La amarga polifonía de El amor en grupo

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                                                                                                                     Homenaje a Gonzalo Arango, óleo de Omar Garratz

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

 

  1. Introito sin boato y con beatos

 

Digamos que Gonzalo Arango, que al despuntar la década del cincuenta se dejó venir de Andes a Medellín, no tenía el talento “típico” de los antioqueños de conseguir plata, sino una inclinación por las palabras, la inteligencia y las relaciones públicas a su manera. Ese muchacho de endeble figura, que asistió a la de Antioquia a clases de Derecho, va a publicar en 1958, cuando ya el Frente Nacional, esa suerte de dictadura liberal-conservadora estaba sacando la cabeza del huevo (huevo de la serpiente), el primer manifiesto nadaísta con el que se proponía una revolución en aquella Colombia bañada en sangre, sobre todo en los campos, por la Violencia bipartidista.

 

En aquel “panfleto”, que con mucha dificultad se imprimió en la Tipografía y Papelería Amistad Ltda., de Medellín, con referencias al surrealismo, a Sartre, a Breton, a Kafka, hay un llamado al ejercicio de la belleza, de la poesía y la vitalidad en la creación. Sobre la prosa, el profeta de un movimiento que se dedicaría, en especial, a espantar beatas y seminaristas con sus escándalos y poses de irreverencia, dijo: “En la prosa Nadaísta hay que buscar contrastes tonos, de colores, de significados de expresión; los mismos efectos que buscan las artes plásticas y la música para producir sensaciones no contenidas en la realidad del mundo visible y de las formas”.

 

Por esos días, Medellín, la de las chimeneas industriales y los nuevos habitantes llegados de lejos, de los campos asolados por la violencia, tenía en las juventudes dos tendencias en boga: la de los “cocacolos”, muchachos de clase media que despuntaban en sus primeras conquistas con el rock and roll, y los camajanes, de barriadas obreras y populares, que eran una suerte de contestación a los valores tradicionales, a las vestimentas y hasta las maneras de caminar, el de ellos con bamboleo y tumbao. El camaján, aparte de su ropaje estrafalario, era un bailarín de categoría, un seguidor de Daniel Santos y la Sonora Matancera y escuchador de tangos de arrabal.

 

Hay una suerte de anquilosamiento cultural, según la visión de gonzaloarango, que en el manifiesto primero formula una crítica a posiciones cómodas. Alrededor del oficiante, del nuevo sacerdote, el que había aprovechado su angustia existencial en búsquedas de nuevos caminos, aparecieron Humberto Navarro (alias Cachifo), Darío Lemos, Eduardo Escobar, Amílkar Osorio y otros. El nacimiento del nadaísmo, con influjo de Fernando González, en particular del Libro de los viajes o de las presencias, es una posibilidad de un conglomerado de jóvenes que combina, al decir de Antonio Restrepo, anarquismo y existencialismo emocionales, sin casi ninguna base teórica, de aparecer y hacerse notar como críticos de un sistema pútrido y caduco.

 

Autocalificada por Arango como la Generación de la Amenaza, también se propuso una revolución estética, que atacara esnobismos y se basara en asuntos propios. En este sentido, va a ser Humberto Navarro, quien, años después del primer manifiesto del nadaísmo, escribirá una novela experimental, en lo que pudiera ser una “biografía” del movimiento, con una estructura fragmentada, tal vez con influjos de la Nouveau roman francesa y con ecos de la generación Beat.

 

La aventura del nadaísmo, que incluye, entre tantos escándalos e invectivas, los atentados contra el congreso de escritores (escribanos, según el manifiesto que distribuyeron) católicos, al que sabotearon con asafétida, y el atentado durante la Gran Misión, en la catedral metropolitana, en la que se “ensañaron” contra las “sagradas formas”, contempla experiencias de “muchachos malcriados” que buscaban identidad y modos de ser distintos a los de la parroquia de entonces.

 

En el primer manifiesto, Arango, una especie de nuevo pontífice con devotos y sacristanes, dice cómo debe ser la prosa nadaísta: “La prosa no puede seguir siendo un cuerpo de palabras organizadas en un conjunto racional y comprensible. Hay que darle una desvertebración irracional”.

 

Tal vez Cachifo, en sus novelas, asumió esta posición. Y es lo que, grosso modo, veremos a continuación en una de ellas: El amor en grupo.

