El milagro de las palabras*

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Por Reinaldo Spitaletta

 

 

En un sonoro poema de Edgar Allan Poe, un cuervo repite un estribillo melancólico: “Nunca más”. El hombre es el único ser de la naturaleza dotado con la palabra inteligente, no la palabra mecánica del loro, o del cuervo, o de la urraca, sino con un instrumento complejo que lo diferencia del resto de animales. Y lo encarama a la parte más alta de la evolución.

 

Con las palabras, si son creadoras, el ser humano puede alcanzar la dimensión (y la condición) de un dios. Suena a prepotencia y a herejía, pero es una verdad de fácil demostración. Las cosas empiezan a existir cuando las nombramos. El nombre no es solo signo de identidad, lo es también de vida, de ocupar un lugar en el universo. Por eso, con las palabras se crean mundos y personajes, historias y hasta monstruos de la razón y la sinrazón.

 

Acordémonos que Dios, el hebreo, el del Génesis, crea mediante la palabra. A su pronunciación aparecen las cosas y durante seis días se dedica a esa labor colosal de fundar el mundo mediante el verbo. “Hágase la luz…” y de inmediato las sombras se apartan para dar paso a la claridad, a un mundo visible. Con la palabra podemos hacer oscuridades y soles, hombres y fieras, jardines y selvas vírgenes.

 

Sin la palabra creadora no existirían ni Moisés, ni don Quijote, ni Úrsula Iguarán, ni los caballeros medievales, ni aquel otro que solo era una armadura sin nada por dentro. La palabra crea imágenes. Y sonoridades. Las palabras duelen y festejan. Son posibilidades para mejorar el mundo y a nosotros mismos. ¿Qué imagen nos llega cuando pronunciamos la palabra cristal? ¿O campana? ¿O acuarimántima?  Múltiples imágenes: visuales, sonoras, olfativas… Sin la palabra no hay lugar a la imaginación. El miserable mundo, sin ellas, sería tenebroso y sin memoria. Qué tal llegar a olvidar el nombre de las cosas y nuestro propio nombre. Qué tal caer en una amnesia colectiva, estar siempre navegando sobre las aguas del Leteo.

 

El desconocido (e impronunciable) nombre de Dios dio origen al gólem. Borges y Meyrink lo supieron. Qué sería de aquel hombre que, sentado en un templo, enmudece de pronto y no puede comunicarse con la deidad, que ya no puede decir “padre nuestro”. Ese es el infierno. Un lugar donde no hay palabras, en el cual nadie puede comunicarse, sino sucumbir ante un silencio que no es musical, sino doloroso. El desamparo. Lo enceguecedor.

 

El paraíso, entonces, es ese lugar (o no-lugar) en el que seguimos teniendo el privilegio de la palabra. Nadie, si conocemos los secretos de la palabra, nos puede expulsar de él. La palabra es una conquista, un ascenso hacia la libertad y hacia el conocimiento de mi semejante. La palabra es vida.

 

Filón, griego y judío, anunciaba que las palabras crean las cosas. Palabras como hálito, como una propiedad de las deidades para crear y permanecer. El verbo es una suerte de taumaturgia, una mezcla de fórmulas e ilusiones, que devienen una alquimia de novelas y cuentos. ¿Cómo suena el esplín en la ciudad? ¿Y la italiana noia? ¿Qué palabras se quedan en los nidos y qué otras van tras el vuelo de las golondrinas?

 

En este recorrido que vamos a emprender, en una caravana verbal, con beduinos de desiertos imposibles, con donjuanes de conquistas a punta de palabras y no de espadas, nos encontraremos con el portento de Scheerezada, la que a bien tuvo, por su cultura, por sus viajes, por su audacia, salvarse gracias a las palabras. A las creadoras y encantadoras palabras. Y seguro viajaremos por mares desconocidos, antiguos, medievales, en los que había leviatanes y una zoología fantástica. Como el calamar de Verne. Como la ballena de Melville, portentos de un siglo de ciencias y revoluciones artísticas.

Caminemos hacia la luz. La palabra nos guía. La creadora palabra nos ilumina. La peligrosa palabra, que es antorcha y chispa que puede prender las praderas de la imaginación, nos hace ascender por una escalera al cielo. O al infierno, que también está hecho de verbo.

 

*(Introducción del libro Sustantiva Palabra, Reinaldo Spitaletta, Editorial UPB, Medellín)

 
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El cuento o cómo poner a volar una alfombra

(Ensayo sin descuento sobre el género más antiguo de la literatura)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

  1. Donde se relatan los orígenes y desarrollo del cuento (de la caverna a la Edad Moderna)

 

El cuento es tan antiguo como la humanidad. Y ha evolucionado como ella. O más. Al principio todo era oscuridad. Hasta cuando apareció la palabra, creadora y explicadora del universo. Origen y fin de todas las cosas. El hombre, en los inicios, estaba solo sobre la tierra, con su corazón poblado de miedos y asombros, y quizá preguntas. Miedo a lo desconocido. Miedo a sí mismo, miedo a los otros. Tenía que reinventar el mundo. Imaginarlo. Explicarlo. Moldearlo. El hombre es el único animal que tiene la capacidad de fantasear (también de destruir). Con la palabra, como una presea a su descubrimiento, comenzó a crear paraísos e infiernos. Recompensas y castigos. Se erigió a sí mismo como dios. Con poder de creación. Y la palabra fue la herramienta fundamental para tal fin. Había que dar sentido al sol, los mares, las estrellas y a la luna. Y solo la palabra era la única capaz de realizar esa tarea descomunal.

