El vals que bajó del cielo

Por Reinaldo Spitaletta

Hay canciones que vuelven a uno en momentos menos pensados. Tal vez tenga que ver con la coloración del cielo, o con una imagen de infancia que de súbito aparece, sin anuncios y sin que uno hubiera estado detrás de ella. Puede que sea porque en la lectura de un libro, una palabra, una frase, la entonación quizá, nos regresa a acordes y versos de otros días, y de pronto estamos, como sin darnos cuenta, cantando. No sé cuál, en últimas, sea la explicación al fenómeno. No sé tampoco si haya que dar explicaciones.

La experiencia que voy a contar me llegó por la ventana. Estaba hojeando un libro de Simone de Beauvoir sobre la vejez. Cuando leí la frase “la historia romana demuestra que existe una estrecha relación entre la condición del viejo y la estabilidad de la sociedad”, me detuve, cavilé y mis ojos se levantaron de las páginas y se volaron por la ventana. La visión del frondoso carbonero, por cuyas ramas se coló un pedazo de cielo, me devolvió a años atrás, cuando escuchaba, en traganíqueles de bares de Bello, un vals tremendo, que al principio no me decía casi nada, porque, claro, todavía estaba en la edad de no tener recordaciones.

Los acordes de Pedacito de cielo sonaron en mi cabeza y luego una voz interior comenzó a cantar: “La casa tenía una reja / pintada con quejas / y cantos de amor. / La noche llenaba de ojeras / la reja, la hiedra / y el viejo balcón”. Cerré el libro y me concentré en las viejas palabras del vals, escritas por el surrealista Homero Expósito, y musicalizado por Enrique Francini y Héctor Stamponi. En aquellos lejanos días, sonaba por Alberto Podestá, un cantante que conocí años después en un bar de San Telmo, una noche de vino y de señoras de edad, y que, por supuesto, se escuchaba en pianolas de Medellín, Bello y Envigado, con el acompañamiento de Miguel Caló.

Después, una versión de Fiorentino y Troilo, que se desgarraba en un bar del barrio Prado, me dejó turulato. Y el vals se introdujo en mí, sin darme cuenta. Por ósmosis urbana. Tenía (tiene) una cadencia irresistible y hablaba de dos que se enamoraron, se besaron, se amaron…, pero sobre todo, una frase irrevocable me hizo tambalear: “Los años de la infancia, pasaron, pasaron…”. Y ya para entonces la infancia había volado, tal vez como “un pájaro sin luz” y no sé si fue la imagen de la cara blanca de una muchacha de El Congolo que yo veía en un balcón y le mandaba besos aéreos y ella los devolvía con sonrisas y pétalos de las azaleas y bifloras que su mamá tenía allí sembradas, digo que no sé si fue esa la imagen que retornó a mí.

El pedazo de cielo de mi ventanal, a modo de flash back, me ponía de patitas en una calle del ayer. Y los versos del amoroso vals se desgranaban: “Recuerdo que entonces reías / si yo te leía / mi verso mejor / y ahora, capricho del tiempo, / leyendo esos versos / ¡lloramos los dos!”. Esta pieza, con otra que también se escuchaba en la voz de Podestá, Bajo un cielo de estrellas, nos hacía reconocer en casa, los diciembres, o en la celebración de algún cumpleaños de mis hermanos o del mío, los días del viejo barrio, con sus calles inevitables, de paisajes de ladrillo y cemento. Y coreábamos aquello de “mucho tiempo después de alejarme / vuelvo al barrio que un día dejé…”, y digo que más que cantar, gritábamos. Ya los años de la infancia andaban lejos.

Volví al libro y la frase siguiente me dejó aturdido: “Es probable que los antiguos romanos tuvieran la costumbre de desembarazarse de los viejos ahogándolos…”. El cielo, al que volví de inmediato, se hizo más azul, las hojas del árbol se movieron y el sol de la tarde brilló en la vidriera. Torné al vals, tal vez como un mecanismo de defensa: “Los años de la infancia pasaron, pasaron… / la reja está dormida de tanto silencio / y en aquel pedacito de cielo / se quedó tu alegría y mi amor” (con licencia gramatical y todo)… Luego, cerré el libro. Busqué la versión de Goyeneche y la puse en el reproductor.

“Los años han pasado / terribles, malvados / dejando esa esperanza que no ha de llegar / y recuerdo tu gesto travieso / después de aquel beso / robado al azar”, y la cara blanca, como de luna de arrabal, de la muchacha de aquel lejano balcón se apareció en mi ventana con árbol y cielo, y no hay por qué negarlo, un lagrimón me empañó el recuerdo. Entre tanto, el Polaco proseguía: “Tal vez se enfrió con la brisa / tu cálida risa, / tu límpida voz… / Tal vez escapó a tus ojeras / la reja, la hiedra / y el viejo balcón…”. Había en todo esto una especie de desazón por lo irremediable. Y —eso sentí— una suerte de apolillamiento en el ambiente.

¡Ah!, bueno. La vez que encontré a Podestá en un café de un clásico barrio porteño, unas señoras, todas muy viejas, se arrimaron a mi mesa y se interesaron por algunas historias de Medellín. Después, cuando ya el vino me tenía en la estratosfera, le pedí a gritos al cantor que me interpretara Pedacito de cielo. Y nada. Entonces, le impetré por maldad (ya el hombre estaba a punto de llegar a los setenta y cinco y su voz no daba para tanto) que quería escuchar su interpretación de Alma de bohemio. Lo único que dijo, no sin molestia, fue: “Dejá el chamuyo”.

