Nostalgia con pimienta y soledad

(Sobre esas cosas ausentes que duelen con dulzor)

 

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Fotograma del filme Cinema Paradiso, de Giuseppe Tornatore

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Si me mencionás nostalgia puede que me traslade a una vieja sala de cine de la infancia y me ponga a gritar como Tarzán de los Monos, interpretado por Johnny Weissmüller, al que imitábamos, además de su alarido volador de bejucos, con brazadas en los charcos como la Piedrancha y el Búcaro. Si me decís nostalgia es probable que entrecierre los ojos y vuelva a ver la muchacha aquella de las chocolatinas y las mejillas rosadas a la que nunca pude besar, pero de la que siempre me pareció que ambos podíamos filmar una película de adioses y reencuentros gozosos. Si me decís nostalgia, quizá no me toparé con ella en un bolero edulcorado, pero sí en tangos de esquina, de Seeburg y Wurlitzer luminosos, donde se escondían romances (y romanzas) de barrio y un lagrimón en el empedrao.

 

No sé si haya una historia de la nostalgia, que, en Occidente, pudiera venir desde Grecia hasta las más recientes edificaciones de una ciudad como Medellín, en la que ya se suben lomas en patineta y se vuela en bicicletas por barrios planos. Seguro que sí hay alguna, con venusinas y mares de Ulises, con Ítacas y una flecha de Troya. Que incluya algún lugar circular del infierno de Dante. Una historia que involucre las voces de esas muchachas y muchachos que, en las afueras de Florencia, narraban picardías de piel y aconteceres de pestes mortales.

 

Si me decís nostalgia puede ser que me hagás devolver hasta las historias de Verne y Salgari, a los relatos fantásticos sobre aparecidos y otros fantasmas de mamá, a los partidos de fútbol con pelota de “carey” en una calle infinita… No estoy seguro de lo que se siente cuando alguien pronuncia esa palabra de pasado griego y que tiene que ver con el retorno de un dolor. Dolor de ausencia. Dolor de lo que se ha ido. Un dolor dulce por lo que fue y ya no será más. Es, no sé a quién se lo escuché, un vacío agridulce, un sangrar placentero, como la prosa de Proust. O como lo que se siente después de leer, por ejemplo, El café de la juventud perdida.

 

Me da esa sensación de pérdida revuelta con un devolverse, como un flashback de cine, a recorrer lo ya recorrido y que, por mucho que se desee, no se podrá volverlo a caminar. Sí, como en ese valsecito Bajo un cielo de estrellas: “Mucho tiempo después de alejarme, vuelvo al barrio que un día dejé…”. Un imposible. Pero que puede ser parte de un sueño, de una aspiración. Y para allá vamos, a decir que cuando me hablan de nostalgia, a veces con tonos despectivos, o con aires de “sobradez”, me suena que también la utopía es otra manera de la nostalgia. Sí, porque es sentir que se puede llegar, que hay que caminar, que hay que transitar, aunque el horizonte se corra y se haga inalcanzable. ¿Nostalgia del futuro?

 

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Una vieja sala de cine

 

Nada malo hay en “nostalgiar”, ¿o sí? Puede que en una de esas faenas se te desborde una “lágrima asomada”, o te tiemble la voz como a los cantantes envejecidos, y hasta se te quiebre. Qué más da. No es un problema (¿problema?) de edad, de madureces, de trajines cansados. No es porque ya después de tantos andares quieras recuperar los días perdidos, los años vividos, los deseos truncos. Porque de ser así, estaríamos de frente a los remordimientos, pesar por lo que no se hizo. Y la nostalgia, creo, es más bien una sensación a veces agria, a veces azucarada, sobre lo que ya no podrá volver. Lo cual también, en otro terreno, es digno de celebración. Como lo dicen los biólogos: “todo lo que nace es digno de perecer”.

 

Una historia de la nostalgia tendría que cubrir revoluciones y tantos intentos —frustrados unos, exitosos otros— de cambiar la sociedad. Y los cafés de la Ilustración. Y las palabras últimas de los fusilados o de los que iban a decapitar. Y el vertimiento de la sangre revolucionaria de Marat en la bañera. No sé, pero me parece que hay, además de rumores de mar y amores acabados, una inmensa nostalgia en los sonidos de las canciones napolitanas. Y no sé por qué cuando escucho ciertas arias operáticas o de zarzuelas, o una romanza como Una furtiva lágrima, creo que esa sensación como de soga que me oprime la garganta es lo que llaman la nostalgia.