 

El hombre, al no poder dar una explicación científica, racional, a los fenómenos de la naturaleza, la entendió como manifestaciones del más allá, de lo ininteligible. ¿Qué era lo desconocido? ¿Quién estaba tras todas esas presencias que el hombre no comprendía? No había otra salida ni otros modos de interpretar, de dar respuestas, al universo. Entonces comenzó el proceso de invención de dioses y mitos y héroes y brujas. La imaginación entraba en estados de ebullición.

 

Primero fueron la epopeya y la poesía. Esta última, como es fama, es la madre de la filosofía, como una expresión del amor por el conocimiento. Después advino el cuento. No en la manera como hoy lo conocemos. Tenía, para usar una metáfora, una vestidito de algodón crudo, estaba descalzo, carecía de pretensiones. Era muy elemental. Y esa condición también le otorgaba belleza. Y como no existía la escritura el cuento voló de boca en boca. Recorrió llanuras y montañas. En sus principios, no tenía ninguna finalidad estética. Sus propósitos eran, más bien, los de enseñar y moralizar. Eran cuentos religiosos, mágicos, de iniciación sexual o matrimonial (como el de Barba Azul, por ejemplo), cuentos para exponer, con claridad y ritmo, principios éticos. La literatura primitiva abunda en tales manifestaciones.

 

Las epopeyas, por ejemplo, están abarrotadas de mitos, son parte de una fundación, de los caracteres de pueblos y culturas. Basta con mirar la Ilíada y la Odisea para darnos cuenta (o cuento) de estas aseveraciones. Son textos religiosos y políticos (antes de escribirse existieron mediante la palabra oral).

 

Tras los cuentos mítico-religiosos, de naturaleza mágica, advinieron los cuentos morales. Vemos entonces que el cuento (o el relato) era una suerte de teoría del conocimiento, un vehículo importante de transmisión de normas y una manera de dar al mundo un sentido. Nacieron los apólogos, las fábulas, las parábolas. El universo se hacía cada vez más pequeño (e infinito) gracias a la palabra, a la capacidad de contar y de cantar. Porque el cuento también es canto, es música a veces de las esferas y de lo que está más allá de lo físico.

 

Hasta hace pocas centurias las descripciones geográficas y las instrucciones para los marinos se hacían mediante cuentos. Así, por ejemplo, los cíclopes eran volcanes que arrojaban enormes piedras al mar. Los monstruos marinos eran estrechos o canales peligrosos para los antiguos navegantes. Los océanos y los continentes estaban superpoblados de gigantes y enanos, de caballos voladores, de sirenas que hipnotizaban con su canto a los hombres de mar, de presencias incomprensibles y espantosas, mezcla de distintos animales. El descubrimiento por los indios de la India de muchas islas del océano Índico constituye en rigor el trasfondo de los enigmáticos cuentos de Simbad el marino, que integran Las mil y una noches. A su vez, los desplazamientos por el Mar Ártico suscitan una floración de leyendas místicas de los pueblos celtas, tales como los viajes de San Brandán en busca del paraíso terrenal y del purgatorio de San Patricio, santo patrón de Irlanda.

 

Se cree, por otra parte, que cuentos como los de Cenicienta y Caperucita Roja, entre tantos arraigados en el folclor, son explicatorios del universo, de sus cambios y de las estaciones. En tiempos de devastadoras hambrunas aparecieron, como una suerte de alimento imaginario, los relatos de ogros, devoradores de niños.

 

Del antiguo Egipto proceden los más viejos cuentos que todavía se conservan (por ejemplo, el cuento de Sinuhé, que en el siglo XX le sirvió de referencia al novelista finlandés Mika Waltari para su novela histórica Sinuhé el egipcio, y también al escritor Naguib  Mahfuz). Se cree que datan de los siglos catorce a doce antes de nuestra era. En la India, tierra misteriosa y propicia para diversas fantasías y culturas, se utilizaron en la predicación del budismo, cinco siglos antes de Cristo, los apólogos y las parábolas (jatakas). Todavía se conservan en sánscrito hermosas colecciones como Panchatantra (o cinco libros, en prosa y verso) y la instrucción salutífera. Múltiples fábulas de la India han llegado, tras un largo viaje, al español con el nombre de Calila e Dimna (también llamadas las Fábulas de Bilpai). Los más perturbadores mitos de Occidente están hospedados en los poemas homéricos y han servido para la elaboración de nuevas obras.

 

El cuento se ha ido transformando. Mitos y leyendas le sirvieron como argumento inicial. Batallas y guerras; conquistas imperiales; amores furtivos; infidelidades conyugales; frailes y curas libertinos; pestes y otras desolaciones; aventuras caballerescas y de convento; diversas peripecias pasaron a formar parte de los cuentos antiguos y medievales. Para hacer menos traumáticas las noches en los mesones y hostales, para evitar el contacto con las pulgas de las alcobas, para hacer menos larga la estadía en pocilgas y posadas, se contaban cuentos. Las noches eran más emocionantes y claras gracias a la literatura oral y escrita. La edad media no fue en realidad tan tenebrosa como nos la han pintado o despintado. Por lo menos a nivel del relato hubo desarrollos muy interesantes.

