Medellín, ¡cómo te siento!

 

Un aporte a la bibliografía sobre la ciudad. Un recorrido, combinación de historia, literatura y periodismo, por la geografía urbana, con paradas en el viejo Guayaquil, al cual se le dedican cuatro reportajes; una visión múltiple de reportero y de flâneur sobre la emblemática Junín, el parque Bolívar, los extinguidos cines del centro, poetas, cafés, barrios, calles imprescindibles. Un libro necesario para saber más sobre el pasado y el presente de una ciudad paradojal, a la que se ama y se odia, a la que se le cantan alegrías y a veces responsos. Así es Medellín, ¡cómo te siento!, de Reinaldo Spitaletta

(Editorial UPB, colección Club de Escritores, 288 páginas)

 

Escribir a ciegas

(La tragedia del submarino Kursk y las lecciones literarias de un oficial ruso)

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Por Reinaldo Spitaletta

 

 

La Guerra Fría, que tantas veces se calentó, creó novelas de espías, competencias espaciales, una tirantez entre dos arrogantes superpotencias y, además de una carrera militarista-armamentista, diseñó submarinos atómicos. Así que el de los Beatles, el amarillo (We all live in a yellow submarine…), es apenas un atisbo débil a los mares en disputa. El Kursk, gloria de la armada rusa postsoviética, construido entre 1992 y 1994, rápido (30 nudos en superficie y 32 en inmersión), era duro como la roca más poderosa y tenía un armamento de miedo: 24 lanzadores de misiles diferentes y cuatro tubos lanzatorpedos.

 

Era un aparato de respeto, un almacenador de explosivos, movido por dos reactores nucleares, con una altura de un edificio de seis pisos y 150 metros de eslora. Dicen que era más de dos veces el tamaño de un avión jumbo. Como en una vieja tonada marinera, el emblemático submarino ruso salió el 10 de agosto de 2000 para realizar maniobras militares en el mar de Barents junto a otros sumergibles. Era parte de un entrenamiento, con simulacros de ataques. Dos días después todo era normal, incluido el lanzamiento de un misil de prácticas. Y de pronto, a las 11:27 de la mañana, cuando el submarino iba a disparar su primer torpedo contra una “falsa escuadra” enemiga, hubo una explosión aterradora y la onda expansiva mató de inmediato a muchos marinos. Dos minutos más tarde, otro estallido apocalíptico destruyó la proa del sofisticado submarino y “lo echó a pique en 108 metros de profundidad”, según se supo después.

 

Quedaron muy pocos tripulantes vivos, que subieron al compartimento 9. Los sistemas eléctricos colapsaron y el casco se inundó. Los que sobrevivieron estaban condenados a una muerte inminente. Y los altos mandos, afuera, para evitar que la nave se convirtiera en una bomba radioactiva, apagaron los reactores desde la sala de control. Apenas 23 ocupantes se habían salvado de las dos explosiones y esperaban sin esperanza.

 

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Un oficial, Dmitri Kolésnikov, tomó el mando de la situación de desastre y comenzó a anotar los nombres de los sobrevivientes. Tiempo después, cuando recuperaron su cuerpo, se encontró una nota en su uniforme, con un mensaje para su esposa: “Está muy oscuro para escribir, pero lo intentaré con el tacto. Parece que no tenemos posibilidades, tal vez el 10 o el 20 por ciento. Saludos para todos. No hay que desesperarse”. Sin embargo, la nota más célebre, por su exactitud y alto sentido de lo elemental y necesario, fue la escrita por otro oficial (o quizá hubiera sido el mismo):

“Trece horas, quince minutos. Todo el personal de los compartimentos seis, siete y ocho han pasado al noveno. Somos 23. Hemos tomado esta decisión debido al accidente. Nadie puede subir a la superficie. Escribo a ciegas”.

 

En ese segundo semestre del 2000, el mundo estuvo en vilo por la suerte de los marinos del Kursk. Todos perecieron. Pero cuando se supo de una nota hallada como testimonio de la tragedia y de los últimos minutos de los sobrevivientes, hubo conmoción. El escritor español Juan José Millás dio una breve cátedra de literatura en una de sus condensadas columnas en el diario El País.

 

“Estas palabras (las citadas arriba), escritas por un oficial del Kursk en un pedazo de papel, tienen la turbadora exactitud que pedimos a un texto literario”, dice. Y aporta elementos sobre el rigor y lo imprescindible. Es una nota que dice lo que tiene que decir, sin tiempo para más. Lo justo. Lo esencial. “En situaciones extremas, la literatura sale a presión, como por la grieta de una tubería reventada. El documento del oficial del Kursk es bueno porque es necesario. Mientras la muerte trepaba por sus piernas, ese hombre se entregó con fría vehemencia a la literatura”, apunta el autor de Que nadie duerma.

 

Hay que imaginar al oficial-escritor, haciendo su obra cumbre y final en un fragmento de papel, acosado por las circunstancias, a punto de perecer junto con sus otros compañeros. Sí, claro, no hay tiempo para regodeos y adornos. Es la osamenta. El tuétano. Solo lo que interesa a la historia. Una historia breve e intensa, con una combinatoria de tensión e información primordial. A secas.

 

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“Amados Natasha e hijito mio Sasha!!! Si logran leer esta carta significa que habré muerto. Los amo muchísimo. Natasha, perdoname por todo. Sasha se todo un hombre. Los beso fuertemente. Borisov, A.M.”

 

Eso de escribir a ciegas, a tientas, acosado por la muerte, por lo inevitable, tiene su valor humano y literario. Es una nota más allá del testimonio. Es un testamento. Con hora, lugar, cantidades, razones o motivos y una acotación final, determinante: “escribo a ciegas”. Tal vez, en el periodismo flojo y ramplón de muchos medios de información de hoy, se requiera esa actitud, como una especie de faro, o de guía. Contar una historia con intensidad y tensión, con rigurosidad y matemática verbal. Sin florituras y sin superficialidades. Con la profundidad de un submarino como el Kursk.