 

  1. Banda sonora y ácido lisérgico

 

El amor en grupo, de Humberto Navarro, con el subtítulo de La onírica y veraz anécdota del Nadaísmo, en una nueva edición de cuatro fondos editoriales universitarios de Medellín, acerca a las nuevas generaciones al fenómeno cultural de aquellos muchachos que alguna vez se creyeron “locos, geniales y peligrosos”. El único novelista que dio el movimiento demuestra en esta obra sus conocimientos musicales, su acercamiento a calles y situaciones de ciudades como Medellín y Bogotá, su poliglotismo y el buen oído para hacer una prosa que suene con armonía.

 

Mario Escobar Velásquez escribió alguna vez que “la vida misma de Navarro es quizá la más magistral de sus novelas”. Y, en efecto, la parábola vital de este escritor, nacido en Medellín en 1931, es un cúmulo de aventuras, sinsabores, peripecias, algunas de las cuales se pueden leer en la semblanza que hizo su esposa Graciela Perdomo (La eterna mudanza, de Ediciones Unaula), en la que se aprecia a un hombre que deambula, que pasa las de “san Patricio”, que vive en una perenne angustia existencial, en una búsqueda permanente de formas expresivas.

 

No es El amor en grupo una novela de corte tradicional. Ni siquiera se puede decir de ella que cuente una historia, que tenga, a la vieja usanza, un argumento. Es una especie de rompecabezas, de estado fragmentado, en el que hay voces, y en la que discurren personajes que son parte de los nadaístas, con nombres cambiados la mayoría y en la que el lector debe tener paciencia. Es, por lo demás, una obra con música interior.

 

La banda sonora de El amor en grupo discurre con sonidos de Rachmaninoff, Carl Orff, blues, jazz, Scarlatti, Bach, Mozart, y así como se puede topar con Saint Louis Blues y Caravana, es probable que, en otros ámbitos, el de la poesía y la literatura, aparezcan Saint-John Perse (Nobel 1960) y Baudelaire, o un regodeo con el Cándido de Voltaire, una sátira contra “el mejor de los mundos posibles”.

 

En esta novela de fragmentaciones y espejos rotos, hay recorridos por míticos bares del centro de Medellín, como el Metropol, y por calles del barrio más vibrante que tuvo la ciudad, con sus fiestas nocturnas y aventuras de cama, como Lovaina. Hay, además, varios narradores y momentos en que la narración se hace en futuro, como si se tratara de un escrito profético: “Entonces comeremos, tomaríamos un bus, pensaremos en la mejor manera de hacerlo. Fumaremos, pero no mucho. Pondríamos los discos en al radiola, roída y manoseada. Subiremos a los mangos, a los naranjos…”.

 

Digamos, por qué no, que es una novela escrita en clave. En clave de nadaístas, de años sesenta, de ácido lisérgico, de Antonio Larrota (el fundador del grupo guerrillero urbano Moec), de Guayaquil y algún tango de Julio Sosa. Es una fiesta de palabras, de prosa que se distancia de lo tradicional. ¿“Qué vale más, puesto en la balanza, una arroba de café colombiano o un buen poema de Rilke?

 

Sí, claro. Hay surrealismo. Y aullido de perros. Y de nuevo, como para que no se olvide, extractos de manifiestos, de algazaras y rituales blasfemos, contra los escribanos católicos, contra la Gran Misión, y puede aparecer la catedral de Villanueva en llamas, porque un grupo de patanes, o de sacrílegos, o de provocadores, en fin, se burló de las hostias consagradas. “Ustedes que son tan versados en Sagradas Escrituras, ¿no han leído en un versículo del Apocalipsis que Dios se ahogó en el diluvio universal y que su cadáver aún no ha sido rescatado por los bomberos?”.

 

Es esta novela un canto a la vitalidad de la juventud, a los sueños, a los tiempos en que hubo gente que abrazó la nada, los excesos, el frenesí de los espejismos de la droga y el alcohol. “Tratemos de ser valientes sobre la carne del incesto; sobre la belfaza de la bestia, al rutilante filo de la luna que comienza a inundarnos. Tamarindos a la luz de los faroles de hierro forjado”.

 

Es una aventura de la esquizofrenia, de la paranoia, de los alaridos, para dejar una constancia de una utopía: la de jóvenes que aspiraron a vivir con intensidad en una parroquia que se tapaba ojos y oídos ante la novedad, sobre todo si esta era para alborotar el orden y el provincianismo. Ahí está Gonzalo Arango “temperando” en la cárcel La Ladera, donde “la primera noche soñó con enanos y transformistas, con peces de colores y auroras boreales”.