 

Cuenta Emilio Gebhart, citado por el tratadista Julio Torri en el estudio preliminar del libro Grandes cuentistas, que los viajes de los peregrinos, de los mercaderes y de los cruzados difundieron esta literatura de relatos por todas las regiones del mundo. Hubo entonces una emigración continua de reyes, señores, grandes criminales y ladrones, monjes, corsarios y piadosos vagabundos, yendo y viniendo por los mares, valles, desfiladeros de montañas, ríos… Desde lo más remoto de España, Irlanda y Dinamarca, hombres ansiosos por su salvación, caminaban sin tregua hacia Roma y Jerusalén.

 

Al mismo tiempo que en el medievo las empresas feudales mantenían entre el occidente latino, Constantinopla y Asia una tumultuosa corriente de mercaderías e ideas, los relatos se iban sucediendo. Marco Polo descubrió otro mundo, y puso en contacto a Europa con las milenarias culturas del Lejano Oriente. La fantasía y la imaginación, que son hermanas, se dieron la mano y se entronizaron. Narradores orales de estupendas dotes animaron los días y las noches de la Edad Media. Historias e historietas se entremezclaron en los conventos, los navíos, las posadas, los castillos. En todas partes. Se hablaba del paraíso terrenal y del demonio; de los muertos que resucitaban para dar testimonio del más allá. Aparecieron crónicas a granel sobre las cruzadas, y a Occidente fueron llegando los cuentos musulmanes. Huríes y harenes y califas poblaron con nuevos deslumbramientos la mente de la Europa de la Alta Edad Media.

 

Y a todas estas, los predicadores también sacaban dividendos del relato, y en sus sermones se servían de cuentos morales, cuyas colecciones se multiplicaban. Apólogos de Esopo, conocidos a través del fabulista Fedro, atestaban los escritorios de los propagadores del buen ejemplo. El relato cumplía así su función moralizadora. Sin embargo, había que inyectarle al cuento, además de sus virtudes pedagógicas y éticas, de sus objetivos moralizantes, belleza literaria. Los primeros ejemplos conocidos en ese aspecto fueron los del infante don Juan Manuel y los de Giovanni Boccaccio (1313-1375). El florentino es el cuentista moderno por excelencia, como es, digamos, Cervantes el novelista. Con El Decamerón, colección de cien cuentos contados en diez jornadas por tres hombres y siete mujeres mientras la peste negra asolaba los campos italianos, Boccaccio se torna un clásico de la prosa. Es la encarnación de su siglo, el catorce, pagano e irreverente, que desprecia a su manera los ideales cantados por Dante Alighieri (1265-1321) en el siglo inmediatamente anterior. Después de Boccaccio aparecerá en Inglatera Geoffrey Chaucer con sus portentosos Cuentos de Carterbury, escritos en verso.

 

El cuento siguió caminando por el mundo al lado de la poesía, la filosofía, las ciencias. Una centuria antes del surgimiento del autor de El Decamerón, surgieron en Florencia relatos breves, conocidos en el universo literario como novelinos, anónimos y de espíritu satírico, como el siguiente “que cuenta cómo un caballero requirió de amores a una dama”:

 

Un caballero solicitaba en amores a una dama cierto día, y decíale, entre otras palabras, que él era gentil y rico y hermoso sin medida, “y vuestro marido es así de feo como vos sabéis”.

Y el tal marido estaba tras la pared de la cámara; habló y dijo:

—Messire, por cortesía concretaos a los hechos vuestros y no os mezcléis en los ajenos.

Messer Licio di Valbuona fue el feo, y Messer Rinieri de Calvoli fue el otro.

 

El Renacimiento y la Edad Moderna nos trajeron más cuentos. Voltaire, Diderot, Voisenon, Perrault, los hermanos Grimm (que con sus cuentos contribuyeron a la unidad cultural alemana), La Fontaine y muchos otros, deleitan al mundo con sus creaciones. Las fuentes folclóricas vuelven a ser importantes para la inventiva de los narradores. Otra vez las hadas, las ninfas, las nereidas, las sílfides, los gnomos, los duendes, los silvanos y otras creaturas fantásticas de los bosques y los mares, tornan con su carga de maravillas a asombrar a niños y adultos.

 

Y vienen más escritores. Están en la vasta literatura rusa Pushkin, Chejov, Tolstoi, Turgueniev, por solo mencionar a cuatro de sus prominentes cultores. Y franceses como Maupassant, Próspero Mérimée, Balzac, e ingleses como Stevenson, Wilde (irlandés), Kipling, Wells, Chesterton. El cuento, a su vez, se va enriqueciendo en forma y contenido. Se viste de otras maneras. Entra en las aguas de la purificación. Ya no es solo la mera anécdota, una peripecia, sino mucho más. Sus funciones primigenias de moralizar y enseñar buenos ejemplos, se transforma. Ya es la estética combinada con los temas que, desde siempre, han apasionado y preocupado al hombre los que están en la palestra: el amor, la vida, la muerte, el odio, la guerra… Digamos que en el siglo XIX, sobre todo en su primera mitad, el cuento está a punto de revolucionarse, de ser otro cuento.

