Memoria de Lucio, lúcido académico de tango

(Semblanza del máximo investigador de tango en Colombia, Luciano Londoño López)

 

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Luciano Londoño (derecha) con el músico, bandoneonista, director y compositor Astor Piazzolla, a quien entrevistó en Medellín.

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

No recuerdo la circunstancia, quizá sucedió porque estaba escribiendo una nota sobre talleres de escritores en Medellín, y entonces, en el de Mario Escobar Velásquez, uno de sus participantes era Luciano Londoño López. Había escuchado su nombre tal vez porque no sé quién me dijo que, para esas épocas, 1986, era el investigador más preclaro del tango en Medellín. Que ya le había hecho una entrevista a Astor Piazzolla. Que era la erudición andante. “Es un sabio del tango”, creo que me aclararon. Y entonces, en la cafetería del Paraninfo de la Universidad de Antioquia, me esperó para darme sus declaraciones acerca de lo que pensaba sobre los talleres literarios. Me habló de Enrique Jardiel Poncela, un exuberante escritor y humorista español que, por lo demás, aborrecía el tango.

 

No sé por qué habíamos llegado a ese punto cuando me dijo que si yo conocía a Jardiel Poncela. Y no lo había leído, pese a que, en otros días, una reedición de un libro de este autor estaba en casi en todas las librerías formales y en aceras del centro de Medellín: La tournée de Dios. Y me dijo que me daría una copia de “Para leer mientras sube el ascensor”, una colección de escritos breves del estupendo narrador. Así llegué a leer al autor de Amor se escribe con hache y ¡Espérame en Siberia, vida mía!

 

Después, volvimos a encontrarnos. Fue en un evento académico en el Recinto Quirama, donde él, una autoridad en tango, dictó una cátedra sobre Gardel. Y así, más tarde, nuestros acercamientos se hicieron más frecuentes. Era Luciano, además de su experticia tanguera, de sus infinitos conocimientos sobre la evolución, historia, grabaciones, sindicatos, autores, compositores, músicos, orquestas de tango, historia argentina, la guardia vieja y la guardia nueva, en fin, un lector obsesivo de otros temas, en particular de Literatura e Historia. Un lector perspicaz que, por su memoria de privilegio, no solo se acordaba de detalles, digamos de una novela como El juguete rabioso, de Roberto Arlt, o de los cuentos de Quiroga, sino de distintas columnas de César González Ruano o de deliciosas y lúcidas greguerías de Gómez de la Serna.

 

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Luciano con Roberto Goyeneche, el Polaco.

 

Luciano (Lucio para sus amigos) era un lector desbocado, sin límites, analítico y disciplinado. Así como coleccionaba infinidad de recortes de prensa, su biblioteca, no solo con no sé cuántos volúmenes de tango, estaba enriquecida con infinidad de autores clásicos y contemporáneos. Y como si toda esta alimentación intelectual fuera poca, conocía a fondo la cultura popular de América Latina y otras coordenadas. En el ámbito del cine, por ejemplo, podía hablar con propiedad de actores, actrices, directores y productores mexicanos, y no era extraño escucharle disertaciones sobre María Félix, Jorge Negrete, Pedro Infante, Cantinflas, Dolores del Río o el Indio Fernández.

 

Luciano Londoño, el máximo experto en tango de Colombia (y lo decían autoridades como José Gobello, Ricardo Ostuni, Gaspar Astarita, Nelson Bayardo, Jorge Göetling y muchos más) era un aficionado al cine argentino y, claro, al cine universal. Con él bien podía hablarse —y aprender— del neorrealismo italiano o de la Nueva Ola francesa y no le eran extraños los autores del Siglo de Oro español y leía con la misma fruición y entusiasmo a Pérez Galdós como a Camilo José Cela o Valle-Inclán. Así que igual coleccionaba series famosas de televisión como filmes clásicos.

