Variaciones sobre un reloj pintado

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Por Reinaldo  Spitaletta

 

1.

 

—¡Entrégueme el reloj!

—Pero si es un reloj pintado.

La primera voz, con un cuchillo, amenazaba a la segunda. ¡Entréguemelo y no se hable más!, agregó.

—No se lo entrego.

—¿Cómo que no?

—¡No! Este reloj me costó mucha imaginación.

—Este cuchillo, también. Y lo clavó en la muñeca pintada de la primera voz.

 

2.

 

No sé para qué necesitábamos medir el tiempo. Éramos muy niños. Escolares. Y aprovechábamos los lapiceros de tinta mojada (con los tinteros y las plumas con encabador, era imposible) para dibujarnos animalitos —como los de los caramelos ambulantes, gallinas, conejos, gatos, caballitos, que iban pegados en un palo, la dulzura en colores— en brazos, estómago, piernas y a veces en la cara.

 

El dibujo más usual, no sé por qué, era el de un reloj en la muñeca. Se sentía uno mayor, como un adulto de los que ya tenían en el tiempo una especie de presencia ineludible e implacable. Casi siempre era un reloj con solo dos punteros, el de los minutos y el de las horas. No había segundero. Un reloj elemental, apenas con líneas, sin profundidad de campo, sin tridimensionalidad. Y lucía bello en la muñeca, que uno miraba con orgullo, como si portara uno muy fino, de esos que —decían— llegaban desde Suiza.

 

No sé por qué los que me pintaba, siempre tenían una falla: se adelantaban. Quizá era porque quería salir rápido de la escuela para ir a perseguir las mariposas amarillas que una niña de la cuadra se dibujaba en los cachetes.

 

3.

 

Mi primer reloj fue el más bello que jamás haya visto. También el más doloroso. Lo dibujé en mi muñeca izquierda con una lapicera de tinta roja, con la que escribíamos los títulos en los cuadernos de escuela. Duró muy poco. No alcanzó a darme ninguna hora. El atroz pellizco de la profesora, agregado a un ladrido ensordecedor que salió de su bocota de vocales enfurecidas, me dejó atascado en un tiempo sin medida: “Te vas ya al baño a lavarte esos rayones tan feos. Eso es de indios”.

 

Imagen relacionada

Pintura de René Magritte

 

4.

 

El reloj que se pintó Rosita, una niña con manzanitas en las mejillas y cabellos amarillos, tenía una fantasía incorporada. Emitía un tictac muy musical. Por eso, la buscaba para apoyar mi cara de pregunta sobre su muñeca encantada. Qué agradable le sonaba el pulso a Rosita.

 

5.

 

El reloj pintado me apretaba. Le aflojé la pulsera. Lo miré con curiosidad al ver cómo aceleraban sus manecillas, como si el tiempo quisiera terminar rápido. Y, sí. De pronto, la niñez se fue. El reloj de tinta en la muñeca se paró para siempre.

 

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