 

En América, mientras tanto, los primeros cuentistas (no por supuesto como entendemos hoy el cuento) son los cronistas de Indias, que se maravillan con ese paraíso terrenal (también es un infierno) que después tomaría su nombre en honor a Américo Vespucci. La flora, la fauna, los ríos, los mares, las montañas, el hombre nativo, todo, absolutamente todo, asombra a los visitantes o, de otro modo, a los invasores, para usar términos más precisos. Y ellos dejan testimonio de ese mundo exagerado, hiperbólico, a veces inverosímil, que es todavía la América. Y los relatos se van creando en nuestro continente hasta llegar, en la contemporaneidad, a convertir nuestra literatura en una de las más importantes y ricas del mundo. ¿Cómo no emocionarse con un cuento de Machado de Assis, o con uno de Quiroga? ¿Cómo no hundirnos en el universo deslumbrador  de Arlt, Rulfo, Cortázar, Borges, Felisberto Hernández, o en los cuentos de Adel López Gómez, José Félix Fuenmayor, José Restrepo Jaramillo, Efe Gómez, por solo mencionar a cuatro pioneros del género en Colombia? América es tierra abonada para la creación literaria.

 

 

  1. De cómo se formó el cuento contemporáneo y otras arandelas

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El cuento tal como lo conocemos en nuestros días es un género complejo, riguroso y muy exigente. No es fácil escribir cuentos. Se requiere una trabajada maestría para ejercitarlo con acierto. Es producto (como la novela) de arduas planificaciones, de reescrituras, de una larga paciencia y disciplina. El cuento es la síntesis de una situación o de un personaje. No se desvía de su asunto central. La novela, en cambio, es análisis y en ella pueden conjugarse infinidad de situaciones, conflictos y personajes. Es más: la novela es, en esencia, la creación de personajes.

 

Atendiendo a estas características generales, el cuento contemporáneo es una invención (como el periodismo) de los norteamericanos. Es al pragmatismo del pueblo gringo que se debe la aparición luminosa del “short-story”, del cuento corto. Pueblo ávido y curioso, inquieto, de fácil expresión es el estadounidense. Necesitaba una forma literaria que le viniera bien a sus necesidades de emocionarse e informarse de tajo en el menor tiempo y con la mayor intensidad posible. Esas funciones, además, solo podía cumplirlas el cuento, y, en otro sentido y dimensión, el reportaje. Quizá por eso en los Estados Unidos los grandes periodistas fueron (lo siguen siendo) excelentes cuentistas. Baste mencionar, a guisa de ejemplo, a Hemingway, Capote, Crane, Bierce, Steinbeck y Jack London. Tuvieron que pasar muchos siglos para que la humanidad llegara a esa forma perfeccionada del cuento contemporáneo, a esa esencia alquímica (una especie de piedra filosofal) destinada a ser escrita por privilegiados.

 

La modernidad le debe a Edgar Allan Poe, un pionero en la ciencia ficción pero también en el relato policíaco, la creación del cuento corto, una combinación de tensión e intensidad, que después no solo sus compatriotas, sino escritores de otras geografías, llevarían a alturas estéticas impredecibles.

 

Álvaro Cepeda Samudio, nacido en Barranquilla (también se da como su cuna a Ciénaga) es el que, en Colombia, introduce esa forma literaria tal como hoy la conocemos. Bajo el influjo de narradores norteamericanos, Cepeda escribe la colección de cuentos Todos estábamos a la espera, que obedece sin duda a los cánones del “short-story”. Y continuando con una aproximación a lo que es el cuento, el polifacético autor de Los cuentos de Juana y de reportajes tan celebrados como el de Garrincha, advierte que “el cuento, como género literario independiente, no está ampliamente definido en castellano. Quiero decir que existe todavía la tendencia a confundir el relato con el cuento: de llamar cuento a la simple relación de un hecho o un estado. El cuento como unidad puede distinguirse con facilidad del relato: es precisamente lo opuesto. Mientras el relato se construye alrededor del hecho, el cuento se desarrolla dentro del hecho”.

 

Con estas premisas, emitidas en 1955 por el narrador, publicista, cineasta y novelista (bueno, solo escribió una: La casa grande), podemos tener claridades acerca de las diferencias entre lo que es un cuento y un relato. La más nítida diferencia la otorga la práctica. Digamos, por ejemplo, que Bola de sebo, de Maupassant, es un relato, muy bien contado por lo demás, mientras La siesta del martes, de García Márquez, es un cuento. Relatos pueden ser Dimitas Arias y Blanca, de Tomás Carrasquilla, mientras cuentos son El hombre muerto y La gallina degollada, de Horacio Quiroga.

 

Al llegar a nuestros días, fines del siglo XX, el cuento ha bebido de las fuentes primigenias. Se alimentó de los relatos antiguos, de los mitos, de las leyendas, de las fantasías de todos los tiempos. No hubiera existido el cuento como se escribe hoy sin la Cenicienta o sin El traje del emperador. Y mucho menos sin los maravillosos relatos de Las mil y una noches. Todo ese conocimiento, todo el bagaje anterior, enriqueció y transmutó esa forma literaria que hoy denominamos cuento. No se puede entender a Hemingway o a Faulkner sin la presencia del primer narrador de relatos en Norteamérica, Washington Irving, el de los Cuentos de la Alhambra, o sin las obras de Poe y Nathaniel Hawthorne.