 

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Con Tite Curet Alonso, en Puerto Rico

 

El jazz, la salsa, el vals peruano, el pasillo ecuatoriano, la música colombiana completaron el extenso catálogo de su gusto musical popular, aunque, como es de entenderse, el tango acaparó buena parte de su dedicación, inteligencia, sensibilidad y pasión. El complejo mundo de la cultura rioplatense, las orquestas, las armonías, las melodías, los cantantes, e incluso la danza —aunque, me parece, no era hombre de baile— coparon su riquísima existencia e iluminaron sus facultades de investigación. Era, por lo demás, un polemista. Y alguien que, dado su hondo conocimiento, podía debatir con altura intelectual cualquier tema conectado con el tango y, en general, con la literatura, la historia, el derecho y la cultura popular.

 

Y aunque entre nosotros hubo una autoridad para la música cubana y, en particular para la de la Sonora Matancera, como el médico Héctor Ramírez, una vez, en una visita a La Habana, y al sabor añejo de los rones, me dijo el periodista y musicólogo cubano Helio Orovio: “En Colombia no hay quién sepa tanto de la Sonora Matancera como Luciano Londoño”.

 

Ese hombre de enorme generosidad, que jamás tuvo egoísmos con el conocimiento, que regalaba libros o se los fotocopiaba a sus amigos y conocidos, que recomendaba lecturas, que obsequiaba grabaciones y gozaba con esa actitud magnánima, le dejó a la ciudad una herencia cultural, sus libros y su música para que las presentes y futuras generaciones tengan nuevas fuentes del saber, de la investigación y la cultura. El fondo lo custodiará la Biblioteca Pública Piloto de Medellín (BPP).

 

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En junio de 2008, el Municipio de Medellín le rindió un homenaje a Luciano. En el Decreto 0898 de junio 20 de ese año se le destacó como un “reconocido experto en tango”. Se señaló que “un hijo de sus calidades humanas y profesionales constituye un orgullo para la ciudad”. En otro de los considerandos del decreto de honores se resaltó que “gracias a sus investigaciones se logró sacar del anecdotario a Carlos Gardel y lo ubicó en el sitial de honor que la historia le tenía deparado, porque para él, el Zorzal criollo, es la máxima expresión del canto popular”.

 

Otra de las cualidades de Londoño López la constituyó su capacidad para la divulgación del tango y la cultura popular. Escribió artículos en revistas y periódicos nacionales y extranjeros, y dictó charlas y conferencias sobre tango y, en particular, acerca de Carlos Gardel, con marcado énfasis acerca de su origen, trayectoria, grabaciones, el cine, el accidente y muerte en Medellín y la necesidad de que se haga un ADN para determinar si el cantor es francés o uruguayo. En ese aspecto, nos dictó en el Centro de Historia de Bello, en junio de 2010, una conferencia sobre este polémico asunto, alternando con el magistrado Javier Tamayo. Fue Académico Correspondiente de la Academia Porteña del Lunfardo desde 1991 y de la Academia Nacional del Tango desde 1992 (ambas de Buenos Aires, Argentina) y Asociado correspondiente de la Academia de Tango de la República Oriental de Uruguay desde 2004.

 

Luciano, nacido y criado en el barrio La Milagrosa, donde tenía en cada esquina de la cuadra cantinas en las que día y noche se “molía” tango, comenzó desde muy joven a preocuparse no solo por comprar longplays del género, sino libros. No eran de fácil consecución en la ciudad. Y fue conectándose con artistas y periodistas de Buenos Aires y Montevideo que venían a Medellín a los festivales de tango y otros eventos, para que se los compraran y enviaran. Uno de ellos fue el cantor y coleccionista de tango Héctor Blotta.

 

Luciano Londoño, un memorioso brillante

 

Cuando estaba terminando el bachillerato nocturno (trabajaba de día, y desde los catorce años), hubo dos circunstancias que le permitieron desarrollar su memoria: una, la de cantar con sus amigos todos los tangos que sonaban. Así aprendió las letras. Otra, la de un juego muy simpático: uno de los de la barra decía un verso de tango y los otros debían responder a qué tango pertenecía.

 

Después, en una combinatoria de inteligencia, memoria y sensibilidad, Luciano Londoño leyó, escribió, viajó, escuchó música día y noche y se erigió, tras una intensa y constante labor de aprendizajes, en un relevante investigador musical, en especial de aquel género que Enrique Santos Discépolo denominó “un pensamiento triste que se baila” y Horacio Ferrer llamó “mezcla brava de pasión y pensamiento”, “comedia humana” propicia “para cada soledad y cada encuentro”: el tango. Sí, el tango o el gotán, con su “ritmo de trompadas contra el viento”.

