Los que hablan solos en el subway

Libreta de viaje (7)

 

Estación Grand Central, en Nueva York. Foto Reinaldo Spitaletta

 

(Crónica del metro neoyorquino, con un tipo rabioso y otro que sangra en la frente)

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Estaba de pie en un vagón del subway, el de la línea 7, color púrpura, rumbo a Queens. El tipo se apresuró a sentarse cuando yo amagué que lo haría y me miró después con ojos helados. Su bigote oscuro pareció bailotear en su cara pálida. Junto a mí, en una silla, una muchacha chateaba. Pelilarga y atractiva, de unos 18 años, se tornó de pronto en objetivo de la mirada centelleante del pasajero. Se fijó en ella durante un tramo largo del metro, que del subterráneo pasó a la parte elevada.

 

El hombre movía los labios con cierta continuidad, que me dio la impresión de concupiscencia retenida. En la estación Corona, el viajante que estaba junto al tipo que seguía murmurando mientras miraba con odio a la chica, se bajó. Me senté junto a él. La muchacha, que no parecía preocuparse por el asedio óptico del bigotudo, continuó manipulando el celular, mientras sonreía mirando la pantalla. Al sentarme, el tipo empuñó la mano derecha, con rabia. Le alcancé a escuchar “fucking…”. Miraba a la muchacha con veneno, porque cada vez apretaba con más fuerza su derecha. La chica, de buenas formas, se bajó en la estación del estadio de los Mets. La mirada electrizante del hombre, que se puso de pie, la siguió hasta que se perdió de su vista.

 

El tipo, junto a mí, siguió refunfuñando, mano derecha crispada. Yo solo miraba al horizonte por la ventanilla del frente. “Fucking…”. De reojo, no le perdía movimiento al vecino. En la última estación, la Main Street, permanecí sentado unos segundos más. El hombre se paró, salió del vagón y con paso rápido subió por unas escalas. No supe más de él. Lo último que pensé al respecto era que se trataba de una especie de enfermo mental, o tal vez de alguien al que alguna predicación le desencajó el cerebro y lo puso a ver el pecado por doquier, sobre todo, en las muchachas bonitas, como la del tren.

 

Zona cercana al Empire State, en Nueva York. Foto Spitaletta

 

En el metro de Nueva York (el subway), que es uno de los más grandes del mundo, que trabaja las 24 horas y tiene casi quinientas estaciones y más de mil kilómetros de vías primarias, se presenta la posibilidad de medir las soledades y ver la multifacética variedad de personas que allí viajan, algunos con turbantes, mujeres con burka, tipos de sombreros orientales, alguno, en pleno verano, con dos chaquetas y chaleco puestos… Es una maravilla la diversidad de pasajeros.

 

Una tarde, cuando con Sergio, mi hermano, tomamos un tren y nos equivocamos de sentido (íbamos a Queens y este iba en dirección al Bronx), un puertorriqueño de casi dos metros de estatura, camiseta con los colores de la bandera de ese país, hablaba en inglés a voz en cuello. Nadie le paraba bolas, excepto el compañero con el que iba. De pronto, se subió alguien en otra estación y el grandulón, moreno y barbado, comenzó a hablar con el conocido en español, bajita la voz. Nos dimos cuenta que estábamos errados de metro, al llegar a la estación de la 125 Street.

 

En el subway entran cantantes latinos, salvadoreños y mexicanos, a interpretar sus piezas desconsoladas y a esperar algún dólar en su sombrero. Y uno que otro a ofrecer productos chinos o indonesios. Eso sí, algunos de los que van sentados hablan solos, mientras no falta el que vaya leyendo un bestseller o un diario con caracteres orientales. Una chinita, que se bajó en Grand Central, iba leyendo durante un buen tramo un libro y parecía gozar con la lectura, movía los labios, recitaba trozos de lo leído. Parecía feliz.

 

En otro viaje, hacia Manhattan, la presencia de un tipo cuya frente goteaba sangre, me llamó la atención. En un tiempo de calor, tenía puesta una chaqueta negra y, por debajo, se notaba otra, además de un suéter. “Debe tener fiebre”, pensé. Portaba un maletín de mano, varias carpetas y un periódico en inglés. Pensé en sacar un pañuelito desechable de mi bolso, dárselo y que se limpiara la frente, pero no lo hice. Se paró y pidió permiso con cortesía cuando se iba a bajar en Bryant Park.

