Gonorrea “pasada al papayo”

(El lenguaje de la violencia y el envilecimiento de las palabras)

 

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Diálogo entre escuderos.

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

El lenguaje, además de simbolizar, representar, crear metáforas, designa realidades objetivas y subjetivas. Y es, en sí mismo, por su corpus y organización, una realidad material, física, con masa y movimiento, y, claro, también es una entidad metafísica, dotado de inmaterialidad y silencio. Una complejidad. Y así como hay un lenguaje del poder (y otros de los contrapoderes), con disfraces, sutilezas, ocultamientos más que revelaciones, hay otro que es el de la violencia, con sus matices y hemorragias. El lenguaje de la sangre y de la muerte.

 

En Colombia, país de violencias, de guerras y guerritas, de conflictos múltiples y cuantiosos despropósitos, el lenguaje ha tenido variaciones y permanencias. Una expresión propia de los años cincuenta, de la Violencia liberal-conservadora, como “pasar al papayo”, se mantuvo durante décadas, como una prolongación del gusto por matar, de las intenciones de “borrar” al otro, de despojarlo de su máxima condición: la de vivir. Una metáfora vegetal, más del campo que de la urbe, trascendió calendarios y llegó a ser popular hasta los años ochenta, tiempo en que ya ha surgido otro lenguaje violento: el de las mafias del narcotráfico.

 

En los cincuentas, tiempo del pavoroso laureanismo, de la guerrilla liberal del llano, de la aparición de autodefensas campesinas, de horrores permanentes, el lenguaje de la violencia se pobló de expresiones eufemísticas, como “ángel de la guarda” para referirse al revólver, o como “fosforear”, que era incendiar, meterle fuego al monte, a las huertas, a las casas. Y de otras como “pavear” y “palomiar”, que era matar desde los matorrales, oficio de “pájaros”, asesinos desde las sombras.

 

Eran los tiempos de “tostar” y no propiamente café sino de dar muerte a otro. Entonces, una canción infantil como El pirata (“soy pirata y navego en los mares / donde todos respetan mi voz…”), se trastocó con la misma melodía en un himno de los guerrilleros del sur del Tolima: “Soy soldado de los guerrilleros / que conquistan un mundo mejor / y prometo vencer en la lucha / contra el dólar y su dictador”.

 

Eran los tiempos del macabro “corte de franela”, de “aplanchar” a otro, o sea, darle plan con el machete (después llegaría el filo), de dejar a alguien “picado para tamal”, o sea, cortado en pequeños trozos, o de ponerlo como a bocachico. “Bocachiquiar” consistía en sajar el cuerpo de la víctima para un desangre lento. Como en el perturbador relato de la Colonia penitenciaria, de Kafka. Y según la realidad de espanto, el lenguaje asumía modos de designación de la misma o de su camuflaje. El enemigo desea arrebatar a su rival la lengua (y no solo literalmente, como pasó en aquellos días de furias y desangres, en particular en la ruralidad colombiana) para que de él, de su contrario, no quede ningún testimonio, ningún rastro. Dejar al otro sin palabras es otro modo del asesinato. Un borrón físico y de la memoria.

 

Los mismos apelativos de muchos bandoleros de los cincuentas tienen conexión lingüística con el ejercicio de la violencia. Así, por ejemplo, Tirofijo, Sangrenegra, Puñalada, Martirio, Maligno, Desquite y otros tenían acepciones acordes a las maneras de ser y actuar de sus portadores. Eran apodos o que ellos mismos seleccionaban, o, como era más usual, puestos por sus amigotes o por los que serían sus víctimas o temían serlo.

 

En Medellín, por ejemplo, donde las élites manejaron un lenguaje de exclusiones, de segregaciones raciales y clasistas, el muy extendido trabajo de la prostitución llevó a que, en los cuarentas, hubiese en la ciudad nueve amplias zonas de tolerancia, entre las que estaban Lovaina, Las Camelias, sectores de Guayaquil como La Guaira, y abundaran las enfermedades venéreas. La palabra gonorrea se pronunciaba en voz baja, era una especie de castigo divino, de maldición bíblica, en los tiempos en que todavía no estaba la penicilina.