 

Puede ser también que la nostalgia sea aquella manifestación sentimental que te hace idealizar lo que se escurrió, lo que se marchó sin darte cuenta, como la infancia (¡qué rápida es la infancia!) o los días de escuela. Tal vez cuando escuchás una cancioncita como la de Soy pirata, o hasta una canción virginal que entonaban las maestras de primaria en los mayos floridos (“Es María la blanca paloma…”), o te pica la memoria con cierto fastidio como el que sentía tras el término de las vacaciones y tu mamá, el día de comienzo de clases, te despertaba con “hoy volvemos a la escuela, anhelantes de saber…”, una tonada con música de una parte del Elixir de amor, de Donizetti.

 

En todo caso, no está mal la nostalgia. La misma que se expresaba en cartas, en los pañuelos de despedidas portuarias, en alguna cinta de Tornatore, en las músicas que sonaban antes de comenzar la película en el cine de barrio… Volvés, con ese sentimiento de dulzón pesar, a vivir en otra dimensión. Quizá con borrones, con vacíos, con sensación de estar incompleto. Porque la nostalgia también está hecha de olvidos. ¿Cómo no tener nostalgia cuando suena, digamos, Melodía de arrabal? ¿O Recuerdo, de Osvaldo Pugliese? Cómo no sentir que hay un desgarramiento, una especie de cuchillada, cuando se evoca la escritura de una cartita de amor adolescente.

 

Cuando vi por primera vez algunos originales de Van Gogh en un museo, sentí como si me devolviera a tiempos de antiguas lecturas y entonces no había manera de contener la lagrimada, qué vaina que te vean los demás llorando, como cuando lo hacías, solo, en una sala de cine al estremecerte con una escena de alta estética, o por una belleza en la composición, en los paisajes, con un primer plano, con una secuencia… O como cuando vuelven las canciones que tu madre cantaba, como el tango Silencio y todas las de Margarita Cueto. Qué diablos, la vida está hecha de faltantes, de desprendimientos, de lo que pudo haber sido y no fue y de lo que fue y ya no volverá a ser. Así es. Caldo de cultivo de nostalgias.

 

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Decía Fernando Pessoa que “no hay nostalgia más dolorosa que la de las cosas que nunca han sucedido”. Qué diagnóstico de penas. Qué radiografía pesarosa, desasosegada. Y, a su vez, irredimible. Como la imagen que creí haber visto de un cometa atravesando el cielo de la infancia o como la de haber volado y volado hasta despertarme con la sensación de que, en rigor, se trataba de una fiebre de turbulencias y sudores. Puede que haya nostalgias del ansiado carro que el Niño Jesús ni los reyes magos jamás me trajeron o del balón que no llegó a tiempo. La nostalgia es un viaje sin regreso.

 

De la figura de mi padre, que era un ser del Caribe, con músicas de mar, vientos y playas, recuerdo más que sus bailes de inmenso sabor, su modo de concentrarse hasta adquirir una apariencia de santón de la India en plena meditación cuando escuchaba el tango Niebla del Riachuelo, de Juan Carlos Cobián y Enrique Cadícamo. Parecía ir en un barco que a la postre naufragaría, o en una nao de mares y tiempos remotos:

“¡Niebla del Riachuelo!..
Amarrado al recuerdo
yo sigo esperando…
¡Niebla del Riachuelo!…
De ese amor, para siempre,
me vas alejando…
Nunca más volvió,
nunca más la vi,
nunca más su voz nombró mi nombre junto a mí…
esa misma voz que dijo: “¡Adiós!”.”

Y entonces, por su recuerdo, cuando lo entreveo en la distancia, en los años que no volverán, lo conecto con ese tango de barcos carboneros que jamás han de zarpar.