 

Sus relaciones con tangueros de alcurnia en Buenos Aires, Montevideo y otras ciudades, lo llevaron a cartearse, entre otros, y aparte de los ya mencionados, con el gran músico y director Julio de Caro, Luis Adolfo Sierra (una luminaria del tango), Oscar Himschoot, el historiador inglés Simon Collier y Gastón Martínez Matiella, presidente de la Academia Mexicana de Tango. Y esto por solo registrar a los de tango (sus relaciones se extendieron con investigadores, músicos, autores, coleccionistas de otros géneros, como es el caso, por ejemplo, del musicólogo cubano Cristóbal Díaz Ayala).

 

Recuerdo sus llamadas telefónicas a las seis de la mañana para recitarme un tango, una letrilla, un fragmento de un poema de Homero Expósito o decir que un libro que le recomendé, como, por ejemplo, El juez y el historiador, de Carlo Ginzburg, le había dado pistas para seguir investigando sobre el origen de Carlitos Gardel mediante la teoría de los indicios establecida por ese historiador italiano.

 

Luciano Londoño, el memorioso, una biblia del tango, nació en 1951 y murió en 2013. Su recuerdo habita la ciudad y su legado nos queda como una muestra de su rigor, cultura e inteligencia. Este lúcido — y a veces cascarrabias— académico no vivió para el olvido. Digamos, con Aníbal Troilo, que Lucio no se ha ido porque siempre está llegando.

 

(19 de junio de 2019)

 

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Carlos Gardel, una obsesión investigativa y académica de  Luciano Londoño.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Un papa gardeliano

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Por Reinaldo Spitaletta*

 

Que el nuevo papa haya asumido el nombre del único gran santo de la cristiandad, el hermano Francisco de Asís, puede ser síntoma de que la Iglesia se podría enrutar hacia una opción por los pobres.

 

Pero, en este punto es dónde comienzan muchos interrogantes, algunos como estos: ¿Continuará el nuevo pontífice la línea conservadurista de sus antecesores Juan Pablo II y Benedicto XVI? ¿Se abrirá la institución hacia reformas de fondo y, como sugiere el teólogo Hans Küng, volverá a izar las velas del renovador Juan XXIII?

 

¿Significa que porque el papa es argentino, la Iglesia jugará un papel diferente frente a las intromisiones de los Estados Unidos en América Latina? Y así por el estilo surgen preguntas en torno a lo que será el rol de Francisco, sobre el que ahora se sabe más acerca de su novia de infancia, de su amor por un equipo de fútbol, de su entrañable barrio porteño, el barrio de Flores, que sobre su presunta complicidad con la criminal dictadura militar de Videla y compañía.

 

Uno podría decir que si Francisco escogió no solo por pose o impacto mediático el nombre del patrono de Italia, el que renunció a toda riqueza material para dar ejemplo de sencillez pero sobre todo de protesta ante la injusticia, es porque a la Iglesia la esperan momentos cumbre de transformaciones. Se sabe de sus faustos, de su historia milenaria con abundantes patrimonios terrenales, de las actividades financieras vaticanas. ¿Cambiará la correlación de fuerzas para que la Iglesia sea no solo vocera y defensora de los pobres sino una crítica tenaz frente a los poderes que son la causa de las miserias y desamparos sociales?

 

Aguardemos entonces que las prédicas contra la pobreza vayan acompañadas de cuestionamientos (¿y acciones?) contra los modelos y sistemas económicos que depredan tanto al hombre como a la naturaleza. Mientras tanto, y tornándonos más bien ligeros en cuanto a la elección del papa Francisco, un ser que montaba en subte (metro) en su natal Buenos Aires y que, según la prensa, ha hecho demostraciones de austeridad en su vida ciudadana, volvamos al hombre.