 

Los nadaístas, al principio de su aventura nada silenciosa, eran observados como tipos de otro planeta, desadaptados, tanto que no faltaron los que quisieron darles plomo y excomuniones. Después, se los tragó el sistema. En un apartado de El amor en grupo, se puede leer en tono epistolar: “¡Qué lástima! Esta gente se acostumbró a nosotros. Ya no nos hijueputean por Junín y ni siquiera nos miran como a los monumentos que éramos (…) A ciertos, como habrás podido comprobar, ya no les falta sino escribir recetas de cocina”.

 

Cachifo escribe una novela urbana, amarga, testimonial, en un medio que, como advirtiera Alberto Aguirre, “apestaba todavía a boñiga”. En 335 páginas (que tiene la nueva edición de Unaula, Universidad de Medellín, Universidad Pontificia Bolivariana y Eafit), hay una memoria de ciudad y un mosaico de planos temporales y espaciales que puede hacer que algunos no resistan el viaje.

 

En El amor en grupo, cuya primera edición la publicó en Argentina Carlos Lohlé Editores, en 1974, es posible escuchar a Glenn Miller y su Moon Light Serenade, o a Johan Sibelius y su Finlandia. Pero, a su vez, hay músicas de infancia y un recuerdo de navidad, quizá una de las más bellas imágenes que en esta obra aparecen. La de un “globito de vidrio”, de los que antes se usaban para ornamentar los árboles navideños, de un azul pálido brillante. “Para mí, no sé por qué, condensaba todo aquello que de hermoso podía tener el universo. Encerraba la maravilla misma”. Después, vendrá el drama, el llanto por el vacío y unos pedacitos azules que reflejan una cara de niño que llora.

 

Cachifo, que escribió, además, novelas como Alguien muere al grito de la garza y Juego de espejos, entre otras, murió en 2003, en Bogotá, y lo enterraron en Cogua, Cundinamarca.  Según su viuda, Graciela Perdomo, el epitafio que él quería rezaba así: “Aquí yace Cachifo, el antioqueñón, haciéndose el güevón”.

 

 

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Mientras agonizo, una polifonía trágica

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Por Reinaldo Spitaletta

 

“Mi madre es un pez”, dice Vardaman. Mi madre es una adúltera, es una mujer que se preparó toda su vida para pasar mucho tiempo muerta, para cobrar una suerte de venganza ¿contra quién? Tal vez contra ella misma, o contra su marido, al cual engañó con un reverendo; mi madre es una figura que está entre el odio y la desesperanza, y ni muerta deja tranquilos a sus cinco hijos, y, menos aún, a su marido, un pobre blanco cornudo. Ni tampoco a su padre, al que odiaba, y junto al cual la deben enterrar.

 

Mientras agonizo, tal vez la más lograda obra de William Faulkner, una polifonía trágica, es un novela in crescendo, novela de río crecido e incendio, con 59 monólogos interiores (o discurso sin auditorio), esos mismos que inventó Joyce, y que ya el novelista estadounidense había ensayado en El Sonido y la Furia (1929).

 

Una novela de voces, de voces mudas, de voces que gritan en un silencio de desamparo. La anécdota es, quizá, lo de menos. El tema: la muerte de mamá, de Addie Bundren. El desarrollo: una estructura de tragedia griega, con una familia predestinada al padecimiento, a su destrucción, a una disolución lenta pero imparable. Es novela de música coral. La historia es cercada por narradores interiores. Avanza y retrocede, sin dejar cabo suelto, creando en el lector interés permanente, no se puede abandonar su lectura. Novela, corta novela, que puede dejar sin respiración al que en ella se embarca. Ya lo dijo alguien, no sé quién: “Mientras agonizo se lee de una sentada. Lo que cuesta después, al terminarla, es ponerse de pie”.

 

Dice Harold Bloom (¿Cómo leer y por qué?) que de todas las novelas estadounidenses del siglo XX la de comienzo más brillante es Mientras agonizo. Se inicia con un monólogo de Darl mientras camina con su hermano Jewell, al que odia a muerte, a la casa donde está agonizando Addie, la mamá. Desde el principio, Faulkner establece un ambiente y un contexto social:

“Jewel y yo subimos del campo, siguiendo el sendero en fila india. Aunque voy quince pies delante de él, cualquiera que nos observe desde la casa de algodón podrá ver el maltrecho sombrero de paja que usa Jewel, toda una cabeza por encima de la mía.

