Minifaldas para la Guerra Fría

 

(Una prenda de los tiempos del rock, los alucinógenos y las protestas juveniles)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

Cuando la minifalda era ya una provocación, a mediados de los sesentas, las muchachitas de los colegios de monjas y aun de los oficiales, con sus faldas a cuadritos más abajo de la rodilla, todavía tenían ese aspecto mojigato y moralista impuesto por la tradición conservadora y los discursos religiosos. Ya en Londres, la diseñadora Mary Quant, en 1964, había revolucionado el mundo de la moda al “inventar” la minifalda, cuyo nombre se inspiró en el Mini Cooper, un poderoso carro que parece de juguete.

 

Los sesentas, que revolcaron el sexo, las juventudes que comenzaron a ser protagonistas de su historia, los movimientos de liberación nacional, la Revolución Cubana, el rock y el uso de estupefacientes como símbolo de irreverencia, advinieron con sus nuevos ropajes y acordes de guitarras eléctricas. Era la Guerra Fría en pleno. Solo que los jóvenes, muchos de ellos nacidos cuando terminó la Segunda Guerra, querían conquistar el mundo mediante la música, las protestas masivas y la marihuana.

 

Y en la llamada década prodigiosa, la del hombre en el espacio sideral y en la luna, la de la invasión gringa a Vietnam y la del Mayo Francés, los sentidos juveniles se conmocionaron ante la aparición de falditas breves que mostraban muslos y ponían a vibrar a los más recalcitrantes y daban pábulo a los hipócritas (los mismos que miraban a las muchachas a través de los dedos de la mano) para decir que la juventud estaba extraviada. Algunos de esos tartufos se parecían al del filme Las tentaciones del doctor Antonio, de Fellini.

 

“Una mujer es tan joven como sus rodillas”, decía la Quant, tras la presentación de su explosiva prenda, que le valdría el título de Oficial de la Orden del Imperio Británico, otorgado por el palacio de Buckingham “por su contribución a las exportaciones inglesas”. La diseñadora, aunque su creación se puso en duda por modistos franceses, como André Courrèges, que se atribuyó su invención, abrió una tienda en Londres y promovió el arquetipo de la mujer delgada, con botas hasta la rodilla y, claro, vestida (o cuasi vestida) con la mini, que alborotó el ambiente de transformación de las juventudes occidentales.

 

Eran los tiempos de la sicodelia y el ácido lisérgico. Uno que otro inquieto leía a escritores Beat y casi todos enloquecían con la banda de Liverpool. Los sesentas mostraron las piernas de las muchachas en su esplendor y le pusieron picante a las maneras de caminar. Ni siquiera los atuendos hippies pudieron descarriar a la minifalda, que continuó su paso seguro hacia la historia de las rupturas en la moda.

 

Por aquellos días en que la supermodelo Twiggy lucía en las pasarelas la pequeña falda, la pusieron en boga Brigitte Bardot, símbolo sexual de la temporada; Nancy Sinatra y, después la viuda Jacqueline Kennedy, en su sonado matrimonio con el multimillonario Aristóteles Onassis. Y mientras la faldita subía y subía, sus atacantes no cesaban de censurarla y atribuirle la perdición de jóvenes y viejos. Era parte —así aparezca como un hecho superficial— de la liberación sexual y la aparición de la píldora anticonceptiva. Para los moralistas, era la prenda una tentación del diablo.

 

En Medellín, una aldea fabril que en los sesentas tenía en su paisaje urbano a muchachos que espantaban beatas con sus palabras y actitudes, como los nadaístas, ninguna dama podía entrar en las iglesias con escotes y, menos aún, con una mini. Ya en las modas de barrio, entre jóvenes al margen de la obrería y la universidad, estaban vigentes los camajanes, con sus ropas extravagantes y sus zapatos (pisos) blanquinegros, conocidos como “golondrinos”. Eran, con su presencia sin normas ni dependientes de los cánones de la elegancia, contestatarios y creadores de un lenguaje particular, además de su “tumbao” en el caminar.

 

Con la arremetida del rock and roll y sus variantes como el baile del twist, en ciudades conservadoras como Medellín se cambiaron estilos de vestir y de actuar en sociedad. El cuerpo tomó otras funcionalidades y ya no estaba tan aprisionado por las cadenas religiosas ni las prescripciones morales, en particular del catolicismo. El go-gó y el ye-yé, los “cocacolos” (como denominaban a los pelaos los más veteranos), más el ejercicio de la danza, sirvió de escenario a la abreviación de las faldas en las ciudad de las chimeneas y las telas.

 

El clima de una ciudad que hoy ya no es la de la “eterna primavera”, favoreció que las minifaldas estuvieran casi todo el tiempo en lucimiento. Junín era una fiesta con los ires y venires de muchachitas de falda corta, aunque el panorama también tuviera a las colegialas del Cefa como parte de la miscelánea. La minifalda, a las que señoras de sociedad atribuían poca distinción, se tornó un símbolo de juventud y de otras formas de la seducción.