 

Años después, el historiador ruso Vitali Dotsenko, citado por el periódico ABC, de España, declaró que es partidario de la hipótesis de que el submarino ruso fue alcanzado por un torpedo estadounidense Mark-48, “al parecer como advertencia de Estados Unidos para que Rusia no vendiera sus armas a China”. Los sobrevivientes duraron unas ocho horas. Muchas de sus notas de urgencia no se han publicado todavía.

 

¡Cuántas parrafadas se han escrito sobre el arte de escribir! ¡Cuántas teorías hay al respecto! Quizá en la única palabra que alcanzó a pronunciar el mítico héroe de Maratón cuando, tras correr hasta Atenas a dar una noticia, dijo “¡vencimos!” y se desplomó sin vida, está toda la literatura. La precisión, quizá por los acosos del tiempo, por las presiones asfixiantes de la realidad, conducen de seguro al camino de lo esencial. La belleza (trágica o no) no está en las palabras, sino en los hechos que esas palabras —pocas o muchas— designan.

 

Cuando uno lee, por ejemplo, aquel renombrado Reportaje al pie del patíbulo, de Julius Fucik, lo que turba es la contienda valerosa de un hombre contra la muerte. No tiene tiempo de excesos verbales, de extenderse en asuntos secundarios. Su palabra se torna necesaria. La va escribiendo en furtivos papeles que obtiene en prisión para dejar una prueba, un testimonio de heroísmo y dignidad, un ejemplo de resistencia.

 

En el Diario de Ana Frank, otro caso, hay otra pista: no hay pretensión literaria. Se cuenta y ya. Con esa posición frente a la vida salva su existencia. O sea, es un acto suficiente, como el del náufrago que lanza en una botella una petición de auxilio. Interesa escribirla, aunque nadie se la tope. Porque, es más: cuando alguien la encuentre quizá ya sea demasiado tarde.

 

Tanto en el grito del héroe griego, como sucede también en el impresionante escrito del oficial del Kursk, es más lo callado que lo dicho. Los atenienses, al escucharlo, a lo mejor explotaron de júbilo. Sucede como en la teoría de Hemingway sobre el témpano o el iceberg: lo que aparece en la superficie es una mínima parte; lo demás, subyace; está como sustrato, como sedimento, como sustento. En estos casos de escritura, a veces extrema, hay que tener más información que la que se da. Por debajo, hay todo un mundo interior, que sirve para que el presunto lector imagine, tenga posibilidades de ir más allá de lo visible.

 

La nota del oficial muerto en aquel submarino de sofisticaciones, es simple y directa. Sin esguinces. Lo que expresa es lo que se requiere para el entendimiento y la imaginación. Hay un drama contenido, una agonía subterránea (o submarina), están bien dispuestas las coordenadas de los hechos y de lo que producen. Sin efectismos. Hay, quiérase o no, en esas pocas palabras que dicen tanto, una lección de literatura. Sí, literatura bajo presión, que es la que más corresponde al periodismo, ese mismo que en Colombia hace rato está en decadencia porque desterraron de sus páginas las historias y otras narraciones. Qué cosa. Ya nadie escribe a ciegas.

 

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El submarino ruso Kursk.

 

 

 

 

 

 

El periodismo, más allá de la simulación

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Por Reinaldo Spitaletta

 

El periodismo es una disciplina que tiene como ingredientes clave la curiosidad y el conocimiento. Es una manera particular de la modernidad de narrar la vida de los otros, sus tragedias y felicidades, en situaciones que deben ser contextualizadas, siempre arraigadas en lo que se denomina la realidad (cualquier cosa que esto signifique), en la que, por encima de cualquier interés personal, los importantes son los demás y sus circunstancias.

 

El reportero, más que preguntas a los otros, es alguien muy singular que se formula interrogantes sobre el mundo y sus conflictos. Frente a los órdenes impuestos o “naturales”. Es, en medio de la perplejidad, un buscador de lo que no se ve a simple vista, uno que va más allá de las apariencias, para explicar y dar respuestas a otros. Para auscultar las causas de los fenómenos e interpretar sus consecuencias.

 

Además de curioso, el periodista es —o debe ser— un ser preocupado por la cultura, de la que bebe sin saciarse para dar cuenta de un universo cada vez más complejo y, si se quiere, más injusto y dominado por minorías que son las que dictan y controlan, como titiriteros siniestros, el destino de multitudes, en un orden mundial en el que el sujeto está cada día más cerca de su extinción.

 

El periodismo es un oficio en el que hay que estar dispuestos a aprender cada vez más acerca de las sociedades y sus urdimbres. Más del hombre y sus quehaceres. No es solo una técnica, una colección de manuales (y hasta manualidades) y maneras de hacer, sino, sobre todo, una parte de lo que en el Renacimiento se llamó el humanismo y en el Siglo de las Luces, la Ilustración.

 

Ser periodista es estar dispuesto a entender el espacio y el tiempo de los otros, para ponerlos en evidencia con antecedentes y demás conexiones. Cómo viven y mueren los otros y en qué circunstancias, forma parte de los principios del periodismo, de su objeto de conocimiento. Sensibilidad y razón, en una mezcla en la que las proporciones no están determinadas, son elementos de la composición “alquímica” de un reportero.

 

Tal vez por estar conectada con todo, con lo vivo y con lo muerto (con la historia), no sea fácil el ejercicio de una profesión que, cuando está bien concebida y estructurada, entra en choque con los poderes. Nació como una voz alternativa de aquellos a los que les prohibían gritar, voz de los silenciados a punta de opresiones. Y de los olvidados y excluidos. Se tornó farol y estrella polar de los que caminaban en la oscuridad.