 

“El sendero va recto como una plomada, los pies lo han gastado hasta la suavidad y lo cocina julio como a ladrillo, entre las verdes hileras de algodón, hacia la casa de algodón en el centro del campo, donde gira y rodea la casa de algodón marcando cuatro suaves ángulos rectos, volviendo a cruzar el campo, así gastado por pies, así precisamente desdibujado.

 

“La casa de algodón está hecha de troncos rústicos de los cuales hace ya tiempo que cayó el tartajeado. Cuadrada, con el tejado de agua roto, yace vacua y temblorosamente dilapidada bajo la luz del sol una sola ventana ancha en las dos paredes opuestas que dan a las entradas del sendero. Cuando la alcanzamos doy la vuelta y sigo el sendero que rodea la casa. Jewel, quince pies tras mío, mirando hacia delante, entra por la ventana de un solo paso”.

 

Sí, en efecto, hay en la descripción de ambientes una especie de cinematografía, un privilegio de las imágenes, pero, a su vez, una precisión geométrica. Y son los primeros brochazos en el interior de la mente de Darl, el personaje más lúcido, racional e intuitivo de la obra, cuyo final es la inmersión en la locura, en un alejamiento de su mundo. En este comienzo el novelista instaura los términos fundamentales entre Darl y Jewel, principal fuente de tensión en esta también denominada “crónica familiar” de Faulkner.

 

Más adelante, el sensible Darl escucha la sierra de Cash, otro de sus hermanos, que construye el ataúd de Addie y dice: “Qué buen carpintero es Cash. Addie Bundren no podría desear uno mejor, ni una caja mejor en que descansar”. Claro. Es que él sabe que su madre no lo quiere, y es que en esta obra hay una ruptura con la figura materna, una lucha contra ella. Ya no es la unificadora de la familia. Es, de una manera atroz, la que aporta a su disolución. Ella, Addie, tal vez asumió muy en serio lo que decía su padre acerca de que la razón para vivir es prepararse para estar muerto durante mucho tiempo.

 

Y en esa preparación para la oscuridad, o para el olvido, arrasó con sus hijos y aun con Anse, su marido, que, puede ser, al final de cuentas, el único que resulta victorioso del derrumbamiento de catástrofe de su familia: reemplaza a Addie y consigue dentadura nueva y, además, un gramófono. Sin embargo, Anse resulta tan destructivo y egoísta como su mujer, sin desarrollar suficientemente en su personalidad rasgos de cinismo.

 

Addie, representación de la vida como agonía, como una calistenia rígida para estar mucho tiempo muerto, tiene una última voluntad que es, en rigor, la que moverá toda la novela y la precipitación de su familia en una vorágine de angustias y disturbios. Pide que la entierren en Jefferson, un pueblo lejano de su lugar de habitación, el condado de Yoknapatawpha, ese pueblo inventado por la creatividad de Faulkner.

 

Así, esa familia de blancos pobres del Mississippi, blancos denostados que viven como negros, comienza una travesía, más bien una embarazosa epopeya, para transportar el cadáver hasta su morada final. Y todos aceptan, sin oposiciones evidentes, la petición de Addie. Uno, como Cash, el mayor, porque tendrá la ocasión de demostrar sus dotes de artesano. Su obra maestra, el ataúd, una caja en forma de reloj de pared, de la cual se sentirá orgulloso; la muchacha, Dewey Dell, para aprovechar el vieja mortuorio para abortar; Jewel, el bastardo, para demostrar su autonomía y, asimismo, devolver el cariño que su madre le prodigó con especialidad; Vardaman, el menor, para conseguir un tren de colores, y, como ya se dijo, Anse para conseguir una sustituta. Darl, en su rara inteligencia, es, quizás, el único sin una motivación especial para emprender el largo viaje; para él es una inutilidad, por eso quema el granero y opone resistencias frente al río que se interpone con su furia entre ellos y el camino a Jefferson.