 

No sé si es por una “light culture” o porque se ha querido dar una semblanza del humano para luchar contra mitologías, que se le ha dado tanto despliegue a su gusto por el San Lorenzo de Almagro (seguro, la hinchada tendrá que poner ahora la efigie del papa en sus banderas y camisetas) y por su pasión tanguera.
Hay tres asuntos argentinos extraordinarios, que son la literatura, el fútbol y el tango. Los dos últimos, como se sabe, son una especie de religión, en particular en Buenos Aires. Francisco, el papa, el cura (“me gusta ser cura”, les dijo a los autores del libro El Jesuita), ha sido un lector devoto de Borges y Leopoldo Marechal (El de Adán Buenosayres y Megafón o la guerra). Y ni hablar de tango y su “abrazo sinfónico”. El padre Bergoglio gusta ¡claro! de Gardel, pero también de Ada Falcón, una cancionista (la Emperatriz del tango, la llamaron) que después se internó en un convento. Y seguro que bailó (o tal vez baila todavía en alguna soledad) con el compás de Juan D’Arienzo. Y escucha con admiración a Astor Piazzolla, el revolucionario del tango.

 

Saber que un papa es tanguero o un buen lector de literatura, puede dar a otros un pábulo para meterse en esos avatares. Quizá ahora algunos irán a leer (o releer) Los novios, de Manzoni, uno de sus autores italianos preferidos o ver todas las películas del neorrealismo o las argentinas en las que actúa Tita Merello, y mirarán con nuevos ojos La crucifixión blanca, de Marc Chagall y buscarán los misterios estelares en la dantesca Divina Comedia. Que los gustos estéticos de un papa son posibles de imitar. Así que habrá alguna feligresía que se dedicará a leer a Hölderlin, en hora buena.

 

La elección de un papa crea expectativas, tanto en creyentes como en ateos. Esperemos que el tocayo de Francisco de Asís sí tenga una auténtica opción por los pobres.

 

Posdata: El martes pasado murió en Medellín el máximo referente del tango en Colombia, el investigador Luciano Londoño López. Honor a su memoria.

 

*Nota publicada en El Espectador, 18 de marzo de 2013

 

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El papa Francisco

Oblivion o del sereno olvido

Por Reinaldo Spitaletta

La primera vez que escuché Oblivion, de Astor Piazzolla, la sensación era la del tiempo que se paraliza, que no anda, que deja de existir. El violín, creo que era el de Suárez Paz, me condujo a esferas inesperadas, a un tiempo sin tiempo, a la eternidad. No sé si en aquellos momentos de hace muchos años tenía alguna pena de amor, o si me había sumergido en alguno de los cantos de La Divina Comedia, no sé, no hay recuerdo, y en este punto es cuando el olvido (en rigor, ese es el significado de oblivion) parece jugar su rol de catalizador. O de mortal destructor del pasado. En el futuro, el olvido no es, está muerto. No es su territorio.

Después, en otro instante de soledad, la composición del argentino me llegó como un rumor, como algo indefinido que venía de muy lejos, suave, sin estropicios. Sin anuncios. Y me envolvió en su atmósfera neblinosa, en su textura de hierba húmeda, en un aleteo muy leve de mariposa que agoniza. Y qué paradoja esta: oblivion, el olvido que hace recordar. Ahora está aquí, de nuevo, y es el bandoneón el dulce, en una introducción a un mundo que está más allá de los sueños. Y de pronto, es otra la grabación, suena el violín de Arabella Steinbacher y entramos a lo desconocido, nos montamos en la barca de Caronte para imaginar cómo es el clima de los que ya no están en la tierra.

Dante supo que el olvido, el que se logra al beber las herméticas aguas del Leteo, no es un castigo. Puede ser un premio. Quien olvida, deja de saber, de padecer. Se hunde en la nada y navega en ella, en el vacío. ¿Se puede tener memoria del olvido? También lo resuelve Dante, gracias a Virgilio. Ciertos griegos antiguos, creían que, al morir, el líquido del Leteo les hacía perder la memoria, y así, al renacer, no tendrían huellas de vidas pasadas. Y de ese modo, como existe el flujo del olvido, también está el de la memoria (otro río), aquel del cual si uno bebe sus aguas puede recordarlo todo. Se cree que es una forma de alcanzar la omnisciencia. Puede ser otra manera de la tragedia.