 

Hoy, sin embargo, en un país de espantosas diferencias sociales e inequidades sin cuento, el periodismo se ha vuelto más adulador y entibador del régimen, sustento de los poderosos y, en sus contenidos, sirve un plato deleznable, mezcla de frivolidades e irrespetos a la lengua y la dignidad. Quizá por este y otros factores, cada vez sea más dificultoso enseñar periodismo, porque no lucen en la palestra, en cuanto a medios masivos se refiere, paradigmas y gratos ejemplos de lo que debería ser el “buen periodismo”. Envilecidos en forma y contenido, los medios de información en Colombia, digo los tradicionales, cada vez están más emparentados con la propaganda y el incienso para los oficiantes del poder.

 

En algunas de las reflexiones que Ryszard Kapuściński hizo acerca del periodismo, advirtió que cuando los reporteros dejan de elaborar contextos y explicar lo que sucede, los diarios se vuelven aburridos, monótonos y sin paisajes. Puede ser, hoy, una de las causas de sus exiguas ventas. Así que cuando uno está al frente de una audiencia de muchachos que aspiran algún día a ser reporteros, que es una de las más altas maneras de ser algo en la existencia, más bien los periódicos y medios locales sirven como ejemplos negativos de cómo no hacer periodismo.

 

En mis clases en la Universidad Pontificia Bolivariana me emocioné casi hasta el éxtasis al narrar sobre grandes periodistas de aquí y de allá, al pasearme por los ámbitos siempre venturosos y aventureros del periodismo literario, del periodismo “gonzo”, de las investigaciones como las que hizo en las postrimerías del siglo XIX una chica como Nellie Bly con su reportaje Diez días en un manicomio, o las denuncias de  Upton Sinclair acerca de las condiciones de miseria y opresión capitalista de los trabajadores de Chicago.

 

No sé si logré enamorar a algunos estudiantes del reporterismo y del periodismo como disciplina ilustrada y humanística. Pero de lo que sí estoy seguro es que no claudiqué en las intenciones de transmitir a los otros las ganas de ser periodista, de estar con la gente, sobre todo con aquella olvidada de la fortuna y víctima del poder y de la injusticia. Y de amar las palabras, la lengua y apasionarse por la ciudad y sus peripecias.

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Cada vez, me parece, es más compleja la enseñanza del periodismo. Sobre todo cuando hay tantas expresiones apocalípticas sobre el presunto final de un oficio que puede que no sea el más bello del mundo (¿O sí, Albert Camus?), pero que sin duda es uno de los más emocionantes y en el que no hay lugar a los aburrimientos ni a la rutina. Y porque, no falta la ligereza en las esquinas ni en las academias, ha hecho carrera una frasecita desechable: “periodista es cualquiera”.

 

Cuando en el mundo lo que se estila ahora es la parcelación del conocimiento, la “especialización” (especialista es aquel que sabe menos de las cosas, de la cultura), el periodista tiene el reto de ser culto, de saber de artes y de ciencias y no perder —qué objetivo utópico, se dirá—  su aspiración renacentista. ¡Ah!, y de no cejar en la capacidad de indignarse frente a tantas tropelías que en el planeta pululan. El periodismo, ya lo dijo el autor de Ébano, ocupa toda nuestra vida. Día y noche. No hay otro modo de ejercitarlo. Estudiar y aprender siempre: he ahí la consigna.

 

Mi tía Betsabé lo decía con guasa, al referirse a las tres “p”: “Hay tres oficios que parecen fáciles y son de lo más difícil: panadero, periodista y puta”. No les voy a decir cuál de esas “p” ejercía ella.

 

(Escrito para el periódico estudiantil Contexto, de la Facultad de Comunicación Social-Periodismo de la UPB, diciembre de 2016)

 

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El periodista Ryszard Kapuściński, visto por Angelero.

Salas de redacción: de la clínica de partos al cementerio de escritores

Por Reinaldo Spitaletta

 

 

Comenzaré con la evocación de una imagen, la de un gran cronista argentino, Roberto Arlt, en la sala de redacción del periódico El Mundo de Buenos Aires. Como sabemos, este periodista escribía unas notas, unas crónicas estupendas llamadas Aguafuertes que narraban la ciudad y sus habitantes. Escribió más de dos mil que luego fueron recogidas en libros. En esa sala no solo planeaba sus notas urbanas sino que escribía sus novelas, robándole tiempo al periodismo. Arlt se convirtió en un periodista para la gente, que esperaba con ansiedad sus columnas y las devoraba. El periódico se agotaba los días en que aparecían las Aguafuertes porteñas.

 

Algunos críticos, muy estirados y buenos gramáticos, decían que Arlt escribía mal. Lo acusaban de ser casi un analfabeto, de descuidado en la redacción, que hasta cometía errores de ortografía. Al principio de su vida, por su condición económica, tuvo que desempeñar varios oficios, como aprendiz de pintor, ayudante de hojalatero, mecánico, vulcanizador, cargador en el puerto, en fin. Pero siempre quiso ser escritor por encima de todas las cosas. Y sus libros de ficción los escribió entre un trabajo y otro. Incluso en la sala de redacción de El Mundo. La imagen que quería evocar es la siguiente y la narra Roberto Arlt con sus propias palabras:

 

“El jefe de redacción del diario ha pasado un día a las 9 de la mañana por la redacción, otro a las 3 de la tarde y otro a las 9 de la noche, y me ha encontrado siempre rodeado de papeles, hecho un forajido, con barba de siete días, tijera descomunal sobre el escritorio y un frasco de goma agotándose. Entonces, se ha detenido frente a mí, diciéndome: ‘¿Se puede saber qué hacés? Escribís todo el día y no entregás una nota sino cada muerte de obispo. He tenido que contarle: ‘Querido jefe, confieso que aquí comienzo y termino mis novelas”.

 

Y esas novelas de Arlt revolucionaron la literatura argentina de la primera mitad del siglo XX. El Juguete rabioso, Los lanzallamas, El amor brujo, Los siete locos son obras maestras de un cuasi analfabeto influenciado por Dostoievski y que halló en la calle la materia prima para sus ficciones y desde luego para su periodismo. Digamos que en ese caso la mesa de redacción contribuyó a la formación del novelista y éste no se dejó absorber por la actividad reporteril y la escritura de prensa, que para otro escritor argentino era puro material para el olvido.

