Aquella bohemia existencialista

(Una mirada a la novela En el café de la juventud perdida)

Por Reinaldo Spitaletta

Un café de barrio, donde en un tiempo se reunían poetas, aspirantes a escritor, bohemios y otra suerte de vagos y angustiados existenciales, se convierte en una marroquinería. Las ciudades cambian, a veces borran toda huella de pasado, a veces son refugio de fantasmas y recuerdos nebulosos. Pero en medio de las transformaciones urbanas, permanecen algunas memorias, que luchan por sobrevivir ante el torrente de novedades, ante un presente que parece nuevo, pero, que en muchos casos, es la expresión del Eterno Retorno.

La mayoría de habitués del parisino café Le Condé eran jóvenes entre los diecinueve y veinticinco años, aunque había uno que otro veterano. Una logia disímil, unida por mesas y conversaciones, por el hambre de ser alguien, por las ganas de compartir una copa. Quizá por la alegría “loca y gris” de un tiempo sin tiempo, que es el de la juventud. Tal vez Patrick Modiano, autor de En el café de la juventud perdida, se pudo haber preguntado cómo afectó la presencia de una muchacha, misteriosa, atractiva, sombría, la vida cotidiana de un cafetín, pero, más que ello, el deseo y la visión del mundo de algunos parroquianos.

La novela, a varias voces, con narradores en primera persona, nos va descubriendo, casi que a cuenta gotas, un mundo subterráneo de sentimientos y apreciaciones sobre Louki, una muchacha que un día apareció en el café, se volvió cotidiana, al principio no hablaba con nadie, pero luego se torna fundamental para la concurrencia y parece impregnar el ambiente con su perfume indefinible. Y con su presencia. Con técnicas propias de la novela policíaca, Modiano reconstruye un mundo perdido, de jóvenes de los sesenta, y de un París espectral, en el que, unidos ambos entornos, crece la figura de una muchacha sin aparentes raíces, con una madre que trabaja en el Moulin Rouge, y que cambia, para bien o para mal, la vida de varios de los personajes de la novela. Y de otros que no están conectados directamente con Le Condé.

En la obra aparecen seres extraños, como Bowing, que se pasó varios años apuntando en una libreta los nombres de los clientes del café, a medida que iban llegando, y la fecha y la hora. Para él, en la vorágine de las grandes ciudades (en el maelstrom), era clave encontrar puntos fijos, quizá como un modo de atrapamiento de la memoria, una lucha contra la fugacidad. En Le Condé, todos leen. Unos tienen Los cantos de Maldoror; otros, las Iluminaciones, y alguno, Las barricadas misteriosas. La muchacha que es el centro del relato novelesco lee Horizontes perdidos, del inglés James Hilton, sobre la llegada de un grupo de extranjeros al utópico monasterio tibetano de Shangri-La.

Otro personaje, Roland, quiere escribir sobre las zonas neutras, que tienen la ventaja de ser solo un punto de partida “y antes o después nos vamos de ellas”. La novela es una especie de rompecabezas, con piezas que van encajando con lentitud y precisión, hasta llegar un final desconcertante, aunque de algún modo previsible. Se suceden pensiones, calles y callejones, otros cafetines, estaciones del metro, cuartos, y todo para crear una atmósfera fantasmagórica, en la que el espectro de Jacqueline, más conocida como Louki, una mujer que a los quince años “aparentaba diecinueve. E incluso veinte”, que da mucho que hacer a su madre, que abandona a su marido y se vuelve imprescindible en la vida de otros hombres, que después van a sentir el vacío que ella les deja en su existencia, en una pieza de hotel, en un vagón de metro, o en una reunión poética. La figura de Jacqueline lo llena todo.

En el café de la juventud perdida, el lector se topa con una librería que abre de madrugada, con una chaqueta príncipe de Gales, con un libro de Nietzsche, con un perro que se mete a un iglesia, con un detective privado que deja a su cliente sin saber qué pasó y con la nostalgia de un tiempo que ya no es. Se puede encontrar, también, con el deseo imposible de que el tiempo se detenga en un mediodía, en el corazón del verano. Y con el desamparo sentido cuando se sabe de seres y cosas que ya no están.

Modiano, como en otras de sus novelas, integra otra vez París a las categorías de identidad y memoria, tan caras en sus ficciones. Es la ciudad de sus invenciones y desasosiegos. Una ciudad que hace suya, a su manera, con panaderías que no cierran de noche, con calles y esquinas que tienen su propio espíritu y sentir. Y con personajes que en muchas ocasiones lindan con lo fantasmal. La novela, que bien pudo titularse Louki, transita por un tiempo que a veces da la impresión de detenerse. O de estar volviendo. Una obra breve, intensa y con caminos de sombra, que en algún momento interrumpe la “luz cruda de una lámpara”.

Al finalizar su lectura, no sobra ir al tornamesa y poner el tango Volver. Puede ser una adecuada banda musical para esta novela de Modiano. Y no me pregunten por qué.

