Podestá, dorada voz bohemia

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Desde que éramos chiquitos, la voz de ese caballero que apenas pude ver de cerca cuando ya el tipo tenía casi ochenta años, nos acarició el oído pero sin que fuera una atracción ineludible ni una necesidad existencial. Emanaba de unos luminosos pianos con teclas y ranura que engullía monedas y que a veces, desde las puertas del bar, uno se extasiaba mirando el juego de luces, el movimiento de traslación de los discos negros y después la voz del cantor que uno no se molestaba en entender, porque, claro, lo que él decía era, según me di cuenta mucho después, para gente que tuviera recuerdos y algún dolor, tal vez una ausencia y vida acumulada.

 

Apenas era un chicuelo, pateador de pelotas callejeras, miembro de patotas esquineras, estudiante de escuela y luego de un liceo sin alcurnia, y en los días, o más preciso, en las noches del barrio, en los cafés de esquina, se erigía una voz bien timbrada, entre otras, también varoniles y recias, y era la de aquel señor que se iba a morir muy viejo y con la voz exhausta, pero que entonces “era una voz de oro”, como le escuché decir a un parroquiano ebrio en una mesa de bar.

 

Y la voz aquella se me fue quedando en los recuerdos. En una memoria oculta, que se evidenció cuando yo ya había dejado de ser un muchacho de arrabal y, caso curioso, me interesaban las letras de tango con arquitectura de barrio y romances truncos. Y de pronto, fui consciente de aquella voz (como también de otras voces) que cantaba un vals, que años después, cuando mi calle, mi cuadra, mi manzana eran ya una lejanía confusa, “mucho tiempo después de alejarme, vuelvo al barrio que un día dejé…”, me hacía llorar por dentro. Y lo adopté como himno de los regresos, con aquellas coordenadas y puntos cardinales de los sentimientos perdidos. Y recuperados.

 

La pianola de luces curvilíneas era la habitación de aquella voz que decía “percal, ¿te acuerdas del percal?, tenías quince abriles, anhelos de sufrir y amar…”, pero era difícil que nos engrupiera, que nos hiciera concentrar en aquellas palabras, porque, claro, no teníamos edad para tanta poesía de calle y dramas de tiempo, que el tiempo no existía, o tal vez solo estaba el presente, aunque no era una reflexión que uno hiciera mientras miraba pasar muchachas de minifalda y tenis blancos o pensaba en la película del domingo.

 

El tango de entonces, que el señor cantor casi nos decía al oído, continuaba con aquello de “la juventud se fue, tu casa ya no está, y en el ayer tirados se han quedado acobardados tu percal y mi pasado”, pero menos que nos seducía, porque qué carajos era un percal, y qué era esa manera de decir que la juventud se había ido, cuando ahí estaba, presente, compareciente, sobre aceras y asfaltos, caminando hacia una esquina de sueños y risas permanentes.

 

Y la voz del mismo señor, tal vez con otra orquesta, pero en el mismo tragamonedas musical, decía que “¡Cuánta nieve hay en mi alma! ¡Qué silencio hay en tu puerta! Al llegar hasta el umbral, un candado de dolor me detuvo el corazón…”, y esa canción, lo confieso ahora, sí dolía, no sé por qué, tal vez por la manera de decirla, o porque al final de cuentas hablaba de la nada, “nada queda en tu casa natal…”, y también años después el mensaje de aquel tango se nos reveló con todo su existencialismo y desazón sentimental.

 

Sí, claro, un poco de canciones que flotaban en la barriada (y en los adioses), que a veces se escuchaban en la radio, y eso porque mamá o papá las sintonizaban, y ahí también sonaba el hombre que ya nos había hablado, cantando, del fracaso, de auroras, de milagros, de corazones heridos. Y de la bohemia.

 

Ese tango sí me puso a desvariar porque quizá le puse atención cuando ya la juventud, vaya coincidencia, se estaba yendo. Se llamaba (bueno, se llama todavía) Alma de bohemio, y aquella voz parecía darse gusto en la interpretación, en la manera de vocalizar, en los matices: “Si es que vivo lo que sueño, yo sueño todo lo que canto, por eso mi encanto es el amor. Mi pobre alma de bohemio quiere acariciar y como una flor perfumar”.

