Helí Ramírez: “si no fuera poeta, me suicidaría”

(Una entrevista al autor de En la parte alta abajo y Golosina de sal ) *

 

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El poeta y escritor Helí Ramírez, dueño de una voz muy original.

 

Por Reinaldo Spitaletta y Mario Escobar Velásquez 

 

Todavía conserva aires de camaján, en su caminado y en sus maneras de hablar. Es un guerrero de barriada, demasiado sensible. Creció entre galladas malevas, puñales, partidazos de fútbol, humos no propiamente de cigarrillos, olores a alcohol y a amistad, carencias económicas y excesos de imaginación. Es un altísimo poeta, autor de obras como Golosina de sal, Cortinas corridas y Ausencia de descanso. Se llama Helí Ramírez Gómez.

Para él, conocedor a fondo de las pasiones humanas, de desdenes y marginamientos sociales, el hecho poético es un exorcismo, pura magia. Su abuelo manejó ese mundo arcano de los amuletos y las plantas y los baúles con secretos milenarios; Helí, en cambio, es un brujo verbal, creador de un idioma propio y hermoso: el del arrabal. Y es dueño de un estilo único, inconfundible, enorme en el parnaso colombiano.

 

Este poeta que ha escrito asuntos terriblemente bellos como “eran las tres de la tarde, las tres”, nació en Sevilla, un corregimiento de Ebéjico, en 1948. La violencia obligó a su familia a “exiliarse” en Medellín, cuando él apenas era un pibe de cuatro años. Hoy, sigue pensando, con todo lo que ello implica, que “escribir es algo grandioso”. Para dolor de los críticos, Helí es un poeta inclasificable, lo que, de por sí, ya es una odiosa manera de clasificación. Y su poesía, como determinados filmes, es “censura todos”.

 

—Por lo que sabemos, su infancia fue terriblemente difícil. Cuéntenos algo sobre ella.

—Fue tan terrible como la infancia de cualquier otro de un barrio de clase baja, de clase popular.

 

A mí —nos dice como mirando para muy lejos con unos ojos verdes de tigre— me tocó de joven luchar por mis espacios. Yo, con otros dos o tres de mi salón en el Liceo Antioqueño, éramos los más pobres. No es que los demás fueran ricos, porque no había ricos en bachillerato para gentes de la clase bajita económica, pero los otros todos llevaban cada día con qué comprar mecato. Entre los que éramos los más pobres reuníamos cinco o diez centavos y comprábamos bizcochos y nos íbamos a comerlos con agua de la tubería. Y por eso nos aislaban. Por eso no jugaban con nosotros: no es que eso me importara. Pero sí que me importaba el otro lado de la madeja, el barrio donde vivía. Para toda la larga calle de mi casa no había, conmigo, más que otro muchacho en bachillerato, y en el barrio unos pocos. Entonces allá éramos también distintos, éramos de otra manera, nos miraban mal, mirando de para arriba hacia nosotros, que hacíamos clase alta sin saberlo, ni quererlo. Pero allá sí que me importaba y por ese espacio luché. No sé cuántas peleas tuve por él, porque no quería que me aislaran por punta y punta.

 

—¿Cómo explicar entonces su honda catadura poética, emergiendo usted de un medio tan antagónico con la sensibilidad poética?

—El medio en que nací y me crié no es antagónico a la sensibilidad poética; está fuera de la cultura, del arte, y eso ya es otro paseo. Ahora, porque escribo, escribo… Porque si no lo hiciera, me suicidaría.

—¿Desde qué época sintió usted creciéndole ese caudaloso río de la poesía? ¿Cuáles fueron sus comienzos?

—Como todo escritor en sus comienzos, escribiendo bobadas preso de la sorpresa al ir descubriendo el mundo hecho hilachas del entorno; lógico que eso se dio cuando apenas estaba aprendiendo a juntar palabras en el papel, escribiendo, leyendo…

—¿Considera que la misma poesía lo liberó en alguna manera de un ambiente que debió conducirlo a otras realidades?

—La poesía no me libera de esas otras realidades; me arraiga más eso sí en otras realidades.

—Diríamos entonces que todo eso fue un rescate…

—Un rescate, pero de mí mismo.

—Sus estudios “oficiales” fueron pocos. Creemos que estuvo asistiendo “pegado” a muchos cursos de la Universidad de Antioquia. ¿Quiere contarnos sobre esto?

—Los estudios “oficiales” en mi medio siempre son de pega. Una primaria, un bachillerato que nada aportan a la comprensión del mundo, siempre es de pega. Y un porcentaje mínimo de la gente de mi entorno, corona el currículo académico de pega, de trepada. Pero tal parece que esa pega se estuviera acabando, o que el establecimiento parece que dijera, bueno, esta chusma se nos está metiendo muy de lleno en nuestro mundo intelectual, de modo que hay que acabar con ese paternalismo en lo académico; de ahí que el Liceo Antioqueño, por ejemplo, está en extinción, de ahí que el ingreso a la universidad por parte de la gente de mi medio cada día sea más restringido… Ahora, a mi bicicleta se le atravesó el poema cuando iba coronando el segundo premio de montaña (profesión liberal, técnica) y entonces preferí, en vez de trepar, volar.

 

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Aunque a ese liceo de bachillerato había llegado con Matrícula de Honor por haber sido de los cinco o seis mejores de los de quinto año de primaria en alguna escuela que pudo haber sido la Julio César García, en él no acabó el bachillerato. Lo expulsaron. Salió de allá para las bibliotecas, vuelto ratón de las mismas: a la de la Universidad de Antioquia, a la de Comfenalco, a la de la Piloto, a leer como un galeote de la palabra impresa. Y cuando no andaba de lecturas, se metía de colado en las aulas de las facultades, en donde se dictaban cátedras de Sociología, Filosofía, Antropología. En ellas era el par de orejas más atento del salón. Las otras orejas de por allí se descuidaban a veces porque los cerebros a que estaban conectadas se disipaban en cosas distintas a las que el profesor iba soltando: podían porque ese era su espacio, y porque casi todo lo del parloteo estaba en los libros que ellos tenían consigo, y a ellos podrían ir después, antes del examen. Pero el colado de los ojos tigrosos no tenía textos, y aunque no tendría que sufrir el rigor de ningún examen, estaba peleando por otro espacio. Porque para entonces sabía ya que la vida de los muchachones de su barrio no podría ir a ser la suya, ni él podría estar en lo que ellos irían a estar, y esa era la manera de salirse de esos caminos: caminando libros, caminando conferencias,

 

—Usted mismo nos ha confiado en más de una ocasión su aparición con un atado de papeles llenos de versos ante el maestro Carlos Castro Saavedra, que por entonces era director de Extensión Cultural de la Universidad de Antioquia. El maestro propició su primer libro, Ausencia de descanso. Explíquenos el título y cuéntenos sobre su relación con Castro Saavedra.

—El atado de papeles lo conoció el maestro Carlos Castro Saavedra porque se lo llevó Elkin Restrepo quien fue el primero en leer ese atado de papeles. El maestro Castro sí fue el primero en publicar mi primer libro La ausencia del descanso en las ediciones de Extensión Cultural de la Universidad de Antioquia, que él dirigía. Hasta ese momento lo admiraba mucho como poeta, y después de ese gesto suyo, después de ese hecho, lo admiro doblemente: como poeta y como hombre, un ser noble, sin egoísmos, sin mezquindades, un hombre total.

 

Algún día tomó un atado de cuartillas y se fue con él a donde Jorge Montoya Toro, que era por lo de antes una de las vacas sagradas de nuestra poesía. Bien nos podemos imaginar los apremios del ortodoxo, clásico, tímido, caballeroso Jorge Montoya Toro con los versos de Helí, tan radicales como ahora, pero más entonces. Y Montoya nunca se atrevió a decir nada de esos versos, ni en pro ni en contra, aunque el de ojos tigrosos estuvo yendo en más de muchas ocasiones. Volvió a meter los papeles y se olvidó de ellos por un año, al cabo del cual los retomó, y vuelta con ellos, esta vez a donde Óscar Hernández Monsalve, que había publicado más de dos buenos libros de versos y una excelente novela (No el Óscar Hernández de ahora, que se deshace en su columna de chistecitos pasos y de naderías de nada, sino que escribía entonces formidablemente bien de cosas formidables, piensa de su cuenta el más cucho de estos dos cronistas, que por entonces compraba El Colombiano por la razón principal de la columna de Óscar Hernández). Y Óscar, que nunca ha sido ortodoxo, y menos tímido para opinar, le dijo lo que el muchacho merecía (y anhelaba) oír, estoes que lo del atado de papeles sí era poesía y que debería llevarlo donde Elkin Restrepo, poeta y profesor de la Universidad de Antioquia.

