El barrio, una invención de la nostalgia

(Palabras de presentación del libro Barrio que fuiste y serás)

 

Amada mía, dónde estás con tu canción

Dime qué será de ti.

El Vals de los recuerdos

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Aquel que dijo que el barrio es la única y definitiva patria del hombre, estaba descubriendo una geografía íntima y subvirtiendo teorías sobre próceres, escudos e himnos nacionales. Aquel que señaló que además de la infancia, el otro avatar que marca al hombre es el barrio (que para algunos se puede reducir a una calle o a una encrucijada), estaba dando pasos hacia la instauración de una metafísica de patios y entejados, de esquinas y balcones. Un antídoto contra la soledad —si es que la soledad requiere de esas contras— puede hallarse junto al mostrador de una vieja tienda o en las piernas de una muchacha que monta en bicicleta. Aquel otro que dijo que para la angustia existencial lo mejor era el olor a tiza y los tacos de billar, estaba quitándole trabajo a los psicoanalistas y dándole valor terapéutico a esa sociabilidad que nace y crece en el bar que está a la vuelta.

 

El barrio, si se quiere, es una invención de la nostalgia. Es aquel pedazo de alma y de memoria que se siente cuando ya uno ha abandonado los años del asombro y se ha vuelto alguien sin sueños y de panza protuberante. Habitar el barrio primero, aquel de las calles de juego, de la cancha de asfalto, de las rondas nocturnas, es una aventura de la imaginación que va más allá de las casas sin cuota inicial y de las hipotecas. Es la formación de una espacialidad interior, de una topografía imprescindible con ladridos de medianoche o con grillos de pesadilla. Cualquiera que lo haya vivido, sabe a que suenan las bocacalles, sabe a qué olía la muchacha de la casa rosada, sabe del murmullo y de la mano que se agita como saludo. Se da cuenta de que nada reemplaza una conversación de acera o la pelea a gritos de los vecinos recién casados.

 

El barrio crea a veces turbios paisajes de muchachas que se envejecieron sin que ningún donjuán les llevara serenatas o les declarara amores perpetuos. Diseña formas caprichosas en las que un viejo se muere de tanto recordar o de ya no poder hacerlo asomado a una vidriera, o en las que una señora cada mañana sale en bata transparente a barrer las hojas de su otoño irreversible. El que ha vivido en esas geografías no podrá jamás desprenderse del pedacito de cielo de su barrio, que es distinto al del barrio de más allá. Porque hay una cosa incontrovertible: tu barrio tiene la luna más luminosa, el viento más cálido, los árboles con mejores cosechas de pájaros, como lo hubiera dicho un bardo de barriada. Y también los más hábiles para la gambeta o, por qué no, para el puñal. Los que se quedan en el mismo barrio, van sabiendo de los malevos que ya no son, de los vecinos que se fueron, de los romances de calle, de los acordes perdidos de una guitarra, que a lo mejor terminó en una prendería.

 

Los que se amañaron en el mismo barrio, o por alguna razón no pudieron irse de allí y se quedaron siendo parte del paisaje, saben que por esos predios vivió, por ejemplo, Teresa, la que tenía piernas más lindas y sensuales que las de Marlene Dietrich. Y Lucía, la que al caminar paralizaba la vida cotidiana. Porque un barrio, cualquiera que él sea, es la reunión a escala del mundo, de sus miserias y fortunas, de sus flaquezas y bellas aspiraciones. Quien lo ha vivido sabe que nada reemplaza el fragor del cafetín, la sonrisa al saludar de la tendera, el pregón del vendedor de frutas, ni mucho menos la manera en que el mendigo te impetra una limosna.

 

Cuando se habla de barrio, uno puede evocar una novela de Vasco Pratolini, o un aguafuerte de Roberto Arlt, o tal vez las voces de un callejón de El Cairo en una historia de Naguib Mahfuz. Quizá se acuerde del hombre que miraba por una ventana el regreso de unos muchachos que acababan de jugar un partido de fútbol o de la exaltación de una calle con los que van de prisa al trabajo. Pero lo más probable es que te lleguen al corazón, ese que mira al sur, las voces que cantan, por ejemplo, aquello de “¿Dónde está mi barrio, mi cuna maleva, / dónde la guarida, refugio de ayer?”, o se le piante un lagrimón al oír un “ladrido de perros a la luna y el amor escondido en un portón”.

 

Decía Vicente Huidobro que los cuatro puntos cardinales son tres: norte y sur. Sin embargo, creo que el barrio es el único punto cardinal, aquel donde se cruzan soles y lunas al mismo tiempo, donde se afinan amistades y se ejercita la solidaridad. El barrio es la posibilidad del encuentro (también del desencuentro) con lo que fuimos, con los años invertidos en la construcción de utopías. Es quizá la mejor manera del habitar. Aunque, en este punto, habría que decir de qué tipo de barrio se está hablando, ¿del de invasión, de la villa emergente, de la favela, del tugurio, del cordón de miseria, del subnormal? Y entonces habría que aseverar que el barrio, cuando tiene valor ambiental y simbólico, cuando se hace como lo soñaría por ejemplo Le Corbusier, para circular, recrear cuerpo y espíritu, para el esparcimiento y el intercambio de afectos, es el que todos deberían tener, el de la dignidad y la justicia. Porque también se trata de cantar para que el barrio, el soñado, el imaginado, sea posible.