 

Después, en los ochenta y noventa, y bajo el influjo de lenguajes promovidos por las mafias, el sicariato, los combos barriales, la palabreja se convirtió en insulto, en continua manera de la agresión verbal. Luego, como en nuestra lengua ha pasado por ejemplo con la palabra hijueputa (o hideputa), de la que hay un elogio de maravilla en la conversa que sostiene Sancho Panza con el escudero del Caballero del Bosque, se tornó en favorabilidad de sentimientos, en manifestación de cariño. Todo, como se sabe, según la entonación. Todo depende del “tonito” con que se pronuncie.

 

Un muerto en la calle, puede ser solo un “muñeco”, uno que “pasaron al papayo”…

 

El lenguaje de la violencia —que ha penetrado todas las capas sociales— en zonas en las que la vida cotidiana ha estado atravesada por sus distintas presencias, es parte de la insensibilización masiva. Se pierden los contextos, las causas y efectos, se envilecen las palabras quizá de tanto repetirlas o de tanto vivir las situaciones que nombran. Así un muerto en la calle, puede ser solo un “muñeco”, uno que “pasaron al papayo”, un “chulo”, un “tostado”. Y ya. La violencia acaba con sentimentalismos, con lamentaciones. Y, peor aún, envilece las palabras, las vacía de significado.

 

En el libro Lenguaje y silencio, de George Steiner, en el que hay un análisis acerca del mundo de las palabras, encogido cada vez más, en el que la cultura literaria se ha esfumado debido a la presencia de la cultura de masas, se dice que “el lenguaje de la política se ha contaminado de oscuridad y de locura” y se eleva un clamor porque, en periódicos, leyes y actos humanos, se devuelvan a las palabras sus significados, como una salida para evitar el caos. La violencia es una generadora de caos. Y va pervirtiendo el lenguaje. Lo empobrece.

 

La repetición de la violencia, que se convierte en rutina, en paisaje, desensibiliza al ciudadano. Lo vuelve un indiferente, un apático, y con estas actitudes ganan los impulsores de la brutalidad y el salvajismo. Recuerdo en una céntrica avenida bellanita, un diciembre, un cadáver tirado en el piso. Y otros, desinteresados y fríos, continuaban su bailoteo muy cerca. Como si nada. “El muerto al hoyo y el vivo al baile”, se ha dicho. Y como formas de naturalización de la violencia, e incluso peor, de la banalización de la misma, se ha llegado a condenar a la víctima: “algo debía”, se dice, y a sacar en limpio al victimario. Mejor dicho, todo se volvió una “gonorrea”. Qué güevonada pues.

 

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Violencia y lenguaje.

 

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Un elogio del hambre

(¿Acaso es el hambre el germen de toda poesía y de las revoluciones?)

 

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                                                            Saturno devorando a su hijo, pintura de Goya.

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

El hambre, según Luis Tejada, es el germen de toda poesía. De acuerdo con la afirmación del cronista barboseño, se nota que ahora, muchos poetas nuevos (o jóvenes), no han tenido la angustia del hambre, porque, con sus versitos de desecho, parecen, más bien, glotones desaforados. No sé cuánta hambre padeció Dante, ni cuánta Vallejo, ni Whitman, ni Hernández, ni Homero, pero, por lo visto, bastante. Porque como se sabe, poesía sí escribieron.

 

Creo, a veces, tal vez en momentos en que las tripas chillan o se siente su cortante filo, que el hambre, a diferencia de la lucha de clases, ha sido la partera de la historia. Nada más acelerador, nada más agudizador de contradicciones, nada, además, tan doloroso como un hambre. Y se ha dicho, para escribir poesía hay que sentir dolores y, al parecer, tantas hambres. Por supuesto, como no sólo de pan vive el hombre, pues no solamente de hambre escribe el poeta. Pero —y no es juego de palabras— da la impresión de que el hambre es pan (bueno, es sino leer a Knut Hamsun).