 

Porque también sucede, en particular en Colombia, que las salas de redacción se convierten en cementerios de novelistas, o mejor dicho, de reporteros que aspiraron a ser autores de novelas y cuentos. A nuestro moderador de esta tarde, Juan José Hoyos, le escuché hace años una historia acerca de un señor que trabajaba en El Tiempo de Bogotá, confeccionaba además crucigramas, un señor que se vestía de negro y que tenía como nombre “artístico” Frailejón. Al final de sus días en el periódico, ya muy viejo y silencioso, se le notaba la melancolía en todo el cuerpo. Y su tristeza se debía a que siempre quiso escribir una novela y no pudo hacerlo por sus labores en el diario. Frailejón fue una víctima de las salas de redacción.

 

El escritor Manuel Mejía Vallejo, que también fue periodista y bohemio, decía que el periodismo era el servicio militar obligatorio de la literatura. Incluso llegaba a aconsejar a algunos de sus discípulos que eran reporteros que se retiraran pronto de ese oficio y se dedicaran de lleno a escribir novelas. Es preciso decir que antes los periódicos colombianos podían servir para que los pichones de escritores pagaran en ellos su servicio militar. Eran periódicos que contaban historias, que daban espacio a los géneros narrativos, que respetaban  al lector. Tenían cierto grado de rigor y seriedad, y, en general, se buscaba, además de la precisión, una escritura con dimensión estética. Por eso no es extraño que de esos diarios de entonces hubieran salido novelistas como García Márquez y Cepeda Samudio, por mencionar solo dos ejemplos.

 

Sin embargo, hoy, la mayoría de periódicos en Colombia están dedicados a la banalización de la realidad, a notas superficiales y de farándula fatua, a un periodismo liviano en el que ya no hay cabida para los grandes reportajes ni para las investigaciones y los análisis de fondo. Así que para muchos jóvenes reporteros que quieren cumplir con la premisa de Manuel Mejía no hay esas posibilidades. Por lo demás, es un periodismo acrítico, oficialista, de mandaderos o estafetas. Hoy el periodista, como pudo serlo en otros ámbitos y otros días, no tiene carácter intelectual. Es un tornillo o una tuerca más en la cadena de producción. Está atravesado y medido por los índices e instrumentos de productividad y no por la calidad de la escritura ni de las ideas. El periodismo ilustrado se murió hace rato en Colombia. Por eso cada vez está más vigente aquella definición que dice que “periodismo es llenar los huecos que dejan los avisos publicitarios”. Ah, y, por cierto, mal llenados. Es decir, con material absolutamente desechable.

 

Ahora, con mayor razón, la canción de Tite Curet Alonso, interpretada por Héctor Lavoe, es más actual. Si antes se decía para qué leer un periódico de ayer ahora dan menos ganas de leer el periódico de hoy, porque en realidad poco tiene para leer. A diferencia de periódicos de otros lugares, como decir de Buenos Aires o de México o de Madrid, los de por estos lados los consume uno en diez minutos y a veces son más interesantes los avisos comerciales que las noticias. De ese modo, si quisiéramos hablar de la relación periodismo-literatura en cuanto a los diarios colombianos, habría que señalar que se trata más bien de un total divorcio. Y no es porque en los diarios se tenga que hacer literatura, no qué tal, ni más faltaba, sino porque un asunto ético tiene que ver con una buena edición, con una propuesta informativa que incluya los géneros narrativos como el reportaje y la crónica, o una mezcla de ellos.

 

Creo que son necesarias otras precisiones. La formación del escritor trasciende las salas de redacción. Si bien el periodismo le puede dar a un escritor una visión de la realidad, una manera de observar el mundo, distinta a la de aquel que se mantiene en las torres de marfil de su casa, él sabe que en la literatura se depende de sí mismo. En el periodismo —y es una de sus características—  se depende del otro. Así que en el reportero no tiene por qué haber lugar para las vanidades y la arrogancia. Ni para el exhibicionismo. Se debe al otro, debe conocerlo, entenderlo, respetarlo. El buen periodista sabe, además, que sus bártulos y herramientas están en la sociología, en la antropología, el cine, la historia, el humanismo.

 

El escritor por supuesto también se forma en múltiples disciplinas, sobre todo en aquellas que le ayudan a comprender al ser humano, su condición, sus desamparos y crisis existenciales. Y mientras la escritura periodística es el resultado de lo que se ve y de lo que narra la gente, en la literatura hay más una elaboración personal, individual, de mayor dedicación. El gran reportero que era el polaco Ryszard Kapuscinski sostenía que para ir hasta el fondo de las cosas no le servía ser solamente corresponsal de una agencia de noticias. Para él era imposible en un despacho de ochocientas palabras introducir toda la tragedia del hombre contemporáneo. Por eso, llevó una suerte de doble vida. La otra era la del escritor, la del periodista que registraba paisajes exteriores e interiores y llevaba diarios para después convertirlos en libros. Siempre intentó —y a fe que lo logró— unir el lenguaje rápido de la información con la “lengua reflexiva del cronista medieval”.

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Dicen que para el escritor el periodismo es un ejercicio de calentamiento (una calistenia) y por eso no puede quedarse calentando toda la vida. El periodismo, sobre todo aquel que se hace a diario y en las salas de redacción modernas, en las que casi todo se hace en ellas, poco se sale a la calle, puede castrar la creatividad y convertir al escritor en un hacedor de noticias sin mucho fondo. En los diarios de hoy en Colombia no hay lugar para los Luis Tejadas, que hacían notas para divertir a las muchachas inteligentes, ni tampoco espacio para los cronistas de postín como los hubo en otras calendas. Así que aquel periodismo narrativo, tan emparentado con la literatura, es hoy una curiosidad arqueológica. Asunto de dinosaurios.

