Domingo con color de fútbol

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Por Reinaldo Spitaletta

 

¿Sabe por qué el domingo es el día más bello de la semana? No, no señor, no es por el vuelo de las campanas, ni porque las muchachas, como Lucía y Susana, salgan a montar en bicicleta, ni siquiera por esa música que anda suelta por las calles. No. Es porque lo adornan los colores del fútbol.

 

El domingo amanece más temprano, murmullo de pájaros, canción de hojas, lejanos voceadores de prensa… Se anuncia con olor a café caliente, con buenos días que suenan distinto, con voz reposada y sonriente. La luz matinal del domingo es otra, diríase más luminosa, y tiene que ser así porque es un día dedicado al sol, para honrarlo, para festejarlo. Para hacer un cambio de ritmo.

 

Cuando el domingo avanza en la ciudad, hay voces de niños en las aceras y comienza a percibirse el rodar de la pelota, su rebotar-correr en el asfalto, y en algunas canchas ya hay pelados con uniformes, están vestidos de ilusión, de pasión. De ganas de jugar. Acarician el esférico, hacen piruetas, ríen, gritan. También hay, en baldíos y otras mangas sin abolengo, adultos, sí, señor, hombres viejos que no quieren dejar atrás su juventud y buscan en el balón sus años de antes. Son hombres-memoria que vuelven a ser niños ante el conjuro redondo del balón. Es lindo mirarlos porque uno sabe que es domingo y que, en ellos, en esos veteranos panzudos, rodillones, el fútbol es fraternidad, es recobrar el aliento perdido, es, incluso, el intento para transpirar alcoholes acumulados. La promesa de un infarto.

 

Uno pudiera decir que el domingo es un color. Sí, suena bien: color domingo, con el que se pintan las calles en las que ya están puestas las porterías. A veces, son dos piedras y el resto, imaginación pura. En otras, son de metal con redes de costal, y listo. Es una manera rápida, práctica, de construir un estadio. El domingo lo tienen puesto los que ahora están en el pavimento moviendo un balón. Oiga nomás sus gritos de alegría, la algarabía, observe que tienen la risa en todo el cuerpo, ya sudan, ya sienten la intensidad del “picadito”. Hay señoras en las ventanas, una que otra hace un gesto de fastidio. Las más, se resignan a ver como el domingo se derrama por su calle.

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El domingo, que para algunos es la recuperación de la infancia, es la posibilidad de ir a un muy escaso potrero urbano (antes eran legión) a recordar los días en que el fútbol abundaba en las barriadas. Las mañanas dominicales de antes (¿se acuerda?) eran para cerrar calles y congregar la muchachada, combinada, claro, con los más veteranos. Una proeza en el asfalto. Había el pelado de las florituras con la pelota. Y al que ponían en los arcos pequeños, casi siempre era un torpe para las gambetas y las paredes, y entonces se elegía para salvaguardar la pequeña portería, con redes de costal o sin nada. Casi siempre, este cancerbero sin talento era la víctima de los fusilamientos, de los taponazos. Había que intimidarlo para que, asustado, dejara pasar el balón en cualquier momento.

 

Hoy, pese a la cada vez más escasa presencia del fútbol callejero, el domingo es una posibilidad para la ensoñación de marcar un gol de taquito; de imaginar en pequeñas espacialidades cómo eludir un “bosque de piernas”, alzar la cabeza para buscar un compañero bien ubicado, ese que te devuelva el balón con calidad y te pueda dejar de frente a la gloria efímera de una anotación bien concebida y mejor celebrada por todo el equipo.

 

El domingo, día de campanas y empanadas parroquiales, está hecho para el encuentro en la cancha. Sí, puede ser en una de grama artificial, en la de arenilla, en la desnivelada de un barrio alto, en la de cemento, o, como pasaba en otros tiempos de modo abundante, en la calle. Sí, el domingo es para transmutar la calle en estadio.

 

¿De qué color es el domingo? Tiene, a veces, el de los tenis gastados en faenas futboleras. O el de camisetas desteñidas por tantos soles. O puede ser el de la alegría que da el ir en gavilla, tecniqueando la pelota, rumbo a una unidad deportiva. En cualquier caso, el domingo está diseñado para la fraternidad del fútbol como diversión singular, como un ejercicio de la amistad y los afectos. Como una posibilidad del encuentro y el intercambio de emociones.

 

Qué curioso. En las viejas barriadas, también en las ciudadelas y unidades cerradas, el domingo huele a estadio. Y a algodón de azúcar. Pero, más que todo, a papel picado, a bandera recién desempacada, a camiseta de hincha. El atardecer tiene el color del fútbol, en los buses, en los viandantes, en las palabras del revendedor de boletos. La ciudad se pinta de rojo y azul, también de verde y blanco. Y el domingo entonces se arrellana porque él también quiere estar en las tribunas para hacerse querer de los espectadores. Todos saben que él es el obrador del milagro: el fútbol tiene el color del domingo.

 

¿Sí será el día más bonito de la semana? El domingo se inventó para que viejos y jóvenes se encontraran en los estadios a desgañitarse en gritos y a esperar para darlo todo en el instante cumbre: el éxtasis de un gol.

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Las gracias del fútbol de potrero

(Encuentro con Borocotó, literatura de gambetas y el sueño del pibe)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

“No jugó pelota”, le dice la señora que, desde el segundo piso, le ha tirado una bolsita al celador, que no la atrapa y cae sobre la acera. Es posible que algunas estrellas del fútbol de hoy, a veces más dedicadas al lucimiento personal, a los peinados y tatuajes, a las poses de modelo, no hayan tenido la experiencia sinigual de jugar en un potrero (o mangas, que llaman por estas geografías arriscadas). No hayan “jugado pelota”.