 

¿Qué es la nostalgia? Si me apurás, puede ser lo que le falta a la utopía para realizarse y dejar de serlo. Creo que las utopías, como diría un director de cine argentino, sirven para que uno camine (incluido el gesto de la mujer de Lot, que hay que mirar atrás, aunque se vuelva estatua de sal), sí, hay que mirar atrás para saber que a la postre uno está solo. La utopía, según se sabe, es un lugar que no queda en ninguna parte. Tal condición la hace atractiva y única. Y, como don Quijote, hay que caminar aunque no se llegue nunca a ningún destino. La nostalgia también es no llegar jamás a meta alguna, porque lo clave es el ir, es el tránsito, el viaje, ¡oh!, viejo poeta de Alejandría.

 

Nostalgia son los pasos perdidos, las voces esfumadas, los besos olvidados, las noches con serenata, la mirada triste de un perro callejero, una melodía con rayos de luna de Glenn Miller… Es la casa que no está y las imágenes de aventuras en cinemascope que ya son parte de la educación sentimental, con cómics y revistas color sepia.

 

Si me decís nostalgia (que en italiano me parece que suena más bonito) me sentaré otra vez en una silla de cine, en un teatro a la italiana, ya muerto, en un pueblo obrero y fabril que ya tampoco no existe, y cerraré los ojos para ver de nuevo las estrellas. Como cuando nos tirábamos en la grama a mirar el infinito cielo de la infancia.

 

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“Nostalgias de escuchar su risa loca…”, dice un tango de Cadícamo y Cobián

El navegante Saramago

(El cuento de la isla desconocida, una reinterpretación de la utopía y el amor)

 

“Salir de aquí, esa es mi meta”

Kafka

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

El cuento de la isla desconocida, de José Saramago, tiene varios planos alegóricos. Uno, es una referencia a las utopías a modo de metáfora, a las mismas que son capaces de transformar el interior humano dándole motivos para la movilidad mental y física, para la búsqueda y la idealización —y transformación— del mundo. Es un desafío de un hombre al poder, a la estratificación, a la servidumbre. Utopía, como se sabe, es un lugar inexistente en el cual hay tiempo, más que para el trabajo, para las ensoñaciones y la creatividad.

 

El cuento entra de inmediato en un mundo en el que se pone a prueba una autoridad, la del rey, por un alguien innombrado que quiere un barco, sin ser navegante, sin saber nada de los mares y sus conmociones. Su actitud inicial es la de la fe en sí mismo. Una convicción. No se arredra ante los significados del poder, que mantiene a los otros, a los del adentro y el afuera, subyugados. “Dame un barco” es una impetración que no tiene nada que ver con una limosna. Es, si se le mide en su dimensión real, una suerte de exigencia o, en otro ámbito, de ejercicio de un derecho.

 

El visitante de palacio, que se ha parado en la puerta de las peticiones, está siempre enfocado por el narrador que, como se verá más adelante, le da a una mujer que es parte de la servidumbre real, una visión de ser secundario, que no puede ir más allá de la obediencia. Pero habrá una transmutación de roles, y la innominada dama se erigirá en una parte esencial del relato y de su dinámica y fuerza interior.

 

Más que para ser leído, el de Saramago es un cuento para escucharse. Y en esa condición y sentido, la estructura está construida con la tradición, desde los tiempos de la oralidad, cuando narrar historias era parte de la vida cotidiana y de las veladas para mejorar el sueño. Hay, si se quiere, una evocación de Las mil y una noches, de las consejas y maneras de contar en tiempos remotos. El narrador parece estar sentado alrededor de un fuego, de un hogar, de una noche milenaria en la que hay escuchas bajo las estrellas. Sin embargo, puede ser engañosa la forma, porque, creo, se trata de una estructura moderna que se hace préstamos de lo antiguo, por seductor, y porque tal manera de contar no deja de maravillar.

 

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José Saramago

 

Lo moderno, pese a hablar de reyes y servidumbres, está conectado con el sujeto, con dos personajes que, sin requerir de nombres, van tejiendo una aventura que tendrá un inesperado como utópico final. La fuerza del tejido está en los interrogantes que se plantean en torno a un barco (una carabela), sobre quiénes serán los tripulantes, cómo se echará a la mar, y, en particular, acerca de cómo los implicados, un hombre del que no se sabe nada de su pasado y una mujer del servicio de su majestad, van metiéndose en el mundo del lenguaje marino, de qué es una carabela y sus diferencias, por ejemplo, con un paquebote (nave para repartir correo de puerto en puerto).