 

Recuerdo que en los periódicos hasta hace unos diez o quince años se proponía no solo escribir bien, sino contar historias, no estar metidos en la sala de redacción ni haciendo notas a punta de teléfonos o de boletines de prensa. Se seguía de alguna manera la consigna de Joseph Pulitzer cuando mandaba a sus reporteros a buscar las noticias en la calle, a conocer los barrios y el centro de la ciudad. En esa situación de estar siempre afuera, de escuchar las conversaciones de café, de saber qué pasaba en un bus, de conocer el encanto de una tienda de esquina, en fin, se descubría en lo cotidiano lo extraordinario, lo diferente. Algunos maledicentes llegaban a acusarnos a los que de tal modo actuábamos de hacer periodismo “costumbrista” o “chocolatero”. Sin embargo, en aquellas notas vibraba el espíritu de una ciudad o de la gente que nunca aparecía en los periódicos y que de pronto se veía retratada en ellos.

 

Recuerdo que hace años escribí una serie de crónicas sobre El Bagre, un pueblo de alucinación y de pesadilla en el Bajo Cauca antioqueño. Se hablaba de la fiebre del oro, de las putas, en particular de una llamada La brasilera que era capaz de acostarse con todos los mineros en una noche, de los brujos de aquella población que podían desaparecer a cualquiera con solo pronunciar un conjuro (advierto que entonces no había por allí paramilitares), de casas de lenocinio fundadas por francesas, en fin. Y algunos lectores no daban crédito a lo narrado y creían que eran ficciones. Así lo manifestaban en cartas y llamadas telefónicas a la jefatura de redacción. Entonces, el jefe de redacción a partir de ahí a todo aquel que escribiera crónicas de esa naturaleza lo empezó a llamar “novelista”. Había en el calificativo un tono de burla pero también de mimetizado elogio. Recorriendo pueblos de Antioquia y barrios de Medellín pude confirmar las palabras de Hemingway: La realidad es más fantástica que cualquier ficción.

 

Me parece que en los periódicos de ahora, en los cuales sin duda hay muchachos interesados en la literatura y la historia, inclinados hacia una escritura elaborada y de mayor permanencia, digo que en esas publicaciones ya no hay espacios para los géneros narrativos. Se han convertido de acuerdo con los tiempos en sucedáneos de la hamburguesa y las comidas rápidas. Hay en el fondo un enorme irrespeto por los lectores, a los que además se les considera retrasados mentales. Ya el periódico, y estoy hablando del plano local, no es el gimnasio en el que un escritor puede prepararse para emprender fuera de las salas de redacción una propuesta literaria.

 

Estos medios aquí aludidos han sido permeados por el modelo económico que en los últimos años ha empobrecido más a los pobres. Están dedicados de lleno a la rentabilidad pero con un producto de pésima calidad. Le han dado paso a la denominada “cultura de consumo”, al mercado de lo intrascendente, pero que, según los gerentes y jefes de mercadeo, es lo que se vende, lo que da ganancias y aumenta la plusvalía. Y en ese sentido, las empresas de comunicación parecen tener como objetivo el empobrecimiento del lenguaje, su envilecimiento, y mantener en la oscuridad a los lectores.

 

Hace rato que en Colombia los periódicos exiliaron de sus páginas a la crónica y el reportaje. Los mandaron a dormir a los cuartos de san alejo. Se dirá que aquí todo tiempo pasado fue mejor. Por lo menos en el aspecto de los géneros narrativos en la prensa, sí. Podríamos remontarnos a finales del siglo XIX al  Papel Periódico Ilustrado de Alberto Urdaneta, pasando por casi toda la centuria del Veinte de los grandes cronistas en revistas y diarios y veremos que de múltiples maneras había una preocupación por la dimensión estética del periodismo y por contar bien las cosas y los acontecimientos.

 

Recordemos que además en las publicaciones de antes había espacios para la crítica literaria y musical, para el ensayo, para un periodismo más enriquecedor de los procesos de intercambio de ideas y debate. Ahora no, cuando precisamente hay más facilidades para el ejercicio periodístico por el avance de la tecnología. Hace unos meses, cuando se desarrolló en Medellín el certamen internacional de la lengua española, se realizó en la Universidad Pontificia Bolivariana un encuentro de editores de suplementos culturales. El tema en discusión tenía que ver con el ensayo. El del diario El Tiempo de Bogotá, sin sonrojarse, dijo que en ese periódico no se le daba cupo a tal género porque el ensayo estaba en crisis. En realidad, el que estaba en crisis era ese periódico y otros de estos entornos. Porque si observamos, por ejemplo, diarios como Página/12, Clarín, La Nación, los tres de Buenos Aires, todos dan cabida al género y no solo en sus muy bien editados suplementos sino en las páginas corrientes. Por supuesto, contratan escritores y otros especialistas para que los escriban.

 

Muchos escritores que en el mundo han sido han encontrado en el periodismo un refugio, una inspiración, un aprendizaje. Algunos lo han visto como una especie de estación; otros como una posibilidad para entrar en contacto con otros mundos. Todos para conocer un poco más al hombre. Creo que este tipo de encuentros como el de hoy sirven para abogar una vez más por un periodismo en el que prime la dignidad, el conocimiento del otro, la construcción de cultura. En las salas de redacción hay reporteros con un talento enorme para la literatura, para la novela, el ensayo y el cuento. Los viejos maestros recomendaban que hay que retirarse a tiempo de esas salas, porque puede pasar que en ellas en vez del nacimiento de un escritor se asista a su muerte. Lo cual también puede ser tema para alguna novela.

 

 

Septiembre 9 de 2007

(Ponencia presentada en la Fiesta del Libro y la Cultura, Jardín Botánico de Medellín)

 

Álvaro Cepeda Samudio y Gabriel García Márquez

 

 

 

 

 

 

Spotlight o En primera plana, una reivindicación del periodismo investigativo

Por Reinaldo Spitaletta

 

Cuando la prensa era el “cuarto poder”, que fiscalizaba y ponía en la cuerda floja a los otros poderes, la investigación, en el sentido de sacar a flote o revelar asuntos que alguien quería que no se supieran, era un mecanismo de defensa de lo público y de los intereses del ciudadano, sobre todo de aquel en condición de oprimido y sitiado por aquellos a los que solo les interesan los de “abajo” para que sufraguen o se mantengan como un rebaño.

