La cuadra del cementerio muerto

(Cuando los días aún tenían la imaginativa sencillez de la infancia)

 

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“Quédate silenciosamente en esa soledad que no es abandono…”, decía Poe en su poema Los espíritus de los muertos.

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Tenía una particularidad: no era una cuadra, sino tres. Tres en una. Muy cerca había un cementerio que, cuando llegamos a vivir por esos lugares, ya estaba en decadencia. Los entierros eran pocos, casi ninguno, y la “sacada” de restos, mucha. Había tumbas abandonadas y el deterioro se tragaba los pabellones. Había cruces caídas, nombres borrosos, lápidas quebradas… pero, en medio de aquella ruina, apareció para nosotros los muchachos del vecindario un espacio de juegos macabros.

 

Corretear por los dominios de las bóvedas, mirar huesos dispersos, toparse con la risa eterna de una calavera era parte de un ritual de atardeceres y, de vez en cuando, de la lúgubre noche en el viejo cementerio de Nazaret. Lindaba con una iglesia, la de la Preciosa Sangre, y con una escuela, del mismo nombre. Un día presenciamos la extracción de una momia, de pelo blanco muy largo, mientras el sepulturero (que cumplía una labor a la inversa) la macheteaba para dejarla lista y a la medida. Había que introducir los despojos a un cajoncito.

 

A las señoras de los alrededores les parecía insólito que un camposanto fuera asaltado (palabra de alguna de ellas) por pelados perniciosos (según varias de ellas) que solo estaban por profanar la paz de los difuntos. El cementerio en todo caso estaba más muerto que sus muertos y su aspecto triste era como un lamento de fantasmas. Mucho tiempo después leí un relato brevísimo de Ray Bradbury sobre un rumor, lamento tristón que surgía de las tumbas y se esparcía por la soledad dolorosa de un cementerio, y recordé aquellas jornadas de la breve infancia.

 

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Iglesia de la Preciosa Sangre, en Bello.

 

Hacia abajo, la calle 51 tenía un lado del cementerio, la iglesia, una escuela y, en otra esquina, la tienda de don Antonio. Hacia arriba, con casas grandes a lado y lado, en la que sobresalía la de los Llano, se interrumpía por un “burro” (aguas negras corrientes en medio de una manga) y volvía a conectarse con más casas. Por allí estaban los Villa, que jugaban bien a la pelota, y misia Toña, una señora de mucha edad (o así nos parecía, porque cuando se es un muchacho los que tienen 30 o 40 años ya son muy viejos. Ella tenía más) y hacia arriba de mi casa una muchacha a la que mamá y papá le decían la boca’emojarra.

 

Eran los muchachos de por ahí todos futboleros. O casi todos. Tenían por supuesto sobrenombres. Al frente de mi casa, que era alargada, con un pequeño recibidor a modo de antejardín sin matas, con solar que daba a un baldío, vivían Tonina, Jaimín y otro del que ya no recuerdo su apodo. Al lado de estos, Misaca, y más arriba Canana y el Pájaro. A uno, de la vuelta, le decíamos Lobatón (se llamaba Alfonso) y a otro, de más arriba, Cocho. También había uno de apellido Guisao y otro Múnera. Entonces éramos unos “culicagados” (trato muy familiar que utilizaban las tías) que oscilábamos entre los diez y los doce años. Los de más edad, no eran de nuestros afectos ni de la gallada.

 

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El chorrolato (quebrada el Hato)

 

Abundaban en los alrededores canchas al natural. Junto a la quebrada del Hato, después de un rodadero, se llegaba a la Manga del Búcaro (así la bautizamos, porque había un enorme búcaro y un charco con el mismo nombre), donde hubo partidos históricos que no registró ninguna crónica ni constó en papel sellado alguno. Solo se quedaron en la frágil memoria, con sus gambetas, griterías, amagues de bronca y los goles. Había otras, en inmediaciones, con sus porterías de piedras y sus desniveles.

 

Eran los días en que había “robagallinas”, “saltamuros”, “brincatapias” y otras agilidades propias de ladrones domésticos; aunque también estábamos los que después de un picado íbamos a fincas cercanas, a asaltar palos de mango y naranja. La cuadra, en cuanto al suelo, era destapada. El pavimento llegaba hasta la iglesia, de ahí hacia arriba, gravilla y tierra. No era apta para ciclas y, menos aún, para jugar partidos callejeros. No se requería porque “estadios” era los que sobraban en derredor.