 

Narrada con una técnica novedosa, Faulkner dijo alguna vez que solo pensó en todas las catástrofes naturales que pueden ocurrirle a una familia y “dejé que ocurrieran”. En su fondo, la novela, que maneja una anécdota simple, sin pretensiones, es un montaje, una artesanía eficaz de técnicas, con una forma que parece, en ocasiones, lindar con lo épico. En Mientras agonizo, como en otras obras del Nobel norteamericano, resuenan tonalidades bíblicas del Viejo Testamento, como también de jornadas históricas, homéricas, como cuando se narran mitos o leyendas, o, tal vez, enormes batallas.

 

El entierro de Addie es, en sí mismo, una especie de combate, en el cual hay que vencer caminos, ríos, gallinazos, la podredumbre del cadáver, el prejuicio de los que van apareciendo en cada jornada. Todos los obstáculos deben ser vencidos para cumplir con la última voluntad de aquella muerta, a la cual Faulkner pone a hablar, no muy largamente, acerca de su pequeña historia, de sus frustraciones y desacatos. Y el cortejo fúnebre es guiado por su esposo e hijos, y conducirlo hasta Jefferson es una aventura triste.

 

Cash, el carpintero, cuida su obra maestra y hasta siente orgullo de ella. Darl, con asomos de demencia y dotes proféticas, es un contrapunto tenaz de Jewel, el hijo adulterino de Addie y el reverendo Whitfield; y Vardaman, el benjamín, que a veces, por su lenguaje, parecería un retrasado mental. Ah, claro, y Dewey Dell, de diecisiete años de edad, con un vientre crecido, producto de sus amores secretos con un recolector de algodón. Y el jefe de los funerales, Anse. Todos rumbo a una disolución, porque, más que las catástrofes naturales, son las que se presentan en la familia, que supera el diluvio y el fuego, pero no su caída.

 

En Mientras agonizo, novela en la que la ironía es parte de su composición, se encuentran tonos épicos, pero también shakesperianos, sobre todo en el personaje de Darl, un hombre que lucha con su identidad, tal como se aprecia en el final de uno de sus monólogos: “Y puesto que el sueño es no ser y la lluvia y el viento son que-fueron, el carro no es. Sin embargo, el carro es, pues si el carro es fue, Addie Bundren no sería. Y Jewel es, de forma que Addie Bundren tiene que ser. Y entonces, yo tengo que ser, pues si no, yo no podría vaciarme para dormir en una habitación extraña. Así que si yo no estoy vacío todavía es que yo soy”.

 

En realidad, en esta obra el personaje que sufre una transformación a fondo es Darl; es un tipo sensible, lleno de dudas e inquietudes frente al paisaje, frente al mundo y, en particular, frente a la condición humana. Parece andar siempre en la cuerda floja, porque, además, es, dada su sensibilidad, el hombre que sabe todo acerca de su familia. Siente desprecio por su madre y por eso intenta suspender la odisea de llevarla hasta Jefferson. Ese ataúd perseguido por buitres hay que destruirlo. Falla en el intento y, con ello, le da categoría de héroe al jinete Jewel. Él sabe que Jewel no es hijo de su padre, de Anse, y conoce lo del embarazo de su hermana y de sus deseos abortivos. Intuye, además, que él ya no será más, que aquel viaje tortuoso acompañando un cadáver cada vez más pútrido, le significará un alejamiento, una caída interior a un abismo interior.

 

En Mientras agonizo la poesía está, más que en las palabras, en los hechos que éstas nombran, y la poesía, en este caso, es Darl, al que muchos críticos han visto como el alter ego de Faulkner. Es la novela del fracaso de una familia, un fracaso que venía desde la vida de la madre y que aumenta y se desata con su muerte. La madre pez, la madre que parece vivir en su ataúd nuevo, al cual Vardaman le abre orificios para que ella respire.

 

Novela de muchos puntos de vista, gracias a que cada narrador ve la historia de un modo diferente, Mientras agonizo es un melancólico canto, un canto obsesivo a la destrucción de un núcleo familiar, pero más aún, al fracaso del hombre, atormentado por la naturaleza y por su condición de desamparo. En medio de todo el derrumbe, es probable que el único vencedor haya sido Anse, al que la muerte de su mujer lo conduce a cambiar dientes, a tener nueva compañera y a poder escuchar música en un gramófono. Y aquí valdría la pena citar algunas palabras del escritor en su discurso al recibir el Nobel de Literatura: “Creo que el hombre no solo perdurará sino que prevalecerá. Él es inmortal no porque sea el único entre las criaturas que tiene una voz inextinguible, sino porque tiene un alma, un espíritu capaz de compasión y sacrificio y perseverancia”.

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