Ahora —capricho del tiempo— Goyeneche frasea el vals aquel: “Tus ojos de azúcar quemada / tenían distancias / doradas al sol… / ¡y hoy quieres hallar como entonces / la reja de bronce / temblando de amor!”. Qué cosa. Digo que por acá, bajo el cielo antioqueño, jamás vi rejas de bronce, ni hiedras, pero sí un balcón con muchacha sonriente, a la que alguna vez, cuando la infancia todavía no era recuerdo, le arrojé un beso sin verso, con mucho corazón.

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Caminando bajo un cielo de estrellas

Por Reinaldo Spitaletta

De pronto, fuimos adultos y comenzamos a tener recuerdos. ¿Cuándo nos dimos cuenta de que la infancia había muerto? ¿Cuándo fuimos conscientes de que la adolescencia había quedado atrás como una constancia de irreverencias y descubrimientos corporales y mentales? Papá, creo, me lo dijo alguna vez: “tendrás años cuando empieces a evocar”. Me pareció una frase sin sentido y la olvidé rápido, hasta cuando alguna noche escuché con atención un vals que solía sonar en los cafés de esquina, pero que, estando sin edad suficiente para entenderlo, solo me parecía rítmico y bailador. Y no más. Sin embargo, digo, una noche cuando caminaba por una vieja calle de barriada, supe que el tiempo mejor había pasado.

En efecto, el valsecito cantaba una manera del retorno, pero su esencia radicaba en lo que ya no era: “Mucho tiempo después de alejarme / vuelvo al barrio que un día dejé…”. Me pareció sentir mis antiguos pasos por aquella calle, que tampoco era la que había sido. Miré fachadas y ventanas y puertas, pero nada me decían. Me resistía, entendí después, a que esas paredes me devolvieran al pasado. “De cuándo acá me interesa lo pretérito”, me parece que me interrogué, mientras la canción continuaba: “Con el ansia de ver por sus calles / los viejos amigos, el viejo café”. Seguí andando y de pronto el paisaje era otro, era como si estuviera entrando en un mundo que, siendo conocido, ya no era el que yo había visto. Recordé una lectura de adolescencia: un cuento de H.G. Wells, La puerta en el muro y sentí una suerte de vacío.

Confieso que cuando, hace años, escuchaba en los traganíqueles de los bares de barrio aquel vals, no me importaba. No era para mí lo que cantaba Alberto Podestá, con la orquesta de Miguel Caló, según supe sus nombres con el paso del tiempo. Pero aquella noche música y letra me castigaban: “En la noche tranquila y oscura / hasta el aire parece decir: / ‘no te olvides que siempre fui tuya / y sigo esperando que vuelvas a mí”. Me detuve, porque era imposible no hacerlo. Aquietado, los versos me llegaban con la certeza de una melancólica tortura: “En esta noche vuelvo a ser / aquel muchacho soñador / que supo amarte y con sus versos / te brindó sus penas…”. Qué vaina, pues. Aquello no parecía tener sentido, porque no tenía memoria de haber escrito ni siquiera unas palabras prosaicas para ninguna muchacha de entonces… “Hay una voz que me dice al oído / ‘yo sé que has venido / por ella, por ella…”. Y en este punto, recordé la cara de luna de Edilma V, una pelada que vivió en otra cuadra y que a mí me mataba cuando salía al balcón a mostrar su figura de ensueño.

El vals estaba ahí, poniéndome en estado de sitio, y yo no podía contener los recuerdos, que llegaban primero como una bruma y luego como una evidencia nítida de que el tiempo había pasado y yo no tenía certidumbre de ello. “Qué amable y qué triste es a la vez / la soledad del arrabal / con sus casitas y los árboles que pintan sombras. / Sentir que todo, que todo la nombra / ¡qué ganas enormes me dan de llorar!”. Y era verdad: todo la nombraba, en medio de aquel vacío, de aquellos árboles muertos, de aquella ausencia, y yo ahí, turulato, quizá ido, o, como dice algún tango, piantao-piantao, en medio de la nada. Y entonces, no sé por qué, miré al cielo y las estrellas cantaban, o tal vez sollozaban al verme pasar por un lugar que de súbito parecía recobrar. Era lo perdido y lo irrecuperable. Pero el vals me hacía sentir una amarga dulzura, que es el sabor que produce, dice uno, lo ido que vuelve en forma de música y de palabras.

Muchos de aquellos cafés ya no están, tampoco el balcón de Edilma, ni los viejos amigos, que a lo mejor, cuando escuchan este vals de Enrique Francini, Héctor Stamponi y José María Contursi, lagrimean o se ponen a canturrear como yo lo hice aquella vez, cuando mis pasos me llevaron por una vieja calle, en la cual, sin anuncios premonitorios y bajo un cielo de estrellas, de las paredes o quizá del asfalto anochecido brotó una canción que me hizo saber lo irremediable: que ya era un hombre hecho de recuerdos. Y de adioses.

Postdata con morriña: Emociones parecidas pueden provocar, por ejemplo, estos dos valses: Pedacito de cielo y El vals de los recuerdos. Vale.