 

En los Estados Unidos, lo mismo que en otras partes del mundo, el periodismo investigativo (aquel al que Teddy Roosevelt calificaba con desdén de “buscador de estiércol”) se erigió como un portaestandarte de la denuncia y el desenmascaramiento de los abusos. Desde fines del siglo XIX, por ejemplo, hubo muestras de reportería en profundidad, como la de Nellie Bly y sus Diez días en un manicomio, o las pesquisas y escritos de Upton Sinclair sobre las malas prácticas de la industria alimentaria y la explotación de los inmigrantes que trabajaban en los frigoríficos de Chicago.

 

Aquí y allá, en Europa y América Latina, el periodismo de investigación jugó un rol de remover las costras y miserias de la sociedad, de poner en vilo los poderes, sobre todo aquellos que ejercitaban la arbitrariedad y los desmanes. Con el tiempo, y con la cooptación de la prensa de parte de magnates y emporios financieros, de políticos y mafiosos, el periodismo investigativo se hizo cada vez menos notorio, casi convertido en una rara avis, en una mosca en la leche. Un exiliado. El caso Watergate, destapado y reporteado por Carl Bernstein y Bob Woodward, del Washington Post, en los días en que los Estados Unidos estaban ya perdiendo la guerra de Vietnam (según los Documentos del Pentágono), y su política exterior promovía golpes de estado y dictaduras en América Latina, digo que aquel episodio en que el Partido Republicano y Richard Nixon espiaron a los demócratas y desviaron fondos para reelegir al presidente, fue una de las muestras más relevantes de una investigación periodística.

 

Todo lo que giró en torno a la reelección de Nixon y su posterior renuncia, las pistas y pesquisas de los dos reporteros, apoyados o cuestionados por su editor Ben Bradlee, se convirtieron en paradigma de la investigación de prensa. El libro que los dos periodistas publicaron después, a modo de reportaje de suspense (o thriller), Todos los hombres del presidente, le servirá al director de cine Alan J. Pakula para adaptar aquella suerte de electrizante aventura periodística a un filme en el que los dos reporteros tienen aires de héroes, o de detectives de novela negra.

 

Con una música adecuada a las circunstancias y la iluminación de buena parte del filme en penumbra, o, de otro modo, en un claroscuro que aumenta la tensión, el informante Garganta Profunda será el complemento imprescindible para el éxito de la investigación que hizo renunciar al presidente de la primera superpotencia mundial. Con las actuaciones magnificas de Robert Redford (Woodward) y Dustin Hoffman (Bernstein), Todos los hombres del presidente despierta y provoca en muchos estudiantes de periodismo y en reporteros de distintas latitudes, las ganas por la investigación y el periodismo en profundidad.

 

Hoy, cuando el periodismo investigativo en muchos medios de información es una rareza, el cine vuelve a poner en boga la investigación periodística, con una de ellas, realizada por el Boston Globe, en 2003, ganadora del Pulitzer, que denuncia los abusos sexuales a menores, o la pedofilia, de curas de la Diócesis de Boston. Con el nombre en inglés de Spotlight (el largometraje en español se titula En primera plana), que es, además, el de la unidad investigativa del mencionado diario, el filme dirigido por Tom McCarthy, en una impecable pieza cinematográfica, ganó el Oscar a “Mejor película”, 2016.

 

Ahora, cuando ya el periodismo no vigila ni es el sirirí de los poderosos, sino más bien su caja de resonancia, el que una película reviva los modos de hacer investigación de prensa, en la que, por lo demás, los reporteros son gente corriente (y no como lo muestran en Todos los hombres del presidente, que mitifica a los dos “sabuesos”), pone en la palestra la discusión sobre si sigue siendo pertinente o no (porque necesario sí es) que los diarios y otros medios vuelvan a fiscalizar a los poderes públicos y privados, y a defender la dignidad y derechos de los humillados y ofendidos.

 

En Spotlight los reporteros son comunes y silvestres, sin ínfulas de héroes, apropiados de su papel de descubrir a los culpables de los desafueros y empeñados en dejar una constancia pública sobre los delitos de los victimarios y la tragedia de las víctimas. Así, revisan documentos, anuarios, antiguos recortes de prensa, examinan listas, siguen pistas diversas y toman notas en libretas. A veces, como es normal por la intensidad de la reportería, no tienen tiempo de comer, duermen poco, y están obsesionados por atar cabos y dar cuenta con precisión de los acontecimientos y sus consecuencias.

 

La película tiene momentos dolorosos, en que el espectador puede soltar madrazos contra los abusadores, o compungirse por el desdoro, traumas y desgracias que las violaciones de los sacerdotes han dejado en las víctimas. Las pesquisas del Boston Globe, con más de seiscientos informes publicados, dieron como resultado que 249 sacerdotes fueran acusados del delito de pederastia contra casi mil quinientos afectados, y evidenciaron la complicidad y actitud blandengue del cardenal Bernard Law, que no solo ocultó los atropellos sino que trasladó a los violadores a otras iglesias, en las que continuaron con sus tropelías.

 

En la redacción del Boston Globe, por los días de la investigación sobre pederastia, el subdirector era Ben Bradlee Jr., hijo del gran periodista y director del Washington Post al que le correspondió el caso Watergate. Y también por esas mismas fechas llegó como editor Marty Baron, con el propósito de “abrirles los ojos” y mostrar nuevos caminos en la investigación a los reporteros de tal periódico. Hoy es el director de The Washington Post.

