Sangre y tierra en dos cuentos de Rulfo

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

El territorio de Juan Rulfo, su geografía literaria, es la tierra, aquella que careció de reformas agrarias justas en los tiempos de la Revolución Mexicana y de después; que no tuvo restituciones a los campesinos más pobres, a los despojados de siempre. Y también la soledad está entre sus aperos para la ficción, así como el viento, el llano desértico, la melancolía de los que están a punto de morir o de los que la fortuna jamás pensó en ellos.

 

Rulfo era un escuchador. Uno que se empapó de lo popular, de la cultura de los que están al margen de la historia. O de los que esta los ha escondido, apabullado. La muerte, por supuesto, es parte de la identidad mexicana. Adorarla, festejarla, tenerla cerca, sin tanta metafísica. Y en ese mismo sentido, como lo señalara Octavio Paz en El laberinto de la soledad, el vivir para luchar es una característica de la mexicanidad. Con una paradoja: “La resignación es una de nuestras virtudes populares”, dijo el poeta y ensayista.

 

Rulfo, el que bautizó los personajes de su novela Pedro Páramo y de la colección de diecisiete cuentos, El llano en llamas, con nombres sonoros, musicales, como una nemotecnia de sonidos, supo de los modos de hablar de los campesinos, que tienen una poesía sin adjetivos, siempre apegada a hechos, a la naturaleza, a los cielos y las sequedades. “Se saborea ese olor de la gente como si fuera una esperanza”, se dice en Nos han dado la tierra. Y con este relato, vamos a acompañar a los que, transcurrida la revolución, obtienen una tierra muerta, árida, sin horizontes.

 

¿Cuál es la tierra que nos han dado después de la lucha? ¿Adónde nos mandan tras haber entregado carabinas y caballos? Nos han dado la tierra es el canto triste de los que van quedando regados en el camino hacia ninguna parte. Es la queja de los derrotados. De aquellos cuyo destino está signado por la fatalidad y la miseria. Es como una balada de los abatidos, de los que encuentran en el fracaso una manera trágica de la existencia, sin posibilidades de cambio. Sin alternativa.

 

Los hombres que avanzan, sin saber con exactitud adónde, porque todo es una infinitud, un camino sin orillas, en medio de la aridez, lo único que escuchan al principio de su peregrinación es un ladrar de perros, lo que puede configurar una esperanza de llegar a un pueblo, que está muy allá. “Es el viento el que lo acerca”, advierte el narrador, acompañado de otros tres que son los únicos que han quedado tras la travesía: Faustino, Esteban y Melitón. Van hacia un lugar (quizá no-lugar) donde nunca llueve.

 

Los cuatro van perdiendo las palabras. Tal vez tanto calor agote las ganas de hablar. Saben, y nada pueden hacer para devolverse, para cambiar el rumbo de su historia, sí, saben que en ese llano no hay nada: ni pájaros, ni conejos, ni siquiera gente parecida a ellos. Una que otra hierba, forrajes, pasto, puro sol, calentura. ¿Qué se puede sembrar en esos parajes? Les dieron, con papeles y todo, un llano extenso, como “duro pellejo de vaca”. Estéril.

 

¿Qué les queda a estos campesinos sin tierra, que sin embargo, tienen una tierra inútil? Aquí cualquiera podría preguntarse, como en el cuento de Tolstoi, ¿qué tanta tierra necesita un hombre? Pero en este caso, los que ayer emprendieron una gesta por tener al menos dónde caer muertos, van hacia un campo en el que ninguna semilla reventará, nada retoña por allí. Hablan, con parquedad (el calor les derrite las palabras) acerca de la tierra, pero cuál: “Aquí no hay ni la tantita que necesitaría el viento para jugar a los remolinos”, piensa el narrador.

 

El relato plantea la eterna contradicción entre el propietario de la tierra y los que nada tienen; entre los latifundios y la desposesión. Y el gobierno ahí, con un representante burocrático, un delegado, que les entrega uno documentos. Y listo. Lo demás es problema de los que marchan hacia la nada. Lo único que conecta a los campesinos con su anterior hábitat, a los que van hacia la tierra que les han dado, es una gallina, la que Esteban lleva metida en su gabán cortito.

 

La tierra que les han dado a estos hombres que van desapareciendo en medio del calor y las soledades, es como un espejismo. Por allá, en esas lejanías, no se levantan ni los zopilotes.

 

De otro lado, la tierra, elemento clave en la literatura rulfiana, está como trasfondo en ¡Diles que no me maten!, un cuento sobre la venganza y la culpa, con una estructura fragmentada en cinco planos narrativos.

 

Su protagonista, Juvencio Nava, mató hace treinta y cinco años a Don Lupe (Guadalupe) Terreros, porque este le mató un novillo que se había metido a pastar en las tierras de su propiedad. Y después de tantos años, el hijo del muerto, con grado de coronel, cumple una venganza que ya parecía olvidada, enterrada, muerta. Pero qué va. Así el otro, el que mató al papá del ahora coronel, por viejo que esté, los años no le darán ningún pasaporte de exención. Las culpas se pagan tarde o temprano, y en este caso, tras mucho tiempo transcurrido. No hay perdón, no hay olvido.