 

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—El reconocido poeta Elkin Restrepo tuvo también mucha influencia en su carrera poética al publicar en Ediciones Acuarimántima su segundo libro En la parte alta abajo. Nos gustaría conocer sobre ese hecho significativo.

—Elkin, Elkin no solo publicó mi segundo libro en Ediciones Acuarimántima sino también que él en la revista Acuarimántima publicó mis primeros poemas. Por él ese “mundo” del arte y la literatura leyó mis poemas; por él me encuentro ahora respondiendo a esta entrevista. Lo admiro, lo aprecio mucho, a él y a todos los de la revista Acuarimántima.

—El libro antes mencionado fue el que “lo hizo” a usted para el reconocimiento colectivo y hasta clamoroso. Hablemos sobre esa obra.

En la parte alta abajo me descubrí a mí mismo. Eso del título es porque habitando arriba en las montañas que rodean la ciudad, estamos abajo, abajo, abajo… en los social, en lo económico. Ese libro llegó después del primero, aún sin título y que conservo después de una rigurosa poda; después del segundo, La ausencia del descanso, o sea que no fue un libro gratuito; fue un libro producto de un proceso en búsqueda de mí mismo como ser individual, como ser social. En él encontré la palabra, o mejor, la palabra me encontró a mí.

—Para quien conozca a Medellín, es obvio que el aire de En la parte alta abajo es el del barrio Castilla, que se quedó impreso en los versos del libro. ¿Usted inventó a Castilla o la retrató?

—Yo no inventé a Castilla, ni la retraté. Más bien Castilla me inventó a mí, me retrató.

—Creemos que sus versos son la realidad vivida. Que la obra es un amasijo de vida suya y de otros suyos, tales como compinches, adversarios, malandrines y, entre ellos, tal vez, una santa pecadora. ¿Es así?

—Lógico, mi trabajo poético soy yo y todos los mundos que me rodean, visibles e invisibles. Mi mundo no es de caviar, té con galleticas y pergaminos de estirpe. Ridículo sería ver a Helí escribiendo en angustia de coctel con textos y pipa de sabiduría como almohada. Y eso de las “santas pecadoras”, en ellas son pecados, en otras es liberación.

—Helí Ramírez ha sido siempre una especie de Casandra con el mismo lema de la pitonisa: “Los confidentes, esa raza de mansos”. Sin embargo, deseamos que haga caso omiso del lema y nos confíe su sentir cuando En la parte alta abajo lo promociona a usted rotundamente.

—Que se hable bien o mal sobre mis libros, o sobre uno de mis libros, me tiene sin cuidado, eso no me quita el sueño. Pienso ante la pregunta que si tuviera tiempo y espacio elaboraría una carreta motivado en ese interrogante para posar de inteligente, de ingenioso, de hombre culto citando textos de referencia en ese aspecto.

—Cambiando de tema, ¿cuáles son los sistemas de trabajo poético de Helí Ramírez?

—Escribir, escribir, escribir. Luego podar, podar, podar, y lo que se considera que no sirve se empaca en una bolsa de basura para la Curva de Rodas (antiguo basurero de Medellín).

—¿Cuál es su manera de subsistencia?

—Con un salario me sostengo, sobrevivo.

—Recientemente incursionó en la novela (La noche de su desvelo). ¿Cómo se siente como hurgador de almas, de otras almas, no las suyas?

—Al hurgar en las almas ajenas encuentro pedacitos de la mía. Bonita la palabra hurgar; he ahí un tema apasionante para los borgianos, surrealistas, nadaístas y demás listas en el zoológico de la literatura.

—¿Por lo que se sabe, trabaja actualmente en otra novela? ¿Quiere adelantarnos algo?

—No quiero que la novela que trato de escribir me mate por hablar de ella.

—Sin duda, es usted un trabajador disciplinado, muy disciplinado. Creemos que usted planifica sus libros. ¿Estamos en lo correcto?

—Disciplinado sí, en la medida en que procuro escribir diario. En cuanto a la planificación, esa concatenación que parece se da entre un libro y otro, es algo inconsciente, misterios del escribir, como es misterioso que siendo de donde soy, viviendo como he vivido, y sea escritor.

—¿Frecuenta o frecuentó cenáculos literarios, cofradías, corrillos de poetas?

—No frecuento cenáculos, cofradías, corrillos de poetas. Claro que sí tengo algunos cuantos amigos entre los poetas y escritores, pero es una relación individual. En lo relacionado con el arte, y a lo mejor en todos los aspectos de la vida, “el buey solo bien se lame”. Me salvo o me condeno solo.

—A veces un escritor crea sus antecesores. La frase es de Borges. ¿De quién tiene influencias, de Villon, de Rimbaud…?

—Tengo influencias del ser humano con sus defectos y virtudes, de la vida con sus goces y amarguras, y demás que de las lecturas que se hacen, pero no podría en estos momentos hacer una relación en el sentido estético.

—¿Cuáles son sus poetas predilectos?

—Leo y releo a Góngora, Barba Jacob, César Vallejo, Villon… Me entusiasma leer a Miguel Hernández, a Lorca, Rimbaud, Esenin.

—Dicen las malas lenguas que usted es un poeta maldito.

—No me preocupan esas apreciaciones. Los que me conocen saben que lo que piensen de mí ni me va ni me viene. Esta es la primera vez que concedo una entrevista de esta naturaleza, y a lo mejor sea la última.

 

* (Entrevista publicada el 26 de febrero de 1989, en el Suplemento Dominical de El Colombiano y después en el libro Reportajes a la literatura colombiana)

 

 Nota. El poeta y escritor Helí Ramírez murió el 20 de febrero de 2019.

 

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“Que se hable bien o mal sobre mis libros, o sobre uno de mis libros, me tiene sin cuidado”: Helí Ramírez

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Habla Darío Lemos: “No soy un genio, soy un iluminado”

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Por Reinaldo Spitaletta

 

Desde hace cuatro meses tiene prisa por morirse. Sentado sobre una silla de ruedas, con su cuerpo de aguja y su rostro de Cristo en agonía, el poeta maldito de los nadaístas parece una hoja seca a merced del viento. Ya no duerme en las aceras ni bebe alcohol en los parques de la ciudad. Vive en un refugio para pobres, en donde él quiere morirse de vida y no de muerte. Ahora la gangrena no solo carcome sus piernas, sino su ánima. Darío Lemos, que ha pasado más de la mitad de sus 43 años en cárceles y sanatorios, mide todavía 1,76 en verano y 1,78 en invierno. Y sufre. No por el dolor, que le es familiar, sino por la reciente publicación de su libro Sinfonías para máquina de escribir.

 

—¿Por qué rompió el libro que le envió Jota Mario?

—Mi libro es demasiado puro, demasiado bello; pero el prólogo es sucio. Además, creo que hubo mucha inmoralidad de parte de Colcultura. Ese libro no lo dejaban salir dizque porque era dañino. Claro que eso es verdad y yo no tengo la culpa… Entonces el galanismo, no, perdón, Moisés Melo dijo que era dañino para los jóvenes.

—¿Por qué es sucio el prólogo?

—No solo el prólogo, sino todo el proceso de edición. Yo no firmé ningún documento. Por lo menos han debido pedirme permiso para publicarlo. Yo no quería publicarlo.

—¿Por qué no quería?

—Yo dije alguna vez que los poemas cuando se publican son como hijos que se van. Y uno se queda muy solo sin sus poemitas.

 

La voz del poeta suena gangosa. Sus manos, delgadas como hilos, se agitan como las de un ahogado que busca su tabla de salvación. En la sala del refugio una imagen de María Auxiliadora nos observa. Al fondo, detrás del poeta, a San Juan Bosco se le ilumina la cabeza con un halo de mansedumbre. Y Lemos agrega:

—Es que los nadaístas quieren tener de todas maneras un poeta maldito, quieren tener un Jean Genet. Pero, en realidad, yo puedo enseñarle a Jota Mario a que sea santo.

 

Corrían los principios de los años sesentas. El movimiento fundado por Gonzalo Arango estaba en efervescencia. En Medellín, un grupo de nadaístas llegó un día hasta la Catedral Metropolitana e interrumpió la misa con la que se clausuraba la Santa Misión de los curas españoles. Blasfemia. Sacrilegio. Escándalo. Habían profanado las sagradas formas. Una multitud de feligreses enardecidos logró capturar a un joven. Iban a lincharlo. Un cristo afilado se clavó tres en veces en las carnes del profanador que, sin embargo, logró salvarse. Era Dariolemos.