 

El hambre es motor. “El hambre excita la fantasía, y la fantasía es la cualidad esencial de los poetas”, escribía Tejada, tal vez acosado por el llamado de un desespero estomacal. De un vacío alimentario. Es posible que, más que por una resaca, más que por una dosis de alucinógenos, Poe hubiera sentido el ansia de escribir, por ejemplo, El cuervo, gracias a un hambre existencial. Así, como al escribir Balzac consumía en una noche más de cincuenta tazas de café, que también el “tintico” hace desaparecer esa sensación de hambruna, Barba Jacob tuvo que haber estado sin comer por lo menos tres días para haber llegado a los versos de su Canción de la vida profunda.

 

Ah, y qué tal el nunca bien ponderado Rabelais, médico de cabeceera de muchos lectores. Su Gargantúa y Pantagruel, tan insaciables, tan llenos de comidas y bebidas, tan hermosamente colmados de excesos, sólo pudo imaginar un portento de esa naturaleza por el hambre. Y en ese mismo sentido podría abarcarse a Teresa de Ávila y Juan de la Cruz, ambos santos, ambos poetas, ambos místicos. Más que su sed de Dios fue su hambre la que los condujo a las altas cimas de la palabra y a ver más allá de la “noche oscura”.

El Quijote, por ejemplo, está lleno de hambres, también de culinarias y otros platos. La mejor salsa del mundo, se dice en el portento literario, es “la hambre”. Y como esta (plantea la mujer de Sancho) no falta a los pobres, siempre comen con gusto. En la Barataria, el comilón Sancho prefiere las mesas a las dietas. “Y denme de comer, o si no, tómense su gobierno; que oficio que no da de comer a su dueño no vale dos habas.”, dice, en contradicción con el médico que, al cuidar su salud, le suprime comidas.

 

Cuando el poeta (cuando es poeta, claro) siente la mordedura del hambre en su interior, cuando lo chuzan las lanzas de la inanición, cuando los jugos gástricos se alteran, entonces delira, su mente se va poblando de numerosas visiones, sus oídos de músicas jamás escuchadas. Lo acosan.  Lo van sitiando las musas. Y, para declarar que es un poseso, advierte que le dictan. Que es otro el que escribe. Y todo es por su hambre. ¡Qué sensación esa tan devastadora y, a la vez, tan estimulante!

 

Sacerdotes que levitan, santones que curan, taumaturgos, anacoretas, todos sienten una plenitud gracias a su hambre, a sus frugales recetas de pan y agua. Van Gogh, Modigliani, El Greco, tantos que han pintado su propia hambre. Ah, y los de la Generación Perdida, los Hemingway, los Scott Fitzgerald, con su hambre parisina, cuando eran pobres, felices e indocumentados, produjeron obras excelsas.

 

La Gran Marcha, liderada por Mao; las transformaciones sociales; la revolución rusa y la francesa y la cubana, todas tuvieron que ver con el hambre, porque es elemental, también hay que luchar para tener, después de tantas jornadas de carencias, una buena mesa con buen pan y buen vino. Tal vez el secreto de la paz (como el de la guerra) radica, se esconde, en los estómagos casi siempre vacíos. Sí, lo dijo algún poeta: la paz es asunto estomacal.

 

Con tantas hambres juntas, como las que padece ese hombre que veo ahí, tirado en un parque alumbrado con luces navideñas; como las de innúmeros colombianos, como esa hambre atroz que cada día aumenta en esta geografía de desamparos, debería haber más poesía. Pero no. Lo que sí hay es más policía. Nada confiable y peligrosa.

 

Poetas y místicos —al decir de Tejada— han perdido su contacto con el cielo, porque abandonaron el régimen substancial de la abstinencia. Como clamaba una abuela de barriada, es mejor tener las ganas que calmarlas. Es hora de ir a comer, caramba.