 

 

  1. De cómo se escribe el cuento hoy y otros asuntos relativos al género

 

El cuento contemporáneo y la novela son las dos formas literarias por excelencia. Entre ambos existen similitudes y enormes diferencias. Mientras un buen cuento no tolera defectos, la novela puede tenerlos, sin que ellos resientan la estructura general. Julio Cortázar, comparando alguna vez estos dos géneros con una pelea de boxeo, dijo que la novela define su combate por puntos, mientras el cuento lo hace por nocaut. Un símil gráfico con el cual se puede establecer una diferenciación tiene que ver con la fotografía y el cine. La primera toma un fragmento de la realidad y lo encierra, lo encajona, lo petrifica. Solo se ve, por ejemplo, a una mujer desnuda y algún sugerente decorado, pero no más. El cine, en cambio, es una sucesión de imágenes, entornos, ambientes, atmósferas, la realidad (y la virtualidad) es más amplia y tiene más complejidades y personajes. Algo parecido ocurre entre el cuento y la novela. El cuento es a la fotografía lo que la novela al cine. La extensión, por otro lado, no es un diferenciador exclusivo de estos géneros.

 

El cuento, el buen cuento, solo tiene un personaje central. Los otros que puedan aparecer son tributarios, son afluentes. Ayudan a caracterizarlo, a definirlo. Se puede decir que El viejo y el mar o El coronel no tiene quien le escriba son cuentos largos o novelas cortas (los franceses se inventaron un término muy adecuado para estos casos: la nouvelle). Solo hay una situación y un personaje clave en ellos. Los otros, son sus criados, sus complementos. El cuento, ya se dijo, es pura síntesis. Atiende a un tópico, sin decaer en intensidad y tensión. No le puede faltar ni sobrar nada. Es exactitud y medida. No puede tener distractores ni adornos excesivos. Todo en él es rigurosamente necesario.

 

Es interesante precisar que la técnica por sí misma no es suficiente para hacer un cuento extraordinario. Se requiere mucha vitalidad. Sentir el tema como un dolor, como un asunto que no puede evitarse. Cortázar decía que el tema era lo de menos; que lo importante era el tratamiento. Creo que me gusta más la filosofía de Steinbeck al respecto, quien sostenía que para escribir un gran cuento, una pequeña obra maestra (como puede ser, en su caso, Los crisantemos), era necesario que el autor, aparte de dominar la técnica, sintiera algo que le fuera importante y le impusiera “una urgencia dolorosa” de comunicarlo. Es decir, creo que uno debe vivir el tema con hondura, aferrarse a él, conocerlo, dominarlo, torcerle el cuello hasta que aparezca la necesidad ineludible de escribirlo. Esto, desde luego, es válido tanto en la novela como en el cuento.

 

  1. Desenlace sin afán y con miedos

 

Pienso que el cuento, debido a la velocidad de los tiempos que discurren, tiene un futuro promisorio. Ante tantos desasosiegos la gente, los lectores, están ansiosos de buenos cuentos, de leer historias intensas, bien escritas, con belleza (bueno, hay que recordar, con alguna bruja shakesperiana que “lo bello es feo y lo feo es bello”). Nuestra América está repleta de extraordinarios cuentistas, tanto de ayer como de ahora. Cada uno puede hacer su antología, su catálogo personal.

 

Como en el principio de los tiempos, el hombre está dispuesto a los asombros, a los miedos, a la perplejidad. Se siente solo en medio de las tinieblas. Sigue inventando paraísos y produciendo infiernos. Mediante la palabra prosigue los ejercicios de la imaginación y crea universos. Con todo, seguimos estando habitados por incertidumbres y otros desamparos. Y todas estas sensaciones son ingredientes del cuento. Escribimos cuentos para seguir soñando, como parte de alguna utopía. El sueño, la imaginación y la fantasía son facultades que todavía no nos han podido robar. Y ninguna aduana puede requisarlas ni decomisarlas. Menos mal.

 

 

(Ensayo publicado en el libro La pipa del rabino y otros cuentos, de Itsic Leib Peretz, 1994, en la colección Biblioteca Distinta, Edilux).

 

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Ilustración del cuento La gallina degollada, de Horacio Quiroga.

Del crimen y otras perversiones imaginarias

 

(A propósito Del asesinato considerado como una de las bellas artes)

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

1. Parte blanca (sobre crímenes ejemplares)

 

Le gustaba leer crónicas rojas, de esas que chorrean sangre y mercurio cromo por el papel, porque en ellas, según decía, podía captar la esencia del hombre y, al mismo tiempo, alimentar su inclinación por determinados crímenes que él calificaba de exquisitos, debido a los procedimientos, a cierta finura y precisión, a los modos del fácil acertar, por todo aquello que trascendía las técnicas (y la vulgaridad) y conducía a la perfección. De una manera arcana, era un admirador del victimario; para él, grande era Caín, que, con su fratricidio, en rigor quiso reivindicar la soledad. Caín -decía- fue un rebelde, un tipo en contravía, alguien que desobedeció a los dioses. Grande era Salomé, que pidió y le fue concedida la cabeza del Bautista, para ella un plato apetitoso, una muestra del poder de sus encantos; con éstos, todo podía conseguirlo, cualquiera besaría sus pies de danzarina, cualquiera podía perder su cabeza.