 

—Se dice que usted pisoteó una hostia en el atrio de la Metropolitana.

—En realidad, eso no fue cierto. Yo saqué una hostia y se la envié a una amiga en New Orleans. Eso fue algo de tipo social… pero no hablemos de eso.

—Pero en una ocasión Jota Mario le preguntó que si con la pierna que ahora tiene gangrenada usted había pisado la hostia. Y usted contestó que las hostias no eran tan infecciosas.

—Sí, claro. Porque lo único que puede salvar al hombre es el sentido del humor, o del limón.

—¿Cómo fue lo de la pierna?

—El cigarrillo, maestro. Me amputaron unos dedos y los médicos decían, hace unos diez meses, que debían amputarme la pierna derecha a ver si me salvaban la otra. No me iban a salvar el alma sino el cuerpo. Ellos son felices con la segueta. Los médicos son muy terroristas.

 

El poeta muestra una sonrisa triste y desdentada. Habla sobre unas cartas que está escribiendo a Gabo y a Simón González, el intendente de San Andrés, a quien él llama Simón el Bobito. “También estoy escribiéndome cartas a mí mismo. Y mi autobiografía, pero no como la autobiografía precoz de Rimbaud. Yo tengo mi versión de los hombres”.

 

—Y a propósito de Rimbaud, usted dice que es superior a él.

—No, Rimbaud y yo somos amiguitos. Simplemente que él todavía es terrenal. Entre él y yo hay una complicidad: la gangrena. Hace quince años yo estaba sentado en mi silla de ruedas. Y hace tres que tengo la gangrena. Fue una premonición. El poeta es un vidente.

—¿Pero de pronto usted no quiso morirse a los 37 años como Rimbaud?

—Yo no tenía deseo de morirme sino hace cuatro meses.

—¿Y por qué?

—Porque hace cuatro meses escribí el poema de mi vida. Y después de ese poema, ya para qué vivir. Es el Gran canto a la alegría. Va a ser traducido al portugués. Al inglés no quiero porque lo único bueno que tienen los gringos es la Coca-Cola.

—Recite algo de ese poema.

—No, porque a mí me duele mucho cuando hablo de ese poema. Fue verdaderamente parido, no decorado. Me senté. No tenía secretaria. E incluso no lo escribí yo; alguien me lo dictó. Y quedé muy enfermo después de ese poema. Tiene solo seis frases. Lo logré. Es muy difícil. Desde los 16 años, cuando fundé el Nadaísmo, estaba buscando ese poema. Y lo logré y me enfermé mucho.

—¿Y no hay manera de asomarnos a ese poema?

—A mí me da miedo ese poema. Y le aconsejo que nunca lo lea. Son apenas unas frases y es más grande que toda la obra de Marx y Freud juntos. Lo logré.

Y Dariolemos habla entonces de sus recitales y sus borracheras, y dice que la poesía es una mentira, pero que él no decora: escribe. Y alguien le dicta, por eso —dice— él no es culpable de sus poemas.

—¿Quién le dicta?

—No sé. Antes llamaban a eso inspiración y de muchas otras maneras.

Y vuelve a hablar sobre su obra, la misma que ha dejado por ahí, al azar, en papelitos regados, porque después de parir un poema para qué la publicidad. Eso es algo vano, por eso siempre que escribe, rompe.

—¿Y la Sinfonía?

—Esa la escribí hace más de quince años, y se perdió muchas veces. Alguna vez la lancé al mar durante un viaje a Cartagena, a Tierra Bomba, y el bobo de Simón González la cogió. Después se volvió a perder muchas veces. De todas maneras, lamento mucho que se haya publicado…

 

De pronto, el poeta advierte que llevo su libro. Y dice: “Ese es mi libro… Bueno, no es mío. Muéstremelo”. Sí, pero no lo vaya a romper, como hizo con el que le mandaron. “¿Y quién romperá los otros dos mil?”, contesta con voz fatigada, pero en tono de triunfo.

Y luego, con la misma voz de agonía, habla de Gonzalo Arango, y recuerda a su hijo Boris y a su exesposa Puma, y habla de las pastillas para el corazón que le han formulado los médicos, y de las fracturas y de su poema genial.

 

—¿Cuándo se conocerá ese poema?

—Se lo envié a Chico Buarque al Brasil. Quiero que él lo tenga y se encargue de él.

—¿Usted se considera el mejor de los nadaístas?

Piensa un rato la respuesta. Se lleva las manos al rostro de facciones dolorosas y busca aire.

—Me llaman el poeta maldito. El Genet. Dicen que soy el único auténtico, pero la autenticidad  no existe. Pero sí me considero el más puro de ellos, sobre todo porque evité la fama y el dinero. Yo vine a la Tierra a hacer camino y no carrera. El camino duele. Si se hace carrera se consigue el Renault, el apartamentico. Pero yo, como Jesucristo y Chaplin, vine a hacer camino…

—¿Por qué lleva usted un cuaderno en la mano?

—Es un tic nervioso. Tengo que mantenerme armado para escribir y botar.

—Entonces debía tener a alguien detrás que fuera recogiendo.

—Sí, pero que no sea el bobo de Simón González.

—Pero Simón tiene un prestigio bien ganado en el país, no solo como buen hijo de Fernando González.

—En este país es muy fácil ser famoso: basta con ser exagerado en algo, en cualquier cosa.

—¿Y usted por qué no se ha suicidado?

—Siempre me lo han preguntado. Pero no tengo vocación suicida. Dicen que de tanto vivir —y yo vine a vivir y no a hacer pose— se puede llegar al suicidio. Pero yo quiero morirme de vida, no de muerte.

—¿Cómo llegó a este refugio?

—Vine solo. No podía darles la oportunidad a ciertos burgueses de El Poblado para que tuvieran a Dariolemos en los últimos días. La pobreza se merece, y la riqueza se adquiere. Y adquirir es muy fácil; merecer es muy difícil.

—¿Por qué ha estado tanto tiempo en las cárceles?

—Por amor. Siempre estuve en ellas por amor a algunos que amaba y por la marihuanita. Yo dije alguna vez que la marihuana era una legumbre.

—¿Y la marihuana le ayuda a escribir?

—No es que me ayude o me desayude, pero en verdad yo creo que es algo natural, el hombre no le puso nunca la mano encima. Los gringos le tiraron Paraquat… La marihuana es una comunión.

Dariolemos se lleva las manos al pecho. Dice estar muy fatigado. Parece como si al hablar le surgieran más arrugas. “Estoy muy enfermo del corazón”.

—Pero todos los poetas se enferman del corazón, ¿no?

—Sí, del orgánico y del otro… ¡Pero aquí no hay sino poetisas! Los poetas, las poetisas, se la pasan decorando, escribiendo cosas sin contenido…

—Quiero hacerle una pregunta cómo para reina de belleza ¿Cómo se autodefine?

—En verdad, yo no soy un genio, pero tengo muy mal genio. Soy un iluminado. Rimbaud también lo era. Y posiblemente Genet, Baudelaire, Michaux… Después de eso ya no hay más poesía… Ah, sí, Prévert y este muchacho Maiakovski. Y en América, César Vallejo.

—¿Y usted?

—No tengo la culpa de ser poeta. Me agravé desde que ese libro se publicó. Yo no quería que se publicara nunca. Son cosas muy íntimas. Fui un poco famoso cuando era joven. Pero evité la fama porque me quitaba la intimidad.

Y Dariolemos llora, con un llanto sin lágrimas y sin contorsiones. Y dice que él siempre ha sido vituperado en el país —en este país que quizá no lo merece—, pero que en su autobiografía dirá por qué vivió siempre en las cárceles y los hospitales mentales. Y también por qué escribió sus poemas.

—¿Pero usted no vivió en los manicomios quizá por demasiada cordura?

—Sí, hombre. Eso era un paraíso. Aprendí mucho en ellos. Me clarificaba, jugaba billar y fumaba marihuanita en los jardines. Me quedaba seis meses y luego volvía al engaño, a esta guerra, a este país miserable. Esto no es pose (se señala la pierna gangrenada y la silla de ruedas).