 

El barrio es parte de una educación sentimental, de una geografía entrañable, que va más allá de las mentalidades de catastro y de los impuestos prediales. Es la unión de significados: la cerveza del domingo, la muchachada del fútbol, el señor que pinta su fachada en agosto, las peladas recién bañadas que caminan al colegio. Es la calle del adiós y de la bienvenida. Pero a qué hablar de tanto barrio, si, como todos sabemos, es una parcela en extinción: donde hubo un caserón ahora se eleva un edificio de apartamentos como celdas, de hacinamientos y escasísimos verdores. A lo mejor, ya el barrio solo sos vos, tu primer balón, la primera carta de amor que se perdió en una esquina, o es solo una sombra, la sombra de alguien que ya no está. Donde vayas, lo sugería un poeta de Alejandría, el barrio, tu barrio, irá siempre en ti. Bueno, a todas estas tal vez el barrio ya es sólo el lugar de aquellos que “se libraron de la memoria y de la esperanza”. O, como en un valsecito argentino, el barrio es solo el recuerdo de un gesto travieso “después de aquel beso robado al azar”.

 

(Biblioteca Pública Piloto de Medellín, junio 8 de 2011)

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El misterio de las casas inacabadas

Por Reinaldo Spitaletta

Creo que en alguna de las Aguafuertes Porteñas, Roberto Arlt habla de la melancolía de las construcciones inacabadas, de esas casas que se quedan a mitad de camino, sin techumbre, desamparadas, como un libro inexistente del cual solo, misteriosamente, se escribió el prólogo. O acaso un fragmento de capítulo. Suscitan ellas una sensación de vacío infinito, como si uno cayera (sucede en los sueños) a un abismo sin fondo.

Las construcciones sin terminar tienen aspecto de desolación. Albergan viejas tristezas. Y en sus muros sin sonrisa (¿sabía usted que los muros también sonríen?) uno observa el modo en que comienza a pegarse el abandono, o, lo que puede ser más dramático, el olvido.

Las casas inconclusas se prestan para la especulación. Uno, sin poder contener el desasosiego que produce su vista, cavila sobre los posibles moradores, frustrados quizá por alguna desgracia económica, por cualquier golpe malhadado del destino. Los imagina recorriendo el patio sin flores, sin cemento, apenas empedrado. Los ve desplazarse lentos por el pasillo sin baldosas. Escucha la carrera desaforada de un niño que persigue una pelota y sus gritos asombrados de recién venido. No deja de ser, pese a la desazón que presentan, muy hermoso poderlas mirar a través de sus ventanas abiertas, o, de otra manera, a través de la ausencia de ventanales.

Uno supone que tal condición de inconclusión se debe a que a sus dueños los asaltó la desventura monetaria y se quedaron con los bolsillos rotos y sin techo propio. O tal vez que, a la postre, cuando ya era tarde, no les gustó el sitio de construcción y prefirieron perderlo todo. También puede ser que, en una extraña rebelión, ladrillos y cemento se opusieron a continuar. No quisieron crecer. Ni ser casa completa. No valieron las súplicas de albañiles y oficiales. Nada. Así estaba escrito en el libro de la fatalidad.

Esas construcciones sin fin se van pareciendo de a poco a las casas en ruinas. Las hierbas se asoman sin timidez por los rincones; se entristecen las paredes; cualquier araña realiza su siesta sobre su lecho atrapamoscas; las lagartijas grises y rosadas sacan sus lenguas de ansiedad. Todo aparenta un gran desgano. El polvo va cubriendo superficies y las viste con trajes de tierra envejecida. Hay una especie de sentimiento doloroso en ellas. Un llanto oculto y reprimido. Queja de adobes. Estremecimiento por la pena de haber sido y el dolor de ya no ser. O por no haber llegado a ser. Hace poco he visto caserones en desgracia en Boston y Prado, dos barrios que tuvieron las casas más enormes y bellas de Medellín. También he encontrado una que otra por San Miguel y Los Ángeles.

Hace años había un decir que tenía que ver de alguna forma con el concepto de perpetuidad: “Más viejo que un solar en Bello”. Y fue en aquella población donde, hace tiempos, vi cómo a muchos solares les crecían las paredes y después, al ganar cierta altura, se paralizaban. Se volvían casas sin final feliz. Eran monumentos a la frustración.

Fue en el entonces exótico barrio El Congolo donde, durante muchos años, permaneció una casa sin epílogo. Su interior se pobló de malezas; se convirtió en dormitorio de sapos, ratas y fantasmas, en refugio de soledades. Poco a poco sus muros (al principio, limpios y contentos) se vinieron a menos, y no se sabe qué mano destructora abrió boquetes en ellos, similares a heridas sin esperanza de cicatrización. Perros callejeros, que por esos días eran parte del paisaje cotidiano, llevaban hasta allí sus miserias y de vez en cuando, una vaca urbana penetraba a degustar los herbazales.

La imaginación infantil comenzó a urdir tramas en torno a la construcción. Se narraban historias de aparecidos que iban a llorar sus penas en los cuartos a la intemperie. Algunas noches sin luna, los chicos más intrépidos de la cuadra penetraban en la fantasmagórica casa a asustarse a sí mismos con cuentos de terror, o a suponer que estaban en el castillo de Drácula, en fin, que el siniestro lugar se prestaba para toda clase de bromas y diversiones.

Con certeza que más de un malandro escondió allí sus miedos y sus puñales. Y más de un “astronauta” aspiró allí humos prohibidos y emprendió alucinantes viajes espaciales. Tal vez esa inacabada vivienda, cuando la luna suburbana era propicia, hospedó furtivos amantes y fue testigo de alguna frágil aventura de la carne.

Nunca supe si ese principio de casa de techo celeste tuvo fin. En mi memoria, continúa como entonces, sugestiva, impredecible y plena de una agridulce melancolía.