 

El relato se inicia con un diálogo dramático entre Juvencio y su hijo Justino, al que le implora que vuelva a donde quienes lo van a matar para decirles que no lo maten. ¡Diles que no me maten! Sí, díselos. En esa petición de angustia está contenida la tensión del cuento, que tiene un tiempo fragmentado, con flashbacks, cortes cinematográficos y combinación de planos.

 

En este cuento también, como, por ejemplo, en Pedro Páramo, se plantea la relación con el padre, tanto de Justino como del coronel al que hace años Juvencio lo dejó sin papá. Hay una suerte de indiferencia, de frialdad, en el hijo de Justino. No una resignación, ni una pena. Solo un distanciamiento. Como si su padre ya no importara. Como si dijera “ya viviste lo suficiente” o “los errores se pagan”.

 

Hay al principio un tono de súplica. “¡Diles que no me maten, Justino!”. El padre tiene una especie de desespero y desesperanza, que cree que su hijo podrá solucionar. No hay caridad. La Providencia no funciona. En el segundo corte, cuando Justino ya está en poder de sus verdugos, hay un recuerdo de lo acontecido, de “cuando tuvo que matar a don Lupe”, que era su compadre.

 

En el tercer segmento, el más largo de los cinco, hay una reflexión sobre la tierra y la vida. Juvencio, “maniatado por el miedo”, aspira a que los hombres que han ido por él para llevárselo hacia una muerte segura, tengan alguna piedad o por lo menos estén equivocados. Que él no sea el que están buscando. El hombre va mirando la tierra en al que había estado toda su vida, sesenta años de vivir sobre ella.

 

En Juvencio está el hombre atado, sin remedio, a un destino. No hay vuelta de hoja. Está condenado y nada puede hacer para evitarlo. La esperanza de vivir está quizá en otra parte, pero ¿dónde? Y en este punto, la resignación sigue con su presencia indolente. Como quien dice: “la suerte está echada”. Después, en el fragmento siguiente, el hombre ya está frente al coronel, o, mejor, frente a la voz que manda a preguntar a los otros para que, a su vez, interroguen al que le falta poco para morir. “¡Llévenselo y amárrenlo un rato, para que padezca, y luego fusílenlo!”, dice la voz, sin remordimientos, sin ninguna condescendencia.

 

Para nada vale aquello de “¡diles que no me maten!”. O tal vez sí, para arraigar más la cuenta de cobro en el que ya tiene en sus manos la suerte de la víctima. Hay, sin embargo, una especie de compasión final: el coronel ordena que le den de beber al hombre hasta que se emborrache, “para que no le duelan los tiros”.

 

La imagen final, dolorosa, con un burro que carga el cadáver al que Justino le ha puesto un costal en la cara, “para que no diera mala impresión”, la misma que de seguro tendrán la nuera y los ocho nietos cuando le vean el rostro perforado por “tanto tiro de gracia” que le dieron al hombre. Sí, a Juvencio, el mismo que se cansó de implorar que no lo mataran. Y lo mataron. Así es la vida. Así es la literatura.

 

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“Pero el pueblo está todavía muy allá. Es el viento el que lo acerca…”.

 

 

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El viento triste de Luvina

(Ese pueblo de melancolías y soledades creado por Juan Rulfo)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

A Comala (que es el infierno) se baja. A Luvina, donde los días son tan fríos como las noches, se sube. Es el purgatorio. ¿Un pueblo dantesco? No, rulfiano. Una aldea quieta y lóbrega en el más alto de los cerros altos de un sur que existe solo para sí mismo, sobre un suelo pedregoso, en una colina donde la soledad a veces toca el cielo y se deshace en lágrimas. Luvina y Comala, sin embargo, se parecen en la tristeza.

 

“Hay pueblos que saben a desdicha”, se dice en Pedro Páramo, la única novela (¿y para qué más?) de Juan Nepomuceno Carlos Pérez Rulfo Vizcaíno, acortado como Juan Rulfo, acortado como su obra, apenas dos libros de ficciones, suficientes para inventar un lenguaje de los muertos y los olvidados. Y para bautizar, con sonoros e inolvidables nombres (él decía que los tomaba de las lápidas de los cementerios de Jalisco), a personajes que saben a soledad y desventuras. Susana San Juan, Eduviges Dyada, Fulgor Sedano, Justo Brambila, Remigio Torrico, Anacleto Morones, Lucas Lucatero, Macario, Felipa, Armancio Alcalá… Y a Luvina, sí, San Juan Luvina, “un lugar muy triste”, de viento eterno y donde sus habitantes sombríos no llevan cuentas de horas ni de años, un pueblo de puros viejos y de aquellos que no han nacido.

