Un ignorante

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Por Reinaldo Spitaletta

Se le insiste en los lugares que frecuenta, donde, sin que él se entere ya ha pasado a ser un “rey de burlas”, que lo que está diciendo es un auténtico y escabroso yerro por esto y por aquello, porque se nota que no investiga, que no tiene información, cómo va a decir que es de día si está de noche, pero, en últimas, como le dijo un profesor de literatura, “la ignorancia da seguridad”. El hombrecillo, cara colorada y frente de amplitudes severas, sonríe cuando le señalan que está equivocado y la actitud que asume es la de no parar bolas. Continúa en su apreciación, aferrado a ella, cualquiera que esta sea, indiferente a la crítica, apático a la opinión de los demás.

 

Una desbarrada, por ejemplo, es cuando dice que el novelista Marcel Proust no requería hacer descripciones tan extensas ni solazarse en la importancia de una magdalena o en el humo de un cigarrillo, que toda esa obra (bueno, solo dice que leyó una parte del primer tomo) sobra porque pocos lectores se van a gastar tantos días para leer sobre cortinas y ventanas y otros asuntos inútiles, según él. También se acerca al absurdo cuando anuncia, con pompa, con una certeza que ni siquiera le da para parpadear como señal de duda, que todos los campesinos son analfabetos, que nacieron para ser esclavos y para servir a amos aunque estos no existan, porque el campo está hecho para que la gente no piense. “Ninguno de ellos merece más de lo que tiene”, se le ha escuchado en corrillos, donde lo aceptan porque, a la postre, sus aberraciones en la calificación sobre cualquier cosa pueden hacer pasar momentos sabrosos, con hilaridad, con alguno de los circunstantes especializado en adulaciones y halagos baratos, que le da palmaditas en el hombro. Aunque, se han dado casos, en que alguien no resiste tanta barrabasada junta y le advierte, cachetiencendido, que se calle o lo derribará de la silla.

 

El hombre, de baja estatura y ojos saltones, gusta, cuando se presenta la ocasión, de sentar cátedra sobre temas disímiles que brincan desde relatos de tierras vírgenes que él jamás ha visto, pasando por momentos de literaturas montañesas que tampoco tiene idea de quiénes son sus creadores, como sucedió hace unos días, según estuvieron diciendo en un bar que a veces el tipo frecuenta, que se enzarzó en sostener que los relatos de Carrasquilla eran una invención sobre la nada, que el escritor no sabía de lo que estaba narrando, asuntos fáciles que no tenían nada que ver con el arte literario, porque, según su sapiencia y modo de ver las cosas, no había ninguna profundidad en los personajes, ni la ciudad que mostraba en algunos de ellos, era real, ni tenía en ella lo que todos los críticos advertían: ciudad simuladora, de ricos emergentes que querían ser como parisinos, como los de lejanas metrópolis y se avergonzaban de lo propio. “¡mentiras!”, decía. “Ese escritor es un farsante”, dicen que dijo.

 

Para darse tono, aduce que ha leído mucha filosofía, pero si le preguntan por Kant o por algunas ideas qué planteó Nietzsche en Genealogía de la moral, se va por las ramas, porque los filósofos, advierte, son antiguos y más que todo griegos, y ninguno de estos dos lo es, así que se despacha con La caverna de Platón, pero sin dar a entender de qué se trata, o con algunas notas en torno a la Poética, y él pronuncia este título con énfasis sacerdotal, con un categórico acento que pueda impresionar a quien lo escuche, pero solo da dos o tres daticos y entonces el interlocutor le dice que deje de expulsar tanta babosería, que él es un posudo sin gracia, ni siquiera es capaz de llegar a la farsa con talento y que, lo mejor, es que se ponga a estudiar de verdad, que no importa la edad, que recuerde que un día antes de que a Sócrates le hicieran beber la cicuta estaba estudiando a Esopo y poniendo en verso las fábulas que se sabía.

 

—La ignorancia es un estado de llenura —Así le dijo uno que ya estaba fastidiado con sus peroratas vacías y de apariencia enjundiosa.

 

El pequeño hombre no supo qué contestar, solo sonrió con pesadumbre y luego siguió como si nada hubiera sucedido. Pero el otro insistió: “La ignorancia es un estado en el que la padece se siente pleno, abundante, afortunado. No tiene preguntas. Se ha secado para el entendimiento…”.

 

Parece, y es lo que se rumora en los mentideros donde el tipo suele desfilar con sus discursos inanes, que no hay remedio. No valen sugerencias ni aclaraciones ni recomendaciones. Nada. Sigue convencido de que es un sabedor de lo que habla y que ya está dotado de toda la ciencia que se requiere para existir. A lo mejor, va a morir tranquilo y sin las penas y otros sufrires que produce el pensar. Cada vez, en la colorada faz del hombre de escasa estatura y poca reflexión, se nota la expresión de sentirse como un elegido, como un iluminado al que los otros no están en capacidad de entender.

 

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