaban cine “normal”, en especial películas mexicanas. Luego se transformó en una emisora, radio Sinfonía, que más tarde volvió a darle paso a la pantalla grande.

 

Fundado por don Carlos Góngora Botero, también dueño del Radio City, el Sinfonía ha perdurado en Sucre (hoy una calle llena de ópticas), entre Caracas y Maracaibo. Sus tiempos de esplendor ya pasaron, pero todavía se mantiene como uno de los cuatro cines especializados en cine pornográfico en la ciudad.

 

En los sesenta, la sala comenzó a presentar películas eróticas o de “sexo suave”, como lo llama don Horacio Monsalve Betancur, su administrador desde hace 36 años. Eran películas más bien “inocentes”, comparadas con la irrupción del cine porno que tuvo su bombazo mundial con Garganta profunda, y con las que seguirían después, que carecen de argumento y son una monótona reiteración del “mete y saque”.

 

Durante el gobierno de Misael Pastrana Borrero (1970-1974) llegó a Colombia lo que se llamó el “destape”. Existía una censura para mayores de veintiún años que fue rebajada a los dieciocho. Por aquella época comenzaron a entrar películas “más fuertes” y el Sinfonía buscó especializarse en la proyección de ellas.

 

Claro que, para gloria de algunos amantes del buen cine en la ciudad, por alguna inexplicada razón presentaron allí casi todos los filmes del poeta y cineasta italiano Pier Paolo Pasolini, como Teorema, Las noches de Bocaccio, Edipo Rey y Las mil y una noches. Quizá los confundieron con cine porno. Y cuando muchos esperaban la proyección de Salo o los cien días de Sodoma, esta nunca llegó. Por aquellos días, todavía acostumbraban a cambiar cartelera en la semana santa. Jueves y viernes santo proyectaban Genoveva de Brabante y El mártir del calvario.

 

Con el “destape” cambió el público del Sinfonía. De los matinales con rifas de bicicletas y balones, y con los taquillazos del matinée doble, con películas mexicanas, argentinas y estadounidenses, se pasó a la del cine porno francés, italiano, sueco y también gringo. Ya eran otros los asistentes.

 

Desde los setentas va gente de todas las edades, en particular jóvenes. Cuando hay dudas de su mayoría de edad, los porteros les piden documento de identidad. No se admite recibo de cédula sin foto, “porque puede ser prestado”, según dice don Horacio. Alguna vez, un pelado al que no dejaron entrar porque le faltaban diez días para cumplir los dieciocho, le propinó una puñalada a un portero.

 

El cine Sinfonía, que en los tiempos gozosos agotaba sus localidades, hoy tiene una asistencia entre veinte y ochenta espectadores diarios. Antes, era normal, sobre todo los fines de semana, ver largas filas que doblaban por Caracas y Maracaibo: una para comprar boleto y otra para entrar.

 

De acuerdo con su administrador, no se presentan incidentes en la sala, “porque hay vigilancia. Se monitorea de que no haya gente fumando ni poniendo los pies sobre la silletería”. Además, como no hay palcos ni balcones, es más fácil ejercer control sobre espectadores alborotados.

De vez en cuando, cuando hay parejas en la sala, algún patán quiere molestar a la dama. Pero se le saca de la sala y “no se vuelve a dejar entrar”, afirma el administrador.

 

Quizá el mejor publicista que haya tenido el Sinfonía en su historia ha sido el sacerdote Fernando Gómez, cuando era párroco de Buenos Aires y productor del programa radial La hora católica. Sermoneaba a los feligreses para decirles que no entraran a ese teatro, porque las películas que presentaba eran prohibidas para todo católico. Muchos de ellos salían de misa “derechito” para el Sinfonía.

 

No sólo en semana santa se interrumpía la proyección del porno. También en la semana del 24 de junio, o Semana del Tango, para conmemorar la muerte de Carlos Gardel. Presentaban las películas del Zorzal Criollo. “Venía mucha gente. Pero ya esas películas se acabaron. No quedaron copias”, dice con aire de nostalgia don Horacio.