 

Alberto Podestá era el cantor del barrio. Bueno, eso digo porque sonaba mucho en las rocolas, en esa de mi esquina olvidada, y el sostenido de la voz de aquel bohemio, de su alma, nos ponía en trance, cerraba uno los ojos para ver mejor “las cosas más bellas”, que el cantor hablaba con las estrellas, con la “loca poesía” de su corazón.

 

Me parece que, a la distancia, vuelvo a ver hombres con las cabezas sobre las mesas de bar, en una especie de concentración dolorosa, y la ebriedad en toda su agonía, mientras el cantor pronunciaba con una voz de drama: “¡No estás! Te busco y ya no estás. Espina de la espera que lastima más y más… ¡qué largas son las horas ahora que no estás!”. Era el mismo Podestá, el mismo que siguió cantando después de viejo, y al que se le quebraba la voz en las noches de su Buenos Aires querido, en el Viejo Almacén o en un café de San Telmo. El mismo Podestá que ya no está.

 

Resulta que el señor se ha muerto de noventa y un años, y una noche de hace años, mejor dicho, de la primavera porteña de 1998, en una mesa de café, al lado de unas viejecitas amables que no sé quiénes eran,  y con un compañero de viaje (el médico Jorge Arango), escuchábamos cantar al viejo Podestá que decía “la vi llegar… ¡caricia de su mano breve! La vi llegar… ¡alondra que azotó la nieve!”. Ya el vino nos hacía hablar más duro, y pedir a todo taco que nos cantara Alma de bohemio. Claro que sabíamos que era imposible que aquel señor pudiera interpretar aquel clásico gotán, pese a mi insistencia de ruido y descortesía.

 

—¡Dejá el chamuyo! —dijo el cantor desde el escenario. —Dejá el chamuyo o no canto más —insistió.

 

El hombre, en rigor, ya no cantaba, pero era una leyenda. Y ahí, en aquel café, fue la última vez que lo vi en vivo y en directo, y por cortesía nos interpretó, cuando lo solicitamos sin grito, Bajo un cielo de estrellas, que nos hizo retornar al barrio que hacía tantos años habíamos dejado. “En esta noche vuelvo a ser aquel muchacho soñador, que supo amarte y con sus versos te brindó sus penas…”. Volví a sentir la soledad del arrabal y a escuchar la antigua voz que surgía de un Wurlitzer con luces de neón, entre la amable y triste soledad del arrabal, con árboles que pintan sombras.

 

Aquella noche no hubo ninguna Alma de bohemio, pero ese es el tango que ahora, cuando acaba de morir don Alberto, escucho en la sonoridad de un recuerdo de cafetín que ya no existe.

Alberto Podestá y el Café de los maestros (foto tomada de internet)

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“Échele cinco al piano”: Aquella pianola de mi barrio

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Era como si la orquesta, bueno, o tal vez el cantante con un leve acompañamiento de guitarras, estuviera en el bar, en medio de luces de neón, fosforescencias ebrias. Siempre creí ver algo más que un montaje mágico en aquellas cajas musicales que, antes, instalaban en casi todos los cafetines para que las tardes y las noches tuvieran más vestuario de bohemia, más anís en el ambiente, un poco más de seducción en las sillas: como la que emanaban aquellas meseras que dejaban entrever sus pectorales de encanto, apenas insinuado, y forjaban carrizos de infarto, según se oyó decir muchas veces, sentadas en un rincón, expectantes a las solicitudes de la clientela. Pero el máximo deslumbramiento radicaba en los pianos (llamados así en Antioquia,  tal vez como una metáfora de teclas), luminosos, como un arco iris de barrio.

