Del portacomidas a las “cocas”

Por Reinaldo Spitaletta

El artefacto daba para la especulación, cuando, por la calle, veíamos pasar a alguien, generalmente una muchacha o una señora, con caminar cuidadoso y llevando en una mano bien agarrado el portacomidas. ¿Qué habrá ahí?, se preguntaba cualquiera que a distancia olfateaba el aire y movía la nariz como si fuera la de un conejo.

—Debe ser sancocho —anotaba alguno, mientras mantenía fija la vista más que en su portador en lo portado.

—No, me huele a seco con tajadas de plátano maduro y carne frita —apuntaba otra voz.

—Nada, no aciertan media, muchachos. Lleva mazamorra, fríjoles, chicharrón y ensalada de repollo y zanahoria.

—Vaya, pues, qué tremendo adivinador sos vos en cuanto a la ensalada, si esa es la única que saben hacer por aquí las señoras: puro repollo y zanahoria rallada. Qué falta de imaginación.

Eran días de obreros en bicicleta, de chimeneas y pitos de fábricas, de termos en las casas para los madrugadores, de gente que trabajaba en almacenes y otros comercios, en pequeños talleres de oficios diversos. Sí, era una cotidianidad con olores a algodón crudo, a carrileras calientes, a brea. Bello tenía tierra amarilla y sus calles todavía no estaban bien asfaltadas. Es más: muchas eran destapadas. Y en el paisaje del mediodía se veían atravesar por esas callejas a las damas de los portacomidas, casi siempre de peltre o de aluminio, muy limpios y brillantes.

A un lado de la agarradera, se encajaban los cubiertos. Creo que esas mujeres iban con orgullo a llevar el almuerzo a su marido, a su papá, a su hermano. El paisaje era, a veces, alterado en ese aspecto, por algunas bicicletas que en el cuadro tenían,  además del portacaramañolas, uno adecuado para el termo. Eran termos plateados y casi siempre eran trabajadores textileros los que los llevaban. Daban la impresión de consumir mucha energía. Y uno pensaba que trabajar en una fábrica era como una especie de esclavitud o de estar encarcelado por turnos.

El portacomidas hacía parte de lo común y corriente. No había por qué ponerse tan “mosca” cuando se observaba el paso de los que lo llevaban, pero los muchachos de entonces, “patos” de esquina y acera, éramos curiosos, dados al chismorreo y a la dulzura del no hacer nada. Y tal vez por eso, se  tornaba como una diversión el adivinar (en últimas nunca sabíamos qué iba adentro) qué viandas guardaba el utensilio. “Debe de ser pura aguapanela y arroz en masato”, decía alguno. “Y también tajadas de papa y arepa quemada”, se escuchaba conjeturar a otro.

No sé cuándo se perdió del paisaje urbano aquel pasar de gentes con portacomidas al mediodía. Y el mundo se volvió más veloz, tanto que parecía que ya nadie podía ir a almorzar a su casa, ni repetir el ritual diario del encuentro en una mesa de comedor, con conversa y otras amenidades. Los portacomidas, que eran un trasto de emergencia, ya habían roto ciertas rutinas domésticas y la hora del almuerzo ya no era tan familiar. Después fue peor.

En las oficinas olía a almuerzo al mediodía. Los trabajadores y hasta los ejecutivos llevaban, en vez de los clásicos portacomidas, las “cocas” o recipientes casi todos plásticos, con comida que más parecía una manera de los fiambres de paseos del ayer. La diferencia estaba en que éstos iban envueltos en hojas de biao o de plátano. Y las cocas se impusieron. Los ritmos del trabajo individualizaron al comensal. No era hora para intercambios, nada de dos horas para almorzar, que la productividad os espera, queridos autómatas, robots de la modernidad.

Y no solo en las oficinas y factorías la coca se volvió paisaje. También en las universidades, incluidas algunas de estratos de tacón alto. Aparecieron en pasillo y cocinetas los calentadores microondas, y a la hora del almuerzo, todo es una revoltura de olores a yuca y papa, a arroz y carne desmechada. Y los que no llevan la coca, entonces acuden a la hamburguesa y otras rapideces que ni siquiera se pueden degustar, ni menos socializar en una charla con el otro.

Los portacomidas eran tan usuales, que el imaginario popular bautizó un edificio central de Medellín, en la Plazuela Nutibara, como El Portacomidas, y ya nadie lo volvió a llamar por su nombre, mejor dicho, por sus apellidos: Álvarez Santamaría. Y así se quedó, con el apelativo. Un día le dije a un profesor que ya los pelados no entendían aquella palabra, porque, además, no conocieron el utensilio. Su cultura es la de la coca. Y entonces hizo la prueba. En un recorrido por la zona, les habló del edificio a sus estudiantes, y ninguno entendió el nombre (“¿Portacomidas? ¿Qué es eso?”).

En casa hubo un portacomidas, de cuatro puestos, más como una curiosidad que por necesidad. Casi nunca se utilizaba. Era blanco, de peltre, impecable siempre. Sin embargo, el desuso lo envejeció y terminó en algún rincón de olvidos, quizá añorando que pudiera alguien sacarlo a pasear. La única manera de sentir el contacto humano era cuando mamá lo limpiaba o lavaba, para desempolvarlo. Y a diferencia del trasto abandonado, el termo sí era una presencia con más conexiones. Hubo varios en distintos tiempos. Tamaño grande, con exteriores brillantes, pinturas luminosas y de colores fuertes. Uno de ellos, cuando su interior se desbarató (que por dentro eran de un plateado rutilante) terminó como guacharaca o güiro, y en diciembre nos hacía compañía en las tocatas de canciones tropicales, raspando sus ranuras y salientes con un tenedor.

Quizá esta crónica sobre los portacomidas se me ha ocurrido hoy, cuando iba caminando esta mañana por una calle del barrio La Toma (un barrio disminuido a su mínima expresión por el parque Bicentenario y el Museo de la Memoria, y por otros olvidos) y vi en una acera a un señor con una coca con comida. No era la hora del almuerzo, sino del desayuno. Y comprendí con pesar que también estos plásticos se apoderaron de lo que el pueblo llama “el primer golpe”. Y al recuerdo llegaron en sucesión de imágenes las señoras y las muchachas que, hace años, discurrían por las calles con un portacomidas de mediodía.

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