 

(Artículo escrito en diciembre de 2005)

 

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Hambre, pintura de Guayasamín

Vientos del Che Guevara

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

Le cortaron los pulgares, quizá para guardarlos sus verdugos como amuletos. O como trofeo de caza. Lo de las huellas dactilares era un decir, porque ¿quién otro podría ser aquel barbado, de ojos de profeta y respiración asmática, como la de un bandoneón melancólico? “Va a matar un hombre”, le dijo, serena la voz, firmeza en la mirada, al que le iba a disparar a mansalva y sobre seguro. Y después de la fotografía del hombre muerto (alguien gritó: “¡parece un cristo!”), después de incinerar su cadáver, después de la primicia periodística, el hombre, ¡ay!, siguió viviendo.

 

El mismo que había viajado en motocicleta por la América neocolonial, y recalado en Guatemala donde presenció la invasión gringa y de la United Fruit que depuso al presidente Jacobo Árbenz en 1954, el mismo del Granma y de la Sierra Maestra, el que entró en Santa Clara para ser parte de la historia, lo convertían en cadáver en un perdido caserío boliviano, con su desenfocada teoría foquista derrotada por la realidad, pero con sus utopías vivas. Era octubre 9 de 1967. Y aquel hombre que en Punta del Este pulverizó al imperialismo y a la Organización de Estados Americanos, yacía muerto.

 

La patrulla al mando del general Gary Prado Salmón, en La Higuera, con armas norteamericanas, “dio de baja” a Ernesto Guevara, alias el Che, argentino y cubano. Ese día, el sol salió temprano. El muerto era de contextura histórica, que crecería con el tiempo, al tiempo que los “soldaditos bolivianos” y su general pasaban a ser parte de la oscuridad. El certificado de defunción advertía que “el día lunes 9 del presente, a horas 5.30, fue traído el cadáver de un individuo que las autoridades militares dijeron pertenecer a Ernesto Guevara, de aproximadamente 40 años de edad habiéndose constatado que su fallecimiento se debió a múltiples heridas de balas en tórax y extremidades. Vallegrande, 10 de octubre de 1967”.

 

El “cañón de futuro” del Che se apagó en Bolivia, pero, qué extraño, siguió disparando sobre la historia, con su “mano gloriosa y fuerte”, como lo canta Carlos Puebla. Aquel hombre al cual la CIA le puso espías con cara de mujer y cuerpo de ametralladora, moría para seguir viviendo en banderas, en consignas revolucionarias, en la memoria popular y en la eterna fotografía de Alberto Korda, que adivinó su presencia en el porvenir.

 

En La Higuera apagaron al rosarino-habanero, al de “patria o muerte”, al del destino itinerante, aquel que no dejó nada material a sus hijos ni a su mujer, al médico revolucionario. Lo apagaron para que su fuego siguiera vivo. Aunque con su efigie han promocionado rones, lencería, bombones, cosméticos, carros de lujo, camisetas y otras mercancías, también su figura ha desfilado por las manifestaciones estudiantiles, por las huelgas obreras, por los gritos de humillados y ofendidos del mundo.

 

Las ideologías dominantes lo han querido transmutar en caricatura, en llavero, en poster vacío, en anécdota. En efigie de mercaderías. Con todo, el hombre sigue ahí, a veces comparado con Gandhi, a veces con Jesús, iluminando el espinoso camino de los que aspiran a cambiar la sociedad, a los que anhelan justicia social y a construir progreso para todos.

 

El Che, acribillado por militares en una escuela; el mismo que tuvo contradicciones con Castro; aquel que el capitalismo ha querido vaciar de ideas y contextos históricos para volverlo fetiche, sigue caminando. Como las utopías. Como los sueños. Convertido en símbolo de luchas por la dignidad de los pueblos, su comportamiento de darlo todo por una idea, lo asimila a una suerte de profeta (¿profeta del fracaso?, se preguntarán algunos), que no se dejó obnubilar por los espejismos de la burguesía.

 

Al Che, tras ser capturado, lo asesinó el suboficial Mario Teherán. En La Paz habían hecho un consejo de guerra y la oficialidad boliviana (manejada por la CIA) decidió que había que matarlo, porque, después del ruido que había hecho la detención del vitrinero Régis Debray, era mejor no someterse a las presiones internacionales. Y enjuiciarlo para ponerlo en la cárcel, no les pareció pertinente.