 

En un radio se escucha la transmisión de la final juvenil entre Brasil y España. Y Dariolemos dice: “A Camus y a mí nos gusta el fútbol. Y a esos estúpidos de Picasso y Hemingway, los toros”. Y agrega: “Y ahora que me voy, quiero dejar a mis niños nadaístas sin pecado en la tierra”. Y luego habla sobre los escritores gordos y dice que un poeta no puede ser gordo, y que en la historia ha habido varios cerdos, como Hemingway y Balzac.

 

—¿Lee aquí todos los días?

—He evitado ser un hombre culto porque dejaría de ser salvaje. No leo libros porque puedo escribir otros. Pero a veces, lo confieso, me escondo a leer. Y me he enamorado de algunos libros como El cuarteto de Alejandría.

—¿Y los de Rimbaud?

Una temporada en el infierno y… ¡Oh! Rimbaud, qué cambio, ¿no? Ojalá yo no termine como Rimbaud, traficando con colmillos de elefante y guardando monedas en un cinturón.

—¿Entonces cómo quiere terminar?

—Desnudo.

Y luego agrega que ojalá su hijo Boris —que ya tiene 20 años— no lea, y sea un ser común y corriente. “Ojalá se vuelva gordo y bien bruto”.

—Ajá, porque quien más piensa es quien más sufre, ¿verdad?

—Sí, claro. El ser talentoso sufre mucho. La creación duele. Pero uno no puede cambiar nada. Pero, en síntesis, yo no soy una víctima.

—¿Entonces es un verdugo?

—Necesariamente, soy cómplice. Todos somos cómplices.

Y el poeta se queda solo en su refugio, con su dolor, con su angustia, con su genio. Y con su silla de ruedas y su gangrena. Se burla de sí mismo y de los demás. Sí. Es un Cristo en agonía. Y su cruz ha sido la poesía. Salud.

 

(Reportaje publicado en el Suplemento Dominical de El Colombiano, septiembre 15 de 1985).

 

Nota: Darío Lemos Laverde nació en 1942, en Jericó, y murió en Medellín en 1987. Su libro Sinfonías para máquina de escribir se publicó en junio de 1985, con prólogo de Jota Mario.

 

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Vientos del pueblo…Vientos de Miguel

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N.B. Estas palabras las escribí en 2010 con motivo del centenario del natalicio de Miguel Hernández. Ahora, en un nuevo aniversario de su muerte, creo que tienen vigencia.

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

En estos tiempos de crímenes y corrupciones, de balaceras y asaltos, de ciudades inseguras y mafias, se preguntarán algunos —muy utilitaristas— qué importancia tiene reunirse a hablar de un poeta. Qué interés puede despertar, hoy, en un país como Colombia, dizque “tierra de poetas”, conversar, por ejemplo, sobre un poeta de la sangre, de hospitales y guerras, de hambres y desolaciones como Miguel Hernández.

 

Tal vez sea un asunto de locos, de nuevos desadaptados, de una confraternidad de seres extraños que creen todavía en los milagros de la palabra, en la conversación y las posibilidades de la cultura como una expresión de civilización. Sucedió por estos días (agosto de 2010), para conmemorar con antelación el centenario del nacimiento del poeta de Orihuela.

 

En la Biblioteca Marco Fidel Suárez, de Bello, el Centro de Historia de esa ciudad realiza cada quince días una tertulia literaria. En ella se aborda en análisis y conversación sin pretensiones a Steinbeck o Dostoievski, se habla de Faulkner o Rulfo, de Cepeda Samudio u Osorio Lizarazo, de Borges o Kafka, de Mejía Vallejo o Gonzalo Arango, en fin, que en la más reciente celebración de la palabra se habló de aquel poeta perito en lunas, el pastor de cabras, el mismo que se extinguió en la cárcel y al cual un hijo se le murió de hambre.

 

“La cebolla es escarcha
cerrada y pobre:
escarcha de tus días
y de mis noches.
Hambre y cebolla:
hielo negro y escarcha
grande y redonda”

 

No deja de ser raro en tiempos en que todavía la sangre llueve boca arriba, en surtidores hacia el cielo, que haya gentes dedicadas a recordar a ese poeta que venía de sangre en sangre, mientras el mundo se consume en despropósitos. Por estos días, muy cerca de ahí, de la biblioteca, una chica mató a otra por robarle unos tenis, y en la villa vecina las comunas se incendian a balazos. Entre tanto, una tertulia evoca de nuevo el canto del poeta.

 

“Yo quiero ser llorando el hortelano
de la tierra que ocupas y estercolas,
compañero del alma, tan temprano.

Alimentando lluvias, caracolas
y órganos mi dolor sin instrumento.
A las desalentadas amapolas

daré tu corazón por alimento.”

 

Y alguien dice quién pudiera ser Miguel Hernández para cantarles a los heridos y a la libertad, a los hospitales de sangre y a la tierra, a esa misma que “ocupas y estercolas”. Y la conversación toma otros caminos para decir que Miguel Hernández, autodidacta, se formó en la lectura de la poesía del Siglo de Oro español, y en las de Virgilio y San Juan de la Cruz y Verlaine.

 

Poeta de corta vida (murió a los 31 años, el 28 de marzo de 1942) y de largo aliento, su compromiso militante con la libertad y, desde luego, con la poesía, hace que se convierta en un poeta necesario. De aquellos cuyos versos van de boca en boca, de memoria en memoria, hasta instalarse en el corazón del pueblo. “Vientos del pueblo me llevan, / vientos del pueblo me arrastran, / me esparcen el corazón / y me avientan la garganta”.

 

Su poesía, mucha de ella nacida en medio de la guerra, se ha convertido en himno de combate, en denuncia de los desastres bélicos, en recordación de los días difíciles. Y en testimonio de lo que es la condición humana, sobre todo en tiempos de humillaciones y angustias. “Me llamo barro aunque Miguel me llame. / Barro es mi profesión y mi destino / que mancha con su lengua cuanto lame”.

 

Poeta de la guerra (cuando todas las madres del mundo ocultan el vientre), Hernández da cuenta de los desafueros de ella. Como se sabe, la Guerra Civil Española, de tantos muertos, fue, además, una suerte de escenario en la que se experimentó con anticipación el infierno que llegaría en 1939 con la Segunda Guerra Mundial. El nazismo y el fascismo tuvieron en España un buen caldo de cultivo. La Legión Cóndor, de la aviación alemana, destruyó la población de Guernica. Picasso creó una de las obras más perturbadoras sobre aquel genocidio.

 

Miguel Hernández escribió con sangre (algo así recomendaba Nietzsche en Así habló Zaratustra). Fue un peregrino de cárceles y su existencia trágica terminó entre barrotes y tuberculosis. “Tristes guerras / si no es amor la empresa. / Tristes, tristes”. El poeta de Orihuela, y de todas partes, nos sigue cantando con una voz de alerta, con elegías y canciones que nos siguen doliendo. Y abriendo caminos. Los vientos de su poesía siguen soplando con fuerza.

 

(En el centenario del natalicio del poeta de Orihuela)

 

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Rubén Darío, el poeta del clave sonoro

Por Reinaldo Spitaletta

 

No era, según él, un “poeta para muchedumbres”, sin concesiones, sin facilismos ni demagogias. Pero, es, sin embargo, un poeta que perdura en la memoria colectiva, en la cultura popular. Pasa, digamos, y valga la hipérbole, como con los personajes de Cervantes: casi todo el mundo, por no decir todos, saben algo o mucho de Sancho Panza, del ingenioso don Quijote, de Rocinante, aunque, huelga anotarlo, no hayan leído la portentosa novela de don Miguel. Pero, digo, a alguien se le zafa, por ejemplo, “Margarita está linda la mar…” y otro, casi que al tiempo, y como complementador del poema, agrega: “…y el viento lleva esencia sutil de azahar”.

 

Y hasta en plaza de mercado, en almacén o cantina, a algún parroquiano se le oye decir, y más si ya está entradito en años, aquello de “juventud, divino tesoro, ya te vas para no volver…”, o, por qué no, con aire épico “¡Ya viene el cortejo! / ¡Ya viene el cortejo, ya se oyen los claros clarines. / La espada se anuncia con vivo reflejo; / ya viene, oro y hierro, el cortejo de los paladines”. Sus poemas, fragmentos de ellos, apenas unos versos, regados por escuelas y asilos; por la memoria de los que ya tienen muchos años y el olvido hace parte de su cotidianidad, mas no olvidan al poeta, y por los que poca edad tienen, y apenas están descubriendo el mundo: “¿Cuentos quieres, niña bella? Tengo muchos de contar: / de una sirena del mar, / de un ruiseñor y una estrella…”.