¿A qué saben las aguas del Leteo? se preguntaba un poeta, tal vez en medio del desespero de no poder alcanzar la inmortalidad. En la Oda a la melancolía, de Keats, se advierte: “No, no vayas hasta el Leteo, ni exprimas, de las fuertes raíces de la árnica, su venenoso vino”. ¿A qué sabe el olvido, a qué huele, cómo abraza (y abrasa), cómo besa? Cuando caemos bajo su narcótico influjo, la nada es la reina. El olvido, lo dijo Borges, es la única venganza y el único perdón. Puede ser doloroso recordarlo todo, como el caso del borgiano Funes, o como lo lamenta Baudelaire en su esplín parisino: “Tengo más recuerdos que si tuviera mil años”. A veces, duelen los inventarios, los cajones con cartas apolilladas, los álbumes, un grillo de la infancia, la primera visión de la teta materna. La vida.

A veces, vuelvo a Oblivion —o él vuelve a mí— (también a Escualo, a Adiós Nonino, a Tristezas de un doble A, en fin), quizá con el violín de Antonio Agri, y hay una sumersión en la corriente del mítico río inventado por hombres antiguos de los cuales sí hay memoria, y me parece que esa música, leve y serena, suena como suenan los colores del crepúsculo o la melancolía de una tarde sin arreboles.

Dante y Beatriz a orillas del Leteo, pintura de Cristóbal Rojas

Evocando a Roberto Goyeneche

           

Qué falta nos hacés, Polaco

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Por Reinaldo Spitaletta                                                    

 

¿Quién era ese cantor que sugería silencios, cantaba el punto y coma, y se quería morir en cada irrepetible interpretación? ¿Quién era ese fraseador impecable que, según tantos, aficionados y críticos y tratadistas, fue el vocalista con más calidad expresiva que ha tenido la canción de Buenos Aires? Roberto el Polaco Goyeneche (29 de enero de 1926-27 de agosto de 1994) cuando se murió era una leyenda popular, amado por rockeros y músicos de otros géneros, y, por supuesto, por los seguidores del tango. La leyenda continúa. Y crece con el tiempo.

Entre los militantes de la logia tanguera (bueno, también entre los de la salsa, la ópera, el jazz…) siempre se dan discusiones, casi siempre bizantinas, muchas de las cuales pueden terminar a insultos y puñetazos, como si se discutiera de fútbol o política: qué este es el mejor, que el dios es Gardel y los demás son sus querubines, que en el Olimpo están también Marino y Floreal y Dante y Durán y Rufino y Morán y Rivero y Sosa y Berón.

No importa. La lista de los elegidos es más extensa. Pero, sin duda, el Polaco (bautizado así por el Paya Díaz) dejó un legado de excelente interpretación, un artista ‘con vicios de cantor’. Poseedor de un oído absoluto, que jamás desafinó, ni siquiera en sus tiempos de decadencia, cuando su garganta con arena seguía atrayendo a los duendes de la noche porteña.

Goyeneche se inventó a sí mismo, con un estilo heterodoxo, respetuoso de la gramática y de las letras, que, como diría el finado periodista argentino Jorge Göttling, llenó el tango de sugestión y lo hizo más creíble. Más cercano. Su modo de cantar, de decir, hizo que, en diversos escenarios, lo compararan con Sinatra, con Maurice Chevalier o con Edith Piaf, como pasó en sus presentaciones en París. En su debut en el teatro Chatelet de la capital francesa, con un auditorio sapiente que no sabía español pero entendía la calidad del artista, Goyeneche cautivó tanto (y a tantos) que en los diarios lo calificaron como “el nuevo gorrión de París”.

“Goyeneche es capaz de enmudecer al público leyendo la Biblia o la guía telefónica”, según un comentario de Le Monde. Su estilo, tantas veces irreverente, hipnotizó en su patria tanto a los amantes del género como a los jóvenes rockeros, porque, para Goyeneche, nunca el tiempo pasado fue mejor. Siempre estaba en renovación. “Tanta fue la veneración popular que, sobre el final, con la respiración empaquetada por el rigor del enfisema, el público aplaudía hasta su tos”, declaró Göttling.