 

Octubre tiene memorias de La Higuera, de una escuelita donde fue abatido un hombre. Y el viento trae canciones que homenajean a ese que, transformado en cadáver, siguió andando. “¡Tanto amor y no poder nada contra la muerte!”, le hubiera cantado Vallejo en su poema Masa. Pero Vallejo había muerto casi treinta años atrás. El Che continúa cabalgando, como don Quijote. Dicen que los vientos del pueblo lo llevan al vuelo. En la historia.

 

Postdata

A fines de los setentas, con guitarra en bandolera, y muchas ansias de contribuir al cambio social en un país de injusticias y desafueros oficiales, recorrimos con varios compañeros que todavía teníamos los sueños en ciernes, pueblos y veredas de Antioquia. Y cantábamos la canción de Carlos Puebla, en ritmo de son: Hasta siempre. En una de tales presentaciones, en la plaza de un poblado conservador, nos persiguieron hordas laureanistas machete en mano. Pero las guitarras siguieron sonando y seguimos, como la cigarra, cantando al sol…

 

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Pintura de Françoise Nielly

Del complejo de Edipo y otros hijueputazos

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Por Reinaldo Spitaletta

La proliferación de insultos comenzó en la infancia escolar, cuando, en los recreos, o a la entrada o salida de la escuela, había encontrones, puñetas y un boxeo elemental, sin arte y sin ley, y entonces irrumpían los sonoros madrazos, pero más que eso, y para devolver una ofensa, frases como “¡tu madre!” y entonces el otro respondía: “¡la tuya!”, y había una riposta: “¡la tuya que es de cabuya, y que hace bulla en el solar!”, y ahí sí era Troya. Tocar la cara del otro en una confrontación era ya el máximo reto (y la peor provocación) y con certeza el contrincante atacaría, y más que los golpes, eran las verbosidades animosas las que se chocaban en la contienda medio inocente.

Quizá el complejo de Edipo, esa vaina freudiana con la que nos encontraríamos muchos años después de intercambiar palabrotas con muchachos en los partidos de fútbol, o en los patios de recreo, está muy anclada en Antioquia, porque ha sido en estas comarcas riscosas donde más duele una mentada de madre y, por lo demás, donde está muy arraigada la figura materna, y todos ven a su mamá como el mejor ser del mundo, la única, la más bella, la más noble y generosa, y así, con una suerte de ceguera y sentimentalismo, que las señoras a lo mejor no tienen la culpa de tantas zalamerías y exageraciones. “Madre no hay sino una, y a ti te encontré en la calle”, se suele decir.

El Día de la Madre en Antioquia, y especialmente en Medellín, más que una festividad familiar, es un peligro. Hay borracheras y peleas, discusiones acaloradas, además de escucha de cancioncitas casi todas cursis, sin elaboración literaria y plenas de bobería y babosidades. Quizá una muy interesante, aunque fea a más no poder, sea la que tiene letra de Julio Flórez, un poeta de muertos y guerras civiles, que dice: “Ves esa vieja escuálida y horrible…”. Y, claro, se tornó lugar común la de un grupo folclórico argentino, Los chalchaleros, con su lacrimógena Mamá vieja, una zamba que de tanto sonar ya choca al oído y puede ocasionar un vahído.

Bueno, lo que quería advertir era que la mamá aparece en todo lado, unas veces como arma para herir al otro, y en otras como una virgencita, paradigma de virtudes, sin igual. Ya no es solo en las viejas cartillas, cuando el Edipo sobresalía con cierto ritmo y sabor: “Mi mamá me ama, yo amo a mi mamá”, sino en oraciones, poemitas, frases célebres y ahora en Facebook y otras redes sociales, donde algunos agotan los elogios a su madre (a la suya, entiéndase). Entonces hablan del “amor de madre” como el más sincero, el que no traiciona, el transparente, y el listado de cualidades -y santidades- se alarga hasta el infinito.