 

Esos artefactos tragamonedas, de sensuales formas (quizá todo traganíquel es mujer), estuvieron -están todavía- ligados a lo urbano, a la obrería, a la pasión de la calle. No estaba dentro de las posibilidades concebir un café de esquina despojado de aquella maravillosa máquina de discos, cantadora, de rectangulitos que nombraban al intérprete y al compositor y el ritmo. Uno, de tanto hundir el teclado, memorizaba el G-5, el A-3, el D-1, y podía cerrar los ojos al oprimirlas, como lo puede hacer, con certidumbre, un pianista experto.

 

Siempre era posible hallar en sus selecciones (había de cincuenta, de cien, de doscientas) una canción para cada estado de ánimo (como en el tango). Ahí, iluminado, podía surgir como el genio de una lámpara el canto para el triste, o para quien tenía la alegría en la piel y en la mesa. O para los ausentes, que todo era factible en esas como vitrinas sonoras, hermosas, seductoras cajas de sorpresas musicales.

 

Los traganíqueles nacieron con el siglo XX, el mismo del cambalache, y de alguna manera fueron competencia para las orquestas, sobre todo en ciudades cosmopolitas como París, Berlín o Nueva York. Pero, simultáneamente, era como un modo especial de poder tener, con sonido ancho y venturoso, a cualquier grupo musical o cantante metido en aquellas cajas armónicas (las juke-boxes de los gringos o las velloneras de los puertorriqueños). Se sabe que en 1890 fue puesta en operación la primera de aquéllas en un bar de San Francisco. Uno de los pioneros, fabricante de tales aparatos, fue Noel Seeburg, creador en 1907 de la Seeburg Piano Company que, en rigor, se convirtió en la mayor rival de otra compañía, la del legendario Rudolph Wurlitzer, inmigrante alemán residente en Estados Unidos.

 

Wurlitzer se había instalado en Cincinatti, donde montó un almacén de instrumentos musicales. Después, junto a su hermano Anton, crearía la célebre casa de pianolas The Rudolph Wurlitzer Company, productora, además, de atractivos aparatitos para música de carruseles y de órganos para acompañar las películas de cine mudo. Hacia 1935 producía semanalmente trescientos traganíqueles; al año siguiente aumentó a novecientos (también cada siete días). En 1946, la Wurlitzer fabricaba cincuenta y seis mil “pianos” al año. Era la locura mundial, que la guerra no había matado.

 

En 1993, murió en Estados Unidos, a los noventa y seis años de edad, otro pionero de la industria de “juke-boxes”: David C. Rockola (de donde deriva e nombre de rocola, tan popular en otras regiones de Colombia para designar a nuestro piano de esquina). Rockola, que en 1934 introdujo al mercado una caja que contenía 12 canciones para seleccionar, llegó a ser el mayor productor del orbe después de 1974, cuando la legendaria factoría Wurlitzer cesó sus actividades.

 

Hoy, con los tremendos y acelerados avances de la tecnología, se producen traganíqueles hasta de quinientos discos, con sistema laser, con otros sistemas, de sublime sonido según dicen los que han escuchado esas máquinas; pero sin duda –bueno, eso dice uno- aquellos viejos pianos de barriada y del centro de la ciudad no mueren en la memoria de los que alguna vez, muchas veces, metieron moneditas en su alcancía para hacer brotar la melodía de su alma, para evocar un amor perdido, para brindar por el nacimiento de un nuevo querer. Era todo un ritual: acercarse al piano, mirar el catálogo diverso, dejarse iluminar la cara por aquellas luces multicolores, darse un aire de importancia y, luego, depositar una moneda, muchas monedas tintineantes, que te daban la posibilidad de ser, por unos momentos, una especie de director de orquesta. O de obrador de milagros.

 

El ritual (algo hace recordar al concertista de piano) es cada vez menor, o casi está desaparecido, porque los traganíqueles (o gramófonos de monedas) están en extinción o se volvieron material de coleccionistas, pero, con todo, uno jamás podrá olvidar aquellos Seeburg o Wurlitzer que con sus fosforescencias musicales iluminaron -como lunas de cafetín- las noches del barrio que en muchos casos hacían brotar en sus bares un largo lagrimón. Aquello de “échele cinco al piano”, ya no va más.