Tal vez uno de los momentos cumbre del cantor fue su concierto de 1982 en el teatro Regina de Buenos Aires con Astor Piazzolla. A ambos siempre les molestó lo repetido, ‘la naftalina’, y ambos, a su modo, eran revolucionarios, vanguardistas. Innovadores. Piazzolla calificó ese encuentro como una ‘unión de amor’, de la cual quedan versiones como Balada para un loco, Garúa, Cambalache y Chiquilín de Bachín, entre otras. “…Siempre digo que al que no le gusta Piazzolla se embroma. Mi madre siempre decía que los caballos no comen bombones y eso va para quienes no lo entienden: Piazzolla fue puesto por Dios para que le coloque membranas auditivas a la gente, para que la gente aprenda a escuchar. Cuando Dios lo puso sobre la tierra le dijo: ‘vaya y eduque a la gente. A los que tienen orejas de burro póngales membranas auditivas”, decía Goyeneche.

Desde su aparición como cantor, en la orquesta de Raúl Kaplún, en 1948, hasta sus días finales, Goyeneche entregó todo por el canto: “tu vida tiene un karma, cantar, siempre cantar”, le compuso Cacho Castaña, en una creación que se volvió un bello retrato del viejo Goyeneche. Otro de sus momentos históricos fue en 1991 en el espectáculo ‘El rock homenajea al tango’, en la Nueve de Julio, la avenida más ancha del mundo. El Polaco cerró una noche en la que habían desfilado, entro otros, Alejandro Lerner, Juan Carlos Baglietto, Fito Páez, Patricia Sosa. Cincuenta mil muchachos lo ovacionaron largamente.

La vida del Polaco fue una extensa lección de interpretación. Charles Aznavour, por ejemplo, se fascinaba con el modo de frasear del argentino. De su paso por el mundo quedan múltiples muestras de excelsa calidad, de la cual dan cuenta 349 grabaciones, sus apariciones en películas como Sur y El exilio de Gardel y cada noche de su ciudad, en la que renace.

Lo recuerdan, todavía, asuntos más elementales, como su barrio Saavedra, su equipo el Platense y alguna mesa de cafetín de Buenos Aires. El loco nos sigue invitando a volar por las cornisas con una golondrina en el motor. El día no amanece y es cuando hay que hacer un pedido inacabable e inevitable: Polaco, cantanos un tango más.

 

(En el aniversario del Polaco, mientras suena Una canción, de Troilo y Cátulo)

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El gran Astor Piazzolla… ¡y en el 3000 también!

 

Por Reinaldo Spitaletta

1. Preludio con herejía


Uno de sus sueños era llenar el mundo de la música de Buenos Aires. Y, a más de veinte años de su muerte, ocurrida el 4 de julio de 1992, lo sigue cumpliendo. Todas las orquestas sinfónicas de Europa tienen en su repertorio alguna obra de Astor Piazzolla. Interpretado, por ejemplo, por Rostropovich (hermosa versión de Le Grand Tango), Yo-Yo Ma y Gidon Kremer, entre tantos, la figura de este compositor argentino cada día tiene más admiradores en el orbe.

Piazzolla no es sólo tango, que ya es bastante. Trasciende la música porteña, a la que le otorgó nuevas sonoridades y la elevó al pódium de las expresiones populares más elaboradas, para convertirse en un creador de referencia obligada en el desarrollo musical de lo que fue el siglo XX en este aspecto. En el alma de sus composiciones está el tango, pero su búsqueda como artista, en la que permanentemente estuvo renovándose, fue siempre más futuro que pasado, más revolución que tradición. Un hombre-cambio, opuesto a los cánones conservadores.

Los herejes surgen en los ambientes donde predomina el dogma, en los medios estáticos, apegados a la costumbre y  las rigideces. A las camisas de fuerza. Así, por ejemplo, Giordano Bruno no hubiese podido existir sin la Inquisición. Arde en la hoguera para mostrarnos otros infinitos mundos. Los entornos propios para el ejercicio de la ortodoxia son los que se prestan, como si fueran un caldo de cultivo de su contrario, para la irrupción de los heterodoxos. La importancia del hereje está en la de romper moldes, ir contra la uniformidad y el quietismo. Vulnerar lo que aparentemente es intocable. Visto así, Piazzolla es el gran hereje del tango (en general, un género conservador), pero, a su vez, su máximo creador.