 

El Boston Globe patrocinó a los reporteros de la unidad de investigación Spotlight para que se dedicaran de lleno, durante meses, a las averiguaciones pertinentes. Hoy, en muchos diarios, (sobre todo en Colombia) más dedicados a la superficialidad y el sensacionalismo, a banalizar la información y a servir de propagandistas a los poderosos, la investigación periodística está cada vez más lejos de sus salas de redacción. Los síntomas son los de un periodismo prostituido, que olvidó las raíces de la razón ilustrada y la capacidad para cuestionar a los mandamases y explotadores.

 

El cine sobre temas periodísticos ha tenido muestras de calidad, que siguen siendo referentes del oficio, como el Ciudadano Kane, de Orson Welles (1941); El gran carnaval, de Billy Wilder (1951), JFK, de Oliver Stone (1991), Veredicto final, de Sidney Lumet (1982); Nixon-Frost, de Ron Howard (2008) y la ya mencionada Todos los hombres del presidente, de Alan J. Pakula (1976). Ahora, se suma con honores Spotlight o En primera plana (2015), una reivindicación del periodismo investigativo, una película con un tema muy difícil y bien tratado, que hace que el espectador no parpadee y al final quiera que el filme continúe.

 

Fotograma del filme Spotlight o En primera plana, ganador del Oscar a mejor película

La sangre hirviente de Truman Capote

 

 

Por Reinaldo Spitaletta

Hay bocones al estilo Cassius Clay o Muhammad Alí, como aún se denomina el “más grande” exboxeador estadounidense, que arman alboroto por donde pasan, con su vuelo de mariposa y aguijonazo de avispa. Se caracterizan porque, en rigor, cumplen con lo anunciado en medio del escándalo, al que aman. Tienen otra virtud: son geniales, a diferencia de otros bullosos, muy abundantes, que son pura baba de farándula. El escritor gringo Truman Capote (1924-1984), tal como lo probó en su vida y en algunas de sus obras, era “un genio, un drogadicto, un homosexual”. Y un alcohólico. Y, por encima de sus pasiones por el glamour de alta sociedad, las vanidades, la celebridad, la parafernalia enceguecedora del jet set y otros oropeles, era un artista.

Antes de aparecer su primera novela, publicada cuando él apenas iba a cumplir 24 años, a Capote, nacido en Nueva Orleans, ya lo conocían los lectores de revistas como Harper’s Bazaar, The New Yorker y Mademoiselle. En esta se publicó, por ejemplo, aquella historia siniestra de una chica de cabellos plateados, mirada de mujer madura y calculadora que se mete para siempre en la vida de una viuda. Miriam, un relato sicológico, con un excelso manejo de la tensión y la intensidad, inició el camino de altas y bajas en la producción narrativa de Capote. No era raro que a los diecisiete años ya publicara historias. Había empezado a escribir a los ocho, en un tiempo feliz en que su interés infantil se concentraba en leer libros, ir al cine, bailar zapateado y dibujar. “Un día comencé a escribir, sin saber que me había encadenado de por vida a un noble pero implacable amo. Cuando Dios le entrega a uno un don, también le da un látigo; y el látigo es para autoflagelarse”, escribiría en el prefacio de Música para camaleones.

De pelado, no hacía las tareas escolares por dedicarse a escribir aventuras, imaginar novelas de crímenes, a recordar historias de antiguos esclavos y veteranos de la Guerra de Secesión. Y algún profesor llegó a decirles a sus padres que Truman era un “subnormal”. Pero resultó al revés. Los exámenes practicados revelaron que poseía una inteligencia superior. Su aprendizaje literario había comenzado temprano: ejercicios permanentes, como llenar libretas con conversaciones escuchadas a sus parientes y vecinos; elaborar listas de palabras con sus significados; la división de párrafos, puntuación, búsqueda de su voz propia, de un estilo. Iba abriendo el arduo camino de la perfección y el virtuosismo técnico, como también lo asimilaría de Flaubert, uno de sus maestros. “Hay que aprender tanto, y de tantas fuentes: no solo de los libros, sino de la música, de la pintura y hasta de la simple observación de todos los días”, escribió.

Y gracias a aquella persistente práctica de infancia y adolescencia, a los diecisiete años ya era un escritor “consumado”. Entonces ¿por qué sorprenderse, como hubo casos, por su primera novela Otras voces, otros ámbitos, publicada en 1948? Con esta obra comenzó la celebridad de Capote, que, durante casi sus sesenta años de existencia, estuvo signada por las polémicas, los chismes de salón, la lectura masiva de sus obras, a la que contribuyeron también sus apariciones cinematográficas, la confección de guiones, los shows televisivos, uno que otro de sus amantes y las fiestas de alta alcurnia que daba. Más allá del tipo de la voz de flauta, afeminado, y en ocasiones frívolo, había un escritor de talento. Así lo iba demostrando con sus sucesivas obras literarias y periodísticas, como Desayuno en Tiffany’s, El arpa de hierba, El duque en sus dominios

En la década del cincuenta ya Capote quería convertirse en una suerte de Proust gringo y tenía, para el efecto, el plan de escribir Plegarias atendidas, para quitar las máscaras de las celebridades, incluidas las de la política. A su vez, mantenía una competencia con escritores como Gore Vidal y Norman Mailer y, de vez en cuando, esgrimía sus estiletes contra la denominada Generación Beat. Una vez, en un programa de tv con Mailer, Capote la emprendió contra la Beat Generation, que Mailer defendía: “Ninguno de ellos tiene nada interesante que decir… y ninguno de ellos sabe escribir, ni siquiera Mr. Jack (Kerouac)… que no escribe sino que mecanografía”, dijo en un espacio dedicado a literatura y escritores. Para entonces, Capote, que también era megalómano, estaba convencido que, dentro de los escritores de su generación, no había ninguno como él con tan buen oído para la música y el ritmo de la lengua inglesa, ni otro que escribiera con tan impecable estilo y agilidad. Sin embargo, todavía no alcanzaba a demostrarlo del todo ni arrancaban en forma sus “plegarias”. Y para fines de los cincuenta parecía hundirse en una crisis creativa. Entonces, sucedió que una noticia judicial, perdida en una página de periódico, le iba a cambiar la vida.