 

—Parece un equipo de barrio — se oye decir, en ciertas transmisiones de partidos de fútbol, en forma despectiva, y quizá sin saber cómo los partidos de barrio tenían (quizá, ahora ya no tanto, porque los barrios también se están acabando) ingredientes líricos, de poesía sin pretensiones, de fantasías y creatividad, pero, sobre todo, de pundonor y abundantes ganas de jugar.

 

En las canchas de viejos barrios tal vez no faltaba el futbolista perezoso, holgazán, desganado. Pero un “picado” futbolero tenía elementos de fascinación. Más allá del grito y del despliegue físico, estaban las jugadas de maravilla, las que hacían rabiar al rival (o provocar un patadón o un codazo) y suspirar de emoción a los coequiperos. Quién que sea romántico y haya disputado cotejos en las desaparecidas “mangas” urbanas o suburbanas no sabrá del encanto que propiciaba un partido, cuyas aspiraciones máximas eran las de la diversión y las demostraciones de técnica y talento.

 

La sazón —o el picante— comenzaba desde el desplazamiento al potrero. Un grupo de muchachos, balón en mano, o pasándolo de un lado a otro, con maniobras de “tecniqueo” y florituras, gozaba antes de llegar a la sagrada manga con porterías improvisadas, a veces de caña o guadua, o de piedras delimitadoras, un estadio de imaginaciones y venturosas jugadas. Sí, claro, no faltaba el “güevero”, aquel que, “solo en grima”, se quedaba a la espera, frente al arquero contrario, a ver si pescaba una ocasión de gol. Y había el que daba espectáculo, el que quebraba la cintura a los rivales, gambeta por aquí, regate por allá. Y el fútbol se sentía, se vivía como una experiencia mística, o como una suerte de nirvana, con éxtasis y otras dichas.

 

Sí, es cierto. No todos eran buenos en la faena. Estaba el gordito lento. Y aquel que recibía la pelota y no sabía qué hacer con ella. Se deshacía rápido, como si estuviera encartado. Pero, para matizar, o equilibrar, estaban los inspirados, los creadores y artistas, los que amasaban el cuero y lo ponían a circular. Y los que, con una clase sin par, hacían goles imposibles. El fútbol de barrio era la práctica de una poética. O, si se mira de otra manera, de una filosofía urbana, en la que había pensadores de potrero, con boñiga incluida.

 

El fútbol, que, como lo dijo Dante Panzeri, es la “dinámica de lo impensado” (así se titula su célebre libro), tiene o tenía en la barriada, la esencia de lo que se hace con pasión, sin esperar retribuciones distintas a la satisfacción de estar en una especie de cielo durante el tiempo mítico de un partido. El futbol de potrero es el ejercicio de las invenciones, del deleite sin límites, en el que, como advertían con cierta inocencia los niños de Calella de la Costa, que le sirven de epígrafe al libro El fútbol a sol y sombra, de Eduardo Galeano: “ganamos, perdimos, igual nos divertimos”.

 

Pero el fútbol de barrio, el de las mangas (algunas tenían nombre: la del Mosco, la Manga Elena, la Amarilla, la del Ahorcado…), no es tan ingenuo. En su práctica también se aprenden las malicias, las astucias para dar con sutileza una “caricia” al contrincante, y se va creciendo en la dimensión del carácter. Sí, el barrio y su futbolería contribuyen a la formación de personalidad. Y a sentir con énfasis las explosiones de adrenalina y las ganas de sudar y entregarlo todo por una disputa (y una divisa cuasi irreal) que todavía está libre de otras contaminaciones.

 

Tal vez, hoy, algunos jugadores profesionales a los que se les califica de “pechifríos”, carezcan en su currículum de las maravillas de las confrontaciones en canchas de barrio. En las que, además, se aprenden regates, ciertas picardías, la magia de aquello que, en los cincuentas y sesentas, un argentino que se inició en el Boca Juniors, puso en boga: “la toco y me voy”, como si se tratara de una pilatuna callejera. Se llama Luis Pentrelli y ya debe frisar por los ochenta y cinco abriles.

 

En esa práctica de lo impensado en la barriada, se puede aprender, como bien lo diría Albert Camus, acerca de la moral y de las obligaciones de los hombres. “Pronto aprendí que la pelota nunca viene hacia uno por donde uno espera que venga. Eso me ayudó mucho en la vida, sobre todo en las grandes ciudades, donde la gente no suele ser siempre lo que se dice derecha”, dijo el autor de La peste y La caída.

 

En las extinguidas mangas de ciudad, cuando la pelota echaba a rodar, el mundo se llenaba de luces celestiales y de alegrías sin límite. Era el auténtico ejercicio de la libertad. Así que el mirado y calificado por algunos “periodistas” deportivos, con cierto desdén, el “fútbol de barrio”, tiene (o tenía) exuberantes gracias y faenas de júbilo. Era parte de la denominada educación sentimental y de la sociabilidad.

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El célebre cronista uruguayo (pero cuyo ejercicio lo hizo todo en la Argentina) Ricardo Lorenzo (1902-1964), más conocido como Borocotó, decía en alguno de sus escritos, la mayoría de ellos para la famosa revista El Gráfico: “En Inglaterra los pibes aprenden a jugar al fútbol cuando van al colegio; acá, cuando no van”. Sí, la calle, el potrero, la manga, como un escenario de pedagogías, de aprendizajes para la vida y, claro, para la “futboliada”.