 

La minifalda, hoy ya integrante de la cotidianidad, era una suerte de desafío a lo establecido. Una bofetada a los parámetros conservadores. Había en su uso, además de un deslumbramiento, una posibilidad de cambio de carácter y de los modos de mirar, en especial de los hombres: muchacha que pasaba había que voltearse a observarla, soltarle un piropo y hasta un silbido de admiración.

 

Inclusive las “trabajadoras sexuales”, en particular las del sector de Guayaquil, en Medellín, usaron minifaldas muy sui generis: de croché, de colores vivos, en la década de los alunizajes y las revueltas estudiantiles.

 

En los inicios, la mini, tan resistida por la ortodoxia, ascendió gracias a la aprobación de la revista Vogue y, después, ya fue incontenible su uso entre las jovencitas, parte de una transgresión y de una negativa al puritanismo. El marco histórico dentro del cual surgió estaba signado por revoluciones sociales, barricadas y protestas juveniles. Y así se tratara de una frivolidad, la minifalda “calentó” la Guerra Fría.

 

Y sí, los sesentas fueron más que rock, trabas alucinógenas y minifaldas. Tiempos de cambios políticos, guerrillas, boom literario, comunas hippies y protagonismo social de las juventudes. Y, en medio de todo, una faldita corta-corta causó escozores y reavivó el interés por los muslos frescos de las señoritas, todavía sin celulitis.

 

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Yesterday y un niño que no nació

(En los cincuenta años de la canción más popular del mundo)

Por Reinaldo Spitaletta

1.

—¡Mataron a Rei, lo mataron, doña Romelia, lo mataron! —La voz en grito de un muchacho, que tocaba la puerta con desesperos, hizo que la misma se abriera a gran velocidad—.

La señora rubia, de vientre en prominencia (“estás pipona”, le decía su marido), palideció. Parecía no entender lo que el visitante sorpresivo advertía. “No puede ser, no puede ser”. “Sí, señora, sí es”, le dijo y se retiró.

Al día siguiente, la señora tuvo que ir de urgencia a la clínica. Le anunciaron que había perdido el bebé. Era 1965, precisamente el año en que un grupo inglés de rock, o mejor dicho, uno de sus integrantes, compuso una especie de balada nostálgica, la canción popular más grabada (o “versionada”) hasta hoy en el mundo, Yesterday.

Muy lejos de Inglaterra, en Bello, Antioquia, doña Romelia, estaba a punto de dar a luz a su quinto hijo (se supo que también era varón), mientras el mayor, entonces de diez años largos, era una especie de plaga en el barrio Nazaret y aledaños.

Aparte de estudiar en la escuela Marco Fidel Suárez, el muchacho iba en patota a asaltar fincas de frutales en Potrerito y Santa Ana; ya le había dicho a un pelado de parecer ingenuo, de apellido Llano, que sustrajera de la casa las joyas de la mamá y las hermanas, para venderlas en alguna prendería. Y con el producto del robo doméstico, asistieron a partidos de fútbol en el estadio de Medellín (para ver al DIM) y sobre todo el apodado Rei se dio la gran vida en tiendas y almacenes del parque y entró varios días seguidos a cine.

El Rei pasaba buena parte de la semana jugando fútbol en las abundantes mangas del sector: en la del Búcaro (además, era un balneario popular en la quebrada del Hato); en la que estaba cerca al Burro (una corriente de aguas negras y fétidas);  en otra vecina del cementerio de Nazaret, ya en ruinas (y donde el Rei y otros patoteros se metían a jugar en las derruidas tumbas y a correr por encima de las bóvedas).

Ya era conocido en el barrio porque se guindaba a puñetazos con pelados de por ahí o de algún otro sector, o a la salida de la escuela, con compañeros de clase. Y en la finca del padre Agudelo, un cura huraño que era famoso por su iracundia, tacañería y otros defectos y peligrosidades, les habían ofrecido escopetazos a los muchachos que entraban a depredar mangos, naranjos y ciruelos. Así que el Rei, como decía su papá, un costeño corpulento, con pinta de beisbolista de Grandes Ligas, “tiene su vaina”. Y la vaina, de estar callejeando, tirando piedras, ofreciendo puñetas por doquier, hizo que algún mozalbete, quizá enviado por alguna señora de las que ya tenían al Rei en la mira para que no se juntara con sus hijos, diseñara una broma pesada que le costó a doña Romelia vaciar más temprano de lo previsto su “barriga” de mujer en estado de gravidez. El Rei, sonriente y sudante, apareció al rato tocando la puerta y doña Romelia, en trance y desecha, según sus palabras, lo recibió con un “puñetero pelado no dizque te habían matado”. Y a la que casi matan del susto fue a la señora de cara rosada, a quien todas las vecinas le decían la Mona.

2.