 

En fin, que el tipo se desvelaba con la lectura de expedientes, las reconstrucciones literarias de crímenes famosos, las novelas policíacas (en especial, aquellas en las que el asesino era el lector), y disfrutaba con la eficaz venganza del protagonista de El barril de amontillado, con la sangre de Duncan, el fantasma de Banquo, las historias de la guillotina (sobre todo, un relato de Washington Irving), ciertos cuentos de Marcel Schwob y Ambrose Bierce, y descubría en las croniquillas de sucesos una suerte de poética (palabras suyas) que lo fascinaba. Por eso, mantenía en la chaqueta los Crímenes ejemplares, de Max Aub, que él distorsionaba en sus conversaciones de café, y, claro, en sus repetidas alucinaciones.

 

En su más recóndita sentimentalidad quería ser un asesino famoso, como el barbudo que sacó para siempre de la pantalla de la vida a Sharon Tate, o como el que disparó contra John Kennedy, o como aquel otro que baleó a Lennon (llevaba en el bolsillo El cazador entre el centeno, de Salinger). Sin embargo, solo disfrutaba los crímenes de otros. Y los crímenes míticos, de epopeya, los novelescos, y muchos de los que se anunciaban en los periódicos, que a veces parecían pura ficción. Él, como tal, con su conciencia de hombre sano y libre y pagador de impuestos, era un respetuoso de la existencia, un enamorado de la convivencia, según decía.

 

Le atormentaba, no obstante, que ciertos crímenes no tuvieran un castigo ejemplar, sobre todo aquellos cometidos sin limpieza, sin talento. He aquí una vulgar relación de algunos de ellos: Se había impresionado mucho con aquel hombre que le rajó el vientre a su amante, en el momento en que hacían -o intentaban hacer- el amor, porque ella, mientras él la cabalgaba, miraba al techo, ida, sin interés, con aire de aburrimiento. El asesino -amante sensible- fue declarado inocente, en un juicio que no es del caso reproducir en estas páginas. Tampoco quedó muy satisfecho, o mejor dicho, su indignación fue mayúscula con el asesino de la motosierra, aquel que taló, primero, las piernas de su víctima y, después, sin técnica alguna, lo degolló. Jamás se descubrió el autor del siniestro hecho.

 

Disfrutaba, por el contrario, con la lectura de notas judiciales como la que narraba el modo en que una chica mató a su pequeña hermana, la noche de Navidad, para que todos los traídos del Niño Jesús le quedaran a ella. O con aquella otra del sujeto que, una tarde de aburrimiento, acosado por un ineludible tedio como de domingo, le regaló a un transeúnte un par de puñaladas mortales, en la creencia de que así se atacaba la monotonía. Ah, y casi se desarticula de la risa cuando leyó el caso de un hombre que volvió picadillo a un lotero, pero no porque este no vendiera nunca el premio gordo, sino porque, en general, se ponía pesado con la clientela, perseguía al probable comprador, lo acosaba, lo angustiaba con retahílas acerca de la suerte, le echaba una cantilena sobre el azar y lo ponía con los pelos de punta debido a tanta impertinencia. “Lo maté en nombre de todos”, le dijo al juez.

 

En el fondo, él era un buen hombre (y en la superficie, también, dijo una señora), con un excelso sentido del humor. Hubiera podido matar a cualquiera solo por no darle un disgusto. Pero siempre se contuvo. No se permitió exacerbaciones ni calenturas. Tantas veces pudo apuñalar, disparar, rajar con el hacha la cabeza de alguien, pero su temple se lo impidió. En verdad, su placer estaba sustentado en la lectura de casos de sangre, en el poder soñar con ellos, en el de darles a su manera otros desenlaces. No carecía de inventiva.

 

Un día escribió lo siguiente: “Lo maté porque me miraba con su solo ojo, un ojo como de gallinazo, inquisidor. No apartaba de mí su impar vista, con burla. Y me clavaba su odio desde esa pupila incandescente, diabólica. Entonces no resistí más, desenfundé un enorme clavo y me abalancé contra él. El ojo saltó, pero el clavo siguió entrando, hasta que el hombre no se movió más”.

 

No podía ocultar, por otra parte, su simpatía por aquel hombre, acusado de asesinato, que contó así su caso: “Íbamos como sardinas y aquel hombre era un cochino. Olía mal. Todo le olía mal, pero sobre todo los pies. Le aseguro a usted que no había manera de aguantarlo. Además, el cuello de la camisa, negro, y el cogote mugriento. Y me miraba. Algo asqueroso. Me quise cambiar de sitio. Y, aunque usted no lo crea, ¡aquel individuo me siguió! Era un olor a demonios, me pareció ver correr bichos por su boca. Quizá lo empuje demasiado fuerte. Tampoco me van a echar la culpa de que las ruedas del camión le pasaran por encima”.