 

Aspecto de la Estación Central / Grand Central. Foto Spitaletta

 

En el tren, cuando viajábamos a South Norwalk, Cunnecticut, donde veríamos el partido Colombia-Inglaterra en casa de dos colombianos, una señora rubia, de vestido negro, también hablaba sola. Junto a mí, una chica, igualmente rubia, también de negro, ponía su pierna derecha sobre la desocupada banca de enfrente y cantaba lo que iba escuchando en su móvil. En esta línea, que parte de Grand Central, una bella estación con mármoles y lámparas de araña, cuando estábamos en las cómodas sillas, dos señoras hablaban de la Universidad de Yale, situada en New Haven, última estación en este recorrido.

 

Y no solo en los trenes hay gente que va soliloquiando. En los autobuses no falta el que también se dedique a buscarse a sí mismo en voz alta, como aquel hombre que, en una línea de bus articulado que viaja a Wall Street, cantaba y hablaba, hablaba y cantaba para sí mismo, sin saber que otros lo escuchábamos. O sin importarle.

 

Y así como hay olores perfumados, no falta alguien que apeste a ajo, o que desprenda una sobaquina del demonio. Pasa en todos lados, y más con el calor del verano neoyorquino. Varias imágenes olfativas, me recordaron un pasaje de Manhattan Transfer, novela de John Dos Passos, escrita en 1925: “En el atestado vagón del metro iba el repartidor de telegramas aplastado contra la espalda de una mujerona rubia que olía a Mary Garden. Codos, paquetes, hombros, nalgas se entrechocaban a cada sacudida del estridente exprés”.

 

En un vagón de subway, que no nos llevó jamás a ninguna estación fantasma (hay una, muy famosa, la City Hall), un rumor que salía no se sabe de dónde, decía: “voy a tener un flamante comienzo en la vieja Nueva York”. Después, sobre una acera, en la séptima avenida, un joven, con una especie de tarro a modo de recipiente de dinero, mostraba un cartel: “estoy cumpliendo años lejos de casa. Ayúdenme”.

 

Museo Metropolitano de Nueva York. Foto Spitaletta

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Trompeta para un barrio bohemio

Libreta de viaje (6)

 

Flushing Town Hall, en Queens. Foto Reinaldo Spitaletta

 

 

(Crónica con balada en Queens, vitrales en San Patricio y un cuadro de Van Gogh)

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

En el histórico Flushing Town Hall, un edificio de arquitectura germánica, con ventanales de arco redondo, construido en 1862, ahora sede de cultura y artes, en Queens, Nueva York, presentamos la novela Balada de un viejo adolescente. El periplo cultural, iniciado en esta antigua sede del ayuntamiento, y que se extendió una semana después por Los Ángeles, California, gozó de altas temperaturas de verano y diversas aventuras viajeras (*).

 

El recinto, sobre la Northern Boulevard, alberga salas de exposiciones, teatro y al Consejo de Cultura y Artes. Una exposición fotográfica sobre Louis Armstrong tornaba más interesante las paredes del zaguán de entrada y, más tarde, allí recalaron floridas silletas de Medellín para la realización del Festival de las flores, en julio. Con una asistencia notoria de latinos y de algunos gringos, las palabras de presentación y la tertulia posterior se prolongaron por más de una hora; después, en la conversación informal, con firma de ejemplares, hubo nuevas inquietudes de los concurrentes en torno a la temática y técnica literaria de la novela.

 

Después, en la misma programación cultural colombiana, se presentaron la soprano Delcy Yanet Estrada y la mezzosoprano Yenny Lorena Restrepo, ambas colombianas, acompañadas por el pianista argentino Emiliano Messiez, en un recital llamado Dos mujeres, una pasión, en el que, entre otras interpretaciones, cantaron a dúo, para cerrar, La flor de la canela, de Chabuca Granda. Después, la soprano medellinense vocalizó en español Caruso, pieza de Lucio Dalla que integra el nuevo álbum de la cantante.

 

Te voglio bene assaie
ma tanto tanto bene sai
è una catena ormai
che scioglie il sangue dint’e vene sai

 

Nueva York, ciudad cosmopolita y multicultural, tiene ángel para presentar novelas y cantar. Hoy, en buena parte del extenso condado de Queens, la presencia masiva de asiáticos es protuberante. Y por muchos lugares, incluidos los alrededores del mencionado Flushing, que también es como un templo del jazz, pululan chinos, coreanos, japoneses, vietnamitas, indios de la India, en una mezcla de lenguas y alfabetos, de avisos y bazares, colorida y simpática. Para llegar a la zona del Flushing desde Manhattan hay que tomar la línea 7, púrpura, del subway.

 

Queens, con más de dos millones de habitantes, tiene historias musicales a granel, como que allí vivieron Armstrong, Count Besie y Ella Fitzgerald; dos aeropuertos (el Kennedy y LaGuardia), un estadio de béisbol (el Shea de los Mets), la comunidad de colombianos más grande de Estados Unidos, así como un poblado de mayoría griega como es Astoria. En Queens, eso se dice, se hablan más de 130 idiomas.