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El fantasma de Dora Bruder

 

Por Reinaldo Spitaletta

Los periódicos de ayer, cuando se tiene la mirada del historiador, o, en otra dimensión, la del poeta, sí son interesantes. En ellos, o en la visión de los que los escribieron, se alberga una memoria, tal vez parcial y delimitada, de episodios, costumbres, modas, modos de ser, y también de vidas que posiblemente ya no son cuando el ojo avizor del indagador se topa con ellas. A veces, una noticia (que ya ha dejado de serlo) se convierte en una fuente de emociones, hipótesis, búsquedas y rastreos, para intentar respuestas, para no dejar en el oscuro olvido una situación, que es, quizá, la que animó a Patrick Modiano cuando se encontró en un ejemplar del Paris-Soir del 31 de diciembre de 1941, el anuncio dramático de la desaparición de Dora Bruder, “de 15 años, 1,55 m, rostro ovalado, ojos gris-marrón, abrigo sport gris, pullover burdeos, falda y sombrero azul marino, zapatos sport marrón”.

Y a partir de ese aviso, en el que entre líneas hay desesperación y esperanza, el escritor comienza una pesquisa que lo lleva a los días de la Ocupación nazi de París, a su propia historia personal y a encuentros con el azar y la causalidad (que no casualidad, aunque también es parte de lo posible). Qué fue de Dora Bruder, una judía francesa, de padres austríacos, que de pronto se pierde en las tinieblas de un tiempo de incertidumbres y destrucciones. Qué fue de sus pasos, de sus días en un internado, por qué se fugó del mismo y en qué circunstancias fue detenida, son aspectos de la búsqueda del novelista. En una mezcla de periodismo investigativo e historia, Patrick Modiano encamina sus dotes de escritor por viejas calles parisinas, por archivos, barrios, edificaciones que ya no existen, y todo para establecer el rumbo incierto de una muchacha que, a la postre, simboliza los días de exterminio, antisemitismo y desgracias múltiples por la presencia dominante del nazismo y, en parte, por el colaboracionismo francés, representado políticamente en el Régimen de Vichy.

Dora Bruder, para algunos críticos la mejor novela del Nobel de Literatura 2014, para otros, un libro contra el olvido (me recuerda, por ejemplo, a Erick Hackl y su Adiós a Sidonie), es una obra construida en distintos planos temporales por un escritor que, además, es un conocedor a fondo de su ciudad, de sus entresijos, cafés, callejones, iglesias, “irreales edificios” y, claro, el bulevar Ornano, donde vivió Dora con sus padres. Con la historia de la muchacha, Modiano también recorre su propio mundo, el de infancia, el de la juventud, con su padre judío (que también tuvo un destino siniestro en un campo de concentración, como el de Dora), con su madre, una actriz belga, y el de sus primeras novelas (El lugar de la Estrella, La ronda nocturna, Los paseos de circunvalación), publicadas cuando todavía era un veinteañero.

Ir tras los pasos extraviados de Dora es también una búsqueda de sí mismo, una reconstrucción de París en los años de infortunio de la Ocupación, y, a su vez, un cara a cara con la ciudad de Victor Hugo. Los miserables aparecen en esta breve obra, en una relación de sorpresa entre el del gran romántico francés y el París de Dora y de Modiano, que descubre como Cosette y Jean Valjean “son proyectados a un barrio de un París imaginario que Victor Hugo llama Pequeño Picpus”, conectado casi un siglo después con la calle donde está el internado religioso del Sagrado Corazón de María, en el que había sido ingresada Dora Bruder por sus padres.

Modiano, con precisión, con un estilo contenido, en el que todo es imprescindible, nos conduce por el París ocupado, por aspectos de la historia familiar y por parte de su educación sentimental. Es un encuentro, por ejemplo, con el cine de barrio en los tiempos de la guerra, pero también con los toques de queda, la persecución a los judíos y las huellas, pocas por cierto, que deja Dora Bruder en su camino a Auschwitz. Ficheros, archivos incompletos, registros de comisaría, son fuentes para la escritura de una obra que conjuga de modo admirable historia, literatura y azar. ¿Por qué aparecen escritores como Friedo Lampe y su libro Al borde de la noche, o el poeta Robert Desnos? Nada es gratuito en esta novela de Modiano.

La historia de Dora parece contada a cuenta gotas, pero todo está en la dosis correcta, en la técnica del dato escondido, en la conexión de emociones y recuerdos que de a poco, como un rompecabezas, construyen la obra. Una novela de encuentros y coincidencias, y si se quiere, también de aquello que parece aleatorio. Azaroso. Dora Bruder, sus pasos perdidos, andan por calles vacías, o por calles atiborradas de gente que camina hacia las bocas del metro. Está su presencia invisible, fantasmagórica, por ciertos barrios, en la luz de algún crepúsculo. Y en las sugerencias de un texto, tejido con alta precisión, que termina con un párrafo que puede dejar sin aliento al lector, o hacerle brotar las lágrimas.

¿Y entonces para qué leer un periódico de ayer? A veces, cuando el que lo lee es un poeta, un novelista, como Patrick Modiano, pueden salir de él historias tremendas como la de Dora Bruder, combinatoria de horrores, sufrimiento y una alta cuota de sensibilidad. Dora Bruder es un símbolo de tiempos nefastos, una memoria de la infamia.
Modiano, Patrick. Dora Bruder. Editorial Seix Barral. 2009. Traducción del francés de Marina Pino. 127 páginas.