 

Penetrar en el corazón del pueblo debe de ser para el poeta su máximo logro. Su aspiración cumbre. Que la gente lo reconozca, que su canto haga vibrar corazones y postular pensamientos. Una conquista. Una manera de permanecer. Que olviden su nombre, pero no lo nombrado. Y, dice uno, por algo de ello sobrevive el vate nicaragüense, universal, Rubén Darío (1867-1916), sin el cual no existiría, por ejemplo, la Generación del 27 en España, ni el musical García Lorca, ni aun el doloroso Miguel Hernández. Ni Vallejo ni Neruda. Un continuador, en otras esferas, del estadounidense Whitman y del francés Víctor Hugo.

 

Ser poeta, digo sin mucho fundamento, es cuestión de oído. Bueno, en alguna proporción, porque, claro, en otros aspectos, debe tener tantísimos elementos de cultura, de historia, de geografía, de conocimiento del ser humano. Rubén Darío, o sea, su poesía, suena, es música, plena de arpegios, de acordes, y, como en el caso de las jitanjáforas, aunque no signifiquen, atraen por sus sonoridades. Y, pruébelo usted mismo, amigo lector, diga si este verso (claro, con palabras de casticidades y en buen romance) no es pura música: “Que púberes canéforas te ofrenden el acanto… (del Responso a Verlaine)

 

Darío pudo ser parte (no sé si todavía) de la denominada educación sentimental de varias generaciones. Resonaban en aulas y en alcobas, en patios y salones, sus composiciones. En casa, a veces mamá recitaba algún poema, o un fragmento, de aquel señor que, por lo demás, había sido cónsul honorífico de Colombia en Buenos Aires, en los días del gobierno del regenerador Rafael Núñez: “El mar como un vasto cristal azogado / refleja la lámina de un cielo de zinc; / lejanas bandadas de pájaros manchan / el fondo bruñido de pálido gris”.

 

No sé qué ensayista se preguntaba por qué continuaba viva la pluma, y más que esta, la obra poética de Darío, tras la abolición de su estética, después de haberse arrumado en los cuartos de san Alejo su léxico de maravillas y sus temas clásicos. Uno que revolucionó el lenguaje, que le dio otras dimensiones al castellano, que puso en su arte nuevas armonías, de pronto, tras otras propuestas y advenimientos de otras temáticas, pudo haber sido olvidado, convertido en pieza museística, quizá apolillada, apergaminada, pero no. Sus cantos no se apagaron, y, digo, por insistir, tal vez porque parte de sus creaciones penetraron en el corazón y el alma populares.

 

Qué de aquel ser, más bien un tipo ajeno a los escándalos, sin atracciones físicas, sin excentricidades ni aires de importancia, trascendió y ahora, cien años después de su muerte, hace que sea un imprescindible en el pentagrama poético de América y de toda la vasta lengua de Cervantes. Era un intelectual con rigor, un seguidor de Martí, del que aprenderá, entre otros aspectos, el arte de la crónica, un lector sin cansancio. José María Vargas Vila, uno de sus admiradores, tras la muerte del poeta, dejó unas evocaciones. Una de ellas, cuando se vieron en París, en 1900:

 

“y apareció como siempre, escoltado del Silencio; era su sombra; el don de la palabra le había sido concedido con parsimonia, por el Destino; el de la Elocuencia, le había sido negado; la belleza de aquel espíritu, era toda interior y profunda, hecha de abismos y de serenidades, pero áfona, rebelde a revelarse, por algo que no fuera, el ritmo musical y el golpe de ala sonoro”.

 

Darío, agregaba el autor de Ibis y Aura o las Violetas, no era un combatiente, un cuestionador. No tenía el don de la ironía, ni ninguna de las cualidades de los combatientes, de los irreverentes, pero, advertía el panfletario colombiano: “es el Genio de Darío, lo que ha hecho mi admiración por él, pero es la debilidad de Darío, la que ha hecho mi cariño y mi amistad por él; en Darío, el Poeta imponía la admiración; el Hombre, pedía la protección; era un niño perdido en un camino; hallándose con él, era preciso darle la mano y acompañarlo un largo trayecto, protegiéndolo contra su propio miedo”.

 

Darío, que, según su autobiografía, fue algo niño prodigio, que sabía leer a los tres años, se crió con cuentos de ánimas en pena y aparecidos, que le contaban dos sirvientes de su casa de infancia: Serapia y el indio Goyo. Creció en imaginaciones y en miedos.  “Vivía aún la madre de mi tía abuela, una anciana, toda blanca por los años, y atacada de un temblor continuo. Ella también me infundía miedos, me hablaba de un fraile sin cabeza, de una mano peluda, que perseguía, como una araña… Se me mostraba, no lejos de mi casa, la ventana por donde, a la Juana Catina, mujer muy pecadora y loca de su cuerpo, se la habían llevado los demonios”.

 

El poeta, que a los diecinueve años abandona Nicaragua y viaja a Chile, donde trabajará en el periódico La Época, va a encontrar en el país sureño nuevos motivos, conocerá la poesía de Pedro Balmaceda, simbolista y parnasiano, del que Darío dirá: “No ha tenido Chile más poeta que él. A nadie se le podría aplicar mejor el adjetivo de Hamlet “Dulce Príncipe”. El autor de Cantos de vida y esperanza, que muchos aprenderán varios de ellos de memoria, como aquel que comienza así: “Ínclitas razas ubérrimas, sangre de Hispania fecunda, / espíritus fraternos, luminosas almas, ¡salve!”. La Salutación del optimista se esparció por escuelas y tertulias, e hizo pensar en albas futuras para estas tierras de promisión y barbarie.

 

En la medida del crecimiento de las ciudades, de la introducción de mecanismos de producción más modernos, de aquello que hizo a los americanos (a los de Latinoamérica) pensarse de otras maneras, las literaturas y, en este caso, la poesía, también se asumía desde otras perspectivas. Y aunque la selva, la naturaleza, la ruralidad, estuvieran presentes, el nacimiento del siglo XX traerá nuevas preocupaciones y arrebatos.

 

Según el crítico y escritor uruguayo, Ángel Rama, al tiempo que el modernismo (económico y político) acompañó el proceso de urbanización, marcó distancias con las maneras imperativas de la naturaleza, de lo montuno y selvático. Y, en ese sentido, “ninguno de sus poetas llevó tan a fondo la transmutación de lo natural en artificial, como Rubén Darío”. Y en este punto, pueden hablar de esas posiciones y novedades lingüísticas sus Prosas profanas. En la obra de Darío, que se puede apreciar incluso en sus prosas, en sus crónicas y relatos, la música sigue siendo un elemento clave de sus composiciones. Lo melodioso, las melopeas y cánticos están arriba, también subyaciendo, en su creación poética.

 

“Pero a pesar de estos principios, hay en su poesía una reiterada experiencia según la cual las palabras son elegidas por la analogía sonora mucho más que la semántica, lo que explica el continuo rizo de las aliteraciones, las rimas interiores, las repeticiones y redobles, esa sensación de inagotable fuente musical, tan poderosa como hasta autónoma del mismo autor arrastrado por el hedonismo sonoro”, advierte Rama en un extenso prólogo a la Poesía de Rubén Darío, de la editorial Ayacucho.

 

El poeta, que hará periplos por América Latina, Estados Unidos y Europa, llegó a la Argentina, cuando este país era una potencia mundial, con fábricas, torres y “un cósmico portento de obra y de pensamiento que arde en las políglotas muchedumbres”, como lo expresa en Un canto a la Argentina. Colaborador de varios periódicos, entre ellos La Nación, dirigido por Bartolomé Mitre, el nicaragüense publicó en Buenos Aires Los raros (1896), una colección de artículos sobre escritores, además de sus determinantes Prosas profanas. El modernismo a Argentina entra por su fundador, que, más tarde, su poesía influirá en la poética del tango-canción. A partir de la segunda mitad del siglo XX (y ya muerto el nica), aparecerán letristas como Enrique Cadícamo, con influjos de la poesía de Darío, como se puede apreciar en su primer libro Canciones grises: “La luna es un alfanje suspendido en lo alto / que vuelca cataratas de albor en las callejas, / y las mugrientas casas, misteriosas y viejas, / disimulan sus frentes con tintas de basalto”.