 

Antes de ser administrador del Sinfonía, Horacio Monsalve era empresario de cine. Tenía teatros o los alquilaba en Fredonia, Frontino, Támesis, Abejorral, Santa Bárbara y Yarumal, su pueblo natal. En Medellín tuvo el Teatro Castilla, el Laika de Aranjuez y el Buenos Aires, que se lo arrendó William Londoño, dueño del desaparecido y monumental Teatro Junín.

 

Para él, las películas más taquilleras en otros tiempos de la ciudad fueron Ben Hur, Los diez mandamientos, Dios cómo te amo y La ley del Monte, de Vicente Fernández, que duró 15 semanas en el Radio City.

 

De las pornográficas, las más exitosas han sido las de la ex diputada y actriz italiana Illona Staller, más conocida como la Cicciolina. El Sinfonía se llenaba de espectadores que suspiraban con las tetas y cabriolas lujuriosas de la pornoestrella. Don Horacio recuerda con especial placer el filme Sexo diabólico, con Roxana Dool, de gran acogida en Medellín. “A mí no me gusta el cine porno. Uno antes tenía que ver pedazos porque las casas distribuidoras a una misma película le cambiaban el título y entonces salía uno presentando la misma y el público protestaba”.

 

Para él los tiempos brillantes de los teatros eran los del cine mexicano, argentino, el de las películas americanas de Burt Lancaster, las series de Apache, El ladrón de Bagdad, con Sabú. Conserva en su casa muchas de ellas. Recuerda con interés actores argentinos, como Francisco Petrone, Mecha Ortiz y Pedro López Lagar, y películas taquilleras como Joven viuda y estanciera y La sombra de Safo, en la década del cincuenta. Rememora, asimismo, los días en que el Teatro Junín, con capacidad para 3.200 espectadores, se colmaba de público para ver cintas diversas, como El clavo y Todo un hombre.

 

“Una vez, en El Colombiano salió un aviso que anunciaba estas dos películas en un matinée doble: ‘Hoy, Todo un hombre con El clavo”, lo cuenta y se ríe don Horacio.

 

De los filmes viejos “eróticos”, el administrador señala como otros muy exitosos el documental “Norte desnudo”, en una playa de bañistas; y la serie alemana de las colegialas (Cuando las colegialas crecen, Cuando las colegialas aman; Cuando las colegialas pecan…).

 

El Sinfonía tiene clientes fijos. No importa que sea la misma película, pero ellos están ahí, cada día. Quizá sea un escape a la soledad, tal vez se trate de alguna desviación morbosa. Igual, no faltan. También entran políticos, médicos, empresarios, que tratan de camuflarse. Y aunque ya no es mucha la concurrencia, siempre habrá gente cumpliendo dieciocho años. “Así se va renovando el público”, dice Monsalve.

 

En este teatro, uno de los más viejos de la ciudad, trabajan dos porteros, dos aseadoras, una taquillera y dos operadores o proyeccionistas. Más allá del telón vino tinto de la entrada está el mundo de los que sienten placer al observar un filme pornográfico.

 

Hay un mandamiento definitivo. Nunca presentarán porno colombiano, “porque es algo muy ordinario, usan un dialecto lleno de vulgaridades, de palabrotas y es con droga a toda hora”, afirma el administrador.

 

Al Sinfonía llegan los espectadores con sigilo. Y salen con el mismo cuidado. No quieren ser observados por otros. Parece que tuvieran vergüenza de entrar a una sala de cine X. Hay un asunto llamativo en esta sala: en la confitería usted puede comprar gaseosas y mecato diverso, pero eso sí: no hay crispetas, lo cual es una gran ventaja. Las papitas fritas y las palomitas de maíz no son para ver cine, aunque este sea del peor porno.