Varias veces abjuró de las formas estrechas del tango, del cual, de todos modos, jamás se desprendió. Esta rica expresión de la porteñidad, o, mejor, de la cultura de Buenos Aires, lo acompañó en su creatividad. Y ella, la esencia de la ciudad, está presente en sus obras, en las de “carácter popular”, por supuesto, y, como leitmotiv, en sus conciertos y otras formas musicales más complejas. En esto sigue la línea de Bartók y Stravinsky, por ejemplo.

“La música de Piazzolla lo que hace es fundar una región a partir de la cual hay que reconsiderar al tango y lo clásico en la cultura argentina”, escribe Carlos Kuri, en su libro Piazzolla, la música límite.

2. Un músico diabólico


Sí, señores y señoras del orbe: Piazzolla es un fundador. Su música es tan contundente, tan revolucionaria, que no origina una escuela. O sí: ésta nace con su creador. Y con él, muere. Es como si habláramos, en literatura, de Joyce. Produce, en efecto, imitadores, artistas que utilizan sus recursos. El compositor de Adiós Nonino (quizá su más celebrado tango), de Concierto para bandoneón y guitarra, de La muerte del ángel, vivió bajo el signo de la malditud, de lo demoníaco (ésa es la condición del hereje). Y, por eso, como alguien lo comparó, se podría decir que fue el Adrian Leverkuhn del Río de la Plata, haciendo la analogía con el músico diabólico que, en la novela de Thomas Mann, el Doctor Fausto, evoca a Schönberg.

Nacido en Mar del Plata, el 11 de marzo de 1921, Piazzolla llegó tocado por la gracia. “Ese hijo mío va a ser grande, acordate bien de lo que te digo”, le dijo el peluquero Vicente, su padre, a un amigo, en momentos en que Astor estrenaba llanto. En 1925 su familia se trasladó a Nueva York, donde residió hasta 1936 (más tarde, volvería a vivir allá). Cuando tenía ocho años, su papá le regaló el primer bandoneón. Después, en el 33, recibió clases de música con el pianista Bela Wilda, discípulo de Rachmaninov. “Con él aprendí a amar a Bach”, recordaría, más tarde, Piazzolla.

Su primer “bautismo tanguero” lo tuvo con Gardel, en 1934. “Toda una noche acompañé a Carlos Gardel. Ese ha sido el gran gusto de mi vida y fue el gran bautismo, además”, dijo, en 1982, en una entrevista del diario El Colombiano, de Medellín. Casi un año estuvo el pibe con el Zorzal Criollo, en reuniones familiares, en discos, en las presentaciones en el teatro Campo Amor de Nueva York y en la película El día que me quieras, en la cual, Astor representó, en un corto papel, a un canillita (vendedor de periódicos).

Incluso, en 1935, Gardel lo invitó a la que sería la última gira del cantor. El chico se salvó de morir incinerado en Medellín porque sus padres no le dieron permiso de viajar. Bueno, esto es anecdótico. El joven siguió estudiando. En 1938 descubrió el Sexteto de Elvino Vardaro, en lo que se ha considerado su segundo bautismo tanguero y, al año siguiente, entró a la orquesta de Aníbal Troilo Pichuco (tercer bautismo), el Gordo que apenas comenzaba a construir su propio mito. Aquel muchacho que habitó en un sector lumpen, en el Italy, parte del Greenwich Village, en el que padeció la marginalidad, en el que aprendió a enfrentar las agresiones de los hijos de inmigrantes italianos y judíos y en la que, con otro pelado, Jack La Motta, intercambiaba pugilismo, continuaba con los ojos puestos en ser un gran músico. Y no sólo de tango.

Los cinco años que estuvo con el “Bandoneón mayor de Buenos Aires” le sirvieron al inquieto Piazzolla “para aprender lo que quería y no quería ser”. Sustituyó el alcohol, el juego, las mujeres y las trasnochadas (considerados entonces paradigmas de los artistas tangueros) por clases matinales de música con el maestro Alberto Ginastera. Y esa situación, tal como lo han expresado sus biógrafos, también despertaba sospechas, en un medio donde los músicos populares eran más intuitivos (“orejeros”) que con academia.