 

Después, Cadícamo escribirá muchas letras de tango y poemas populares, en los que se advierten las sonoridades  de Rubén Darío. Uno de ellos, La novia ausente, menciona directamente la Sonatina, la misma que soñó Rubén.  También Celedonio Flores, el de Mano a mano, recibió las emanaciones poéticas del vate centroamericano. La musa de Celedonio estuvo, al comienzo, muy cerca de Amado Nervo y Rubén Darío. Después, su inspiración la hallaría en los arrabales. Pero sin olvidar a Darío, del que hace alguna simpática parodia: “La bacana está triste, qué tendrá la bacana / los suspiros se escapan de su boca de rana”.

 

Darío le compuso, tal vez más por cortesía, un soneto a Colombia, el mismo que, hace años, nos hacían aprender en la escuela, junto a una babosada de Miguel Antonio Caro llamada Patria (“Patria, te adoro en mi silencio mudo…”). “Colombia es una tierra de leones; / el resplandor del cielo es su oriflama…”, así comienza el poema y continúa con “egregios paladines” y “tambores inmortales”, más bien un poemilla prescindible y de carácter diplomático.

 

Rubén Darío, muerto a los cuarenta y nueve años, sobrevivió con el periodismo y se inmortalizó con la poesía. Su música de palabras continúa sonando y, de vez en cuando, algún ebrio enamorado las recita con su andar tambaleante y con desafines:

 

«Calla, calla, princesa -dice el hada madrina-;
en caballo, con alas, hacia acá se encamina,
en el cinto la espada y en la mano el azor,
el feliz caballero que te adora sin verte,
y que llega de lejos, vencedor de la Muerte,
a encenderte los labios con un beso de amor».

 

 

(Escrito en Medellín, a los cien años de la muerte de Rubén Darío)

 

César Vallejo no escampa todavía

(Para recordar al poeta de la desesperación y de la luz)

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Por Reinaldo Spitaletta
Hoy tengo ganas de vallejar; de hundirme en las palabras del poeta del desgarramiento interior, del hombre que asumió —en beneficio de la poesía— la cultura del sufrimiento. Siempre me ha parecido que alguien que escribe debe poseer (¿padecer?) soledades, una especial dosis de angustia, alguna melancolía. Debe tener lluvias en sus adentros. Tempestades. Y, en contraste, fuegos. Que le quemen las entrañas. Que lo obliguen a decir. A granizar palabras. Hielo y llama arden. Bien lo decían los guaraníes: “las estrellas son fuegos helados”.

César Vallejo, el que nació “un día en que Dios estuvo enfermo” (16 de marzo de 1892), en Santiago de Chuco, sierra peruana, es un poeta múltiple: de la desesperación y el sosiego; de la luz y la ausencia de sol; del ser y la nada. Del despojo. Origen modesto el suyo, sin abundancias. Con ancestros indígenas y sacerdotales. El menor de una familia de once hijos. ¿Tienen estos datos alguna importancia? No sé. Era indeciso en sus gustos académicos: le gustaba la medicina, pero se licenció en Letras con una tesis sobre el romanticismo en la poesía castellana. Empezó Derecho y terminó como maestro de escuela. Tal vez los poetas son así: frágiles en sus determinaciones.

Es fama que si Vallejo solo hubiera publicado su primer libro (Los heraldos negros), este le habría bastado para ganar la esquiva inmortalidad. En él, ya su voz es cascada, música. Modernidad. Y, sobre todo, ya es dueño de esa precisión enconada, que él siempre buscó, obstinado.

Son las ocho de una mañana en crema brujo…
Hay frío… Un perro pasa royendo el hueso de otro
perro que fue… Y empieza a llorar en mis nervios
un fósforo que en cápsulas de silencio apagué!

Hoy tengo ganas de cesarvallejar. De decir algo (así sea lo mismo) sobre ese enorme poeta de América, a veces tan extraño, siempre tan humano. Tan lleno de simas y altitudes. Hondo y elevado. Decir, por ejemplo, que colaboró en la revista Nuestra Época, de Carlos Mariátegui, marxista peruano, no es nada nuevo. Escribir, digamos, que fue encarcelado durante ciento doce días, acusado de robo e incendio en una revuelta popular en Trujillo, podría servir para una tarea escolar. Recordar que murió en la miseria sería insistir sobre lo mismo cuando, además, ese es el destino de casi todos los poetas, ¿o no?

Podría, interpretando el vano papel de erudito, citar los versos de Gerardo Diego sobre Vallejo. Aquí están: “Naciste en un cementerio de palabras / una noche en que los esqueletos de todos los verbos intransitivos / proclamaban la huelga del te quiero para siempre siempre…”. Podría, también, con inutilidad, traer las palabras de algún crítico, cuyo nombre no puedo recordar, pero que, alguna vez, anoté en un cuaderno de tareas: “No hay en toda América una voz lírica como la de Vallejo, henchida de ese sufrimiento humano, de esa pasión amarga, de esa hondura telúrica y metafísica que es el trasfondo del ser americano”. Quizá nada de lo anterior me sirva para conjugar el verbo vallejar.

La voz de Vallejo, arcana, esencial, sigue perteneciendo al futuro. Tiempo póstumo el suyo. Destinado por los dioses a perdurar. Viaja a lo venidero. A esa situación descomún la llaman inmortalidad. La voz del poeta comenzó a resonar tras la posguerra, cuando ya él había muerto “en París con aguacero”. Y sucede, para regocijo de los espíritus, que cada vez se está oyendo en todas partes. Desacralizándolo un poco, uno puede leerlo en el bus, en una acera, tendido en la gramilla con la cara al cielo, en una esquina. En la cama.

Hoy quiero vallejar. Tal vez porque “hay ganas de… no tener ganas, Señor”, o porque se cumple algún aniversario vallejuno, o porque simplemente me da la gana, señor poeta. ¿Y por qué no hablar de aquel hombre cuyo lenguaje, como alguien inteligentemente expresó, siempre es naciente como niños en vientre de plazo cumplido?

Hoy, por ejemplo, quiero hablar un poco de Trilce, el libro más revolucionario del poeta, en el cual rebasó a todas las vanguardias. Escrito casi todo cuando Vallejo se hospedaba obligatoriamente en la cárcel. Trilce (palabra que no significa nada, es puro sonido, música) renovó, en 1922, la forma de decir poesía. En rigor, no estoy diciendo nada distinto —ni distante— a lo antes anunciado por otros. Roberto Fernández Retamar señaló alguna vez que esa creación “es sin la menor duda el libro mayor de la vanguardia poética en nuestro idioma”.

Vallejo bautizó así su alucinador libro porque, según dijo, no encontró en el idioma ninguna palabra “con dignidad de título”, entonces tuvo que inventarla. Y en Trilce hay, si así puede denominarse, una serie de invenciones verbales necesarias. Solo de tal modo el poeta podía expresar con exactitud su pensamiento, sus sentires. Hay, para ilustración, versos de este tenor: “El establo está divinamente meado / y excrementido por la vaca inocente”. “Ese hombre mostachoso…” “Y a la ternurosa avestruz”. “Gallos cancionan escarbando en vano”.

Asimismo, en Trilce (ninguno de sus setenta y siete poemas está titulado, solo nomenclados con números romanos), uno encuentra combinaciones de maravilla, insólitas metáforas, sugestivas oposiciones. Y todo sin excesos verbales. “Estoy cribando mis cariños más puros / estoy ejeando ¿no oyes jadear la sonda?”. “Amanece lloviendo. Bien peinada / la mañana chorrea el pelo fino”. A Vallejo, en una búsqueda intensa, se le ocurre decir, por ejemplo, “el grillo del tedio”, “pegando grittttos”, “ciliado archipiélago, te desilas a fondo”.

En Trilce también sorprende la obsesión del poeta por la precisa adjetivación, por desechar lo que no es imprescindible. La lucha contra el ripio. Sobre tal particularidad, Vallejo dijo, en 1931, en una entrevista en el periódico Heraldo de Madrid, que “la precisión me interesa hasta la obsesión. Si usted me preguntara cuál es mi mayor aspiración en estos momentos, no podría decirle más que esto: la eliminación de toda palabra de existencia accesoria, la expresión pura, que hoy mejor que nunca habría que buscarla en los sustantivos y en los verbos… ¡ya que no se puede renunciar a las palabras!”.