 

El hombre que llega al palacio puede tener ecos de la literatura kafkiana, de su modo de criticar la burocracia y de observar el papel de la ley (si hubiera pocas leyes, todo el pueblo sería jurisconsulto, dice Tomás Moro). Pero con una variante: el que está pidiendo un barco no cejará, no se rendirá. Es un persistente que estará en guardia tres días tras las cuales doblegará al rey, que en un comienzo lo ve como un descarriado, un enloquecido. Este hombre pondrá en dificultades a su majestad, lo hará trastabillar y lo pondrá en aprietos frente al saber geográfico, ante sus propiedades infinitas y las posibilidades del conocimiento.

 

El que ha llegado con una presencia diferente, si se quiere subversiva, no pestañea ante la autoridad. Sabe a lo que va y está dispuesto a no retroceder. Para el rey es, en principio, una charada o una bufonada que alguien quiera un barco para buscar una isla desconocida. Para él ya todo está descubierto, todo se sabe, y cómo va a ser posible que exista una isla de la que él no sepa y, por lo demás, no sea suya. El aparecido pone a flaquear el mando real. Y, tras haber dentro de los impetrantes que hacen fila en la puerta de los obsequios un malestar por la espera, el soberano, que ha visto alterado el orden, le da el barco.

 

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En este cuento, publicado en 1999, Saramago torna a experimentos formales en la puntuación: reemplaza con comas los dos puntos y con mayúsculas los guiones de diálogo: “El capitán del puerto dijo, Voy a darte la embarcación que te conviene, Cuál, Es un barco con mucha experiencia, todavía del tiempo en toda la gente andaba buscando islas desconocidas, Cuál, Creo que incluso encontrará algunas, Cuál, Aquél”.

 

Ah, y aparte de sus conexiones con la utopía, los sueños, las búsquedas de otros mundos, los cuestionamientos al poder, se trata de un cuento de amor. Un hermoso cuento de amor. Aquí podríamos recordar a Pessoa cuando advertía, no sin guasa, que las cartas de amor son ridículas (“Las cartas de amor, si hay amor, / tienen que ser ridículas”). En cambio, por contraste, los cuentos de amor, no. Están cocinados con los ingredientes humanos, sin recetas, sin apariencias, como el que Saramago realiza con su isla desconocida. Una mujer del servicio que, al ver la capacidad y carácter de un peticionario, decide en un acto de absoluta libertad irse con él a buscar en una carabela una isla desconocida. Ella sigue la aparente locura del tipo que, ante todo, mantiene un grado de obcecación como el de los antiguos navegantes portugueses del siglo XV y XVI.

 

Y si el hombre se muestra con su obsesión intacta, o no, más bien creciente, ella, que apoya la aventura, es más pragmática. Y si él ve velas, timones, mares, vientos, ella lo ve a él como una posibilidad de encuentro, de conexiones más cercanas, más piel y acercamiento que navegaciones. Un recurso de maravilla emplea el escritor y es el del soñar, en una situación que retoma, a su manera, la leyenda bíblica del arca de Noé, de las parejas de animales y, claro, de unas parejas humanas que garanticen la pervivencia y la reproducción. La vida.

 

El sueño de la carabela, cuando no hay marineros, cuando no hay buen viento ni buena mar, es una representación audaz de cómo la utopía puede ser posible y habrá descubrimientos y el mundo será distinto. El amor no está ni a babor ni a estribor, ni en la proa ni en la popa. Es un sueño que se hace realidad sin coordenadas, sin astrolabio ni brújula. Y permite nuevas posibilidades del conocimiento de sí mismo.

 

El mar tenebroso adquiere en este cuento una intensa luz que lo hará navegar sin miedos y con la convicción de que al otro lado de la vida siempre habrá una claridad inesperada. Hay que tener ojos para la isla desconocida y, también, para ver en el otro el complemento a una aventura sin fin. Lo importante es el caminar (o navegar) y no el llegar.

 

P.S. Hace años, en Medellín, el Pequeño Teatro y Rodrigo Saldarriaga realizaron una bella representación, en una atmósfera penumbrosa y sugerente, del cuento de Saramago.

 

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José Saramago, ilustración de Manuel Romero.