 

Como quien dice, Luvina es una suerte de no-lugar, con presencias sufrientes, con habitantes de la nada que parecen siempre en estado de desarraigo. Y, peor todavía, que dan la impresión de no tener noción del resto del mundo. Ni de ellos mismos. Un pueblo de barrancas hondas de las cuales los de allá dicen que “de aquellas barrancas suben los sueños”, pero ¿cuáles? Si lo único que hay en Luvina, por lo menos lo más evidente, es el viento, viento pardo, aire negro, que muerde las cosas, las zarandea, las estremece hasta transmutarlo todo en silencio.

 

El viento de Luvina cala los huesos, raspa las paredes, levanta los techos y expande un rumor que no es otra cosa que la melancolía. Este cuento, del libro El llano en llamas, es eso. Pura depresión. Es una lágrima larga que ni el viento perenne de tal destierro puede secar. No puede haber otro pueblo de tanta tristura junta, con mujeres que madrugan con su reboso protector a cargar agua en cántaros y a las que, cada año, cuando aparecen sus hombres, les dejan una semilla en el vientre.

 

Luvina son despeñaderos y plantitas remilgadas, que se niegan a crecer, como las dulcamaras. A veces florecen las amapolas blancas, pero el chicalote se marchita con prontitud. El horizonte de Luvina es caliginoso, cenizo, manchado. Por allá no hay árboles. El ambiente es gris. Sí, es el purgatorio. Con una salvedad: los de allí, aunque se vayan para siempre, no alcanzarán ningún paraíso. ¿Y el infierno? Bueno, ahí se van pareciendo a ese estadio de almas en pena, condenadas a diversos martirios, como aquel de carecer de futuro y de memoria.

 

Antes de que un caminante, un viajero, un peregrino que parece estar pagando una promesa de pesares, arribe a Luvina (que es una versión del ostracismo), ascienda a ese alto poblado de miserias sin fin, alguien le irá contando cómo es lo que le espera. Mejor dicho: que se tenga fino si va para allá, para un sitio de desconsuelos permanentes, donde se desconocen la risa y la sonrisa. “Allá viví, allá dejé la vida… Fui a ese lugar con mis ilusiones cabales y volví viejo y acabado”, dice el hombre que le va narrando a otro, que parece ya haber perdido las esperanzas, cuál es el destino que le aguarda en Luvina, pueblo de maldición, con una iglesia de socavones en los cuales no hay nadie a quien rezarle.

 

En Luvina no hay fondas ni mesones ni comida. Solo viento. Y tiempo largo, que ni pasa, ni se mueve. Y lo dicho, puros viejos y mujeres solas. La única esperanza es la muerte. O, de otro modo, la única redención. En Luvina no se sabe qué es el Gobierno. Ni para qué sirve. Ah, y ni siquiera hay perros que le ladren al silencio (allí no cabría aquel verso de García Lorca: “un horizonte de perros ladra muy lejos del río”).

 

Luvina es un relato sobrecogedor. Un canto conmovedor sobre los que carecen de todo, a los que la historia los ha relegado a la oscuridad de lo innombrado. A los que — mirándolo desde otro minarete—  son víctimas de la historia. Y la padecen. Se dirá, con razón, que todos los relatos rulfianos son y expresan una profunda manera del sufrimiento. De un silencio que duele. De un rencor que flota y a veces se transporta en el viento, en el largo “aire negro” de Luvina, en el que aletean los murciélagos de la desesperación.

 

Hay lugares en los que nadie hace el amor con amor, ni se habla con los otros a fin de acercar las almas, ni se conocen momentos para la diversión. En los que se habita como si se cumpliera una condena ineludible. Y en los que ni siquiera se le atribuyen las desgracias a los pecados, a la culpa. Y uno de ellos, o tal vez el único, es Luvina, el que deja, sin falta, un mal sabor en los recuerdos.

 

No sé si usted, amigo lector, quiere subir a Luvina a escuchar el viento oscuro que parece un lamento de fantasmas en pena. En cualquier caso, antes de emprender el viaje, es recomendable que se tome una cerveza (lástima, solo hay al clima) y cambie después de la segunda a un trago más fuerte, porque allá arriba solo encontrará un mezcal “que ellos hacen con una yerba llamada hojasé” y que, a los primeros tragos, lo hará dar volteretas.

 

Anímese. Luvina, y es pertinente saberlo antes de emprender la peregrinación, no es para turistas. Cuando llegue lo más seguro, después de escuchar la afligida canción del viento, es que le den una ganas inmensas de llorar. Y entonces ya será muy tarde para todo. Luvina es una tragedia narrada en una extensión de un poquito más de tres mil palabras. Allá arriba, en el más alto de los cerros del sur, anida la tristeza.

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Imágenes de Sergio Michilini (arriba) y del libro “Rulfo, una vida gráfica”, de Óscar Pantoja y Felipe Camargo.