En el comienzo del poema VII (podría ser también en cualquier otro), se nota, con creces, la milimetría de las palabras. La suficiencia de las mismas:

Rumbé sin novedad por la veteada calle
que yo me sé. Todo sin novedad,
de veras. Y fondeé hacia cosas así,
y fui pasado.
Con Trilce, Vallejo superó a los llamados vanguardistas de entonces, que utilizaban en sus creaciones elementos (palabras) de los avances tecnológicos, pero, en síntesis, sin decir nada. En 1926, el peruano sentó su posición sobre lo que él creía debía ser la poesía de vanguardia: “Poesía nueva ha dado en llamarse a los versos cuyo léxico está formado de las palabras cinema, motor, caballo de fuerza, avión, radio, jazzband, telegrafía sin hilos, y, en general, de todas las voces de las ciencias e industrias contemporáneas… Pero no hay que olvidarse que esto no es poesía nueva ni antigua, ni nada. Los materiales artísticos que ofrece la vida moderna, han de ser asimilados por el espíritu y convertidos en sensibilidad. El telégrafo sin hilos, por ejemplo, está destinado más que a hacernos decir telégrafo sin hilos, a despertar nuevos temples nerviosos, profundas perspicacias sentimentales, ampliando vivencias y comprensiones y densificando el amor…”.

En esa explosión de palabras, con fondos sinfónicos, llamada Trilce a Vallejo le preocupan (como en sus demás libros) el tiempo y la infancia y la cárcel y la melancolía, pero la forma de decirlos es, fuera de revolucionaria, más honda, según me parece. Por ejemplo, “Canta el verano y en aquellas paredes / endulzadas de marzo, / lloriquea, gusanea la arácnida acuarela / de la melancolía”.

Por otra parte, asombra en Vallejo su capacidad profética. Su querer morir, según lo vaticina en su “poema humano” Piedra negra sobre una piedra blanca, un jueves de aguacero en París, la ciudad de la cual una vez lo habían expulsado por asuntos políticos. “Jueves será, porque hoy, jueves, que proso / estos versos, los húmeros me he puesto / a la mala y, jamás como hoy, me he vuelto, / con todo mi camino, a verme solo”.

La agonía del poeta comenzó, en efecto, un jueves de lluviosa melancolía, en París. César Vallejo murió el 15 de abril de 1938. ¿Hasta dónde me alcanzará esta lluvia?, se preguntaba el universal peruano en el último poema de Trilce. La lluvia vallejiana, como su poesía, es perpetua. Dejemos que nos moje a todos.

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Los epitafios de Edgar Lee Masters

Por Reinaldo Spitaletta

Todos están muertos. Y se comunican a través de sus epitafios, de un modo dolido y bello. Están durmiendo en la colina el criminal y el asaltante, el juez y el navegante, el traficante y el ladrón. Trainor el boticario y Jones el indignado. También yacen para siempre el diácono y el procurador y un perro fiel y un médico. Muertos todos. Es curioso: no sueñan bajo tierra ni el barbero, ni el sastre, ni el zapatero remendón, ni el cuidador de garajes. Olvidados por el poeta, son como almas justas que escaparon del infierno y de la sospecha.

Todos están muertos. Vivieron en un imaginario pueblo, Spoon River, creado con prodigio por el poeta estadounidense Edgar Lee Masters, que alcanzó la inmortalidad con solo esa obra perturbadora: Antología de Spoon River. Lo demás que escribió, alimento para el olvido.

Pintando con brevedades, con palabras contadas a sus personajes amargos, frustrados, víctimas del amor y del odio, Masters logró una obra maestra de la literatura universal. Y con el recurso, por demás ingenioso, de interrelacionar epitafios, el poeta hace hablar a los pobladores de Spoon River más allá de la vida, más allá de los sueños, más allá del tiempo y del espacio. En la nada. En la muerte. Es poesía narrativa, con visos novelescos por la conexión que existe entre sus más de doscientos personajes.

Alberto Girri, escritor argentino, traductor de Masters en lengua castellana, dice que “la Antología de Spoon River es bastante más que un mero libro de poemas, original y profundo; literariamente, sus temas, ambiente y caracteres anticipan muchas facetas de la gran narrativa norteamericana…”. Lee Masters nació en Kansas, en 1869, vivió largos años en Illinois y murió en Pensilvania, a los 81 años.

La Antología está llena de inscripciones funerarias. En rigor, su escenario es una gran necrópolis. “¿Dónde están Ella, Mag, Lizzie y Edith, la de corazón sensible, la del alma simple, la vocinglera, la orgullosa, la feliz?”, se pregunta el poeta. Y aunque no hubiese respuesta, uno sabe que todas, todas están durmiendo en la colina.

En Spoon River se guardan sorpresas y maravillas. Se topa uno con el viejo Bill Piersol, “que se enriqueció traficando con los indios”, y con Robert Fulton Tanner, el ferretero que inventó una trampa para ratas, y se duele con su epitafio: “Pero un hombre nunca podrá vengarse de ese ogro monstruoso que es la vida”. En aquel cementerio enorme y ficticio están enterrados esperanzas, desasosiegos, suicidios, penas, desamores y los odios humanos y las bajas pasiones y la vanidad. La muerte, al fin y al cabo, lo cura todo.

Hay en esa creación poética una lucha contra el olvido. No transcurre el tiempo. Es ilusorio. Solo hay espacios para el reposo eterno. Hay también galardones para aquellos a los que, en vida, merecieron elogios, y, en muerte, solo desmemorias: “¿Cómo ocurrió, decidme, que ahora yazgo aquí, olvidado, ignorado, mientras Chase Henry, el borracho de la ciudad, tiene un pedestal de mármol, rematado por una urna en la cual la Naturaleza, por irónico capricho, ha sembrado césped en flor?”.

En Spoon River duermen ese sueño sin sueños el jefe de la policía y su asesino Jack McGuire, y el jugador de cartas “As” Shaw que pensaba que “todo es azar”, y un hombre que se escapó de su casa tras un circo, en persecución amorosa de la domadora de leones, y Jack el ciego, tocador de violín, y un hombre que quiso escribir una novela épica pero nunca tuvo tiempo.

En esa cama de silencio dormitan para siempre Sonia la rusa, y un poeta que escribió: “¿y qué es el amor sino una rosa que se marchita?”, y está la puta del pueblo, y Anthony Findlay que tenía como lema “es mejor ser temido que amado”, y un tipo inspirado en Las metamorfosis de Ovidio, y también, cómo no, el cincelador de epitafios.

Todos están muertos. El historiador que escribió sin conocer la verdad o que fue inducido a ocultarla, y el soldado que murió de balazos en las tripas, y Lucinda, cuyo epitafio reza, con dolorosa hermosura: “hace falta vida para amar la vida”. Todos están muertos. El ateo del pueblo también. Él aspiraba a la inmortalidad y supo, en la tumba, que “la inmortalidad no es un don, la inmortalidad es un logro”.

Edgar Lee Masters logró la inmortalidad hace tiempos. Sería interesante que usted, amigo lector, busque en la Antología de Spoon River un epitafio apropiado. Todavía tiene tiempo.

N.B. Mis viejas libretas siguen surtiéndome de historias. Esta nota sobre Edgar Lee Masters, la escribí en febrero de 1989.

Las balas de gonzaloarango

Por Reinaldo Spitaletta

 

Enarbolando su bandera de pirata, gonzaloarango, símbolo de irreverencia e iconoclasia, tuvo más de santo que de demonio, si así puede considerarse a alguien que, con sinceridad, luchó por ideales de justicia y de belleza. Y contra la bobaliconada de una sociedad hipócrita, de falsas (o dobles) morales. ¡Ah! y sobre todo de tartufos, unas veces de camándula y otras de fusil. O de banda presidencial, queridos compatriotas. Vista desde ahora, en un país de barbaries sin cuento y estructuras mafiosas, la irrupción nadaísta podría parecer el oficio de un grupo de querubines rebelados que se propuso espantar beatas y hacer esconder monjitas.

 

Sin embargo, a la luz de los tiempos del Frente Nacional y más de trescientos mil muertos de la Violencia, en medio de un ambiente de mojigatería y rosario de seis de la tarde, la prédica nadaísta era una suerte de pústula, un vómito en la cara del presidente y del mercader, un baldado de excrementos sobre el virginal país de la doblez, un escupitajo a la sacrosanta tradición y a las letras de cambio.

 

El nadaísmo -que no se propuso destruir el orden sino desacreditarlo- en esos días de inciensos fue más que “la menstruación de una gallina”, y más que “la Santísima Trinidad tomando su té en el Astor”, y mucho más que “una masturbación de monjes en comunidad”. Fue la réplica de una generación que no soportaba más el olor a mortecina del establecimiento, ni sus valores bursátiles, ni de esa patria boba, hoy más boba -y más violenta- que nunca.