 

Borocotó (cuyo sobrenombre onomatopéyico procedía de los toques de tambor de las murgas de su natal Montevideo: “boro-cotó-chas-chás), un narrador de infancias marginales y sencillas, escribió, entre otros (además era guionista cinematográfico y escritor), el libro En el área del potrero, con las vivencias del fútbol de muchachitos sin fortuna, inventores de jugadas, imaginadores de ficción callejera con una pelota de trapo y unas ansias inmensas de paradas ingeniosas. Y, como lo harían después en el tango, no faltaron en sus notas las ensoñaciones de los pibes que aspiraban a llegar a la primera. “Gambeteando a todos se enfrentó al arquero y con fuerte tiro quebró el marcador”.

 

El barrio tiene, desde luego, asuntos censurables, en el fútbol y en otros ámbitos, como bien lo dijo el escritor y periodista Osvaldo Soriano, pero es una escuela, como bien podría serlo el café (¡oh, Discépolo!) o la esquina. Y en sus encuentros o “picados” había una manera de ser, de vivir, de sentir, de soñar. Ahí, con improvisaciones como de jazz, salía el muchacho de la jugada imprevista y el del que nadie sabía por cuál lado se iba a escurrir, mientras el balón andaba por otro.

 

En aquellos “mangones”, en los que, a veces, había que alternar con vacas y caballos, hubo despliegues de sabiondeces, de provocaciones, de ganas de jugar bien. Y más, por ejemplo, si estaba en juego la dignidad del barrio, en partidazos que exponían más allá de los cánones del bien jugar, los amores por lo que en rigor es una de las patrias (con la casa, con la infancia) del hombre urbano. Un barrio contra otro sí era una variante de la epopeya.

 

El potrero graduaba en sentimientos, en artes de gambeta, en solidaridades. Te la doy, me la das. Y solo allí era posible la reencarnación de paradigmas, de figuras que ya habían alcanzado la gloria de la “primera”, de imitar un amague, de patear a lo Mario Boyé (ídolo del Boca) y “tener más tiro que el gran Bernabé” (otra vez el tango).

 

Así que hay una desproporción cuando algún comentarista, sin mucho fondo, dice que “parece un equipo de barrio” para referirse de modo peyorativo a oncenos que están jugando mal o con abulia. Al contrario, lo que se ve en muchos casos es que esos futbolistas aburguesados carecieron de la escuela infinita en enseñanzas que es la barriada, con sus mangas y sorpresas en las improvisadas canchas.

 

En el barrio se aprende (o se aprendía), como lo dijo Roberto Fontanarrosa, a saber que “hay partidos que no podés perder, tenés que ganar o ganar”. En la manga, en el potrero, se alcanzan, a lo kínder, las primeras y definitivas letras del fútbol como un tejido de dichas (ah, sí, de desdichas también) que dejan una impronta en la existencia.

 

Sucede que hay futbolistas profesionales (e incluso comentaristas deportivos) que quizá, como el celador del principio, no “jugaron pelota”. Y esa carencia deja un vacío imposible de llenar.

 

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El balón náufrago y otras futbolerías

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Por Reinaldo Spitaletta

El balón tiene el poder intrínseco de la seducción. Y cuando es acariciado por un pie artístico; cuando se vuelve el corazón de los que disputarán con él un cotejo; cuando es parte de la imaginación de un colectivo que —insisto— no lo patea sino que le declara su amor, entonces no hay nada más arrebatador sobre la tierra que un partido de fútbol en el que estás involucrado como ser activo (como espectador es menos interesante), como elemento protagónico de los que se divierten y juegan solo por eso: sin otro aliciente que el júbilo y la efervescencia de adrenalina. Por acrecentar las emociones. Se gana, se pierde, pero en un partido de calle o manga o potrero barrial nadie estará derrotado.

El balón, suprema deidad de los que ofician el ritual de los pases y las gambetas, de las atajadas y los goles, es el único imprescindible en la lid futbolera. Y por ello, su falta, un accidente (cuando lo estalla un carro, por ejemplo), una herida, un despojo, puede causar la más honda de las tristezas entre los contrincantes, sobre todo si no hay uno que lo releve, otro que, ante la ausencia forzada, mantenga la posibilidad de la alegría plural.

Aquellos partidos de hace tiempos en la calle, cuando el mundo era todavía un paisaje de sueños y vivencias sin preocupaciones, tenían la “dinámica de lo impensado”, pero, a su vez, de la alegría en los pies y la cabeza. Era una hermandad que rivalizaba de buenos modos —aunque no siempre— y se proponía exponer lo mejor del juego en equipo, de la clase y la técnica, de la dignidad de ir por el triunfo, de manera leal, y con las ganas siempre vivas de hacer piruetas, malabares, fintas, paredes, y, claro, goles.

A los que nos tocó el momento de las prohibiciones del fútbol callejero, de la estigmatización de parte de señoras muy enojadas y policías muy perseguidores, los partidos de calle siempre tuvieron el aire de la clandestinidad y el atractivo de lo no permitido. Las damas —pobrecillas ellas, jamás jugaron al fútbol— porque les chocaba (con razón) los pelotazos contra puertas y ventanas y, quizá, la algarabía de la muchachada. Y los tombos porque estaban tal vez cumpliendo alguna absurda proscripción leguleya.

