Lola Vélez, una vida dedicada al arte

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La Tongolele bellanita, una pintura de Lola Vélez (tomada del blog Historias callejeras)

 

Declaración de Duelo del Centro de Historia de Bello *

 

Despedir en su hora definitiva a la maestra Lola Vélez no deja de ser un acto de dolor ante su ausencia corporal, pero a su vez es un momento para decirle de nuevo gracias por su arte, por sus aportes a la cultura y la sensibilidad de un pueblo que siempre la admiró y respetó.

 

Ella, una artista íntegra, supo interpretar las angustias y alegrías de la gente para dejar en sus frescos, óleos y acuarelas un testimonio estético de su paso por el mundo. Lola Vélez, emblema de una población obrera y llena de desamparos, contribuyó a que Bello fuera llamada la Ciudad de los artistas y siempre supo que la belleza es una posibilidad para mirar el entorno con ojos de asombro y para no perder la esperanza en un futuro mejor.

 

Lola Vélez, toda una existencia dedicada al arte con profundidad y seriedad, nunca apeló al fácil expediente del escándalo para hacerse publicidades frívolas ni permitió que los diversos poderes la hicieran caer en las tentaciones comercialoides. Respiraba arte y talento, y por eso ya en vida era parte de la historia artística de un país que casi siempre ha mirado con desprecio a sus creadores.

 

Discípula de los maestros Pedro Nel Gómez y Rafael Sáenz, tuvo igualmente el privilegio de estudiar con el muralista mexicano Diego Rivera y de compartir amistad e ideas artísticas con Frida Khalo.

 

Con su partida Lola deja huérfanos a sus canarios, sinsontes y turpiales de su casa que es patrimonio cultural de Bello; a sus payasos tristes, a sus girasoles, a sus arcángeles y a su Tongolele aldeana; nos priva no sólo de su presencia señorial sino que nos deja huérfanos de su portentosa paleta.

 

Sin embargo, no es hora de tristezas, porque Lola Vélez nos deja un legado cultural invaluable, un ejemplo de disciplina y entrega total al arte; Lola pintó como si cada pintura suya  fuera la última de su vida; sirvió de ejemplo a muchos artistas jóvenes y su obra continuará viviendo. La maestra Lola seguirá siendo un faro para las generaciones de hoy y del porvenir.

 

Por eso, en esta hora de sombras por su ausencia física también hay luz, la luz de una pintora excelsa que no ha muerto, porque la muerte no existe cuando la vida se prolonga en una obra viva como la suya. Claro que la extrañaremos. Extrañaremos su sonrisa y su trato cordial, la fraternidad con la que siempre acogió a los visitantes de su casa-museo, extrañaremos esa presencia necesaria de la mujer, de la artista. El nombre de Lola Vélez no será unido a la tristeza, porque ella vivió para la alegría. Paz en su tumba y larga memoria a la maestra. Viva Lola Vélez.

 

Reinaldo Spitaletta

Presidente Centro de Historia de Bello

Marzo 23 de 2005

*Reproduzco esta vieja nota de pésame por la muerte de la artista, en momentos en que su casa (que debía ser declarada patrimonio cultural del Municipio) va a ser demolida. 

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la casa de la artista Lola Vélez, en Bello. (Foto del blog Historias callejeras)

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Los colores de la Dolores

Por Reinaldo Spitaletta

Ella, que tenía el sol en los cabellos, pintaba girasoles color Van Gogh, había realizado réplicas de los Arcángeles de Sopó y en su casa, de diez piezas, patio central con fuente, solar sembrado de mangos y naranjos, tenía su propio museo. De joven, después de estudiar con grandes maestros del óleo y la acuarela, pintó una Tongolele criolla, de enormes caderas y pechos codiciados. El escándalo se armó en la parroquia, con pulpitazos incluidos.

Ella, dama católica, respetuosa de las buenas costumbres, lamentó no su cuadro sino haberlo mostrado. Lo encerró en el cuarto de los olvidos y siguió pintando flores y señoras que realizaban destinos domésticos. En su casa, de altas tapias y puertas de cedro, había un perpetuo canto de sinsontes y canarios. En las columnas de los corredores se abrazaban enredaderas florecidas. Hace muchos años, frente al caserón, una volqueta destripó a un muchacho. “Es el hijo de Cándida”, dijo alguien, al ver al muerto en el suelo.

Dolores, tal era su nombre en honor a una advocación virginal, era mona (en Venezuela le hubieran dicho catira, y en México, como la llamó un muralista, güera) y en sus ojos había la bondad de los que solo piensan en el arte. Un día decidió pintar payasos tristes. Eran caras blancas, narices rosadas, cejas violeta y con muchos destellos dorados en los cabellos. En cierto modo, eran como autorretratos de sus sentimientos, ella poco reía y tenía un aire melancólico, que daba la impresión de siempre estar enferma.

En una pared plasmó un fresco. Representaba unas campesinas de faldas largas en medio de plataneras. Para no sentirse muy sola, abrió clases de pintura en su casa y las señoras de sociedad la visitaban, no tanto por la ambición de aprender, sino para pasar un rato entre tantos cuadros y pájaros. Era el reino del color. Los colores de Dolores eran contentos, brillantes. Amarillos subidos, rojos encarnados, verdes inconcebibles.

Dolores, que de joven intentó la irreverencia, se tornó mujer de iglesia. Ayudaba en las semanas santas a la decoración de altares y a diseñar cortinas moradas para tapar las imágenes en viernes santo. Nunca se puso trajes oscuros, pese a los lutos que la acompañaban. Eran de tonos fuertes, como las flores que ella imaginaba.

Murió, precisamente, una Semana Santa; dicen que sus pájaros lloraron; sus arcángeles volaron en señal de duelo, y la iglesia se llenó de lágrimas y cantos funerarios. En el altar pusieron sus girasoles y los feligreses, admiradores de ella, llevaban todos flores amarillas en sus manos.

Pintura de Lola Vélez