 

Y gonzaloarango fue su profeta, su ángel de fuego. Y su Cristo (¿o su Anticristo?). Quizás sus posturas no fueron muy originales (¿qué es lo original?), y posiblemente hayan sido tomadas de otras latitudes, pero el ruido que armaron aquellos jóvenes autodenominados “geniales, locos y peligrosos” en el seno de la conventual provincia se erigió como un referente distinto, un llamado a la desobediencia y a la necesidad de insurrección.“Luchar por liberar al espíritu de la resignación”, decía su primer manifiesto.

 

El profeta (o “profetica”) de Andes sintetizó la contienda de los nuevos contra los viejos imaginarios, contra las obsoletas representaciones de un país sometido. Fue la suya -y la de sus adeptos- una actitud de búsqueda de lenguajes diferentes, la de desnudar las miserias nacionales desde una perspectiva literaria, poética, periodística. La palabra, provocadora de cataclismos e incendios.

 

Decir ahora que Santa Teresa era una mística lesbiana o decir que uno no es católico por respeto de sí mismo, y porque son católicos “Darío Echandía, José Gutiérrez Gómez, Fernando Gómez, Laureano Gómez…” no tendría ninguna gracia ni causaría ampollas; sería apenas una insulsa dicharachería. Pronunciarlo en aquellos sesentas, esparciendo azafétidas y yodoformo en un congreso de “escribanos católicos”, sí era un bombazo, un acto subversivo y emancipador. O, según algunas señoras, una muestra de muchachos groseros y malcriados. Todo según el color…

 

A los cuarenta años* del nacimiento del nadaísmo, gonzaloarango es el símbolo del despertar de un país narcotizado, plagado de sotanas y guerras intestinas; un símbolo del hombre que se resiste a ser grey y no permite ser absorbido por la mediocridad, ni por el unanimismo, ni se deja obnubilar por los cantos de sirena de los dueños del poder, ni por los oropeles del capitalismo.

 

A lo Fernando González (uno de sus inspiradores), enseñó caminando y así encontró su propio camino. “No llegar es también el cumplimiento de un destino”, dijo en 1958, tras haber sido un simpatizante del dictador Rojas Pinilla.

 

Fueron el profeta y sus compinches una especie de guerrilleros verbales, de insolentes muchachos que, con sus pataletas y emboscadas de palabras, alteraron la ritualidad y el tedio de la aldea. De pelado, en su pueblo natal, había fundado un centro literario con el nombre del Indio Uribe (otro irreverente) y dejado sus castidades gracias a la presencia y los buenos oficios de la damisela Rita Machuca.

 

Gonzaloarango (nacido el 18 de enero de 1931) se murió de “camionazo” (1976) cuando ya también se había esfumado el movimiento que creó. Le sobreviven, me parece, algunos reportajes (en particular, el de Cochise), varios poemas y manifiestos, uno que otro cuento, y prosas como Medellín a solas contigo (cuando por treinta centavos compraba quince minutos de paisaje) y Elegía a Desquite, pero, sobre todo, su actitud de hombre honesto, de santo que, a gritos, reveló verdades a un país de asesinos y mentirosos.


*(Artículo escrito en 1998, por el aniversario cuarenta del nadaísmo. Hoy lo traigo de nuevo, por el aniversario de nacimiento de Gonzalo Arango. Vale)

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Gonzalo Arango, fundador del nadaísmo

Los golpes de César Vallejo

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Los pueblos existen gracias a los poetas. Ellos son sus inventores, dadores de identidad. Ellos, tan audaces, se parecen a los dioses, sobre todo a aquellos que carecen de prepotencia. Creo que, por ejemplo, Antioquia existe gracias a Tomás Carrasquilla. Sin él, sin su literatura, que nos desnudó y nos mostró con vicios y virtudes (más los primeros que los últimos), no existiríamos.

 

Antes de que América Latina comenzara a tener noción de sí misma, cuando todavía no rompía con la mentalidad colonial española y caía con estrépito en la colonización de nuevo cuño de los Estados Unidos, un poeta nos puso a reflexionar desde nuestra perspectiva, nos mostró la luz, con sus conjuros nos reveló el mundo. Y rompió las cadenas.

 

Poesía es nombrar la tierra. O renombrarla. Darle otra manera de la respiración. Sirve, si vamos a ser utilitaristas, para encontrarnos con nosotros mismos. O, como lo hizo un peruano universal, para que no siguieran creyendo los potentados de otras coordenadas que América era aún un conglomerado de salvajes por redimir. O por civilizar.

 

Y en este punto surgen la figura y la voz de César Vallejo (Santiago de Chuco, 1892-París, 1938), aquel que quería morir en París con aguacero “un día del cual tengo ya el recuerdo”. Poeta del dolor y de las tristezas de un continente, pero, a su vez, del enaltecimiento del hombre, de aquel que es víctima, de ese otro al que le han quitado la palabra. Y la tierra.

 

La palabra de Vallejo logra resucitar cadáveres, le da un poder de resucitación a la masa, y, de otra parte, otorga a nuestra lengua nuevas sonoridades, incorpora nuevas palabras, como sucede, digamos, en su libro Trilce: “Rumbé sin novedad por la veteada calle / que yo me sé. Todo sin novedad, / de veras. Y fondeé hacia cosas así, / y fui pasado”.

 

Poeta de las cárceles y de la libertad, Vallejo nos golpea con su sentido de lo humano y de lo divino: “hay golpes en la vida tan fuertes… ¡Yo no sé! / Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos / la resaca de todo lo sufrido / se empozara en el alma… ¡Yo no sé!”.

 

La poesía lo es cuando renueva, cuando penetra en la sangre, cuando es capaz de hacer llover sangre hacia el cielo (¡ay, Miguel Hernández!), cuando es capaz de decir -como el inca- que el hombre es tierra que anda. Como nos hemos vuelto necrófilos hay que decir por qué diablos estamos escribiendo hoy sobre Vallejo. Puede ser porque aquel era un poeta que prosaba versos, o por un aniversario de su muerte, que no es muerte. Se murió en París un viernes santo, con un aguacero de palabras. O porque repasando estanterías he sacado otra vez un vetusto libro suyo y lo he abierto en cualquier página y su luz me ha conmovido y deslumbrado.

 

Cuentan que el médico de Vallejo, cuando el poeta estaba en sus postrimerías, dijo: “Este hombre se está muriendo y yo no sé de qué”. Se murió tal vez de mestizaje, de cierta melancolía o de acordarse sin remedio de haber nacido un día en que Dios estuvo enfermo. En realidad, de qué mueren los poetas. No falta el que lo consuma la tristeza tras haberle cantado a una humanidad autodestructiva. O el que se extingue tras ver caer tantos hombres en la guerra. Vallejo se murió de dolores, de dolores ajenos (como Discépolo, poeta de tango), porque sabía que -desgraciadamente- “el dolor crece en el mundo a cada rato”.

 

O como él lo escribiera de modo perturbador: (el dolor) “crece a treinta minutos por segundo, paso a paso, y la naturaleza del dolor es el dolor dos veces…”. El poeta, dotado de antenas, más sensible que el mortal humano, sabe que hay dolor en el pecho, en la cartera, en el vaso y la solapa y la carnicería. Y en la aritmética.

 

Presumía que había dolores en los tratados comerciales y en las transacciones bursátiles. Y hasta en el avaro que se deja crecer la panza, pero también las arcas. “Jamás, señor ministro de salud, fue la salud más mortal”: Que ni que estuviera hablando con algún ministril colombiano. Aquí la salud está cada vez más enferma. Gajes del nada poético neoliberalismo.

 

César Vallejo sufría solamente: “Yo no sufro este dolor como César Vallejo. Yo no me duelo ahora como artista, como hombre ni como simple ser vivo siquiera. Yo no sufro este dolor como católico, como mahometano ni como ateo. Hoy sufro solamente. Si no me llamara César Vallejo, también sufriría este mismo dolor”.

 

Vallejo supo de pobrezas y marginaciones, de adoloridas infancias, de subversiones poéticas. Ya en Europa sobrevivió con el periodismo y vivió, hacia adentro, de la poesía. “Todos los días amanezco a ciegas, a trabajar para vivir”.

 

La ventaja de los poetas es que se mueren para seguir viviendo, como el cadáver de Vallejo: todos los hombres de la tierra lo rodearon y el “cadáver triste, emocionado” se abrazó el primer hombre y echó a andar. ¿Vallejo nos sigue inventando? ¡Yo no sé!.

 

César Vallejo, poeta peruano y universal