Y nada ni nadie pudo evitar los partidazos en el asfalto, con porterías de piedras, en los que siempre había discusiones sobre si fue o no fue gol, y se armaban tremendos alegatos que le ponían pimienta al “picado”. Desde unas cuadras se escuchaban los gritos de “¡zonas, llegó la chota!”, que en buen romance significaba que los agentes estaban arribando en una patrulla, casi siempre una camioneta destartalada. A veces, nos correteaban, sin alcanzarnos jamás. Y no faltaba la pifia. Alguien olvidaba el balón y, sin remedio, los tombos lo decomisaban. Entonces, nos contaban después, las señoras salían a celebrar con aplausos y risotadas. Poco les duraba el festejo.

Había otros encuentros en mangas, que eran, en la imaginación de todos, una suerte de Maracaná. Lo que quiero narrar es que en ciertos potreros había muy cerca, como decir casi en la raya final, una quebrada caudalosa. Y era toda una epopeya mantener con vida el balón (¿sabían que el balón tiene vida propia?). Cuando caía al agua, había carrerones por la orilla esperando que se posara en algún remanso o que la corriente lo condujera hacia la ribera. No faltaba el osado que se metiera a salvar de las aguas la pelota, que revivía la leyenda de Moisés.

No poder recuperar un balón del naufragio era de las tristezas más hondas que nos invadía. No era que sobraran los balones entre los jugadores. A veces, había que recoger monedas entre todos para ajustar la plata para comprar otro. Y los tiempos no eran de abundancia. Una vez, en una manga adyacente a la quebrada La García, disputábamos un desafío (o “selección”) entre los del Congolo y una patota de La Cumbre. El partido, tras dos horas de juego, iba empatado. Y no sé quién hizo un chute fenomenal que el balón se fue aguas abajo y nadie pudo alcanzarlo. Aunque el honor quedó intacto, sí queríamos doblegar a los contrarios (y seguro, ellos a nosotros).

Mucho tiempo después, cuando ya éramos “rodillones”, jugábamos en una canchita que daba a la calle de Barranquilla, cerca de la Universidad de Antioquia. El día que estrenábamos un balón de marca, una belleza, alguien sacó un taponazo que lo mandó hasta la otra calzada. Cuando íbamos a buscarlo, un camión se detuvo, se bajó un sujeto que recogió la pelota y se montó de nuevo al carro con nuestro tesoro. No teníamos repuesto. Quedamos iniciados.

Hubo en una plazoleta en el barrio el Congolo, de Bello, que usábamos como “estadio”, con picados que se prolongaban horas eternas, sin cansancio, sin aburrición. Se jugaba con pelotas de plástico (que también se les decía de “carey”). Una noche, en un compromiso de alta temperatura y ardentía, el balón se entró a la casa de doña Lola, rompió un florero y no sé qué otros estrago hizo. La señora, con calma y sin vacilación, lo tomó entre sus manos y lo fue “pedaciando” a punta de cuchillo. Nos tiró los restos y cerró la puerta con satisfacción del “deber cumplido”. Nadie se atrevió a apedrear la casa.

Hace poco, mi hijo me puso un mensaje, en el que contaba que el río Medellín estaba crecido, con sus turbulencias color pantano y lo único que se veía en la corriente feroz era un balón verde fosforescente, que viajaba sin control en las tormentosas aguas. ¿A quién se le había ido? ¿Qué partido quedó inconcluso? ¿Qué niño todavía estaría llorando la terrible pérdida? Quizá por esa misiva de whatsapp, estoy ahora escribiendo estas líneas.

Perder un balón en aquellos días felices era tan trágico como cuando a un chico se le caía la crema del cono y, ante la mirada de los espectadores, algunos a punto de reír, el pelao se quebraba en llanto, mientras la mamá le decía que no llorés, mijito, vení vamos a comprar otro. A veces, no teníamos en caso de desaparición de la maravillosa pelota, con qué conseguir otra de manera inmediata. Y, en serio, no faltaba el nudo en la garganta y una frustración parecida a la de la derrota.

En aquellos días, creo, un balón era la más alta forma de la felicidad. Y su pérdida, una desgracia que, mínimo, nos hacía soltar, más que un lagrimón, un doloroso hijueputazo.

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De la pelota romántica al poderoso señor Don dinero

(Un ensayo sobre fútbol callejero, sueños del pibe y balones de trapo)

Por Reinaldo Spitaletta

 

  1. Obertura con un mundo feliz

                                                          

El fútbol crea una especie de mundo irreal en el que, durante un partido, ya sea profesional o simplemente de barriada, se interrumpe la vida cotidiana y se entra, en apariencia, en una suerte de arcadia, en la cual todo da la impresión de ser feliz. Ya lo decía un personaje de Albert Camus: no hay mayor felicidad humana que la que se encuentra en un estadio lleno. En ese aspecto, el fútbol ejerce un hechizo al cual es casi imposible sustraerse, y que permite olvidar las contradicciones de la vida social, hundirse en la fascinación colectiva de jugadores y espectadores,  soñar con la gloria de un campeonato, con el triunfo de su equipo preferido, o, en cambio, despertar y volver a la realidad con los dolores de una derrota.

 

En Colombia, casi todos los periodos históricos han estado marcados por la violencia, las desigualdades sociales, las represiones oficiales. El hombre de la ciudad está asediado por los desencantos, los desamparos y los múltiples miedos. Se viven días en los que los valores humanos se envilecen y ante esta situación muchos se preguntan, como lo sugería algún filósofo, si la vida carece de sentido, si ese continuo irrespeto por la coexistencia pacífica y por el otro nos encamina sin remedio a la destrucción, para qué diablos, por ejemplo, asuntos como el fútbol.

