Profesores de las días felices (3)

Don Parmenio o la historia contada

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Nunca supe por qué don Parmenio dejó de dictarnos Historia Universal, que en rigor era solo de Grecia y Roma, y algo de las viejas culturas asiáticas, en el liceo nocturno Francisco Antonio Zea. De pronto, no volvió y nosotros, los alumnos de edades desiguales (había adolescentes y adultos) quedamos con un vacío existencial, con la espada de Damocles sobre nuestra cabeza, con la sorpresa de los troyanos cuando del enorme caballo emergieron soldados griegos para exterminarlos, con las ruinas de Palmira y los templos babilónicos en decadencia, porque aquel señor, alto, trigueño, pelinegro y de voz emocionada cuando se metía en los personajes históricos y mitológicos, con su ausencia nos había dejado sin habla y con la imaginación rota.

 

Con ese nombre (que no requería apellido) no podía dictar sino Historia. O Filosofía. Tenía la capacidad de hacernos ver lo que él relataba. Así, nos hizo vibrar con Nabucodonosor, con las barbas de los asirios, con la crueldad de los hititas y nos condujo por los laberintos de las grafías egipcias y llegó a mencionarnos la más vieja epopeya del mundo: la de Gilgamesh. Era capaz de hacernos transitar por remotos caminos empedrados y explicar con dibujitos en el tablero la escritura cuneiforme.

 

Por aquellos días, en que nos dejábamos crecer el cabello y todavía resonaban el twist y ritmos de la llamada Nueva Ola, como un rumor lejano nos llegó la noticia de que habían asesinado a un líder negro norteamericano, asunto al que no le prestamos atención, ni tampoco el profesor nos dio referencias. Del mayo francés nos enteramos mucho tiempo después, porque nuestro mundo cotidiano se interesaba más en escuchar programas juveniles y radionovelas de aventuras, sentarnos en las esquinas a ver pasar muchachas y explorar los efectos de la coca-cola con pastillas delirantes, que en los acontecimientos contemporáneos. Ni siquiera los bombardeos norteamericanos contra poblaciones civiles vietnamitas nos despertaron de la embriaguez de la adolescencia.

 

Pero lo que sí nos ponía a viajar por pasados distantes era la clase de don Parmenio, dos veces a la semana, a las ocho y treinta de la noche, después de un recreo, en el cual algunos muchachos aprovechaban para hacer gimnasia en las barras y otros salíamos a tomar gaseosa en la tienda El Selecto. Vestido de impecable traje oscuro, el profesor nos predisponía a escucharlo, sin parpadeos. “Hoy los relataré la batalla de las Termópilas”, decía y entonces resucitaba con sus palabras a Leónidas y sus trescientos héroes espartanos. Ya nos había dicho sobre los persas y sus ejércitos numerosos. Hacía pausas estudiadas y reanudaba su discurso. “Los persas eran tantos, que cuando arrojaban sus lanzas y flechas, el cielo se oscurecía. Y hubo un espartano tan valiente, que cuando el rey Jerjes les advirtió a los griegos que se rindieran porque ellos, los persas, iban a tapar el sol con sus armas arrojadizas, le contestó: _Mejor, así combatiremos a la sombra”.

 

Con don Parmenio conocimos a Fidípides y su carrera heroica desde Maratón hasta Atenas, para anunciar que los griegos habían vencido a los persas, y los amores de Marco Antonio y Cleopatra, y supimos algo de las filípicas y acerca del asesinato de César. Nos contó de algunas tropelías de Calígula y del incendio de Roma por Nerón. No sé si fue por aquel tiempo que sonaba una canción, o, mejor una caricatura cantada sobre Nerón, que decía: “Yo no maté a mi hermano, es mentira, mentira, / ni perseguía cristianos, yo fui el buen Nerón…”. Y al escucharla uno, sin remedio, recordaba al profesor de historia de aquel colegio nocturno al que me vi obligado a entrar porque, en quinto de primaria, un profesor que jamás sonreía, Castor Rave era su nombre innombrable, se negó al final del año a darme un pase para el cotizado Liceo Antioqueño o, en su defecto, para el Liceo Fernando Vélez. Y de tal modo, al no conseguir cupo en ningún colegio, mi madre me matriculó en esa institución de la noche.

 

Nunca supe si don Parmenio había leído a Heródoto, a Tucídides, a Plutarco, y tal vez su anecdotario y otras narraciones los extraía de textos de Barrios y Astolfi , pero, con todo, fue un hombre que nos indicó que había que buscar las causas y consecuencias de la historia, que más que fechas y datos -decía- eran hechos con los que todos teníamos que ver.

 

Pasadas las vacaciones de mitad de año, el profesor no retornó a nuestra aula encantada. Se dijo que estaba enfermo y no podía salir de noche. Se notificó que don Parmenio solo podría seguir dictando clases en el diurno, porque estaba perdiendo la visión; se especuló con una cosa y con la otra. Quien lo reemplazó, de cuyo nombre no me acuerdo, padeció, creo, los bostezos y cabeceadera de muchos de nosotros y como castigo a sus clases sin alegría y sin historias, lo condenamos al olvido.

 

Don Parmenio Martínez, el mismo que nos relató las peripecias heroicas de Espartaco, nos contó sobre la belleza imposible de Friné, modelo del escultor Praxíteles. “Fue condenada a muerte por impiedad. Los jueces no cedían ante el defensor de la muchacha, y entonces él, en una muestra de astucia, la mandó a empelotarse delante de ellos. Cuando ella lo hizo, les dijo que como iban a privar el mundo de una belleza irrepetible. Los jueces, con la baba en los labios, cuando vieron esos hermosos senos, la absolvieron”. Al terminar su narración, al profesor se le regó la picardía por su cara bonachona. Y creo que más de un alumno soñó con aquella griega que opacó a Afrodita.

 

Postdata: El ingeniero Fabio Zapata, que fue alumno del profesor Parmenio en 1970, tras leer mi nota, recordó que el primer día de clase el maestro los intimidó, al anunciar no solo la trascendencia de su asignatura, sino sobre la risa en el salón: No hay motivo para reírse en mis clases; excepto en estos dos casos: se ríen conmigo, son unos MARICAS o se ríen de mí, son unos HIJUEPUTAS”. También memoró que, a veces, don Parmenio, con una ligera inclinación hacia adelante, se quedaba “suspendido unos segundos mientras se metía los dedos por el culo y expresaba… Los Hititas…”. Vale.

Friné ante los jueces