 

La cuadra prolongada tenía diferencias no tan sociales, pero sí. Por donde estaban los Llano habitaban los de cierta alcurnia, porque eran trabajadores de textileras o porque eran profesores, algunos, creo, de universidad. Los de más arriba, era una diversidad: estudiantes, obreros, amas de casa, modistas. En casa, de la que una vez tuve que escalar el muro del solar y lanzarme al exterior, en una fuga del cinturón materno, hubo un gato rubio que no sé de dónde llegó. Pasaba bueno porque no faltaban las ratas. Y también una perra criolla, ocasional, llamada Sultana. Era amarilla clara y tenía, además, otra casa, muy lejos de la nuestra. Se turnaba. Y a veces llegaba a medianoche y había que abrirle a las cinco o seis de la mañana para que tornara a su otro hogar.

 

Eran días de la Nueva Ola y —como lo supe después— de los Beatles. Una noche, en que había una velada en la escuela y para entrar había que pagar, varios nos atravesamos por el cementerio y nos colamos. Un cantante de vestuario colorido estaba interpretando a Mickey Mouse, sobre un tipo que tenía cara de ratón y se conquistaba a todas las chicas. Era una movida canción que daba ganas de bailar. Correteamos entre el público y luego nos salimos. Era solo por demostrar que nada se interponía ante una camada de muchachos que solían jugar con calaveras, tibias y peronés.

 

En aquella cuadra solo pasé un diciembre. Lo habitual eran los globos, que poblaban los cielos y en su caída todos íbamos a despedazarlos. No se usaban afuera ornamentos ni bombillitos. Los regalos de navidad, aparte de los tradicionales carros —de cuerda, de madera, de lata— y pistolas de plástico o de fuegos de artificio, eran los aviones y los balones de vejiga. Cuando habíamos acumulado quereres por aquel paisaje, nos marchamos a otro barrio.

Jugábamos a los fantasmas y a la resurrección de los muertos

Atrás quedó el cementerio, que tiempo después fue clausurado. Y el viento frío de las noches en que, entre bóvedas y cruces desmirriadas, jugábamos a los fantasmas y la resurrección de los muertos. Advinieron otras calles, otros muchachos, otras distracciones y no volvimos a saber de misiá Toña ni de aquellos pelados con los que cantamos goles y nos reíamos de la osamenta de aquella “ciudad de los acostados”. Éramos los inmortales.

 

Ah, don Antonio, el tendero, una vez se equivocó en la devuelta de un billete de cien y me dio más de la cuenta. Con esa “ganancia ocasional” compré un balón de cascos negros. No sé si su destino final fue el irse quebrada abajo o perecer, roto y descosido, tras partidos de casi todo el día y todos los días. En el cementerio no encontramos dientes de oro, pero sí prótesis plateadas. Sí, parece que aquella cuadra, alargada a la fuerza por los recuerdos, tenía su encanto.

 

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Un cementerio abandonado.

 

 

 

 

 

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La librería, un filme con sabor a té

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El solitario lector y la señora aristócrata del pueblo. Fotograma de La Librería.

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Por cualquier razón no pude verla en salas de cine. Y aproveché la prolongación de la Epifanía, la postergación, según nuestro calendario, de la fiesta de Reyes, para ver de modo doméstico La librería, después de una caminata por el atardecer gris de Medellín. Una historia de fines de los años cincuenta, en un pueblo costero inglés, conservador y con rastros de una aristocracia decadente que añora viejos tiempos y se opone a cualquier rayo de luz que pueda adulterar su dominio ancestral.

 

Un filme de la cineasta catalana Isabel Coixet, que adaptó el guion de la novela homónima de la escritora inglesa Penélope Fitzgerald. Muy adecuados los escenarios, las viejas mansiones, el pueblito con su mar, sus callejones, la llegada de una extraña mujer, viuda (perdió a su marido en la guerra y todavía escucha la voz del difunto en las cartas que él le enviaba), que tiene las aspiraciones poco ortodoxas de instalar una librería en aquel villorrio donde la señora Violet Gamart es la mandacallar, la que ejerce su dominio ancestral sobre los pobladores.