 

A la luz de la ortodoxia, era un individuo extraño; sin embargo, era pulcro en sus apreciaciones sobre el crimen, el cual era su pasatiempo, su afición intelectual. Para él, el acto de matar a un semejante, independientemente de sus efectos morales, poseía una dosis de deslumbramientos, siempre y cuando hubiera en el asesino, aparte de una conciencia del hecho, un asomo de belleza en su ejecución. Él tenía las manos limpias; era solo un diletante. No aspiraba a contaminarse.

De los crímenes ejemplares, traídos por Max Aub, el que más le impactaba era el siguiente: “Matar a Dios sobre todas las cosas, y acabar con el prójimo a como haya lugar, con tal de dejar el mundo como la palma de la mano. Me cogieron con la mano en la masa. En aquel campo de fútbol: ¡tantos idiotas bien acomodados! Y con la ametralladora, segando, segando, segando. ¡Qué lástima que no me dejaran acabar!”.

 

2. Parte negra (sobre la Secta de los Asesinos)

 

Crímenes en la antigüedad. Y en la Edad Moderna. En todos los tiempos. Una enfermiza fascinación parece ejercer el crimen en el hombre. Desde el principio y por siempre: en la cueva prehistórica, en los aparentemente sosegados ejidos pueblerinos, en la penumbrosa medievalidad de un convento (El nombre de la rosa es más que una ficción). Así en la paz como en la guerra (nada que ver con Cabrera Infante). ¿Qué misteriosa fuerza induce al ser humano a matar a su congénere?

 

Somos, según la manoseada pero válida frase hobbesiana, lobos para nuestros pares (¡pobre lobo!). Sobreviven en cada uno trazas de la vieja antropofagia. La contundente quijada con la cual Caín terminó con los días y los trabajos de su hermano, reaparece en todas las etapas históricas con renovada ansia fratricida. Y entonces toma la forma de pistola, daga, misil, ametralladora, vulgar cuchillo cocinero, facón, cañón, bomba atómica. En fin. Vasto es el arsenal y corta la vida.

 

La inclinación hacia el asesinato es -puede ser- genética. La violencia, una constante en la historia humana posee -como es requetesabido-, raíces socioeconómicas y políticas, pero, al mismo tiempo, hay una parte oscura en su origen que puede ser, quizá, un componente de la herencia. Es probable que casa asesinato sea una suerte de reproducción, extraña por lo demás, de aquel momento en que el hombre primigenio, habitante de alguna húmeda caverna, propinó pedradas o garrotazos, no a un mamut o similar bestia, sino a su “prójimo”, para emplear un término muy caro a los cristianos. Es posible que cuando un hombre apuñala a otro en una humosa taberna, está repitiendo (nada que ver con Borges) la acción de Bruto contra César, o las cuchilladas de Carlota Cordoy contra Marat en la bañera. O, tal vez, la acción aleve de un jesuita para sacar del escenario a Carlos IV de Francia.

 

¿Qué experimenta la víctima en los instantes previos a su muerte, a su asesinato? ¿Alcanzará acaso a tener una noción de su verdugo? Y, por otra parte, ¿qué siente el victimario en el momento de consumar su acto sanguinario? ¿Se regocija como el vampiro a la hora de hundir sus colmillos en el blanco cuello de una muchacha? La literatura ha recogido y, paradójicamente, le ha dado vida, recreado, diversos paisajes siniestros del crimen. Ha pulsado los mecanismos y resortes que impulsan al hombre a cometer un acto de esa naturaleza. Crímenes de guerra, crímenes pasionales, crímenes por locura, crímenes políticos, crímenes a nombre de Dios… crímenes por doquier en un mundo convulso y desesperado. El mundo, real e imaginario, está poblado de crímenes.

 

La palabra “asesino” suscita variadas emociones y perplejidades: produce repugnancia y miedo y desconcierto e indignación. Su origen deriva de “hashishim” (tomador de hachís). Cuenta Marco Polo que en una región de Persia vivía el Viejo de la Montaña, líder de la arcana secta mahometana de los ismaíles o ismaelitas. Y cuando el hombre deseaba eliminar a algún enemigo político o religioso, entonces solicitaba voluntarios en su congregación. Estos, para llevar a cabo su misión, bebían vino mezclado con hachís y en ese estado, embriagados, eran conducidos a un paraje exótico donde se les proporcionaban frutas, alucinógenos y placeres de la carne. Tras un tiempo, retornaban, drogados, idos, trabados, a su fortaleza, la que tenían como si se tratara de un paraíso. Lo ganaban, según sus preceptos, por la fidelidad al Anciano Jefe.

 

En realidad, la Secta de los Asesinos fue fundada por Hasan ibn Sabbah (apodado Alauddin), un disidente de los ismaelitas que huyó de El Cairo y se refugió en Persia, donde predicó y propagó una extraña doctrina basada en la obediencia ciega al maestro, al Viejo de la Montaña. En un paraje montañoso de Irak construyó una fortaleza (el fuerte de Alamut o Nido del Buitre). Sus adeptos, para ganar su estancia en el presunto paraíso, cometían crímenes, como parte del ritual. O se suicidaban, si así se los pedía su líder espiritual, como prueba de fidelidad.