 

Frente a la realidad, tan llena de miserias y despropósitos, el juego, y en este caso, el fútbol, ofrece una suerte de aire, que puede ser visto por algunos como una especie de respiración artificial. Y es ahí cuando aparece el goce de los cuerpos en libertad, los hombres que corren tras una pelota mientras millones los observan. Aparece el entusiasmo de la contienda, en la que, se supone, no debe haber muertos ni heridos. Claro que todos conocen las excepciones, en las que, en los estadios, o en sus afueras, se generan verdaderos campos de batalla, como suele ocurrir en Colombia desde mediados de la década del noventa. Estas turbulencias contradicen la esencia del juego y la diversión.

 

Como es fama, en los tiempos primitivos los pueblos tenían un tiempo dedicado a las fiestas, en las cuales la vida cotidiana quedaba en suspenso, y en la que se igualaban el guerrero y el esclavo, el patricio y el plebeyo, y en la que todo lo convencional dejaba de regir y entonces las jerarquías se trastocaban, como muy bien lo canta Joan Manuel Serrat en su canción Fiesta. Los dioses descendían de su olimpo y de ese modo el rey era siervo y el siervo, rey.

 

En un campeonato mundial de fútbol las jerarquías establecidas entre las naciones parecen suspenderse y, en apariencia, todos están en igualdad de condiciones. Así que el desequilibrio en este caso depende de la habilidad, de la inteligencia, del talento, del arte de los jugadores. Y, en ese sentido, un africano o un sudamericano podrían convertirse en amos del mundo.

 

En el momento en que transcurre una gesta deportiva, aparece otro tipo de libertad, en la que el mundo así creado depende de las destrezas de los deportistas y no del sistema de dominación político y social. Surge, como si se tratara del acto de un ilusionista, otra realidad, en la que en lugar de las represiones, rigen la igualdad, la alegría de vivir, un comunismo de ficción. Ese mundo, así creado, así imaginado, hace parte de una utopía. Y ese universo irreal es capaz de edificarlo, en la fugacidad de un instante, el fútbol. Esta atmósfera de presunta gloria se puede percibir, a escala, en un barrio, en una calle, en cualquier lugar donde los muchachos estén jugando con una pelota.

 

El escritor español Manuel Vázquez Montalbán decía que “el fútbol me interesa porque es una religión benévola que ha hecho muy poco daño. Existirá el fútbol mientras la gente crea en un club y en unos colores como señales de identidad en una sociedad en que cada vez faltan más referencias”. Y otro español, el novelista Javier Marías, apuntaba que el fútbol es la recuperación semanal de la infancia.

 

  1.  El encanto de la pelota de trapo

 

Había en una ciudad de Colombia, llamada Bello, cuna de la clase obrera en este país, un muchacho negro que era una maravilla para confeccionar pelotas de trapo con medias veladas de mujer. Se las sustraía a su mamá. En ese aspecto, era todo un destructor del pequeño patrimonio de su querida progenitora. Las rellenaba con retazos de tela que su padre traía de la fábrica donde laboraba, y salía todas las mañanas a hacer “treintaiunas”, a realizar malabares, a demostrar que era una especie de actor de circo callejero. Invitaba a sus compañeros de barriada a apreciar sus acrobacias, a jugar partidos de fútbol en cualquier baldío, en la calle, o en terrenos que aparecían durante mucho tiempo desocupados y que aquí en otros tiempos denominábamos los “solares”. El muchacho entraba en trance cuando tomaba la pelota, amagaba a la izquierda y se salía por la derecha, hacía tacos, bicicletas, jugadas exquisitas, con decir que era mejor uno estar de espectador que de rival suyo. O, de otro modo, era bien importante estar en su equipo. Esas pelotas, por supuesto, eran efímeras y a los pocos minutos ya estaban en pedazos. Él volvía por otras y así cada vez que éstas se rompían. Parecía como si su mamá tuviera una fábrica de medias de mujer.

 

El muchacho sentía un placer enorme cada que salía con una pelota de trapo, se exhibía, pero sin ninguna pretensión, convocaba a los otros a jugar y jugar, no importaba cuánto tiempo. Había una ventaja en ese tipo de balones improvisados: no quebraban las vidrieras del vecindario, ni a las señoras de la cuadra les molestaba el juego cuando era en la calle, lo que sí sucedía con pelotas de otro material, como las de cuero o de plástico. Aquel muchacho de los años sesenta era quizá uno de los más agraciados y técnicos para jugar con una pelota de trapo, artefacto que fue usual entre la muchachada de diversas ciudades colombianas. Sin embargo, no jugaba con tanta solvencia cuando lo hacía con balones manufacturados. Pero a él no le importaba: sólo quería participar en los partidos de calle o de manga, correr, gritar, divertirse, estallar en júbilo con un gol o con una gambeta. No quería competir ni pertenecer a ningún equipo organizado. De hecho, nunca lo hizo. Para él, la totalidad del mundo estaba en una pelota de trapo y en la extraña atracción que ésta ejercía sobre los demás.

 

Él, tal vez sin darse cuenta, ya estaba planteando los principios de solidaridad, las relaciones colectivas que pueden crearse con una pelota desechable. Para él, como para el resto de aquella agrupación de muchachos, el juego era sólo eso: una fuente de placer, un ejercicio de la libertad, todo un manantial de emociones. No interesaba si alguien tenía camiseta o no, si otro jugaba descalzo o con zapatos deportivos, si uno tenía más estado físico que otro. Se reunían por el juego, y todo aquello quizá por la alegría del negrito aquel llamado Humberto, pero al que todos en su barrio conocían por el sobrenombre: El Gurre. Una vez (o quizá muchas veces), su mamá lo sorprendió hurtándole las medias,  recibió tremenda paliza, que no fue suficiente para quitarle las ganas de seguir jugando y de continuar fabricando las mejores pelotas de trapo que en el mundo han sido.