 

Hay una puesta en escena sin sobredosis ni barroquismos, sin chillidos ni exageraciones. La mujer que llega a Hardborough (así se llama el pueblo, pequeño y medio infernal, donde no faltarán los rumores, la chismografía, la especulación murmuradora), Florence Green, sabrá que no será fácil cumplir con su sueño de poner una librería en un lugar en el que, la mayoría, no lee y menos está interesada en comprar libros. Solo hay un gran lector, el señor Edmund Brundish, un solitario sobre quien los habitantes han inventado una historieta de enviudamiento, con una esposa que se ahogó mientras cruzaba la marisma cuando iba a buscar moras para hacer una tarta para su marido. Toda una creación melodramática de la imaginación popular.

 

Ah, y a propósito. Tiene la película una inyección de melodrama, aunque sin hipérboles. A la medida de una directora que, se nota, no buscaba arriesgar mucho ni meterse en honduras. El filme, que sí mantiene una elegancia visual en su discurrir, presenta aspectos que enamoran al espectador, como puede ser el conflicto que se armará entre la nueva habitante, una migrante con su carga de lecturas y libros, y la señora de la “high”, que busca montar, en el antiguo local donde Florence inaugurará la librería, un centro de artes y exposiciones.

 

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Florence Green, la librera.

 

Hay escenas atractivas, como las de la fiesta inicial en la mansión de la doña (la actriz Patricia Clarkson realiza una caracterización estupenda), en la que, en medio de distinguidos invitados, la librera chilla con su traje granate oscuro que le ha recomendado su costurera. Tanto es así que, el guasón del filme, Milo North, un tipo que trabaja en la BBC de Londres, interpretado por James Lance, le dice después de ofrecerle una copa, que de ese modo se visten las criadas en su día libre.

 

Hay una suerte de triángulo, conformado por la librera, su opositora y el señor lector, un hombre mayor, de refinados modales y mejor vestir. La tomada de té tiene una presencia clave en el filme, lo mismo que una bandeja con esmalte chino, propiedad de la librera y que será clave en buena parte de la trama. Se notan aspectos forzados, como la aparición de un sobrino de doña Violet, un joven político que ha hecho aprobar en Londres una ley sobre uso de caserones históricos, o como el trabajo que después desempeñará en la librería, cuando la niña que le ayuda a Florence, debe retirarse ante la conspirativa visita de un inspector laboral. Es un filme con múltiples obviedades en el guion.

 

Sin embargo, puede tener una intencionalidad, aunque no faltará en ello cierto aire de suficiencia: promover la lectura de ciertos libros. Rodada en Irlanda del Norte y Barcelona, la película puede motivar a los espectadores a leer (o, en ciertos casos, releer) a escritores como Ray Bradbury. Hay toda una conectividad de varias obras del autor estadounidense con el único lector del pueblo, que no lo conocía y se siente atraído por obras como Fahrenheit 451 y Crónicas marcianas, por ejemplo, que la librera le da a saber. “Quiero leer El vino del estío”, le pide el gentilhombre a la viuda Florence (muy bien caracterizada por Emily Mortimer). Entre ambos habrá una especie de platónico —y distanciado— enamoramiento.

 

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En una vieja e histórica casa del pueblo, está la librería.

 

Y el otro escritor es Vladimir Nabokov. Lolita tendrá un rol descollante en el desarrollo de la película. Se recuerda que esta novela, publicada por primera vez en Francia en 1955, tuvo proscripciones en varios países, entre ellos Inglaterra. De otro lado, para niños y jóvenes se impulsa la lectura de una novela, Huracán en Jamaica, de Richard Hughes, con aventuras de piratas, terremotos y peripecias marinas.

 

La librería tiene actuaciones decentes, escenarios bonitos y a una niña (que, en últimas, ya adulta, es la narradora de la historia, con voz  en off) que se convertirá en un personaje fundamental tanto en el interior de la librería como en el desenlace de la película. Y puede ser que, ese final, haya sido pensado para estimular el brote de algún lagrimón o lloriqueo. Bueno, digamos que se merece un sollozo en un cierre inesperado, pero que ya estaba insinuado a través de amarres o pistas sutiles.

 

En un grisáceo atardecer de enero en Medellín, el filme (con producción inglesa y española, un homenaje a la literatura y la lectura) me recordó una verdad inapelable y bella: “entre libros nadie puede sentirse solo”.

 

(07-01-2019)

 

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La dueña de la librería y la niña que le ayuda. Fotograma de La librería.