 

La secta logró desarrollar un alto grado de ese culto sangriento. Príncipes y emires y visires y cruzados murieron apuñalados por los seguidores de Hasan y, después, por los de los demás jefes que le sucedieron. Eran persistentes y arrojados. Ninguna barrera, ningún miedo, los detenía. Con facilidad llegaban a cualquier parte. Se cuenta, por ejemplo, que el califa persa Sindjar, cuya meta era destruirlos, encontró una mañana, bajo su almohada, una daga. Luego recibió una carta de Hasan, quien, como muestra de su poder, le decía lo siguiente: “fácil hubiera sido clavar en tu corazón lo que se ha colocado cerca de tu cabeza”. La medieval Secta de los Asesinos, iniciada hacia 1090, extendió su poderío, basado en la intimidación y el crimen, hasta Europa Central. Su oscuro reinado de terror y muerte se prolongó por ciento setenta años, al cabo de los cuales los mogoles arrasaron sus castillos y quemaron, en el Nido del Buitre, todos sus libros. El fuego convirtió en cenizas los secretos (las memorias) de Hasan y sus adláteres.

 

En todo caso, la literatura ha penetrado las honduras del alma del asesino, le ha otorgado un lugar en el mito y en la historia. El crimen como una pasión. O como una aberración patológica. O como resultado del medio social. Dostoievski, por ejemplo, es uno de los máximos maestros en la auscultación del ser humano y sus tendencias criminales. Edgar Allan Poe, Arthur Conan Doyle, Guy de Maupassant, Agatha Christie, desde luego Thomas de Quincey, entre tantos otros, logran excelentes páginas con el tema, siempre excitante, del asesinato. Y aunque en general su obra no se caracteriza por la presencia de criminales, Ernest Hemingway, en su relato breve Los asesinos (en el cual, por lo demás, muestra su dominio del diálogo), crea una de las joyas universales del género.

 

El nunca aclarado Jack El Destripador (cuyas tropelías sangrientas han inspirado películas, obras de teatro y bestsellers) solía matar a sus víctimas -todas prostitutas- a cuchilladas. Asesinos ha habido que prefieren, para su objetivo espeluznante, la cuerda, o el puñal, o el veneno, o sus propias manos. Los hay políticos (el de Trotsky, con hacha; el de Kennedy, con el rifle; el de César, con la daga…); los hay de cuello blanco. Y pobres. Y ricos. Sin distinción de clase. Y están los que asesinan por hambre, o por desesperanza, o porque creen ver en ese acto una auténtica pasión, un arte, una manifestación de la estética, una filosofía. Y, más en el fondo de todas las escalas, degradado, está el asesino a sueldo, el de oficio, el sicario, que es tan vil como el mercenario, porque en él el único fin, deleznable, es el dinero.

 

Tanto en las ficciones como en la realidad ha habido asesinos que prefieren ahogar a sus víctimas, o llenarle la boca de mariposas amarillentas, o desollarlas, o pintarlas al óleo antes de asestarles el golpe de gracia. Algunos se divierten recreando la escena y otros enloquecen luego de su fechoría, o cuando ven el fantasma de sus víctimas. En cualquier caso, el espíritu del Anciano de la Montaña sigue rondando por el mundo.

 

3. Parte rosa (el imaginador)

 

Era un imaginador. Soñaba ser el más espléndido autor de ficciones sobre asesinatos, y para ello entrenaba, de modo oral, en las esquinas de su barrio, cuando la noche pintaba de sombras el asfalto y las luces fluorescentes rutilaban en los postes. Se sentaba en la acera, estiraba las piernas y tosía con una tos calculada, como para darse importancia, antes de comenzar sus relatos. Los oyentes lo rodeaban; algunos fumaban; otros, chupaban confites; todos observaban un silencio de respeto.

 

La última noche (claro, nadie sospechaba que aquella sería la última) narró una misma historia, en distintas versiones. Esta es la primera:

 

El barbero regó con entusiasmo y pericia la espuma sobre el mentón y las mejillas del hombre. Notó algunos granitos y se estremeció: “soy un buen barbero, un barrito no echará a perder mi arte”, pensó. Tomó la barbera y la pasó, suave, por la badana. El cliente, bien recostado, cerró los ojos, estiró las piernas y suspiró. Parecía disfrutar su estada en la peluquería. El barbero alzó el instrumento. La luz centelleó en la hoja. La barbera se deslizó, produciendo un sonido melancólico y arrastrando a su paso jabón y barbas. El artesano trabajaba con certeza. La navaja cortó un grano y la sangre brotó, sin notoriedades alarmantes. La mano del barbero vaciló y entonces la cuchilla cercenó otro barro. “Esto me pone nervioso”, pensó el barbero, y continuó. Otro granito se interpuso y fue cortado. La cara del hombre era una mezcla de espuma y sangre. La barbera siguió moviéndose, hasta que, en un momento de insensatez e inexplicable arrebato, el barbero decidió seccionar la cabeza de su cliente.

 

En su segunda versión, es el cliente quien degüella al peluquero, con una variante, que daba cuenta de la tranquilidad del asesino: él mismo, con la cabeza del barbero a sus pies, continúa afeitándose. En la tercera, el cliente no tiene granos en la cara, pero su barba es muy dura; lo que también pone nervioso al barbero. Al día siguiente, el imaginador fue decapitado por el barbero del barrio.

 

Esta historia es real. El imaginador me la contó una noche de bohemia en el bar La Arteria, de Medellín, hace muchos años.