El 16 de noviembre de 1959, leyendo The New York Times, se topó en el centro de la página 39, la nota titulada: “Asesinados rico agricultor y tres miembros de su familia”. Estaba fechada en Holcomb, Kansas, 15 de noviembre y la crónica empezaba así: “Un rico agricultor, su esposa y dos hijos fueron encontrados hoy en su casa muertos a tiros. Les dispararon a quemarropa después de haberlos atado y amordazado”.

Bueno, no todos tienen ojo para detectar en una aparentemente rutinaria información de crónica roja, un tema trascendente. No es tampoco asunto de suerte el hallar una idea para el nacimiento de una obra de “éxito”. La manzana cae, pero no todos son Newton para formular una ley. Claro, y es que para tener “ojo” hay que estar entrenado. Henry James lo dijo mejor: “Sus descubrimientos son como los del navegante, el químico o el biólogo, poco menos que el resultado de estar alerta para reconocerlo. Dar con lo interesante de la misma manera que Colón dio con la isla de San Salvador, porque se había orientado en la dirección correcta”. ¡Eureka! Capote estaba orientado en esa dirección.

El crimen de Herbert Clutter, su esposa Bonnie, y dos de sus cuatro hijos, Nancy y Kenyon, le quedó martillando al escritor. Era probable encontrar ahí un filón para una obra de largo alcance y se lo comunicó a un editor de The New Yorker, y le mostró el recorte. Y aquel aprobó la propuesta de Capote de escribir una historia.

Que no sería cualquier historia, porque, de varias maneras, el resultado, casi siete años después, iba a ser una especie de “revolución” periodístico-literaria: la fastuosa irrupción de la “novela de no ficción” o “novela real”, como la etiquetó Capote, no sin cierta visión de mercadeo.

El escritor se fue a la lejana Kansas con su amiga de infancia Nelle Harper Lee, autora de Matar a un ruiseñor, y encontraron un ambiente de psicosis de terror en la aldea, en la que varios moradores ni siquiera creyeron que Capote era periodista y pensaron, más bien, que era uno de los asesinos que andaba suelto. Ni él ni ella en sus entrevistas tomaron notas en público, y mucho menos usaron grabadora. Tras sus conversaciones con la gente, por la noche trascribían sus notas y las confrontaban. La detención de los asesinos en Las Vegas, cambió muchos planes de la obra de Capote, que pensaba solo hacer una historia de los muertos y del pueblo. Igual seguía creyendo que lo que estaba escribiendo era una obra de arrolladoras dimensión y fuerza. Sostenía que el relato no imaginario podía ser tan ingenioso y original como la ficción pura. Opinaba que la razón de que fuese considerado, por lo común, como un género menor radicaba en que casi siempre lo escribían periodistas “poco preparados para explotarlo. Solo un escritor que domine las técnicas narrativas puede elevarlo a la categoría de arte”. Y agregaba que, al contar una historia, la buena narrativa se mueve verticalmente y profundiza en el personaje y los acontecimientos. Y con ese arsenal de palabras y conocimientos, dado por su ya viejo oficio, Capote emprendió la escritura de A sangre fría. Sabía muy bien cuál era la diferencia entre escribir bien y el arte verdadero.

Para escribir este insólito reportaje, Capote convivió con los asesinos Richard Eugene Hickock y Perry Edward Smith, sufrió con sus continuas apelaciones, pero también con su condena a muerte. Y ellos, a su vez, confiaron en él, porque creían que les podía conseguir nuevos aplazamientos de su ahorcamiento. El 14 de abril de 1965, Perry y Dick fueron ejecutados. Capote presenció sus últimos momentos y, en 1966, publicó el libro, que antes salió por entregas en The New Yorker, que agotó ediciones.

“Nadie sabrá nunca lo que A sangre fría se llevó de mí. Me chupó hasta la médula de los huesos. Por poco acaba conmigo. Creo que, en cierto modo, acabó conmigo. Antes de empezar yo era una persona bastante equilibrada. Luego, no sé qué me sucedió. Sencillamente es que no puedo olvidarlo, especialmente los ahorcamientos al final. ¡Espantoso!”. Así se lo dijo a su biógrafo Gerald Clarke.

El libro, que dividió opiniones, le dio reputación y plata en abundancia. Y, al tiempo, les abrió el camino a otros, que primero lo criticaron, como Norman Mailer, y después, viendo la efectividad del método, escribieron obras. Mailer, por ejemplo, con Los ejércitos de la noche y La canción del verdugo, sobre el convicto Gary Gilmour. Otros, que según Capote “me copiaron”, fueron Bernstein y Woodward, los sabuesos del caso Watergate.

A sangre fría disparó la fama de Capote y aumentó sus finanzas, como también las de sus editores y agentes literarios. The New Yorker  calculó que el autor cobraría catorce dólares y ochenta centavos por palabra, a lo cual Capote replicó: “Si lo divide usted por seis años y tiene en cuenta los impuestos, cualquier telefonista de Wall Street gana por lo menos lo mismo trabajando media jornada”.

Después del éxito de A sangre fría (llevada al cine en 1967 por Richard Brooks, con Scott Wilson y Robert Blake como protagonistas) Capote no sería el mismo. Ni sus fiestas babilónicas ni el esfuerzo que luego realizó en Música para camaleones, le devolvieron su perfección literaria.

Quizá lo mató ese libro. Y, claro, al final la cocaína revuelta con Valium, Codeína, Tylenol y otros barbitúricos. El sábado 25 de agosto de 1984 el escritor se apagó en Los Ángeles, diciendo “mamá, mamá”. Tenía hastío de vivir. Su látigo, sin embargo, sigue azotando la historia del ya viejo Nuevo Periodismo.

Capote, el niño terrible de la literatura norteamericana. Foto de Cartier-Bresson