En 1965, cuando ya los Beatles eran una bomba atómica entre las juventudes del mundo, uno de sus miembros, Paul McCartney, una especie de iluminado, había tenido un sueño con una melodía lenta y dulzarrona, cuando visitaba en Londres a su novia Jane Asher. Cuando se despertó, “tras un sueño intranquilo”, corrió al piano, puso una grabadora de cintas y carretel, tocó la melodía para que no cayera en el oscuro olvido, y durante un mes estuvo averiguando si la misma ya existía. Se estaba curando en salud de un posible plagio onírico…

La melodía comenzó un trasegar por averiguaciones, porque su soñante pensaba que era como algo que debía entregar a la policía. Estaba entusiasmado. Y mientras tanto, inició la búsqueda de una letra acorde con los sonidos. Bautizó su melodía “Huevos revueltos” (Scrambled Eggs), porque ya tenía una frase para la misma que decía “Oh, cariño, cómo me gustan tus piernas” (“Oh baby, how I love your legs”), que, viéndolo bien, son una negación de la poesía. O una suerte de mamagallismo. Después, tras varios intentos, en un viaje a Portugal con su prometida, halló los versos y el tono adecuados. Ni se imaginaba que iba a producir una explosión nuclear en la música popular.

Se sabe que los otros Beatles no estaban muy conformes con la canción, porque no clasificaba dentro de sus cánones, y porque, además, aunque salió a nombre del cuarteto de Liverpool, la grabación solo la hizo su autor y compositor con un cuarteto de cuerdas. El 14 de junio de 1965, en los estudios de la EMI, Yesterday cobraba existencia pública. Un parto, en la segunda toma, dio vida a la canción en Fa Mayor, que a partir de 1966 los Beatles interpretarían en sus conciertos.

Yesterday, que entraña una especie de nostalgia (“Oh, yo creo en el ayer” —Oh I believe in yesterday—) , una conexión con ese ayer que llegó de repente, ha tenido unas mil seiscientas versiones, entre las que se cuentan las de Frank Sinatra (que no gustaba de las canciones de los Beatles), Elvis Presley (que tampoco era que dijera que los Beatles eran la maravilla), Aretha Franklin, Ray Charles, Willie Nelson, David Garret (violín), además de adaptaciones en tango, bolero, salsa, etc. El primero que la cantó, después de su creador, fue el crooner inglés Matt Monro, en el otoño de 1965. Los otros tres integrantes del cuarteto se opusieron a que ese año la pieza apareciera como “sencillo” en Inglaterra en la grabación de Paul McCartney. Sin embargo, la historia dice que Yestarday es la canción más sonada de los Beatles, y una de las más transmitidas de cualquier clase de género en todo el mundo.

3.

En 1965, el muchacho que por culpa de sus brinconerías y “maldades” hiciera que el quinto hijo de doña Romelia “naciera muerto”, no tenía, desde luego, ni idea de los Beatles. Ni siquiera del Club del Clan. Lo único que había escuchado (cuando se coló una noche por los muros del viejo cementerio y cayó a una escuela en la que presentaban un espectáculo de música) era a un cantante que interpretaba una canción dedicada a Mickey Mouse.

Es más, para él ese grupo no significó nada en su juventud, según se ha llegado a saber. No compró jamás en sus años mozos ninguno álbum de los Beatles, aunque sí de cantantes de la Nueva Ola, como Óscar Golden, Harold, los Yetis y pare de contar. Vio algunas películas de Elvis en los teatros de Bello, también de Sandro y Raphael, pero los ingleses no aparecieron en su repertorio de juventud. Cuando ya había pasado de los treinta, compró varios discos de canciones de los Beatles pero interpretadas por otros.

Rei, que de él se trata, sostuvo siempre (y todavía lo hace) que los Beatles suenan mejor cuando los cantan otros vocalistas (lo que le ha valido varios intentos de linchamiento de parte de fanáticos criollos del grupo británico), y dice de Yesterday que suena muy lindo en la voz de Billy Dean. No recuerda si su mamá opinó alguna vez sobre los Beatles y acerca de su más célebre composición.

Cuando leyó, hace años, una columna de García Márquez, titulada “Sí: la nostalgia sigue siendo igual que antes”, sobre el asesinato de John Lennon, pero, en especial, sobre todo el grupo, le pareció que él, el Rei, tenía un vacío existencial: no le importaron los Beatles nunca. Pero el escrito de aquel novelista que todavía no se había ganado el Nobel de Literatura, lo conmovió, sobre todo este apartado:

“La única nostalgia común que uno tiene con sus hijos son las canciones de los Beatles. Cada quien por motivos distintos, desde luego, y con un dolor distinto, como ocurre siempre con la poesía”.

Y ahora, cuando se cumplen cincuenta años de la aparición formidable de Yesterday, aquel muchacho de 1965, con su cabello entrecano, va a su equipo de sonido a repetir hasta el hartazgo la canción que McCartney soñó, pero vuelve a ponerla por otros, y entonces recuerda sin dolores cuando su mamá le contó la historia del pelado que vino a anunciarle una falsa noticia. El ayer llegó muy pronto.

(Escrito en Medellín el 16 de junio de 2015, en el Bloomsday)