Después de estudiar piano con Raúl Spivak y componer la Suite para cuerdas y arpa, en 1943, dirigió la Orquesta Típica del cantor Francisco Fiorentino (1944). Dos años más tarde, formó su primera orquesta (la Orquesta del 46), en lo que sería el inicio de una serie de formaciones que él tuvo, como nonetos, quintetos, octetos… En 1949, cuando estudió dirección orquestal con Hermann Scherchen, comenzó a mostrar la que sería otra de sus cualidades creativas: componer música para películas.

 

3. Lo que vendrá


Es en los cincuentas cuando Piazzolla comienza su revolución. Ya la profetizaba con composiciones como Para lucirse, Tanguango, Prepárense, Contrabajeando, Triunfal y Lo que vendrá, que lo matriculan con honores en el repertorio de orquestas típicas como las de Troilo, Osvaldo Fresedo, José Basso y Francini-Pontier. Lo que seguiría serían bombazos que estremecieron las estructuras del tango y lo pusieron a oscilar, a él, entre el odio de los conservadores y otros sectores atrasados y la admiración de los vanguardistas. Eran los prolegómenos de la “guerra de uno contra todos”. La guerra de un hombre solo.

El tango le quedaba corto. Piazzolla quería convertirse en un director y compositor sinfónicos. Un hecho lo haría replantear su destino. En 1953, ganó el Premio Fabien Sevitzky con la Sinfonía Buenos Aires, lo que le otorgó el derecho para estudiar en París con la maestra Nadia Boulanger, condiscípula de Maurice Ravel y profesora de Leonard Bernstein, Aaron Copland e Igor Markevitch, entre otros. Un año estuvo con ella. Y es ella, en una sesión que ha sido mil veces contada y sobre la cual se han tejido diversas interpretaciones, la que lo hace “descubrir” su propio tango, o, mejor, el espíritu que debían tener sus composiciones. Ese año también conoció, en Francia, al Octeto de Gerry Mulligan.

El primer cataclismo que produjo Piazzolla fue la fundación de su Octeto Buenos Aires, en 1955, fecha que señala el inicio del tango contemporáneo. No sólo logra que “cierto goce jazzístico” se infiltre en el tango, sino que, además, “la improvisación se instale en el tango y que el tango someta, domine ese juego”, tal como lo aprecia Kuri, en su ya citado texto.

Luego, continuaría cambiando, explorando, enriqueciendo sus composiciones con invenciones, armonías y sonoridades nuevas. Con una música, que como diría el violinista Gidon Kremer, que a su vez calificó a Piazzolla como el “maestro de las formas breves”, seduce tanto como Mozart, Chopin o Schubert.

 

4. Epílogo con un sueño


Piazzolla no se parece a nadie. Sólo a sí mismo. Claro, bebió de Alfredo Gobbi, Troilo, Pugliese, Julio De Caro y Horacio Salgán, en lo que al tango se refiere, y de Bartok, Stravinsky, Ravel, Gershwin, y de músicos e intérpretes de jazz (y, a su vez, éstos de él), como Mulligan, Getz, Burton… Demostró que el tango no es solemne ni aburrido. Ni siempre triste (qué tal Libertango o Escualo…). Y amó en todos los períodos de su vida los desafíos, tanto los creativos como los que algunos tradicionalistas le ponían en la calle, cuando intentaban agredirlo por su genialidad. Tuvo coraje para romper con lo establecido, para no quedarse en el pasado, para crear una música enérgica que hoy, precisamente, identifica a Buenos Aires.

Ese buen lector de Verlaine, Mann, Baudelaire, que en 1965 se unió con Borges para crear el álbum El Tango, al leer Cien años de soledad, compuso Años de soledad, como un homenaje a la obra de García Márquez. Después, en el 69, sería con Horacio Ferrer, el creador del quizá último éxito que ha tenido el tango-canción en el mundo: Balada para un loco.


Piazzolla, hoy uno de los compositores más interpretados del mundo, tuvo un sueño, para el cual se preparó toda su vida: “Que mi música se siga tocando en el 2000 y en el 3000 también”. En todo caso, no se equivocó don Vicente: su hijo llegó a ser grande.