 

En Queens, con tren, metro, museos, biblioteca pública, barriadas con bloques de cuatro pisos (como Jackson Heights, Jamaica, Corona, Forest Hill…), universidades, nacieron Donald Trump, Cyndi Lauper, raperos como Ja Rule y “primeras damas” como Nancy Reagan. No es este condado tan atractivo ni tan cultural y variopinto, como el de Manhattan, pero tiene entre sus habitantes mucha mano de obra. En Flushing, al norte de Queens, residencial y financiero, hay un enorme centro de comercio sobre la Main Street.

 

Queens podría decirse, a simple vista, que es más bien feo. Claro, si se le compara con Manhattan, que tiene todas las arquitecturas, los teatros, los museos más importantes, tres ríos como el Hudson, el East y el Harlem, y es el corazón de los centros culturales, financieros y comerciales del mundo.

 

Pintura de Van Gogh en el Moma de N.Y.

 

Así que, en una tarde de verano, cuando en Manhattan la gente es como un hormiguero infinito, uno puede estar, por ejemplo, haciendo una fila en el Museo de Arte Moderno (MoMA), con sus colecciones exuberantes, o en el Tenement, un recuerdo de los iniciales inmigrantes que llegaron a esta ciudad que parece un cuento de hadas góticas. O, claro, en el monumental Museo de Arte Metropolitano (uno de los diez museos más visitados del mundo), al cual, para medio ver sus muy bien dotadas colecciones y exhibiciones temporales hay que entrar durante una semana seguida.

 

Y si desea otras perspectivas, entonces puede entrar al Guggenheim, o al de historia natural, o al de cera para que se fotografíe con personajes insólitos, actrices, escritores, políticos… Y una tarde veraniega, de cielo despejado y muchos turistas en las calles, nos fuimos al MoMA, en el Midtown de Manhattan, cuando faltaba poco para que lo cerraran y entonces apenas se volvió un abrebocas de asombro cuando a la carrera se ven cuadros de Picasso (como el de Las Señoritas de Avignon), o la Noche estrellada de Van Gogh, o cuadros de Dalí, Magritte, Pollock, Warhol, Chagall, Matisse… o las colecciones de diseño gráfico, industrial, arquitectura, cine, fotografía.

 

Nueva York son tiendas descomunales y frontis de todas las formas. Y, como estás por esos lares, por ahí, por la Quinta Avenida, no podés dejar de entrar a San Patricio, catedral neogótica, con sus vitrales de luz mística, su altar descomunal, sus mármoles y peregrinos, con su Pietá que supera tres veces en tamaño a la de Miguel Ángel. San Patricio, santo patrón de Irlanda, está presente en este templo en el que caben cerca de tres mil personas.

 

En el East Village, histórico barrio neoyorquino, una huella de antiguos sanitarios públicos. Foto Reinaldo Spitaletta

 

Más allá de la estatua de la Libertad, de la isla Ellis, de las novelas y poemas neoyorquizadas, de las inexistentes torres gemelas y del puntiagudo Empire State, vos podés encontrar la soledad en una señora que, sentada esperando un bus articulado, te dice cuál tomar para Wall Street, a la que no llegarás porque ante tantas edificaciones, tantos parques y estatuas, tantas flores veraniegas, nada significa lo bancario, lo bursáti. La señora peliclara se ha subido al mismo autobús, en la parte delantera. Y, como no tenés destino, cualquier bajada siempre será una atracción.

 

Y en alguna manzana del East Village, un vecindario romántico, con fachadas avejentadas, con escaleras de incendio, te bajarás para caminar frente a bares, teatros, colegios, tiendas japonesas de juguetes, librerías de usados, o por el hospital Sinaí Beth Israel. Es un barrio de literatura y en su historia están los movimientos contraculturales y escritores de la Beat Generation, como Kerouac, Ginsberg y Burroughs.

 

La tarde se sube a los árboles y no se sabe por qué misterio comenzás a pensar en tantos inmigrantes que por estas geografías advinieron para quedarse y construir una vida lejos de sus recuerdos. Junto al edificio Fischer, sede de industrias musicales, tres muchachos, sentados a una banca de parque, esperan la noche.

 

(*) El viaje y presentación en Nueva York fue posible gracias al patrocinio  y gestión de la empresa cultural Ítaka (Medellín) y Luis Eduardo Acosta (Nueva York).

 

Calle neoyorquina en el verano de 2018. Foto Spitaletta

Detalle interior de la Catedral de San Patricio. Foto Spitaletta