 

  1. Los muchachos de Calella y un empate con sabor a triunfo

 

En el libro A sol y sombra, de  Eduardo Galeano, el escritor advierte que se los dedica a unos niños que alguna vez se encontraron con él o él con ellos, cuando los muchachos venían de jugar un partido en la población catalana llamada Calella de la Costa, y cantaban a voz en cuello: “Ganamos, perdimos/ igual nos divertimos”. Ahí, en esas palabras, hay una clave, en la que el fútbol se muestra como lo que siempre debió haber sido, un juego, una diversión, otra manera del esparcimiento, o lo que André Maurois llamó “la inteligencia en movimiento”. Cuando el fútbol se tornó un jugoso negocio económico, una enorme empresa universal, entonces lo de la diversión pasó a ser un recuerdo, una nostalgia, una materia de atolondrados románticos. Aquello fue como una expulsión del paraíso. Esos muchachos del epígrafe del libro de Galeano reivindican, tal vez sin saberlo, el fútbol como un juego. Para ellos no importaba ni perder ni ganar, sino jugar y recrearse.

 

Aquí, en este punto, quiero recordar una anécdota muy bella, muy conocida en Colombia. Y es la del partido entre las selecciones de la Unión Soviética y de Colombia, en el Mundial de Chile, en 1962. En aquellas calendas la URSS tenía una poderosa escuadra y al mejor arquero del mundo, a Lev Yashin, llamado la Araña Negra. El caso es que Colombia iba perdiendo en el primer tiempo tres por cero. En el entretiempo, el entrenador de Colombia, que era el argentino Adolfo Pedernera, les dijo a sus jugadores: “Bueno, muchachos, salgan a divertirse”. Una propuesta arriesgada. Un equipo perdiendo por ese marcador, de dónde iba a sacar ganas para la diversión. Sin embargo, ésa parece haber sido la clave del éxito, el “ábrete sésamo” mágico. Y ese equipo convirtió una derrota casi en una victoria; en realidad, se trató de una victoria moral, de la cual los aficionados colombianos vivieron mucho tiempo, sobre todo hasta que volvieron a un Mundial: el de Italia, en 1990.

 

Y los muchachos de Pedernera, el Cobo Zuluaga, Marino Klínger, Delio Maravilla Gamboa, Antonio Rada, Marcos Coll, en fin, salieron a divertirse. Esos muchachos, sin saberlo también, prefiguraban a los de Calella de la Costa. Y poco a poco se iban divirtiendo, pese a ir perdiendo. Y marcaron el primer gol,  después otro, y la diversión subía de tono. Jugaban, gambeteaban,  marcaron otro gol, y después otro, incluso un ¡gol olímpico! al mejor arquero del mundo, empataron el partido a cuatro goles. Mejor dicho: no ganaron porque la Araña Negra se les creció y les atajó de todo. Fue una lección de pundonor deportivo. Parecían muchachos de barrio jugando a la pelota, sin pretensiones, sólo con el ánimo de sentirse bien y crear un ilusorio mundo feliz.

 

  1. La calle como escenario de fútbol               Resultado de imagen para futbol callejero

 

En los barrios de las ciudades de Colombia la cultura del fútbol ocupa un lugar relevante en la vida cotidiana. Ha penetrado en el gusto de todos los estamentos sociales, pero, principalmente, en el de las clases medias y las capas pobres de la población. Éstas son las que más han sido permeables al embrujo del fútbol, que a su vez se ha vuelto un sueño, una aspiración en la muchachada, y un sedante de las dificultades de los mayores. El fútbol tiene presencia permanente en el barrio. No se escapa de la conversación de tienda, ni del corrillo de esquina, ni de la tertulia de café. Está en la escuela, en el colegio, en la universidad. Cualquier muchacho es capaz de hablar de alineaciones y tácticas, de controvertir aspectos futbolísticos. Y los espacios urbanos se han transformado para su práctica: una acera puede convertirse en una cancha, en un pequeño estadio, con tribunas que pueden ser los balcones y las ventanas de las casas. Muchos chicos de otros tiempos comenzaron a fascinarse por el fútbol debido a sus prácticas sobre las aceras o veredas, dado que esa parte es una frontera entre la casa y la calle, entre lo público y lo privado.

 

Hubo un tiempo, en especial las décadas del 60 y 70, en que las calles, algunas sin asfaltar y que eran muy aptas para otros juegos, hoy desaparecidos, como el de las canicas, las rayuelas, los trompos, el salto de la cuerda, las rondas, eran un inmenso campo vedado para el fútbol. Jugarlo en la calle era una herejía, una subversión del orden barrial, un atentado contra la tranquilidad del vecindario. Decir esto hoy, recordarlo, parece cómico o increíble. Cuando los muchachos de antes jugaban un partido (o un “picado” como decimos popularmente) en la calle se exponían a varios riesgos. Uno era que apareciera una patrulla (La Bola, La Chota) y entonces los policías decomisaban el balón, en el supuesto caso de que los muchachos no alcanzaran a fugarse a tiempo con pelota y todo. Otro, que el balón se metiera a la casa de una señora energúmena y ahí sí no había nada qué hacer. Esa dama lo devolvía vuelto añicos, o, en el mejor de los casos, lo decomisaba y lo dejaba “preso” por unos días.

