El sustancioso sabor de Prado

 

El libro A qué sabe Prado en 90 años, un acercamiento a la historia de la comida en Prado. Foto Reinaldo Spitaletta

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

 

El Prado, un barrio hecho sueño, según la expresión feliz de su fundador Ricardo Olano, es una mezcla de arquitecturas, vegetaciones, calles anchas y caserones desmesurados. En su geografía variopinta, se pueden encontrar leones en alguna entrada, mansiones galesas, arabescos de fachada, palacios a la egipcia y mucho hierro forjado. Es un patrimonio cultural. Y una manera, también muy atractiva, de percibir el extinto esplendor de una burguesía esnobista que propugnaba por parecer de “buen gusto”, según moldes europeizantes de época.

 

El barrio, tal vez el más bello de la ciudad, puede servir para una arqueología de costumbres antañosas, para la exploración de imaginarios y mentalidades de otros días, y para la indagación de significados urbanos. ¿Qué era la ciudad antes? ¿Qué es hoy? Prado, en todo caso, ofrece posibilidades tanto para el flâneur o caminante con criterio, como para el historiador, el reportero, el turista y los habitantes de otros sectores de Medellín. Para todos los interesados en la estética y en el florecimiento de los guayacanes. O en aquellos paseantes nocturnos que aspiran a deleitar su olfato con el perfume del jazmín de la noche.

 

En este barrio de esquinas curvilíneas, de ventanales multiformes, de portones y contraportones, de sorpresas visuales, todavía, pese a la notoria deshabitación familiar, se sienten olores diversos de comestibles hogareños y repostería. Ya en alguna esquina se pueden percibir los aromas de empanadas venezolanas o de comidas vegetarianas. Y en su pasado, rico en viandas como en silencios anochecidos, hay una miscelánea de historias y fantasmas.

 

Prado, hoy un barrio corporativo, con veintidós conventos, con abundancia de asilos geriátricos, con clínicas e instituciones educativas, mantiene visos de su viejo esplendor, aunque haya testimonios que dan cuenta de una decadencia melancólica en varias de sus edificaciones, como si fueran una suerte de proyección de una gótica obra de Edgar Allan Poe.

 

Aspecto de una mansión del barrio Prado. Foto Carlos Spitaletta

 

Prado, donde hay casas como de cuento de hadas, se yergue como el último bastión de un tiempo que representa una historia de grandes empresarios, de comerciantes e industriales, que tuvieron como sede familiar un barrio fundado en 1926. Y una manera del viejo urbanismo que pensó en la gratificación de los espacios y en el valor ambiental, en el que caben los amplios antejardines y la sombra refrescante de casco’evacas, pimientos, cadmios, mangos y los guayacanes de floración alucinante.

 

El barrio, en cuyo paisaje multifacético se pueden ahora ver algunos habitantes de calle durmiendo en aceras, tiene gentes dedicadas a la cultura, a las bellas artes, a la preservación patrimonial y a la investigación urbana. Declarado como patrimonio cultural de Medellín, sobrevive a las ambiciones desaforadas de pulpos constructores y otros depredadores de ciudad.

 

Y entre los que tienen a Prado como un laboratorio de cultura y de conservación histórica de la memoria y la identidad ciudadanas, está la Fundación Patrimonio para el Desarrollo. Allí, entre sus inquietudes, se erige la de la investigación de las comidas de hoy y ayer en el barrio. El proyecto A qué saber Prado en 90 años, liderado por el cocinero Hernán Tobón, es una muestra de las inquietudes y discusiones por la historia y sus aplicaciones.

 

¿Qué pasaba en las cocinas de las casas de Prado? ¿Cómo confluían diversos platos, tanto tradicionales y de raíz antioqueña con otros de carácter nacional e internacional? ¿Había chocolates con sabor a infancia? ¿Qué aportes culinarios hicieron, por ejemplo, las nanas? ¿Qué sentido tenían la mesa y la congregación familiar a la hora de las comidas? Estas y otras preguntas se hizo el investigador, que reunió a viejos y nuevos habitantes del barrio para construir un amplio menú de platos, entradas, sobremesas y bebidas del día y de la noche.

 

Es importante saber cómo y qué comían los habitantes de hace años, y lo que siguen consumiendo los actuales. ¿Qué parte de la tradición se mantuvo? Cualquiera podría inquietarse acerca de si los antiguos moradores se interesaban en viandas como el “calentao” o si hubo, a la campesina, una introducción madrugadora llamada “los tragos”. ¿Qué diferencias había en una mesa de Prado y otras, por decir algo, de Buenos Aires, de San Benito, de Manrique?

 

¿Se puede hablar de un desayuno patrimonial? En Prado, según las pesquisas de Hernán Tobón y su equipo de investigadores, los desayunos eran la conjunción entre arepas, calentao, quesito de hoja, mantequilla de bola, buñuelos y chocolate. Y al ágape había que sumarle el valor incalculable de la reunión y la conversa familiares. ¿Distinto al de otros barrios? ¿Parecido?

 

Prado, el de la multiplicidad de estilos arquitectónicos, el de los áticos y las torrecillas, es un grato espacio en el que las historias continúan floreciendo (como los guayacanes) y en el cual todavía se pueden disfrutar conversaciones domésticas alrededor de una mesa de comedor.

 

Nota: Se trata del prólogo al libro A qué sabe Prado en 90 años, de varios autores, entre ellos Hernán Tobón, y que fue proyecto ganador en 2017 en la modalidad “Celebrando el mes del patrimonio”.

 

Fuente en la sede de la Fundación Patrimonio para el Desarrollo, en la carrera Balboa. Foto Carlos Spitaletta

Anuncios

¡A marchar por el patrimonio!

 

Resultado de imagen para talleres ferrocarril de antioquia bello

 

El deterioro y marchitamiento del patrimonio cultural e histórico de Bello ha sido sistemático. Desde hace tiempos, a los administradores del Municipio les ha importado muy poco, casi nada, la memoria en ninguna de sus manifestaciones (tangibles e intangibles). Muchos hitos y símbolos patrimoniales han caído ante la vergonzosa ignorancia oficial y el voraz ánimo de lucro de constructoras, como pasó, por ejemplo, con el Club Cantaclaro, la Hacienda Niquía, el pie del cerro Quitasol, las huellas de las textileras (no quedó nada de Pantex, por ejemplo). Y ahora, continuando la tradición de incultura y desgreño, la oficialidad aspira a convertir los históricos Talleres del Ferrocarril en terrenos para vivienda y construcción de sede administrativa, en contravía de los intereses populares, de la cultura y la educación.

 

Los Talleres del Ferrocarril, que, junto con las textileras, fue un laboratorio de modernidad, o al menos de lo moderno en Bello, deben proseguir su destino de convertirse en Parque de Artes y Oficios, centro cultural y educativo, complejo estructural para el pensamiento y la contemplación, todo en  beneficio de la población y su progreso material y espiritual.

 

Por eso, convido a continuar la lucha por la erección del Parque de Artes y Oficios, por una utilización histórica, patrimonial y de la cultura de los antiguos Talleres del Ferrocarril. ¡No a la privatización de este bien público!

 

Reinaldo Spitaletta