En todo caso, en otros días, una mentada de madre podía ocasionar cuchilladas, disparos, pedreas e intercambios de puños, aparte de insultos, diatribas y otras imprecaciones. Había en la escuela unos cánticos, para provocar por lo menos la atención del otro, que al principio creía se trataba de una ofensa: “Tu mamá es pu… Tu mamá es pu… Tu mamá es pura y sincera. Le gusta el chi… Le gusta el chi…, le gusta el chicle de menta…Y tiene te… y tiene te… y tiene telas de seda”. Una soberana tontería pero con gracia infantil. Ya la repetidera le quitaba malicia y había que inventar nuevos versos contra las mamás de los demás.

Cuando a Tartarín Moreira, poeta, autor de letras de tango y pasillo, y detective en Guayaquil, le robaron su maleta en una terminal de buses, escribió un desahogo, cuyo final dice: “Y si su madre vive, vieja zaina, / en un burdel inmundo de Lovaina, / vieja verraca, culipronta, enjuta, / no falte algún cabrón que se lo meta. / Y a él le diga en su jedionda geta: / ¡yo me comí a tu madre, jijueputa!”. La madre siempre ha sido en estos contornos una suerte de paño de lágrimas, un blanco para los atentados verbales del enemigo personal, una representación que promueve el consumo a granel en el segundo domingo del mayo florido y una especie de impulsora del trago (que en las noches del 31 de diciembre se convierte en el Brindis del bohemio: “por mi madre, bohemios…por la anciana adorada y bendecida…) y del lagrimeo pesaroso.

En cualquier caso, una mentada de madre por aquí y por allá, no se le niega a nadie. Y en Antioquia, en particular en Medellín, tierra donde la palabrota fluye por doquier, que ni siquiera un insulto posmoderno como “gonorrea” ha podido desplazarla, los sicarios de otras calendas asimilaron a la virgen (en particular a la advocación de María Auxiliadora) con la mamá. La cucha, como se decía, era un ser superior, intocable, digno del amor eterno del pistolero, que en general no duraba mucho, pero hacía gestiones y “vueltas” con el fin de conseguir dinero, en buena parte para comprarle regalos a su progenitora.

Y, en fin, para aprovechar que se están cumpliendo cuatrocientos años de la aparición de la segunda parte del Quijote (1615), pertinente es señalar que allí, en la magna obra de Cervantes, creador de la novela moderna, la palabra hideputa es muy popular, y tiene sentidos distintos, como ahora, en Antioquia, también los encarna. Se acuerdan, por ejemplo, cuando el cabrero (en la primera parte) dice que el gentilhombre don Quijote debe tener vacíos los aposentos de la cabeza, y entonces el caballero estalla en ira y replica que más vacío y menguado sería él: “que yo estoy más lleno que jamás lo estuvo la muy hideputa puta que os parió”.

Sobre distintos usos y sentidos de la sonora palabrota, Cervantes sienta cátedra en su obra maestra. Es sino recordar el diálogo entre Sancho y el escudero del Caballero del Bosque, en el que hideputa tiene connotaciones de agresión verbal, pero también, según el tono, de encomio y ensalzamiento. En Antioquia, por ejemplo, se advierten diferentes sentidos, y un hijueputazo puede ser vituperio o alabanza, de acuerdo con la música que se le ponga.

En otro tiempo, ya ido por fortuna, los hijos naturales sufrían mucho, porque se hacía relación en que la mamá de ellos era una vagamunda, una perra, una ramera, bataclana. Mejor dicho, una puta. Y eso dolía. Seguramente, el muchacho Marco Fidel Suárez recibió agresiones en ese sentido, aunque algunos, sin mostrar todavía documentación, dicen que su mamá, Rosalía Suárez, lavandera de oficio, era una mujer de vida alegre, o, en otras palabras, para volver a Cervantes, una muchacha del partido. Hace también ya años, en ciertas paredes de Medellín, una ciudad que en una época tuvo más puticas que damas de la caridad, lo que es bastante decir, aparecieron grafitos sobre el asunto, y tal vez el más sonado fue aquel, que a mí me tocó ver junto al puente de Brooklyn, en La Toma: “Que nos  gobiernen las putas pues sus hijos no pudieron”.

 

Edipo Rey, de Rafter y Moirón, en el Teatro Romano .