 

El fútbol urbano vivió sus odiseas. Sin embargo, ni las señoras ofuscadas ni los policías de entonces pudieron evitar el auge del “futbolito” callejero, que, por lo demás, aumenta día a día, debido a que se fueron acabando los solares, los lotes urbanos, los baldíos. Para la práctica del fútbol urbano no importaba mucho si la calle era empinada, como es, por ejemplo, en los barrios altos de Medellín, o si muy cerca había una quebrada, un riachuelo, un abismo, o muchas ventanas de vidrio sin protección. Lo que importaba era jugar, recrearse, ganar o perder, pero sin dejar la diversión. No importaban las patrullas policiales ni las señoras rabiosas. El fútbol en la calle era una transgresión, una alteración del orden público, pero, a su vez, un gesto romántico, una aventura de grupos de muchachos barriales, que lograron colonizar la calle y la convirtieron en un estadio.

 

El fútbol les dio y les ha dado identidad y carácter a las calles. Ha sido una muestra de vitalidad de las urbes. En una calle de domingo en cualquier pueblo de Colombia siempre habrá un balón. Y es en los barrios de las ciudades donde todavía se juega el auténtico fútbol, aquel que todavía no está contaminado por el dinero ni ha sido enfermado por el mercantilismo y la usura. El de la calle es un fútbol sin pretensiones de mercado, todavía idealista, todavía lleno de ensoñaciones y gestas románticas.

 

Sin embargo, muchas mamás de hoy, o algunas con meses de embarazo, ya piensan cuánto podrá valer su hijo si llega a ser un cotizado jugador profesional, que juegue en una liga de Europa. Ya por ejemplo, las palabras de aquel extraordinario cronista uruguayo, una de las estrellas de la revista El Gráfico de Argentina, el gran Ricardo Lorenzo, más conocido como Borocotó, no tienen vigencia en la barriada, porque el fútbol se volvió una manera de hacer fortunas. Ya no es el fútbol lírico del potrero, el de las jugadas impredecibles, el de las filigranas de fantasía, sino otro que se hace para que algún empresario te ponga los ojos encima y te exhiba en los mercados más competidos del mundo.

 

  1. . El sueño del Pibe                                 Resultado de imagen para futbol callejero

 

En ciudades como Medellín, Bogotá, Barranquilla y Cali, hay barrios que transpiran fútbol. En los más pobres, el fútbol se ha erigido como un arma o como un modo de exorcizar al demonio de la miseria. Porque la mercantilización del juego, la creación de fulgurantes figuras que se cotizan en oro en Europa, todo el proceso globalizador del fútbol como mercancía, se refleja en la mentalidad de los muchachos de barrio. Y así el fútbol, que nació como puro juego, se vuelve esperanza para salir de la pobreza, se torna el puente que hará pasar a algunos de la escasez a la abundancia, de vender paletas en un barrio marginado a convertirse en astros en alguna metrópoli del Viejo Continente.

 

Hubo un tango muy famoso en los bares de barrio de Medellín y el Valle de Aburrá, un tango titulado El sueño del pibe y grabado en 1945 en la voz de Enrique Campos con la orquesta de Ricardo Tanturi. Resulta que en esa canción el chico busca la consagración, llegar a la Primera, jugar en una estadio lleno y ganar dinero. Ese es su sueño. De alguna manera este tango hoy se baila en muchos barrios. Algunos jóvenes no sólo juegan por placer, sino, además, por tener la posibilidad de llegar a ser estrellas.

 

El muchacho de la barriada es capaz, por su actividad cotidiana, por jugar a veces en callejones inverosímiles, en espacios muy reducidos, es capaz, digo, de desarrollar muchas destrezas. Es capaz de moverse con agilidad dentro de pequeños límites, y por eso se vuelve hábil para hacer “paredes”, para ejecutar una gambeta, un esguince imposible, y aprende a patear con precisión. Aprende, también, a eludir automóviles y rivales. Se vuelve un improvisador genial. Así es como la calle se transforma en maestra, como la vida misma.

Algunos entrenadores de fútbol profesional decían en otro tiempo que el buen jugador es aquel que pasó su infancia en un medio donde la picaresca y el rebusque son necesidad. Ciertas dotes, como la picardía y la capacidad para no doblegarse en la contienda, la facultad de no renunciar jamás a la lucha, se logran desarrollar en medios hostiles, en los cuales para sobrevivir no sólo hay que tener ganas sino mucha viveza.

 

Quizá por ello, el fútbol de Colombia, el profesional, tenía algunos rasgos especiales, muchos de ellos aprendidos por los futbolistas en las calles y solares, en los partidos de playa: el toque a ras del piso, la gambeta, la picardía, aunque, pese a esas virtudes, no sabía aprovechar las oportunidades de gol. Lo lindo es que en muchas barriadas los muchachos todavía sueñan con llegar a la Primera, y todavía se divierten —pierdan o ganen— con el fútbol, una de las pocas alegrías que tienen en un país lleno de desventuras y de miserias sin fin.

Días felices de fútbol atardecido

Por Reinaldo Spitaletta

 

Era un poco estar en un cielo urbano, sin pensamiento en futuros, sin agobios porque mañana qué será de ti, solo con la felicidad de la diversión que parecía no tener fin, la de jugar sin relojes un partido, mejor dicho, dos o tres o cuatro, en uno solo, hasta que la noche era alta y el tiempo de dormir se hacía imprescindible.

 

El partidazo se alargaba en la sonrisa de todos, en la rabia de alguno al que un túnel u “ordeñada” lo humilló y aspiraba al desquite, en el decir sin convicción o con muchas ganas de que el límite no llegara nunca: “se acaba a los doce goles”. En la pasión y la fuerza y el goce de estar viviendo solo para patear con clase una pelota, dócil a nuestros deseos.

 

Unas veces, era, claro, un estadio en media calle o en la calle entera. La plazoleta era el lugar indicado, porque se anchaba y el horizonte eran las aceras distantes, las fachadas de las casas, algunas en obra negra, y no había gramado, sino asfalto, o apenas la sugerencia de este con brea y piedras sobresalientes, que algunas, las más protuberantes, nos servían para diseñar la portería. No había redes ni palos. Solo dos piedras y un portero, en este lado, y lo mismo en el otro, allá. Y más allá, el mundo no existía. O de otra forma: el mundo era ese pedazo de barrio transmutado en cancha, jardín de las delicias.

 

Qué bello era el encuentro. Primero, reunión tras el medio día. Íbamos llegando, sin cita previa, solo porque el juego llamaba y reclamaba. Saludos de mano, intercambio de palabras en torno a cualquier cosa, pero todo con la meta del juego: quién tiene la pelota, por qué no aparece todavía el Gordo, y Chucho qué se hizo que siempre estaba el primero en esta acera de llegada. Y después, la barra y el balón y la escogencia de los equipos, con aquel “pico y monto”, un pie tras el otro, pico-monto-pico-monto, y al que le quedara el pie sobre el del rival, escogía primero.

 

Y la selección, casi siempre, buscaba un equilibrio, que el partido resultara emocionante y reñido, sin mansalvas, aunque a veces quedaba recargado, y había que parar el juego para volver a escoger, para intercambiar la nómina. Nada como un cotejo parejo, intenso, con toques aquí y allá, con gambetas y esguinces de unos y otros, con la hechura de bicicletas y taquitos y rabonas, con la confección de paredes, con la alegría de un amague aquí y otro acullá, que había ingenio y muchas ganas. Talento e inteligencia. Alborozo general.

 

No había cansancio. El mundo nos pertenecía, y era solo una cuadra, o un poco menos, atiborrada de muchachada, de carreras hacia allá y hacia este lado, que el fútbol era una manera excelsa de la vida. Los fines de semana, emprendíamos viaje a otras canchas, a mangas (potreros) que en la parte de las porterías estaban peladas. O a otras que quedaban a orillas de quebradas y había una interrupción larga,  a veces, porque la pelota navegaba aguas abajo y había que correr tras ella por la orilla y después meterse a la corriente para salvarla del naufragio. Moisés metamorfoseado en balón.

 

También, en plena faena futbolera, en algún peladero o en cualquier descampado, pasaban otros muchachos de otras calles, de otros barrios, y entonces nacía el animoso grito de “¡selección!”, que en buen romance significaba un desafío, una contienda en la que entonces el honor sí estaba en disputa. El honor del barrio, de la gallada, de la barra. Y se entraba a chocar con fuerza, y se sacaba el mejor repertorio de picardías y dribles, se exhibía la técnica adquirida, la sapiencia de manejar con categoría el balón, de volverlo un corozo, porque era una cuestión de dignidades.

 

El fútbol era un ritual de niñeces y adolescencias. Una misa contenta en media calle o en un potrero, todos éramos sacerdotes, todos feligreses. Todos, una hermandad que adoraba la pelota, a veces de trapo, otras de “carey” y en menos veces, porque no abundaba el metal, era un balón fino con cascos blanquinegros, que inflarlo era también parte de una odisea, de una peripecia solo comparable al “tecniqueo”, a la hechura sabrosa de treintaiunas, a los preliminares del picado.

 

El fútbol de barrio era estar en el paraíso (el infierno llegó después); en aquel dirimir a punta de palabras (y palabrotas, claro que sí) el cobro de una falta (foul decíamos entonces), la aceptación o no de una “mano-penalti”, era un intercambio de argumentos, de gritos y razones, a veces de sinrazones, que animaban la liza y daban tiempo para ir a tomar agua.

 

Era lindo jugar de memoria, con Chucho, con La Chinga y Fito, y provocar al rival con mostrarle la pelota, corrérsela, movérsela, dejarlo turulato, impotente, y uno hacia adelante, dominando la esférica, dueño del mundo, rey del universo, una pared, un pase atrás, un amague a la derecha y salida por la izquierda, lenguaje armónico del cuerpo, comunión con el balón, y después, la gloria del gol, abrazo colectivo, grito cósmico. Y todo, por el placer de jugar y ejercer la imaginación y la riqueza de los años mozos.

 

Quizá en aquellos días, no hubo momentos más contentos que los de la jugarreta de fútbol, un viaje interplanetario, una expedición a lo desconocido, porque cada partido era una aventura distinta, un descubrimiento (y un deslumbramiento), un modo de vivir sin preocupaciones. Éramos los dueños de la calle, de la manga, y los súbditos del balón, al que después sometíamos a nuestras querencias. Y nos obedecía.

 

La pelota de plástico, la de cuero, la de trapo, era la novia de todos. Amada por su disposición a dejarse acariciar. Ella y nosotros. Una unión de dicha que pervive en el recuerdo y a veces nos conduce a soñar con los días en que el mundo era un carnaval. La fiesta terminó hace rato. Sus ecos distantes nos hacen sonreír. O brotar un ineludible lagrimón.

 

Fútbol e infancia, una pareja imaginativa (imagen tomada de internet)